En el que se habla del hijo de la universidad de Canals y de la
victoriosa batalla de los Tres Juanes
A los pocos días de permanencia en la Costa Azul, sintió don Baltasar
Figueras la comezón de continuar su viaje á Roma.
Ya había visto bastante. De Niza sólo le interesaban la ciudad vieja y
su mercado de legumbres y flores, semejante al antiguo de Valencia. En
el principado monegasco prefería la ciudad de Mónaco, con sus
callejuelas tranquilas, donde encontraba frailes y monjas, y la gran
plaza, frente al palacio de los Príncipes, adornada con cañones del
tiempo de Luis XIV y pirámides de proyectiles esféricos. Esta
artillería, teatral é inútil, imponía respeto al canónigo, predispuesto
á la admiración de todo lo viejo, haciéndole aceptar dicha planicie como
una verdadera plaza fuerte.
La inmediata altura de Monte-Carlo, al otro lado del puerto, le
inspiraba menos respeto. Era, según él, una ciudad peligrosa. Todos sus
habitantes le parecían terribles bandidos internacionales, y en cuanto á
las mujeres, se abstenía, por pudor, de darlas su verdadero nombre.
Como llevaba leídas cosas tremebundas sobre este país, pidió á Claudio
que le enseñase cierto banco llamado de «los suicidas», porque en él
solían matarse los desesperados del juego.
Inútilmente paseó Borja sus miradas por los numerosos bancos de un
jardín dividido en terrazas. No pudo saber cuál era el que gozaba de tal
privilegio fúnebre. Esto no impidió que el santo varón mirase con cierta
inquietud los peñascos de la costa y las palmeras de los paseos,
esperando ver pendiente de su frágil ramaje algún ahorcado puesto de
frac, ó hechas pedazos, junto á las olas, á varias damas en traje de
baile.
Dentro de los salones del Casino se mostró nervioso y ruborizado, cual
si estuviese cometiendo una mala acción. En vano le señaló su sobrino un
grupo de clérigos portugueses que venían de Roma ó se encaminaban á
ella. Casi todos los que iban en peregrinación á ver al Papa hacían alto
unas horas para conocer este Casino de Monte-Carlo, famoso en el mundo
entero, y arriesgar algunas monedas sobre las mesas verdes. Don Baltasar
dudó en el primer momento de la autenticidad de sus compañeros
portugueses.
--Deben ser pastores luteranos--dijo á Claudio.
Y al convencerse finalmente de que eran católicos como él, no por esto
recobró su tranquilidad.
Nada le interesaba en este mundo de la Costa Azul. Tenía otras cosas que
hacer. Y anunció á su sobrino y á la «distinguidísima viuda», admirada
por él como una gran señora de los mejores tiempos de la Historia, su
propósito de continuar el viaje.
Rosaura lo invitó segunda vez á almorzar, mostrando repentino interés
por su gran empresa en favor de los Borgia. Era sin duda una amabilidad
de última hora, un deseo de serle agradable, ya que no lo iba á ver más.
Y escuchó atenta la descripción que el canónigo fué haciendo de la
ciudad de Játiva, donde los árabes españoles fabricaron el primer papel
conocido en Europa.
Situada al pie de una colina que tiene en su cumbre un castillo famoso á
causa de los personajes que guardó prisioneros, la circunda extensa
huerta, en la que alternan los campos siempre verdes con grupos de
palmeras.
Un agua fresca y rumorosa viene de las fuentes de la montaña á
esparcirse por las casas, en chorros sin grifo que se desgranan día y
noche sobre las pilas de los patios. Al pasar el transeunte frente á las
puertas, es acogido por el rumor melodioso de estos arroyuelos
continuos.
--Los Borja--dijo don Baltasar--fueron de Játiva, pero el primero de
ellos, el papa Calixto III, no nació dentro de la ciudad, sino en la
«universidad» de Canals.
Sonrió con malicia al notar cierta extrañeza en sus oyentes, y siguió
diciendo:
--El significado de las palabras cambia con el transcurso del tiempo.
Antes, «presidio» quería decir plaza fuerte. Del mismo modo
«universidad» equivalía á reunión ó gremio. La llamada Universidad de
Mareantes de Sevilla no era escuela de navegación; significaba cofradía
ó sociedad de hombres de mar. Los grupos de caserío demasiado pequeños
para titularse pueblos, y que vivían á la sombra de un municipio mayor,
se designaban con el nombre de «universidad».
Dotado el canónigo de prodigiosa memoria, recordaba lo dicho por un
teólogo del siglo XVIII al describir la pequeña patria del primero de
los Borja. «La universidad de Canals se llama universidad porque así
debe apellidarse toda república que es menos que villa y mucho más que
lugar.»
Procedían los Borja de la ciudad de su mismo nombre situada en Aragón, y
bajaban á Valencia para su conquista, siguiendo al rey don Jaime, que
expulsó á los moros. Todos eran de notable hermosura corporal y espíritu
ardiente, con grandes ánimos para sus empresas, deseosos de realizar
hazañas famosas y unidos por una solidaridad de familia semejante á la
de las tribus primitivas.
Alfonso de Borja había nacido el último día del año en que estalló el
Gran Cisma, ó sea en 1378. Una tradición le acompañaba desde la cuna,
dándole gran fe en sus destinos. Su madre le había contado que, en los
primeros años de su vida, el gran taumaturgo y predicador que fué luego
San Vicente Ferrer profetizó, al verle, su ascensión al más alto puesto
de la Iglesia.
--Debo añadir--dijo Figueras--que el futuro santo hizo otras muchas
predicciones semejantes. Nada le costaba alegrar de este modo á una
pobre madre.
Establecidos los Borja en Játiva, con otros caballeros guerreadores,
para hacer frente á los moros que intentaban recobrar el reino de
Valencia, fueron dividiéndose y cambiando de situación al transcurrir
el tiempo. Hubo Borjas ricos que mantuvieron el prestigio de su nobleza
con el dinero. Otros, dedicados al cultivo de la tierra, fueron
descendiendo en rango social, aunque sin perder su primitiva nobleza.
Alfonso de Borja era hijo de uno de estos hidalgos venidos á menos, que
vivían á estilo de labradores, pero conservando con orgullo el escudo de
la familia: un toro rojo sobre fondo de oro, símbolo de la robustez, la
acometividad y el ardor de todos los que llevaban dicho apellido. Estos
labriegos de noble origen ostentaban el título de «generosos», ó sea de
generación militar.
Dedicado á los estudios jurídicos en la Universidad de Lérida, obtenía
una cátedra en plena juventud. El papa Luna, apreciando los méritos del
nuevo doctor, le daba un canonicato en dicha ciudad. Los cargos
eclesiásticos eran entonces la mejor recompensa para literatos y
jurisconsultos, ya que se podía disfrutar su renta sin necesidad de
hacerse sacerdote.
Al subir Alfonso V al trono de Aragón, reconocía los méritos de este
joven experimentado en cuestiones jurídicas y hábil para las
negociaciones diplomáticas, haciendo de él su secretario. Los servicios
que prestó á Martín V--el Papa elegido por el Concilio de Constanza--le
abrían el camino de los altos honores de la Iglesia. El fué quien trató
con el sucesor del papa Luna, el canónigo de Valencia Gil Muñoz, llamado
Clemente VIII, para que renunciase á la tiara en el castillo de
Peñíscola, y el Pontífice de Roma lo premió otorgándole el obispado de
Valencia. Luego vivía en Nápoles al lado de Alfonso V, ayudándole en la
reorganización de dicho reino, despedazado por largas guerras.
Aquí el canónigo abandonó momentáneamente á Alfonso de Borja para hablar
de su regio protector.
--Con razón--dijo--llamaron á Alfonso V «el Magnánimo». Ningún rey de su
época tan caballeresco y tan humano.
Célebre en Europa por tales condiciones, Juana II de Nápoles, que no
tenía hijos, le prometía su corona en herencia si la apoyaba contra el
duque de Anjou, aspirante á dicho trono con el auxilio de un partido de
descontentos.
Ayudado por la flota aragonesa, conquistaba Alfonso V el reino
napolitano. Luego, la vieja Juana reñía con él, nombrando heredero al de
Anjou; pero el aragonés continuaba la guerra, y tras muchas
alternativas, adueñábase definitivamente del reino de Nápoles en 1442,
quedando en él para siempre.
--En realidad, este rey español vivió más tiempo en Italia que en
España. Una historia de amor contribuyó, según dicen algunos, á
mantenerlo lejos de su patria. Cuando acababa de recibir la corona de
Aragón y vivía en Valencia, su ciudad favorita, tuvo relaciones ilícitas
con doña María de Híjar, noble dama valenciana. Estaba casado don
Alfonso con una prima suya, doña María, hija de Enrique III de Castilla,
y se ha dicho, no sé con qué fundamento, que la esposa, en un arrebato
de celos, hizo matar á la amante, historia romántica con la que se
justifica el hecho de que Alfonso V viviese treinta y ocho años lejos de
su mujer, guerreando en Italia ó gobernando pacíficamente á Nápoles.
Ensalzó don Baltasar la popularidad italiana del rey español, protector
de sabios y escritores. Los humanistas más atrevidos buscaban refugio en
Nápoles. Como era amante de la gloria, procuraba merecer los elogios de
estos literatos, distribuidores entonces de la celebridad. Griegos
desterrados de Constantinopla venían á dar lecciones en Nápoles y
Sicilia, honrándolos el rey con títulos de caballero.
Se contaban anécdotas sobre el respeto de Alfonso V á las letras
clásicas, afirmando que empleaba muchas veces como medicina la lectura
de ciertos autores antiguos, curándose así las dolencias nerviosas.
Hasta se abstuvo en una recepción de espantar una mosca posada sobre su
nariz por no perder ninguna frase de la arenga latina que le dedicaba un
orador célebre. En sus guerras para conseguir la posesión definitiva de
Nápoles, perdonó á varias poblaciones que le habían opuesto empeñada
resistencia, al acordarse de que eran patria de grandes hombres de la
antigüedad.
--Su título de «magnánimo» fué merecido. Al combatir á su adversario el
duque de Anjou en su misma tierra de Provenza, apoderándose de Marsella,
rehusó los presentes que le ofrecían las damas de dicha ciudad por
haberla salvado del pillaje de sus tropas. «Yo he venido á vengarme como
príncipe--dijo--y no á hacer la guerra como ladrón.»
Sitiando á Gaeta, dejaba salir de la famélica plaza á las mujeres y los
niños. Esto permitía á sus defensores aguardar un avituallamiento que
imposibilitó momentáneamente la toma de la población; mas no por ello se
arrepintió «el Magnánimo» de su generosidad. A unos que conspiraban
contra él los perdonó, diciendo: «Yo los obligaré á reconocer que cuido
más de su vida que ellos mismos.»
Una galera llena de soldados estaba próxima á naufragar, y como notó
Alfonso V que sus órdenes para salvarla eran obedecidas con timidez, se
arrojó el primero en una chalupa, gritando á los vacilantes: «Quiero
mejor ser el compañero que el testigo de su muerte.» Y esta resolución
enardecía á sus gentes, haciéndolas salvar el buque.
Sonrió Figueras con cierto rubor, como si pidiese perdón á la dama que
le estaba escuchando, y dijo:
--Lo único que se le pudo reprochar fué su gran afición á las mujeres.
Toda su vida mostró esta debilidad, hasta en sus últimos años. Cuando ya
tenía cerca de sesenta, hizo reir un poco á los de Nápoles con su amor
senil por la hermosa y joven Lucrecia de Alagno, aunque él dijo siempre
que esta pasión era puramente platónica. Hasta en su vejez tenía bella
presencia y aspecto majestuoso, siendo uno de los caballeros más
cumplidos de aquella época.
Cuando su secretario Alfonso de Borja pasó á ser Papa con el nombre de
Calixto III y andaban ambos en cuestiones por considerar el Pontífice un
feudatario de la Iglesia á su antiguo señor, la bella Lucrecia de Alagno
marchó á Roma con imponente cortejo, siendo recibida como una soberana.
Pero Calixto se negó á dar licencia para que Alfonso V pudiera contraer
con ella un segundo matrimonio. Mantenía su antigua amistad con la
verdadera reina doña María, residente en Zaragoza ó en Valencia. Sin
esto la hermosa Lucrecia habría acabado por ser soberana de Nápoles.
--Pero volvamos--dijo el canónigo--á la carrera prodigiosa del profesor
de Lérida y rector de la parroquia de San Nicolás, en Valencia, que
llegó á Pontífice.
Alfonso de Borja procuraba reconciliar á su rey con el papa Eugenio IV,
y éste, agradeciendo las gestiones del obispo de Valencia, lo hacía
cardenal en 1444, asignándole como iglesia titular la antigua basílica
de los Cuatro Santos Coronados, situada en una eminencia del llamado
Monte Celio. Obedeciendo los deseos del Pontífice, se quedaba en Roma,
logrando fama de cardenal exento de adulación, independiente, sin
espíritu de partido.
La sencillez y pureza de costumbres de Borja, que no se había ordenado
de sacerdote hasta que fué obispo, llamaron la atención en aquella época
de cardenales aseglarados, iguales á los príncipes laicos en desórdenes
y liviandades. El titulado cardenal de Valencia vivía modestamente, en
riguroso celibato. Hasta en las épocas que gobernó á Nápoles como
delegado de Alfonso V, concitándose enemigos por sus medidas
extraordinarias, los libelistas napolitanos sólo supieron decir de él
que amaba los perfumes y gustaba de conversar con las damas de la corte,
sin poder añadir anécdotas escandalosas á estas particularidades
ordinarias en el consejero de un monarca, acostumbrado á vivir en
palacios.
Así fué llegando á la ancianidad. Sus estudios y el mucho trabajo á que
le obligó la incesante colaboración con el rey de Nápoles habían
quebrantado su salud, hasta el punto de figurar como uno de los
cardenales más enfermos y débiles de la corte pontificia.
Algunas veces hablaba melancólicamente á sus íntimos recordando la
profecía del maestro Vicente Ferrer. Nunca llegaría á Papa. Aquel santo
predicador se había equivocado. Otro fraile ascético, que luego figuró
igualmente en los altares, San Juan de Capistrano, gran amigo de Alfonso
de Borja, oyó muchas veces cómo recordaba éste dicha predicción, seguro
de que iba á resultar falsa.
Tres Papas se habían sucedido en Roma después del Concilio de Constanza:
Martín V, Eugenio IV y Nicolás V, todos italianos. A la muerte de
Nicolás, «el Papa bibliotecario», preocupado especialmente de proteger
á los humanistas y adquirir libros valiosos, mientras los turcos,
dueños de Constantinopla recién conquistada, amenazaban el centro de
Europa, la elección del nuevo Pontífice se presentó como un problema
pavoroso.
El prestigio de la Iglesia se había extinguido. Reyes y príncipes
desobedecían al Pontificado después de verlo pasar por las vergüenzas
del Gran Cisma. Dentro de Roma existía un gran partido republicano y
antipapal. Pocos años antes, en tiempo de Eugenio IV, el patricio
Esteban Porcaro, ardoroso y enérgico, de mejores condiciones que Rienzi,
había pretendido hacer una revolución para proclamar la República
romana, muriendo en la horca por orden del Papa.
De existir el elocuente y hábil Porcaro en Marzo de 1455, la reunión del
cónclave para elegir nuevo Pontífice habría sido la señal de una gran
revolución popular. Las dos facciones aristocráticas, representadas por
las familias de los Colonna y los Orsini, siempre en pelea por el
gobierno de la ciudad, iban á guerrear dentro del cónclave para obtener
la tiara. Un cardenal Colonna y un cardenal Orsini, deseosos cada uno de
ser Papa, buscaban alianzas por medio de la intriga y el dinero. De los
quince cardenales electores, siete eran italianos, dos franceses, dos
griegos y cuatro españoles: Torquemada, Lacerda, Carvajal y Borja.
Nadie pensaba en la posibilidad de un Papa extranjero. El Gran Cisma
había sido motivado por la oposición de Roma á todo Pontífice que no
fuese de Italia. Hasta en el Concilio de Constanza, gran asamblea
internacional de la Iglesia, había sido elegido un italiano, Martín V,
para terminar el conflicto definitivamente.
Como ni Colonna ni Orsini tenían votos suficientes para triunfar, se
hablaba de otras candidaturas italianas, profetizando la victoria de
Scarampo, cardenal muy rico, aficionado á la espada, ó de Pedro Barbo,
que años después fué Pontífice con el nombre de Paulo II.
--En realidad, era Pedro Barbo el más cercano á la tiara al abrirse el
cónclave; pero los romanos tienen un refrán que dice: «el que entra en
el cónclave como Papa sale como cardenal», y así fué una vez más.
Apenas empezaron las sesiones, los que deseaban un candidato
independiente, agradable á todos, se fijaron en el cardenal Bessarion,
griego refugiado en Roma, de grandes conocimientos científicos, y que
vivía apartado de contiendas, en un aislamiento de hombre estudioso.
Pero no hizo nada por robustecer su candidatura, y algunos cardenales
dijeron que era indigno ver á un neófito, que aún usaba la barba á
estilo oriental y acababa de abandonar el cisma griego, colocándose de
golpe á la cabeza de la Iglesia romana. Además, los cardenales
aseglarados como Scarampo temían la severidad de costumbres de
Bessarion.
Transcurrió el tiempo, se hicieron muchas votaciones inútiles, el pueblo
se impacientaba, y al fin los dos partidos difirieron su lucha para otra
elección, acordando proclamar á uno de los cardenales más ancianos,
amigo del poderoso rey de Nápoles, y al que le quedaban pocos meses de
vida. De esta suerte fué elegido inesperadamente Alfonso de Borja, á la
edad de setenta y siete años, tomando el nombre de Calixto III.
Toda la población de Roma quedó absorta al ver elegido á un español. La
tradicional resistencia á los Papas extranjeros, origen del Gran Cisma,
resultaba de pronto ineficaz. Pedro de Luna, último Papa de Aviñón,
triunfaba póstumamente treinta y dos años después de su muerte. El mundo
católico no le había querido, á pesar de sus virtudes, porque era
español, y un segundo español venía ahora á sentarse en el trono de
aquella Roma donde no pudo entrar nunca el otro.
Se llegó á temer que estallara de nuevo el cisma y los cardenales
italianos abandonasen á Roma para elegir un segundo Pontífice. Al Papa
inesperado le daban el apodo de «el viejo catalán», y su amistad con el
rey de Nápoles era interpretada como un anuncio del crecimiento de dicho
reino.
--Si al valenciano Borja--continuó Figueras--lo llamaban catalán, era
porque los catalanes gozaban en Italia de una impopularidad algo menor
que la de los franceses, mas no por eso menos odiosa é intolerable para
el vulgo. Dominaban á Sicilia y Nápoles y hacían la guerra en el mar á
las galeras de varias repúblicas y principados italianos. Temían las
gentes de Roma que el nuevo Papa confiase las fortalezas de la Iglesia
á guerreros «catalanes», ó sea españoles, de suerte que luego de su
fallecimiento fuese difícil volver á recobrarlas. Pero la índole
apacible y bondadosa de Alfonso de Borja, su fama de hombre justo y puro
de costumbres, la severidad para el trato de su propia persona y el tono
suave con que acogía á todos, acabaron por acallar estas inquietudes
públicas.
Además, el descendiente de los caballeros de Játiva, eternos
guerreadores contra los moros, publicó inmediatamente cuál iba á ser la
verdadera finalidad de su pontificado: combatir á los turcos hasta
reconquistar Constantinopla, que su antecesor, el Pontífice bibliófilo,
había dejado perderse con desesperados lamentos, pero sin ninguna medida
enérgica que impidiese dicha catástrofe cristiana.
Los primeros días del pontificado de este español no fueron dichosos.
Roma continuaba viviendo en la inseguridad de la guerra civil, con su
vecindario dividido en bandos implacables. El 20 de Abril se celebraba
la coronación del primer Borgia. Por la mañana iba Calixto á la basílica
de San Pedro, y un canónigo, para recordarle la fugacidad de las cosas
terrenas, quemaba ante sus ojos un poco de estopa, diciendo: «Santo
Padre, así pasa la gloria de este mundo».
Luego celebraba la misa ayudado por los dos candidatos que días antes
figuraban en el cónclave como Papas probables, cuando nadie pensaba en
él. El cardenal Orsini cantó la epístola y el cardenal Colonna el
Evangelio. Finalmente se procedía á la coronación ante la basílica, y
Próspero Colonna, como el más antiguo de los cardenales diáconos,
colocaba en la cabeza de Calixto el _tryreinum_, diciendo así:
--Recibe la tiara adornada con tres coronas, y sabe que eres padre de
los príncipes y de los reyes, guía del orden y vicario en la tierra de
nuestro salvador Jesucristo, cuya es la honra y la alabanza por una
eternidad de eternidades. Amén.
El español fué á tomar posesión de la iglesia de Letrán, que es el
templo correspondiente á los Pontífices, como los cardenales tienen cada
uno su iglesia propia. Iban en su cortejo ochenta obispos vestidos de
blanco, todos los cardenales vestidos de rojo, muchos barones romanos
con armaduras y los magistrados de Roma.
El hijo de la «universidad» de Canals, jinete en un caballo blanco,
parecía rejuvenecido, no obstante sus años y enfermedades, por esta
autoridad de carácter universal que acababa de serle impuesta. Ya no era
un consejero del rey de Aragón; se veía por encima de todos los monarcas
de la tierra.
Según antigua costumbre, en el lugar llamado Monte Giordano, una
diputación de los judíos residentes en Roma aguardaba el cortejo solemne
de todo nuevo Pontífice, para ofrecerle el libro de su Ley, ricamente
encuadernado, en cuyo volumen leía el Papa algunas palabras, diciendo
finalmente: «Nos, confirmamos vuestra Ley, pero condenamos vuestra
exposición; porque Aquel de quien ella dice que vendrá ha venido ya, y
es Jesucristo nuestro Señor, como la Iglesia nos lo enseña y predica.»
Para el populacho de Roma, la elección de un Pontífice era pretexto de
motines, diversiones brutales y saqueos. Entre dos Papados, la ciudad
vivía un período anárquico, negando obediencia á las autoridades del
Pontífice muerto y aprovechándose de la incertidumbre y desorientación
de las autoridades recién nombradas.
Otra de sus costumbres era saquear el palacio del cardenal que acababa
de ser elegido Papa. Como iba á instalarse en el Vaticano, el populacho
se creía con derecho á apropiarse todo lo de su antigua vivienda,
llevándose muebles, ropas y joyas. Años después, los cardenales que
aspiraban á ser Pontífices, antes de ir á encerrarse en el cónclave
procuraban dejar en sus palacios una guarnición de espadachines y
arcabuceros para que repeliese el asalto de la muchedumbre en el caso de
que su candidatura resultase triunfante.
Al llegar Calixto III al Monte Giordano, mientras realizaba la ceremonia
de leer el libro de la Ley judaica y contestar á la diputación del
_ghetto_ las palabras rituales, el populacho se sintió tentado por la
riqueza de este magnífico volumen encuadernado en oro, y para robarlo
arrolló á los guardias del Pontífice. Se produjo tal confusión, que el
anciano Borja vióse próximo á morir aplastado por el gentío. Los
soldados papales repelieron á las turbas con sus espadas y lanzas, pero
esto no impidió que arrebatasen en su retirada el rico baldaquino que
servía al Pontífice cuando era llevado en andas dentro de las iglesias y
que le seguía en este cortejo como símbolo de su dignidad.
Poco después, al pasar por el Campo dei Fiori, surgió otro incidente más
grave. Napoleón Orsini andaba en pendencias con el conde de Anguillara,
acuchillándose los partidarios de uno y otro dentro de Roma.
Orsini quiso aprovechar la ocasión, y abandonando la comitiva papal
corrió al Campo dei Fiori, donde habitaba dicho conde, haciendo saquear
su vivienda. «¡Quien quiera bien á la casa de Orsini que acuda en su
auxilio!», gritaban los del mencionado partido. En pocos momentos se
reunieron tres mil hombres armados á favor de los Orsini, mientras los
Colonna, por la eterna rivalidad entre las dos familias, daban auxilio
al conde de Anguillara, juntando otra tropa no menos considerable.
Ambos partidos se aprestaron á dar una verdadera batalla en presencia
del nuevo Pontífice, siendo necesaria la intervención de los cardenales
Colonna y Orsini para que, exhortando á sus parientes, restableciesen la
tranquilidad.
Encargó Calixto III á Pedro Barbo y otros cardenales influyentes el
afianzamiento de la paz en los Estados pontificios, ajustando una tregua
de varios meses entre las familias rivales. El necesitaba su tiempo y su
actividad para la organización de la guerra contra los turcos.
Resultaban sin fundamento los temores que había inspirado al principio
de querer trasladar la corte pontificia lejos de Roma, tal vez á España,
imitando con ello á los Pontífices franceses que la habían establecido
en Aviñón.
--Este viejo español--siguió diciendo el canónigo--era de vista más
larga y concepciones más universales. Sólo le preocupó la suerte del
cristianismo; únicamente prestaba atención á la empresa de reconquistar
Constantinopla y los Santos Lugares.
Los humanistas, acostumbrados á vivir como parásitos de la generosidad
de príncipes y Papas, no encontraron apoyo en este antiguo
jurisconsulto. Nunca se mostró hostil al Renacimiento, pero lo miró con
indiferencia, preocupándole más el reunir dinero para la guerra contra
los turcos que dar salarios á escritores venales y de estilo fácil, como
lo había hecho su antecesor, Nicolás V, erudito confiado é ingenuo.
--Por un motivo inexplicable para muchos, el único humanista que
protegió este Papa tan devoto fué el incrédulo Lorenzo Valla. Apenas
elevado al trono pontificio, lo hizo secretario suyo, dotando
liberalmente con algunos canonicatos al terrible librepensador. Sin duda
le guardaba Calixto un gran afecto personal desde los tiempos que lo
tuvo á sus órdenes como gobernador de Nápoles; pero Valla apenas pudo
gozar las dulzuras de dicha protección, pues murió dos años después.
Todo el dinero de la Iglesia lo iba dedicando el ardiente anciano á la
cruzada contra los turcos. Anunció que iba á empeñar para esto su propia
tiara, y hasta arrancó sus encuadernaciones á muchos códices de la
biblioteca del Vaticano, porque tenían adornos de metales preciosos.
El rey Alfonso de Nápoles, muy entendido en objetos de arte, compró al
Papa ánforas, copas y otros servicios de plata y oro, cálices, patenas y
un tabernáculo con valiosos esmaltes. El Pontífice comía en platos de
barro, y afirmó en uno de sus Breves que iba á contentarse con una
simple mitra de lino, enajenando todas las joyas de la Iglesia para la
guerra santa.
Contempló Europa con admiración y al mismo tiempo con apatía los
esfuerzos de este anciano, enardecido por una extraordinaria juventud.
--Quiero ser--dijo--el emperador y el campeón de la cristiandad contra
los infieles.
Sólo un español podía mostrar este ardor antimahometano. Las naciones
del centro de Europa ya no se acordaban de las cruzadas. Además, éstas
sólo habían sido un episodio de su historia, mientras en España la
guerra contra los musulmanes se prolongaba siete siglos. Todavía en
aquellos momentos poseían los moros el floreciente reino de Granada,
representando un peligro nacional.
Su propósito era coligar todo el Occidente cristiano contra el nuevo
emperador de Constantinopla, socorrer á los húngaros, amenazados por los
turcos, crear una flota de guerra pontificia que fuese á atacarlos en el
archipiélago griego, del cual se iban apoderando rápidamente.
--Todos los cronistas de entonces se asombraron del celo guerrero y la
fuerza de voluntad de este anciano, que muchos creían próximo á morir.
Los asuntos generales de la Iglesia los trataba brevemente, pero de la
cruzada discurría con gran prolijidad, atendiendo á todos sus detalles.
Falto de dinero, licenciaba á cuantos escritores y artistas vivían á
sueldo del Pontificado, y si retenía á algunos de los últimos, era para
que trabajasen en cosas de la guerra. A los pintores y bordadores les
encargaba estandartes. Los escultores tallaban pelotas de piedra para
las bombardas. Enviaba exhortaciones á los reyes cristianos para que
tomaran la cruz y marchasen contra los turcos. Exigía de los cleros de
todos los países una contribución para el sostenimiento de dicha
campaña...
--Pero ¡ay! la antigua fe guerrera--continuó el canónigo--se había
extinguido. Los monarcas se embolsaban cínicamente las cantidades
recogidas para la cruzada, siendo el primero en dar tan perverso ejemplo
Alfonso V de Aragón. Aún hizo algo peor. Se apropió los buques que por
encargo del Pontífice había reunido el arzobispo de Tarragona Pedro de
Urrea, y que estaban mandados por Antonio Olcina. Estos buques, en vez
de ir á Ostia, poniéndose á las órdenes del Papa, se unían á la flota
del rey Alfonso para hacer la guerra á los genoveses y otros Estados
cristianos enemigos de dicho rey.
Protestaba el viejo Pontífice inútilmente contra el arzobispo de
Tarragona y Alfonso V, llamándolos «traidores». Era el único, en todo el
Occidente, que hacía algo por oponerse al avance de los turcos, y con
asombro de todos los que ridiculizaban su empresa, considerándola
quimerática, empezaron á verla realizarse bajo el influjo milagroso de
una ardiente voluntad.
Las riberas del Tíber, siempre dormidas y casi desiertas, resucitaron á
la vida del trabajo por obra de este anciano. En la Ripa Grande
estableció arsenales, y junto á San Espíritu construyó un dique para
limpiar galeras.
Carpinteros y marineros acudían de toda Italia contratados por los
agentes del Pontífice. Este gustaba de dirigir los preparativos
personalmente, y cuando no escribía cartas á los reyes invitándolos á
tomar la cruz, intervenía en las compras de hierro, brea y maderaje para
las construcciones navales, vigilando igualmente los acopios de pelotas
de piedra y plomo para las bombardas, de ballestas, cascos, escudos,
lanzas, espadas, cadenas, áncoras y cables. Lo mismo se preocupaba del
bizcocho ó galleta para las tripulaciones que de las banderas y
gallardetes que debían ondear en las arboladuras de las naves. Hasta se
cuidó de dar cinco resmas de papel á los jefes de su flota para que
pudiesen escribirle acerca de las operaciones.
Ludovico Scarampo, el cardenal-almirante, uno de los príncipes de la
Iglesia más ricos, deseaba quedarse en su lujoso palacio de Roma; pero
como había demostrado ser el mejor hombre de guerra entre todos los del
Sacro Colegio, venció Calixto su resistencia, y prendiéndole con sus
propias manos en un hombro la insignia de cruzado, consiguió que al fin
zarpase su flota de las bocas del Tíber á fines de Junio de 1456.
Se componía de veinticinco naves, con mil marineros, cinco mil soldados
y trescientos cañones. Este milagro naval lo había conseguido Calixto
por sus propias fuerzas. El rey de Francia, Carlos VII, abusaba de su
entusiasmo, lo mismo que el de Nápoles. En vano le recordó la historia
de San Luis, héroe de las cruzadas. El descendiente del santo rey se
quedó con todo el dinero recogido, dedicando á guerrear contra ingleses
y napolitanos cuantos buques había juntado en Francia el Pontífice para
su expedición.
Al mismo tiempo que enviaba la flota de Scarampo al encuentro de los
turcos, haciéndose ilusiones sobre su eficacia, sin tener en cuenta el
número limitado de los buques, se preocupó de auxiliar á los húngaros,
contra los cuales había empezado á marchar el sultán Mohamed, invadiendo
el centro de Europa.
Este auxilio terrestre era más espiritual que efectivo. Ningún rey
cristiano le enviaba las tropas prometidas. Cada vez se veía más
claramente que la época de las cruzadas había terminado. El Papa era el
único que aún soñaba con la posibilidad de levantar contra los
musulmanes toda la Europa, por cuyo motivo algunos soberanos de su época
le llamaron irónicamente «el último cruzado».
En realidad, sólo pudo enviar á Hungría dos hombres: el cardenal español
Juan de Carvajal, enérgico y tenaz como él mismo en la lucha contra los
infieles, y un fraile, igualmente amigo suyo, que tenía más de setenta
años y estaba debilitado por una vida de privaciones: el futuro San Juan
de Capistrano.
Carvajal vivió seis años en Viena y en Buda como legado pontificio,
organizando con diversa suerte la cruzada contra los turcos. Gracias á
sus gestiones para restablecer la paz entre los magnates húngaros,
consiguió que muchos de éstos olvidasen sus querellas, tomando las armas
contra los infieles. El más famoso de todos fué el heroico Juan
Hunyades. Mientras tanto, Capistrano iba de un lado á otro predicando á
las muchedumbres para que se armasen y tomaran la cruz.
Capistrano y Carvajal, que se habían presentado á los húngaros con las
manos vacías, sin más auxilio que las palabras ardorosas de su
Pontífice, consiguieron improvisar un ejército. Pareció éste ridículo á
los verdaderos hombres de guerra comparado con el de los turcos, que era
tenido por toda Europa como invencible. Hunyades organizó á su costa
siete mil húngaros, y Capistrano y Carvajal le dieron como fuerza
auxiliar una muchedumbre abigarrada, enardecida por sus predicaciones,
compuesta de artesanos, labriegos, frailes, eremitas y estudiantes,
armados casi todos con guadañas, venablos y horquillas. Muchos de los
nuevos cruzados eran aventureros que iban en busca de botín; pero los
más acudían á la pelea con el deseo de morir, ganando el cielo. Varios
grupos de lansquenetes alemanes y guerreros polacos dieron cierta
consistencia militar á esta masa confusa y mal armada, conducida por el
fraile Capistrano.
El sultán Mohamed, con las tropas invencibles que habían tomado á
Constantinopla, y una artillería monstruosa, sitiaba á Belgrado, puerta
de Hungría. Tomada esta ciudad, el Gran Turco pensaba invadir fácilmente
todo el centro de Europa.
Avanzó Hunyades con su ejército irregular en auxilio de Belgrado. Junto
á él marchaba Capistrano llevando en alto un crucifijo, regalo de
Calixto III, é invocando el nombre de Jesús. Contra toda regla militar y
con menosprecio de la ley de las probabilidades, dicha muchedumbre mal
organizada, pero dispuesta á morir, rompió el cerco de los turcos y dió
auxilio á los que defendían Belgrado. Luego, revolviéndose contra los
sitiadores, con una audacia desconcertante para éstos, consiguió
desbaratarlos, apoderándose de su campamento, de su enorme artillería y
obligando á huir al famoso conquistador de Constantinopla.
Tal combate, desarrollado entre el 14 y el 21 de Julio, causó asombro en
los pueblos cristianos. Todos esperaban la derrota del Papa. Quedaba
deshecha la opinión general de entonces, que suponía invencible á la
media luna. El viejo y tenaz español había derrotado por primera vez á
los turcos.
La empeñada y sangrienta batalla de Belgrado la llamaron todos «la
batalla de los Tres Juanes», por ser éste el nombre de Hunyades,
Capistrano y Carvajal. El anciano Alfonso de Borja, cuando llegaron á
Roma las primeras noticias de la victoria, lloró de emoción y rió de
alegría, con el desordenado regocijo de un niño. Los hombres le habían
abandonado, pero Dios le apoyaba para que venciese él solo á sus
enemigos.
Aunque la peste causaba grandes estragos en Roma, no quiso abandonar la
ciudad, como lo hacían los personajes de su corte. Creyó que desafiando
á la muerte le protegería mejor el cielo en su empresa. Algunos
embajadores, en las cartas dirigidas á sus gobiernos, se mostraban
conmovidos por la férrea entereza de este varón casi octogenario. A
pesar de su inesperada victoria, siguieron mostrándose los Estados
cristianos indiferentes á dicha guerra, y Venecia hasta contrajo alianza
secreta con los turcos.
Una epidemia se había desarrollado sobre el enorme campo de batalla por
la corrupción de los montones de cadáveres. El heroico Hunyades murió de
ella cuando sólo habían transcurrido algunas semanas desde su triunfo, y
poco después perecía igualmente su compañero de armas San Juan de
Capistrano.
Quedó Carvajal en Hungría, extremando su elocuencia para crear un nuevo
ejército; pero las divisiones y rivalidades de los señores húngaros
imposibilitaron su empresa.
Otro héroe, el famoso Scanderbeg, por su verdadero nombre Jorge
Castriota, príncipe de Albania, recibía de Calixto III el título de
«Atleta de Cristo». Este guerrero de historia novelesca, que entraba en
los combates arremangado un brazo para manejar con más soltura la espada
ó la maza, se sostuvo veinticuatro años cortando el paso á los turcos y
batiendo sus ejércitos, diez ó veinte veces mayores que el suyo.
Alfonso de Borja lo animaba en su resistencia, dándole sobrenombres
honoríficos ya que le era imposible enviarle soldados ni dinero. La más
brillante y sangrienta de sus victorias, la llamada de Tomorniza, la
obtuvo el «Atleta de Cristo» en 1457, y el Pontífice le confería por
ella el título de Capitán General de la Curia.
La escuadra del Papa había dejado pasar semanas y meses sin hacer nada
positivo contra sus adversarios. El cardenal-almirante Scarampo se veía
mal recibido en las islas griegas. Sus habitantes, convencidos de la
victoria final de los turcos, no querían comprometerse prestando ayuda á
las naves papales. Al fin Scarampo encontraba una flota turca cerca de
Mitilene, batiéndola completamente y apoderándose por abordaje de
veinticinco de sus buques.
Esta fué la postrera satisfacción del «último cruzado». Hasta su muerte
se mantuvo en una firme actividad á prueba de desilusiones; pero no
conoció ya nuevas victorias. Sus inesperados triunfos por mar y tierra
no pudo explotarlos, falto de cooperación. Luchaba en medio de la
indiferencia de los suyos, hostilizado sordamente por los príncipes
cristianos y gran parte del clero. Su dolor al verse solo le hacía
decir: «La mies es grande y los obreros muy pocos.»
El canónigo quiso concretar su relato, y añadió:
--Nuestro Papa español llegaba demasiado tarde para la defensa de la
cristiandad. Era el último Pontífice de la Edad Media entusiasta y lleno
de fe. Sus asombrosos y rápidos triunfos no los apreció nunca como
resultado de su actividad personal. Los consideraba modestamente un
efecto de las plegarias que dirigía á Dios y de las rogativas ordenadas
á los pueblos cristianos, ya que sus príncipes no querían ayudarle. De
no traicionarlo y robarlo descaradamente estos gobernantes, ¿quién sabe
si el primero de los Borja habría acabado por plantar otra vez la cruz
sobre las murallas de Constantinopla?...
Figueras cesó de hablar. Rosaura se había puesto de pie y le tendía una
mano.
--Son cerca de las cuatro; ¡cómo pasa el tiempo escuchando á don
Baltasar!... Debo irme; me esperan. ¡Adiós! Nos veremos cuando vuelva
usted de Roma... Porque espero que á su regreso se detendrá unos días en
esta casa. Ahí se quedan ustedes hablando de cosas tan interesantes.
Y desapareció, dejando en Claudio Borja cierta duda sobre la intención
de sus últimas palabras, haciéndole sospechar si ocultaban éstas una
ligera ironía.