Donde el canónigo Figueras cuenta la gran empresa de su vida

Claudio vió á don Baltasar casi lo mismo que cuando él era niño y vivía

bajo su tutela en un caserón de la tranquila calle de Caballeros, en

Valencia.

Pasados los sesenta años, se mantenía ágil de cuerpo, erguido, el rostro

sonrosado y fresco, la cabeza más abundante en cabellos obscuros que en

canas.

Sus fatigosas lecturas de pergaminos y papelotes, con la tinta

enrojecida por el tiempo, le habían quebrantado la vista, lo que le

hacía usar ahora unas gafas de cristales ovalados y montura de oro.

Otra modificación que Borja notó en su persona fué el abultamiento del

abdomen. Manteníase enjuto de carnes, sin aditamentos grasosos en los

miembros, pero su vientre se había desarrollado aparte, con

independencia algo grotesca. Era el resultado de un sedentarismo de

hombre estudioso, que pasaba largas horas en el archivo de la catedral ó

en la biblioteca de su casa, inmóvil en un sillón, la cabeza apoyada en

ambas manos, los ojos puestos en un documento de intrincada escritura.

Se acordó Borja, además, de los siete arroces distintos que figuran en

la cocina valenciana y de otros platos no menos suculentos á los que se

mostraba aficionado este santo hombre, por no conocer vicio mayor que el

de una gula tranquila y jocunda, capaz de hacer alto en los linderos del

exceso.

Este viaje á Roma, después de largos años sin salir de Valencia, daba al

canónigo una alegría juvenil. Parecía admirarse á sí mismo viéndose sin

aquellas sotanas de seda que sus criadas conservaban siempre limpias y

brillantes, esparciendo un ligero olor de incienso y de tabaco. Iba

ahora en traje civil, vestido de negro, con una pechera de igual color

sobre la abertura del chaleco, y en la solapa izquierda un botón rojo y

amarillo, colores de la bandera española.

--Llevo esto--explicó á su sobrino con gravedad--para que sepan que soy

un sacerdote católico. Aquí en el extranjero abundan los protestantes, y

clérigos y pastores vamos trajeados lo mismo. Necesito que me distingan

de ellos, y por eso me he puesto esta insignia, que guardo de la última

peregrinación.

Y el bueno de don Baltasar se imaginaba á todo el mundo enterado de

cuáles eran los colores de la bandera española, y convencido de que su

botoncito revelaría instantáneamente, á cuantos le mirasen, su patria y

su religión.

Creyó Borja haber vuelto á la adolescencia viendo á este hombre, que,

próximo á su ancianidad, se mantenía alegre, bondadoso y crédulo, lo

mismo que en sus tiempos de seminarista. Vivía en un hotel de Niza por

recomendación de algunos compañeros de sacerdocio que habían ido á Roma

poco antes.

--Una casa seria, dirigida por personas creyentes--dijo á Claudio, que

deseaba llevarle á un alojamiento mejor--. No es decente para uno de mi

clase ir adonde vais vosotros. Demasiadas mujeres en esta tierra, y

todas con los brazos al aire, escotadas de un modo escandaloso... ¡hasta

dentro de los templos!

No obstante tales protestas, era más propenso Figueras á excusar las

flaquezas del prójimo que á censurarlas. Sus estudios históricos, que le

habían hecho vivir entre reyes, reinas y Pontífices de existencia

suntuosa, unían á dicha tolerancia una predisposición instintiva hacia

el lujo (aunque no participase de él), un respeto y una admiración algo

pueriles para los ricos y los poderosos.

Cuando su sobrino le habló de la viuda de Pineda, dueña de una «villa»

muy elegante en el camino de Monte-Carlo, gran dama que deseaba

conocerle por lo mucho que había oído hablar de él, tosió el canónigo

con cierta malicia, queriendo dar á entender que no le era completamente

ignorada dicha señora.

Hasta su casa habían llegado los ecos de la existencia que llevaba

Claudio. Sabía quién era esta millonaria de América y sus relaciones con

Borja... Pero en fin, la vida en el extranjero es otra que la de España;

ella era viuda y él estaba libre. A nadie hacían daño de un modo

inmediato y directo con su conducta irregular. Y el sacerdote, para

tranquilidad de su propia conciencia, mostrábase seguro de que los dos

acabarían por casarse.

Cierta vanidad de carácter literario aumentaba la tolerancia del

canónigo. Conocía como nadie, por indiscreciones de antiguos documentos,

la vida secreta de ciertos reyes de Aragón, que eran sus personajes

favoritos; todos ellos con mancebas, á las que amaban románticamente,

volviendo su espalda á la mujer legítima. Alfonso V, conquistador de

Nápoles, no regresaba nunca á España al lado de su esposa, y moría en

Italia víctima de su entusiasmo por las marquesas napolitanas. Su

hermano Juan II, padre de Fernando el Católico, reinaba luego amancebado

con una hebrea de rara hermosura. Figueras había dedicado además una

parte de sus estudios al Renacimiento italiano y sus costumbres,

sabiendo como pocos los pecados amorosos de varios Papas y de los

cardenales aseglarados de su corte durante el curso del siglo XV.

No iba á asustarse, como tímida beata, por los amoríos de dos personas

jóvenes, que además sabían ocultarlos con discreción. Era lógico cerrar

los ojos, ya que el pecado no iba unido al escándalo.

Y don Baltasar entró en aquel jardín, que Claudio llamaba la Venusberg,

admirando su esplendor vegetal. Luego acogió con rebuscadas y melifluas

palabras todas las amabilidades de la dueña de la casa.

«Sí que es guapa--se decía interiormente--. Mucho más de lo que me

habían dicho y lo que yo imaginaba... ¡Y tan elegante!»

Al fin conseguía ver de cerca á una de estas señoras de rítmico paso,

envueltas en suaves perfumes, que le hacían recordar á las otras,

admiradas tantas veces, imaginativamente, mientras estudiaba la vida

secreta de altísimos personajes; mujeres extraordinarias que no eran ya

mas que polvo y huesos rotos dentro de tumbas olvidadas en los

penumbrosos rincones de una catedral.

La encontró idéntica á las amantes de ciertos reyes de vida romancesca y

á las señoras romanas que hacían pecar á los Pontífices. Luego se

arrepintió de tan irrespetuosas comparaciones, impresionado por la

sonrisa falsamente pueril de Rosaura, por la sencillez de sus maneras,

por el aire de niña que tomaba al hacerle preguntas.

Ella conocía perfectamente á don Baltasar gracias á las revelaciones de

Claudio. El interés que sentimos todos por enterarnos del pasado de la

persona amada la había hecho complacerse--durante los reposos de sus

noches de voluptuosidad--en escuchar á Borja el relato de su infancia

dentro de aquel caserón lleno de libros viejos, en una de las calles más

tranquilas de Valencia.

Creía haber visto con sus ojos dicho edificio, donde llevaba viviendo

cerca de cuarenta años el canónigo. Los salones olían á humedad. No

quedaba techo ni pared que no estuviese rayado por las serpentinas

rendijas del agrietamiento. Los pisos temblaban con un eco inquietante

bajo los pasos. De los techos llovía yeso cada vez que pasaba un

vehículo cargado por la inmediata calle.

El zaguán era enorme. Las antiguas carrozas podían dar vuelta dentro de

él; pero hacía muchos años que no trotaban sobre su pavimento de piedras

azules otros animales que una familia de gatos rojos y negros,

mantenidos por las criadas del canónigo, para que diesen guerra á las

innumerables ratas emboscadas en los estantes de libros y manuscritos.

Lo mejor era el llamado jardín, espacio abierto entre los caserones

inmediatos, unas docenas de metros de tierra libre con varias matas de

flores y tres naranjos colosales, negros y retorcidos, con muñones

monstruosos en el tronco á causa de las ramas cortadas, subiendo casi

verticalmente, en busca de un sol que doraba tejados y muros, sin

atreverse á descender mas que breves instantes hasta el suelo, siempre

húmedo y musgoso.

Estos árboles, urbanos y centenarios, se consolaban de tal

aprisionamiento dando algunas veces su cosecha de naranjas con una

prolificuidad que parecía malsana. Sus profundas raíces, al taladrar el

suelo, debían haberse extendido hasta algún albañal olvidado. Sus

productos tenían la dulzura exasperante, la miel reconcentrada, el

tamaño extraordinario de ciertas ciruelas que años después había gustado

Borja en el cementerio de una abadía ruinosa de Bretaña, de la cual

había sido prior Pedro Abelardo, el amante de Eloísa. Estas naranjas se

pudrían con la misma rapidez que habían crecido, como todo lo que se

desarrolla fuera de los ritmos ordinarios de la vida.

Se acordaba Rosaura repentinamente de una doméstica del canónigo, que

Claudio había nombrado muchas veces. El joven la distinguía de las otras

por su habilidad para contarle historias de santos y demonios, que

amenizaban su niñez. Admirábase Figueras de la memoria prodigiosa de

esta señora, capaz de retener el nombre de una obscura criada.

--¿Qué es de Ramona?... ¿Está todavía á su servicio?

Don Baltasar ponía la cara triste. Ramona había muerto ocho años antes.

Las dos mujeres que ahora cuidaban de él no habían conocido á Claudio.

Eran á modo de extranjeras dentro de aquella casa de tres siglos, con un

escudo sobre su puerta cuyos cuarteles estaban borrosos por las roeduras

del tiempo y semejaba una piedra informe extraída del fondo de un río.

--Todos se mueren--continuó el canónico melancólicamente--. Y la pobre

casa también va á morir.

Era la única amargura, intensa en realidad, que perturbaba su vida

optimista. Un año ú otro, los propietarios del edificio, noble familia

residente en Madrid, tendrían que echarlo abajo, no sabiendo él adonde

ir con todo su bagaje de manuscritos y libros. Retardaba el trágico

instante, con riesgo de su propia existencia. En vano los arquitectos

habían declarado el caserón próximo á derrumbarse. Don Baltasar

inventaba razones para seguir en él, arrostrando el peligro de perecer

sepultado bajo escombros y papeles.

Tenía la esperanza de morir antes que el edificio. En tal caso, sus

manuscritos pasarían al archivo de la catedral ó á la Academia de la

Historia en Madrid, y los arquitectos podrían, sin obstáculo alguno,

elevar sobre el terreno de esta mansión venerable otra moderna, hermosa

como una jaula, con numerosos departamentos, dentro de los cuales

vivirían las gentes lo mismo que pájaros saltarines y cautivos.

Poco después de haber terminado el almuerzo con que la viuda de Pineda

obsequió al canónigo, mostró ésta deseos de abandonar á sus dos

invitados.

¡Muy interesante don Baltasar!... Tenía para ella el doble atractivo de

conocerlo á través de los relatos de Claudio y de pertenecer á la

Iglesia, pues la bella señora mezclaba con una vida de incesantes

diversiones, verdaderamente pagana, una adhesión inquebrantable al

catolicismo. Su alma siempre movediza necesitaba una continua renovación

de sensaciones, y anunció de pronto el deseo de marcharse.

Debía ver en el Sporting Club de Monte-Carlo á unas amigas inglesas.

Claudio y su tío podían quedarse paseando por el jardín. Estaban en su

casa. Ella pensaba enviarles su automóvil una hora después. Así Borja

podría enseñar al canónigo las cosas interesantes de Mónaco y

Monte-Carlo que parecían tentarle con el atractivo de todo lo que

representa peligro ó misterio.

Claudio, al pasear por el jardín con su tío, sospechó si Rosaura se

había marchado por evitarse las charlas eruditas de éste. El mismo la

había hablado algunas veces de lo peligroso que resultaba el canónigo al

enfrascarse poco á poco en la exposición de sus estudios favoritos.

Tenía «su manía» propia, como todos los que concentran la atención en un

asunto único. Sus pláticas eran agradables; sabía contar historias

amenas sobre la vida íntima en la Edad Media, que interesaban hasta á

las personas más frívolas. Pero apenas nombraba á los Borja, sus oyentes

mirábanse entre ellos con cierta inquietud. La conversación se convertía

en monólogo, y don Baltasar hablaba horas y horas, sin darse cuenta de

su esfuerzo.

Era temible, como «el hombre de un solo libro» de que habla Santo Tomás.

Todo lo encaminaba á su tema favorito, con una constancia de maniático.

En los tiempos de su niñez empezó Claudio á darse cuenta de este fervor

del canónigo por los Borja. Hasta parecía envidiarlo á él, por llevar

igual nombre que los Pontífices españoles tan execrados por muchos. De

buena gana habría cambiado su apellido de Figueras por el que ostentaba

su primo el ingeniero Borja, padre de Claudio.

Se acordaba el joven de las veces que había ido, en su infancia, con una

de sus criadas á buscarlo en el archivo de la catedral. Subían por una

escalera antigua, entre muros de piedra de este primitivo templo gótico,

que un pueblo devoto y demasiado rico había transformado en iglesia de

arquitectura clásica, arqueando las ojivas, cubriendo de mármoles y

dorados los negruzcos sillares.

Ocupaba el archivo varios cuartos blanqueados con cal. Don Baltasar

había colocado en vitrinas de madera los documentos más valiosos. Un

armario guardaba sellos y bulas que pendían de los antiguos documentos,

representando en sus redondeles escudos heráldicos, imágenes de santos,

altares y templos. Estas plastas de cera roja, verde ó amarilla parecían

tener la dureza de un metal prolijamente cincelado. En una pared se

mostraba, bajo vidrio, larguísimo papel con columnas de letra menuda.

Eran las cuentas del abastecimiento (armas, víveres y sueldos) de una de

las flotas mandadas por Roger de Lauria, dominador del Mediterráneo, que

no permitía navegasen en él ni los peces «sin llevar sobre su lomo las

cuatro barras rojas del escudo de Aragón».

Iba enseñando don Baltasar al pequeño todos los tesoros de este apartado

y silencioso dominio, en el que pasaba semanas y meses sin que nadie

viniese á turbar la paz de sus estudios. Podía descifrar documentos y

escribir notas escuchando al mismo tiempo, por la tarde, con una lejanía

que él llamaba «poética», los armónicos trompeteos del órgano y los

cánticos de sus compañeros de canonicato reunidos en el coro para el

cumplimiento del oficio diario. Le parecía vivir en un mundo aparte,

por encima del tiempo y del espacio, en comunicación sobrenatural con

siglos remotos que sólo habían dejado como huellas de existencia varias

losas sepulcrales abajo en el templo y unos legajos color de hoja

marchita en los estantes de pino que rodeaban su mesa.

Otro de estos legajos, oculto en un arcón y bajo llave como si fuese

tentadora joya, lo mostró dos veces el canónigo á su sobrino.

--Fíjate bien--dijo--; esto te pertenece, es de tu familia: las cartas

de los Borja, que luego los italianos llamaron Borgia... Esta es de

Alejandro VI á su hijo mayor el duque de Gandía. Esta otra, de César

Borgia cuando aún no era soldado y ostentaba el título de cardenal de

Valencia.

Y seguía enumerando las epístolas que la poderosa familia, instalada en

Roma, había ido dirigiendo á sus amigos y parientes en la ciudad de la

que eran oriundos.

--Todas están escritas en valenciano--continuaba Figueras--. El

valenciano fué la lengua familiar de los Borgia, el idioma sagrado y

secreto de tribu con el que se entendían entre ellos, al vivir en

Italia, circundados de espías é hipócritas.

También usaban con frecuencia el castellano. El cardenal Pedro Bembo,

cuando aún era simple literato en Venecia, su patria, aprendía el

castellano para escribir cartas amorosas á Lucrecia Borgia. Todos los

hijos de Alejandro VI, á pesar de ser mestizos de italiana y español y

no haber ido nunca á España, hablaban en castellano á los amigos y

protegidos de su padre, y se valían con éste del valenciano, como si tal

medio de expresión les diese mayor intimidad.

Quedaba el canónigo pensativo unos momentos, y colocando una mano en la

cabeza del pequeño, acababa por decir:

--Cuando seas hombre comprenderás mejor lo que valen estos papeles.

Debes consagrarte á una empresa justa que tal vez yo no pueda terminar.

Defiende á los tuyos, que son los mayores calumniados de la Historia.

El mismo fervor por dicha reivindicación lo notaba ahora Claudio en el

jardín de Rosaura oyendo á este santo hombre, que parecía no haber

nacido para otra finalidad que hablar de los Borja. Se habían sentado

los dos en lo alto de una avenida de flores que, en forma de mesetas

superpuestas, descendía hasta el mar.

Por esa tendencia á la antítesis que algunas veces nos hace ser

pesimistas ante los espectáculos risueños, al mismo tiempo que Figueras

contemplaba un pedazo azul y luminoso del Mediterráneo, con algunas

velas blancas en último término, empezó á hablar de las ruinas de la

Roma del siglo XV, casi desaparecida bajo escombros á consecuencia del

abandono de los Papas instalados en Aviñón y las luengas peleas del Gran

Cisma de Occidente.

--Tú sabes algo de eso, Claudio--dijo el canónigo--. Muchas veces me

hablaste de la obra que pensabas escribir sobre el papa Luna. Estoy

seguro de que no la has terminado... Tal vez no has escrito una sola

línea. ¡Qué vas á escribir en esta vida que ahora llevas!... Pero en

fin, conoces las aventuras del «Papa del mar», y también lo que ocurrió

en el Concilio de Constanza, que de tres Papas hizo uno, proclamando á

Martín V, así como la resistencia de nuestro don Pedro en el castillo de

Peñíscola, donde tú estuviste, marchándote sin venir á Valencia...

Imagínate cómo sería Roma después de un abandono que duró cerca de un

siglo.

Martín V hallaba á la Ciudad Eterna en paz, pero como una ruina inmensa,

cubierta de escombros, con su población terriblemente mermada por las

enfermedades. Sólo permanecían de pie las torres de algunos nobles,

acostumbrados á vivir como bandidos, saliendo de sus guaridas para robar

y matar á los débiles. La pobreza era tan general, que en las grandes

fiestas del año no se podía encender una lámpara en la iglesia de San

Pedro. Había eclesiásticos que morían de hambre, y los supervivientes

iban cubiertos de andrajos, con aire de salvajes, implorando la caridad.

Los más de los edificios eran montones de escombros cubiertos ya de

matorrales, y en las partes bajas de Roma la lluvia había formado

charcas que corrompían la atmósfera, favoreciendo la difusión de la

_malaria_ y la peste.

Muchas iglesias se habían venido al suelo, faltas de reparación. El

Coliseo perdía una parte de sus arcos; el Palatino servía de pradera á

caballos y cabras, y en el Foro pacían manadas de vacas. Ciertas

familias feudales que dominaban á Roma iban empleando estatuas y

columnas de mármol para hacer muros, escaleras, umbrales de puertas y

hasta cuadras y pocilgas. Si algunas obras antiguas conseguían salvarse,

era por permanecer ocultas bajo cascotes y malezas. Los monumentos de la

Roma clásica servían de canteras inagotables, proporcionando bloques á

los edificios en construcción y á las fábricas de cal.

En la corta vida de un hombre, la Ciudad Eterna sufría enormes

destrucciones. El humanista Poggio había visto casi incólume el templo

de Saturno, y al volver á Roma años después, sólo encontraba las ocho

columnas que se conservan actualmente. Igual devastación notaba en el

sepulcro de Cecilia Metella.

--Mas á pesar de tales destrucciones--siguió diciendo don Baltasar--,

existía indudablemente una cantidad mayor de monumentos antiguos que en

nuestra época, y su abandono daba á la ciudad cierto aspecto muy

pintoresco. Una vegetación de varios siglos se había extendido sobre las

ruinas. La superstición medieval las iba poblando de fantasmas y brujas.

Si algunos artistas se cuidaban de desenterrarlas y dibujarlas, la plebe

romana los creía unas veces magos y otras buscadores de tesoros.

El antiguo palacio de Letrán, residencia de los Papas, estaba tan

arruinado que era imposible intentar su restauración. Algunas iglesias

célebres carecían de techumbre y otras eran convertidas en caballerizas.

La basílica de San Pablo había perdido su tejado y la lluvia y el

granizo penetraban en ella sin obstáculo, continuando su destrucción.

Los pastores de la campiña romana metían sus rebaños en este templo para

que pernoctasen, como en un establo. Junto á la basílica de San Pedro,

la mayor parte de las casas estaban destruídas y las calles de la Ciudad

Leonina intransitables por los montones de escombros. Todo el vestíbulo

de la citada basílica, primer templo del catolicismo, se había

desplomado.

Las murallas de la Roma papal tenían grandes brechas, penetrando por

ellas durante la noche bandas de lobos procedentes de las llanuras

desiertas. Estos lobos merodeaban dentro de los jardines del Vaticano,

desenterrando los cadáveres de un cementerio vecino. Además, las

enfermedades pestilentes eran continuas, viéndose diezmado el escaso

vecindario.

--Dichas calamidades--continuó el canónigo--fueron combatidas por los

tres primeros Papas que se instalaron en Roma después del Gran Cisma:

Martín V, Eugenio IV y Nicolás V. El dinero de la cristiandad ya no

tomaba el camino de Aviñón; volvió á afluir á Roma, y los mencionados

Pontífices fueron reparando los males de un abandono casi secular.

Iba acompañada la nueva prosperidad de un relajamiento general de las

costumbres, de un deseo ardoroso de vivir. Empezaba el período titulado

del Renacimiento. Los humanistas, escritores, oradores y poetas, devotos

fanáticos de la antigüedad clásica, extendían su influencia sobre las

diversas cortes de los Estados italianos. El culto á las letras antiguas

tomaba un carácter religioso. Se olvidaban las gentes de Dios para

ocuparse únicamente de los dioses. Las divinidades de la religión

cristiana eran designadas con nombres paganos. Filósofos huídos de

Constantinopla ante el avance de los turcos esparcían en Italia este

gusto por la literatura clásica, fajada y envuelta en perfumes, como una

momia majestuosa, durante los mil años que había durado el Imperio de

Bizancio.

Todas las grandes familias italianas poseían un humanista á su servicio,

un orador para que las deleitase con sus discursos latinos, como dos

siglos antes los señores cubiertos de hierro y las damas sentadas en

altos sitiales tenían á los trovadores en sus castillos.

Cicerón era preferido á Virgilio y Horacio. La elocuencia lo dominaba

todo, impidiendo las guerras, cimentando la paz, manteniendo las buenas

relaciones entre soberanos. Los embajadores recibían el título de

«oradores». Todo príncipe ó pequeña República procuraba tener á sueldo

un orador más elocuente y de un latinismo más elegante que las potencias

rivales. En las invitaciones á los banquetes se anunciaba como gran

aliciente una arenga latina á los postres, pronunciada por algún

humanista célebre.

Para atraerse la amistad de Alfonso V de Aragón, rey de Nápoles, la

República de Florencia le enviaba un manuscrito de Tito Livio. Este

monarca hispano-italiano interrumpía un concierto sinfónico para que le

leyesen á toda voz varios capítulos de cierta obra antigua que acababa

de recibir, prefiriendo la melodía de los períodos latinos á la de los

instrumentos de madera y de cuerda.

Petrarca y Boccacio habían iniciado un siglo antes el entusiasmo por la

literatura clásica. Los potentados daban á sus hijos é hijas nombres de

personajes de la antigüedad. En el alma de todos se realizaba una

profunda mutación. Hasta entonces se había vivido con el pensamiento

puesto en el cielo, ambicionando conseguir la salvación del alma. Ahora

se amaba la gloria eterna ó la celebridad pasajera, lo mismo que los

héroes romanos ó griegos.

Cada personaje quería ser un semidiós. Al levantarse nuevos templos, se

mezclaban imágenes y atributos paganos con los símbolos del

cristianismo. Estos humanistas, adoradores furiosos del mundo antiguo,

se deslizaban con dulzura por la pendiente de la herejía, llegando á la

más absoluta incredulidad.

Lorenzo Valla, célebre escritor italiano, trataba los hombres y los

dogmas del catolicismo con una ironía igual á la de los librepensadores

del siglo XVIII, precursores de la Revolución francesa. La Iglesia

fingía no enterarse de tales atrevimientos, por miedo á aparecer en

abierta hostilidad con unos personajes que estaban de moda. Además, el

rey de Nápoles guardaba como secretario á Lorenzo Valla, defendiéndolo

de todo ataque.

La filosofía de este humanista evocaba la imagen de una carrera sin

freno, entre alaridos jocundos, después de la cautividad de varios

siglos en que había vivido el pensamiento. Era el Evangelio del placer,

la satisfacción de todos los apetitos, el salto alegre sobre cuantas

barreras habían levantado la disciplina y la honestidad. El adulterio

debía admitirse como algo natural, según Valla, siempre que fuese

ordenado y discreto; la comunidad de mujeres resultaba de acuerdo con la

Naturaleza. Sólo era prudente evitar el adulterio y el desorden en los

deleites cuando representasen algún peligro.

Otro humanista todavía más escéptico, Becadelli, el autor de _El

hermafrodita_, se unía á Valla, defendiendo ambos el deleite sensual

como soberano bien, y declarando la virginidad voluntaria un vicio del

cristianismo, un crimen contra la benigna Naturaleza. Presentaban los

amores de los dioses paganos como regla de vida. Todos los seres del

Olimpo, exceptuando á Minerva, habían conocido el ayuntamiento carnal, y

Júpiter, en cuanto dependió de él, no pudo consentir jamás cerca de su

persona ninguna virginidad.

Tales doctrinas regocijaban á los hombres más poderosos de entonces.

Nadie osaba declarar en público su conformidad con ellas, mencionándolas

como extravagancias de talentos algo descarriados, pero en la práctica

aceptaban dicha glorificación del placer, amoldando su existencia á las

teorías de Valla y sus amigos.

Jamás en la Historia se vió un deseo tan general de gozar, de ir en

busca del deleite, arrollando obstáculos; nunca la humanidad mostró un

cinismo tan sereno para la satisfacción de sus pasiones.

Casi todos los reyes y príncipes de los Estados de Italia eran hijos

ilegítimos. A su vez, los obispos ricos, los cardenales y ciertos Papas

hacían igual que los soberanos laicos, teniendo á su lado numerosos

hijos, disimulados al principio con el título de sobrinos, reconocidos

finalmente como hijos sin empacho alguno.

--Pío II--continuó don Baltasar--, al que tú llamas algunas veces «el

Papa novelista», cuando hizo su entrada en Ferrara en 1459, fué recibido

por siete príncipes reinantes de Italia, y ni uno solo de ellos era hijo

legítimo. Nadie se indignaba ante las irregularidades de los señores

laicos y eclesiásticos. La gente reía de las concupiscencias de los

grandes personajes de la Iglesia, pero sin considerar un crimen su

lubricidad, ya que de un extremo á otro de Italia reinaba un libertinaje

tranquilo que nos es imposible concebir en los tiempos actuales.

Los miembros del clero vivían en concubinaje público, y cuando no tenían

una mujer ó varias al lado de ellos, sus costumbres resultaban aún más

abominables. Los Manfredi en Faenza, los Malatesta en Rímini, los

Baglioni en Perusa, los Pandolfo Petrucci en Siena, los Sforza en Milán,

los Este en Ferrara, los Aragón en Nápoles y otras familias reinantes

menos poderosas, exhibían sin rubor alguno sus vicios y sus incestos, y

nadie protestaba de tal desvergüenza, á excepción del austero

Savonarola.

Existían en la burguesía familias guardadoras de las antiguas virtudes,

procurando vivir al margen de esta licencia general; pero el pueblo

imitaba con exageración los vicios de sus gobernantes.

Paolo Baglioni, soberano de Perusa, viviendo maritalmente con su

hermana, recibía en el lecho á una diputación de notables de la ciudad,

y éstos no sabían qué cara poner ni en qué actitud mantenerse viendo al

príncipe acostado junto á su hermana, completamente desnuda, y

acariciando sus pechos mientras oía la arenga del orador de la comisión.

Un príncipe de Ferrara decapitaba á su mujer por adúltera con uno de sus

hijastros. Otra era precipitada desde una torre por mantener relaciones

carnales con varios sobrinos. El doga de Venecia Pietro Mocénigo caía

enfermo á causa de sus excesos con dos bellas cautivas traídas de

Turquía. Este viejo libidonoso no tardaba en reponerse, y poco después

lo sorprendían en su cama con cuatro adolescentes venecianas de doce á

catorce años.

Segismundo Malatesta, hábil y temible capitán, que fué en sus guerras un

precursor de César Borgia, tomaba las mujeres violentamente, matándolas

si se negaban á sus deseos. Esta brutalidad de sátiro no le impedía ser

poeta, hábil orfebre, gran protector de las artes y constructor de

bellas iglesias que parecían templos paganos. Su lubricidad de fiera le

impulsó á querer «conocer», en el sentido bíblico, á su hijo Roberto,

teniendo que huir este futuro heredero de sus Estados para librarse de

la terrible predilección paternal.

--Es verdad--dijo Figueras--que en esta acción monstruosa hubo

indudablemente el deseo de cumplir algún rito mágico, pues todos estos

señores, que apenas creían en Dios, tenían gran fe en el diablo y

tomaban consejo de magos y astrólogos antes de acometer una empresa.

Pasaban de mano en mano escritos pornográficos, obra de famosos

humanistas. Las novelas en boga superaban á las de Boccacio en

descripciones libertinas. Bandello, futuro obispo, y Bembo, futuro

cardenal, escribían historias de alcoba que hacían las delicias de las

grandes damas italianas. Dábanse en los palacios funciones teatrales,

reproduciendo sobre el escenario los actos más íntimos del placer

carnal. Otra diversión, después de una cena, era reclutar prostitutas y

ponerlas desnudas, arrojándolas castañas y almendras para que las

buscasen, marchando á cuatro patas, por debajo de los muebles.

Se había extendido la moda de tener esclavas orientales, y los pintores,

desde Mantegna al Veronés, reproducían en sus cuadros á dichas hembras,

ornamento de las familias ricas, que iban aumentando éstas con bastardos

hijos del dueño de la casa.

A pesar de la cínica libertad dentro de los hogares, el número de

prostitutas era enorme en Italia. Venecia, con trescientos mil

habitantes, contaba once mil hembras de dicha especie y otras tantas ó

más dedicadas en secreto al mismo comercio irregular. El gusto por la

vida antigua facilitaba á muchas de ellas el ascender al mismo nivel de

las cortesanas célebres de Grecia, valiéndose de sus riquezas y de su

educación intelectual. Poetas y cuentistas las dedicaban grandes

elogios. Se hacían construir palacios para recibir dignamente á sus

adoradores, que eran príncipes reinantes, prelados ó banqueros.

Tulia de Aragón veíase celebrada en toda Italia por su belleza, su

talento de poetisa y los refinamientos voluptuosos que había inventado

en una Academia Erótica presidida por ella. Finalmente, esta cocota del

siglo XV, despilfarradora de millones, moría joven aún, roída por

secretas enfermedades, sirviendo de moza en una taberna del Transtevere.

La bella Imperia, mantenida en un lujo de emperatriz por el banquero

Agostino Chigi, tomaba lecciones de los más afamados humanistas y

sostenía correspondencia literaria, abundante en citas latinas y

griegas, con los escritores más reputados de la corte de los Médicis y

otros de Pisa, Bolonia y Milán. Guardábanle en las iglesias el lugar más

honorífico y se apartaban los transeuntes en las calles para cederla el

paso entre murmullos de admiración.

Sus limosnas eran tan enormes como su lujo. Venían de toda Italia, con

el deseo de poseerla, príncipes, prelados y opulentos mercaderes; pero

ella mantenía en torno á su persona una pléyade de cortesanas jóvenes, á

las cuales iba delegando, según se presentaban los suspirantes, para

esquivar su contacto, y sólo accedía á concederles sus favores cuando

estaban quebrantados por las pruebas á que les habían sometido sus

bellas auxiliares.

El fervor exagerado por la antigüedad añadía á esta depravación de las

costumbres italianas los amores contra natura, designados por todos con

el nombre de «vicio griego». Muchos humanistas hacían gala en público

del más aborrecible defecto del paganismo, y grandes personajes de la

época participaban en secreto de sus aficiones. Unos se dedicaban

exclusivamente, por fanatismo clásico, al amor homosexual; los más eran

«ambidextros», practicando á un mismo tiempo los dos comercios carnales.

--Hasta hubo Papas--continuó don Baltasar--acusados públicamente de

dicha abominación tan extendida en aquella época; uno de ellos el famoso

cardenal Juliano de la Rovere, que fué luego Julio II, eterno é

implacable enemigo de los Borgia. Tuvo, como Alejandro VI, hijos

naturales, y además pareció interesarse por el vicio griego, aberración

en la que no incurrió nunca nuestro compatriota Rodrigo de Borja.

Al llegar aquí, después de haber descrito las corrupciones del

Renacimiento, el buen canónigo dió suelta á su indignación contra las

calumnias que pesaban sobre los Borgia, pintándolos cual si fuesen unos

seres excepcionales, demonios surgidos en medio de un período de virtud

general, monstruos de liviandad que escandalizaron á sus contemporáneos,

todos muy honrados.

--Dejemos aparte á Calixto III, el primer papa Borgia, varón de puras

costumbres, al que sólo se atreven á criticar algunos por haber abierto

el camino de los altos honores eclesiásticos á su sobrino, el futuro

Alejandro VI... Yo no digo que Rodrigo de Borja, su hijo César y otros

parientes fuesen santos ni modelos de virtud. Eran hombres de su época,

y vivieron con arreglo al ambiente de entonces. Antes de que ellos

naciesen ya existía la corrupción italiana, dentro de la cual se

desenvolvieron. Lo que á mí me indigna es que muchos de sus

contemporáneos supriman con hipocresía el ambiente general de la época,

hablando de ciertos hechos de los Borgia (indudablemente censurables)

como si fuesen casos aislados, y callándose lo que hacían al mismo

tiempo centenares y centenares de personajes más corrompidos que

aquéllos. Todos se acuerdan de César Borgia, príncipe hispano-italiano,

como de un «monstruo único», y nadie alude á Segismundo Malatesta y

demás _condottieri_, feroces como osos y sin el aliciente de la

elegancia en los gestos que tenía el otro. A nuestro Alejandro VI, uno

de los Papas que mejor defendieron los intereses de la Iglesia, lo hacen

aparecer como un gozador vulgar ó como un personaje de melodrama,

envenenando á las gentes por gusto.

Los Borgia, individualidades robustas, conseguían imponer durante varios

años sus concepciones políticas, creándose con esto muchos enemigos, que

escribieron contra ellos. Además, tenían para Italia el enorme defecto

de ser extranjeros, de proceder de España, y los españoles eran odiados

por los italianos de entonces poco menos que los franceses.

--Nadie tuvo interés en defenderlos luego de su muerte, cuando sus

enemigos pudieron ejercer contra ellos una larguísima venganza. Los

historiadores imparciales encontraron más cómodo llegar hasta nuestros

días copiándose unos á otros de un modo automático, sin examinar antes

la autenticidad y veracidad de los relatos antiguos. Aún tenían los

autores de la época de los Borgia la precaución ó el escrúpulo de poner

al frente de sus más injuriosas afirmaciones un «se dice» ó un «según

cuentan». Los que llegaron después suprimieron este dubitativo, dando

como indiscutibles todas las murmuraciones y calumnias de antesalas y

plazuelas.

El canónigo dejó de mirar á su sobrino y siguió hablando, como si los

árboles y las plantas floridas que le rodeaban formasen un auditorio

enorme.

--¿Qué le echan en cara á Alejandro VI?... ¿que tuvo hijos? También los

tenían varios de los Papas que se sentaron antes en el trono de San

Pedro, y los tuvieron igualmente después otros Pontífices. Su crimen

consistió en que algunos de sus hijos fueron personalidades enérgicas,

ardorosas en sus deseos, inteligentes y audaces, como verdaderos Borja,

ansiosos de poder y de gloria; y los hijos de los otros Papas no pasaron

de simples parásitos del Vaticano, atentos únicamente á engordar como

sanguijuelas con la sangre de la Iglesia, á vender empleos y reunir

tesoros. Tampoco puede atacarse á nuestro Papa como una especialidad por

sus malas costumbres. En tal caso, hay que extender la censura á otros

Pontífices anteriores y posteriores á él, igualmente aficionados á

carnalidades con hembras ó á vicios más horrendos.

Y sin embargo, Alejandro VI, el simpático Rodrigo de Borja, que durante

su vida ejerció una especie de encantamiento sobre cuantos se

aproximaban á él, hombres y mujeres, se veía en el curso de tres siglos

considerado como uno de los monstruos más excepcionales de la Historia.

Los italianos enemigos del Papado caían con preferencia sobre este

Pontífice porque no era de Italia. Los escritores protestantes, en su

guerra con la Roma católica, escogían para sus golpes á este Papa, que

además era español, hijo del país que se desangró luchando contra la

Reforma por sostener la unidad católica.

--Este es el verdadero origen de la gran calumnia universal que pesa aún

sobre los de dicha familia. Fueron españoles, y Alejandro VI resulta la

víctima expiatoria de todas las licencias y escándalos del período del

Renacimiento.

Lucrecia Borgia, hija del Pontífice, había sido también otra gran

calumniada.

--Ya la han justificado muchos historiadores, demostrando la falsedad de

los crímenes y vicios que la atribuyeron; pero esto no impide que la

gente ignorante continúe sin conocer otra figura que la antigua, la

creada por la mentira, y cada vez que en los diarios se habla de una

envenenadora célebre, nunca falta un periodista ignorante ó un lector

bodoque que diga: «Es una Lucrecia Borgia.»

El santo hombre hizo una pausa, para hablar luego con tono indignado.

--¡Ese Víctor Hugo!... Tú lo admiras devotamente, pero reconocerás que

su _Lucrecia Borgia_ es una mala acción. No sólo recogió cuantas

falsedades dijeron los enemigos de los Borgia; además fué añadiendo por

su cuenta muchas otras. En su drama tiene Lucrecia un hijo ilegítimo,

Gennaro, que nadie conoció, pues lo inventa el poeta de cabeza á pies, y

este hijo mata á su madre. Tú sabes que á la pobre señora sólo la mató

Dios, pues falleció de parto siendo princesa reinante de Ferrara,

después de tener varios hijos. Usaba cilicio, vivía devotamente, fué la

admiración de sus contemporáneos, y jamás le atribuyó nadie envenamiento

alguno, ni los más encarnizados enemigos de su familia.

Cambió don Baltasar el curso de su cólera.

--¡Y si sólo existiese el drama de Víctor Hugo!... Hace años que está

olvidado; es tal vez la peor de sus obras teatrales; pero á Donizetti se

le ocurrió ponerlo en música, y ¿quién no ha oído su ópera?... ¿Cómo

luchar con la estulticia de dos generaciones que han aprendido la

historia de Lucrecia Borgia en el teatro, con acompañamiento de

orquesta, inventada en los tiempos más delirantes del romanticismo y

modificada todavía por un obscuro «libretista»?

La consideración de que ésta era la única Lucrecia conocida de todos le

puso aún más triste, y dijo á su sobrino con tono de ruego:

--Tú tienes la obligación de ayudarme en esta obra de justicia. Los

Borgia deben interesarte más que «el Papa del mar», al que quisiste

describir en un libro. Don Pedro Luna está olvidado y nadie lo calumnia,

mientras los Borgia continúan siendo considerados por el vulgo como unos

modelos de monstruosidad.

Hizo una pausa, para añadir con desaliento:

--Y yo no puedo defenderlos desembarazadamente. Soy un sacerdote, y cada

vez que tomo la pluma para escribir sobre ellos, dudo, siento miedo, me

parece que voy á faltar á los deberes que me impone la disciplina de la

Iglesia. Debo justificar la conducta de este Pontífice relatando los

escándalos de otros Pontífices de su época. Necesito recordar lo que

olvidaron muchos maliciosamente, para ir concentrando sobre el Papa

español todas las maldades de su tiempo, presentándolo como si fuese un

caso único. ¿Puedo hacer yo esto, un canónigo, con entera tranquilidad

de conciencia?... Tú eres otra cosa. Eres un laico, y te es posible

decir la verdad sin faltar á ningún ministerio sagrado.

Claudio sonrió distraídamente. Fingía escuchar con atención á su tío,

mientras su pensamiento se iba alejando de él.

¿Qué podían importarle los Borgia?... Tal vez le hubiesen interesado un

año antes, cuando estudiaba las andanzas novelescas de don Pedro de

Luna; pero ahora vivía en otro mundo y eran distintas sus aficiones é

ideas.

Pensaba con inquietud en Rosaura. Hacía dos horas que se había

ausentado. Su automóvil les esperaba ante la verja del jardín.

Seguramente estaba bailando entre los brazos de otro hombre, sin

acordarse de él.

¿Por qué seguir aquí, oyendo la charla apasionada de este erudito,

sinceramente indignado por la injusticia póstuma infligida á la memoria

de unos seres que habían dejado de existir cuatrocientos años antes?...

A los pies de Venus (los Borgia) · 第 9 / 23 题