La muerte de María.
La condesa moría lentamente en aquel gabinete elegante, donde había
pasado toda su enfermedad.
Se veía casi abandonada de los suyos, mas no por esto se consideraba
sola, pues la rodeaban hermosos recuerdos que parecían endulzar sus
últimos instantes.
Las sombras de su hijo, de don Esteban Alvarez y del infortunado
Zarzoso, aquellos tres seres queridos a los que pensaba encontrar más
allá de los umbrales de la muerte, parecían rodear su lecho y animarla
con invisibles sonrisas en tan supremo trance.
María sabía ya toda la verdad sobre su pasado.
El fiel Pedro, no sólo había relatado la historia de su padre, sino que
justificó a Zarzoso, haciéndola saber la repugnante maquinación que
contra él se había urdido allá en París, para lograr que María le
aborreciese por su infidelidad manifiesta, que era más obra de las
circunstancias y de pérfidas intrigas que de su propia voluntad.
La condesa, gracias a las revelaciones de su criado, conocía ya la
terrible participación que los jesuítas, y en especial el padre Tomás,
habían tomado en los asuntos de su familia, y por esto miraba con franco
horror al reverendo padre y no ocultó la repugnancia que sentía cuando
éste se aproximaba a su lecho.
La pobre joven, extenuada por la terrible enfermedad, cansada de un
mundo que sólo le había proporcionado dolores y tristezas, y deseosa de
sumirse cuanto antes en la sombra eterna, con esperanza de encontrar
allí a su padre y a su antiguo adorador, con los cuales había sido
injusta aunque sin voluntad para ello, caía impasible y sumisa, sin el
menor intento de rebelión y limitándose a compadecer a aquellos hombres
negros, que tanto daño la habían causado.
--¡Les perdono!--murmuraba la pobre mártir--. Perdono a todos, a pesar
de mis desgracias. Ellos también han de morir; ellos también se verán en
el mismo trance que yo, y entonces de seguro que no experimentarán esta
santa tranquilidad que ahora siento.
Y la infeliz perdonaba también mentalmente a aquel esposo ligero e
infame, que era el autor de su infortunio, que había envenenado su
sangre pura con los gérmenes de una terrible enfermedad adquirida en el
vicio, y que en el momento supremo, no se cuidaba ni aun de fingir un
dolor propio de las circunstancias y la abandonaba para ir a una fiesta
donde indudablemente haría, el amor a otra mujer.
Sí, ella perdonaba a Ordóñez, a pesar de todas sus infamias, y no le
causaba impresión alguna la cínica serenidad de aquel hombre sin
conciencia, pues su pensamiento, su corazón estaba puesto en aquellos
tres seres queridos, cuyas sombras parecíale ver vagar en torno de su
lecho, para ayudarla a bien morir, y escoltar después su espíritu por
las infinitas regiones de lo desconocido.
La condesa perdonaba también a su tía, aquella mujer irascible, fanática
e hipócrita, que la había martirizado cuando niña, y que después,
obedeciendo automaticamente órdenes superiores, la había entregado en
brazos de un hombre corrompido, cuyos besos resultaban contagiosos y
mortales.
Aquella misma baronesa, que estaba muy lejos de recelar lo que pensaba
su sobrina, se hallaba en tales momentos cerca de su cama, sentada junto
a una mesa sobre la que se erguía un hermoso crucifijo entre un par de
cirios.
Doña Fernanda, arrastrada por sus preocupaciones devotas, no había
tenido inconveniente alguno en amargar los últimos momentos de la
enferma, aterrándola con todo el imponente aparato que el fanatismo
guarda para tales casos.
María, que al fin había conocido quiénes eran los sacerdotes que la
habían rodeado desde la niñez, aunque sin abandonar por esto las
creencias religiosas en que la habían educado, se negó en absoluto a
confesarse con el padre Tomás, desobedeciendo con ello las
recomendaciones de la baronesa.
Esta se hallaba escandalizada por la tenaz negativa de su sobrina, y
deseosa de que la próxima conquista de la muerte no careciese del
refrendo de la religión, había montado un altar sobre una de las mesitas
del gabinete, y sentada al lado de él, leía en voz baja un grueso libro
de oraciones, mirando de vez en cuando a la enferma, que inmóvil y
respirando penosamente, fijaba sus ojos en el techo como absorta en sus
pensamientos.
A pesar de que, con esa falsa esperanza que nunca abandona a los
tísicos, María aún creía que su fin estaba lejano, no quería mirar todo
aquel aparato religioso montado por su tía, pues la horrorizaba, al par
que le producía cierto despecho, la falta de consideración que mostraba
la baronesa.
El silencio era absoluto en aquella habitación: una lámpara velada y las
llamas de los dos cirios alumbraban el gabinete, formando en su centro
un círculo de luz, más allá del cual todo quedaba en una densa penumbra.
Junto a la puerta, erguido e inmóvil cual una estatua, estaba el fiel
Pedro esperando órdenes. La oscuridad que le envolvía no permitía a la
baronesa el ver el gesto extraño, mezcla de compasión y de ira, que
contraía el rostro del criado al contemplar a la pobre enferma.
Pedro se sentía con deseos de estrangular a aquella vieja bruja, como él
llamaba a la baronesa, la cual, después de desatender a su sobrina en la
época en que su enfermedad todavía era susceptible de curación,
permanecía ahora a su lado para amargar sus últimos instantes con
terroríficas muestras de devoción, impidiendo al paso que pudiera
acercarse a la enferma, él, que era el único ser de aquella casa que
sentía por la desgraciada algún interés.
La condesa pareció salir de su profunda meditación cuando uno de los
relojes de la casa dió las diez.
--¡Pedro!--dijo la enferma con voz débil.
Y al acercarse el criado, dióle a entender con un gesto lo que deseaba.
Aquél le trajo una rica capa forrada de pieles y la puso sobre los
hombros de la condesa, que se había incorporado.
Después la enferma, mostrando sus extremidades devoradas por la
consunción y que parecían los huesos de un esqueleto, bajó de la cama
ayudada por los robustos brazos del criado, y apoyándose en él, llegó
penosamente hasta un gran sillón que estaba colocado de espaldas al
Cristo y a las dos luces de la baronesa.
María experimentaba la necesidad, que todos los tísicos sienten, de
morir erguidos y fuera de la cama, que parece causarles horror.
Pedro, sin abandonar su actitud respetuosa, miraba fijamente a su ama y
no podía ocultar la impresión de desconsuelo que le producía aquel
rostro terroso, enjuto y consumido por la enfermedad. Veíanse en él los
signos de una próxima muerte y sobre sus facciones parecía extenderse un
denso velo que las ennegrecía.
Pedro recordaba lo que aquella tarde había dicho el médico sobre el
próximo fin de la enferma y se afirmaba en la creencia de que la condesa
moriría aquella misma noche. Extinguíase la vida en el interior de aquel
organismo anonadado, y ya no quedaba en él más que un débil soplo vital
que la permitía hablar, aunque con voz tan tenue que sólo podía oírse en
aquel absoluto silencio.
--Pero tía--dijo débilmente dirigiéndose a la baronesa que estaba a sus
espaldas--, ¿es que tiene usted deseos de que yo muera pronto y por eso
me aturde con esas oraciones que murmura?
Este reproche, dicho de un modo dulce, hizo que la baronesa levantase su
cabeza, en la que se marcaba un gesto de indignación.
--Mira, María--contestó con una severidad impropia de las
circunstancias--. No quiero que una persona de mi familia vaya al
infierno, y como tú te niegas a ponerte bien con Dios, yo me encargo de
subsanar esta falta y le ruego al Señor que te reciba en su santa
gloria, si no por tus méritos, al menos por los de otras personas de tu
familia.
La enferma estuvo callada durante algunos minutos y después dijo con
dulzura:
--Yo no necesito confesarme. He sido muy desgraciada en este mundo y no
recuerdo haber hecho daño a nadie. He obedecido siempre a las personas
que me han rodeado, creyendo firmemente cuanto me decían.
Calló la enferma breves instantes y añadió después con marcada
intención, volviendo la cabeza y buscando con la mirada a su tía:
--¡Ojalá no hubiese sido tan crédula y obediente! No hubiese sido tan
desgraciada, y tal vez ahora me vería en diferente situación.
La baronesa no contestó, pues adivinaba un gran cambio en el carácter y
las ideas de su sobrina, y no quería exponerse a que ésta, con la
franqueza del que va a abandonar la vida, le dijese algunas verdades que
forzosamente habían de resultarle amargas.
Volvió doña Fernanda a abismarse en la lectura de sus oraciones,
afirmando los lentes de oro sobre su picuda nariz, y mientras tanto, la
enferma, después de lanzar una mirada de gratitud a aquel criado, modelo
de fidelidad y de abnegación, que parecía consternado al contemplar a su
señora, volvió sus ojos al rincón más oscuro de su gabinete, y así
permaneció impasible e inmóvil.
Transcurría el tiempo en aquella inercia silenciosa, que sólo turbaba el
murmullo de los rezos de la baronesa y las llamas crepitantes de los
cirios.
Los relojes del hotel daban sus campanadas para marcar el paso del
tiempo, y a aquellas tres personas les parecía cosa de milagro la
rapidez con que se sucedían las horas, pues absortas en sus
pensamientos, creían que las horas se confundían unas con otras, según
la frecuencia con que las escuchaban.
Pasaba el tiempo velozmente, y era ya más de media noche cuando la
enferma pareció volver en sí de sus tristes reflexiones, y dirigió la
palabra a su fiel criado, que seguía de pie, sin que la fatiga
consiguiera rendirle.
En el rostro de la condesa veíase una expresión más animada que parecía
presagiar el principió de un restablecimiento. Su cutis, antes tan
pálido, estaba ligeramente coloreado, y su voz había adquirido nueva
potencia.
La baronesa miraba a su sobrina con cierto asombro, no pudiendo
explicarse cómo aquel cuerpo tan débil todavía tenía fuerzas para
resistir la enfermedad; pero el criado se entristeció al notar aquella
mejoría.
Sabía bien lo que significaba. El médico le había dicho que momentos
antes de morir los que estaban enfermos de la misma dolencia que la
condesa, experimentaban una rápida y fugaz mejoría.
Pedro, pues, veía próxima la muerte de su señora: muerte dulce y casi
insensible, como la de todos los tísicos, y cual convenía a aquella
pobre mártir que tanto había sufrido en vida.
Acababa de dar el reloj del gabinete la una de la madrugada cuando María
se incorporó sobre los almohadones que Pedro había colocado en su
sillón, y tendió sus brazos al fiel criado, agarrándose a sus hombros
con la intención de levantarse y respirar mejor puesta en pie.
La capa se deslizó a lo largo del escuálido cuerpo y la enferma quedó en
ropas menores, mostrando sus brazos enjutos y consumidos, capaces de
inspirar lástima al más indiferente.
La condesa sosteníase agarrada a su criado, sin dar ninguna orden ni
atreverse a andar. Su cuerpo se agitaba con un débil estremecimiento, y
sus ojos, desmesuradamente abiertos y con expresión de angustia, miraban
a aquel rincón oscuro, como si en él viera impalpables imágenes que en
aquellos instantes atraían toda su atención.
--¡Ah! ¿Estáis ahí?--murmuró con voz tan queda y débil como un
suspiro--. ¡Hijo mío! ¡Juanito! ¡Papá! Allá voy.
Y sus manos soltaron los hombros del criado, mientras su cuerpo caía
inerte en el sillón.
La baronesa se levantó de un salto, y el criado, tosca pero
cariñosamente, agarró entre sus manos aquella cabeza que caía inerte
sobre uno de los enflaquecidos y angulosos hombros.
No era posible dudar: la condesa había muerto.
Pedro contempló aquellos ojos desmesuradamente abiertos, vidriosos y
empañados, que miraban todavía al oscuro rincón: la nariz, que adquiría
un tinte negruzco, y aquella boca entreabierta y todavía contraída por
una sonrisa sobrehumana, como si hubiese sido provocada por una visión
hermosa, por la vista de la felicidad existente más allá de la tumba.
El aspecto horrible de aquel cadáver, miserable manojo de huesos y de
piel, al que faltaba ya la misteriosa esencia que le hacía atractivo y
aquel calor vital que rápidamente se iba desvaneciendo dejando al cuerpo
cada vez más frío, trajeron a la realidad al pobre criado, que rugiendo
de dolor, para desahogar su oprimido pecho, se arrojó a los pies del
sillón y comenzó a besar con la furia de un loco una de las manos
amarillentas y descarnadas.
--¡Señorita!... ¡señorita!--gritaba el pobre hombre, conmovido por aquel
suceso, a pesar de que lo esperaba hacía ya mucho tiempo; y trastornado
por su desesperación, echábase en cara el no haber salvado a la infeliz
hija de su antiguo amo, el no haber velado por su vida tal como lo
prometió en París, cual si el desdichado tuviera poder para combatir a
la más terrible de las enfermedades.
Permaneció así postrado el infeliz Pedro, mientras tuvo fuerzas para
llorar, y por fin, extenuado, debilitado y recordando que su deber le
exigía algo más que entregarse al llanto, se levantó, abandonando
aquella fría mano que cayó inerte sobre el brazo del sillón.
Cuando Pedro, puesto en pie, miró con extrañeza a su alrededor, vió
agrupados en la puerta a la baronesa y a Ordóñez, mirando con espanto
casi supersticioso aquel cadáver hundido en el sillón, que parecía aún
más repugnante por las desnudeces descarnadas y angulosas que dejaba al
descubierto.
El marido de la condesa conservaba todavía su traje de etiqueta, pues
acababa de llegar del baile.
Había vuelto una hora antes de lo que había prometido. No se diría que
era un esposo incorrecto y desatento con su mujer. Aún había llegado a
tiempo para ver el cadáver de su esposa.... ¡Dios mío!, ¡cuán fea era la
muerta! Ver aquellos hombros que con sus rígidas puntas parecían romper
la piel, cuando aún los ojos guardaban el recuerdo de los hermosos
escotes contemplados en el baile, resultaba un contraste extraño, una
visión dolorosa que él sufría como buen marido, aunque convencido de que
nadie le agradecería tan terrible sacrificio.
En cuanto a la baronesa, estaba también conmovida por la fealdad de la
muerte. Era ya vieja, su fin estaba próximo, y aunque por sus aficiones
devotas estaba en relación amistosa con Dios y los bienaventurados,
contando como seguro su ingreso en la corte celestial, no por esto
dejaba de producirle una impresión anonadadora el espectáculo de la
muerte.
Además, sus gustos y sus delicadezas de persona distinguida sublevábanse
a la vista de un cadáver, y comenzaba a encontrar que en aquel gabinete
existía un olor especial que hería e irritaba su aristocrático olfato.
El rudo y fiel criado a quien la reciente desgracia había hecho olvidar
lo que era y representaba en aquella casa, lanzó una mirada altiva e
interrogadora a la baronesa y a Ordóñez, esperando que éstos se
acercasen al cadáver; pero al ver que permanecían inmóviles, levantó los
hombros con expresión desdeñosa y de desprecio, y agarró el inanimado
cuerpo para conducirlo a la cama.
Anduvo algunos pasos cargado con aquel cadáver que pesaba menos que un
niño, oprimiéndolo contra su pecho con expresión cariñosa y paternal y
procurando que la inanimada cabeza descansase sobre su hombro. Los
caídos brazos golpeaban suavemente sus rodillas, como si la muerta
acariciase cariñosamente al único ser que había hermoseado los últimos
días de su existencia con un poco de amor y abnegación.
Al llegar cerca de la cama, el criado volvió la cabeza, con instintivo
impulso, y al ver a los que estaban en la puerta no pudo ahogar una
exclamación de sorpresa.
La baronesa de Carrillo aspiraba con codicia el contenido de un bote de
perfume, mientras que en honor a las circunstancias hacía esfuerzos
porque asomasen algunas lágrimas a sus ojos; y el lindo Ordóñez se
tapaba la cara con las manos para llorar, pero lo que agitaba su cuello
no era el estertor del llanto, sino el escalofrío de la repugnancia y de
la náusea.
El honrado Pedro sintió que en su interior despertaba una indignación
feroz y que, a no tener sus brazos ocupados en el cadáver, le hubiese
arrastrado al homicidio. Pensó en el pasado, en que aquella vieja
aristocrática y aquel aventurero distinguido eran los principales
causantes de la muerte de María, de aquella joven infortunada nacida
bajo el peso de una fatalidad y que había atravesado la vida pagando
cada minuto feliz con interminables años de dolor; y olvidando su
condición de criado, pensando únicamente en que en tal momento
representaba al pobre padre muerto allá en París y a todos los Baselgas
caídos, uno tras otro, en la inmensa red de la negra araña jesuítica,
fijó sus ojos centelleantes en la tía y el sobrino, y con voz ruda,
atronadora, como si saliese de la boca de un dios vengador, les
apostrofó diciendo:
--¡Canallas! ¡Tienen asco!