Cuatro días después de aquella tarde en que Pedro hizo su revelación a
la condesa, en el momento en que los relojes del hotel daban las ocho de
la noche, bajaban la pequeña escalinata del edificio el elegante Ordóñez
y el padre Tomás, conversando amigablemente.
El jesuíta tenía el mismo aspecto de siempre, y en cuanto al marido de
la condesa, un sombrero de "clac" y el gabán abrochado para ocultar el
traje de etiqueta, daban a entender que pensaba pasar la noche en alguna
fiesta del gran mundo.
Los dos hombres siguieron la ancha avenida que, partiendo el jardín del
hotel, conducía a la verja, fuera de la cual esperaban dos carruajes, y
al llegar a un espacio donde no alcanzaban las luces de las dos farolas
que adornaban la puerta del edificio, el jesuíta se detuvo, cogiendo
suavemente a su protegido por un brazo.
--Mira, Paco--le dijo con entonación de consejero bondadoso--; harías
muy bien en no salir esta noche de casa o al menos en volver cuanto
antes. No sé por qué, me parece que esta noche va a ocurrir lo que tanto
tememos y que tu esposa no verá el sol de mañana. Ya ves que, al menos
por el buen parecer y para que no murmure la gente, conviene que tú
permanezcas esta noche al lado de María cumpliendo tu deber de buen
esposo.
--Pero, padre, ¡si María no morirá esta noche! Hace usted mal en
alarmarse tanto. Los enfermos de tisis son como esas luces que se apagan
lentamente, y cuando uno cree que ya están extinguidas, vuelve a surgir
la llama y aún alumbra trémula y vacilante por mucho rato.
--¿Qué ha dicho el médico esta tarde?
--La verdad es que la ha dado ya por muerta y ha dicho que de un momento
a otro sobrevendrá el fin.
--¿Ves como debes quedarte?
--Sí, pero tengo la confianza de que María ha de llegar a mañana, aunque
sólo sea para desmentir al médico. La tisis tiene sus bromas.
--Pues ten la seguridad de que esas bromas las reserva para ti, que tan
convencido pareces de que tu esposa llegará a mañana. Créeme, Paco:
quédate esta noche en casa, o si es que tienes verdadera precisión de
salir, regresa pronto, para que la gente murmuradora no pueda decir nada
contra ti.
--Volveré a las dos de la mañana; antes me es imposible. Tengo precisión
de asistir esta noche al baile de la Embajada francesa.
--¡Desgraciado! ¿Teniendo a tu esposa tan grave te atreves a ir a un
baile? ¿No comprendes que la sociedad murmurará con sobrada razón y que
tú perderás con ello el escaso prestigio que te queda?
--¡Bah! La gente está ya acostumbrada a verme en todas partes teniendo a
mi mujer enferma y no se fijará esta noche en mí, pues todos ignoran que
María se halle tan grave. En las enfermedades lentas la gente se cansa
de preguntar y acaba por olvidarse del paciente. Además, reverendo
padre, es un compromiso de honor el que yo acuda esta noche a ese baile.
--Lo sé, desgraciado; lo sé todo. No creas que ignoro que en la
actualidad haces el amor a la esposa de uno de los empleados de la
Embajada; una francesa que te sorberá el poco seso que te queda.
Ordóñez, a pesar de su ligereza fría y aristocrática, que se cifraba
especialmente en no asombrarse de nada, no pudo evitar un gesto de
extrañeza al oír tales palabras.
--¿Cómo sabe usted eso, padre Tomás?
--¡Bah! No te creía capaz de asombrarte por tan poco. Yo sé todo lo que
hacen mis amigos. Ya sabes que mi despacho es como un fonógrafo, que me
repite todas las palabras y hasta los actos de cuantos amigos tengo
esparcidos por el mundo. Hay pocas cosas que yo no sepa.
Los dos hombres quedaron silenciosos y avanzaron algunos pasos con
dirección a la verja.
Ordóñez se detuvo al ver que el jesuíta se plantaba mirándole con sus
ojos fríos e interrogadores que parecían llegar al alma.
--Mira, muchacho--dijo con severa superioridad--. No sólo conozco a
fondo la vida de mis amigos, sino que leo en su pensamiento y adivino
todo cuanto se proponen hacer en contra mía. Ha llegado el momento de
que hablemos claro: ninguna ocasión mejor que esta.
--Diga usted, reverendo padre--murmuró Ordóñez, algo alarmado al notar
el giro que tomaba la conversación.
--Pues bien, te hablaré claro. Tu esposa va a morir y ha llegado el
momento de que se cumpla el pacto que hicimos antes de que te casases.
--¡El pacto!... ¿Qué pacto es ése, padre Tomás?--dijo Ordóñez con
expresión distraída, como si fuese en busca de un recuerdo que se le
escapaba.
--Eso es; hazte el olvidadizo. ¿No te acuerdas ya, angelito?--contestó
el jesuíta con sarcástica ironía--. Veo que eres muy desmemoriado; pero,
afortunadamente, yo, como te decía, leo en el pensamiento de los amigos
y te ayudaré a recordar, diciéndote que a la hora en que me dé la gana,
a pesar de tu lujo, de tus brillantes relaciones y de tu fama de hombre
elegante y calavera, puedo enviarte a presidio. ¿Te acuerdas ahora?
--Vuestra paternidad tiene un modo terrible de recordar las cosas.
--Es porque tu memoria resulta como uno de esos caballos maliciosos que
remolonamente se niegan a andar. Conviene darle algún latigazo para que
se avive.
--Bien, padre Tomás; me acuerdo del pacto; ¿qué quiere usted de mí?
--Sabes que con arreglo al último Código civil, tus derechos de marido
te hacen heredero en usufructo de la mitad de la fortuna de tu mujer.
--Ya sé, reverendo padre; ¿qué es lo que usted quiere advertirme?
--Conforme al trato que hicimos los dos, antes de que tú te casases con
María, debías limitarte a gastar sus rentas, y te quedaba prohibido
inducir a tu esposa a que enajenase la más mínima parte de su capital.
--Así lo he hecho, reverendo padre. No tendrá usted queja de mí en este
punto y creo estará satisfecho.
--No del todo, pues en ciertas ocasiones has gastado algo más que las
rentas, embrollando con esto la administración de tu casa; pero no me
quejo de estos pequeños excesos. Al fin, así y todo, te has portado con
bastante prudencia si se tienen en cuenta tus antecedentes de hombre
desordenado.
--¿Y qué es lo que quiere usted ahora?
--Que se cumpla lo convenido en nuestro pacto, renunciando tú a la parte
que te corresponde en la herencia de tu mujer.
Ordóñez se atusó el erizado bigotillo con marcado aire de indignación.
--Padre Tomás, eso es muy duro. No resulta razonable tal exigencia.
--Pues así ha de ser.
--Fíjese vuestra reverencia en que sólo se trata de un usufructo. El día
menos prensado me ataca una pulmonía o me dan una estocada en un
desafío, y entonces esa parte de la fortuna de mi mujer irá a parar,
sana y sin detrimento alguno, a manos de quien corresponda.
--La baronesa de Carrillo es vieja, y, además, no está para esperar a
que tú mueras.
--¡Ah! ¿Conque es doña Fernanda la que ha de heredar toda la fortuna de
mi mujer?--preguntó el elegante, con una expresión de incredulidad que
no procuró disimular.
--Sí, la baronesa heredará a su sobrina, y ya que pareces dudar de mis
palabras, para que no creas que aquí se encierra algún misterio o alguna
negociación censurable, te diré toda la verdad. La virtud no necesita
recatarse de nadie. La baronesa herederá a tu mujer e inmediatamente
traspasará la fortuna a manos de nuestra santa Compañía, para que ésta
la emplee en obras de caridad y en hacer propaganda para "la mayor
gloria de Dios". Es una promesa que doña Fernanda ha hecho al Altísimo.
Ya comprenderás que en un asunto tan sagrado y que directamente interesa
a Dios, tu, pobre criatura humana, no debes oponer tu mezquina voluntad.
Ordóñez, a pesar de que hacía esfuerzos por conservar su exterior
indiferente y desdeñoso de hombre elegante y despreocupado, que tantos
triunfos le valía en la alta sociedad, sentía hervir en su anterior el
fuego de la ira.
--Pero eso es robarme mis derechos de marido--dijo, no pudiendo
contenerse.
--¿Robar?--contestó el padre Tomás con su imperturbable frialdad--. Dura
es la palabreja, pero ya que la has dicho, la acepto y contesto que
antes has robado tú a otros con escrituras falsas y firmas falsificadas.
Por esto mismo puedo enviarte a presidio a la hora que quiera, y esta
hora llegará inmediatamente, si te niegas a obedecer mis órdenes.
Ordóñez conocía perfectamente a su protector, y sabía que era imposible
que éste retrocediese así que adoptaba una resolución. Además, el
elegante, viviendo con lo que le proporcionaban las rentas de su esposa,
había perdido su ductilidad de aventurero y no era capaz de humillarse
pidiendo misericordia a aquel hombre terrible, que se mostraba sordo a
los ruegos que le contrariaban.
El aristócrata resistió su desgracia con dignidad, y únicamente se dignó
hablar de su porvenir.
--Y si yo renuncio a mis derechos, ¿qué sería de mí, padre Tomás?
--Permanece tranquilo, que renunciando a la herencia sirves a la
Compañía y ésta jamás olvida a los que le son fieles. Aquí estoy para
protegerte. No vivirás con el mismo esplendor que ahora, pero te
sostendré en una posición que corresponda a tu rango, y ¿quién sabe si
encontraré para ti otra mujer con algunos millones de dote?
Estas palabras no parecían tranquilizar mucho a Ordóñez, y por esto el
jesuíta se apresuró a añadir:
--No puedes quejarte de mi protección. Antes de casarte vivías
entrampado, sin tranquilidad alguna y próximo a caer en la deshonra. Te
tendí la mano, te libré del precipicio, has vivido algunos años
derrochando como un potentado, y ahora, al morir tu mujer quedarás en la
misma situación de antes, aunque con la ventaja de no tener deudas y de
contar con mi protección, que será más eficaz y segura. ¿De qué te
quejas, pues?, ¿has hecho acaso un mal negocio?... Cree que me irrita tu
ingratitud.
El jesuíta dijo estas últimas palabras con expresión de disgusto, y
durante largo rato permanecieron silenciosos el protector y el
protegido.
--Vamos a ver--dijo el padre Tomás, cansado por aquel silencio--.
Decidámonos pronto. ¿Renuncias a la herencia? ¿Cumples la palabra que me
diste?
Ordóñez hizo un gesto de desesperación en la sombra. ¡Siempre cogido!,
¡siempre a merced de aquel hombre, a pesar de la fama de listo que a él
le concedían en la alta sociedad!
Había que conformarse forzosamente, y Ordóñez tendió su mano al jesuíta
en muestra de aprobación, y murmuró:
--De usted es toda la fortuna de María.
--Conforme. Quedo agradecido a tu desprendimiento, y te prometo no
abandonarte nunca. Ahora vámonos, pues se hace tarde y los dos tenemos
ocupaciones apremiantes. Procura volver pronto a casa, pues esta noche
ocurrirá el suceso que esperamos.
Los dos hombres atravesaron la verja, y después de estrecharse la mano,
subieron a sus respectivos carruajes, el uno para dar un vistazo al
Casino, antes de ir al baile, y el otro para volver a trabajar en aquel
despacho, que era como el centro del horrible embudo formado por la
telaraña jesuítica que envolvía a toda la península.
Ninguno de los dos miserables que con tanta frialdad habían estado
hablando sobre la próxima muerte de María volvió la cabeza para lanzar
una mirada de compasión a aquella ventana, que sobre la oscura fachada
del hotel destacábase débilmente, bañada en una luz pálida, velada e
indecisa. Los millones de la agonizante era lo único que ocupaba su
pensamiento.
Los dos carruajes se alejaron en distintas direcciones, separando a
aquellos dos compadres de crimen que se aborrecían mutuamente.
--¡Vive Dios!--decía Ordóñez en voz alta y rugiente, que tal vez era
oída por sus cocheros--. Ese tío es un ladrón que me tiene cogido por
las orejas. Si algún día se me presenta ocasión, le había de meter un
palmo de acero en el vientre.
Mientras tanto el padre Tomás murmuraba en el interior de su berlina,
con acento de hipócrita escandalizado:
--Abandona a su mujer para ir a hacerle la corte a otra, y tal vez la
pobre condesa haya entrado ya en el período de agonía. Siempre le he
tenido por un canalla; pero no me imaginaba que su cinismo fuese tanto.