CAPITULO IX

Cuadros de un viaje (continuación).

Angostura.--La naturaleza salvaje y espléndida.--Los bosques

vírgenes.--Aves y micos.--Nare.--Aspectos.--Los chorros.--El

"Guarinó".--Cómo se pasa un chorro.--El capitán Maal.--Su

teoría.--El "Mesuno".--La cosa apura.--Cabo a

tierra.--Pasamos.--Bodegas de Bogotá.--La cuestión

mulas.--Recepción afectuosa.--Dificultades con que lucha

Colombia.--La aventura de M. André.

¡Qué espectáculo admirable! Entramos en la sección del río llamada

Angostura. El enorme caudal de agua, esparcido antes en extensos

regaderos, corre silencioso y rápido entre las dos orillas que se han

aproximado como aspirando a que las flotantes cabelleras de los árboles

que las adornan confundan sus perfumes. Jamás aquel «espejo de plata,

corriendo entre marcos de esmeralda» del poeta, tuvo más espléndido

reflejo gráfico. Se olvidan las fatigas del viaje, se olvidan los

caimanes y se cae absorto en la contemplación de aquella escena

maravillosa que el alma absorbe, mientras el cuerpo goza con delicia de

la temperatura que por momentos se va haciendo menos intensa.

Sobre las orillas, casi a flor de agua, se levanta una vegetación

gigantesca. Para formarse una idea de aquel tejido vigoroso de troncos,

parásitos, lianas, enredaderas, todo ese mundo anónimo que brota del

suelo de los trópicos con la misma profusión que los pensamientos e

ideas confusas en un cerebro bajo la acción del opio, es necesario traer

a la memoria, no ya los bosques seculares del Paraguay o del Norte de la

Argentina, no ya la India misma con sus eternas galas, sino aquellas

riberas estupendas del Amazonas, que los compañeros de Orellana miraban

estupefactos como el reflejo de otro mundo desconocido a los sentidos

humanos.

¿Qué hay adentro? ¿Qué vida misteriosa y activa se desenvuelve tras esa

cortina de cedros seculares, de caracolíes, de palmeras enhiestas y

perezosas, inclinándose para dar lugar a que las guaduas gigantescas

levanten sus flexibles tallos, entretejidos por delgados bejuquillos

cubiertos de flores? ¡Qué velo nupcial para los amores secretos de la

selva! ¡Sobre el oscuro tejido se yergue de pronto la gallarda melena

del cocotero, con sus frutos apiñados en la cumbre, buscando al padre

sol para dorarse: el mango presenta su follaje redondo y amplio, dando

sombra al mamey, que crece a su lado; por todas partes cactus

multiformes; la atrevida liana que se aferra al coloso jugueteando, las

mil fibrillas audaces que unen en un lazo de amor a los hijos todos del

bosque, el ámbar amarillo, la pequeña palma que da la tagua, ese

maravilloso marfil vegetal, tan blanco, unido y grave, como la enorme

defensa del rey de las selvas indias!

¡He ahí por fin los bosques vírgenes de la América, cuyo perfume viene

desde la época de la conquista embalsamando las estrofas de los poetas y

exaltando la soñadora fantasía de los hijos del Norte! ¡Helos ahí en

todo su esplendor! En su seno, los zainos, los tapiros, los papuares,

hacen oír de tiempo en tiempo sus gritos de guerra o sus quejidos de

amor. Junto a la orilla, bandadas de micos saltan de árbol en árbol, y

suspendidos de la cola, en posturas imposibles, miran con sus pequeños

ojos candescentes, el vapor que vence la corriente con fatiga. Los aires

están poblados de mosaicos animados. Son los pericos, los papagayos, las

guacamayas, la torcaz, el turpial, las aves enormes y pintadas cuyo

nombre cambia de legua en legua, bulliciosas todas, alegres, tranquilas,

en la seguridad de su invulnerable independencia.

La impresión ante el cuadro no tiene aquella intensidad soberana de la

que nace bajo el espectáculo de la montaña; el clima, las aguas, la

verdura constante, el muelle columpiar de los árboles dan un

desfallecimiento voluptuoso, lánguido y secreto, como el que se siente

en las fantasías de las noches de verano, cuando todos los sensualismos

de la tierra vienen a acariciarnos los párpados entreabiertos...

Henos en la pequeña población de Nare, punto final de los compañeros de

viaje que se dirigen hacia Medellín, la capital del Estado de Antioquía.

Allí nos despedimos al caer la tarde, después de haberlos depositado en

un sitio llamado Bodegas, para llegar al cual hemos tenido que remontar

por algunas cuadras el pintoresco río Nare, afluente del Magdalena. Nos

saludan haciendo descargas al aire con sus revólvers, y luego trepan la

cuesta silenciosos, pensando sin duda en los ocho días de mula que les

faltan para llegar a su destino.

El aspecto de la naturaleza cambia visiblemente, revelando que nos

acercamos a la región de las montañas. La roca eruptiva presenta sus

lineamientos rojizos o grises en los cortes de la orilla, y la

vegetación se hace más tosca. Las riberas se alzan poco a poco, y

pronto, navegando en lechos profundamente encajonados, nos damos cuenta,

por la extraordinaria velocidad de la corriente, de que las aguas corren

hacia el mar sobre un plano inclinado. Estamos en la región de los

chorros, o rápidos.

Para explicarse las dificultades de la escensión, basta recordar que la

ciudad de Honda, de la que estamos a pocas horas, situada en la orilla

izquierda del Magdalena, está a 210 metros sobre el nivel del mar. Tal

es la inclinación del lecho del río, inclinación que no es regular y

constante, pues en el punto en que nos encontramos, el descenso de las

aguas es tan violento que su curso alcanza a veces a diez y seis y diez

y ocho millas por hora.

He aquí el chorro de Guarinó, el más temido de todos por su

impetuosidad. Se hacen los preparativos a bordo, y el capitán Maal,

nuestro simpático jefe, redobla su actividad, si es posible. Es un viejo

marino, natural de Curaçao; tiene en el cuerpo 30 años de navegación del

Magdalena. Está en todas partes, siempre de un humor encantador; habla

con las damas, tiene una palabra agradable para todo el mundo, echa pie

a tierra para activar el embarque de la leña, está al alba al lado del

observatorio del práctico, anima a todo el mundo, confía en su estrella

feliz y se ríe un poco de los chorros y demás espantajos de las noveles.

¡Guarinó! ¡Guarinó! Nos precipitamos todos a la proa, temiendo que las

aguas se rompiesen con estruendo en el filo del buque, como hemos notado

en puntos donde la corriente era menor. Nos chasqueamos; no hay fenómeno

exterior, a no ser la lentitud de la marcha, que revele encontrarnos en

el seno de aquel torbellino.

--¡Bah! ¡cuestión de treinta o cuarenta libras más de vapor!--dice el

capitán.

Me voy a la máquina; las calderas empiezan a rugir y las válvulas de

seguridad dejan ya escapar, silbando, un hilo de vapor poco

tranquilizador.

--¿Estamos aún en el terreno legal?--pregunto al joven maquinista, que

no quita sus ojos del medidor.

--Tenemos aún cincuenta libras para hacer calaveradas, señor; pero no

quisiera emplearlas. El capitán Maal tiene horror a echar cabo a tierra,

y pretende a toda fuerza pasar sólo con el auxilio de la máquina.

Y así diciendo, tocaba desesperadamente una campana aguda pidiendo leña,

más leña, en las hornallas. Los candeleros (fogoneros) se habían

duplicado y aquello era un infierno de calor.

Subí a cubierta; tomando como mira un punto cualquiera de la costa y

otro del buque, distinguíamos que éste avanzaba con la misma lentitud

que el minutero sobre el cuadrante de un reloj; pero avanzaba, lo que

era la cuestión. Desde la altura, el capitán Maal pedía vapor, más

vapor. Miré a mi alrededor; muchos pasajeros habían empalidecido y

observaban silenciosos, pero con la mirada un tanto extraviada, los

extremecimientos del barco, bajo el jadeante batir de la rueda... De

pronto, un hondo suspiro de satisfacción salió de todos los pechos:

habíamos vencido, en media hora de esfuerzos, al temido chorro y

avanzábamos francamente.

Subí a donde se encontraba el capitán y lo felicité.

--Tiene razón, capitán; es una ignominia silgar al Montoya desde la

orilla, como si fuera un champan cargado de harina o de taguas. El vapor

se ha inventado para vencer dificultades, y el elemento de un buque es

el agua y no la tierra.

--Usted me comprende; además, el cabo, a mi juicio, es de un auxilio

dudoso. Pero mi maquinista es muy prudente. No crea usted que hemos

salvado todas las dificultades. Cuando el Guarinó está tan manso, tengo

miedo del Mesuno. ¡Pero con unas libras más de vapor!...

--¿Y no hay peligro de volar!...

--¿Quién piensa en eso, señor?

Declaro que yo empezaba a pensar, porque me pareció que el buen capitán

se había forjado un ideal, respecto a la capacidad de resistencia de las

calderas de su Montaya, muy superior a la garantizada por los ingenieros

constructores.

Pronto estuvimos en el Mesuno; los semblantes, que habían recobrado los

rosados colores de la vida, volvieron a cubrirse de un tinte mortuorio.

De nuevo el buque se estremeció, de nuevo se oyó la estridente campana

del maquinista pidiendo leña, y de nuevo Maal, desde la altura, exigió

vapor, vapor, más vapor. Inútil esta vez. Nos dimos cuenta que, en vez

de avanzar, retrocedíamos, lo que importaba el más serio de los

peligros, pues, si la corriente conseguía tomar el barco cruzado, lo

estrellaba seguramente contra las peñas de la orilla.

--¡Dos hombres más al timón! ¡Vapor, vapor!

Hice una rápida reflexión: «Si esto vuela, participaré de ese agradable

fenómeno, sea estando sobre cubierta, sea al lado de la máquina. Además,

allí la cosa será más rápida». Miré en torno; había un miedo tan

francamente repugnante en algunas caras, que resolví ceder a la

curiosidad, y después de haberme cerciorado de que, si bien no

avanzábamos, no retrocedíamos ya, descendí a la región infernal.

Las hornallas estaban rojas y las calderas gemían como Encélado bajo la

tierra. El maquinista se resistió a dar más presión, la rueda giraba con

esfuerzos estupendos... Aquello se ponía feo, muy feo, cuando oí la voz

de Maal que, con el acento desesperado de un oficial de Tristán

rindiendo su espada en Salta, gritaba: ¡Cabo!

Subí al lado de Maal; había tenido que ceder tristemente a la

insinuación de algunos pasajeros y a la prudencia del maquinista que no

le daba la cantidad de vapor que él pedía. Me indigné con él, ¡oh

_vanitas_!, pero confieso que contemplé con cierto contento íntimo el

desembarco de diez o doce bogas que se lanzaron a tierra con un enorme

calabrote (nuevecito, como me hizo notar Maal con indecible orgullo por

no haberlo empleado antes), y treparon por las breñas de la orilla como

cabras, y por fin, a una cuadra de distancia, fueron a amarrarlo en el

tronco de un soberbio caracolí. Fue entonces cuando empezó a funcionar

un potente cabrestante movido a vapor (lo que hice notar a Maal para su

consuelo), enroscando en su poderoso cilindro la enorme cuerda que tres

hombres humedecían sin reposo, para que no se inflamase con el roce.

Fuese la acción del cabo, lo que me inclinó a creer, aunque participando

ostensiblemente de la opinión contraria del capitán, fuese, como éste lo

creía, que por los simples esfuerzos de la máquina hubiésemos salido del

atolladero, el hecho fue que el buque se puso en movimiento, y en breve,

habiendo salvado todos los chorros secundarios, como el Perico,

avistamos las dos o tres casas de un lugar situado en la margen derecha

del río, frente a Caracolí, poco antes de Honda, llamado Bodegas de

Bogotá, punto final de nuestro viaje marítimo.

* * * * *

Eran las 2 de la tarde del 8 de enero de 1882, y habíamos empleado

quince días desde Barranquilla, remontando el Magdalena.

De la orilla del río, donde el vapor se detuvo, se sube por una cuesta

sumamente pendiente al punto llamado Bodegas, compuesto de dos o tres

casas. No hay allí recursos de ningún género, y bien triste momento pasa

el desgraciado que no ha tomado sus precauciones de antemano. Por mi

parte, no sólo había pedido mis mulas por carta desde Caracas, sino que,

al llegar a Puerto Nacional, lugar sobre el Magdalena, de donde arranca

el telégrafo para Bogotá, puse un despacho recomendando la inmediata

remisión de las bestias a Honda. Cuando descendimos a Bodegas y pedí

noticias de mis elementos de transporte, se me contestó que

probablemente estarían en los potreros de Río Seco, pues a orillas del

río no había punto donde hacerles pastar. Despaché inmediatamente un

propio, que dos horas más tarde volvió diciéndome que no había mulas de

ningún género para «mi Excelencia». La cuestión se ponía ardua, no

porque me fuera imposible encontrarlas allí, sino porque, como decía

Molière, _qu'il y a fagots et fagots_, hay mulas y mulas. Las que yo

esperaba, pedidas a un amigo, que después supe fue engañado por un

chalán que le aseguró haberlas remitido, debían ser bestias escogidas,

de buen paso, liberales y seguras, mientras que aquellas que podría

conseguir en Honda, eran entidades desconocidas, y en estos casos la

incógnita se resuelve generalmente de una manera deplorable.

Pronto llegaron al vapor tres o cuatro caballeros de Honda, el señor

Hallam, el Sr. Montero y varios otros, que se pusieron en el acto a

nuestra disposición con una fineza y buena voluntad que agradezco aquí

públicamente, animado de la esperanza de que estas líneas tengan la

suerte feliz de caer bajo sus ojos.

Por otra parte, digo aquí lo que tendré que repetir un centenar de

veces: en tierra colombiana, todos los obstáculos que la topografía de

aquel país ofrece al viajero, se me han hecho leves por la incansable

amabilidad de cuantas personas he encontrado, desde la gente culta,

hasta el indio miserable, que en medio del camino me ha proporcionado un

caballo para reemplazar mi mula cansada, sin pretender explotarme y

dejando a mi voluntad la remuneración del servicio. Se sufre, sí, se

sufre mucho, pero es por las cosas y no por los hombres; Colombia ha

nacido ayer y se forma valientemente luchando contra las dificultades

infinitas de su naturaleza abrupta, caprichosa, rica, pero salvaje. En

sus montañas, una milla de camino de herradura vale tanto como una

milla de ferrocarril en nuestras pampas. No nos quejemos, pues, y

adelante.

Gracias a la obsequiosidad del Sr. Hallam, obtuve mulas, que me fueron

prometidas para la mañana del día siguiente. Todo ese día, pasado en

angustiosa expectativa, bajo una temperatura de fuego, fue realmente

insoportable. Los pasajeros, numerosos, como he dicho antes, se ocupaban

en los preparativos de viaje, unos con sus mulas a la mano, otros

tratándolas con los arrieros. Recordé entonces lo que cuenta M. André,

en su interesante descripción de este mismo viaje, publicado en _Le Tour

du Monde_. Parece que fue explotado o creyó serlo por aquel que le

alquiló las mulas, y al trazar sus recuerdos de viaje, lo anatematizó,

lanzando su nombre a la execración humana. Pero he aquí que el caballero

tan duramente tratado, era un hombre de honor que aprovechó su primer

viaje a Europa para obtener de M. André, que no contaba seguramente con

la huéspeda, una explicación completa, poco en consonancia con la

altivez del insulto.

Entretanto, el ministro inglés, con su numerosa familia y servidumbre,

hacía también sus preparativos para partir al día siguiente. Contaba

hacer el viaje con lentitud; y como yo, por el contrario, tenía la idea

de volar por la montaña, resolvimos despedirnos en la mañana. Las cosas

debían pasar de otro modo.

En viaje (1881-1882) · 第 47 / 65 题