CAPITULO VIII

Cuadros de viaje.

¡Una hipótesis filológica!--La vida del boga y sus

peligros.--Principio del viaje.--Consejos e instrucciones.--Los

vapores.--Las chozas.--Aspecto de la naturaleza.--Las tardes del

Magdalena.--Calma soberana.--Los mosquitos.--La confección del

lecho.--Baño ruso.--El sondaje.--Días horribles.--Los compañeros de

a bordo.--¡Un vapor!--Decepción.--Agonía lenta.--¡Por fin!--El

Montoya.--Los caimanes.--Sus costumbres.--La plaga del

Magdalena.--Combates.--Madres sensibles.--Guerra al caimán.

Me inclino a creer que el nombre de burro dado a la unidad de medida de

la leña, respondía al principio a la cantidad de la misma que uno de

esos simpáticos animales podía cargar. En cuanto a hoy, no hay burro que

pudiera moverse bajo uno de sus homónimos.

Un vapor cualquiera en el Magdalena gasta de cuarenta a cincuenta burros

de leña diarios; el Antioquía consume el doble, pero en cambio anda la

mitad menos que los demás. Es, pues, muy dura la vida de los marineros a

bordo del insaciable vapor, que cada dos horas se arrima a la orilla, se

amarra fuertemente para poder resistir a la corriente que lo arrastra y

empieza a absorber leña con una voracidad increíble. Cuando la operación

se practica en las deliciosas horas de la mañana, los pobres bogas

saltan de contento; pero, repetida durante el día con frecuencia, en

aquella atmósfera candescente, bajo un sol de que en nuestras regiones

es difícil formar idea, constituye un martirio real. Una larga plancha

une al buque con la orilla, a guisa de puente. Los marineros, desnudos

de medio cuerpo, con una bolsa sujeta en la cabeza, cayéndoles sobre la

espalda como un inmenso capuchón, bajan a tierra, reciben en el espacio

comprendido entre el cuello, el hombro y el brazo izquierdo, una

cantidad increíble de astillas, las sujetan con una cuerda amarrada en

la muñeca de la mano libre, y cediendo bajo el peso, trepan

laboriosamente al vapor y arrojan su carga junto a las hornallas. Los

que alimentan a éstas se llaman candeleros, por una curiosa analogía.

A veces el río ha crecido y los depósitos de leña se encuentran bajo las

aguas, teniendo los bogas que trabajar con la mitad del cuerpo

sumergido. Rara es la ocasión, cuando trabajan en seco, que no se

interrumpan para matar las víboras sumamente venenosas que se ocultan

entre la leña. Pero, cuando ésta se encuentra bajo el agua, no tienen

defensa, estando además expuestos a las picaduras de las rayas...

Por fin, despachados, nos pusimos en movimiento. Empezaba el duro viaje

bajo una sensación compleja que mantenía mi espíritu en esa inquietud

nerviosa que precede a un examen en la adolescencia, a un duelo en la

juventud, a un momento largamente esperado, en todas las edades. En

primer lugar, una curiosidad vivaz y ardiente; luego, la idea de que

cada hora de marcha me alejaba tres de la patria; y arriba de los

estremecimientos del cuerpo por los martirios físicos que entreveía,

graves preocupaciones que respondían a mi posición oficial, que no

tienen nada que ver con estas páginas íntimas.

Así que supieron nuestra posición y destino, algunos pasajeros que iban

a puntos próximos me dejaron ver una franca y sincera conmiseración. Uno

de ellos, caballero colombiano, perfectamente culto y cortés, como todos

los que he encontrado en mi camino, me preguntó, inquieto, si yo tenía

noticia de lo que era la navegación del Magdalena, y como, en caso

afirmativo, había cometido la chambonada de embarcarme en el Antioquía.

«Porque ha de saber usted--prosiguió--que cada uno de los vapores que

recorren el río, desde Barranquilla a Honda, tiene su reputación

particular, sus condiciones propias, perfectamente conocidas de todo el

mundo. Así, yo no me embarcaría en el Antioquía ni en el Mosquera por

nada del mundo, si tuviera que hacer un viaje largo. Para eso tenemos el

Victoria, el Montoya, el Inés Clarke, el Stephenson Clarke, cuyo silbato

le ha merecido el popular apoyo de Qui-qui-ri-quí, el Roberto Calixto,

etc. Esos pasan siempre, aun sobre los regaderos más temibles, a causa

de su poco calado; y en los chorros, con un simple cable están del otro

lado. En cuanto al transbordo que les han prometido, le confieso que no

tengo esperanzas, porque aquí los directores proponen y el río dispone.

Ya está usted embarcado y no hay remedio: prepárese a pasar días muy

duros, no tome agua pura, no coma frutas, no abuse del brandy y trate de

tener el espíritu sereno».

Las últimas recomendaciones, especialmente aquella que debía apartarme

del brandy, mi único alimento, y la que me imponía la serenidad

intelectual, eran tan difíciles de cumplir como fáciles de hacer. Me

preparé lo mejor que pude a afrontar el porvenir y puse en juego todos

los resortes de mi energía.

No me fatigaré recordando, uno a uno, los puntos donde el vapor se

detuvo durante los tres primeros días, fuese para tomar la eterna leña,

fuese para pasar allí la noche. He dicho ya, y lo repito, que las

orillas del Magdalena presentan un aspecto esencialmente primitivo; los

pequeños caseríos que se encuentran, no dan la más ligera idea de la

vida civilizada. En chozas abiertas a todos los vientos, viven

hacinados, padres, hijos, mujeres, hombres y animales muchas veces. Los

niños, corriendo por las márgenes, completamente desnudos, tienen un

aspecto salvaje. No hay allí recursos de ninguna clase; muchas veces he

bajado, y viendo huevos frescos, he querido adquirirlos a cualquier

precio. Con una calma desesperante, con apatía increíble, contestan: «No

son para vender», y es necesario renunciar a toda resistencia, porque el

dinero no tiene atractivo para esa gente sin necesidades.

La naturaleza cambia lentamente, a medida que avanzamos: al principio,

el río, ancho y majestuoso, corre entre orillas de un verde intenso,

pero la vegetación, si bien tupida y exuberante, no alcanza las

proporciones con que empieza a presentarse a nuestros ojos. A la

izquierda, vemos el cuadro inimitable de la Sierra Nevada, que, cruzando

el Estado de Magdalena, va a extinguirse cerca del mar. Sus picos, de un

blanco intenso e inmaculado, se envuelven al caer la tarde en una nube

rosada de indecible pureza. A occidente, el espacio, libre de montañas,

nos deja ver las puestas de sol más maravillosas que he contemplado en

mi vida. Imposible describir ese grupo de nubes incandescentes y

atormentadas, con sus franjas luminosas como una hoguera, su fondo de un

dorado pálido, inmóviles sobre el horizonte, disolviendo su forma y su

color con una lentitud que hace soñar. Todos los tonos del iris se

producen allí, desde el violeta profundo, que arroja su nota con vigor

sobre el amarillo transparente, hasta el blanco que hiere la pupila

interrumpiendo la serenidad del azul intenso de los cielos. Nunca, lo

repito, me fue dado contemplar cuadro tan soberanamente bello, ni aun en

el Océano, cuando se sigue al sol en su descenso, formando uno de los

vértices de aquel triángulo glorioso de Chateaubriand, ni aun entre las

gargantas de los Andes, sobre las que cae la noche con asombrosa rapidez

y que quedan envueltas en la sombra, mientras las cumbres vecinas

brillan bajo los rayos del sol, lejos aun de dar su adiós a nuestro

hemisferio.

¡Qué calma admirable la que sucede a ese instante solemne! La naturaleza

parece recogerse para entrar en la región serena del sueño. El río sigue

corriendo silenciosamente; en los bosques impenetrables de la orilla,

donde el buque acaba de detenerse, no se oyen sino los apagados silbidos

metódicos del turpial que llama a su compañero; hasta las enormes y

vistosas guacamayas, con su plumaje irisado, llegan en silencio y buscan

entre las ramas el nido que pende de la copa de un inmenso caracolí,

mecido por las lianas que lo sujetan. De tiempo en tiempo, el rumor de

un eco en el interior de la selva, y luego de nuevo la paz callada

extendiendo su imperio sobre todo lo creado...

La suave y deliciosa quietud dura poco; un ejército invisible avanza en

silencio, y un instante después se sienten picaduras intensas en las

manos, la cara, en el cuerpo mismo al través de las ropas. Son los

terribles mosquitos del Magdalena que hacen su temida aparición. No

corre un hálito de aire, y es necesario buscar un refugio, a riesgo de

sofocarse, contra aquellos animales, que en media hora más os postrarían

bajo la fiebre. He ahí uno de los momentos de mayor sufrimiento. Se

tiende el catre en cubierta, y sobre él, un espeso mosquitero, cuyos

bordes se sujetan sobre la estera que sirve de colchón. En seguida, con

precauciones infinitas, se desliza uno dentro de aquel horno, teniendo

cuidado de ser el único habitante de la región comprendida entre el

petate y el ligero lienzo protector. Luego, se enciende una panetela de

puro Ambalema, cigarro de una forma análoga a los de pajita y hecho del

exquisito tabaco que se encuentra en el punto indicado, y que, en la

categoría jerárquica viene inmediatamente después del de la Habana. Allí

empieza un indescriptible baño ruso; el calor sofocante, pesado, mortal,

aleja el sueño e impide a la imaginación esos viajes maravillosos que

suelen compensar el insomnio y a los que excita allí la bella y serena

majestad de la noche.

A la mañana siguiente, apenas apunta el alba, de nuevo en camino. A la

hora de marcha, se oye la campana del práctico, la máquina se detiene y

los contramaestres a proa comienzan a sondar. El Antioquía necesita para

pasar cinco pies y medio por lo menos. Nos precipitamos todos ansiosos a

proa y tendemos ávidamente el oído a los gritos de los sondeadores: «¡No

hay fondo!» ¡Nueve pies! ¡Ocho escasos! ¡Seis largos! Las fisonomías

empiezan a oscurecerse. ¡Seis fallos! ¡Malo, malo! ¡Cinco pies y medio!

El buque empieza a sobarse, esto es, a deslizarse lentamente sobre la

arena y de pronto se detiene. ¡Para atrás! Desandamos lo andado, hacemos

una, dos, tres nuevas tentativas: ¡inútil! El río se ha regado de una

manera extraordinaria y el canal debe haber variado de dirección con el

movimiento de las arenas. De nuevo a la costa y a amarrar. El práctico

toma una canoa y se lanza a buscar pacientemente el paso por medio de

sondajes.

¡Qué días horribles aquellos en que, arrimados a la orilla, con el sol

tropical cayendo a plomo, sin el más leve movimiento del aire y bajo una

temperatura que a la sombra alcanzaba a 38 y 39 grados centigrados,

vagábamos desesperados, sin un sitio donde ampararnos, tostados por la

irradiación de la caldera, transpirando a raudales, con el rostro

candescente, los ojos saltados, la sangre agitada... y sin más recurso

que un vaso de agua tibia con panela[9] o brandy! Nunca se me borrará el

recuerdo de aquellas horas que no creía pudiera soportar el cuerpo

humano...

Los días se sucedían en esa agradable existencia, sin que el pequeño

vapor que debía transbordarnos y arrancarnos a aquel infierno, dejase

ver sus humos en el horizonte. Habíamos avanzado algo, gracias a la

habilidad del práctico que logró encontrar un pequeño paso, pero fue

para detenernos un poco más arriba de Barranca Bermejo, donde

definitivamente nos amarramos con cadenas a los troncos enormes de la

orilla, se apagaron los fuegos y quedamos a la gracia de Dios. Así

estuvimos tres días. Los pocos pasajeros a quienes tan ruda jornada

había tocado, éramos, como creo haberlo dicho ya, el profesor suizo, un

joven de Bogotá, García Mérou y yo. Además, venía una rarísima mujer,

colombiana, de buena familia, pero que en Francia habría pasado por

tener una colección de arañas _au plafond_. No salía para nada de su

camarote, y a veces entreveíamos su cara, horrible y roja por el calor,

asomarse a la puerta, respirar un momento y volver al antro. Volví a

encontrarla más tarde a poca distancia de Honda; había emprendido a pie

el camino de Bogotá, y me costó un triunfo el hacerle aceptar lo

necesario para procurarse una mula.

--¡Un vapor, un vapor!--gritó azorado un muchacho, señalando, detrás de

un recodo del río, una débil columna de humo que se dibujaba en el azul

transparente del cielo. Fue una revolución a bordo; en vano procuré

detener al suizo, explicándole que, aun cuando el buque anunciado fuera

el que con tanta ansia esperábamos, tendríamos un día y medio o dos que

pasar en aquel punto, mientras se hacía el transbordo de las

mercaderías. ¡En vano! El suizo se había precipitado a su camarote y

hacía sus maletas con una velocidad increíble... El vapor apareció; pero

como todos tienen un corte igual, es necesario esperar a oír el silbato

para distinguirlos.

¿Sería el Victoria? ¿Sería el Calixto? En ambos casos estábamos

salvados. Algo como la tos prolongada de un gigante resfriado, algo como

debe ser el quejido de una foca a la que arrebatan sus chicuelos, llegó

a nuestros oídos, y todos los muchachos del servicio de a bordo gritaron

en coro: «¡El Montoya!» Es necesario saber que, siendo el Montoya de la

misma compañía y teniendo nosotros la bandera a media asta en popa, lo

que era pedirle se detuviera, éranos lícito regocijarnos en la esperanza

del transbordo.

En un instante el Montoya, deslizándose sobre las aguas a favor de la

corriente, con una velocidad de 15 ó 16 millas por hora, llegó a nuestro

lado, y manteniéndose sobre la máquina, entabló correspondencia.

Transbordo imposible. Cargado hasta el tope de bultos de quina. Victoria

viene atrás. Y de nuevo en marcha, perdiéndose en el primer recodo del

río, haciéndome oír, como una carcajada su antipático silbido. Nos

miramos a las caras: nunca he visto la desesperación más profundamente

marcada en rostros humanos...

¿A qué insistir en la agonía de aquellos días como no he pasado, como no

volveré a pasar jamás semejantes en la vida? Hacía dos semanas que

estábamos en el Antioquía, con la mirada invariable al Norte, esperando,

esperando siempre, cuando la misma tos de gigante resfriado, el mismo

quejido de foca desolada, se hizo oír al Sur. Era el Montoya, que había

tenido tiempo de llegar hasta cerca de Barranquilla, dejar su carga en

un puerto y tomar los pasajeros del Confianza que, temeroso de la suerte

del Antioquía, no se atrevía a remontar el río. Esta vez respiramos

libremente; y una hora después estábamos en la cubierta del Montoya, en

cuyo centro una gran mesa, cargada de rifles, escopetas, remingtons,

anteojos y rodeada de cómodas sillas, nos produjo la sensación de

encontrarnos en el seno del más refinado sibaritismo.

Los grandes sufrimientos del viaje habían pasado. El Montoya era un

vapor chico, pero limpio, más fresco que el Antioquía, y aunque el

inmenso número de pasajeros que venían en él nos impidió tener

camarotes, esto es, un sitio donde lavarnos y mudarnos, era tal la

satisfacción de poder continuar el viaje, que no nos hizo mayor

extorsión la toilette obligada al aire libre y un poco en común.

Había una colección completa de pasajeros, gente agradable en su mayor

parte. Senadores y diputados que iban a Bogotá a la apertura del

Congreso; jóvenes ingenieros americanos, a los trabajos de los

ferrocarriles de la Antioquía, uno de los cuales, hombre robusto, sin

embargo, venía doblado por la fiebre palúdica contraída en el viaje;

negociantes franceses e ingleses; _touristes_ de vuelta y por fin, la

familia entera del ministro inglés, compuesta de su señora, tres niños,

dos jóvenes _maids_ inglesas, _chef_, _maitre d'hôtel_, ¡qué se yo! La

armonía, las buenas amistades, se entablaron pronto, y sólo entonces

empecé realmente a gozar de las bellezas indescriptibles de aquella

naturaleza estupenda.

Pasábamos el día guerreando a muerte con los caimanes. No he hablado aún

de esos huéspedes característicos del Magdalena, porque, durante mi

inolvidable permanencia en el Antioquía, creo no haberles dispensado una

mirada.

Es el alligator, el cocodrilo del Nilo y de algunos ríos de la India, el

yacaré de los nuestros, pero de dimensiones colosales. Parecíame una

exageración la longitud de cinco a seis metros que asigna a algunos un

viajero francés, M. André; pero, después de haber observado millares de

caimanes, puedo asegurar que, en realidad, hay no pocos que alcanzan ese

enorme tamaño. He visto a algunos cruzar lentamente las aguas del río;

vienen precedidos de una nube constante de pescados saltando, fuera del

agua como en el mar, a la aproximación de un tiburón o de una tintorera.

Pero en general sólo se les ve en las playas arenosas que deja el río en

descubierto cuando desciende.

Están tendidos en gran número: he contado hasta sesenta en un pedazo de

playa que no tendría más de unos cien metros cuadrados. Inmóviles como

si se hubieran desprendido de la cornisa de un templo egipcio, mantienen

la boca abierta, cuan grande es, hacia arriba. En esa posición, la boca

forma un ángulo cuyos lados no tienen menos de medio metro. Los he visto

permanecer así durante horas enteras; el olor nauseabundo de su aliento

atrae a los mosquitos que se aglomeran por millones sobre la lengua;

cuando una _fournée_ está completa, el caimán cierra las fauces con

rapidez, absorbe los inocentes visitantes, y de nuevo presenta al

espacio el temible e inmundo ángulo.

El caimán es la plaga del Magdalena; cuando algún desgraciado boga,

bañándose o cayendo de su canoa, ha permitido a uno de sus monstruos

probar el perfume de la carne humana, la comarca entera tiembla ante el

caimán cebado; anfibio como es, salta a la playa, se desliza por las

arenas con las que confunde su piel escamosa y pasa horas enteras

acechando a un niño o a una mujer. ¡Cuántas historias terribles me

contaban en el Magdalena de las luchas feroces contra el caimán, del

valor salvaje de los bogas que, semejantes a nuestros indios

correntinos, se arrojan al río con un puñal y cuerpo a cuerpo lo vencen!

A su vez, el caimán suele ser sorprendido en sus siestas de la playa por

los tigres y pumas de los bosques vecinos. Entonces se traba una lucha

admirable, como aquellas que los romanos, los hombres que han gozado más

sobre la tierra, contemplaban en sus circos. El caimán es generalmente

vencedor, pues su piel paquidérmica lo hace invulnerable a la garra y al

diente agresor. Pero lo que un tigre no puede, lo consigue una vaca o un

novillo; cuando éstos atraviesan a nado el río, pasando, en el bajo

Magdalena, del Estado de Bolívar al que lleva el nombre del río y que

ocupa la margen derecha, o viceversa, si el caimán los ataca, levantan

un poco la parte anterior del cuerpo y hacen llover sobre el agresor una

lluvia de «puñetazos» con sus córneas pezuñas, que lo detiene, lo atonta

y acaba por ponerlo en fuga...

Se ha hecho el cálculo que, si todos los huevos de bacalao que

anualmente ponen las hembras de esos antipáticos animales, se

consiguieran, la sección entera del Atlántico comprendida entre la

América del Norte y la Europa, se convertiría en una masa sólida. Otro

tanto podría suceder en el Magdalena con los caimanes.

El caimán es ovíparo; la hembra pone una inmensa cantidad de huevos,

grandes y duros como piedra, que entierra entre la arena. Llegada la

época conveniente, la sensible madre se coloca con la enorme boca

abierta al lado del sitio que empieza a escarbar; los pequeñuelos, que

ya han abandonado la cáscara, saltan a medida que se despeja la arena

que los cubría. Unos dan el brinco directamente al río; otros, perjeños

ignorantes de las costumbres de su raza, saltan del lado de la enorme

boca maternal que los recibe y engulle en un segundo. Se calcula que la

caimana se come la mitad de sus hijos. Luego, la piedad maternal la

invade, y semejante a la Niobe antigua, deja correr dos lágrimas por sus

hijos tan prematuramente muertos. ¡Una vez en el agua, reune la prole

salvada y no hay madre más cariñosa![10].

¡Qué odio por el caimán! ¡Con qué alegría los bogas marineros,

descubriendo con su mirada avezada una turba de cocodrilos sobre un

arenal lejano, nos daban el grito de alerta! Cada uno toma su fusil,

elige su blanco y a un tiempo se hace fuego. Las armas que se emplean

son carabinas Rémington, Spéncer, Winchester, etc. Nada resiste a la

bala; el caimán herido, abre la boca más grande aun, si es posible, que

cuando se ocupa en cazar mosquitos, levanta la cabeza, la sacude

frenético, y se arrastra, muchas veces moribundo y cubierto de

heridas--pues la lentitud de sus movimientos permite hacerle fuego

repetidas veces--para ir a morir en el seno de las aguas o en su cueva

misteriosa.

En viaje (1881-1882) · 第 46 / 65 题