Cuadros de viaje.
¡Una hipótesis filológica!--La vida del boga y sus
peligros.--Principio del viaje.--Consejos e instrucciones.--Los
vapores.--Las chozas.--Aspecto de la naturaleza.--Las tardes del
Magdalena.--Calma soberana.--Los mosquitos.--La confección del
lecho.--Baño ruso.--El sondaje.--Días horribles.--Los compañeros de
a bordo.--¡Un vapor!--Decepción.--Agonía lenta.--¡Por fin!--El
Montoya.--Los caimanes.--Sus costumbres.--La plaga del
Magdalena.--Combates.--Madres sensibles.--Guerra al caimán.
Me inclino a creer que el nombre de burro dado a la unidad de medida de
la leña, respondía al principio a la cantidad de la misma que uno de
esos simpáticos animales podía cargar. En cuanto a hoy, no hay burro que
pudiera moverse bajo uno de sus homónimos.
Un vapor cualquiera en el Magdalena gasta de cuarenta a cincuenta burros
de leña diarios; el Antioquía consume el doble, pero en cambio anda la
mitad menos que los demás. Es, pues, muy dura la vida de los marineros a
bordo del insaciable vapor, que cada dos horas se arrima a la orilla, se
amarra fuertemente para poder resistir a la corriente que lo arrastra y
empieza a absorber leña con una voracidad increíble. Cuando la operación
se practica en las deliciosas horas de la mañana, los pobres bogas
saltan de contento; pero, repetida durante el día con frecuencia, en
aquella atmósfera candescente, bajo un sol de que en nuestras regiones
es difícil formar idea, constituye un martirio real. Una larga plancha
une al buque con la orilla, a guisa de puente. Los marineros, desnudos
de medio cuerpo, con una bolsa sujeta en la cabeza, cayéndoles sobre la
espalda como un inmenso capuchón, bajan a tierra, reciben en el espacio
comprendido entre el cuello, el hombro y el brazo izquierdo, una
cantidad increíble de astillas, las sujetan con una cuerda amarrada en
la muñeca de la mano libre, y cediendo bajo el peso, trepan
laboriosamente al vapor y arrojan su carga junto a las hornallas. Los
que alimentan a éstas se llaman candeleros, por una curiosa analogía.
A veces el río ha crecido y los depósitos de leña se encuentran bajo las
aguas, teniendo los bogas que trabajar con la mitad del cuerpo
sumergido. Rara es la ocasión, cuando trabajan en seco, que no se
interrumpan para matar las víboras sumamente venenosas que se ocultan
entre la leña. Pero, cuando ésta se encuentra bajo el agua, no tienen
defensa, estando además expuestos a las picaduras de las rayas...
Por fin, despachados, nos pusimos en movimiento. Empezaba el duro viaje
bajo una sensación compleja que mantenía mi espíritu en esa inquietud
nerviosa que precede a un examen en la adolescencia, a un duelo en la
juventud, a un momento largamente esperado, en todas las edades. En
primer lugar, una curiosidad vivaz y ardiente; luego, la idea de que
cada hora de marcha me alejaba tres de la patria; y arriba de los
estremecimientos del cuerpo por los martirios físicos que entreveía,
graves preocupaciones que respondían a mi posición oficial, que no
tienen nada que ver con estas páginas íntimas.
Así que supieron nuestra posición y destino, algunos pasajeros que iban
a puntos próximos me dejaron ver una franca y sincera conmiseración. Uno
de ellos, caballero colombiano, perfectamente culto y cortés, como todos
los que he encontrado en mi camino, me preguntó, inquieto, si yo tenía
noticia de lo que era la navegación del Magdalena, y como, en caso
afirmativo, había cometido la chambonada de embarcarme en el Antioquía.
«Porque ha de saber usted--prosiguió--que cada uno de los vapores que
recorren el río, desde Barranquilla a Honda, tiene su reputación
particular, sus condiciones propias, perfectamente conocidas de todo el
mundo. Así, yo no me embarcaría en el Antioquía ni en el Mosquera por
nada del mundo, si tuviera que hacer un viaje largo. Para eso tenemos el
Victoria, el Montoya, el Inés Clarke, el Stephenson Clarke, cuyo silbato
le ha merecido el popular apoyo de Qui-qui-ri-quí, el Roberto Calixto,
etc. Esos pasan siempre, aun sobre los regaderos más temibles, a causa
de su poco calado; y en los chorros, con un simple cable están del otro
lado. En cuanto al transbordo que les han prometido, le confieso que no
tengo esperanzas, porque aquí los directores proponen y el río dispone.
Ya está usted embarcado y no hay remedio: prepárese a pasar días muy
duros, no tome agua pura, no coma frutas, no abuse del brandy y trate de
tener el espíritu sereno».
Las últimas recomendaciones, especialmente aquella que debía apartarme
del brandy, mi único alimento, y la que me imponía la serenidad
intelectual, eran tan difíciles de cumplir como fáciles de hacer. Me
preparé lo mejor que pude a afrontar el porvenir y puse en juego todos
los resortes de mi energía.
No me fatigaré recordando, uno a uno, los puntos donde el vapor se
detuvo durante los tres primeros días, fuese para tomar la eterna leña,
fuese para pasar allí la noche. He dicho ya, y lo repito, que las
orillas del Magdalena presentan un aspecto esencialmente primitivo; los
pequeños caseríos que se encuentran, no dan la más ligera idea de la
vida civilizada. En chozas abiertas a todos los vientos, viven
hacinados, padres, hijos, mujeres, hombres y animales muchas veces. Los
niños, corriendo por las márgenes, completamente desnudos, tienen un
aspecto salvaje. No hay allí recursos de ninguna clase; muchas veces he
bajado, y viendo huevos frescos, he querido adquirirlos a cualquier
precio. Con una calma desesperante, con apatía increíble, contestan: «No
son para vender», y es necesario renunciar a toda resistencia, porque el
dinero no tiene atractivo para esa gente sin necesidades.
La naturaleza cambia lentamente, a medida que avanzamos: al principio,
el río, ancho y majestuoso, corre entre orillas de un verde intenso,
pero la vegetación, si bien tupida y exuberante, no alcanza las
proporciones con que empieza a presentarse a nuestros ojos. A la
izquierda, vemos el cuadro inimitable de la Sierra Nevada, que, cruzando
el Estado de Magdalena, va a extinguirse cerca del mar. Sus picos, de un
blanco intenso e inmaculado, se envuelven al caer la tarde en una nube
rosada de indecible pureza. A occidente, el espacio, libre de montañas,
nos deja ver las puestas de sol más maravillosas que he contemplado en
mi vida. Imposible describir ese grupo de nubes incandescentes y
atormentadas, con sus franjas luminosas como una hoguera, su fondo de un
dorado pálido, inmóviles sobre el horizonte, disolviendo su forma y su
color con una lentitud que hace soñar. Todos los tonos del iris se
producen allí, desde el violeta profundo, que arroja su nota con vigor
sobre el amarillo transparente, hasta el blanco que hiere la pupila
interrumpiendo la serenidad del azul intenso de los cielos. Nunca, lo
repito, me fue dado contemplar cuadro tan soberanamente bello, ni aun en
el Océano, cuando se sigue al sol en su descenso, formando uno de los
vértices de aquel triángulo glorioso de Chateaubriand, ni aun entre las
gargantas de los Andes, sobre las que cae la noche con asombrosa rapidez
y que quedan envueltas en la sombra, mientras las cumbres vecinas
brillan bajo los rayos del sol, lejos aun de dar su adiós a nuestro
hemisferio.
¡Qué calma admirable la que sucede a ese instante solemne! La naturaleza
parece recogerse para entrar en la región serena del sueño. El río sigue
corriendo silenciosamente; en los bosques impenetrables de la orilla,
donde el buque acaba de detenerse, no se oyen sino los apagados silbidos
metódicos del turpial que llama a su compañero; hasta las enormes y
vistosas guacamayas, con su plumaje irisado, llegan en silencio y buscan
entre las ramas el nido que pende de la copa de un inmenso caracolí,
mecido por las lianas que lo sujetan. De tiempo en tiempo, el rumor de
un eco en el interior de la selva, y luego de nuevo la paz callada
extendiendo su imperio sobre todo lo creado...
La suave y deliciosa quietud dura poco; un ejército invisible avanza en
silencio, y un instante después se sienten picaduras intensas en las
manos, la cara, en el cuerpo mismo al través de las ropas. Son los
terribles mosquitos del Magdalena que hacen su temida aparición. No
corre un hálito de aire, y es necesario buscar un refugio, a riesgo de
sofocarse, contra aquellos animales, que en media hora más os postrarían
bajo la fiebre. He ahí uno de los momentos de mayor sufrimiento. Se
tiende el catre en cubierta, y sobre él, un espeso mosquitero, cuyos
bordes se sujetan sobre la estera que sirve de colchón. En seguida, con
precauciones infinitas, se desliza uno dentro de aquel horno, teniendo
cuidado de ser el único habitante de la región comprendida entre el
petate y el ligero lienzo protector. Luego, se enciende una panetela de
puro Ambalema, cigarro de una forma análoga a los de pajita y hecho del
exquisito tabaco que se encuentra en el punto indicado, y que, en la
categoría jerárquica viene inmediatamente después del de la Habana. Allí
empieza un indescriptible baño ruso; el calor sofocante, pesado, mortal,
aleja el sueño e impide a la imaginación esos viajes maravillosos que
suelen compensar el insomnio y a los que excita allí la bella y serena
majestad de la noche.
A la mañana siguiente, apenas apunta el alba, de nuevo en camino. A la
hora de marcha, se oye la campana del práctico, la máquina se detiene y
los contramaestres a proa comienzan a sondar. El Antioquía necesita para
pasar cinco pies y medio por lo menos. Nos precipitamos todos ansiosos a
proa y tendemos ávidamente el oído a los gritos de los sondeadores: «¡No
hay fondo!» ¡Nueve pies! ¡Ocho escasos! ¡Seis largos! Las fisonomías
empiezan a oscurecerse. ¡Seis fallos! ¡Malo, malo! ¡Cinco pies y medio!
El buque empieza a sobarse, esto es, a deslizarse lentamente sobre la
arena y de pronto se detiene. ¡Para atrás! Desandamos lo andado, hacemos
una, dos, tres nuevas tentativas: ¡inútil! El río se ha regado de una
manera extraordinaria y el canal debe haber variado de dirección con el
movimiento de las arenas. De nuevo a la costa y a amarrar. El práctico
toma una canoa y se lanza a buscar pacientemente el paso por medio de
sondajes.
¡Qué días horribles aquellos en que, arrimados a la orilla, con el sol
tropical cayendo a plomo, sin el más leve movimiento del aire y bajo una
temperatura que a la sombra alcanzaba a 38 y 39 grados centigrados,
vagábamos desesperados, sin un sitio donde ampararnos, tostados por la
irradiación de la caldera, transpirando a raudales, con el rostro
candescente, los ojos saltados, la sangre agitada... y sin más recurso
que un vaso de agua tibia con panela[9] o brandy! Nunca se me borrará el
recuerdo de aquellas horas que no creía pudiera soportar el cuerpo
humano...
Los días se sucedían en esa agradable existencia, sin que el pequeño
vapor que debía transbordarnos y arrancarnos a aquel infierno, dejase
ver sus humos en el horizonte. Habíamos avanzado algo, gracias a la
habilidad del práctico que logró encontrar un pequeño paso, pero fue
para detenernos un poco más arriba de Barranca Bermejo, donde
definitivamente nos amarramos con cadenas a los troncos enormes de la
orilla, se apagaron los fuegos y quedamos a la gracia de Dios. Así
estuvimos tres días. Los pocos pasajeros a quienes tan ruda jornada
había tocado, éramos, como creo haberlo dicho ya, el profesor suizo, un
joven de Bogotá, García Mérou y yo. Además, venía una rarísima mujer,
colombiana, de buena familia, pero que en Francia habría pasado por
tener una colección de arañas _au plafond_. No salía para nada de su
camarote, y a veces entreveíamos su cara, horrible y roja por el calor,
asomarse a la puerta, respirar un momento y volver al antro. Volví a
encontrarla más tarde a poca distancia de Honda; había emprendido a pie
el camino de Bogotá, y me costó un triunfo el hacerle aceptar lo
necesario para procurarse una mula.
--¡Un vapor, un vapor!--gritó azorado un muchacho, señalando, detrás de
un recodo del río, una débil columna de humo que se dibujaba en el azul
transparente del cielo. Fue una revolución a bordo; en vano procuré
detener al suizo, explicándole que, aun cuando el buque anunciado fuera
el que con tanta ansia esperábamos, tendríamos un día y medio o dos que
pasar en aquel punto, mientras se hacía el transbordo de las
mercaderías. ¡En vano! El suizo se había precipitado a su camarote y
hacía sus maletas con una velocidad increíble... El vapor apareció; pero
como todos tienen un corte igual, es necesario esperar a oír el silbato
para distinguirlos.
¿Sería el Victoria? ¿Sería el Calixto? En ambos casos estábamos
salvados. Algo como la tos prolongada de un gigante resfriado, algo como
debe ser el quejido de una foca a la que arrebatan sus chicuelos, llegó
a nuestros oídos, y todos los muchachos del servicio de a bordo gritaron
en coro: «¡El Montoya!» Es necesario saber que, siendo el Montoya de la
misma compañía y teniendo nosotros la bandera a media asta en popa, lo
que era pedirle se detuviera, éranos lícito regocijarnos en la esperanza
del transbordo.
En un instante el Montoya, deslizándose sobre las aguas a favor de la
corriente, con una velocidad de 15 ó 16 millas por hora, llegó a nuestro
lado, y manteniéndose sobre la máquina, entabló correspondencia.
Transbordo imposible. Cargado hasta el tope de bultos de quina. Victoria
viene atrás. Y de nuevo en marcha, perdiéndose en el primer recodo del
río, haciéndome oír, como una carcajada su antipático silbido. Nos
miramos a las caras: nunca he visto la desesperación más profundamente
marcada en rostros humanos...
¿A qué insistir en la agonía de aquellos días como no he pasado, como no
volveré a pasar jamás semejantes en la vida? Hacía dos semanas que
estábamos en el Antioquía, con la mirada invariable al Norte, esperando,
esperando siempre, cuando la misma tos de gigante resfriado, el mismo
quejido de foca desolada, se hizo oír al Sur. Era el Montoya, que había
tenido tiempo de llegar hasta cerca de Barranquilla, dejar su carga en
un puerto y tomar los pasajeros del Confianza que, temeroso de la suerte
del Antioquía, no se atrevía a remontar el río. Esta vez respiramos
libremente; y una hora después estábamos en la cubierta del Montoya, en
cuyo centro una gran mesa, cargada de rifles, escopetas, remingtons,
anteojos y rodeada de cómodas sillas, nos produjo la sensación de
encontrarnos en el seno del más refinado sibaritismo.
Los grandes sufrimientos del viaje habían pasado. El Montoya era un
vapor chico, pero limpio, más fresco que el Antioquía, y aunque el
inmenso número de pasajeros que venían en él nos impidió tener
camarotes, esto es, un sitio donde lavarnos y mudarnos, era tal la
satisfacción de poder continuar el viaje, que no nos hizo mayor
extorsión la toilette obligada al aire libre y un poco en común.
Había una colección completa de pasajeros, gente agradable en su mayor
parte. Senadores y diputados que iban a Bogotá a la apertura del
Congreso; jóvenes ingenieros americanos, a los trabajos de los
ferrocarriles de la Antioquía, uno de los cuales, hombre robusto, sin
embargo, venía doblado por la fiebre palúdica contraída en el viaje;
negociantes franceses e ingleses; _touristes_ de vuelta y por fin, la
familia entera del ministro inglés, compuesta de su señora, tres niños,
dos jóvenes _maids_ inglesas, _chef_, _maitre d'hôtel_, ¡qué se yo! La
armonía, las buenas amistades, se entablaron pronto, y sólo entonces
empecé realmente a gozar de las bellezas indescriptibles de aquella
naturaleza estupenda.
Pasábamos el día guerreando a muerte con los caimanes. No he hablado aún
de esos huéspedes característicos del Magdalena, porque, durante mi
inolvidable permanencia en el Antioquía, creo no haberles dispensado una
mirada.
Es el alligator, el cocodrilo del Nilo y de algunos ríos de la India, el
yacaré de los nuestros, pero de dimensiones colosales. Parecíame una
exageración la longitud de cinco a seis metros que asigna a algunos un
viajero francés, M. André; pero, después de haber observado millares de
caimanes, puedo asegurar que, en realidad, hay no pocos que alcanzan ese
enorme tamaño. He visto a algunos cruzar lentamente las aguas del río;
vienen precedidos de una nube constante de pescados saltando, fuera del
agua como en el mar, a la aproximación de un tiburón o de una tintorera.
Pero en general sólo se les ve en las playas arenosas que deja el río en
descubierto cuando desciende.
Están tendidos en gran número: he contado hasta sesenta en un pedazo de
playa que no tendría más de unos cien metros cuadrados. Inmóviles como
si se hubieran desprendido de la cornisa de un templo egipcio, mantienen
la boca abierta, cuan grande es, hacia arriba. En esa posición, la boca
forma un ángulo cuyos lados no tienen menos de medio metro. Los he visto
permanecer así durante horas enteras; el olor nauseabundo de su aliento
atrae a los mosquitos que se aglomeran por millones sobre la lengua;
cuando una _fournée_ está completa, el caimán cierra las fauces con
rapidez, absorbe los inocentes visitantes, y de nuevo presenta al
espacio el temible e inmundo ángulo.
El caimán es la plaga del Magdalena; cuando algún desgraciado boga,
bañándose o cayendo de su canoa, ha permitido a uno de sus monstruos
probar el perfume de la carne humana, la comarca entera tiembla ante el
caimán cebado; anfibio como es, salta a la playa, se desliza por las
arenas con las que confunde su piel escamosa y pasa horas enteras
acechando a un niño o a una mujer. ¡Cuántas historias terribles me
contaban en el Magdalena de las luchas feroces contra el caimán, del
valor salvaje de los bogas que, semejantes a nuestros indios
correntinos, se arrojan al río con un puñal y cuerpo a cuerpo lo vencen!
A su vez, el caimán suele ser sorprendido en sus siestas de la playa por
los tigres y pumas de los bosques vecinos. Entonces se traba una lucha
admirable, como aquellas que los romanos, los hombres que han gozado más
sobre la tierra, contemplaban en sus circos. El caimán es generalmente
vencedor, pues su piel paquidérmica lo hace invulnerable a la garra y al
diente agresor. Pero lo que un tigre no puede, lo consigue una vaca o un
novillo; cuando éstos atraviesan a nado el río, pasando, en el bajo
Magdalena, del Estado de Bolívar al que lleva el nombre del río y que
ocupa la margen derecha, o viceversa, si el caimán los ataca, levantan
un poco la parte anterior del cuerpo y hacen llover sobre el agresor una
lluvia de «puñetazos» con sus córneas pezuñas, que lo detiene, lo atonta
y acaba por ponerlo en fuga...
Se ha hecho el cálculo que, si todos los huevos de bacalao que
anualmente ponen las hembras de esos antipáticos animales, se
consiguieran, la sección entera del Atlántico comprendida entre la
América del Norte y la Europa, se convertiría en una masa sólida. Otro
tanto podría suceder en el Magdalena con los caimanes.
El caimán es ovíparo; la hembra pone una inmensa cantidad de huevos,
grandes y duros como piedra, que entierra entre la arena. Llegada la
época conveniente, la sensible madre se coloca con la enorme boca
abierta al lado del sitio que empieza a escarbar; los pequeñuelos, que
ya han abandonado la cáscara, saltan a medida que se despeja la arena
que los cubría. Unos dan el brinco directamente al río; otros, perjeños
ignorantes de las costumbres de su raza, saltan del lado de la enorme
boca maternal que los recibe y engulle en un segundo. Se calcula que la
caimana se come la mitad de sus hijos. Luego, la piedad maternal la
invade, y semejante a la Niobe antigua, deja correr dos lágrimas por sus
hijos tan prematuramente muertos. ¡Una vez en el agua, reune la prole
salvada y no hay madre más cariñosa![10].
¡Qué odio por el caimán! ¡Con qué alegría los bogas marineros,
descubriendo con su mirada avezada una turba de cocodrilos sobre un
arenal lejano, nos daban el grito de alerta! Cada uno toma su fusil,
elige su blanco y a un tiempo se hace fuego. Las armas que se emplean
son carabinas Rémington, Spéncer, Winchester, etc. Nada resiste a la
bala; el caimán herido, abre la boca más grande aun, si es posible, que
cuando se ocupa en cazar mosquitos, levanta la cabeza, la sacude
frenético, y se arrastra, muchas veces moribundo y cubierto de
heridas--pues la lentitud de sus movimientos permite hacerle fuego
repetidas veces--para ir a morir en el seno de las aguas o en su cueva
misteriosa.