¡Demasiado sé que es hermosa, miserable!... Pero, ¿qué necesidad tenías

de venir a recordármelo? (_Con risa de rabia._) ¡Un aldeano!... ¡Era

un aldeano como yo!... (_Adelantándose a él._) ¡Ah! Mi dicha te causa

envidia y vienes a contármelo al salir de sus brazos, cuando todavía

tienes en los labios sus besos de la última noche. Pero es que no

sabes que, por uno de esos momentos de pasión de que me hablas, por

un minuto de tu vida, daría yo toda la mía; todo mi paraíso por una

hora de tu purgatorio... ¡Maldito seas por haber venido, chalán del

infierno!... Todavía es peor que haberla visto a ella... Tú me traes

con su aliento el horrible amor de que estuve a punto de morir. Ahora

todo se acabó, estoy perdido. Y mientras recorras los caminos con ella,

habrá aquí mujeres que lloren... ¡Pero no! Eso no es posible, eso no

ha de ser. (_De un salto se apodera de uno de los grandes martillos

que han servido para plantar los mayos._) Vamos, defiéndete, bandido,

defiéndete, que te voy a matar; no quiero morir solo. (_El Potrero

retrocede. Durante toda esta escena se oye el ruido de los tamboriles

que llegan._)

BALTASAR, arrojándose sobre Federico.

Desgraciado, ¿qué vas a hacer?

FEDERICO, procurando desasirse.

No, déjame... Él, primero; después, su arlesiana. (_En el momento en

que se arroja sobre el Potrero, Rosa se lanza entre ellos. Federico

se detiene, titubea; el martillo se le cae de las manos. En el mismo

instante aparece gente sacudiendo antorchas ante la granja, y los

farandoleros invaden el patio gritando: «¡San Eloy!... ¡San Eloy!»._)

LOS FARANDOLEROS

¡San Eloy! ¡San Eloy! ¡A la farandola!

LA GENTE DE LA GRANJA, saliendo al balcón.

¡San Eloy!... ¡San Eloy!... (_Cantos y danzas._)

CUADRO QUINTO

La cámara de los gusanos de seda.

Gran sala, con amplia ventana y balcón en el fondo. — A la izquierda,

en segundo término, entrada de la cámara; en primer término, la

habitación de los hijos. — A la derecha, una escalera de madera que

conduce al granero. Bajo la escalera, una cama medio oculta por

cortinajes. — Al levantarse el telón, el escenario está desierto. —

En el patio de Castelet se oyen los pífanos y los tamboriles de los

farandoleros. En este momento entra Rosa con una lamparilla en la mano.

— Deja la lamparilla, va al balcón del fondo y se queda allí un momento

mirando bailar; después entra.

ESCENA PRIMERA

ROSA SAMAY, _sola_.

Cantan ahí abajo. No sospechan nada. El mismo pastor se ha equivocado

viéndole saltar de tan buena gana: «Eso no será nada, mi ama. El último

trueno, como cuando va a acabar la tempestad...». ¡Dios le oiga!...

Pero tengo miedo..., y velo...

ESCENA II

ROSA, FEDERICO.

FEDERICO, se detiene al ver a su madre.

¿Qué haces ahí?... Creía que ya no dormías aquí...

ROSA, algo turbada.

Sí. Tengo allá todavía algunos gusanos de seda que no han salido. Es

preciso que los vea... Pero y tú, ¿por qué no te has quedado abajo

cantando como los demás?

FEDERICO

Estaba muy cansado.

ROSA

¡El caso es que habías tomado con tanto entusiasmo esa farandola!...

También Viveta ha bailado mucho. Esa muchacha es un pajarito; apenas

tocaba el suelo... ¿Has visto cómo la rondaba el mayor de los Girod? Es

tan simpática... ¡Ah! Vais a hacer los dos una buena pareja.

FEDERICO, vivamente.

Buenas noches. Voy a acostarme. (_Le da un beso._)

ROSA, deteniéndole.

Y además, ya sabes, si esa no te gusta, hay que decirlo. Pronto te

encontraremos otra.

FEDERICO

¡Oh, madre!

ROSA

¡Eh! ¿Qué quieres? No busco yo la dicha de esa muchacha, sino la

tuya... ¡Y no pareces tú muy feliz!...

FEDERICO

Sí..., sí...

ROSA

Vamos, mírame. (_Le coge la mano._) Parece que tienes fiebre.

FEDERICO

Sí... La fiebre de San Eloy, que hace beber y bailar. (_Retira la

mano._)

ROSA

(_Aparte._) No sabré nada. (_Volviéndole a coger la mano._) Pero no te

vayas; siempre te apartas.

FEDERICO, sonriendo.

Vamos. ¿Qué hay?

ROSA, mirándole cara a cara.

Dime... Ese hombre que vino hace un momento...

FEDERICO, desviando los ojos.

¿Qué hombre?

ROSA

Sí..., esa especie de gitano, de gañán... Te ha hecho daño verle, ¿no

es verdad?

FEDERICO

¡Bah! Eso ha sido un instante, una locura... y ¡mira!, te lo ruego, no

me hagas hablar de esas cosas... Temería mancharte removiendo todo ese

cieno delante de ti.

ROSA

¡Vamos! ¿Es que no tienen las madres derecho a ir por todas partes sin

mancharse, a preguntarlo todo, a saberlo todo?... Vamos, háblame, hijo

mío. Ábreme tu pecho. Me parece que si me hablases solo un poquito,

tendría yo tanto que decirte... ¡Y no quieres!

FEDERICO, dulce y tristemente.

No; te lo ruego. Dejemos eso en paz.

ROSA

Entonces, ven... Bajemos...

FEDERICO

¿Para qué?

ROSA

¡Ah! Quizás estoy loca, pero se me figura que tienes algo malo en la

mirada. No quiero que te quedes solo... Ven a la luz, ven... Y además,

todos los años, por San Eloy, bailas conmigo la farandola. Este año

no te has acordado. Vamos, ven. Tengo gana de bailar. (_Sollozando._)

También tengo gana de llorar.

FEDERICO

Madre, madre, te amo..., no llores... ¡Ah! ¡No llores, Dios mío!

ROSA

Háblame, pues, si me amas.

FEDERICO

Pero, ¿qué quieres que te diga?... Pues sí, hoy he tenido un mal día.

Era de esperar. Después de tales sacudidas, no se calma uno de repente.

Mira el Ródano los días de mistral: ¿acaso no se agita mucho después de

haber cesado el viento? Hay que dejar tiempo a las cosas para que se

aquieten... Vamos, no llores. Todo eso no será nada... Duerma yo una

noche a pierna suelta, y mañana nada... No pienso más que en olvidar,

en ser feliz.

ROSA, con gravedad.

¿No piensas más que en eso?

FEDERICO, volviendo la cabeza.

Nada más...

ROSA, mirándole con gran fijeza.

¿De veras?

FEDERICO

De veras.

ROSA, tristemente.

Entonces, tanto mejor...

FEDERICO, dándola un beso.

Buenas noches... Voy a acostarme. (_Rosa le sigue con la mirada y la

sonrisa hasta la puerta de la habitación. Apenas se cierra la puerta,

el aspecto de la madre cambia, y se torna terrible._)

ESCENA III

ROSA, _sola_.

¡Es un infierno ser madre!... Poco faltó para que muriese cuando di

a luz a ese hijo. Después ha estado enfermo mucho tiempo... A los

quince años tuvo también una grave enfermedad. Le saqué de todo por

milagro. Las arrugas de mi frente pueden decir cuánto he temblado,

cuántas noches en vela he pasado... Y ahora que he hecho de él un

hombre, ahora que es fuerte, y tan hermoso, y tan puro, no piensa más

que en arrancarse la vida, y para defenderle contra sí mismo tengo

que velar aquí, ante su puerta, como cuando era pequeñito. ¡Ah! En

realidad hay ocasiones en que Dios no es razonable. (_Se sienta sobre

una banqueta._) Pero si es mía tu vida, mal hijo. Te la he dado, te

la he dado veinte veces. Fue tomada día por día de la mía. ¿No sabes

que he necesitado toda mi juventud para darte tus veinte años? Y ahora

quieres destruir mi obra. ¡Oh! ¡Oh! (_Apaciguada y triste._) Verdad

es que también sufre mucho mi pobre hijo. Su odioso amor le domina

todavía, y yo era una loca pensando que alguien podría curarle. ¡Tiene

la enfermedad de su madre! Los corazones como los nuestros no saben

amar más que una vez... Pero no es culpa mía. No me deben castigar por

eso; vamos a ver..., ¿qué puedo hacer yo más de lo que he hecho?... Yo

le decía: «Tómala..., te la damos». Como no la hubiese ido a buscar

yo misma... Si a lo menos supiera dónde encontrar a esa pícara, la

traería a la fuerza... Pero es demasiado tarde. Se ha marchado, y

precisamente por eso quiere morir él... ¡Quiere morir! ¡Cuán ingratos

son los hijos!... También yo, cuando mi pobre marido murió y tenía mis

manos entre las suyas al expirar, sentía vivo anhelo de marchar con

él... Pero tú estabas allí, tú; no comprendías bien lo que pasaba, pero

tenías miedo y gritabas. ¡Ah! Al primer grito tuyo eché de ver que la

vida no me pertenecía, que no tenía derecho de marcharme... Entonces

te cogí en mis brazos, te sonreí, canté para dormirte, con dolor en

el corazón, y aunque viuda para siempre, tan pronto como pude, me

quité las tocas de luto para no entristecer tus ojos de niño... (_Con

un sollozo._) Lo que hice por él entonces, bien podía hacerlo él por

mí ahora... ¡Ah, pobres madres! ¡Cuán dignas de compasión somos! Lo

damos todo, y no se nos devuelve nada. Somos las enamoradas a quienes

se abandona siempre. Y, sin embargo, nosotras no engañamos nunca y

tenemos tal arte para envejecer... (_Óyense tamboriles y ruido de

danzas._) ¡Qué noche! ¡Qué velada!... (_Ábrese vivamente la puerta de

la habitación._) ¿Quién es?

ESCENA IV

ROSA, EL INOCENTE.

Sale el Inocente de la habitación de la izquierda, con los pies

desnudos, los rubios cabellos en desorden, sin blusa, sin chaleco, solo

con un pantalón de pana sujeto por un tirante. — Brillan sus ojos; su

fisonomía muestra viveza e inteligencia inusitadas.

EL INOCENTE, aproximándose, con un dedo sobre los labios.

¡Chist!

ROSA

¿Eres tú?... ¿Qué quieres?...

EL INOCENTE, en voz baja.

Acuéstese usted y duerma tranquila... ¡No ocurrirá nada esta noche!...

ROSA

¡Cómo! Nada... ¿Conque estás enterado?...

EL INOCENTE

Sé que mi hermano tiene un gran pesar y que usted me hace acostar en

su cuarto temiendo que el dolor acabe con él... Por eso hace varias

noches que no pego ojos... Hace algún tiempo que se encontraba mejor,

pero esta noche ha sido muy mala... Ha vuelto a llorar, a hablar solo.

Decía: «¡No puedo..., no puedo!... ¡Tengo que irme!...». Por fin se

acostó. Ahora duerme, y me he levantado callandito, callandito, para

venir a decírselo a usted. ¿Por qué me mira usted así, madre?... ¿Le

sorprende a usted que vea tan claras las cosas y que tenga tanto

entendimiento?... Pero ya sabe usted lo que decía Baltasar: «Este niño

se despierta, se despierta».

ROSA

¿Es posible?... ¡Oh!... ¡Oh mi Inocente!

EL INOCENTE

Madre, me llamo Juanito. Llámeme Juanito. Ya no hay inocentes en esta

casa.

ROSA, vivamente.

Calla..., no digas eso.

EL INOCENTE

¿Por qué no?

ROSA

¡Ah! Estoy loca... Es ese pastor con sus cuentos... Ven, querido mío,

ven que te mire. Me parece que no te he visto nunca, que me nace ahora

un nuevo hijo. (_Poniéndole sobre sus rodillas._) ¡Cómo has crecido,

que hermoso estás! ¿Sabes que te parecerás a Federico? Ahora sí que hay

verdadera luz en tus ojos.

EL INOCENTE

¡A fe mía, sí, creo que ahora estoy enteramente despierto!... Lo cual

no impide que tenga mucho sueño y que me vaya a dormir, porque me

caigo... ¿Quiere usted darme otro beso?

ROSA

¡Que si quiero! (_Le besa apasionadamente._) ¡Te debo tantas caricias!

(_Le acompaña hasta el cuarto._) Vete a dormir, hijo mío, vete.

ESCENA V

ROSA, _sola_.

¡Ya no hay Inocente en esta casa! Si esto fuese a traernos desgracia...

¡Ah! ¿Qué estoy diciendo?... No merezco esta inmensa alegría nueva...

¡No, no! No es posible. Dios no me ha devuelto un hijo para quitarme

otro... (_Inclina la cabeza un momento ante una imagen de la Virgen

incrustada en la pared; va hacia la puerta del cuarto y escucha._)

Nada..., los dos duermen. (_Cierra la ventana del foro; pone en orden

algunos objetos, algunas sillas; luego entra en su alcoba y corre la

cortina. A través de las vidrieras del foro se ve despuntar el alba._)

ESCENA VI

FEDERICO; ROSA, _en la alcoba_.

FEDERICO, entra medio vestido, con aspecto extraviado; escucha y se

detiene.

(_Aparte._) Las tres. Ya viene el día. Pasará lo mismo que en el cuento

del pastor. Luchó toda la noche, y luego por la mañana..., luego por

la mañana... (_Da un paso hacia la escalera; después se detiene._)

¡Oh, es horrible!... ¡Qué despertar van a tener todos aquí!... Pero es

imposible. No puedo vivir. Siempre la veo en brazos de aquel hombre. Se

la lleva, la estrecha, la... ¡Ah, visión maldita, yo te arrancaré de

mis ojos! (_Se lanza a la escalera._)

ROSA, llamando.

¡Federico!... ¿Eres tú? (_Federico se detiene en medio de la escalera,

titubeando, con los brazos tendidos._)

ROSA, saliendo precipitadamente de la alcoba, corre al cuarto de los

niños, mira y da un grito terrible.

¡Ah! (_Se vuelve y ve a Federico en la escalera._) ¿Qué...? ¿Adónde

vas?...

FEDERICO, extraviado.

¿Pero no los oyes allá, hacia el aprisco?... Se la lleva... ¡Esperadme,

esperadme!... (_Se abalanza; Rosa corre tras él desesperadamente. —

Cuando llega a la puerta que está en medio de la escalera, Federico

acaba de cerrarla. — Rosa golpea con rabia._)

ROSA

¡Federico, hijo mío!... ¡En el nombre del cielo! (_Golpea la puerta,

la sacude._) ¡Abre, abre!... ¡Hijo mío!... Llévame, llévame contigo a

la muerte... ¡Ah!... ¡Dios mío!... ¡Socorro! ¡Mi hijo!... Mi hijo va a

matarse... (_Baja la escalera como una loca, se precipita a la ventana

del foro, la abre, mira, y cae dando un grito terrible._)

ESCENA VII

LOS MISMOS, EL INOCENTE, BALTASAR, EL PATRÓN MARCOS.

EL INOCENTE

¡Madre!... ¡Madre!... (_Se arrodilla junto a su madre._)

BALTASAR, al ver la ventana abierta, se lanza a ella y mira hacia el

patio.

¡Ah! (_Al patrón Marcos, que acaba de entrar:_) Mira por esa ventana;

verás si se muere de amor.

La arlesiana · 第 3 / 3 段