BALTASAR
El cielo está cubierto de caza, allá hacia la granja de los Girod.
MARCOS, levantándose.
No me hables de eso. Estoy furioso. Me han hecho perder la espera...
BALTASAR
¿Y para calmarte los nervios haces...? (_Imitando el ademán de
soplar._) Para eso no hace falta ponerse las botas... (_Se ríe._)
MARCOS
¡Está bien! ¡Está bien, grandísimo bribón! (_Aparte._) ¡Que siempre ha
de estar encima de uno ese hombre! (_Viendo que el pastor se instala en
la chimenea y enciende su pipa._) ¡Hola! ¿También tú estás citado?...
BALTASAR, sentado junto a la chimenea.
¿Citado?
MARCOS
Sí, hombre... Parece que esta mañana se celebra un gran consejo de
familia. No sé que les habrá pasado... Algún otro chisme... ¡Chist!
Helos aquí...
ESCENA V
LOS MISMOS, ROSA, FRANCISCO SAMAY.
ROSA
Entre usted, abuelo...
MARCOS
¿Qué ocurre?
ROSA
Cierra la puerta.
MARCOS
¡Oh, oh! Parece que es cosa seria.
ROSA
Muy seria... (_Viendo a Baltasar._) ¿Estás ahí tú?
BALTASAR
¿Estoy de más, ama?...
ROSA
Bien puedes quedarte. Lo que tengo que decirles, lo sabes tan bien como
nosotros... Es una cosa terrible, en la cual pensamos todos, y de la
que nadie se atreve a hablar. Pero el tiempo urge, y es necesario que
hablemos de una vez.
MARCOS
Apostaría que se trata de tu chico.
ROSA
Sí, Marcos, lo has adivinado... Se trata de mi hijo, que se muere. Vale
la pena de hablar de ello.
FRANCISCO SAMAY
¿Qué es lo que dices?
ROSA
Digo que nuestro hijo se muere, abuelo, y vengo a preguntaros si vamos
a contemplar tranquilamente cómo se va al otro mundo, sin hacer nada.
MARCOS
Pero, vamos a ver, ¿qué es lo que tiene?
ROSA
Tiene que es algo superior a sus fuerzas renunciar a su arlesiana.
Tiene que esta lucha le agota..., que este amor le mata.
MARCOS
Nada de eso nos dice de qué muere. Uno muere de una pleuresía, de un
aparejo que le cae encima, o arrastrado por una oleada; pero, ¡qué
diablo!... Un muchacho de veinte años, fuertemente amarrado a sus
áncoras, no va a dejarse llevar por una contrariedad amorosa...
ROSA
¿Lo crees así, Marcos?
MARCOS, riendo.
¡Ja, ja! Hay que venir a Camarga para encontrarse todavía con esas
supersticiones. (_Con frivolidad._) Escuche usted esto, hermanita; es
la canción de moda este invierno en el _Kursaal_ de Arlés... (_Con
fatuidad._)
Felizmente no hay quien muera de amor,
felizmente (_bis_) no hay quien muera de amor.
(_Silencio de muerte._)
BALTASAR, en la chimenea.
¡No cantan mal las cubas vacías!
MARCOS
¿Eh?
ROSA
Miente tu canción, Marcos. Hay juventudes de veinte años que mueren de
amor; y aun las más de las veces, como encuentran esta muerte demasiado
lenta, los que se hallan atacados de ese extraño mal se liberan de la
existencia para acabar antes...
FRANCISCO SAMAY
¿Es posible, Rosa?... ¿Crees tú que el muchacho?...
ROSA
Les digo a ustedes que tiene la muerte en los ojos. Mírenle bien y
lo verán. Yo hace ocho días que le vigilo; he puesto mi cama en su
habitación, y por las noches me levanto para escuchar... ¿Les parece
a ustedes que esto es vivir, para una madre? Constantemente tiemblo,
tengo miedo de todo por él. Las escopetas, el pozo, el granero...
¡Ah! Y les advierto a ustedes que voy a hacer tapiar esa ventana
del granero... Desde allá arriba se ven las casas de Arlés, y todas
las tardes el muchacho sube a mirarlas... Eso me espanta... ¿Y el
Ródano?... ¡Oh! ¡Ese Ródano! Sueño con él, y Federico también sueña.
(_Bajo._) Ayer permaneció más de una hora delante de la casa del
barquero, mirando el agua con ojos de loco... Ya no tiene más que esa
idea, estoy segura... Si no lo ha hecho aún, es porque yo estoy allí,
siempre allí, detrás de él, guardándole, amparándole; pero ya se me
acaban las fuerzas y veo que se me va a escapar.
FRANCISCO SAMAY
¡Rosa! ¡Rosa!...
ROSA
Óigame, Francisco. No haga usted lo que Marcos. No alce usted los
hombros a lo que le digo... Le conozco mejor que usted a ese muchacho,
y sé de lo que es capaz... Tiene toda la sangre de su madre; y yo...,
si no me hubiesen dado al hombre a quien quería, sé muy bien lo que
hubiera hecho.
FRANCISCO SAMAY
Pero, vamos a ver... A pesar de todo, no podemos casarle... con esa...
ROSA
¿Por qué no?
FRANCISCO SAMAY
¿Sabe usted lo que se dice, hija mía?...
MARCOS
¡Fuego de Dios!...
FRANCISCO SAMAY
Yo no soy más que un aldeano, Rosa; pero estimo tanto el honor de
mi nombre y de mi casa, como si fuese señor de Caderousse y de
Barbantana... ¡Esa artesiana en mi casa!... ¡Vamos!...
ROSA
Verdaderamente, les admiro a ustedes dos cuando me hablan de su honor.
¡Bueno! ¿Y yo? ¿Qué tendría que decir entonces? (_Adelantándose
hacia Francisco._) Veinte años hace que soy su hija de usted, señor
Francisco: ¿ha oído usted nunca una mala palabra sobre mi conducta?...
¿Se encontraría en alguna parte una mujer más honrada, más fiel a su
deber?... Es preciso que lo diga yo, puesto que ninguno de ustedes
piensa en ello... Mi hombre, al morir, ¿no ha dado fe ante todos de
mi discreción y de mi lealtad?... Y si yo, yo, consiento en traer
esa pícara a mi casa y en darle mi hijo, ese pedazo de mis entrañas,
diciéndole: «Hija mía», ¡ah!, ¿creen ustedes acaso que me será menos
violento que a los demás?... Y, sin embargo, estoy dispuesta a hacerlo,
ya que no hay otro medio de salvarle...
FRANCISCO SAMAY
Ten piedad de mí, hija mía; me matas...
ROSA
¡Oh, padre mío! Se lo ruego a usted: piense en su Federico... Usted ha
perdido ya a su hijo... Este otro es su nieto, es dos veces su hijo;
¿querría usted perderlo también?...
FRANCISCO SAMAY
Esa boda me matará...
ROSA
¡Y qué! Moriremos todos... ¿Qué importa? ¡Con tal de que el hijo viva!
FRANCISCO SAMAY
¿Quién me hubiera dicho, Dios mío, que habría de ver semejante cosa?...
BALTASAR, levantándose de repente.
Yo sé de uno que no la verá... ¡Cómo! ¡Aquí, en Castelet, una perdida
que ha rodado con todos los chalanes de la Camarga!... ¡Pues estaría
bien!... (_Arrojando al suelo la capa y el cayado._) Ahí están mi capa
y mi cayado, señor Francisco. Deme usted la cuenta para que me vaya...
FRANCISCO SAMAY, suplicándole.
Baltasar, es por el muchacho... ¡Piénsalo! No tengo más que ese.
ROSA
¡Vaya! Déjele que se marche... Se le ha dado demasiada importancia a
este criado.
BALTASAR
¡Ah! Con cuánta razón se dice que mil ovejas sin pastor no son un buen
rebaño. Lo que falta hace mucho tiempo en esta casa es un hombre que la
dirija. Hay mujeres, jóvenes, viejos; falta el amo.
ROSA
Contéstame con franqueza, pastor... ¿Crees que el muchacho sería capaz
de matarse si no le diéramos esa mujer?
BALTASAR, con gravedad.
Lo creo...
ROSA
¿Y preferirías verle morir?...
BALTASAR
¡Cien veces!...
ROSA
Vete, miserable; vete, maldito brujo... (_Se lanza sobre él._)
FRANCISCO SAMAY, interponiéndose.
Deja, deja, Rosa... Baltasar es de tiempos más severos que los tuyos,
en que se ponía el honor por encima de todo. Yo también pertenezco a
aquel tiempo, pero ya no soy digno de él. Voy a darte la cuenta; puedes
marcharte, pastor...
BALTASAR
¡No!... Todavía no... Ahí baja el muchacho... Quisiera ver cómo se
las van ustedes a arreglar para decirle eso... Federico, Federico, tu
abuelo quiere hablarte...
ESCENA VI
LOS MISMOS, FEDERICO.
FEDERICO
¡Calla! ¡Todos aquí!... Pero, ¿qué pasa? ¿Qué les ocurre a ustedes?
ROSA
Y a ti, desdichado, ¿qué te ocurre?... ¿Por qué estás tan pálido, tan
febril? Mírele usted, abuelo, ya no es más que la sombra de sí mismo...
FRANCISCO SAMAY
La verdad es que ha cambiado mucho...
FEDERICO, con pálida sonrisa.
¡Bah! Estoy algo enfermo. Pero no es nada, un poco de fiebre; ya
pasará. (_A Francisco:_) ¿Quería usted hablarme, abuelo?...
FRANCISCO SAMAY
Sí, hijo mío, quería decirte... Yo..., tú... (_Aparte, a Rosa:_) Díselo
tú, Rosa; yo no podría nunca.
ROSA
Escucha, hijo mío: todos sabemos que tienes una gran pena, de la cual
no quieres hablarnos. Sufres, eres desgraciado... ¿Es por esa mujer,
verdad?
FEDERICO
Haga usted el favor, madre... Habíamos quedado en que no se
pronunciaría nunca ese nombre aquí.
ROSA, con exaltación.
Es preciso, sin embargo, puesto que mueres por eso..., puesto que
quieres morir... ¡Oh! No mientas... Lo sé; solo has encontrado un medio
para arrancar ese amor de tu corazón: irte con él de este mundo...
Pues, hijo mío, no mueras; como quiera que sea esa maldita arlesiana,
tómala... Nosotros te la damos.
FEDERICO
¿Es posible?... Madre... ¡Pero usted no lo ha pensado bien!... Usted
sabe lo que es esa mujer...
ROSA
Ya que la amas...
FEDERICO, muy conmovido.
¿De veras, madre, usted consentiría?... Y usted, abuelo, ¿qué dice
de esto?... ¿Se sonroja usted, baja la cabeza? ¡Ah! Pobre anciano,
cuánto debe costarle... ¡Tanto me han de amar ustedes para hacer por
mí un sacrificio semejante!... ¡Pues, no; mil veces no! No aceptaré...
Levantad la cabeza, amigos míos, y miradme sin avergonzaros... La mujer
a quien yo dé vuestro nombre será digna de él, os lo juro...
ESCENA VII
LOS MISMOS; VIVETA, _por el foro_.
VIVETA, deteniéndose, con timidez.
Perdonen ustedes... ¡Estorbo!...
FEDERICO, deteniéndola.
No..., quédate..., quédate... ¿Qué le parece a usted, abuelo? Creo que
a esta no se avergonzaría usted de llamarla hija...
TODOS
¡Viveta!...
VIVETA
¿Yo?...
FEDERICO, a Viveta, sosteniéndola entre sus brazos.
Ya sabes lo que me dijiste: «El mal que una mujer me ha hecho, solo
una mujer puede curarlo». ¿Quieres ser tú esa mujer, Viveta? ¿Quieres
que te dé mi corazón? ¡Está muy enfermo, muy destrozado por las
sacudidas que ha sufrido, pero es igual! Creo que si tú lo intentas,
lo conseguirás. ¿Quieres probar, di?... (_El abuelo y la madre quedan
alelados, con los brazos extendidos hacia Viveta en ademán suplicante._)
VIVETA, inclinando la cabeza sobre el seno de Rosa.
Contéstele usted por mí, madrina.
BALTASAR, sollozando, coge la cabeza de Federico entre sus manos.
¡Ah, hijo mío, Dios te bendiga por el bien que me haces!
ACTO TERCERO
CUADRO CUARTO
El patio de Castelet.
Lo mismo que en el cuadro primero, pero limpio, reluciente,
endomingado. A los dos lados de la puerta del foro, un mayo con
guirnaldas de flores. Encima de la puerta, un colosal ramillete de
trigo verde, acianos, amapolas, meletas y espuelas de caballero.
Movimiento de mozos y de doncellas en traje de fiesta. Junto al pozo,
una criada llenando un cántaro. De vez en cuando llega con la brisa el
sonido del pífano, el redoble de los tamboriles.
ESCENA PRIMERA
BALTASAR, MOZOS, CRIADAS.
Baltasar por el foro, sudando y cubierto de polvo.
LOS MOZOS
¡Ah! Aquí está Baltasar.
UNO DE LOS MOZOS
Buenos días, tío Baltasar.
BALTASAR, alegremente.
Salud, salud, jóvenes... (_Va a sentarse al borde del pozo._)
LA CRIADA
¡Dios mío! Cuánto calor tiene usted, pobre pastor.
BALTASAR, enjugándose la frente.
Vengo de lejos y el sol quema... Dame el cántaro... (_La mujer levanta
el cántaro y le da de beber._)
LA CRIADA
¿Pero es razonable que a la edad que usted tiene se ponga en semejante
estado?...
BALTASAR
¡Bah! No soy tan viejo como creen... Es ese gran tunante de sol al
que no estoy acostumbrado... Calcula, hija mía: hacía más de sesenta
años que no pasaba un mes de junio en los llanos. (_Los mozos se han
acercado y forman corro en torno de él._)
UN MOZO
Es cierto, abuelo. Se retrasa usted mucho este año en llevar el ganado
al monte.
BALTASAR
¡Caramba! Sí. Los animales no están contentos; pero, ¿qué quieres?...
He casado al padre, he casado al abuelo, y no podía morirme sin casar
al chico... Por fortuna, no durará mucho esto: hoy se publican las
amonestaciones, primera y última; el jueves los regalos, el sábado la
boda. Después, al monte...
LA CRIADA
¿No va usted a descansar nunca, tío Baltasar? ¿Piensa usted guardar el
ganado hasta el fin de sus días?...
BALTASAR
¡Que si pienso!... (_Quitándose el sombrero._) Al gran Pastor que allá
arriba está no le he pedido nunca más que una cosa: que me haga morir
en plenos Alpes, en medio de mi rebaño, una de esas noches de julio en
que se ven tantas estrellas... Por lo demás, no me apuro. Estoy seguro
de irme así. ¡Es mi estrella!... Otro trago, gatita mía. (_Bebe; la
criada sostiene el cántaro._)
LOS MOZOS, mirándose unos a otros con admiración.
¡Ya sabe que esa es su estrella!...
ESCENA II
LOS MISMOS, EL PATRÓN MARCOS Y LA TRIPULACIÓN.
El patrón Marcos aparece sobre el descansillo de la escalera. Está
endomingado, con chaleco de seda, gorra dorada de grandes galones,
corbata de seda y camisa bordada.
MARCOS, a Baltasar, que está bebiendo.
¡Eh! Tío Baltasar: reservémonos, que esa bebida se sube a la cabeza...
BALTASAR
Vean ustedes al lindo don Diego, que se da pisto ahí arriba porque
tiene una gorra nueva que reluce como la bacía de un barbero... ¿No has
ido a misa, mal cristiano, en un día como este?
MARCOS, bajando.
Mil gracias... Hay que ir a buscar la misa demasiado lejos, en este
país de salvajes... Y me acuerdo de la tartana... (_Mirando a su
alrededor._) ¡Oh, oh! ¡Que empavesados estamos!... ¿Qué harán ustedes
el día de la boda, si hacen esto el de los dichos?...
UN MOZO
Pero hoy no solamente son los dichos, sino que también es San Eloy, la
fiesta de los labradores.
MARCOS
Por eso se oye roncar a los tamboriles.
EL MOZO
Sí; los cofrades de San Eloy van de granja en granja bailando la
farandola. Los tendremos en Castelet antes que llegue la noche.
MARCOS
Pero oye: ¿es que el día de San Eloy es más larga la misa que los demás
domingos?... Nuestra gente no acaba de llegar...
LA CRIADA
Seguramente habrán dado la vuelta por San Luis para recoger a la abuela
Reinalda.
MARCOS
¡Hombre!... ¿Conque vamos a ver a esa buena anciana? A propósito, tío
Estrellas: ¿no es esa una de tus antiguas amigas?...
BALTASAR
Cállate, marinero.
MARCOS, riéndose.
¡Hola, hola! Parece que en tiempo del abuelo Reinaldo... (_Los mozos se
ríen._)
BALTASAR
¡Cállate, marinero!
MARCOS
Habéis, como suele decirse, espigado juntos.
BALTASAR, levantándose, pálido, con voz terrible.
¡Marinero!... (_El patrón retrocede, asustado. Los mozos dejan de reír.
Baltasar les mira a todos un instante._) Podéis reíros lo que queráis
de este viejo loco de Baltasar y de sus estrellas... ¡Pero ese asunto
es sagrado!... Prohíbo mentarlo...
MARCOS
Bueno, bueno; nadie ha querido incomodarte. ¡Qué diablo!
LOS MOZOS
De ningún modo, tío Baltasar; ya sabe usted... (_Le rodean. Vuélvese a
sentar tembloroso._)
MARCOS, aparte, a la Tripulación.
No he visto una casa como esta para tomar en serio historias de
mujeres. Es lo mismo que el otro con su arlesiana. Parecía que todo se
había acabado, que ya no había esperanza. Y ahora...
LOS MOZOS, corriendo hacia el foro.
¡Ahí están! ¡Ahí están!...
BALTASAR, muy conmovido.
¡Oh, Dios mío! (_Se aparta a un rincón._)
ESCENA III
LOS MISMOS, ROSA, FRANCISCO, FEDERICO, VIVETA, EL INOCENTE, LA ABUELA
REINALDA.
Entran por el foro, todos engalanados, con cofias de encaje y chaquetas
rameadas. — La vieja va la primera, apoyándose en Viveta y en Federico.
LA ABUELA REINALDA
Helo aquí todavía, el viejo Castelet... Dejadme, hijos míos, que lo
mire un poquito...
MARCOS
Buenos días, abuela Reinalda.
LA ABUELA REINALDA, haciéndole una gran reverencia.
¿Quién es este señor tan elegante?... No le conozco...
ROSA
Es mi hermano, abuela Reinalda...
FRANCISCO SAMAY
Es el patrón Marcos.
MARCOS, apuntándole, y en voz baja.
¡Capitán!...
LA ABUELA REINALDA
Muy señor mío, señor patrón.
MARCOS, furioso, entre dientes.
¡Patrón!... ¡Patrón!... Y no se han fijado en la gorra.
EL INOCENTE, aplaudiendo.
¡Oh! ¡Qué bonitos son este año los árboles de San Eloy!
LA ABUELA REINALDA
Me da gusto volver a ver todas estas cosas. Hace tanto tiempo... Desde
tu boda, Francisco...
FEDERICO
¿Recuerda usted estos sitios, abuela?...
LA ABUELA REINALDA
¡Ya lo creo! Aquí, la cámara de los gusanos de seda; allí, el
porche. (_Avanza y se detiene ante el pozo._) ¡Oh! ¡El pozo!...
(_Sonriéndose._) Es posible, Dios mío, que la madera y la piedra le
conmuevan a una hasta tal punto...
MARCOS, aparte a los mozos.
Esperad; vamos a reírnos. (_Se acerca a la vieja, la coge suavemente
por el brazo, y le hace dar algunos pasos hacia el rincón en que se ha
parapetado Baltasar._) Y a ese, abuela Reinalda, ¿le reconoce usted?...
Creo que es de su tiempo...
LA ABUELA REINALDA
¡Bendito sea Dios! Pero es... es Baltasar...
BALTASAR
¡Dios le guarde a usted, Reinalda! (_Da un paso hacia ella._)
LA ABUELA REINALDA
¡Oh!... ¡Oh, mi pobre Baltasar!... (_Se miran un momento sin decir
nada. — Todos se apartan respetuosamente._)
MARCOS, burlonamente.
¡Hola, hola! ¡Los viejos tortolitos!
ROSA, con severidad.
¡Marcos!
BALTASAR, aparte a la anciana.
Tengo la culpa. Sabía que iba usted a venir. No hubiera debido quedarme
aquí...
LA ABUELA REINALDA
¿Por qué? ¿Para cumplir nuestro juramento?... ¡Bah! No vale la pena.
Dios mismo no ha querido que muriésemos sin habernos vuelto a ver, y
por eso ha puesto amor en el corazón de estos dos muchachos. Después de
todo, bien nos debía eso para recompensar nuestro valor...
BALTASAR
¡Oh! Sí, nos ha hecho falta el valor; cuántas veces, llevando el
ganado, veía el humo de su casa de usted, que parecía hacerme señas,
diciéndome: ¡Ven!... ¡Aquí está!...
LA ABUELA REINALDA
Y yo, cuando oía el ladrido de tus perros, y te reconocía a lo lejos
con tu gran capa, necesitaba fuerzas para no correr hacia ti. En fin,
ahora ha terminado nuestra pena, y podemos mirarnos a la cara sin
avergonzarnos... Baltasar...
BALTASAR
¡Reinalda!
LA ABUELA REINALDA
¿No te avergonzarías de darme un beso, aunque esté vieja y arrugada
como estoy...?
BALTASAR
¡Oh!
LA ABUELA REINALDA
¡Bueno! Entonces, apriétame bien sobre tu corazón, mi buen amigo. Va
para cincuenta años que te debo este beso de amistad. (_Se dan un
prolongado beso._)
FEDERICO
¡Qué hermoso es el deber! (_Apretando el brazo a Viveta._) Viveta, te
amo...
VIVETA
¿De veras?
MARCOS, acercándose.
Dígame, abuela Reinalda: ¿no podríamos ahora dar una vuelta por la
cocina, para ver si el asador ha cambiado desde entonces?
FRANCISCO SAMAY
Tiene razón... ¡A la mesa! (_Coge a la anciana por el brazo._)
TODOS
¡A la mesa, a la mesa!
LA ABUELA REINALDA, volviéndose.
Baltasar...
ROSA
Vamos, pastor...
BALTASAR, muy conmovido.
Voy... (_Todos salen por la izquierda. — La escena queda desierta
algunos segundos. — Anochece._)
ESCENA IV
FEDERICO, VIVETA. _Salen los dos de la casa_.
FEDERICO, llamando a Viveta cerca del pozo.
Viveta, escucha, mírame... ¿Qué tienes? No estás contenta.
VIVETA
¡Oh! Sí, Federico mío.
FEDERICO
Cállate, no mientas; tú tienes algo que te atormenta y te amarga la
alegría de nuestros esponsales. Sé muy bien lo que es: te asusta tu
enfermo. Todavía no estás segura de él... Pues, sé feliz; te juro que
estoy curado.
VIVETA, meneando la cabeza.
A veces cree uno eso, y después...
FEDERICO
¿Te acuerdas de aquel año en que estuve tan enfermo? De todo el tiempo
de mi enfermedad no me ha quedado más que una cosa en la memoria. Era
una mañana en que por primera vez habían abierto la ventana. ¡La brisa
del Ródano olía tan bien aquella mañana!... Habría podido señalar una
por una todas las hierbas sobre las que había pasado. Y, además, no sé
por qué, pero el cielo me parecía más transparente que de costumbre,
los árboles tenían más hojas, los hortelanos cantaban mejor, y yo me
encontraba bien... Entonces entró el médico, y dijo, mirándome: «¡Está
curado!...». Pues bien; ahora que te hablo estoy como aquella mañana;
es el mismo cielo, la misma paz de todo mi ser, y solo siento un deseo:
apoyar la cabeza en tu seno y quedar así siempre... Ya ves que estoy
curado.
VIVETA
¿Luego es verdad que me amas?...
FEDERICO, en voz baja.
Sí...
VIVETA
¿Y la otra?... ¿No piensas ya en aquella que tanto daño te hizo?...
FEDERICO
No pienso más que en ti, Viveta...
VIVETA
¡Oh! Sin embargo...
FEDERICO
¿Por qué cosa quieres que te lo jure?... Tú eres la única en mi
corazón, yo te lo digo... No hablemos de ese triste pasado. Ya no
existe para mí.
VIVETA
Entonces, ¿por qué conservas cosas que te lo recuerdan?
FEDERICO
Pero... si no conservo nada.
VIVETA
¿Y esas cartas que tienes ahí?...
FEDERICO, asombrado
¡Cómo! ¿Tú lo sabías?... Sí, es verdad; las he guardado mucho tiempo.
Tenía una maldita curiosidad por conocer a ese hombre; pero ahora,
mira. (_Se desabrocha la chaqueta._)
VIVETA
¿Ya no están ahí?...
FEDERICO
Baltasar fue a devolverlas esta mañana.
VIVETA
¿Has hecho eso, Federico mío? (_Colgándose de su cuello._) ¡Oh! ¡Qué
feliz soy!... Si supieras cuánto me han hecho sufrir esas malditas
cartas... cuando me apretabas sobre tu pecho y me decías: «¡Te amo!».
Siempre las sentía allí, bajo tu ropa, y eso me impedía creerte.
FEDERICO
¿De modo que no me creías, y, sin embargo, querías ser mi mujer?
VIVETA, sonriendo.
Eso me impedía creerte; pero no me impedía amarte...
FEDERICO
Y ahora, si te digo: «¡Te amo!», ¿me creerás?...
VIVETA
¡Dímelo! ¡Vamos a ver!
FEDERICO
¡Oh, amada mía! (_La estrecha sobre su pecho, y después, enlazados los
dos, marchan despacito y desaparecen unos instantes detrás del porche._)
ESCENA V
LOS MISMOS, EL POTRERO, BALTASAR.
Mitifio entra precipitadamente, da algunos pasos por el patio desierto,
y luego, cuando va a llamar a la casa, ábrese la puerta y aparece
Baltasar.
BALTASAR, volviéndose.
¡Eres tú!... ¿Qué quieres?
EL POTRERO
¡Mis cartas! (_En este momento la pareja de enamorados entra en
escena._)
BALTASAR
¡Cómo! ¿Tus cartas?... Pero si se las he llevado a tu padre esta
mañana. ¿No vienes de tu casa?
EL POTRERO
Hace dos noches que duermo en Arlés.
BALTASAR
¿De manera que eso continúa?...
EL POTRERO
¡Siempre!...
BALTASAR
Hubiera creído, sin embargo, que después de lo de las cartas...
EL POTRERO
Cuando somos cobardes por ellas, las mujeres nos perdonan todas las
cobardías.
BALTASAR
Entonces, buen provecho te haga, muchacho. Aquí, gracias a Dios, hemos
acabado con esa locura. El chico se casa dentro de cuatro días, y esta
vez ha elegido a una mujer honrada.
EL POTRERO
¡Ah! Sí, él es bien feliz. Debe de ser tan grato amarse con libertad,
ante Dios y los hombres; estar orgulloso de aquella a quien se ama;
poder decir a todo el que pasa: «¡Miradla; es mi mujer!». Yo voy por la
noche, como un ladrón. Durante el día me escondo, ando a su alrededor,
y luego, cuando estamos solos, todo se vuelve escándalos y cuestiones.
¿De dónde vienes?... ¿Qué has hecho?... ¿Qué hombre es ese con quien
hablabas?... ¡Y cuántas veces, en medio de nuestras caricias, siento
unos deseos de ahogarla para que no me engañe más!... (_Aquí los
novios, enlazados por el talle, aparecen, atravesando la escena por
el foro._) ¡Ah! ¡Que horrible vida de desconfianza y de mentiras! Por
fortuna, esto va a terminar. Ahora vamos a vivir juntos, y desdichada
de ella si...
BALTASAR
¿Os casáis?
EL POTRERO
No, la robo... Si esta noche estás allá en el aprisco, oirás un fuerte
galopar en la llanura. Llevaré a la dama en mis brazos, sobre la silla,
y respondo de que la sujetaré bien.
BALTASAR
¿Conque te ama mucho esa maldita arlesiana?...
FEDERICO, deteniéndose en el foro.
¡Oh!
EL POTRERO
Sí... Es un capricho del momento. Y, además, un robo no le sentará mal.
Correr a la ventura por las carreteras, rodar de posada en posada, el
cambio, el miedo, la persecución: he ahí lo que a ella le gusta sobre
todo. Es como esas aves marinas que no cantan sino en medio de la
tempestad...
FEDERICO, aparte, con rabia.
¡Es él! ¡Por fin!...
VIVETA
Ven, Federico... ¡No te quedes ahí!
FEDERICO, rechazándola.
¡Déjame!
VIVETA, desolada.
¡Ah! Aún la quiere... Federico...
FEDERICO
Vete... ¡Te digo que te vayas! (_La empuja hacia el interior de la casa
y luego vuelve a escuchar._)
EL POTRERO
A mí me da miedo este viaje. Pienso en el viejo que va a quedarse solo,
en mis caballos, en la cabaña, en la grata vida de hombre honrado que
hubiese llevado allá, si no hubiera tropezado con ella.
BALTASAR
¿Por qué marchar, entonces? Haz lo que ha hecho el nuestro. Renuncia a
esa mujer y cásate.
EL POTRERO, bajo.
No puedo... ¡Es tan hermosa!...
FEDERICO, abalanzándose.