XVI

Se remeció la linde de los huertos, y una sombra erguida y lenta,

avanzando en el césped, tendióse á los pies de María, bajo el mando

impalpable de la luna. Punzó el silencio un grito borbotante en los

labios de la dama:

--¡Tú... tú!...

--Yo...; no tiembles ni me culpes--dijo el acento férvido y opaco de

Villamor.

--Pero, ¿á qué vienes?... ¿por qué vienes, Diego?

--Porque es razón que venga; porque es justo... Porque estás sola y

triste, en bárbaro abandono de tristeza... Y vengo á consolarte... y á

quererte.

--Llegas como un ladrón; de noche, de improviso, rompiendo tus

propósitos y mi serenidad... Me has asustado mucho.

Y la voz se apagó rendida y dulce, temblando en el sosiego del

paisaje. La indulgente caricia del acento perdonó la osadía del poeta,

que vencedor y ufano dijo:

--El amor es amigo de la noche, y llega así, callado, cuando menos se

espera...

--¡Así llegan también las tentaciones!...--lamentaba la voz

acariciante; y ardiente la otra voz, cantó su triunfo:

--Nada vengo á robar, porque me has dado lo mejor que tenías: el alma.

Y porque es mía la quiero recibir de tus labios como una comunión.

--Ya vuelves á estar loco--murmuraba María ahogando sus reproches en

un ritmo de pena--; ya olvidas nuestro pacto y la tranquilidad que me

ofreciste.

--Algo loco estaré, ya que pretendo arrancarle á la vida, por fuerza

si es preciso, toda la felicidad que nos esconde... Díme tú que me

ayudarás; díme que me quieres sobre todas las cosas y que quieres ser

mía en cuerpo y alma; díme que estás divinamente loca, como yo lo

estoy, y que nada te asusta ni te detiene...

--Cállate por piedad... Tengo miedo... Un miedo horrible...

--¿De la dicha?

--De ti, que ya no sabes ser mi hermano.

--Yo sé adorarte con la sublime insensatez de la pasión que sólo

atiende á sí mismo, sin importarle nada lo demás. Yo te adoro divina

y humanamente, con cuanto hay en ti de espíritu eterno y de humana

desventura, y quiero compartir contigo el mayor tesoro del mundo, que

es el amor; nada vale tanto, nada merece tanto la pena de vivir. Merced

á su admirable poder, le arrancaremos á la vida sus mejores frutos,

y en nuestro paso por la tierra dejaremos una huella de poesía y de

pasión que mañana encenderá otros corazones...

--¿Para que despierten y mueran?--interrumpió María con duelo.

--No; para que en ellos vivamos como en los nuestros vive la sagrada

lumbre de los amantes de otros siglos... Es la antorcha eterna que,

como en los juegos clásicos, pasa de corazón en corazón sin apagarse

nunca... Cuando se acabe el mundo, yo imagino que sobre el planeta

muerto esa antorcha arderá todavía como el símbolo de un amor

inmortal...

--Y después de este mundo, allá en el otro, ¿que cuenta le daremos á

Dios de estos amores?

--Él unió nuestras almas aquí abajo...

--¿Las almas?... Tal vez sí--balbució la mujer con zozobra infinita--.

Pero las almas únicamente... Que hablemos de esta manera á favor de la

noche, es una cosa mala... es un peligro...

Pero Diego razonaba á su modo.

--¿Por qué ha de ser malo que estemos juntos queriéndonos mucho y

habiendo sufrido mucho también?... Lo malo es no quererse, es llevar

el odio en el alma, causar la infelicidad de una criatura buena, ser

ocasión de infortunio y de lágrimas, valerse del implacable rigor de un

sacramento ó de la dureza de una ley para atormentar á los que tienen

hambre y sed de amor y de justicia...

La fascinante voz sugestionaba el ánimo suspenso de María. Iba

quedando en sombras aquel espíritu, y con afán de luz saltó á los

ojos azules, todo entero, y fué á posarse en un retazo de luna caído

al césped desde un jirón de las nubes. Un blando soplo llegó de la

arboleda, acariciando un momento la agonía de las rosas, y en el fondo

sombrío del jardín, acompasada como un corazón, latía una fuente.

Diego, enardecido y febril, lanzaba su copiosa elocuencia en el

silencio, á la luz de los ojos pensadores impregnados de luna.

--¿Quién puede pensar que somos _malos_--dijo--porque nos queremos?...

De estos pecados toda la naturaleza es responsable. Habría que ir

destruyendo y aniquilando todos los gérmenes de la vida, desde la

semilla de las flores hasta el corazón nuestro, para castigar los

_delitos_ del amor... ¿Qué culpa tenemos nosotros, pobres seres

dolientes y apasionados, de que el mundo haya sido hecho de esta

manera?... ¿Es que nos vamos á arrancar el corazón, lo único verdadero

que hay en nosotros?... ¡Qué ridículas deben parecer desde «allá

arriba» todas las preocupaciones humanas, las leyes, las conveniencias,

los disimulos, las hipocresías, todas estas prohibiciones con que se

pretende sujetar todos los fueros del amor!...

Cielo y luna en los ojos de María escuchaban cautivos; un robledal

oscuro, con música de fronda suspirante, charlaba con el río en

coloquio feliz, y la noche, perfumada y serena, seguía caminando por el

valle.

Con indómito afán se acercó Diego á la oyente pensativa, y rogó:

--No me esquives tu corazón... Díme lo que meditas, lo que sufres...

Ella, condesciendo, le contaba:

--Pienso que te extravían los pesares, que todo lo que dices es

dañoso... El valor de la felicidad está en que jamás puede ser poseída;

si la estrecháramos en nuestros brazos como á una criatura, perdería su

divino perfume... La felicidad, como la belleza, como todas las altas y

graves cosas inmateriales, rechaza toda posesión, todo contacto...; es

un aroma, una luz, una brisa que pasa...; la sentimos, la gozamos tal

vez... ¡pero no la poseemos! Si de ella sabe algo nuestra vida, será á

condición de que respetes el juramento que nos separa.

--Yo haré lo que tú mandes--dijo Diego alcanzado de angustia

punzadora--; prometí obedecerte y sé cumplirlo; pero así castigamos

nuestro amor con sutilezas crueles, asustándole con fantasmas

invencibles... Somos unos pobres ilusos, y, en vez de amarnos con todo

nuestro corazón, nos fatigamos estérilmente en un torneo de razones

locas, cuando la razón suprema que nos ampara es el amor mismo... ¡Y no

se vive más que una vez!...

Con exaltado acento de tortura le replicó María:

--Una vez... en la tierra... El sacrificio tiene también sus goces y

hermosuras...

--Pero cuando es estéril, lleva forma de orgullo, y á veces de

crueldad. Esta mansedumbre pasiva no tendrá la grandeza que tú

supones... Mi amor te ofrece otra clase de sacrificio, activo, fecundo,

lleno de misericordia y de consuelos, mucho más noble y hermoso que

todos los tormentos inútiles y solitarios de tu abandonado corazón.

--¡Inútiles mis tormentos!--gimió la valerosa, amargamente.

--Los tuyos y los míos... Aceptamos el hierro de la esclavitud á placer

de nuestros verdugos... ¿Lo harían ellos por nosotros así?

--Ellos... ellos...--murmuró dolorida la voz mansa. Y después con

transporte en que temblaron dos amores rivales.--Por ti--dijo--pudiera

olvidar lo que soy, sacrificar mi honor... si fuése mío...

Y Diego, ronco, huraño, terminó:

--¡Pero es de _él_!

--¡No!... es de ella... de mi hija.

--¡Ah!... sí... ¡Lali!--balbuciente clamó el poeta, con respeto humilde.

Y tan absorto se quedó en su desventura, que la mujer, con suma piedad

santa, fué á decirle muy bajo:

--Ni tú ni yo somos dos amantes ciegos; nuestro amor no está hecho de

pasión ni de instinto, es el dulce fruto del sentimiento y del dolor;

no le amarguemos con la culpa... dejémosle vivir muriendo, como un

atisbo de la suprema felicidad que por él se nos dará algún día.

--¿Cuándo?--sollozó el hombre, hambriento de aquella promesa,

impaciente y quejoso como un niño.

Ella, con el poema de sus lágrimas, fué tejiendo una esperanza remota.

--Pronto--dijo--, allá donde todo es posible y todo es bueno; cuando la

carne se hace polvo en la tierra.

Y él, la miraba en éxtasis de inefable ternura, asegurando:

--A mí tu cuerpo me parece hecho todo con alma...

Apretó en sus manos fuertes las manos de María, húmedas por el llanto,

blancas y temblorosas como jazmines que la lluvia doblase. Pero ella,

desprendióse con terror de la caricia pura, y lloraba:

--Pues á mí nuestras almas... me parecen de carne...

Luego, imploradora, trémula, suplicó:

--Vete... vete... Hasta mañana.

Obedeció él, sumiso, y como un eco repitió con pavura:

--Hasta mañana...

Bajo el cendal bendito de la luna sollozaba María, desgarrándose en

triunfo doloroso, y la figura gentil de Rosita se alzó en un escondite

por detrás de la señora. Deslizábase la doncella hacia la casa con un

susto inaudito en el semblante, y en el alma un fervor y un asombro que

la hacían pisar con leve paso sin rozar casi el suelo.

Se remeció otra vez la linde del jardín; la sombra del poeta, huyendo

entre macizos, se tendía en las flores del otoño... Estaba la noche

como adormecida de placer, y se agitó el paisaje con un escalofrío de

pasión.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 58 / 69 题