«Me voy á _Las Palmeras_, con Benigna y Rafael, que vienen á buscarme.
El nene queda al cuidado de Doña Cándida y de María; está muy bueno y
contentísimo con Lali.»
Así leyó Diego en unos lacónicos renglones, patrón de extraña
correspondencia; no se asombró gran cosa de la audacia de su mujer,
y aunque ella colocase en segundo término á María como guardadora de
Tristán, aquel detalle de imaginar al hijo cobijado por la bien amada,
causóle viva emoción.
Un periódico, muy pretencioso y algo cursi, publicado en la playa
con el título de _Revista Veraniega_, le había dicho á Villamor, á
su tiempo, que Gracián estaba en la quinta de los marqueses; y en
las almibaradas crónicas de aquella misma publicación, leía el poeta
á menudo el nombre sonoro de Soberano. Luego María estaba sola con
los niños, sola con sus pesares y su mansedumbre. ¿Pensaría mucho en
él?... ¿Le olvidaría?... Si olvidarle fuése ventura para ella, Diego
con heroico afán hubiera deseado aquel olvido. Pero no; vivir era amar;
María no dejaba de amarle, porque despertó con él á una vida intensa
de sentimiento... Mas, ¿acaso un amor sin esperanza no es una muerte
cruel?... Amarse de aquel modo ¿no valía tanto como despertar al borde
de la tumba?... Y la vida era un don amable, el supremo don que tenemos
derecho á defender; por ella son lícitas todas las batallas y buenos
todos los caminos...
Diego, pensando así en sus terribles horas de infortunio, rebelábase
con dementes razones, contra el dolor sublime de la amada. Sentía
una lástima desgarradora de ella, una ternura llena de caridad, una
misericordia infinita. Quisiera abrirse el corazón para meterla en él,
para abrigarla en él, para tenerla siempre consigo, amparada, defendida
por el recio muro de su carne, por el torrente impetuoso de sus venas,
como un niño en el seno maternal. Gozaba y padecía en pocos minutos
mil torturas y placeres, lanzado todo su sér en locas vueltas de la
imaginación. Embebido en sus ansias, percibía de la adorada voz el
metal dulcísimo, y olvidaba cuanto le hacía temer y sufrir, para soñar
que habían vuelto á nacer los dos amantes, el uno para el otro, y que
iban juntos por la vida, muy cerca los ojos y los corazones...; y hasta
en la calle, entre el bullicio de la gente, María se acercaba á Diego,
en ilusión, hermosa y enamorada, como un divino milagro.
Poco después, la ansiedad y la impaciencia devoraban al soñador;
tendía las manos en la sombra, y la dicha se le escapaba, hallando
sólo el vacío, el vacío de una eterna caída irremediable... De
pronto renacía á una inefable confianza, creyendo firmemente que un
amor conquistado á fuerza de dolor tenía que florecer en rosas de
felicidad, con la más santa de las justicias. Una lógica de enamorado
le llevó á admitir la idea de que las almas superiores tienen el
derecho y el placer de redimirse con valentía de todos los dominios
extraños, juzgando en el tribunal sumo de las conciencias sus propios
sentimientos, y hurtando el cuello, hasta por dignidad, al fallo de
una sentencia injusta... Sobre la vida y la hacienda--pensaba el
artista--han podido pesar la voluntad de un hombre ó el mandato de una
ley; pero sobre las almas, ni antes, ni ahora, ni nunca, ¿quién sino
Dios puede mandar? El amor tiene también sus fueros, y cuando es de
calidad altísima y no está manchado con impurezas, se levanta sobre
todos los códigos y todas las prohibiciones...
De una en otra concesión hecha á sí mismo, fué Diego adentrándose
en su conciencia por rutas peligrosas, con menoscabo de firmes leyes
de moralidad y de sanas costumbres sociales; y entre las encendidas
llamas del amor divino, aparecieron también las ascuas rojas del amor
humano, por una natural evolución. A la par del caballero y del poeta,
el hombre, estremecido por las sordas voces de la vida, sediento de la
amada, quería beber llena la copa del deleite; reclamaba su derecho
á vivir en el goce pleno del amor, sin escrúpulos, sin reservas,
afrontándolo todo, venciéndolo todo, hasta sentir la felicidad en su
corazón convertida en esclava... ¡Pero el pobre corazón ambicioso le
dolía de tanto querer y esperar!
En medio de estas crisis del sentimiento y la naturaleza, de estas
luchas entre el instinto y el ideal, llegó á manos de Villamor una
carta con sobre de María, algo temblona la letra, algo asustado el
nombre del artista, escrito con menudos caracteres. Un pliego de líneas
ondulantes señaladas por una escritura difícil, decía: «Papaíto: te
quiero mucho; hazme unos versos y cómprame un caballo. Todos los días
rezo por ti con Lali y su mamá, y para que veas que no te olvido te
mando esta carta llena de caricias... Tristán.»
Piadosos renglones para Diego los que trazó la mano de María con la
mano del nene. Eran símbolo y prenda de un recuerdo delicado y bendito,
y abismábase el alma de aquel hombre en infinita gratitud hacia la
autora de tan dulce milagro. El inocente corazón de Tristán, al impulso
de una santa influencia, volaba hacia el padre sin ventura á quien
hurtaron el amor del hijo, y las letras deformes y nerviosas que traían
el regalo, pareciéronle á Diego una imagen viva y trémula del amor de
la ausente.