Al palidecer el paisaje con una ligera marchitez de otoño, la casona de
Ensalmo hallóse lejos, moralmente, de la casita de Eva; sólo el cariño
de Tristán y Lali las enlazaba, tendido como un cable de socorro entre
dos náufragos que agonizan.
María, encerrada en los dulces pesares de su amor, traspasaba apenas
los linderos del parque ó del jardín; pero los nenes, siempre juntos
como hermanitos bien hallados, eran entre las madres ocasión de algunas
visitas y conversaciones, lo bastante para que la frágil amistad de las
dos señoras no se rompiera por completo...
Un día, Lali dijo:
--¡Cómo tarda en volver mi papá!
Y se estremeció María con una sorpresa dolorosa, como si hubiese
olvidado que Gracián estuviera en el mundo... Amedrentóse con la
certidumbre de aquel retorno, y el yugo de su cautiverio la hirió con
implacable castigo. La pobre esclava apetecía la libertad con unas
ansias tan hondas y tan fuertes, que toda su existencia era un impulso
errante, un vuelo roto... Del sopor de su vida despertaba para que
la felicidad muriese entre sus manos; muchas veces, viéndola morir
tan hermosa y risueña, estaba á punto María de perder la razón, y el
arroyo de sus dolores, desatado y rugiente, desbordábase en llanura sin
término.
La dama rubia y triste gustaba como nunca de la noche, que es novia
del dolor. En su banco predilecto del jardín--en aquel de «la cita»
inolvidable--, ó en su sillón de mimbres en la solana, abismábase en
cavilaciones dolientes y dulces á la par. Tenían aquellas horas en
el valle montañés un alarde raro de tristeza y de calma. El perfil
altanero de las cumbres, recortado sobre apacible toldo celeste, daba
un marco de encantadora irrealidad á la hondura de las hoces, toda
envuelta en pálidos desfallecimientos de luna; un soplo tibio, como
aliento del ábrego, mecía en el ambiente aromas bravos y penetrantes de
hierba recién segada, y rezaban los bosques, lueñes y misteriosos, con
lánguido rumor de brisa ó deshoja.
En aquel cuadro de meditación y de magia, la figura interesante
de la enamorada yacía como en su propio lecho, en divino abandono;
muchas veces, radiando en los azules ojos una santa luz de inmolación,
susurraban los labios reverentes palabras de sacrificio y acatamiento,
y una fugaz sonrisa renunciadora aplacía el bellísimo semblante. Mas, á
poco, la hermosura de la mujer se humanizaba con resplandor ardiente de
pasiones. Quedábase María escuchando con ansiedad los graves secretos
del paisaje pensativo, y la aspirada fragancia del jardín la hacía
estremecer; con el rostro oculto en sus cabellos y en sus lágrimas,
musitaba entonces una súplica loca, sin que el pobre corazón implorante
supiera por cuáles caminos había de llegar al cielo su amarga voz...
Durante sus deliquios amorosos solía ver la dama una silueta que
erraba en el jardín como embriagada en el grato embeleso de la
noche; maravillándose de tal descubrimiento observó, recelando del
fantasma, y pudo descubrir que era Rosita aquella aparición triste
y aventurera, desvelada entre las flores. Una de aquellas veces la
doncella acertó á cruzar junto al escaño donde María trenzaba sus
ensoñaciones en un completo olvido de la moza sonámbula. Alzóse de su
asiento la señora viendo avanzar aquel perfil errante, y la muchacha
lanzó un grito espantoso á la gentil figura de la dama, que imaginóse
justiciera sombra. Con acento dolido, como una elegía, de hinojos
murmuraba--¡Perdón, perdón!...
--¿Qué dices?... ¿perdón, de qué?
Y la albura del señoril ropaje se meció como nube serena sobre el
abatimiento de la joven.
--¿En qué me has ofendido?--preguntó con asombro la señora. Y,
dulcemente, le tendió sus manos, que en las manos morenas de Rosita
semejaron dos lágrimas de luna.
--En todo, en todo--sollozó la moza, humillada y tremante.
--¿En todo?--repitió María con incrédula expresión--cuéntame, á
ver...--Pero la muchacha, contemplando la apacible actitud de la
señora, temió apenarla con el cruel secreto, y llena de rubores y de
susto, balbució:
--Mañana se lo contaré á la señorita...
Y la besó las manos con ternura tan honda, que María, sintiendo la
emoción de los instantes sublimes, puso los labios con benignidad sobre
la frente de la doncella... Por diversos caminos del jardín se alejaron
las dos hacia la casona, conmovidas y desconsoladas.
El rostro pálido y sobrenatural de la luna las estaba mirando desde el
cielo con trágica sonrisa...