XIII

Al palidecer el paisaje con una ligera marchitez de otoño, la casona de

Ensalmo hallóse lejos, moralmente, de la casita de Eva; sólo el cariño

de Tristán y Lali las enlazaba, tendido como un cable de socorro entre

dos náufragos que agonizan.

María, encerrada en los dulces pesares de su amor, traspasaba apenas

los linderos del parque ó del jardín; pero los nenes, siempre juntos

como hermanitos bien hallados, eran entre las madres ocasión de algunas

visitas y conversaciones, lo bastante para que la frágil amistad de las

dos señoras no se rompiera por completo...

Un día, Lali dijo:

--¡Cómo tarda en volver mi papá!

Y se estremeció María con una sorpresa dolorosa, como si hubiese

olvidado que Gracián estuviera en el mundo... Amedrentóse con la

certidumbre de aquel retorno, y el yugo de su cautiverio la hirió con

implacable castigo. La pobre esclava apetecía la libertad con unas

ansias tan hondas y tan fuertes, que toda su existencia era un impulso

errante, un vuelo roto... Del sopor de su vida despertaba para que

la felicidad muriese entre sus manos; muchas veces, viéndola morir

tan hermosa y risueña, estaba á punto María de perder la razón, y el

arroyo de sus dolores, desatado y rugiente, desbordábase en llanura sin

término.

La dama rubia y triste gustaba como nunca de la noche, que es novia

del dolor. En su banco predilecto del jardín--en aquel de «la cita»

inolvidable--, ó en su sillón de mimbres en la solana, abismábase en

cavilaciones dolientes y dulces á la par. Tenían aquellas horas en

el valle montañés un alarde raro de tristeza y de calma. El perfil

altanero de las cumbres, recortado sobre apacible toldo celeste, daba

un marco de encantadora irrealidad á la hondura de las hoces, toda

envuelta en pálidos desfallecimientos de luna; un soplo tibio, como

aliento del ábrego, mecía en el ambiente aromas bravos y penetrantes de

hierba recién segada, y rezaban los bosques, lueñes y misteriosos, con

lánguido rumor de brisa ó deshoja.

En aquel cuadro de meditación y de magia, la figura interesante

de la enamorada yacía como en su propio lecho, en divino abandono;

muchas veces, radiando en los azules ojos una santa luz de inmolación,

susurraban los labios reverentes palabras de sacrificio y acatamiento,

y una fugaz sonrisa renunciadora aplacía el bellísimo semblante. Mas, á

poco, la hermosura de la mujer se humanizaba con resplandor ardiente de

pasiones. Quedábase María escuchando con ansiedad los graves secretos

del paisaje pensativo, y la aspirada fragancia del jardín la hacía

estremecer; con el rostro oculto en sus cabellos y en sus lágrimas,

musitaba entonces una súplica loca, sin que el pobre corazón implorante

supiera por cuáles caminos había de llegar al cielo su amarga voz...

Durante sus deliquios amorosos solía ver la dama una silueta que

erraba en el jardín como embriagada en el grato embeleso de la

noche; maravillándose de tal descubrimiento observó, recelando del

fantasma, y pudo descubrir que era Rosita aquella aparición triste

y aventurera, desvelada entre las flores. Una de aquellas veces la

doncella acertó á cruzar junto al escaño donde María trenzaba sus

ensoñaciones en un completo olvido de la moza sonámbula. Alzóse de su

asiento la señora viendo avanzar aquel perfil errante, y la muchacha

lanzó un grito espantoso á la gentil figura de la dama, que imaginóse

justiciera sombra. Con acento dolido, como una elegía, de hinojos

murmuraba--¡Perdón, perdón!...

--¿Qué dices?... ¿perdón, de qué?

Y la albura del señoril ropaje se meció como nube serena sobre el

abatimiento de la joven.

--¿En qué me has ofendido?--preguntó con asombro la señora. Y,

dulcemente, le tendió sus manos, que en las manos morenas de Rosita

semejaron dos lágrimas de luna.

--En todo, en todo--sollozó la moza, humillada y tremante.

--¿En todo?--repitió María con incrédula expresión--cuéntame, á

ver...--Pero la muchacha, contemplando la apacible actitud de la

señora, temió apenarla con el cruel secreto, y llena de rubores y de

susto, balbució:

--Mañana se lo contaré á la señorita...

Y la besó las manos con ternura tan honda, que María, sintiendo la

emoción de los instantes sublimes, puso los labios con benignidad sobre

la frente de la doncella... Por diversos caminos del jardín se alejaron

las dos hacia la casona, conmovidas y desconsoladas.

El rostro pálido y sobrenatural de la luna las estaba mirando desde el

cielo con trágica sonrisa...

Despertar Para Morir (Novela) · 第 55 / 69 题