La calma del valle y su silencio llegaron á ser para Eva una tortura.
Su corazón vacío no le daba compañía en la soledad, ni mansedumbre
en la tristeza; estaba sola con sus pasiones, en la más horrible
de las soledades. Obstinándose en la suposición de que todos la
traicionaban, la poseyó el terror de ver su cuerpo abandonado de
la belleza, ídolo material de aquella mujer, único goce que la dió
su fruto de dulzura falaz, amargo al fin... Se contemplaba en el
espejo horas seguidas, escrutando la euritmia de sus formas y de sus
facciones, con ojos agresivos, rencorosa y zahareña recordando las
frases crueles y proféticas con que Diego una noche la llamó «pobre
criatura sin más tesoro que su carne mísera»... Aquellas palabras
le parecían ahora una maldición que empezaba á cumplirse, y loca de
miedo, desde el fondo turbio de su conciencia, diera ya por seguro que
todo le era infiel, que todo huía entre sus manos débiles y ansiosas,
á no alzarse la imagen de su hijo mirándola, mirándola con muda y
triste reconvención... ¡Su hijo que la adoraba, que era todo de ella,
carne suya, alma suya!... ¿quién la había llamado pobre?... Ceñuda
y dominante, con un placer torvo sin sonrisas, buscaba al niño y
estrechábale en un abrazo duro que á Tristán le hacía gemir:--¡Mamita,
me haces daño!...--y temeroso, hurtábase á la ardiente caricia de la
madre, para correr con Lali á sus juegos...
Una noche de aquellas de Septiembre, ya largas y aun apacibles, Eva se
despertó á las altas horas, soñando que tenía arrugado el semblante,
mortecinos los ojos y blancos los cabellos; dió una voz lastimera, y
echóse de la cama despavorida á buscar el espejo en la oscuridad del
dormitorio. Le halló con tino de sonámbula, y se quiso mirar en él sin
luz, con una obcecación desesperante.
Desorbitados los ojos en la negrura del vacío, con un santiguamiento
febril y supersticioso, clamó horrorizada:--¡Estoy ciega, Dios mío,
estoy ciega!...
Temblorosas las manos, frías y torpes, buscaron encima de los ojos, y á
gritos como una poseída, Eva imploraba:--¡Luz... luz... misericordia!...
Despertó el nene lleno de susto, y su acento llorante cayó en la
penumbra de la estancia como plañido de recental:
--Mamá, tengo miedo; estamos á oscuras...
Fué una brisa de clemencia para la desolación de la madre aquel aviso.
Con desatinado aceleramiento encendió una vela, y sin atender al
asombro del chiquitín, fuése al cristal del tocador, que, indiferente
al trágico ademán, la ofreció una imagen tan bella como pávida y dura.
La llama de la bujía, envolviendo á la mujer en nimbo tembloroso,
prestóle tal encanto en el espejo, que ya desensoñada, conmovida por el
goce de hallarse siempre hermosa, Eva lanzó un prolongado suspiro de
bienestar.
Medio desnuda, con la sérica mata de pelo desmandada sobre los hombros,
blanca por la emoción, la tez morena, sonriente un minuto, la señora
exclamó triunfante.--¡Aun tengo mi hermosura!...
--Mamá--lloraba el niño--¿por que hablas sola, y gritas y no duermes?
Vuelta á su lado la madre, serenóse para dormirle. Le besaba, y
mentalmente decía: tengo también á mi hijo; aquí está, le tengo para
siempre... Y al ceñirle entre sus brazos fuertes y desnudos le hacía
lamentarse:
--¡Me lastimas!...
Aflojando la cadena amorosa, logró la madre que durmiese el niño, mas
con un sueño leve y anheloso, sueño de pesadilla ó de enfermedad.
Contemplábale Eva con angustia; su orgullo maternal herido estaba sobre
el cuerpo inocente de aquel ángel, siempre en lucha con el dolor,
¡pobre ángel triste, con las alas caídas hacia la tierra!...
Sólo en aquel estío, ya expirante, había disfrutado Tristanito un
poco de salud. Y al pensar esto, el recuerdo de Lali, alegre y sana,
acometía como un dardo al corazón de Eva.
El rosicler indeciso de las mejillas, era en Tristán como un sonrojo
del que pintó las rosas en la cara de Lali; la voz del niño, un eco de
la garla gentil con que la nena cantaba el goce sano de la vida...
Todo en Lali era alegre y placentero, y al verla junto á Tristán
comalido y atónico, diríase que era el sol de los ojos de la niña
quien le daba un piadoso calor para vivir, y que el soplo tenue de su
existencia era un aroma de la salud de Lali... Nunca Eva como entonces
deseó aquel hijo que dormía en sus brazos, lastimoso y yacente como el
ángel de mármol de un sepulcro.
En el pecho endurecido de aquella madre, los ocultos senos de la
ternura se dilataron con una ansiedad desgarradora; había temblado la
mujer con el terror de que su belleza fuése de cierto carne mísera,
fruto amargo y doloroso; y tembló también por la carne flaca del hijo,
fruto deleznable de una mentira de amor...
Como si reanudase su reciente sueño con un epílogo fúnebre, vióse
lanzada por devastados caminos, hermosa y desnuda, con un tesoro en los
brazos. Anduvo, anduvo en la vastedad de aquel desierto sin orillas,
y halló una cosa reverberante que la atraía; era un cristal ó un
lago, una lámina tersa que reproducía las imágenes. Acercóse trémula
á descubrirlo, y se vió en un espejo vieja y ceñuda, á la luz de una
llama tembladora... Su preciado tesoro era un ángel de mármol, duro y
frío... Estaba pobre, sola, cargada con su carne marchita y con su niño
muerto...
Amaneció en las cumbres de la cordillera cántabra, y aun Eva sentía
pesar sobre sus párpados la cerrazón espantosa de una noche sin fin.