XIX

PUES estando Miguel con este afán y congoja por el temor

de una ruina inminente en su fortuna, otro peligro mil veces mayor le

amenazaba sin saberlo. Ya hemos visto qué extraña inclinación se

despertó en D. Alfonso Saavedra hacia Maximina. No puede compararse más

que á la del lobo de que nos habla el apólogo, quien teniendo á su

disposición el rebaño entero de un rico fué á devorar la única oveja que

un pobre poseía.

Como el caballero andaluz no era hombre avezado á los desdenes, ó porque

tropezase casi siempre con mujeres fáciles, ó porque su figura

arrogante, su fortuna y su astucia le hiciesen temeroso aun para las

firmes, quedó altamente desabrido de la escena del baile en que tan

ridículo papel había hecho á sus propios ojos. La carencia absoluta de

coquetería, que notaba en la esposa de Rivera, era lo que más le

mortificaba precisamente, pues no podía siquiera forjarse la ilusión de

que la indiferencia con que había acogido sus galanteos fuese en poco ó

en mucho fingida. Decir que después del baile su afición subió de punto

grandemente, sería hacer poco honor á la penetración de los lectores.

Nadie ignora que para el amor el desdén no suele ser el mejor calmante y

que en la mayoría de las pasiones locas que en el mundo vemos, entra con

un contingente respetable el amor propio.

No enloqueció Saavedra, ni aun quiso aparentarlo haciendo sandeces como

D. Quijote en Sierra Morena; pero como hombre sagaz y corrido en

aventuras de esta clase, determinó no perder otra vez su sangre fría y

establecer el bloqueo de la plaza según las reglas que de su experiencia

había sacado. Penetrando pronto en el carácter de Maximina, comprendió

que con ella no servía de nada la amabilidad henchida de arrogancia, el

acatamiento empapado de desdén con que había enamorado á su prima Julia.

Aquella naturaleza serena, grave y humilde, no podía ser atacada por la

vanidad. Era preciso dirigirse al corazón. Propúsose, pues, ganarla poco

á poco, no en calidad de amante desdeñado, que esto bien se le alcanzaba

que era perder para siempre su estimación, sino como amigo sincero,

cariñoso y servicial. Procuró con todas sus fuerzas ahuyentar las

sospechas que la conversación del baile pudiera haber dejado en el ánimo

de la joven esposa. Pronto se cercioró de que la agitación en que

entonces se hallaba no le había permitido fijarse en que la estaba

galanteando: y pudo á su sabor desplegar el plan de campaña que había

meditado.

Poco á poco empezó á frecuentar más la casa, venciendo con maña la

antipatía que Miguel no era poderoso á ocultar. Para ello dejóle

entrever cierto cambio en su conducta favorable á las ideas de orden y á

la paz y bienestar que consigo trae la vida de familia. Mostrósele en

algunas confidencias como hombre hastiado de la vida corrompida y

desengañado de los placeres mundanos. Para lisonjear sus aficiones

literarias y científicas, pidióle algunos libros, y después de leerlos

le habló de ellos con prolijidad y entusiasmo, que hacían reir á nuestro

joven interiormente. Entonces, mejor que nunca, comprendió, y no dejó de

admirarse, de la supina ignorancia de los hombres llamados de mundo. D.

Alfonso no había leído en su vida más que unas cuantas novelas

francesas; y hacía algunas veces tales preguntas, que pasmarían á

cualquier niño de la segunda enseñanza.

--Es uno de nuestros salvajes más distinguidos--decía á su esposa

hablando de aquella nueva afición á los libros.

Con Maximina sostenía el caballero andaluz largas conversaciones acerca

de sus viajes, fijándose en las costumbres domésticas de otros países.

--Mire usted (Saavedra no tuteaba á Maximina; á Miguel sí), en

Inglaterra se come cinco veces al día. Por la mañana se desayuna uno con

cualquier cosa: á las nueve ó las diez se hace un almuerzo relativamente

fuerte: á la una, otro más flojo: á las cinco ó las seis, se come, y al

tiempo de retirarse también se toma algo.

Maximina, como ama de casa, se interesaba por estos pormenores,

preguntaba el precio de las viandas y el de las habitaciones. Admirábase

muchísimo de la libertad que en aquellos países tenían las mujeres para

salir solas por la calle y aun para viajar.

--Vamos, el gran país para Maximina--decía Miguel.--Le da vergüenza ir

sola á misa, y está la iglesia á cuatro pasos.

La niña sonreía avergonzada.

--Pues ayer he ido con Juana á la calle de Postas á comprarte

calzoncillos.

--Hé ahí una palabra que no podía usted pronunciar en Inglaterra delante

de gente.

--¡Madre! ¿Y cuando los compran, cómo los llaman?

--Lo dicen al dependiente bajo secreto de confesión--respondió Miguel.

--No haga usted caso--dijo Saavedra riendo.--Para aquellas damas los

dependientes de comercio no son gente.

También procuraba ponerla en algunas confidencias íntimas de su casa y

familia, pidiéndole consejo y siguiéndolo á menudo.

--La verdad es que en punto á buenos consejos no echo de menos á mi

madre. Usted, Maximina, hace sus veces divinamente. Me declaro hijo

adoptivo de usted, aunque bien puedo ser su padre.

--Pero no es usted todo lo obediente que yo quisiera.

--Sólo en un punto, ya lo sabe usted... En los demás la obedezco

ciegamente.

El punto era el del matrimonio. Maximina no cesaba de aconsejarle que se

casase.

--Hasta ahora no he hallado una mujer que me satisfaga para

esposa--contestaba él.

--¿Por qué no se casa usted con Julia?--le dijo un día á boca de jarro,

con la ingenuidad que la caracterizaba.

Maximina(#40810) · 第 30 / 53 题