XVIII

NO estás enojada conmigo, Maximina? ¡Dejarte sola todo

el día!--dijo, acercándose á la cama de su esposa.

--¡Bah! Cuando tú lo has hecho, por algo sería--respondió ella besándole

la mano con que la acariciaba el rostro.

Al día siguiente, recibieron la visita de la tía Martina y de su hija

Serafina. La buena señora había enflaquecido notablemente: ¡tal vida

llevaba con su marido! Don Bernardo estaba cada vez más loco con sus

disparatados celos. Al referirles lo que en su casa acaecía, lloraba á

lágrima viva.

--Al cabo de cuarenta años de matrimonio, ¡cómo se me había de ocurrir

faltar á tu tío, Miguel! ¿No te parece que tengo bien probada mi virtud?

Y si hubiera de caer, además, no sería con un viejo carcamal que huele á

drogas de una legua, como tú comprenderás, ¿no es cierto?...

Miguel asintió con la cabeza, reprimiendo á duras penas una sonrisa;

pues le hacía gracia que su tía encontrase verosímil el que un joven la

galantease.

--Yo soy una mujer honrada... Serafina, no vengas á aquí; vuélvete con

el niño al comedor--dijo, interrumpiéndose al ver á su hija entrar en la

alcoba con la criatura en los brazos.--Toda la vida lo he sido. Ni con

el pensamiento he faltado jamás á mi marido. En pago de esto, ahora me

avergüenza delante de los criados, tratándome poco menos que como una

mujer pública. Yo no puedo sufrir más tiempo este martirio, Miguel. Me

muero, me muero sin remisión. El otro día armó un escándalo porque halló

una colilla de cigarro en mi gabinete. Como ni Vicente ni Carlos fuman,

se empeñaba en que allí había estado Hojeda. Hasta sostenía que era de

un cigarro igual á los que éste fuma, cuando en su vida fumó pitillos. A

mí me acometió un desmayo: hubo que llamar al médico. Por fin, allá de

noche, viendo el grave disgusto que en casa había, un criadillo de

quince años que tenemos le confesó á la doncella que había sido él quien

dejara olvidada la colilla, y ésta se lo fué á decir á Bernardo. Pues

aunque lo despidió al instante, todavía no quedó tranquilo. No nos duran

los criados más de quince días. Todos se le figura que son alcahuetes

del boticario... Anteayer subió el chiquillo de los periódicos y me los

entregó á mí, que pasaba casualmente por el corredor. Mi marido, que lo

ve, se le mete en la cabeza que es un emisario y sale corriendo al

balcón. ¡Por cuanto á los pocos minutos pasaba por la calle Hojeda!...

No os quiero decir lo que allí pasó; ¡un delirio, una catástrofe! Si no

es por Vicente, me mata con el revólver... No puedo salir sino

acompañada de mi hija, y eso dejando escrito en un papel adónde voy...

Ha mandado deshacer todos los colchones de la casa para hallar unas

cartas que dice que yo tengo ocultas.... En fin, ¿queréis más? Ha

mandado poner una reja á la chimenea, porque piensa que por allí entra

Hojeda en casa...

--¡Ave María! ¡Está loco el pobre tío!--exclamó Miguel.

--No lo creas: habla tan acorde como tú y como yo, y no se le olvida

nada.

--Tía, no está usted fuerte en frenopatía. Los locos han progresado,

como todo en este mundo. Ahora discurren y hablan como los demás. Para

distinguir un loco de un cuerdo es necesario acudir á los especialistas.

Por consiguiente, no se meta usted en honduras; cuanto más que mi tío

está dando señales muy sospechosas hasta para los profanos.

Loco ó cuerdo, quiero separarme de él, porque mi vida es un infierno.

Pero una vez que solté la especie, se puso frenético, diciendo que yo

deseaba el divorcio para unirme con mi querido, y que me daría seis

tiros si llegaba á hacerlo...

--¡Pobre tía!--dijo Maximina llorando también.

--¡Qué os parece de mi vida!... Pues no es eso sólo. Tengo otra porción

de disgustos encima. Una niña de Eulalia la tenemos casi ciega...

--¿De qué?--preguntó la joven madre.

--¿De qué ha de ser, muchacha? De la vista.

--Le preguntaba de qué enfermedad.

--¡Ah! No sé qué nombre le da el médico. Además, Encarnación, la

doncella, que ya sabéis que era mis manos y mis pies, se ha casado el

lunes de la semana pasada. No os podéis figurar cómo está la casa desde

que ella salió. Aquello es una república, hijos. Yo no puedo

multiplicarme: ¡como hacía doce años que descansaba en ella!... Ella

tenía las llaves de la ropa blanca; ella tomaba la cuenta á la

lavandera; ella sacaba el chocolate y los garbanzos; ella avisaba en el

almacén de vinos, cuando hacía falta, y mandaba por aceite y por azúcar;

ella planchaba las camisas á Carlos y Enrique (porque Vicente las manda

á planchar fuera). En fin, yo apenas estaba enterada de lo que comían

los criados, porque ella los traía bien sujetos...

--¿Y Enrique? ¿Qué es de él?--preguntó Miguel, temiendo que su tía,

hablando de criados, no concluyese nunca, según su costumbre.

--Esa es otra. ¡Empeñado en casarse con la chula! No hay quien se lo

saque de la cabeza. Su padre no quiere oir hablar de él siquiera, y ya

ha dicho que, si continúa en relaciones con ella, lo echa de casa.

Vicente y Eulalia tampoco le dirigen la palabra. Quien paga los vidrios

rotos en casa soy yo, porque á mí me da lástima, ¿sabéis?

--Sí; Enrique siempre ha sido el preferido.

--Toda la familia se empeña en eso, y no es verdad; pero como veo que es

el más desgraciado... Él, en cambio, me trata peor que á un zapato.

La entrada de Serafina con el chico, cortó de nuevo la conversación.

Detrás de ella venían todas las criadas, dando muestras de viva

agitación.

--¿Qué pasa?

--Que el niño se ha reído--dijo Serafina.

--Se ha reído como hay Dios en los cielos, señorita--confirmó una

criada.

--Vaya, están ustedes locas--dijo D.ª Martina.--¡Si no tiene más que dos

días!

--No puede ser--manifestó Maximina poniéndose, sin embargo, colorada de

la impresión.

--Que sí, señorita, que sí--prorrumpieron todas.

--Verá usted cómo fué, señorita--dijo una de ellas muy sofocada.--Estaba

la señorita Serafina así con el niño, ¿sabe? Y voy yo y le cogí así,

por la espalda, ¿sabe? y lo levanté en alto, y lo empecé á menear y á

decirle: «Chiquirritín, botón de rosa, clavel, ¿quieres llamarte

Miguelito como tu papá?» El niño, nada. «¿Quieres llamarte Enriquito

como tu tío?» Tampoco hizo nada. «¿Quieres llamarte Serafín como tu

tía?» Entonces abrió los ojillos un poco, ¿sabe? ¡y nos hizo una

muequecita tan salada!

Maximina sonreía como si estuviese escuchando un secreto celeste. Lo

mismo ella que la tía Martina se dejaron convencer al instante; pero

Miguel se resistió.

--Yo, en materia de sonrisas de niños, por más que cuenten cincuenta y

siete horas de existencia, tengo un escepticismo inveterado. Soy como

Santo Tomás: «Ver y creer».

--Que se ha reído, Miguel, no te quepa duda; te lo aseguro yo--dijo

Serafina.

--No me ofreces garantías suficientes de imparcialidad.

--Bueno; pues va á hacerlo otra vez. Ya verás.

Serafina cogió el niño y lo levantó por encima de la cabeza con gran

decisión, preguntándole al mismo tiempo si deseaba llamarse Serafín, á

lo cual el niño no juzgó oportuno responder, tal vez por un exceso de

diplomacia, porque no sería raro que el nombre le pareciese ridículo.

Maximina estaba pendiente de sus labios como si se hallase en el

ejercicio de preguntas de una oposición á cátedra.

--Á ver con usted, Plácida--dijo, procurando ocultar su aflicción.

Plácida se destacó del grupo como una artista del circo de Price que

sale á ejecutar su trabajo. Levantó el niño con sorprendente maestría,

lo movió de Norte á Sur, después de Oriente á Occidente y le hizo con

voz recia las preguntas consagradas: «Chiquirritín, monín, botón de

rosa, clavel, ¿quieres llamarte Miguelito como tu papá? ¿Quieres

llamarte Enriquito como tu tío? ¿Quieres llamarte Serafín como tu tía?»

Un silencio lúgubre siguió á estas palabras. Todos los ojos estaban

clavados en el joven opositor, quien lejos de mostrar predilección por

ninguno de los nombres que le indicaban, manifestó bien claramente,

aunque en forma inarticulada, que no hallaba motivo para que por mera

cuestión de nombres le batiesen tanto los hipocondrios.

--¿Lo veis?--dijo Miguel.

--Es que ahora no está de humor de reirse--contestó Maximina muy

desabrida.--Tampoco tú te ríes cuando te lo mandan. Además, ahora debe

de tener hambre. ¡Traédmelo, traédmelo! ¡Pobrecillo de mi vida! ¡Corazón

mío!

Y la niña-madre ocultó á su hijo dentro de las sábanas y le puso el

pecho en la boca.

A los tres días se efectuó el bautizo. Con la resignación melancólica

que las madres manifiestan en este caso, Maximina dejó que le llevasen á

su hijo.

--Ya es cristiano, señorita--le dijo la muchacha entregándoselo.

La niña lo besó con ternura y lo apretó contra su seno diciendo por lo

bajo:

--Ya no te separarán más de mí, hijo de mis entrañas.

A los cinco días ya se levantaba de la cama. Era una naturaleza

provinciana, rica de sangre, en la cual, esta función augusta de la

vida, lejos de dejar huella dolorosa, provocaba un aumento de salud y de

fuerzas. A los ocho ya desempeñaba todos los menesteres de la casa. A

los quince salía de paseo. Fueron padrinos del niño Enrique y Julita, y

se llamó como el primero.

Los placeres que todo esto proporcionaba á Miguel, estaban amargados con

el grave peligro que su fortuna corría. A todas horas le mortificaba tal

pensamiento, en términos que le costaba hacer un esfuerzo grande sobre

sí mismo para aparecer alegre delante de su esposa. Se había escrito al

General; pero éste había contestado en forma tan ambigua y maliciosa,

que ya no le quedó duda de que por ese lado el negocio estaba perdido.

Desde entonces consideró cuerdamente que su salvación estaba en salir

diputado, ganar influencia en la mayoría y con los ministros y

aprovecharla en un momento dado para sacar de los fondos reservados el

dinero que había comprometido.

Pero Eguiburu ya le había hecho otras tres ó cuatro visitas, y le

apuraba para que garantizase el dinero restante. En la última, con

muchos rodeos y perífrasis, llegó á amenazarle con una demanda

ejecutiva. Comprendió entonces que era preciso jugar el todo por el

todo. Si no se avenía á garantizar, la ruina era segura. Eguiburu le

sacaría á subasta las casas, y por más que le quedase algún dinero,

porque valían más que el importe de la deuda, no sería mucho. Por otra

parte, esto traería consigo el escándalo. Le considerarían todos como un

hombre arruinado, cuando no como tramposo, y no le harían caso: tenía

suficiente conocimiento del mundo para verlo claramente. De la

diputación sería preciso asimismo despedirse: la pobreza huele mal en

todas partes.

Decidióse, pues, á firmar el pagaré de los doce mil duros, y para ello

convino con su acreedor el día y la hora. Con la emoción natural en

quien va á quemar las naves, se presentó una tarde en casa de Eguiburu.

Estaba en su despacho hablando con dos personas. Quiso aguardar Miguel

á que éstas saliesen para tratar su asunto; pero el banquero comenzó

desde luego á hablar en voz alta, y como observase que el joven dirigía

frecuentes miradas á los intrusos y se mostraba reservado para

contestar, le dijo:

--Puede usted hablar con toda confianza, Rivera. Estos señores son

amigos y no les importa nuestros negocios.

Miguel se hizo cargo en seguida de lo que aquello significaba:--«Este

miserable tiene miedo de que yo niegue la firma y ha traído dos

testigos». Pensando esto, la bilis se le revolvió. Hubiera deseado no

tener familia para tirar los treinta mil duros por la ventana y

abofetear en tal momento á aquel puerco. Se reprimió con trabajo y

comenzó á ventilar su asunto con el feroz banquero, el cual hablaba cada

vez más alto, sacando á luz todos los antecedentes. Miguel contestaba

secamente á sus preguntas. Al fin, cuando las hubo satisfecho á su gusto

y se disponía á firmar el pagaré, le dijo:

--Ahora surge una dificultad, amigo Rivera. Para mí es doloroso

decírselo á usted porque no le ha de agradar; pero no puedo pasar por

otro camino. Además de los doscientos cuarenta y seis mil reales que

para los gastos del periódico he facilitado, entregué también en

diversas fechas algunas cantidades, ya al General, ya al Sr. Mendoza, ya

al administrador del periódico, las cuales suman ciento once mil

reales... Aquí están los recibos. En ellos se expresa que estas

cantidades estaban destinadas para el socorro de los emigrados, aunque

en realidad eran para los manejos revolucionarios... Yo, como usted

comprenderá, no he de perder este dinero.

--Y quiere usted que lo pierda yo, ¿verdad?

--Podría exigírselo al General y al Sr. Mendoza, firmantes de los

recibos; pero me costaría trámites judiciales, molestias...

--Sí, sí, más vale que yo garantice también esos cinco mil duros--dijo

Miguel con acento sarcástico. Así se libran ellos y usted de molestias.

--Yo, Sr. de Rivera, siento muchísimo perjudicar á usted...

--Nada, no lo sienta usted; cuando se tiene á un hombre cogido por el

cuello se debe apretar... Á ver ¿dónde está ese pagaré?... Extienda

usted el otro.

Eguiburu, ruborizado, le alargó un papel, y Rivera lo firmó con mano

nerviosa. Tenía el semblante demudado y la voz alterada; pero conservaba

una actitud grave y fría.

--¿No ha extendido usted aún el pagaré de los ciento once mil

reales?--preguntó con sequedad.

--Voy allá, Sr. de Rivera--respondió el banquero, sin poder ocultar

cierta confusión, que probaba que aún no había perdido del todo la

vergüenza.

Cuando hubo terminado, Miguel lo firmó, dejó caer la pluma con orgulloso

ademán, y se despidió, inclinando la cabeza.

--Buenas tardes, señores.

Salió sin dar la mano á ninguno.

Las mejillas le echaban fuego cuando se encontró en la calle. Lo primero

que hizo fué ir á la redacción de _La Independencia_, y anunciar á los

redactores y empleados que el periódico cesaba en su publicación.

Escribió un artículo de despedida, y dejó medio arreglados los asuntos.

En los días siguientes quedaron zanjados por completo.

Muerta _La Independencia_, quedó más desahogado y pudo consagrarse

enteramente á «trabajar la elección». En ella tenía cifrada su

esperanza. Si salía diputado, confiaba hacerse notar pronto entre la

mayoría: su palabra no era torpe: estaba avezado además á la polémica:

finalmente, se juzgaba con más ilustración que la mayor parte de los que

á la sazón representaban al país. Se aplicó, pues, con ahinco á buscar

recomendaciones, no sólo de primera, sino de segunda, tercera y hasta de

cuarta mano, escribió numerosas cartas é hizo varias visitas. Guardóse,

no obstante, de hacérselas por de pronto al Presidente: tenía suficiente

malicia ó tacto para comprender que no debía mostrar un afán demasiado

vivo, á fin de que no se le desdeñase. Lo mejor era trabajar por su

cuenta primero, y después recordar al ministro su palabra.

Mendoza no aprobó la muerte de _La Independencia_.

--Ha sido un mal golpe, Miguel, que te puede costar caro--dijo,

torciendo el gesto.

--¿Qué querías--respondió impetuosamente aquél,--que estuviese

soportando de mi bolsillo todos los gastos, además de la fianza que

tengo encima?

--Aun haciendo un sacrificio, te hubiera convenido sostener el periódico

al menos hasta después de la elección.

Miguel todavía se empeñó en sostener lo contrario; pero en el fondo, al

instante vió claramente que su amigo tenía razón y que había obrado con

ligereza.

Trascurrido un mes ó más desde la primera visita que hizo al Presidente,

determinó hacerle la segunda. Se fué allá á la hora en que solía estar

en su despacho. El portero le dijo que su excelencia estaba ocupadísimo

hablando con una comisión de diputados catalanes y que había dado orden

de no dejar pasar absolutamente á nadie.

--Necesito hablarle: él ha sido quien me ha invitado á venir por aquí.

El portero le miró con esa expresión de indiferencia y fatiga, preñada

en el fondo de desprecio, del que está escuchando constantemente las

mismas cosas y sabe que son mentira.

--Si usted quiere aguardar, puede sentarse.

Aquello quería decir:

--¡Qué retonto es usted, amigo! ¿Cree usted que tengo ganas de oir

simplezas?

Miguel se ruborizó y fué á sentarse en un diván de la antesala donde

había otras seis ú ocho personas aguardando.

Al poco rato entró un caballero de paletó, muy finchado, y el portero se

inclinó reverente y le abrió la mampara del tabernáculo presidencial. De

modo que la orden de no dejar pasar «absolutamente á nadie» era una

farsa del portero. Miguel se levantó vivamente, y le dijo abriendo su

cartera:

--Tenga usted la bondad de entregar esta tarjeta al Presidente.

--No puedo, caballero; tengo orden...

--Le digo á usted que entregue esa tarjeta al Presidente--repitió más

alto y con acento enérgico que impuso al ujier, quien la tomó por fin,

aunque murmurando, y entró en el despacho.

--Aguarde usted un instante, caballero--dijo saliendo otra vez.

Hora y media esperó; pero estaba resuelto á hablar con el jefe del

Gobierno, y no bastaron á hacerle desistir de su propósito ni las

miradas burlonas del portero, ni su propia impaciencia, que era grande.

Al fin se abrió la mampara y salió un grupo de diputados, y entre ellos

el Presidente con el sombrero puesto y con todas las trazas de irse á

la calle.

--¡Ah! Sr. Rivera--dijo viéndole.--Dispénseme usted... Tantas cosas

tengo en la cabeza... ¿Quiere usted que entremos en el despacho?

--No merece la pena--replicó Miguel, entendiendo que aquello molestaría

al prócer.

Este le cogió familiarmente por la solapa de la levita, y lo llevó al

hueco de un balcón.

--Viene usted á hablarme del distrito, ¿eh? ¿Cómo lo tiene usted?

--Creo que bastante bien. Hasta ahora, me parece que no hay oposición.

--Tenía que hablarle de esto. Pensaba escribirle para que viniese por

aquí. Me alegro que usted se haya adelantado. Ayer me han dicho que por

ese distrito trataba de presentarse Corrales.

--¿Quién, el ex ministro moderado?

--El mismo. No creo que tenga allí ningún arraigo, ni que el Gobierno

necesite ejercer gran presión para derrotarle; pero conviene no vivir

descuidados. Por nada en el mundo quisiera que el representante más

genuino, y uno de los más temibles del moderantismo, se nos colase de

rondón en nuestra casa. Porque el distrito de Serín es nuestra casa,

puesto que ha elegido á Ríos, que es factor importante de la revolución.

¿Ha trabajado usted mucho?

--Bastante.

--Bien; pues uno de estos días tráigame usted los datos que tenga

reunidos, los nombres de los alcaldes que nos sean contrarios, y los de

las personas sobre las cuales el Gobierno pueda influir. En tanto, no

ceje usted un momento. Comprometa usted á los amigos que han dado la

elección al General; pero no se fíe usted mucho de las palabras. Procure

usted tenerlos cogidos de algún modo, bien con promesas ó con amenazas.

Quedamos en que usted me traerá los datos, ¿verdad? Adiós, Rivera. No

olvide usted el camino de esta casa.

Se despidió con un cordial apretón de manos. Miguel quedó, como la vez

pasada, plenamente satisfecho. El jefe del Gobierno tenía un tacto

especial para hacerse perdonar sus descortesías, un carácter abierto y

cariñoso, que cautivaba inmediatamente á cuantos se le acercaban.

Quince días tardó en verle de nuevo, porque dos veces que había ido, se

le dijo que su excelencia no podía recibirle por estar despachando con

el subsecretario.

--Hola, Rivera; ya sé que ha estado usted otra vez aquí. He sentido en

el alma no poder verle. De todos modos, hasta ahora no corría prisa el

asunto. Vamos á ver; siéntese usted. ¿Cómo lleva usted ese distrito? ¿Le

da á usted mucho que hacer Corrales?

--Hasta ahora no es gran cosa.

--¿De veras?--dijo el Presidente sorprendido.--Pues muy distintas son

mis noticias entonces. Me han dicho que se está moviendo de un modo

prodigioso; que el clero trabaja por él con decisión, y que algunos de

nuestros amigos, á quienes, al parecer, Ríos no ha podido ó no ha

querido servir, se le han pasado con armas y bagajes... Pero es posible

que usted esté mejor informado.

--Sr. Presidente, las cartas que de allá recibo no dicen nada de eso;

antes me aseguran todos los amigos del General que estando éste conforme

con mi candidatura, y apoyado por el Gobierno, no es posible dudar por

un momento del triunfo.

--Con todo, es conveniente que usted vaya en persona á allá, hable con

ellos y vigile la elección. Los que llevamos algunos años en la vida

pública, sabemos que no hay ninguna segura.

--Está bien. ¿Cuándo cree usted que debo marcharme?

--Cuanto antes mejor; pero antes pásese usted por aquí á fin de que yo

le dé algunas cartas. Para el gobernador no la necesita usted, puesto

que ya sabe hace tiempo que es usted el candidato oficial... Además,

creo que ustedes se tratan...

--Sí, señor; le he conocido cuando era redactor de _La Iberia_.

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Maximina(#40810) · 第 29 / 53 题