XVI

ACAECIÓ que, paseando entre calles cierta noche límpida

y fría del mes de Febrero, Maximina dijo á su esposo:

--Me siento muy fatigada. ¿Quieres que nos volvamos á casa?

--¿Es fatiga solamente?--preguntó él mirándola con interés.--¿No te

sientes mal?

--Un poquito--respondió la niña apoyándose con más fuerza en su brazo.

--Voy á llamar un coche.

--No, no; puedo caminar perfectamente.

Apesar de sus buenos deseos, Maximina fué caminando cada vez con mayor

dificultad. Observándolo su marido, se detuvo de pronto:

--¡Estás pálida!

--Me duele algo el estómago y me encuentro débil.

Miguel reflexionó un instante y dijo apretándole la mano:

--Ya sé lo que tienes. Voy á llamar un coche.

La niña bajó la cabeza, avergonzada como si le imputasen un delito.

En el primer simón que cruzó vacío, se restituyeron á casa. En cuanto

estuvieron en ella, Miguel adoptó el continente de general en vísperas

de una gran batalla. Comenzó á dictar á las criadas, en voz baja,

órdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oían sino pasos

precipitados, cuchicheos: veíanse cruzar mujeres con ropas de cama entre

las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente á la

puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domésticas en

el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete.

Miguel presidió en silencio y con gravedad el arreglo del gran lecho

nupcial, mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete,

los seguía con la vista, pálido el semblante y demudado.

--¿Qué sábanas ponemos?

--Toma las llaves, saca las que quieras.

--¿Las mejores dónde están?

--En el estante de arriba.

--Pondremos una colcha de damasco.

--¡Se va á estropear!

--No importa; es la mejor ocasión para echarla á perder.

--¡Cómo te molestas por mi causa, Miguel!

--¿Por tu causa?--exclamó él entre sorprendido y enfadado.--¡Pues

estaría gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasión semejante!

La niña le pagó con una sonrisa amorosa.

La cama quedó muy pronto hecha. Juana la contempló entusiasmada.

--¡Señorito, parece un altar! ¿La de la reina, será mejor?

--Ya no hay reina, mujer. Hágame el favor de no estar así hecha un

poste. Traiga usted la cocinilla y póngala sobre la mesa de noche...

¡Pronto, pronto! Y las otras chicas, ¿qué hacen en la cocina metidas?

--Las dos se han ido á recados.

--¿Qué, no han venido todavía?

--¡Pero, señorito, si acaban de salir!

--Vamos, déjeme usted de historias y vaya por la cocinilla.

Juana marchó toda sofocada. El señorito había cambiado repentinamente de

genio: estaba como loco: iba y venía por la casa á grandes trancos:

mandaba en un momento más cosas que antes en un mes, y se irritaba con

todo lo que le decían. De vez en cuando se acercaba á su esposa, la

acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:

--¿Qué tal estás?

Más de cien veces había ido á la puerta y había pegado á ella el oído,

pero nadie llegaba. Desesperado, emprendía de nuevo sus paseos agitados.

Al fin creyó percibir pasos en la escalera... ¡Si sería!... Nada; el

portero que subía con un telegrama para el piso tercero. ¡Malos diablos

le lleven! Otra vez á esperar, ¡qué fatiga! ¿Dónde se habría parado esa

maldita Plácida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de

ingenieros. ¡Qué poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el

trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar á Juana, que

al fin no tiene novio.

--¿Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendría mal... Voy yo

mismo á hacerlo... ¡Valor!

--Lo necesitas tú más que yo, pobrecillo--dijo la niña sonriendo.

Al cruzar por el pasillo sonó el timbre de la puerta.

--¡Por fin!...

Otra decepción. Era la Condesa de Losilla que venía á ofrecerse «para

todo». Las niñas no bajaban, por razones fáciles de adivinar.

--Pero, Rivera, ¿cómo está usted tan pálido?

--Señora, la cosa no es para menos--respondió él, mohino.

--¿Por qué, hijo mío?--dijo ella reprimiendo la risa.--Si la cosa no

viene complicada, como es de esperar, no hay nada más natural y

sencillo.

Miguel, á su vez, hizo esfuerzos por reprimir la indignación. ¡Natural

que yo tenga un hijo! ¡Qué estúpida es la aristocracia!

Maximina recibió aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La

Condesa empezó á maniobrar en la casa, como consumada estratégica,

ordenándolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel quedó

enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de él, y

se vió necesitado á vagar como alma en pena por los corredores. Una vez

que atajó á Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso,

sino en taza, le contestó que la dejase en paz, que él nada entendía de

aquellas cosas. Y fué preciso aguantar.

Al cabo ¡loado sea Dios! llegó la partera. Miguel la siguió más muerto

que vivo al gabinete; pero la Condesa le dió con la puerta en los

hocicos. Pronto volvió á abrirse, y en la sonrisa de todos comprendió

que el asunto no iba mal.

--Señorito, viene derecho--dijo la comadre.

--¿De modo que no hace falta llamar al médico?

--Para nada, gracias á Dios; yo respondo.

Quedó tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero á los diez

minutos perdió repentinamente la fe. Aquella mujer podía engañarle ó

engañarse; ¡quién se fiaba de una bruja de éstas! Acercóse

cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:

--Á mí me parece que bien podría llamarse al médico... por precaución

nada más--añadió tímidamente.

--Como usted quiera, señorito--respondió secamente y con gesto desabrido

la comadre.

--¡Rivera, por Dios! ¿No le ha oído usted decir que ella

respondía?--manifestó la Condesa.

--Bien, bien; si ella responde...--contestó avergonzado. Y luego

preguntó afectando sangre fría:

--¿Para qué hora estará el asunto despachado?

Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondió en

tono condescendiente:

--Señorito, no se apure. Será cuando Dios quiera y con toda felicidad.

Tornó á vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido é

inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridículo en

aquella ocasión, que se reían de él en sus mismas barbas. Y, sin

embargo, no acababa de persuadirse á que debía fiar su felicidad y su

vida entera á una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado á

cónclave á todos los médicos eminentes de la corte. «Á la menor

complicación que haya, la ahogo entre mis manos», se dijo con rabia. Y

con esta promesa consoladora se quedó algo más sosegado.

Al poco rato llegó su madrastra, y acto continuo comenzó á dar

disposiciones. Vino en seguida la señora del tercero, esposa de un

empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando

con un enorme cuadro que representaba á San Ramón Nonnato, el cual se

colocó en el gabinete con dos cirios encendidos á los lados. También

esta señora se puso á dar disposiciones en cuanto llegó. En fin, allí

todo el mundo tenía derecho á dar órdenes menos el amo de la casa, al

cual todas aquellas señoras y hasta las criadas se complacían en

manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. «Porque al fin y

al cabo--como él decía muy bien, paseándose con las manos en los

bolsillos, el semblante fosco y desencajado,--yo soy el marido, y soy

además el... ó lo seré, que es lo mismo.

No abría la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno

cuando menos de una sonrisa desdeñosa. Una vez, viendo á su mujer en

pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurrió manifestar que estaría

mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulminó contra él

una terrible mirada, que no sabemos cómo no le redujo á cenizas. La

brigadiera, procurando reprimirse y suavizar la voz, le dijo:

--Mira, Miguel, aquí nos estás estorbando. Te suplico que nos dejes y ya

te avisaremos á su tiempo.

Obedeció á su pesar. Al tiempo de salir vió en los ojos de su esposa una

expresión tan afectuosa y triste, que estuvo á dos dedos de abrir de

nuevo la puerta y decir: «Ea, señoras, yo soy el amo, ésta es mi mujer y

ustedes se van por donde han venido». Pero reflexionó que el altercado

ocasionaría un disgusto á Maximina, y devoró su enojo.

Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurrió

por ellos buen rato, prestando oído á los rumores del gabinete. Ansiaba

oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oían

las de todas menos la de ella.

--¿Cómo va?--preguntó á la Condesa, que cruzaba para la cocina.

--Bien, bien; no se preocupe usted.

Trascurrida una hora y rendido á tanto paseo, fué al salón y se dejó

caer en un sofá. Estuvo algún tiempo sentado, con los ojos muy abiertos,

tratando de vencer el sueño que á despecho suyo se le iba apoderando.

Pero al cabo fué vencido; extendió las piernas, colocó la cabeza

cómodamente, dió un bostezo de á cuarta, y quedó hecho un tronco.

Era ya día claro, cuando tres ó cuatro mujeres invadieron

precipitadamente la sala dando gritos.

--¡D. Miguel!...--¡Rivera!--¡Señorito!

--¿Qué pasa?--exclamó despertándose sobresaltado.

--¡Que ya tiene usted un niño! Venga usted.

Y le arrastraron á la alcoba, donde vió á su esposa sentada aún en un

una butaca, el semblante pálido, pero inundado de una dicha celeste.

También vió allá en un rincón á Juana con una _cosa_ entre las manos que

chillaba horrorosamente. Mas apartó al instante la vista de ella para

dirigirse á su esposa, á quien besó con efusión.

--¿Has sufrido mucho?

--Muy poco.

--No haga usted caso--interrumpió la Condesa:--ha pasado bastante la

pobrecilla.

Miguel salió del cuarto con el corazón en la garganta.

Cuando se vió solo rompió á llorar como un niño.

--¡Pobrecilla!--murmuró.--¡Ella padeciendo dolores increíbles sin

exhalar una queja, y yo durmiendo aquí como un bruto! No me perdonaré en

mi vida este acto de egoísmo... ¡La culpa la tienen esas mujeres--añadió

con exaltación,--esas entremetidas que me echaron del cuarto!

Pronto se calmó su remordimiento para dar lugar á las mil gratas

emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres

¡siempre las mujeres! se opusieron á ello en tanto que el niño no

estuviese lavado y enrollado y la señora librada y en la cama. Cuando

todo esto se hubo efectuado, pasó á la alcoba. Su esposa estaba más

linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con

cintas azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa.

Sentóse á la cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto

de tomarle el pulso, le apretó la mano larga y tiernamente. La

brigadiera le presentó un paquete de ropa diciéndole:

--Ahí tienes á tu hijo.

Miguel cogió el paquete y lo elevó á la altura de los ojos. Y vió una

carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente

deprimida, de cuya boca relativamente enorme salían unos chillidos nada

melódicos.

--¡Qué feo es!--dijo en voz alta.

Un grito de indignación se escapó de todos los pechos, incluso del de su

esposa.

--¡Qué atrocidad, Rivera! ¿Cómo dice usted esas cosas?--¿De dónde saca

usted que es feo, señorito?--¡Si precisamente es uno de los niños más

hermosos que he visto, Rivera!--¿Quiere usted que ahora tenga las

facciones perfectas?

--¡Quita, quita!--dijo la brigadiera arrebatándoselo de las

manos.--¡Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!

--Quisiera yo ver cómo era usted á las dos horas de haber nacido,

señorito--dijo Juana.

Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contestó:

--Hermosísimo.

--¡Hombre, cómo se ha echado usted á perder!--exclamó la de Losilla

riendo.

--No tanto, señora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra

gratuita esa afirmación.

--Nada de eso--dijo la niña, haciendo una mueca de enfado.

--¡Maximina!

--¿Por qué le has llamado feo?

--Vaya, veo que aquí hay un caballero que me ha desbancado.

En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con

chillidos cada vez más enérgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta

desesperación aciaga era precisamente lo que constituía las delicias de

aquellas buenas mujeres: se morían de risa contemplando aquella boca

abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo

preñado de amenazas.

--¡Anda, anda, qué pulmones tienes, chico!--Así me gusta, ensánchate,

hombre, ensánchate.--¡Vaya un genio que gastas, criatura! ¡Qué mono se

pone llorando!

La verdad es que estaba horrible.

--¡Ay, que se queda, señora! ¡Ay, que se queda!--gritó Plácida.

Todas acudieron asustadas.

--¿Cómo? ¿Dónde se queda?--preguntó Miguel dando un salto en la silla.

--En lloro, señorito.

El niño, la faz contraída y la boca abierta, guardaba silencio. La

Condesa lo sacudió con todas sus fuerzas á pique de matarlo. Al fin dejó

escapar un grito más rabioso que los demás, y todas respiraron con

satisfacción.

--Vaya, hay que darle de mamar á este tunante; si no, se nos va á

enfadar.

--¿Cómo se pondrá este chico para enfadarse?--pensó Miguel.

Metiéronle en el lecho y le pusieron en la boca el pezón maternal; pero

se negó á tomarlo, no sabemos bajo qué pretexto. Las mujeres encontraron

aquella conducta muy inconveniente. Maximina le miraba con ojos

severos, haciéndole interiormente cargos durísimos. La Condesa pidió

agua con azucarillo y untó con ella el pezón. Entonces el chico,

seducido por aquella atención delicada, no vaciló en acceder á los

deseos de las señoras y comenzó á chupar la teta con poca expedición,

como aprendiz al fin en el oficio.

--¿Han visto ustedes qué picarón?

--¡Ave María, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!

--¡Cosa como ésta nunca se ha visto, mujer!

--Es un pillo de playa.

Después de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de

su parte por confirmar esta favorable opinión que de su ingenio habían

formado. Al efecto, abrió un si es no es el ojo derecho, y volvió acto

continuo á cerrarlo, con gran asombro y regocijo de los presentes.

Después, habiendo tropezado casualmente con su propia mano, comenzó á

dar feroces chupetones en ella. No contento con esta gallarda muestra de

talento, lo probó aún más cumplidamente cuando Plácida le puso su lengua

en la boca. En un principio la chupó con afán; pero advertido muy pronto

de la burla que se le hacía, se enfureció de un modo terrible y dejó

entender con bastante claridad que siempre que se tratase de ajar su

dignidad, le verían protestar en iguales ó parecidos términos.

Vuelto de nuevo á la cama, se durmió al instante como un obispo (el

símil es de Juana) mientras su madre levantaba de vez en cuando el

embozo de la cama para contemplarle con tanta ternura como infantil

curiosidad. Habiéndose acercado Miguel al lecho con poco cuidado, su

esposa pensó al parecer que iba á lastimar al chico.

--¡Quita, quita!--gritó con acento colérico.

Y le dirigió una mirada tan iracunda, que el joven quedó estupefacto,

pues no podía imaginarse que ojos tan dulces fuesen capaces de lanzarla.

En vez de enfadarse, se echó á reir como un loco. Maximina, avergonzada,

sonrió, y su faz inocente volvió á adquirir el amable sosiego que la

caracterizaba.

Por desgracia, aquel sosiego fué turbado inopinadamente al poco rato.

Sucedió que, habiéndose despertado el obispo, hubo en el consejo

femenino ciertas sospechas de que su ilustrísima no andaba muy limpio en

toda su persona, y se decretó inmediatamente una inspección ocular. La

Condesa lo colocó sobre el regazo, lo despojó de sus vestiduras, y en

efecto, así era como lo habían pensado. Pidió acto continuo agua

caliente y una esponja. Trajeron además frescos pañales, y con mucho

donaire y no pequeña satisfacción, dió comienzo al arreo del infante.

Pero hete aquí que la brigadiera, que ya estaba celosa de ella desde

hacía tiempo y había declarado solemnemente, aunque por la bajo, á las

criadas «que aquella buena señora era una fastidiosa entremetida»,

manifestó ahora en tono algo desabrido que la faja no debía ir tan

prieta como la Condesa la ponía.

--Déjeme usted, Ángela, déjeme usted, que bien sé lo que hago--dijo ésta

con cierto dejo de suficiencia, continuando en su tarea.

--¡Pero si queda esa criatura que no puede resollar, Condesa!

--Necesitan estar así los primeros días para que no salgan torcidos.

--Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.

--No necesito que me enseñe nadie á enrollar niños. He tenido seis

hijos y, gracias á Dios, todos están en el mundo, vivos y sanos.

--Pues yo no he tenido más que una hija, pero no hubiera consentido

nunca que la enrollaran de ese modo.

--Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en

nada...

Las palabras que se habían cruzado eran ya sobrado ásperas, y la actitud

airada en que ambas señoras se encontraban hacía presumir que pronto lo

serían mucho más. Los que asistían á la escena se habían puesto muy

serios. Maximina, asustada, hacía pucheros para llorar. Entonces Miguel,

irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con

firmeza:

--Señoras, tengan ustedes consideración con esta pobre muchacha, que

ahora necesita tranquilidad y descanso.

La de Losilla levantóse con altivez, entregó el niño á una criada y

salió de la estancia sin despedirse. Á pesar de sus ruegos, Miguel, que

la siguió, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fué creciendo

á medida que se acercaba á la puerta, y allí le dijo un adiós muy seco,

subiendo á su casa con ánimo, al parecer, de no bajar otra vez.

--¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan

remaldito!--exclamó al quedarse solo.

Pero tal disgusto se le borró pronto de la mente, porque las

circunstancias felices y excepcionales en que se hallaba eran á

propósito para ello.

Estaba de Dios, sin embargo, que en la copa de su felicidad habían de

caer algunas gotas de hiel. Por la noche, cuando, fatigado ya del trajín

del día, se disponía á retirarse dejando á Plácida que velase á su

esposa, se oyó el toque importuno de la campanilla de la puerta.

--Señorito, hay ahí un caballero que desea hablar con usted.

--¡Vaya una visita impertinente! ¿Le ha introducido en el despacho?

--Sí, señorito.

Nuestro nuevo papá se fué hacia allá arrastrando perezosamente los pies,

muy resuelto á que la visita no se prolongase largo rato. Pero al entrar

en su despacho quedó sorprendido no muy agradablemente el encontrarse

con Eguiburu «el caballo blanco» de _La Independencia_. Las relaciones

que con este señor mantenía estaban muy lejos de ser íntimas. Después

que había dado su firma en garantía de los treinta mil duros gastados en

el periódico, no había vuelto á verle sino otras dos veces, para tomar

de su mano dos cantidades que sumaban doce mil, los cuales no se habían

gastado todos en el periódico, sino que habían servido también para

socorrer á los emigrados. Llamóle, pues, la atención aquella

intempestiva venida y aun le puso inquieto y receloso.

Era Eguiburu un hombre alto, flaco, de cara pálida y rugosa, ojos azules

y pequeños, cabello rubio, bastante ralo, y muy desgarbado de toda su

persona. El traje que llevaba, compuesto de unos calzones anchos de paño

negro, chaleco largo y un enorme gabán pardo que le bajaba casi hasta

los pies, no ayudaba á prestarle la gallardía de que tan necesitado

estaba.

Saludóle Miguel cortés y gravemente, preguntándole á qué debía el

honor...

--Sr. de Rivera--dijo sentándose sin ceremonia, pues Miguel, á causa tal

vez de la sorpresa, no le había invitado á hacerlo.--Es el caso que hace

ya algunos meses que son ustedes poder...

--Alto, mi amigo; no hay en España un hombre más desprovisto de poder

que yo... Ni siquiera soy subsecretario.

--Bien, quien dice usted dice sus amigos. Todos ocupan hoy grandes

destinos: el Conde de Ríos embajador; el Sr. Mendoza acaba de ser

elegido diputado...

--¿Y quiere usted compararme á mí, insignificante pigmeo, con el Conde

de Ríos y con Mendoza, dos estrellas de primera magnitud en la política

española?

--Pues mire usted, Sr. de Rivera, valga la verdad, la otra noche en el

café de Levante no hablaban muy bien del Sr. de Mendoza sus mismos

amigos.

--¿Qué decían?

--Decían, con perdón de usted, que era un alcornoque.

--Son calumnias de los envidiosos. No lo dude usted, amigo Eguiburu, de

esa madera se hacen los hombres de Estado.

--Yo me alegro mucho de que así sea, señor. Pero es el caso, como decía,

que á pesar de su talento y de las posiciones que ocupan, ni el Sr.

Conde ni Mendoza se acuerdan de indemnizarme del dinero que hace tiempo

vengo gastando.

--¿Ha hablado usted con ellos?

--Les he escrito una carta á cada uno. Mendoza no me ha contestado. El

Sr. Conde, al cabo de bastantes días, me dice en carta que aquí traigo y

usted puede ver, «que las gravísimas atenciones políticas que sobre él

pesan no le consienten ocuparse por ahora de estos asuntos, los cuales

hace tiempo que tiene encomendados á su antiguo secretario particular el

Sr. Mendoza y Pimentel». Yo, á la verdad, como usted comprenderá muy

bien, no tengo necesidad de andar mendigando de puerta en puerta lo que

es mío. Así que, sin más dilaciones, me he venido á su casa de usted.

--¿Por qué no ha ido usted antes á la de Mendoza?

Eguiburu bajó la cabeza y empezó á dar vueltas al sombrero. Al mismo

tiempo sonrió como pudiera hacerlo una estatua de mármol, si le diesen

facultad para ello.

--El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uñas.

Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las había acompañado,

Miguel sintió cierto frío por la espalda y guardó silencio. Al cabo de

algunos momentos levantó la cabeza, y dijo en tono resuelto:

--En suma, viene usted á reclamarme los treinta mil duros, ¿no es eso?

--Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de

veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.

--Muchas gracias: posee usted un corazón sensible, y le felicito por

ello. La desgracia está en que yo no pueda corresponder á esa delicadeza

de sentimientos, entregándole en el acto los treinta mil duros.

--Bien, ya me los entregará usted.

--¿Tiene usted seguridad de ello?

Eguiburu levantó la cabeza, y clavó sus ojos azules y pequeñuelos en los

de Miguel, que le miraba de un modo frío y hostil.

--Sí, señor--contestó.

--Pues también le felicito; yo que usted no la tendría.

--¿No se hace usted cargo, Sr. de Rivera--dijo el banquero con

amabilidad exagerada para paliar el mal efecto que iban á producir sus

palabras,--que tengo aquí un papel en toda regla firmado por usted?

Y se llevó la mano al bolsillo del gabán al decir esto.

Miguel guardó silencio otra vez. Pasados algunos instantes, dijo con voz

donde se traslucía una cólera reprimida á duras penas:

--¿Es decir, Sr. de Eguiburu, que pretende usted nada menos que

arruinarme por una deuda que le consta á usted que yo no he contraído?

--Yo no pretendo más que cobrar mi dinero.

--Está bien--dijo sordamente.--Mañana escribiré al Conde de Ríos, y veré

también á Mendoza. Quiero saber si el Conde es capaz de dejarme en la

estacada... Si así fuese, ya veremos lo que se ha de hacer.

Después de estas palabras, hubo un rato de silencio embarazoso. Eguiburu

daba vueltas al sombrero, observando de reojo á Miguel, que tenía la

vista clavada en el suelo, y cuyos labios se movían con un imperceptible

temblor, que no pasaba inadvertido para el banquero.

--Hay un medio, Sr. de Rivera--dijo tímidamente,--de que usted salga del

compromiso en que se ve, y tenga tiempo para exigir del Conde y los

demás amigos que cumplan como es debido... Si usted me garantiza el

dinero que he soltado después para el periódico, no tengo inconveniente

en esperarle... Me duele poner la pistola al pecho á una persona tan

apreciable como usted...

Miguel siguió inmóvil, con la vista en el suelo, en actitud reflexiva;

levantándose después repentinamente, dijo:

--Bien, ya veremos cómo se arregla este negocio. Por de pronto, mañana

hablaré con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta

que escriba al Conde, le avisaré inmediatamente.

Eguiburu también se levantó y alargó la mano con exquisita amabilidad á

Rivera, para despedirse. Éste se la estrechó, y mirándole con fijeza,

mientras asomaba á sus labios una sonrisa burlona, le dijo:

--¿Tiene usted mucho cariño á esos treinta mil duros?

--¿Por qué me pregunta usted eso?

--Porque sentiría que usted se hubiese encariñado demasiado estando en

vísperas de separarse para siempre de ellos.

--Explíquese usted--dijo el banquero poniéndose serio.

--Nada, hombre, que si usted no se los saca al Conde de Ríos, lo que es

á mí...

--¿Cómo? ¿Qué dice usted?

--Que yo no se los podré pagar jamás, porque tengo hipotecadas las dos

casas que constituyen mi fortuna.

Eguiburu se puso horriblemente pálido.

--Usted no podía hipotecarlas porque tenía firmada una obligación. La

hipoteca es nula.

--Las tenía hipotecadas mucho antes de firmarla.

El banquero se pasó la mano por la frente con abatimiento. Levantándola

después vivamente y clavando en Rivera una mirada fulgurante, profirió

tartamudeando:

--Eso es... una picardía... Le llevaré á los tribunales por estafador.

Miguel soltó una carcajada, y poniéndole familiarmente la mano en el

hombro, le dijo:

--¡Buen susto ha recibido usted! ¿No es verdad, amigo? Quedo un poco

indemnizado del que usted acaba de darme.

--¿Pero qué mil rayos significa?...

--Que se serene usted; las casas no están hipotecadas. Tendrá usted el

gusto de arruinarme el día menos pensado--repuso el joven con amarga

ironía.

En el semblante de Eguiburu quiso aparecer un amago de sonrisa, pero se

borró súbitamente.

--¿Habla usted formalmente?

--Sí, hombre, sí; no tenga usted cuidado alguno.

Entonces la sonrisa que había huído, apareció de nuevo insinuante y

benévola en los labios del banquero.

--¡Qué bromista es usted, Sr. de Rivera! Nadie puede saber cuándo habla

de veras ó de burla.

--Pues entonces hace usted mal en quedarse ahora tranquilo.

Tornó á ponerse serio Eguiburu.

--No, yo no puedo creer que usted se burle de cosas tan...

--Tan sagradas, ¿verdad?

--Eso es, sagradas.

--Sin embargo, confiese usted que no las tiene todas consigo.

--De ningún modo; usted es una persona de talento... y todo un caballero

además.

--Vamos, no me adule usted, que no hay necesidad.

Iban caminando hacia la puerta. Eguiburu experimentaba una inquietud que

en vano quería ocultar. Dió la mano tres ó cuatro veces más á Miguel,

cambió de fisonomía y actitud más de veinte; y cuando aquél le mandó

ponerse el sombrero, lo colocó torcido y erizado sobre el cogote. Quiso

cambiar de conversación para demostrar que estaba plenamente seguro de

la honradez del fiador; le preguntó con mucho interés por su esposa y el

niño, enterándose de los pormenores del alumbramiento. No obstante,

cuando ya estaba en la escalera y Miguel á punto de cerrar la puerta,

preguntóle en tono indiferente y jovial, donde se traslucía viva

ansiedad:

--Aquello pura broma, ¿verdad, Rivera?

--Vaya usted tranquilo, hombre--contestó éste riendo.

Pero al quedarse solo aquella risa se extinguió. Permaneció un momento

con los dedos en el pestillo: después fué con paso lento otra vez al

despacho, se sentó frente á la mesa y apoyó el rostro sobre una mano

cubriéndose los ojos. Así estuvo largo rato meditando. Cuando se levantó

los tenía hinchados y rojos, como después de haber dormido mucho. Pasó á

la habitación de su esposa. Al atravesar el pasillo sintió un poco de

frío.

Estaba todavía despierta. Al lado de la cama se había puesto un catre

para Plácida.

--¿Quién era esa visita?--le preguntó.

--Nada, un señor que viene á hablarme de asuntos del periódico.

Algo extraño debía de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta

sencilla contestación, cuando su mujer se le quedó mirando con

inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

--¡Qué cansado estoy! ¡Tengo un sueño!

La besó en la frente, alzó el embozo de la cama, contempló un momento á

su hijo dormido y rozó con los labios su cabecita. Volvió á besar á su

esposa y salió de la estancia. Cuando se metió en la cama tiritaba y

sentía, no obstante, calor en las mejillas.

Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz

encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruzó por su mente; mil

recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginación

viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vió arruinado, teniendo que

descender él y su esposa de la categoría social en que se hallaban

colocados. Se acordó también de su hijo.

--¡Pobre hijo mío!--exclamó.

Y estuvo á punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre sí mismo

diciéndose:

--No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los

avaros. El que posee una esposa como la mía, y ésta le acaba de dar un

hijo, no tiene derecho á pedir más á Dios. Soy joven, tengo salud. En

último resultado, trabajaré para ellos.

Al murmurar estas palabras dió un soplo violento á la luz y tuvo energía

bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.

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Maximina(#40810) · 第 27 / 53 题