CUÁNTO afán, cuánto disgusto costó á Maximina el
preparar aquella fiesta! Su genio tranquilo se acomodaba mal con el de
Miguel, sobradamente vivo y expedito. De aquí que al poner mano en los
pormenores de la función se originasen desabrimientos entre ambos. Sin
tener presente que era la primera vez que se veía metida en tales
belenes, exigía Miguel de ella cosas imposibles. La pobre niña, viéndole
enojado, hacía esfuerzos increíbles por acertar en todo, no porque el
resultado le importase mucho, sino porque temía más que á la misma
muerte cualquier reprensión de su marido. Este, sin comprenderlo, porque
le cegaba la impaciencia, no las escaseaba en aquella ocasión,
apurándola y mortificándola más de la cuenta. Sólo cuando después de
alguna advertencia hecha en tono áspero veía asomar una lágrima á sus
ojos se hacía cargo de lo injusto é insensato que había estado, y
corriendo á ella la cubría de besos pidiéndole perdón. Maximina se ponía
repentinamente contenta, y secándose los ojos le decía con inocencia
conmovedora:
--Yo haré cuanto pueda por darte gusto. ¿No me reñirás más, verdad?
Concluyeron al fin los preparativos. Se compraron algunos nuevos muebles
para el salón y se le adornó con elegancia. En el gabinete contiguo se
puso la mesa, y en esta tarea les ayudó poderosamente el tío Manolo.
Alquiláronse algunos criados para el servicio: se decoró
convenientemente una de las alcobas para tocador de las señoras,
adornóse la escalera con macetas de flores y se iluminó profusamente y
lo mismo todas las habitaciones de la casa; al portero, mediante una
buena propina, se le exigió que permaneciese en vela toda la noche con
la puerta abierta y el portal iluminado. Tampoco se descuidó lo
referente al vestido de Maximina. Miguel se empeñaba en que fuese rico y
espléndido, á lo cual ella se oponía vivamente. Por último, se convino
en dejarlo al arbitrio de la modista. Y el mismo día de la fiesta por la
mañana vino aquélla con un traje sencillo, sí, pero de extremada
elegancia. Mas ¡oh tristeza! aquel traje era descotado por delante en
forma de corazón. Miguel encontró á su mujer abatida en un sofá con el
vestido entre las manos y á punto de saltársele las lágrimas, mientras
la modista, reprimiendo á duras penas la ira, sostenía que aquel reparo
era impertinente, que ninguna señora cuando recibía en su casa en una
tertulia de esta clase dejaba de descotarse poco ó mucho, y que el
descote aquel era de lo más comedido que pudiera verse. Á todo lo cual
replicaba Maximina dulce, pero firmemente, que ella no se había
descotado jamás y que se moriría de vergüenza si ahora lo hiciese.
Miguel trató de dar la razón á la modista, pero viendo la tristeza que
se pintaba en el rostro de su esposa, y secretamente halagado por aquel
delicado pudor, cambió repentinamente diciendo:
--Bueno, no se hable más del asunto. Si el traje se puede arreglar para
hoy, que se arregle; si no, escoge entre los que tienes el que mejor te
parezca.
Con dificultad se avino la modista á arreglarlo; mas viendo la firme
resolución de los dos, no le quedó otro medio, y entre Maximina y ella
excogitaron lo mejor para remediarlo.
Por la noche, después que la mesa fué puesta y el tío Manolo se marchó,
quedaron los esposos solos con los criados. Maximina se encerró en su
cuarto para vestirse y Miguel fué á hacer lo mismo al suyo. Cuando
terminó, mandó encender todas las luces. Poco después de iluminada la
casa, salió Maximina del cuarto hecha un botón de rosa.
--¡Oh, qué linda!--exclamó Miguel al verla entrar en el despacho, donde
estaba arreglando los libros que andaban diseminados por las mesas.
La niña sonrió ruborizada.
--Vamos, no hagas burla de mí.
--¡Por qué he de hacer burla, criatura, si estás más hermosa que nunca!
En efecto, Maximina, que había embellecido mucho después del matrimonio,
mostraba ahora toda la gracia fresca y sencilla con que el cielo la
había dotado. La emoción le había prestado más color: la anchura, que ya
bien se notaba en su talle, en vez de quitarle atractivo, se lo prestaba
muy grande por el contraste que resultaba entre aquellas formas
exuberantes que la maternidad iba imprimiendo en su cuerpo y la
expresión enteramente infantil del rostro. El traje era de color de hoja
seca: para cubrir el escote se le había puesto un peto de granadina muy
tupida.
Miguel la tomó por las manos y la contempló algunos momentos con ojos de
enamorado. Las cabezas de las criadas asomaron por la puerta para ver á
su señorita.
--¿No es verdad que está muy linda mi mujer?--preguntó.
--Hermosísima, señorito.
--Parece mismamente una Virgen--dijo Juana.
--¡Eso sí que no!--repuso Miguel echando una mirada maliciosa á su
talle.
--¡Quita, quita, tonto!--exclamó avergonzada, desprendiéndose
violentamente de sus manos y echando á correr.
Se sentaron á la mesa como siempre; pero comieron muy poco: sobre todo
Maximina estaba del todo inapetente. Ambos se interrumpían á cada
instante para recordar algún pormenor que faltase, y más de una vez se
levantó la señora á ejecutarlo por sí misma. Después pasaron al salón y
aguardaron con impaciencia á los convidados. Maximina temblaba de
emoción. Miguel mostraba una alegría inquieta, porque no estaba seguro
de que la fiesta resultase agradable, y temía el ridículo. Cogió á su
mujer de bracero y comenzaron á dar vueltas por la sala mirándose á los
espejos. Maximina apenas se reconocía: se maravillaba de parecer una
señora tan respetable y elegante.
--¡Lo ves!--decía Miguel.--Todo es apariencia en el mundo. Las personas
que vengan no son ni más ni menos respetables que nosotros; por
consiguiente, no tienes por qué asustarte.
Á pesar de estos alientos, Maximina cada vez los tenía menores. Á cada
instante se le figuraba escuchar pasos en la escalera.
--Vamos, figúrate que yo soy un convidado que entro en este momento.
(Miguel se dirigió á la antesala y volvió á entrar haciendo
reverencias.) Señora, á los pies de usted; ¿cómo sigue usted? ¿El niño
bueno?... (Digo, no, por el niño no se puede preguntar.) Tengo un
verdadero honor y una gran satisfacción en asistir á esta _soirée_,
donde mi amigo Miguel quiere mostrar á todo el mundo lo feliz que ha
sido en su elección... Pero merece esta felicidad... Es un muchacho
excelente. Tampoco usted, señora, tendrá que arrepentirse. La verdad es
que ya tenía deseos de verle casado, y, aunque digno de envidia, lo
mismo yo que todos sus amigos le deseamos cada día mayor dicha...
(¡Vamos, mujer, dí algo!)
Maximina, en medio de la sala, inmóvil, escuchaba sonriendo con la boca
entreabierta.
--¡Contesta, mujer!... Vaya, veo que nunca serás una estrella de los
salones... ¡Ni falta de que lo seas!--añadió paso.
Y tomándola súbito por la cintura, se lanzó con ella por el salón, dando
algunas vueltas de vals.
En aquel instante sonó el timbre. Ambos quedaron como petrificados:
después se apartaron de prisa, y Miguel se entró en el despacho. El
criado abrió la puerta y apareció un joven, que resultó ser Gómez de la
Floresta. Miguel ya no se acordaba de que la lectura de su drama era el
pretexto de la reunión. Experimentó leve malestar al verle con el
manuscrito en la mano; pero no por eso le recibió con menos cordialidad.
Los tres se sentaron en el despacho y departieron un rato largo, pues el
poeta se había anticipado mucho. El primero que después llegó fué
Utrilla, el ex-cadete de Estado Mayor, á quien Miguel había convidado
con gusto, tanto por la amistad que entre sí mantenían, como por la
compasión que le inspiraba su ciego amor por Julita, y el deseo de que
ésta se lo pagase. Venía de frac, lo mismo que Gómez de la Floresta.
Llegaron después y sucesivamente los primos Enrique y Serafina, Mendoza,
Julita y su madre con Saavedra, _Rosa de te_ y Merelo y García, las de
Ramírez, los primos Vicente y Carlitos, Asunción y otras dos señoritas
cuyo nombre no recordamos, y algunos convidados más. Sucedió lo que
Miguel tenía previsto: Maximina, sonriente y ruborizada, recibía á la
gente sin las frases de cajón y decoradas que en tales casos se usan;
pero su naturalidad y modestia causó en todos grata impresión. La señora
de Ramírez dijo á Miguel en un aparte:
--¡Qué buena debe de ser su señora, Rivera!
--¿En qué lo conoce usted?
--Basta verle la cara.
--Sí que es muy simpática--dijo una de las niñas con acento protector.
Los tertulios formaban grupos y se conversaba alegremente. Gómez de la
Floresta ardía de impaciencia. Al fin Miguel, no tanto por complacerle
como porque todo marchase en buen orden, le invitó á comenzar la lectura
del drama. Se puso en pie al lado de la chimenea, debajo de un
candelabro. La gente se distribuyó convenientemente por las sillas y
divanes. Un criado trajo en una bandeja varios refrescos, y los colocó
como pudo sobre la chimenea, cerca del poeta. Tosió éste dos ó tres
veces, paseó una mirada turbada por el auditorio, y dió comienzo á la
lectura del drama, que se titulaba _El agujero de la serpiente_, y
pasaba en tiempo de Carlos II el Hechizado. No hay para qué decir,
conociendo al autor, que predominaba en él la nota lírica, las tiradas
de versos sonoros, los adjetivos primorosos y exóticos. Había puesto á
contribución para escribirlo las bellas y peinadas frases de los
_Esmaltes y camafeos_ de Teófilo Gauthier, y las no menos bellas, pero
más espontáneas, de nuestro Zorrilla. El resultado era un empedrado de
palabritas lindas en diapasón, que producía notable efecto musical,
alternando con tal cual frase ó sentencia á lo Víctor Hugo. Ningún
personaje decía, ni aun casualmente, las cosas por derecho. Antes de
manifestar quiénes eran y de dónde venían, todos se anegaban previamente
en un río ó cascada de perlas orientales, rayos de luna, aljófares,
perfumes de la Arabia, arreboles, esmeraldas y zafiros, con lo cual se
perdía el hilo del discurso de tal modo, que nadie lograba saber una
palabra de su carácter y procedencia. Cuando estaba á la mitad del acto,
entraron en el salón la condesa de Losilla y sus dos hijas, las cuales
venían más tarde que las otras, por estar más cerca que ninguna. Con su
aparición se interrumpió algunos instantes la lectura. Levantáronse
todos, y Maximina corrió á su encuentro. Las miradas de las señoras,
ávidas, escrutadoras, pasaron minuciosa revista al vestido y aderezo de
las chicas, que era en alto grado elegante y original, sobre todo el de
Filomena, quien tenía un privilegiado ingenio para inventar y combinar
adornos, separándose de la moda cuando le convenía, ó retorciéndola á su
capricho: sabía beneficiar su extremada delgadez para ponerse trajes que
á ninguna otra joven sentarían bien, y cuidaba, con un peinado
extravagante, de dar más realce á la originalidad extraña de su
fisonomía. Mientras duró el desorden, Gómez de la Floresta se bebió un
vaso de grosella.
De nuevo comenzó la lectura. Al terminar el acto hubo muestras de
aprobación, sobre todo entre las jóvenes, que aunque no habían entendido
palabra, les sonaba muy bien. Algunos caballeros se quedaron en el salón
mientras el poeta descansaba. Éste con otros varios se salió al pasillo
á fumar.
--¿Qué opina _Rosa de te_?--dijo un tertuliano dirigiéndose al joven
crítico.
Éste se ruborizó y pronunció algunas palabras incoherentes.
--Dejadlo, dejadlo con su dolor á solas--dijo Miguel, que se hallaba en
el grupo.--Desde que los personajes de las comedias y novelas no toman
resoluciones está desesperado.
El drama terminó á las once, con grande y mal disimulada satisfacción de
todos y cada uno de los circunstantes. Durante el último acto, las niñas
bostezaban de un modo angelical; los caballeros se hacían guíños
expresivos en las barbas del mismo Gómez. ¡Entonces sí que estalló un
aplauso nutrido y prolongado!: todos se deshacían en elogios y auguraban
de él maravillas. El poeta, cortado, ruboroso, temblando de los pies á
la cabeza, daba las gracias llevándose la mano al corazón, creyendo de
buena fe que su obra ya estaba salvada de las garras del público. No
sabía el mísero que muchos de los que le aplaudían le tenían aparejada
una silba estrepitosa para la noche del estreno, en venganza de aquellas
palmas arrancadas á la fuerza.
Pasaron después las señoras al gabinete, donde estaba servida la cena.
Los caballeros se colocaron detrás, y dió comienzo entre ambos sexos á
ese chisporroteo de frases insulsas y obligadas que constituye lo que
llaman encanto de los salones. En aquel momento, después del drama de
Gómez de la Floresta, no había palabra que no fuese ingeniosísima y que
no excitase la alegría de los tertulios. Algo, y no mentiríamos si
dijésemos mucho, contribuía á ello la perspectiva de la mesa bien
provista y aderazada, como obra al fin del tío Manolo.
Saavedra había estado toda la noche sentado detrás de Julia diciéndole
recaditos al oído, mientras Utrilla no lejos de ellos, y padeciendo como
si le estuviesen tostando en parrilla, los acribillaba á miradas,
proponiéndose llamar aparte á su rival y pedirle explicaciones tan
pronto como la ocasión se presentase. Ya sabemos que en esto de los
apartes era especialista. Digamos algunas palabras acerca del estado en
que las relaciones de Julita, su primo y el ex-cadete se hallaban.
D. Alfonso pasó algunos días en el Astillero con su tía y prima, y en
ellos se hicieron firmes sus amores con la última. Después se fué á
París á arreglar sus asuntos y venirse definitivamente á España. En los
primeros días de Septiembre, tornó en efecto á Madrid; mas no se alojó
en casa de la brigadiera. Motivos de delicadeza que expuso á Julia le
obligaron á ello. Mientras permaneció en París escribióle pocas cartas,
y éstas en términos corrientes de primo afectuoso más que de amante. El
orgullo de Julia le impidió pedirle explicaciones; mas á la vuelta él se
apresuró á dárselas anunciándole en términos oscuros que deseaba guardar
secretas por una corta temporada estas relaciones, á fin de arreglar sus
asuntos convenientemente y declararse á su familia tan pronto como lo
estuviesen y realizar la unión que tanto apetecía. Esta conducta
reservada y algo equívoca, lejos de enfriar á Julia, cada día la iba
haciendo más prisionera de su primo. El cual, fuera de las horas de
dormir, se pasaba en casa de su tía casi todas las del día. Allí comía á
menudo, y á menudo también las acompañaba al paseo ó al teatro. En
cuanto á nuestro bizarro cadete, su suerte no podía ser más desdichada.
Julita había roto con él toda clase de relaciones. Con tal motivo había
descaecido del tal modo, que inspiraba compasión: el color de amarillo
daba en verde: los huesos se le contaban á algunos pasos de distancia.
Sólo una cosa había crecido en su cuerpo, y era la nuez: ésta había
alcanzado proporciones realmente fantásticas.
Una de las veces que Miguel salió al pasillo, sintió que le tocaban en
el hombro. Era Utrilla.
--D. Miguel, quiero pedirle á usted un favor.
--Usted dirá, querido.
--Necesito que usted, en compañía de otro amigo, se encargue de desafiar
de mi parte á ese Sr. Saavedra, en este mismo momento. Pensaba hablarle
yo, pero estoy algo excitado y no quiero exponerme á dar un escándalo en
su casa.
Miguel quedó un instante suspenso, y al cabo dijo:
--Hombre, bien comprenderá usted que tratándose de un primo de mi
hermana, y siendo por ella el motivo del enojo, yo no debo mezclarme en
tal asunto... Pero por ser usted amigo mío muy querido, y porque deseo
evitar disgustos, haré por usted cuanto me sea posible. Es necesario,
sin embargo, que usted me prometa no dar un paso en este negocio y
dejarme la entera resolución de él.
--Lo prometo.
Miguel quería ganar tiempo y evitar al pobre muchacho un grave disgusto,
y también á su familia.
--Debo prevenirle--dijo después sonriendo--que Saavedra es uno de los
famosos tiradores de armas.
--No me importa--contestó Utrilla, haciendo un gesto digno de Roldán ó
de D. Quijote.
El hijo del brigadier le miró, asombrado de aquel valor ridículo y
heroico á la vez.
Al volver al salón, después de haber dado algunas órdenes á los criados,
topó casualmente con Filomena, que salía del tocador con una cajita de
polvos de arroz en la mano.
--Tenía deseos de encontrarla á usted para decirle así bajito, bajito,
que está usted preciosa, enloquecedora--dijo el infiel acercándose á
ella con sonrisa insinuante y metiéndole la boca por el oído.
--¡Vamos, cállese usted, mala persona! Teniendo una mujer tan joven y
tan graciosa, ¿se atreve usted á requebrar á las muchachas?
Se puso repentinamente serio; mas volviendo en sí inmediatamente,
contestó riendo:
--La bendición del cura no ha podido privarme de mis cualidades innatas,
y una de ellas es el sentimiento de la belleza.
--Todos ustedes son lo mismo; ¡el arte! ¡la belleza! Palabrotas con que
pretenden disfrazar su poca vergüenza.
--Gracias, Filo, por haber hablado en plural, al menos. Conste de todos
modos que me reservo el derecho de admirar á usted.
La chica alzó los hombros é hizo con los labios una mueca desdeñosa, y
cogiendo repentinamente la brocha de los polvos se la pasó por la cara.
--¡Alto, alto!--dijo Miguel, reteniéndola por un brazo.--No se me escapa
usted sin limpiarme.
--¡A que se figura usted que no tengo valor para hacerlo!-respondió
dirigiéndole una sonrisa provocativa.
Y sin más aguardar, se puso á limpiarle con su pañuelo.
Los ojos de Miguel brillaron de un modo singular, y aprovechando lo
cerca que tenía de los labios la cabeza de la chica, inclinóse
rápidamente y los puso sobre su frente. Filomena la alzó con no menos
presteza, y clavándole una mirada entre severa y maliciosa, dijo:
--¡Cuidadito, eh!
Cuando terminó, dijo Miguel:
--En pago de esta buena acción, la voy á conducir del brazo al salón.
La joven lo tomó sin decir palabra. Después del beso se había puesto
seria.
Cuando entraron, todo el mundo estaba ya en él. Maximina, que estaba
sentada en un diván hablando con Saavedra, los miró con una mezcla de
asombro y desolación, que hubiera conmovido á Miguel si se hubiera
percatado.
Una joven se había sentado al piano y preludiaba los primeros compases
de un vals. El tío Manolo vino muy atento á invitar á Maximina, quien se
dejó arrastrar por él al baile. Entonces Miguel, después de vacilar un
instante (ó por remordimiento ó porque sabía lo celosa que su mujer
estaba de Filomena), concluyó por invitar á ésta á bailar.
--Bailas muy bien, sobrina--dijo el tío Manolo, deteniéndose un momento
á descansar.--¿Quién te ha enseñado?
--Miguel.
--No me sorprende: siempre ha sido Miguelito un famoso bailarín.
Bien lo veía, y á su pesar, la pobre Maximina, pues su marido pasó
delante de ellos sin tocar apenas el suelo, llevando entre los brazos la
liviana carga de Filomena. La niña no los perdió de vista un punto.
Cuando cruzaron otra vez por delante de ella, fué del brazo y paseando.
Miguel la dirigió una sonrisa, á la cual respondió con otra forzada.
--¿Qué tal mi mujer, tío?
--¡Magistral! Ni la Lola Montes.
--Bien lo veo; le ha convertido á usted en regadera.
En efecto, gruesas gotas de sudor le corrían al buen caballero por la
frente, y allí se apresuraba á detenerlas con el pañuelo. Si hiciesen
irrupción en las patillas, Dios sabe los sedimentos y las tierras que
consigo arrastrarían.
Maximina, no obstante, se cansó pronto y manifestó deseos de sentarse.
En cuanto lo hizo, Saavedra vino á colocarse á su lado. El tío Manolo se
fué á invitar á otra joven.
Desde el comienzo de la reunión los ojos del caballero andaluz se habían
clavado persistentes en Maximina y habían expresado con ligero temblor y
cierre de los párpados absoluta aprobación. D. Alfonso era un
inteligentísimo catador del sexo femenino. No se dejaba fascinar ni por
el brillo, ni por la originalidad rebuscada, ni por los afeites:
apetecía en la mujer la belleza y la gracia verdaderas, el atractivo
inocente y la frescura. Como todo el que cultiva largos años con amor un
arte cualquiera, había concluído por odiar lo que oliese de una legua á
afectación, y prosternarse únicamente ante lo sencillo: el trato de las
coquetas le divertía, pero no le subyugaba. Así que Maximina siempre le
había sido extremadamente simpática, y lo había manifestado más de una
vez en casa de su tía: decía de ella que su modestia é inocencia no eran
de estos tiempos, sino del siglo de oro. En cierta ocasión que le había
dirigido un requiebro embozado delante de la brigadiera y Julia, la niña
se puso tan colorada, que don Alfonso determinó no volver á hacerlo, por
temor de que se sospechase que la festejaba.
Aquella noche le había dado más golpe que nunca. Como ordinariamente
Maximina no cuidaba mucho del adorno de su persona, la elegancia que á
la sazón desplegaba le prestaba notable realce. El caballero andaluz,
con la osadía sin límites que le caracterizaba, se propuso emprender una
migajita de galanteo, sin consecuencias, por supuesto. Era demasiado
experto para no comprender que en aquel caso se debía desechar la
táctica habitual por inútil y comprometida. Nada de flores y requiebros;
de miradas significativas, menos. Plática corriente y familiar acerca
del baile, de los preparativos que la niña había tenido que hacer;
preguntas y más preguntas, cuidando de repetir muchas veces su nombre,
pues D. Alfonso tenía experimentado que á toda mujer le gusta esa
repetición.
Maximina respondía con amabilidad, pero en pocas palabras. Había en su
rostro cierta expresión distraída que disgustó al tenorio andaluz y un
poco le descompuso. En vez de mantenerse firme en la actitud propuesta,
se dejó deslizar y llegó pronto á dar señales del interés que le
inspiraba.
Mientras tanto Miguel, después de llegarse á dos ó tres señoras y
conversar breves momentos, tornó á colocarse al lado de Filomena. Ésta
le recibió con mirada entre severa y burlona.
--¿Á qué viene usted aquí?... Márchese usted.
--Á contar los lunares que usted tiene en la mejilla izquierda: los de
la derecha ya he averiguado que son siete, distribuídos con arreglo á
los preceptos del arte.
--¡Ah! ¿Viene usted á insultarme?
--¿En qué crónica ha leído usted que un Rivera haya insultado jamás á
una Losilla?
--Nunca hasta ahora; pero en los siglos venideros se sabrá que un Rivera
ha tenido la descortesía de decir á una Losilla que trae lunares
postizos.
--¡Vive Dios, que mentirá el cronista que tal refiera! El Rivera ha
dicho, y resuelto está á mantenerlo con las armas en la mano, que la
Losilla tiene hermosos lunares en su rostro, y que ellos son tales y de
tal guisa derramados, que el más sutil artífice no los esparciría con
más primor.
--Dejémonos de fablas. Lo importante aquí es que yo no quiero que usted
se acerque á mí y tome ese aspecto de seductor aburrido, ¿lo oye usted?
La gente se va á figurar que me está usted haciendo el amor.
--Bien; no le haré á usted el amor. ¿Qué quiere usted que le haga
entonces?
Filomena volvió á lanzarle otra mirada de falsa cólera.
--¡Qué gracioso! ¿Sabe usted, Sr. de Rivera, que á pesar de su audacia,
se me figura usted una criatura que quiere sacar los pies de las
alforjas?
Miguel sonrió sin acortarse.
Maximina, allá enfrente, les dirigía frecuentes y tímidas ojeadas.
Mientras tanto Julia, que muy pronto había observado la atención
persistente que su cuñada merecía á Saavedra y el empeño que mostraba en
conversar con ella, estaba irritada y nerviosa hasta salírsele el enojo
á la cara. Había procurado, en vano, con una llamada no muy oportuna
traerle á su lado. Viéndose defraudada y humillada, ciega por los celos
y ansiando vengarse, comenzó á coquetear de lo lindo con Utrilla. ¡Oh
venturoso cadete, y quién había de decirte que en un momento habías de
pasar de aquellos tormentos irresistibles á la cima de toda dicha y
bienandanza! Porque tan pronto como Julita y él se acercaron, fué como
si se tocasen los polos de la electricidad negativa y positiva. El amor
estalló á la vista de todo el mundo. Julita sonreía, se ruborizaba,
hablaba por los codos, le daba el abanico, y los guantes, y las flores
del pecho, y se lo comía con los ojos; lo cual no era parte para que
con el rabillo echase de vez en cuando á su primo y cuñada miradas como
centellas.
Maximina procuraba con todas las fuerzas de su alma adivinar lo que su
esposo decía á Filomena. La gravedad afectada con que ambos hablaban no
la tranquilizaba. Sabía, por experiencia, que Miguel solía adoptar un
continente serio para decir á aquella muchacha cualquier picardía que le
viniese á la boca.
--¿No se acuerda usted nada de Pasajes?--le decía Saavedra en tanto.
--Un poco, sí, señor; pero aquí me encuentro muy bien.
--¿Cuántos meses hace que se ha casado usted?
--Hará nueve el cuatro del que viene.
D. Alfonso guardó silencio unos instantes y pareció reflexionar; al cabo
dijo tristemente:
--¡Cuántas veces habré cruzado por Pasajes y habré visto aquellas
casitas tendidas por las orillas de la bahía, sin que jamás se me
hubiese ocurrido entrar en él!
--No ha perdido usted mucho. Todo el mundo dice que es un pueblo muy
feo. Exceptuando la iglesia, que es bastante buena, la casa de D.
Joaquín, la de Arregui y algunas en el Ancho, lo demás vale muy poco.
--Hoy, desde luego, no debe de valer nada; pero antes...
Maximina le miró sorprendida.
--Antes, menos que ahora: las mejoras que se hicieron son de cinco ó
seis años á esta parte.
--Antes valía infinitamente más, porque estaba usted allí.
--¡Jesús! ¿Qué importa que yo esté allí ó deje de estar?--exclamó
inocentemente la niña.
--Porque usted, aquí, y allí, y donde quiera que esté--repuso el
caballero, picado por la indiferencia ingenua, sin asomo de coquetería,
de la joven esposa,--será siempre un objeto precioso digno de llamar la
atención de todos. Y lo que la hace más preciosa aún y más digna de
admiración, es que usted no tiene remota idea siquiera de lo que vale;
es usted una flor hermosa, fresca, aromática, que no sabe nada de sí
misma...
Maximina no había oído estas últimas palabras. Sorprendiendo una mirada
intensa de su marido á Filomena, no sabemos qué debió ver en ella, que
la heló de espanto. Quedóse pálida como la cera, y acometida súbito de
una idea que entonces juzgó salvadora, se levantó sin contestar á
Saavedra, y dirigiéndose á Filomena, le dijo con voz ronca, esforzándose
por sonreir:
--Filomena; ¿quiere usted ver aquella puntilla de que le hablé ayer?
Miguel y Filomena levantaron la cabeza sorprendidos. Miguel más
avergonzado aún que sorprendido.
--Con mucho gusto, querida--dijo la joven.
Maximina echó á andar en dirección á la puerta. Filomena se entretuvo un
instante á contestar á la última broma de Rivera.
--¿Viene usted, sí ó no?--dijo la niña parándose en medio del salón y
lanzándole una mirada cargada de odio.
Jamás había visto Miguel en los ojos de su esposa aquella expresión, ni
sospechaba tal energía en su voz.
--Voy, voy, Maximina--dijo la joven apresurándose á levantarse.
Y haciendo al mismo tiempo una mueca á Miguel, le dijo por lo bajo:
--¿Lo ve usted? Su mujer está ya celosa.
Miguel las miró salir, no sin algún sobresalto.
Saavedra, al ver levantarse á su pareja tan inopinadamente y con tal
menoscabo de su fama de seductor, había fruncido la frente y se había
mordido los labios con ira. Julia, que á pesar de hallarse embebida, al
parecer, en la conversación con el cadete, no había perdido un solo
pormenor de esta escena, lanzó una carcajada estridente. El caballero le
dirigió una mirada atravesada y maligna, cuyo alcance estaba ella muy
lejos de sospechar entonces.
El sarao terminó cuando el señor de Ramírez, sacando el reloj, anunció
en alta voz que eran las dos y media de la madrugada. Varias mamás se
levantaron como movidas por un resorte. Las niñas imitaron perezosamente
su ejemplo. Formóse un grupo muy grande en medio del salón. Oyéronse
adioses sin cuento, ruido de besos y carcajadas femeninas. Á la puerta
de la escalera los jóvenes esposos despedían á sus tertulios ayudándoles
con los criados á ponerse el abrigo y recibiendo de ellos las gracias y
la enhorabuena. Después todo quedó en silencio.
Los jóvenes se volvieron al salón. Maximina se hallaba extremadamente
pálida, según pudo percibir su marido con el rabillo del ojo. También
notó que se dejó caer sentada en un sofá. Él, haciéndose el distraído,
bajó la luz de los quinqués que ardían sobre la chimenea, y colocó
algunos muebles en su sitio. Al volverse una de las veces vió á su
esposa de bruces sobre uno de los almohadones en actitud de sollozar. Se
dirigió á ella y le dijo manifestando sorpresa:
--¿Lloras?
La niña no contestó.
--¿Por qué lloras?--añadió con frialdad cruel.
Tampoco contestó Maximina. Miguel esperó un instante en pie: después se
sentó en el otro extremo del sofá. Las luces de las arañas ardían
silenciosamente. No se oían más ruidos que los que los criados hacían
allá en el comedor y la cocina. Percibíase en el salón un penetrante
olor, producto de todos los perfumes que las damás habían traído
consigo. El hijo del brigadier Rivera, con el cuerpo doblado hacia
adelante y los codos apoyados en las rodillas, jugaba con un guante. Al
cabo de prolongado silencio ella exclamó entre sollozos:
--¡Madre mía, qué desgraciada soy!
El rostro de él se contrajo violentamente con expresión colérica.
Después de un rato, haciendo esfuerzos por dulcificar la voz, pero
saliendo con todo áspera en demasía, dijo:
--Lo ignoraba en absoluto. No pensaba que fuese tan mal marido.
--No, Miguel, no--se apresuró ella á decir;--eres muy bueno para mí;
pero hoy me has atormentado mucho... acaso sin saberlo.
Miguel dejó escapar una risita irónica.
--No soy yo quien te atormenta: eres tú misma. Te empeñas en ver
visiones, te pones loca y cuando menos se puede imaginar, ¡zas! haces
una barbaridad... El paso que acabas de dar levantándote en actitud
airada á llamar á Filomena, y la dureza con que le has hablado, pudo
habernos comprometido á todos... Por fortuna, ella es una chica de
talento que ha sabido disimular...
--Sí, sí, disimula porque le conviene. ¡Ya lo creo que disimula!
--Vamos, no digas tonterías, Maximina.
--Digo lo que es verdad, lo que todo el mundo ha visto... Esa mujer te
quiere ó desea atormentarme. En toda la noche no ha dejado de echarme
miradas burlonas...
--¿Sabes que te pones muy ridícula con tus celos? ¿Por qué te había de
mirar Filomena de ese modo? Demasiado conoces su carácter, que siempre
está de broma, y que esa expresión jocosa es habitual en sus ojos.
--¡Defiéndela, hombre, defiéndela!--exclamó la niña con acento de
dolor.--¡Ella es la buena, la santa, la mujer de talento! ¡Yo soy la
tonta, la necia, la ridícula!
Miguel se levantó, echó una mirada colérica á su mujer, y alzando los
hombros con desprecio, exclamó:
--¡Qué estupidez!
Y se alejó lentamente en dirección al despacho. Al sentir los pasos de
su marido, Maximina levantó vivamente la cabeza, y gritó con suprema
angustia, los ojos bañados de lágrimas:
--¡Miguel! ¡Miguel!
Pero éste, sin volver siquiera la cabeza, respondió con afectado desdén:
--¡Vete á paseo!
Y entró en el despacho.
¡Necio Miguel! ¡cobarde Miguel! Pasarán los años, y cuando acudan á tu
memoria estas palabras, sentirás que se te desgarra el corazón y que las
lágrimas abrasan tus mejillas. Pero en aquel instante, agitado por la
cólera, no pensaba en su injusticia y crueldad, ni en el estrago que
podían causar en el alma sensible y delicada de su esposa. Sentóse
delante de la mesa, abrió un libro y se puso á leer; mas no logró
recobrar la calma. Al cabo de algunos minutos, la conciencia comenzó á
darle pinchazos; las letras se amontonaban delante de sus ojos sin poder
descifrar su sentido. Cerró el libro, se levantó y entró de nuevo en la
sala con un punzante deseo de reconciliación. Maximina ya no estaba
allí. Dirigióse al gabinete y la alcoba, y no la halló. Fué al comedor y
á las habitaciones interiores: tampoco. Preguntó á los criados, y éstos
no pudieron darle cuenta de ella. Entonces, imaginando que enojada se
había metido en cualquier escondite de la casa, se puso á registrarla
toda escrupulosamente. Mas, al pasar cerca de la puerta de la escalera,
quedó extático y mudo, con la consternación pintada en el semblante.
--¿Alguno de ustedes ha abierto la puerta?
--No, señorito; no nos hemos movido de aquí.
Pálido como un muerto, cogió el sombrero de copa que pendía de la percha
y bajó á saltos la escalera, que aún estaba iluminada. Halló al portero
disponiéndose á apagar.
--Remigio, ¿ha visto usted salir á mi mujer?
El portero, la portera y la madre de ésta le miraron con asombro.
Comprendiendo lo imprudente de aquella pregunta, añadió:
--Yo no sé si habrá ido á acompañar á mi madre y hermana hasta su casa.
Mamá se sentía mal y mi mujer no quería dejarla marcharse...
--Señorito, nosotros no podemos decirle á usted nada con seguridad. Han
salido muchas señoras... No pudimos distinguir.
--Hace poco--dijo una niña como de seis años--he visto salir á una
señora sola...
--Nosotros habíamos ido al patio á llevar algunos tiestos de la
escalera--manifestó la portera.
Miguel, sin más explicación, se lanzó á la puerta.
--Señorito, ¿va usted así? Va usted á coger una pulmonía.
En efecto, iba de frac. Deteniéndose y haciendo un gran esfuerzo sobre
sí mismo para aparecer tranquilo, repuso:
--Es verdad; hágame el favor de subir por mi abrigo.
Cuando se lo trajeron dijo, poniéndoselo:
--Muchas gracias; les ruego no cierren hasta que yo venga. No tardaré.
--Pierda cuidado, señorito; aquí estamos.
Una vez en la calle, no supo adónde dirigirse. El corazón le daba saltos
dentro del pecho; la ansiedad le turbaba por entero la inteligencia.
Después de vacilar algunos momentos, emprendió su camino por la plaza
del Ángel sin razón alguna para ello; pero tampoco la había para tomar
otra dirección. Apretó el paso cuanto pudo sin ver á nadie más que al
sereno allá en la esquina. Entró en la calle de Carretas y tampoco vió
más que un grupo de jóvenes que se retiraban disputando sobre
literatura. Al llegar á la Puerta del Sol, distinguió á lo lejos en la
acera de la Carrera de San Jerónimo el bulto de una mujer. Experimentó
una fuerte conmoción, y sin considerar que podían tomarle por un
malhechor, echó á correr en pos de ella. Era una _desgraciada_, que al
volverse para ver quién la seguía de aquel modo, encontró los ojos
atónitos, espantados, del joven.
--Oye, querido--le gritó con voz ronca.
Pero Miguel ya había huído desalado por la calle del Príncipe. Y de
repente se encontró otra vez en la plaza de Santa Ana. Entonces se
detuvo, y apretándose las sienes con las manos, exclamó con angustia y
en voz alta:
--¡Dios mío, qué me pasa!
Miró á todas partes con abatimiento, y no viendo á nadie, penetró en los
jardines del centro para llegar primero á su casa y pedir auxilio al
portero. Mas hete aquí que cuando ya estaba cerca de ella, ve sobre uno
de los bancos que allí hay, blanquear el vestido de una mujer. No tuvo
necesidad de dar muchos pasos para cerciorarse de que era la suya.
--¡Maximina, Maximina!
La niña, que sollozaba con la cabeza apoyada sobre el respaldo, la
levantó con viveza. Miguel la tomó por la mano, la levantó suavemente,
la obligó con la misma suavidad á apoyarse en su brazo, y salvó en
silencio la distancia que le separaba de su casa. Al entrar en el
portal, dijo con naturalidad, en alta voz:
--¿Por qué no me has avisado, mujer? ¡Buen susto me has dado!
Los porteros les saludaron.
--¿Podemos cerrar ya, señorito?
--Cuando ustedes quieran.
Subieron la escalera con el mismo silencio: entraron en casa, y después
de haber dado las órdenes oportunas para que todas las luces se
apagasen, Miguel condujo á su mujer hasta la alcoba; echó el cerrojo á
la puerta, y dirigiéndose á la niña, que le miraba llena de espanto y
zozobra, la obligó á sentarse en una silla. Después, arrodillándose á
sus pies y besando sus manos con efusión, le dijo:
--Perdóname.
--¡Oh, no, Miguel!--gritó ella en el colmo de la confusión y la
vergüenza, haciendo esfuerzos desesperados por arrodillarse y levantar á
su esposo.--¡No me avergüences, por Dios! Yo soy, yo soy la que debe
pedirte perdón por la atrocidad que acabo de hacer, por el disgusto que
te he dado... ¡Suéltame! ¡Suéltame!... ¿Me perdonas?... Estaba loca,
loca rematada... Pensé que no me querías ya, y se me amontonó el
juicio... Quería morir á todo trance.
--¡Quieta, quieta!--repuso él sujetándola con fuerza.--Mañana haz lo que
quieras. Hoy me toca á mí pedirte perdón y jurarte por Dios que ni con
la chica de arriba, ni con otra alguna, te daré más celos en lo que me
resta de vida.
Y es fama que cumplió su juramento.
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