Sin embargo, el mérito de haber dado expresión científica a estas
aplicaciones lógicas del experimentalismo científico en el terreno
de la economía social, aunque envuelta en un fárrago de detalles
técnicos y de fórmulas en apariencia dogmáticas --como por otra
parte ocurre en los _Primeros Principios_ de Spencer en que los
luminosos párrafos sobre la _evolución_ están envueltos por la
niebla de las abstracciones sobre el tiempo, el espacio, lo
incognoscible, etc.-- pertenece a Carlos Marx. Y su obra científica
ahogada hasta hace pocos años por una especie de conspiración
del silencio de parte de la ciencia ortodoxa, resplandece ahora
con luz inextinguible y lo coloca incontestablemente junto a
Carlos Darwin y Heriberto Spencer, completando la trinidad de
la revolución científica que agita en los extremecimientos de
una nueva primavera intelectual, el pensamiento civil de la
segunda mitad del siglo XIX.
Son especialmente tres las ideas geniales con que Carlos Marx
completaba la revolución {157} provocada por la ciencia positiva
en el terreno de la economía política.
El descubrimiento de la ley de la _supervalía_, en que, sin embargo,
prevalece un carácter técnico --como explicación positiva de la
acumulación de la propiedad privada desligada del trabajo--, sobre
lo que no hay que insistir, pues se ha dado una idea elemental en
las páginas anteriores.
Las otras dos teorías marxistas, son de mucho mayor interés para
nuestras observaciones generales sobre el socialismo científico,
porque dan verdaderamente la clave segura e infalible de todos los
secretos de la vida social.
Aludo a la idea expresada desde 1859 en la _Crítica de la economía
política_, de que el fenómeno económico es la base y la condición
de toda manifestación humana y social; y que por lo tanto, la moral,
el derecho, la política no son más que fenómenos derivados del
factor económico, según las condiciones de cada pueblo en cada
fase de la historia y en cada zona de la Tierra.
Y esta idea, que responde a la gran ley biológica por la cual la
función es determinada por el órgano y por la que cada hombre es
tal como resulta de las condiciones innatas y adquiridas {158} de
su organismo fisiológico, viviendo en un ambiente dado, así como
puede darse una extensión verdaderamente biológica a la famosa frase
«dime como comes y te diré quien eres» --esta idea genial que
realmente desarrolla ante nuestros ojos el grandioso drama de la
vida humana, no ya como la caprichosa sucesión de los grandes
hombres en el escenario del teatro social, sino como la resultante
de las condiciones económicas de cada pueblo-- ha sido, después de
algunas aplicaciones parciales de Thorold Rogers, tan poderosamente
explicada por Aquiles Soria que creo inútil agregarle nada mío.
Una sola idea creo necesaria para completar esa teoría marxista, como
ya lo sostuve en la primera edición de _Socialismo y criminalidad_.
Esa teoría irrefutable tiene que ser despojada de esa especie de
dogmatismo unilateral que ha venido asumiendo en Marx y más aún
en Soria.
Es cierto que todo fenómeno e institución social, moral, jurídica
o política, no es más que la repercusión del fenómeno y de las
condiciones económicas en cada momento del ambiente físico e
histórico.
Pero por la ley de causalidad natural, por la cual todo efecto es
siempre la resultante de muchas causas enlazadas y nó de una sola,
y todo {159} efecto se convierte a su vez en causa de otros
fenómenos, es necesario completar esa forma demasiado esquemática
de una idea verdadera.
Como todas las manifestaciones psíquicas del individuo son la
resultante de sus condiciones orgánicas (temperamento) y del
ambiente en que vive, así todas las manifestaciones sociales de
un pueblo --morales, jurídicas, políticas--, son la resultante
de sus condiciones orgánicas (raza) y del ambiente, en cuanto
éstas determinan una organización económica dada, que es la base
física de la vida.
Pero como en seguida y a su vez las resultantes condiciones
psíquicas del individuo, influyen aunque con menor eficacia
--de efecto convertido en causa-- sobre sus condiciones orgánicas
y sobre el éxito de su lucha por la vida, así también las
instituciones morales, jurídicas y políticas, a su vez, de efecto
se convierten en causa, (no existiendo para la ciencia positiva
ninguna diferencia _substancial_ entre causa y efecto, sino en
que el efecto es subsiguiente constante de un fenómeno dado, y
la causa es su precedente constante) y por lo tanto reaccionan
con mucha menor eficacia sobre las condiciones económicas.
Por ejemplo, un individuo que sepa de higiene, puede influir
sobre las imperfecciones de su {160} aparato digestivo, pero
siempre dentro de los límites muy restringidos de su potencialidad
orgánica --como un descubrimiento científico o una ley electoral
puede influir sobre la industria o sobre las condiciones del
trabajo, pero dentro de las líneas de la organización económica
fundamental--. Así, las instituciones morales, jurídicas, políticas,
determinan efectos bastante mayores en las relaciones de las varias
categorías de la clase detentadora del poder económico (capitalistas,
industriales y propietarios territoriales), que en las relaciones
de los capitalista-propietarios por una parte y los trabajadores
por otra.
De todas maneras --y enviando al sugestivo libro de Soria al lector
que quiera ver cómo, con esa ley marxista, se explican positivamente
todos los fenómenos, desde los mínimos hasta los grandiosos, de la
vida social--, me basta por ahora con haberla recordado aquí, porque
ella es verdaderamente la teoría sociológica más positiva, más
fecunda, más genial que se haya presentado nunca, y por la cual,
repito, tanto la historia social en sus más grandiosos dramas,
cuanto la historia individual en sus episodios más nimios, obtienen
una explicación positiva, fisiológica, experimental --en pleno
acuerdo con la orientación, que fue llamada materialista, del
pensamiento científico moderno--.
{161} La historia humana tuvo dos explicaciones unilaterales y por
lo tanto incompletas aunque positivas y científicas --fuera de
las anticientíficas del libre albedrío o de la providencia divina--
y son el _determinismo telúrico_ sostenido desde Montesquieu hasta
Buckle y Metschnikoff, y el _determinismo antropológico_, sostenido
por todos los etnólogos que limitaron a los caracteres orgánicos
y psíquicos de raza la razón histórica de los acontecimientos.
Carlos Marx con el _determinismo económico_ resume y completa
las dos teorías haciéndolas verdaderamente psicológicas.
Las condiciones económicas --que son la resultante de las
energías y aptitudes _étnicas_ operando en un ambiente _telúrico_
dado-- son la base determinante de todas las demás manifestaciones
--moral, jurídica, política-- en la existencia humana, individual
y social.
Tal es la genial teoría marxista, positiva y científica si las
hay, apoyada como está por las más seguras indagaciones de la
geología y de la biología, de la psicología y de la sociología.
Sólo por medio de ella pueden los filósofos del derecho y los
sociólogos, determinar la verdadera naturaleza y las funciones
del _Estado_, el cual, no siendo otra cosa que «la _Sociedad_
{162} jurídica y políticamente organizada», no es evidentemente
sino el brazo secular de que dispone la clase detentadora del
poder económico --y por lo tanto del poder político, jurídico
y administrativo--, para conservar y ceder lo menos y lo más
tarde posible sus propios privilegios.
* * *
La otra teoría sociológica con que Carlos Marx ha enrarecido
realmente las tinieblas que hasta ahora obscurecían el cielo de
las aspiraciones socialista --que, sin embargo, por el solo hecho
de su existencia secular tienen la confirmación de responder
instintivamente a la verdad de las cosas-- y ha dado al socialismo
científico la brújula política para orientarse con plena seguridad
en el debate de la vida diaria: es la ley histórica de la _lucha
de clase_.
Una vez establecido que las condiciones económicas de los grupos
sociales como de los individuos son el fundamento determinante de
cualquier otra de sus manifestaciones morales, jurídicas, políticas;
es evidente que cualquier grupo social como cualquier individuo
será empujado a obrar según su utilidad económica, porque tal es
la base física de la vida y las condiciones de cualquier otra
existencia; y por lo tanto es evidente que, en el orden político,
toda clase social {163} será empujada a hacer leyes, a establecer
instituciones, a consagrar costumbres y creencias que respondan a
su utilidad directa o indirecta.
Leyes, instituciones, creencias que después, por transmisión
hereditaria y por tradición, velan y esconden su origen económico,
y son por lo tanto, muy a menudo, sostenidas y defendidas por
juristas y filósofos, o también por profanos, como verdad
existente por sí misma, sin apercibir su fuente real; pero
no deja de ser esa la única explicación positiva de esas leyes,
instituciones y creencias. Y ahí justamente reside la potencia
genial de la mirada de Carlos Marx.
Y ya que, en el mundo moderno, las clases son clara y substancialmente
dos, a pesar de sus variedades accesorias --de un lado los
_trabajadores_ de cualquier categoría a que pertenezcan, y del
otro los propietarios _no trabajadores_-- en las conclusiones
prácticas y en la disciplina política, la teoría socialista de
Carlos Marx lleva a este resultado evidente: que así como los
partidos políticos no son más que el eco y el portavoz de los
intereses de clase, así también por más variedades superficiales
o metódicas que puedan existir, los partidos políticos no pueden
ser substancialmente más que dos: el partido socialista de los
trabajadores y el partido individualista de la {164} clase
detentadora de la tierra y de los demás medios de producción.
Las diferencias del monopolio económico pueden determinar cierta
diversidad de _colores_ políticos: y he dicho siempre que los
grandes propietarios de la tierra, por ejemplo, representan las
tendencias conservadoras del _inmovilismo_ político, mientras
que los detentadores del capital mueble o industrial representan
a menudo el partido progresista, naturalmente llevado a las
pequeñas innovaciones de forma y superficie, mientras que los
detentadores sólo del capital intelectual, profesionales libres
y sus similares, pueden también llegar hasta el radicalismo político.
Pero en la substancia vital de las cosas, es decir en la cuestión
económica de la propiedad, conservadores, progresistas, radicales,
todos son individualistas, carne y médula de la misma clase social,
y por lo tanto están substancialmente divididos, a pesar de las
simpatías sentimentales pero poco concluyentes, de la clase de los
trabajadores y de aquellos que, aun perteneciendo por su cuna _á la
otra orilla_, explícitamente abrazan y defienden el programa político
que responde necesariamente a la primordial e imprescindible
necesidad económica, esto es, la socialización de la tierra y de los
medios de producción, {165} con todas las innumerables y radicales
transformaciones morales, jurídicas y políticas, que determinará
naturalmente en el mundo social.
Y he ahí, por consiguiente, cómo la vida política contemporánea
no puede sino degenerar en el bizantinismo más estéril o en el
comercialismo más corrompido, desde que se limita a las batallas
superficiales de los partidos individualistas, divididos hoy,
solamente, por el calor y la etiqueta formulista, pero de tal modo
confusos en sus ideas que a menudo se ven radicales y progresistas
menos modernos en las ideas sociales que muchos conservadores.
Sólo con la presentación y el fortalecimiento del partido
socialista, es que la vida política se reavivará y saneará,
porque --desaparecidas de la escena política las figuras
históricas de los patriotas y las razones personales de
discusión entre los representantes de las varias gradaciones
políticas-- será inevitable la formación de ese conglomerado
de los partidos individualistas que anuncié en el parlamento
italiano en la sesión del 20 de Diciembre de 1893, y cuyos
síntomas de formación aumentan cada día.
Y el duelo histórico se empeñará entonces, y la lucha de clase
desplegará entonces también, en el terreno político, su benéfica
influencia, no {166} en el sentido mezquino de los pujilatos o
de los ultrajes, de los rencores o de las violencias personales,
sino en el significado grandioso de un drama social que con toda
el alma deseamos tenga por la adelantada civilización y cultura,
un desenlace sin convulsiones sangrientas, pero que de todos
modos está establecido ya por la fatalidad histórica y no es
dado ni a nosotros ni a nadie, impedirlo o retardarlo.
Como se ve, estas ideas del socialismo político llevan a esa
misma _tolerancia personal_ unida a la _intransigencia en las
ideas_ que es, también, efecto de la psicología positiva en el
campo filosófico, y por las cuales, mientras podemos tener la
mayor simpatía personal por este o aquel representante de la
fracción radical del partido individualista (como, por otra
parte, para cualquier representante honesto y sincero de cualquier
opinión científica, religiosa o política), debemos sin embargo
reconocer absolutamente que ante el socialismo no existen los
llamados «partidos afines». O de este lado o del otro --o
individualistas o socialistas-- no hay camino del medio; y
he tenido que convencerme cada vez más de que la única táctica
útil para la formación de un partido socialista vital, es
justamente esa intransigencia de las ideas y ese {167} rechazo
de cualquiera de las llamadas «alianzas» con los partidos afines,
los que no pueden representar para el socialismo otra cosa que
una «falsa placenta» para un feto no viable.
Conservadores y socialistas son productos naturales del carácter
individual y del ambiente social, porque se nace conservador o
innovador, como se nace pintor o cirujano. Por consiguiente, los
socialistas no tienen ningún desprecio ni rencor hacia los
representantes sinceros de cualquier fracción del partido
conservador, aunque combatan a todo trance sus ideas. Si algún
socialista cae en la intolerancia o en el _ultraje_ personal,
es víctima de la emoción momentánea o de un temperamento poco
equilibrado y sereno; y por lo tanto es muy excusable.
Lo que provoca sonrisa de compasión, es ver a ciertos conservadores
«jóvenes de años pero viejos de pensamiento» --porque el
conservatismo de los jóvenes, si no es cálculo de ganancia, es
indicio de anemia psíquica-- tomando cierto aire de suficiencia
y casi de compasión hacia los socialistas conservadores cuando
más, como «extraviados», sin advertir que si es normal que los
viejos sean conservadores, los conservadores jóvenes, salvo pocas
excepciones, no son más que _egoístas_ temerosos de perder las
ociosas {168} conveniencias de la vida en que han nacido, o las
comodidades de grey ortodoxa. Es decir que son, si no microcéfalos,
seguramente _microcardíacos_. El socialista, entretanto, que tiene
todo que perder y nada que ganar sosteniendo abiertamente sus
ideas, puede oponerles toda la superioridad de su altruismo
desinteresado, máxime cuando, nacido de clase aristocrática o
burguesa, se aparta de las lisonjas de la vida brillante y ociosa,
para defender la causa de los miserables y de los oprimidos.
¡Pero --se dice-- estos «socialistas burgueses» lo hacen por amor
a la popularidad! Extraño egoísmo, de todas maneras el de aquél
que al «individualismo burgués» de los estipendios y de las súbitas
ganancias, prefiere el «idealismo socialista» de la simpatía
popular, aun cuando ésta no le faltara después por otros caminos
y con otros medios que lo comprometieran menos ante la clase que
está en el poder.
De todos modos deseamos que cuando la burguesía tenga que ceder
el poder económico y por lo tanto político, para que vaya a
beneficio de todos en la nueva organización social --y vencedores
y vencidos, como decía muy bien Berenini, se hagan verdaderamente
humanos, sin distinciones de clase en la común seguridad de {169}
una vida digna de criaturas humanas-- deseamos, decía, que al ceder
el poder, la burguesía dé pruebas de esa dignidad y respetabilidad
de que ha dado y da la aristocracia en su despojo repentino como
clase, obra de la misma burguesía triunfante con la Revolución
Francesa.
De todas maneras, esta verdad substancial del socialismo marxista
y su perfecta e íntima correspondencia con las inducciones más
seguras de la ciencia positiva, explican hasta la saciedad los
progresos inmensos, no sólo del proselitismo --que también podría
ser el efecto puramente negativo de una incomunidad material y
moral hecha aguda en un período de crisis social-- sino sobre
todo en la concorde unidad de disciplina y en la solidaridad
consciente que en su manifestación universal y periódica del 1º
de Mayo, presenta una grandiosidad de fenómeno moral cuyo parangón
no se nos ofrece en la historia humana, si se exceptúa el movimiento
del primitivo cristianismo que, sin embargo, tuvo un campo de
acción mucho más estrecho que el socialismo contemporáneo.
Y desde hoy --fuera de los conatos histéricos o inconscientes de
un regreso de la escéptica burguesía al misticismo como salvación
de la crisis material y moral del momento, justamente {170} como
la mujer licenciosa se hace devota a la vejez-- y desde hoy,
adversarios y partidarios están obligados a reconocer que el
socialismo representa hoy, como el cristianismo al derrumbarse el
mundo Romano, la única fuerza que devuelva a la vieja civilización
humana, la esperanza en un porvenir mejor, en nombre de una fe,
no ya nacida de los inconscientes ímpetus del sentimiento, sino
de la consciente seguridad de la ciencia positiva.
{171}