XIII. MARX COMPLETA A DARWIN Y SPENCER. CONSERVADORES Y SOCIALISTAS.

Sin embargo, el mérito de haber dado expresión científica a estas

aplicaciones lógicas del experimentalismo científico en el terreno

de la economía social, aunque envuelta en un fárrago de detalles

técnicos y de fórmulas en apariencia dogmáticas --como por otra

parte ocurre en los _Primeros Principios_ de Spencer en que los

luminosos párrafos sobre la _evolución_ están envueltos por la

niebla de las abstracciones sobre el tiempo, el espacio, lo

incognoscible, etc.-- pertenece a Carlos Marx. Y su obra científica

ahogada hasta hace pocos años por una especie de conspiración

del silencio de parte de la ciencia ortodoxa, resplandece ahora

con luz inextinguible y lo coloca incontestablemente junto a

Carlos Darwin y Heriberto Spencer, completando la trinidad de

la revolución científica que agita en los extremecimientos de

una nueva primavera intelectual, el pensamiento civil de la

segunda mitad del siglo XIX.

Son especialmente tres las ideas geniales con que Carlos Marx

completaba la revolución {157} provocada por la ciencia positiva

en el terreno de la economía política.

El descubrimiento de la ley de la _supervalía_, en que, sin embargo,

prevalece un carácter técnico --como explicación positiva de la

acumulación de la propiedad privada desligada del trabajo--, sobre

lo que no hay que insistir, pues se ha dado una idea elemental en

las páginas anteriores.

Las otras dos teorías marxistas, son de mucho mayor interés para

nuestras observaciones generales sobre el socialismo científico,

porque dan verdaderamente la clave segura e infalible de todos los

secretos de la vida social.

Aludo a la idea expresada desde 1859 en la _Crítica de la economía

política_, de que el fenómeno económico es la base y la condición

de toda manifestación humana y social; y que por lo tanto, la moral,

el derecho, la política no son más que fenómenos derivados del

factor económico, según las condiciones de cada pueblo en cada

fase de la historia y en cada zona de la Tierra.

Y esta idea, que responde a la gran ley biológica por la cual la

función es determinada por el órgano y por la que cada hombre es

tal como resulta de las condiciones innatas y adquiridas {158} de

su organismo fisiológico, viviendo en un ambiente dado, así como

puede darse una extensión verdaderamente biológica a la famosa frase

«dime como comes y te diré quien eres» --esta idea genial que

realmente desarrolla ante nuestros ojos el grandioso drama de la

vida humana, no ya como la caprichosa sucesión de los grandes

hombres en el escenario del teatro social, sino como la resultante

de las condiciones económicas de cada pueblo-- ha sido, después de

algunas aplicaciones parciales de Thorold Rogers, tan poderosamente

explicada por Aquiles Soria que creo inútil agregarle nada mío.

Una sola idea creo necesaria para completar esa teoría marxista, como

ya lo sostuve en la primera edición de _Socialismo y criminalidad_.

Esa teoría irrefutable tiene que ser despojada de esa especie de

dogmatismo unilateral que ha venido asumiendo en Marx y más aún

en Soria.

Es cierto que todo fenómeno e institución social, moral, jurídica

o política, no es más que la repercusión del fenómeno y de las

condiciones económicas en cada momento del ambiente físico e

histórico.

Pero por la ley de causalidad natural, por la cual todo efecto es

siempre la resultante de muchas causas enlazadas y nó de una sola,

y todo {159} efecto se convierte a su vez en causa de otros

fenómenos, es necesario completar esa forma demasiado esquemática

de una idea verdadera.

Como todas las manifestaciones psíquicas del individuo son la

resultante de sus condiciones orgánicas (temperamento) y del

ambiente en que vive, así todas las manifestaciones sociales de

un pueblo --morales, jurídicas, políticas--, son la resultante

de sus condiciones orgánicas (raza) y del ambiente, en cuanto

éstas determinan una organización económica dada, que es la base

física de la vida.

Pero como en seguida y a su vez las resultantes condiciones

psíquicas del individuo, influyen aunque con menor eficacia

--de efecto convertido en causa-- sobre sus condiciones orgánicas

y sobre el éxito de su lucha por la vida, así también las

instituciones morales, jurídicas y políticas, a su vez, de efecto

se convierten en causa, (no existiendo para la ciencia positiva

ninguna diferencia _substancial_ entre causa y efecto, sino en

que el efecto es subsiguiente constante de un fenómeno dado, y

la causa es su precedente constante) y por lo tanto reaccionan

con mucha menor eficacia sobre las condiciones económicas.

Por ejemplo, un individuo que sepa de higiene, puede influir

sobre las imperfecciones de su {160} aparato digestivo, pero

siempre dentro de los límites muy restringidos de su potencialidad

orgánica --como un descubrimiento científico o una ley electoral

puede influir sobre la industria o sobre las condiciones del

trabajo, pero dentro de las líneas de la organización económica

fundamental--. Así, las instituciones morales, jurídicas, políticas,

determinan efectos bastante mayores en las relaciones de las varias

categorías de la clase detentadora del poder económico (capitalistas,

industriales y propietarios territoriales), que en las relaciones

de los capitalista-propietarios por una parte y los trabajadores

por otra.

De todas maneras --y enviando al sugestivo libro de Soria al lector

que quiera ver cómo, con esa ley marxista, se explican positivamente

todos los fenómenos, desde los mínimos hasta los grandiosos, de la

vida social--, me basta por ahora con haberla recordado aquí, porque

ella es verdaderamente la teoría sociológica más positiva, más

fecunda, más genial que se haya presentado nunca, y por la cual,

repito, tanto la historia social en sus más grandiosos dramas,

cuanto la historia individual en sus episodios más nimios, obtienen

una explicación positiva, fisiológica, experimental --en pleno

acuerdo con la orientación, que fue llamada materialista, del

pensamiento científico moderno--.

{161} La historia humana tuvo dos explicaciones unilaterales y por

lo tanto incompletas aunque positivas y científicas --fuera de

las anticientíficas del libre albedrío o de la providencia divina--

y son el _determinismo telúrico_ sostenido desde Montesquieu hasta

Buckle y Metschnikoff, y el _determinismo antropológico_, sostenido

por todos los etnólogos que limitaron a los caracteres orgánicos

y psíquicos de raza la razón histórica de los acontecimientos.

Carlos Marx con el _determinismo económico_ resume y completa

las dos teorías haciéndolas verdaderamente psicológicas.

Las condiciones económicas --que son la resultante de las

energías y aptitudes _étnicas_ operando en un ambiente _telúrico_

dado-- son la base determinante de todas las demás manifestaciones

--moral, jurídica, política-- en la existencia humana, individual

y social.

Tal es la genial teoría marxista, positiva y científica si las

hay, apoyada como está por las más seguras indagaciones de la

geología y de la biología, de la psicología y de la sociología.

Sólo por medio de ella pueden los filósofos del derecho y los

sociólogos, determinar la verdadera naturaleza y las funciones

del _Estado_, el cual, no siendo otra cosa que «la _Sociedad_

{162} jurídica y políticamente organizada», no es evidentemente

sino el brazo secular de que dispone la clase detentadora del

poder económico --y por lo tanto del poder político, jurídico

y administrativo--, para conservar y ceder lo menos y lo más

tarde posible sus propios privilegios.

* * *

La otra teoría sociológica con que Carlos Marx ha enrarecido

realmente las tinieblas que hasta ahora obscurecían el cielo de

las aspiraciones socialista --que, sin embargo, por el solo hecho

de su existencia secular tienen la confirmación de responder

instintivamente a la verdad de las cosas-- y ha dado al socialismo

científico la brújula política para orientarse con plena seguridad

en el debate de la vida diaria: es la ley histórica de la _lucha

de clase_.

Una vez establecido que las condiciones económicas de los grupos

sociales como de los individuos son el fundamento determinante de

cualquier otra de sus manifestaciones morales, jurídicas, políticas;

es evidente que cualquier grupo social como cualquier individuo

será empujado a obrar según su utilidad económica, porque tal es

la base física de la vida y las condiciones de cualquier otra

existencia; y por lo tanto es evidente que, en el orden político,

toda clase social {163} será empujada a hacer leyes, a establecer

instituciones, a consagrar costumbres y creencias que respondan a

su utilidad directa o indirecta.

Leyes, instituciones, creencias que después, por transmisión

hereditaria y por tradición, velan y esconden su origen económico,

y son por lo tanto, muy a menudo, sostenidas y defendidas por

juristas y filósofos, o también por profanos, como verdad

existente por sí misma, sin apercibir su fuente real; pero

no deja de ser esa la única explicación positiva de esas leyes,

instituciones y creencias. Y ahí justamente reside la potencia

genial de la mirada de Carlos Marx.

Y ya que, en el mundo moderno, las clases son clara y substancialmente

dos, a pesar de sus variedades accesorias --de un lado los

_trabajadores_ de cualquier categoría a que pertenezcan, y del

otro los propietarios _no trabajadores_-- en las conclusiones

prácticas y en la disciplina política, la teoría socialista de

Carlos Marx lleva a este resultado evidente: que así como los

partidos políticos no son más que el eco y el portavoz de los

intereses de clase, así también por más variedades superficiales

o metódicas que puedan existir, los partidos políticos no pueden

ser substancialmente más que dos: el partido socialista de los

trabajadores y el partido individualista de la {164} clase

detentadora de la tierra y de los demás medios de producción.

Las diferencias del monopolio económico pueden determinar cierta

diversidad de _colores_ políticos: y he dicho siempre que los

grandes propietarios de la tierra, por ejemplo, representan las

tendencias conservadoras del _inmovilismo_ político, mientras

que los detentadores del capital mueble o industrial representan

a menudo el partido progresista, naturalmente llevado a las

pequeñas innovaciones de forma y superficie, mientras que los

detentadores sólo del capital intelectual, profesionales libres

y sus similares, pueden también llegar hasta el radicalismo político.

Pero en la substancia vital de las cosas, es decir en la cuestión

económica de la propiedad, conservadores, progresistas, radicales,

todos son individualistas, carne y médula de la misma clase social,

y por lo tanto están substancialmente divididos, a pesar de las

simpatías sentimentales pero poco concluyentes, de la clase de los

trabajadores y de aquellos que, aun perteneciendo por su cuna _á la

otra orilla_, explícitamente abrazan y defienden el programa político

que responde necesariamente a la primordial e imprescindible

necesidad económica, esto es, la socialización de la tierra y de los

medios de producción, {165} con todas las innumerables y radicales

transformaciones morales, jurídicas y políticas, que determinará

naturalmente en el mundo social.

Y he ahí, por consiguiente, cómo la vida política contemporánea

no puede sino degenerar en el bizantinismo más estéril o en el

comercialismo más corrompido, desde que se limita a las batallas

superficiales de los partidos individualistas, divididos hoy,

solamente, por el calor y la etiqueta formulista, pero de tal modo

confusos en sus ideas que a menudo se ven radicales y progresistas

menos modernos en las ideas sociales que muchos conservadores.

Sólo con la presentación y el fortalecimiento del partido

socialista, es que la vida política se reavivará y saneará,

porque --desaparecidas de la escena política las figuras

históricas de los patriotas y las razones personales de

discusión entre los representantes de las varias gradaciones

políticas-- será inevitable la formación de ese conglomerado

de los partidos individualistas que anuncié en el parlamento

italiano en la sesión del 20 de Diciembre de 1893, y cuyos

síntomas de formación aumentan cada día.

Y el duelo histórico se empeñará entonces, y la lucha de clase

desplegará entonces también, en el terreno político, su benéfica

influencia, no {166} en el sentido mezquino de los pujilatos o

de los ultrajes, de los rencores o de las violencias personales,

sino en el significado grandioso de un drama social que con toda

el alma deseamos tenga por la adelantada civilización y cultura,

un desenlace sin convulsiones sangrientas, pero que de todos

modos está establecido ya por la fatalidad histórica y no es

dado ni a nosotros ni a nadie, impedirlo o retardarlo.

Como se ve, estas ideas del socialismo político llevan a esa

misma _tolerancia personal_ unida a la _intransigencia en las

ideas_ que es, también, efecto de la psicología positiva en el

campo filosófico, y por las cuales, mientras podemos tener la

mayor simpatía personal por este o aquel representante de la

fracción radical del partido individualista (como, por otra

parte, para cualquier representante honesto y sincero de cualquier

opinión científica, religiosa o política), debemos sin embargo

reconocer absolutamente que ante el socialismo no existen los

llamados «partidos afines». O de este lado o del otro --o

individualistas o socialistas-- no hay camino del medio; y

he tenido que convencerme cada vez más de que la única táctica

útil para la formación de un partido socialista vital, es

justamente esa intransigencia de las ideas y ese {167} rechazo

de cualquiera de las llamadas «alianzas» con los partidos afines,

los que no pueden representar para el socialismo otra cosa que

una «falsa placenta» para un feto no viable.

Conservadores y socialistas son productos naturales del carácter

individual y del ambiente social, porque se nace conservador o

innovador, como se nace pintor o cirujano. Por consiguiente, los

socialistas no tienen ningún desprecio ni rencor hacia los

representantes sinceros de cualquier fracción del partido

conservador, aunque combatan a todo trance sus ideas. Si algún

socialista cae en la intolerancia o en el _ultraje_ personal,

es víctima de la emoción momentánea o de un temperamento poco

equilibrado y sereno; y por lo tanto es muy excusable.

Lo que provoca sonrisa de compasión, es ver a ciertos conservadores

«jóvenes de años pero viejos de pensamiento» --porque el

conservatismo de los jóvenes, si no es cálculo de ganancia, es

indicio de anemia psíquica-- tomando cierto aire de suficiencia

y casi de compasión hacia los socialistas conservadores cuando

más, como «extraviados», sin advertir que si es normal que los

viejos sean conservadores, los conservadores jóvenes, salvo pocas

excepciones, no son más que _egoístas_ temerosos de perder las

ociosas {168} conveniencias de la vida en que han nacido, o las

comodidades de grey ortodoxa. Es decir que son, si no microcéfalos,

seguramente _microcardíacos_. El socialista, entretanto, que tiene

todo que perder y nada que ganar sosteniendo abiertamente sus

ideas, puede oponerles toda la superioridad de su altruismo

desinteresado, máxime cuando, nacido de clase aristocrática o

burguesa, se aparta de las lisonjas de la vida brillante y ociosa,

para defender la causa de los miserables y de los oprimidos.

¡Pero --se dice-- estos «socialistas burgueses» lo hacen por amor

a la popularidad! Extraño egoísmo, de todas maneras el de aquél

que al «individualismo burgués» de los estipendios y de las súbitas

ganancias, prefiere el «idealismo socialista» de la simpatía

popular, aun cuando ésta no le faltara después por otros caminos

y con otros medios que lo comprometieran menos ante la clase que

está en el poder.

De todos modos deseamos que cuando la burguesía tenga que ceder

el poder económico y por lo tanto político, para que vaya a

beneficio de todos en la nueva organización social --y vencedores

y vencidos, como decía muy bien Berenini, se hagan verdaderamente

humanos, sin distinciones de clase en la común seguridad de {169}

una vida digna de criaturas humanas-- deseamos, decía, que al ceder

el poder, la burguesía dé pruebas de esa dignidad y respetabilidad

de que ha dado y da la aristocracia en su despojo repentino como

clase, obra de la misma burguesía triunfante con la Revolución

Francesa.

De todas maneras, esta verdad substancial del socialismo marxista

y su perfecta e íntima correspondencia con las inducciones más

seguras de la ciencia positiva, explican hasta la saciedad los

progresos inmensos, no sólo del proselitismo --que también podría

ser el efecto puramente negativo de una incomunidad material y

moral hecha aguda en un período de crisis social-- sino sobre

todo en la concorde unidad de disciplina y en la solidaridad

consciente que en su manifestación universal y periódica del 1º

de Mayo, presenta una grandiosidad de fenómeno moral cuyo parangón

no se nos ofrece en la historia humana, si se exceptúa el movimiento

del primitivo cristianismo que, sin embargo, tuvo un campo de

acción mucho más estrecho que el socialismo contemporáneo.

Y desde hoy --fuera de los conatos histéricos o inconscientes de

un regreso de la escéptica burguesía al misticismo como salvación

de la crisis material y moral del momento, justamente {170} como

la mujer licenciosa se hace devota a la vejez-- y desde hoy,

adversarios y partidarios están obligados a reconocer que el

socialismo representa hoy, como el cristianismo al derrumbarse el

mundo Romano, la única fuerza que devuelva a la vieja civilización

humana, la esperanza en un porvenir mejor, en nombre de una fe,

no ya nacida de los inconscientes ímpetus del sentimiento, sino

de la consciente seguridad de la ciencia positiva.

{171}

Socialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx) · 第 18 / 20 题