Fenómeno verdaderamente extraño en la historia del pensamiento,
después de la primera mitad del siglo XIX, fue el siguiente:
La profunda revolución científica determinada por el darwinismo y
el spencerismo había invadido, renovándolas con nueva juventud,
todas las ramas de las ciencias físicas, biológicas y psicológicas;
pero llegada al terreno de las ciencias sociales no había hecho más
que encrespar superficialmente las ondas del tranquilo lago ortodoxo
de la ciencia social por excelencia: la economía política.
Es verdad que por iniciativa de Augusto Comte --obscurecido en parte
por los nombres de Darwin y de Spencer, pero que indudablemente fue
uno de los cerebros más grandiosos y fecundos de nuestra época--,
es verdad que por su iniciativa se creó una ciencia nueva: la
sociología, {154} que hubiera debido ser con la historia natural de
las sociedades humanas, el glorioso coronamiento del nuevo edificio
científico levantado por el método experimental. Y no niego que la
sociología en la parte de pura anatomía descriptiva del organismo
social, haya traído grandes y fecundas novedades a la ciencia
contemporánea, ramificándose también en varias sociologías especiales,
uno de cuyos resultados más útiles y más vivos es la sociología
criminal, creada por la escuela positiva italiana.
Pero cuando se abordaba la cuestión político-social, la nueva
ciencia de la sociología era atacada por una especie de sueño
hipnótico, y permaneciendo suspendida en un limbo incoloro e
inodoro, permitía que los sociólogos fueran, tanto en economía
pública como en política, ya conservadores, ya radicales, según
su capricho y sus tendencias personales.
Y mientras la biología darwinista con el estudio de las relaciones
entre el individuo y la especie, y la misma sociología evolucionista,
al determinar en la sociedad humana los órganos y las funciones de
un verdadero organismo viviente, reducían al individuo, en el
organismo social a la proporción relativa de una célula en el
organismo animal, Heriberto Spencer se declaraba {155} anglicanamente
individualista, hasta el anarquismo teórico más absoluto.
Era por lo tanto inevitable una estagnación de la producción
científica de la sociología, después de las primeras observaciones
originales de anatomía social descriptiva y de historia natural
de las sociedades humanas. La sociología representaba así una
detención del desarrollo en el pensamiento científico experimental,
porque sus cultores, consciente e inconscientemente, se retraían
de las conclusiones lógicas y radicales que la revolución científica
moderna debía llevar inevitablemenle al campo social --que es el
que interesa más, si el positivismo quiere hacer la ciencia por
la vida, antes que detenerse en la formula onanista de la ciencia
por la ciencia--.
E1 fácil secreto de este fenómeno extraño, no sólo consiste, como
apuntaba Malagodi, en que la sociología se encuentra en el período
del _análisis_ científico, antes de llegar a la _síntesis_, sino
sobre todo en que las consecuencias lógicas del darwinismo y del
evolucionismo científico, aplicadas al estudio de la sociedad
humana, conducen inevitablemente al socialismo, como lo he
demostrado en estas páginas.
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