La segunda contradicción que se señala entre socialismo y darwinismo
es, que mientras por el darwinismo se demuestra cómo la inmensa mayoría
de los nacidos --entre las plantas, los animales, los hombres-- está
destinada a sucumbir, porque sólo una pequeña minoría queda vencedora
en la «lucha por la vida», por el socialismo se pretende al contrario
que todos triunfen de esa lucha y nadie sucumba en ella.
Varias son las respuestas que pueden darse.
La primera es que en el mismo campo biológico de la lucha por la vida,
la desproporción entre los individuos nacidos y los sobrevivientes va
atenuándose progresivamente según se pasa de los vegetales a los animales y de los animales al hombre.
Además, esa ley de desproporción decreciente entre «llamados» y
«elegidos» sirve también para las diversas especies de un mismo
orden natural.
En efecto, en el orden vegetal, cada individuo genera cada año un
número desmesurado de semillas, de las que sólo sobrevive una parte
{27} infinitesimal. En el orden animal, disminuye el número de los que
nacen de cada individuo, y aumenta el número de los sobrevivientes. En
el orden humano, entretanto, es mínimo el número de nacidos que cada
individuo puede generar, pero sobrevive la mayor parte.
No es esto sólo; en el orden vegetal como en el animal y en el humano,
las especies inferiores y más sencillas, las razas y las clases menos
elevadas, son las que tienen en sus individuos mayor abundancia
generadora y más rápida generación en cambio de menor longevidad en
los individuos.
Un helecho produce millones de esporos y vive poco tiempo, mientras que
una palmera da pocas docenas de semillas por año, y tiene vida secular.
Un pez produce muchos millares de huevos, mientras que el elefante
y el chimpancé tienen pocos hijos y viven muchos años.
Entre los hombres, las razas salvajes son más prolíficas y tienen
escasa longevidad, mientras que las razas civilizadas tienen escasa
natalidad y longevidad mayor.
De modo que, aun permaneciendo en el terreno exclusivamente biológico,
es evidente que la proporción de los vencedores en la «lucha por la
{28} vida» aumenta cada vez más sobre el total de los nacidos, según se
pasa de los vegetales a los animales, de los animales a los hombres, y
según se vaya de la especie o variedad inferior a las razas o variedades
superiores.
La misma férrea ley de la lucha por la vida, va, pues, disminuyendo
la hecatombe de los vencidos, tanto cuanto se elevan complicándose
y perfeccionándose las formas de esa misma vida.
Sería, pues, un error oponer, sin más razón, el socialismo a la ley
darwiniana de la selección natural, tal como se manifiesta en las
formas primitivas de la vida, sin tener en cuenta su continua
atenuación al pasar de los vegetales a los animales, de los animales
al hombre, y en la misma humanidad, de las razas primitivas a las
razas más adelantadas.
Así, pues, representando el socialismo una fase de progreso ulterior en
la vida de la humanidad, no puede en manera alguna oponérsele una
interpretación tan grosera e inexacta de la ley darwiniana.
* * *
Cierto es que los adversarios del socialismo han abusado de la
ley darwiniana o mejor dicho de esa interpretación «brutal»,
para intentar una justificación a la moderna competencia {29}
individualista, que demasiado a menudo se convierte en una forma
disimulada de antropofagia, y hace propia del estado social presente,
aquella condición del _homo homini lupus_ que Hobbes colocaba por el
contrario en el supuesto estado _natural_ del hombre, antes del
contrato de convivencia social.
Pero el abuso de un principio científico no es la prueba de su
falsedad, pues más bien sirve de aguijón para precisar más su
índole y sus términos, y obtener su más exacta y completa aplicación
práctica, como estoy haciéndolo en esta explicación de perfecta
armonía entre socialismo y darwinismo.
He ahí por qué, en la primera edición de mi _Socialismo y
criminalidad_, he sostenido que la lucha por la vida es ley innata
de la humanidad, como de todos los seres vivientes, aunque cambie y
se atenúe continuamente en sus formas.
Tal es aún mi pensamiento, contra el de algunos socialistas que
creyeron mejor vencer esa objeción opuesta en nombre del darwinismo,
afirmando que en la humanidad la «lucha por la vida» es una ley que
debe perder todo valor y toda aplicación una vez realizada la
transformación que el socialismo desea. La señalaban, pues, como una
ley que, tiránica dominadora de todos {30} los seres, desde el
microbio hasta el mono antropoide, debería extinguirse y caer inerte
a los pies del hombre, como si él no fuese un eslabón indisoluble de
la gran cadena biológica.
Yo, por el contrario, sostuve y sostengo que la lucha por la
vida es ley inseparable de la existencia, y por lo mismo, de
la humanidad; pero que, siendo siempre ley inmanente y continua,
va transformándose en su contenido y atenuándose en sus formas.
En la humanidad primitiva, la lucha por la vida casi no se distingue
de la que sostienen los demás animales: es la lucha brutal por el
alimento cuotidiano o por la hembra --desde que hambre y amor son
las dos necesidades fundamentales y los dos polos de la vida-- y esa
lucha se traba con sólo la fuerza muscular. En una fase ulterior, se
agrega la lucha por la supremacía política (en el clan, en la tribu,
en la aldea, en la comuna, en el estado) y se combate cada
vez menos con los músculos, cada vez más con el cerebro.
En el período histórico, la humanidad greco-latina combate por la
igualdad _civil_ (abolición de la esclavitud); vence, mas no reposa,
porque la vida es lucha; la humanidad de la Edad Media lucha por la
igualdad _religiosa_, y la conquista, pero no se detiene; al terminar
el pasado siglo, {31} lucha por la igualdad _política_. Y ahora la
humanidad lucha por la igualdad _económica_, no en el sentido de
igualdad material y absoluta, sino en el más positivo, que he
explicado antes; y todo hace prever, con seguridad matemática,
que esta lucha también se terminará para ceder su lugar a
nuevas conquistas y a ideales nuevos para nuestros sucesores.
Y con el cambio sucesivo del significado o de los ideales de la
lucha por la vida, continúa la progresiva atenuación de los métodos
de lucha, que de violenta y muscular se torna más pacífica e
intelectual, a pesar de las regresiones atávicas o las manifestaciones
psico-patológicas de las violencias personales del individuo
contra la sociedad y de la sociedad contra el individuo.
Sobre esta concepción mía --que recientemente ha tenido espléndida
demostración en la obra genial de Novicow, quien ha desmentido, sin
embargo, la lucha sexual--, sobre esta concepción, digo, volveré más
ampliamente en el capítulo que trata del _Porvenir moral de la
humanidad_, en la segunda edición de _Socialismo y criminalidad_.
Por ahora bástame agregar una respuesta a la objeción antisocialista:
no sólo disminuye siempre la desproporción entre nacidos y
sobrevivientes, sino que también la misma «lucha por {32} la vida»
cambia de significado y se atenúa en sus modalidades a cada fase
sucesiva de la evolución biológica y social.
Así, pues, el socialismo puede afirmar muy bien que deben asegurarse
a todos los hombres las condiciones de una existencia de hombre --a
cambio del trabajo dado a la colectividad--, sin tropezar por eso
contra la ley darwiniana de la supervivencia de los vencedores en la
lucha por la vida, y desde que es necesario interpretarla y aplicarla
exactamente en sus varias manifestaciones a la vida progresiva de la
humanidad, en relación a las épocas primitivas de ésta y en
relación al orden inferior de vivientes vegetales y animales.
* * *
Por otra parte, el mismo socialismo, científicamente comprendido, no
impide y no puede impedir que haya siempre en la humanidad vencidos en
la lucha por la vida.
Este argumento se refiere más directamente a las relaciones entre
socialismo y criminalidad, porque justamente los que sostienen que
la lucha por la vida es ley caduca de la humanidad, afirman en
consecuencia que el _delito_ (forma anormal y antisocial de la lucha
por la vida, así como el _trabajo_ es la forma normal y social) {33}
deberá desaparecer de la Tierra, y por eso se cree encontrar cierta
contradicción entre el socialismo y las doctrinas de la antropología
criminal sobre el delincuente nato, que también se derivan del
darwinismo.
Reservando para otro lugar el más amplio desarrollo de esta cuestión,
puedo, entretanto, resumir así mi pensamiento de antropólogo
criminalista y de socialista al mismo tiempo:
Ante todo, la escuela criminal positiva se ocupa de la vida presente,
y su mérito es incontestable por haber aplicado el método experimental
al estudio del fenómeno criminal, deduciendo de él lo absurdo e
hipócrita de los actuales sistemas penales basados en el concepto del
libre albedrío y de la culpa moral, y aplicados en las cárceles de
sistema celular, que llamé y llamo «una de las aberraciones del siglo
XIX», para sustituirle por la simple segregación de los individuos
inaptos para la vida social por condiciones patológicas congénitas o
adquiridas, permanentes o transitorias.
Pero decir que con el socialismo desaparecerán todas las formas del
delito, es una afirmación inspirada por generoso idealismo
sentimental, mas no fundada en rigurosa observación científica.
{34} La escuela criminal positiva demuestra que el delito es un
fenómeno natural y social --como la locura y el suicidio-- determinado
por la anormal constitución orgánica y psíquica del delincuente, junto
con las influencias del ambiente físico y del ambiente social. Factores
antropológicos físicos y sociales concurren siempre unidos
indisolublemente a determinar cualquier delito, del más leve al más
grave --como pasa en resumen con todo acto humano--; sólo que para
cualquier delincuente y para cualquier delito es diversa la intensidad
determinante de cada orden de factores.
Por ejemplo: en el asesinato cometido por celos o por alucinación, la
acción más poderosa pertenece al factor antropológico, sin que por eso
pueda excluirse la acción del ambiente físico y del ambiente social.
Por el contrario, en el delito contra la propiedad, o también contra
las personas, por furor de muchedumbre amotinada, o por alcoholismo,
etc., la intensidad mayor es del ambiente social, sin que por eso pueda
excluirse la influencia del ambiente físico y del factor antropológico.
El mismo raciocinio --completando el examen de la objeción
antisocialista hecha en nombre del darwinismo-- puede repetirse para
las {35} enfermedades comunes, aunque, por otra parte, el delito
pertenece también a la patología humana.
Cualquier enfermedad aguda o crónica, infecciosa o no, grave o ligera,
es la resultante de la constitución antropológica del individuo y de
las influencias del ambiente físico y social. Solamente que en las
diversas enfermedades varía la intensidad determinante de las
condiciones personales o del ambiente; la tisis o la cardiopatía por
ejemplo, son enfermedades que dependen en grandísima parte de la
constitución orgánica individual, aunque concurriendo a ella la
complicidad del ambiente; pero la gota, o el cólera, o el tifus, o la
caquexia palustre etc., dependen, por el contrario, de las condiciones
sociales y físicas del ambiente más que de otra cosa. He ahí por qué la
tisis hace estragos hasta entre las gentes acomodadas y, por lo tanto,
bien alimentadas y mejor alojadas; mientras que el cólera hace el
máximum de víctimas entre los mal alimentados, es decir, entre los pobres.
Es, entonces, evidente que con el régimen socialista de la propiedad
colectiva que asegura a cada hombre las condiciones de existencia de
hombre, disminuirán muchísimo, y quizá desaparezcan --con la ayuda de
los continuos descubrimientos científicos y de la progresiva {36}
previsión higiénica-- las enfermedades determinadas en gran parte por
las condiciones del ambiente y por la insuficiente alimentación y
abrigo contra la intemperie; pero no por eso desaparecerán las
enfermedades por traumatismo, la locura, las pulmonitis, etc.
Lo mismo debe decirse del delito: suprimida la miseria y las inicuas
desigualdades de condiciones económicas, seguro es que por la falta
directa del estímulo del hambre, aguda y crónica, por la indirecta
influencia benéfica, física y moral de la mejor alimentación, y por la
falta de ocasiones de abusar del poder o la riqueza, disminuirán
muchísimo y desaparecerán esos delitos en gran parte ocasionales y que
toman su mayor intensidad determinante del ambiente social. Pero, sin
embargo, no desaparecerán, por ejemplo, los atentados contra el pudor
por inversión sexual patológica, o los homicidios por epilepsia,
o los hurtos por degeneración psicopatológica etc., etc.
Del mismo modo, con el socialismo se hará más extensa e intensa la
cultura popular, desaparecerán los analfabetos, todo ingenio tendrá
como desenvolverse y consolidarse libremente; pero no por eso
desaparecerán los idiotas y los imbéciles por condición patológica
hereditaria, {37} por más que también tenga benéfica influencia
preventiva y alejadora sobre las degeneraciones congénitas
(enfermedades comunes, delincuencia, locura, neurosis), la mejor
organización económica y social, unida a la guía cada vez más
clarovidente de la biología experimental, y por lo tanto de las más
frecuentes abstenciones personales de procreación en los casos de
enfermedad hereditaria.
Vale decir, en conclusión, que también en el régimen socialista
--aunque en proporciones infinitamente menores-- habrá siempre
vencidos en la lucha por la vida, bajo la forma de débiles, de
enfermos, de locos, de neuróticos, de delincuentes, de suicidas,
y por consiguiente que el socialismo no niega la ley darwiniana.
Pero con la inmensa superioridad de que las formas epidémicas o
endémicas de la degeneración humana, física y moral, serán
completamente suprimidas con la eliminación de su fuente principal,
que es la miseria física, y por lo tanto moral, de los más.
Así pues, aunque la lucha por la vida continúe siendo la eterna
fuerza propulsora de la existencia social, se desenvolverá en formas
cada vez menos brutales y más humanas o intelectuales, y por ideales
cada vez más elevados, es decir, {38} de perfeccionamiento fisiológico
y psíquico, sobre la base fecunda del pan cuotidiano para el
cuerpo y para la mente, asegurado a todos los hombres.
* * *
A propósito de la «lucha por la vida» es preciso no olvidar otra ley
del darwinismo natural y social, a la que algunos socialistas han dado
excesiva y unilateral importancia, mientras que, por el contrario,
muchos individualistas la han condenado a erróneo olvido: hablo de la
ley de solidaridad entre los seres vivientes o de la misma especie,
como entre los animales que viven en sociedad por la abundancia del
común alimento (herbívoros) o también entre especies diversas, por
ese fenómeno que los naturalistas llaman hoy de simbiosis, de acuerdo
en la vida.
Es excesivo afirmar que en la naturaleza y en la sociedad la única
ley imperante sea la lucha por la vida, como es excesivo decir que
esa ley no rige para la humanidad. La verdad positiva es que la lucha
por la vida es también ley eterna en el mundo humano, aunque se atenúe
en las formas y se eleve en los ideales; pero al lado suyo, y más que
ella, como determinante progresivamente eficaz de la evolución social,
está la ley de la solidaridad o cooperación entre los seres vivientes.
{39} En las mismas sociedades animales, la ayuda mutua contra las
fuerzas naturales adversas o contra especies vivas enemigas, tiene
manifestaciones constantes y cada vez más intensas, que se desarrollan
más en la especie humana, comenzando por las mismas tribus salvajes; y
máxime en aquellas que, por condiciones favorables del ambiente, o sea
por seguridad y abundancia de medios de subsistencia, presentan el
tipo industrial o pacífico de sociedad humana, antes que el militar o
batallador que demasiado predomina (justamente por la falta de
seguridad e insuficiencia de los medios de vida) en la humanidad
primitiva y en las fases de la civilización menor o regresiva;
aunque, como lo ha demostrado Spencer, ese tipo tienda continuamente
a ser sustituido por el tipo industrial.
Por eso, para permanecer en el mundo humano, mientras en los albores
de la evolución social el predominio pertenece más a la ley de la
lucha por la vida que a la ley de la solidaridad, a medida que la
división del trabajo y por ella la connecesidad entre las partes
crece en el organismo social, la lucha se atenúa y se transforma,
y la ley de solidaridad y de cooperación adquiere un imperio
progresivamente intenso y extenso. Y todo esto, siempre por la
razón fundamental que {40} indicó Carlos Marx y que constituye su
verdadero y grande descubrimiento científico, es decir, por la
seguridad o inseguridad de las condiciones de existencia, y en
primer término, entre ellas, la seguridad de la alimentación.
Tanto en la vida de un individuo como en la de varios individuos o de
varias sociedades, puede comprobarse que cuando los medios de
alimentación, base física de la existencia, están asegurados, la ley
de solidaridad predomina sobre la de lucha, y viceversa. El
infanticidio y el parricidio se consideran acciones no sólo lícitas
sino debidas en el mundo salvaje, si la tribu vive en islas donde los
alimentos escasean (Polinesia, etc.) y se convierten en acciones
inmorales y delictuosas en los continentes donde el alimento es más
abundante y seguro. Así del mundo actual, la falta de seguridad en
el pan de cada día para la mayor parte de los hombres, recrudece y
embrutece también las manifestaciones de la lucha por la vida, o
de la «libre competencia» como dicen los individualistas.
Apenas la propiedad colectiva asegure a cada hombre las condiciones de
existencia, prevalecerá indudablemente la ley de solidaridad.
Lo que hoy sucede en pequeño y por excepción en la familia que,
mientras sus negocios {41} marchan bien y tiene asegurado el pan
cuotidiano, se halla en perfecto acuerdo y pronta a la mutua
benevolencia, para dejar que intervengan el desacuerdo y la lucha,
apenas la miseria asoma, sucede también en grande en la sociedad
entera, y sucederá como regla constante en cualquier mejor
organización futura.
Tal será la conquista, y tal, lo repito, es la interpretación más
completa y más fecunda que debe darse con el socialismo a las
inexorables leyes naturales descubiertas por el darwinismo.
* * * * *