II. LA IGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES.

La primera de estas objeciones opuestas al socialismo en nombre del

darwinismo, carece en absoluto de base.

Si fuese cierto que el socialismo aspira a la _igualdad de todos los

hombres_, nada sería más exacto: el darwinismo lo condenaría

irrevocablemente.

Pero aun cuando, todavía hoy, muchos de buena fe, como oyentes que

repiten las frases hechas, o de mala fe, por habilidad polemista,

sostengan que socialismo es sinónimo de igualdad y de nivelación,

la verdad es, por el contrario, que el {11} socialismo científico

(es decir, aquel que se inspira en la teoría de Marx y que es el

único que hoy merezca ser sostenido o atacado) no niega para nada

la desigualdad de los hombres, ni la de los demás seres vivientes,

desigualdad innata y adquirida, física y moral.

Sería como decir que el socialismo pretende, por ejemplo, que por

decreto del rey o del pueblo se establezca que: «¡De hoy en adelante,

todos los hombres tendrán un metro y setenta centímetros de

estatura! . . . »

Pero el socialismo es algo más serio y menos fácil de combatir.

Y el socialismo dice: _Los hombres son desiguales, pero son hombres_.

Y así, aun cuando todo individuo humano nazca y se desarrolle de una

manera más o menos distinta de los demás (porque así como en una selva

no hay dos hojas idénticas, en todo el mundo no existen dos hombres

perfectamente iguales), todo hombre, por el simple hecho de ser _un

hombre_, debe tener asegurada una existencia de hombre y no de ilota

o de bestia de carga.

Nosotros también sabemos que no todos los hombres pueden llevar a cabo

el mismo trabajo, ahora que las desigualdades sociales aumentan las

desigualdades naturales; ni lo podrán tampoco {12} bajo el régimen

socialista, cuando la organización social tienda, al contrario, a

atenuar las desigualdades congénitas.

Siempre habrá quien tenga un cerebro y una musculatura más aptos para

la labor científica o artística y quien para un trabajo manual, o de

precisión mecánica, o de esfuerzo agrícola, etc.

Pero lo que no debería haber y que no habrá, es hombres que no

trabajen nada, y otros que trabajen mucho o muy mal recompensados.

No es esto sólo: el colmo de la injusticia y de lo absurdo es que,

ahora, el que no trabaja tiene las recompensas mayores, que le asegura

el monopolio individual de la riqueza, acumulable por transmisión

hereditaria; riqueza que en el menor número de los casos se debe a los

sacrificios de ahorro y de privaciones inhumanas del actual poseedor,

o de algún antepasado laborioso; y que casi siempre es fruto secular

de espoliaciones por conquista militar, por comercio poco decoroso

o por favoritismo de los soberanos; siempre y de todos modos

independiente de cualquier esfuerzo, de cualquier trabajo socialmente

útil por parte del heredero, a menudo dilapidador veloz en las varias

formas del ocio más o menos barnizado de una vida tan vacía cuanto

brillante en apariencia.

{13} Y si no se trata de riqueza heredada, se trata de riqueza

defraudada. Aparte del mecanismo económico de que hablaré después,

revelado por Carlos Marx, y por el cual, aun fuera del fraude, el

capitalista o propietario puede acumular normalmente, sin trabajar,

una renta o una ganancia; aparte de esto, digo, es un hecho que

los patrimonios más rápidamente acumulados o engrosados ante

nuestros ojos, no son ni pueden ser fruto del trabajo honrado.

El trabajador realmente honrado, y por lo tanto infatigable y

económico, que llega a elevarse de la condición de asalariado a la de

jefe de fábrica o empresario, podrá acumular en una larga existencia

de privaciones, cuando más algunos miles de liras. Por el contrario,

aquellos que sin descubrimientos industriales debidos a su genio,

reúnen millones en pocos años, no pueden ser más que negociantes poco

escrupulosos, aparte algún caso excepcional de un honrado golpe de

fortuna. Y esos son los que --parásitos de los Bancos y los negocios

públicos-- viven como señores, cubiertos de condecoraciones

carnavalescas y de honores oficiales . . . premio a sus buenas acciones.

Y viceversa, los que trabajan, que son la inmensa mayoría, no tienen

más recompensa que {14} un alimento y una habitación que bastan apenas

para no dejarlos morir de hambre cruel, y cuyos fondines, cuyos

desvanes, cuyas callejuelas infectas en las grandes ciudades, o cuyas

casuchas en la campaña, no se admitirían ni para caballerizas ni para

establos! . . .

Y esto sin agregar los desesperados espasmos de la desocupación

forzada, que es uno de los tres síntomas más dolorosos y más

crecientes de esa _igualdad en la miseria_ que se propaga por el

mundo económico en Italia y, más o menos, en todas partes.

Hablo del inmenso ejército de los _desocupados_ entre los operarios

agrícolas e industriales, de los _abandonados_ entre la pequeña

burguesía, de los _expropiados_ por impuestos, deudas o usura entre

la pequeña propiedad.

No es verdad, pues, que el socialismo pida para todos los ciudadanos

una igualdad material y positiva de trabajo y de placeres.

La igualdad puede, solamente, asumir la forma de la obligación de todo

hombre a trabajar para vivir, asegurándose a todo individuo las

condiciones de existencia _humana_, en cambio de la labor dada a la

sociedad.

La _igualdad entre los hombres_ según el socialismo --como decía

Malon-- debe entenderse por lo tanto en un doble sentido relativo.

{15} 1º Que todos los hombres, como tales, tengan aseguradas las

condiciones de existencia humana.

2º Que, por consiguiente, los hombres sean iguales en el _punto de

partida_ de la lucha por la existencia, para que cada uno desarrolle

libremente su personalidad, en igualdad de condiciones sociales.

* * *

Ahora, el niño que nace sano y robusto, pero pobre, tiene que

sucumbir en la competencia con el niño nacido débil, pero rico.

Esta es precisamente la radical e inmensa transformación que no

sólo pide el socialismo, sino que indica y prevé como evolución

ya comenzada en la humanidad presente --y necesaria, fatal, en la

humanidad próxima futura--.

Transformación que consiste en la conversión de la propiedad privada

o individual de los medios de producción, es decir, de la base física

de la vida humana (tierra, minas, casas, fábricas, máquinas,

instrumentos de trabajo, medios de transporte) en propiedad colectiva

o social, según los métodos y procedimientos de que debo ocuparme

más adelante.

Entretanto, queda demostrado que la primera objeción del raciocinio

antisocialista no tiene consistencia alguna, sencillamente porque

parte {16} de una premisa que no existe: es decir, supone que el

socialismo moderno afirma y quiere una quimérica igualdad física y

moral de todos los hombres, en que el socialismo científico y

positivo no sueña siquiera.

Por el contrario, el socialismo afirma que esta desigualdad entre

los hombres (que en una organización social mejor deberá atenuarse

inmensamente, suprimiendo todos los defectos orgánicos y físicos

que la miseria viene acumulando de generación en generación) no

podrá desaparecer todavía, precisamente por las razones que el

darwinismo ha descubierto en el misterioso mecanismo de la vida

y en la sucesión sin fin de los individuos y de las especies.

En cualquiera organización social, como quiera que se imagine,

siempre habrá hombres altos y bajos, débiles y fuertes, sanguíneos

y nerviosos, más o menos inteligentes, en quienes prevalezca la

musculatura o el cerebro; es bien que así sea, y además es inevitable.

Y es bien que así sea porque de la variedad y desigualdad de las

aptitudes individuales, nace espontáneamente esa división del trabajo

que el darwinismo señala como una ley, tanto de la fisiología

individual como de la economía social.

{17} Todos los hombres deben vivir trabajando: pero cada uno debe

hacer el trabajo que responda mejor a sus aptitudes, para evitar

desperdicios perjudiciales de fuerza y también para que el trabajo no

repugne, y hasta llegue a ser placentero y necesario como condición

de salud física y moral.

Los hombres que han dado a la sociedad el trabajo que responde mejor

a sus aptitudes innatas y adquiridas, son igualmente meritorios porque

concurren por igual a esa solidaridad de labor por la que se determina

justamente la vida del conglomerado social y, solidariamente, la de

cada individuo.

El campesino que labra la tierra hace un trabajo más modesto en

apariencia pero no menos necesario, útil y meritorio que el del

obrero que construye una locomotora o del ingeniero que la perfecciona

o del hombre de ciencia que lucha contra lo desconocido en un gabinete

de estudio o en un laboratorio.

Lo esencial es que todos trabajen en la sociedad, así como en el

organismo individual todas las células realizan sus diversas funciones,

más o menos modestas en apariencia --por ejemplo entre las células

nerviosas y las musculares y óseas-- pero funciones y trabajos

biológicos {18} igualmente necesarios y útiles para la vida del

organismo entero.

Y como en el organismo biológico ninguna célula viva está sin trabajo,

sino que toma su nutrición de la recompensa material en cuanto

trabaja, así en el organismo social ningún individuo debe vivir sin

trabajo, en cualquier trabajo que sea.

Y he aquí, ahora, cómo se desvanecen muchas de las dificultades

artificiales que al socialismo oponen sus adversarios.

--¿Quién lustrará los botines bajo el régimen socialista? pregunta

Richter en aquel libro suyo tan linfático que llega a la grotesca

suposición de que, en nombre de la igualdad social, «el Gran

Canciller» de la sociedad socialista, se vea obligado, antes de

ocuparse de la cosa pública, a lustrarse los zapatos y a remendarse

la ropa! De veras que si los adversarios del socialismo no tuviesen

mejores argumentos, sería perfectamente inútil la discusión.

--Pero todos querrán hacer los trabajos menos fatigosos y más

agradables --se dice con mayor apariencia de seriedad.

Y bien, volvemos a contestar que lo misma sería referirse desde

ahora a un decreto que dijese:

{19} _Desde hoy en adelante todos los hombres nacerán pintores

o cirujanos._

Pero, justamente las variedades antropológicas de temperamento y de

carácter son las que distribuirán, sin necesidad de regularización

monacal (otra infundada objeción contra el socialismo), las diversas

tareas intelectuales y manuales.

Decidle a un campesino de constitución mediana que vaya a estudiar

la anatomía o el código penal; por el contrario, decid a quien tenga

más desarrollado el cerebro que los músculos, que vaya a arar en vez

de observar con el microscopio: uno y otro preferirán el trabajo para

el cual estén mejor dispuestos.

Tampoco será tan grande el desorden de las profesiones como muchos lo

indican fantásticamente, cuando la sociedad está ordenada según el

régimen colectivista. Suprimidas las industrias de mero lujo

_personal_ --que tantas veces representa un indecoroso sarcasmo a la

miseria de los más-- la suma y la variedad de los trabajos se adaptará

gradualmente, es decir, naturalmente, a la fase de la civilización

socialista, como corresponde ahora a la fase de la civilización burguesa.

En el régimen socialista, cada cual tendrá {20} mayor libertad de

consolidar y aplicar sus aptitudes propias, y no sucederá como ahora,

que por falta de medios pecuniarios muchos campesinos y ciudadanos y

pequeños burgueses, dotados de natural inteligencia, permanecen

atrofiados, y se ven obligados a ser labradores, obreros o empleados,

cuando podrían dar a la sociedad un trabajo diferente y más fecundo,

como más adaptado a sus cualidades particulares.

Lo esencial está únicamente en que tanto el labrador como el

profesional que dan su trabajo a la sociedad, tengan por ella

aseguradas las condiciones de una existencia digna de seres humanos.

Así será también suprimido el indigno espectáculo de que, por ejemplo,

una bailarina sólo con sus piruetas, en una noche, gane lo que un

hombre de ciencia o un profesional recibe en todo un año de trabajo,

cuando no encarna a la miseria de levita.

Las bellas artes vivirán bajo el régimen socialista, porque el

socialismo quiere que la vida sea dulce para todos --y no, como ahora,

para algunos privilegiados-- y dará por lo tanto, grande, maravilloso

impulso a todas las artes, aboliendo el lujo privado, pero favoreciendo

el esplendor de los edificios y de las reuniones públicas.

Pero, entretanto, serán más respetadas las {21} proporciones de la

recompensa asegurada a cada uno en razón de los trabajos realizados.

Proporciones que también se disminuirán, disminuyendo el tiempo de

trabajo en razón de su rudeza o de su peligro; así, si un campesino

pudiera trabajar siete u ocho horas diarias al aire libre, un minero

debería trabajar tres o cuatro. En efecto, cuando todos trabajen y se

hayan suprimido muchos trabajos improductivos, la suma total de

cuotidiana labor, repartida entre los hombres, será mucho menos pesada

y más soportable (con la mejor alimentación y habitación y con la

distracción asegurada) de lo que hoy lo es por aquellos que trabajan y

que son tan mal recompensados; mas no hay que considerar esto sólo,

sino también que los progresos de la ciencia aplicada a la industria,

harán cada vez menos fatigosa la labor humana.

Por eso el trabajo mismo será buscado espontáneamente por todos, a

pesar de la falta de salario o remuneración acumulable como riqueza

privada; justamente porque el hombre sano, normal y bien alimentado,

así como huye de un irabajo excesivo y mal recompensado, así también

huye del ocio, sintiendo una verdadera y propia necesidad fisiológica

y psíquica de diaria ocupación correspondiente a sus aptitudes.

{22} Lo vemos, en efecto, diariamente en la clase ociosa que busca en

las varias formas, más o menos fatigosas, del _sport_, cómo sustituir

el trabajo productivo, justamente como necesidad fisiológica para

evitar los perjuicios del ocio absoluto y del aburrimiento.

El problema difícil consistirá, después, en _proporcionar_ la

recompensa del trabajo hecho por cada uno. Y es sabido que el

colectivismo adopta la fórmula:

«A cada uno en relación con el trabajo realizado»

mientras que el comunismo adopta la otra:

«A cada uno según sus necesidades».

Nadie podrá decir _á priori_ cómo será resuelto este problema _en

sus detalles prácticos_; pero esta imposibilidad de profetizar el

porvenir en sus detalles, se opone sin razón al socialismo para

tratarlo de irrealizable utopía. Nadie habría podido profetizar _á

priori_, en el alboreo de ninguna civilización, sus desenvolvimientos

sucesivos, según lo diré después, al hablar de los métodos de

renovación social.

Lo que, en cambio, podemos decir con plena seguridad, por las

inducciones más acertadas de la psicología y de la sociología, es esto:

{23} Es innegable, como lo reconoció también Carlos Marx, que

esta segunda fórmula --que para algunos es lo que distingue al

anarquismo (teórico y platónico) del socialismo-- representa un

ideal ulterior y más complicado. Pero es también innegable que,

de todas maneras, la fórmula del colectivismo representa una fase

de evolución social y de disciplina individual que deberá

necesariamente preceder a la del comunismo.

¡No hay que creer que con el socialismo la humanidad vaya a realizar

completamente todos los ideales posibles, y que después no le quede

nada que desear ni que conquistar! . . .

La posteridad estaría condenada al ocio y la vagancia si

pretendiéramos agotar todos los posibles ideales humanos.

El individuo o la sociedad que no tienen ya un ideal por qué combatir,

están muertos o moribundos. La fórmula del comunismo podrá, pues, ser

un ideal ulterior que conquistar, cuando el colectivismo haya llegado

a su completa acción por los procedimientos históricos de que me

ocuparé más adelante.

Pero, por ahora, volviendo a Darwin, queda, pues, eliminada la

pretendida contradicción entre el socialismo y el darwinismo, a

propósito de la igualdad de todos los hombres en que no sueña

{24} el socialismo y que tampoco quiere, darwinianamente.

Así se contesta también a la repetidísima objeción de que el

socialismo quiere sofocar y suprimir la personalidad humana bajo la

uniforme capa de plomo de la colectividad, reduciendo al individuo a

la función monástica de una de tantas abejas de la colmena social.

Es precisamente lo contrario.

En efecto, es evidente que la atrofia y la pérdida de tantas

personalidades que podrían surgir con mucha mayor ventaja propia y

de los demás, ocurren ahora, en la actual organización burguesa, en

que cada hombre --salvo raras excepciones de las individualidades más

sobresalientes-- cuenta por lo que _tiene_ y no por lo que es.

El que nace pobre --claro que sin tener la culpa-- puede haber salido

de la naturaleza siendo un genio artístico o científico, pero si no

tiene patrimonio propio que le facilite el modo de triunfar en las

primeras batallas por la vida y de completar su cultura, o si el pastor

Giotto no tiene la suerte de encontrarse con el rico Cimabue . . .

entonces esa inteligencia tiene que ir a apagarse en la inmensa cárcel de

los asalariados, y la misma sociedad pierde tesoros de fuerza intelectual.

En cambio, el que nace rico, sin que en ello {25} tenga parte, puede

ser un microcéfalo o un fatuo cualquiera; pero está cierto de que

llegará al escenario del teatro social, y que todos los serviles serán

para él pródigos en elogios y caricias, y sólo porque _tiene_ dinero,

creerá ser diferente de lo que _es_.

Por el contrario, con la propiedad colectiva, es decir, bajo el

régimen socialista --teniendo cada individuo aseguradas sus condiciones

de vida-- el trabajo diario no servirá sino para sacar a luz las

aptitudes especiales, más o menos geniales de cada hombre, y los años

mejores y más fecundos de la vida no serán, así, consumidos como ahora

en la conquista desesperada, espasmódica y envilecedora del pan de

cada día.

En el socialismo tendrán todos, con la seguridad de una existencia

humana, la verdadera libertad de desarrollar y manifestar su propia

personalidad física y moral, tal como se tuvo al nacer, en la infinita

variedad y desigualdad antropológica, que el socialismo no niega pero

que quiere ver mejor encaminada hacia el libre y fecundo

desenvolvimiento de la vida humana.

* * * * *

Socialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx) · 第 6 / 20 题