IX

El hermano Vicente tenía un tirano, cuyas exigencias sobrellevaba con

mansedumbre.

Era aquel zapatero convertido, que traía a la nueva fe todas las

violencias de su antigua fama de devorasantos. Hablando a su protector

le aterraba con los aspectos sanguinarios de su devota vehemencia. No

había más verdad que la religiosa, y al que no la aceptase, ¡leña! Un

poquito de Inquisición no estaba de más en estos tiempos de herejía y

desprecio a Dios. Era el ardor del neófito que asusta al maestro, la

audacia del renegado que quiere borrar con tremendas exageraciones el

recuerdo de su historia.

Además, se creía con derechos absolutos sobre la persona y los bienes de

su catequista, y miraba con hostilidad a la pareja que vivía con el

señor Vicente, sospechando que le despojaban de una parte de lo que

consideraba como suyo.

No hablaba con él que no le hiciese preguntas sobre la vida de aquel

matrimonio, enterándose minuciosamente de la puntualidad con que

cumplían sus compromisos.

--¡Aún no le habrán pagado el último mes!...--decía al avistarse con el

«santo»--. ¡Ni el anterior tampoco!... ¡Y usted tan tranquilo! ¡Qué

hombre, Señor Dios!... Eso no es caridad, don Vicente: eso es tontería.

La caridad debe comenzar por los buenos, por los que defienden las sanas

doctrinas. Es una vergüenza que usted pague por esas gentes, mientras me

abandona a mi que tengo familia, que soy su hijo y vivo como buen

católico.

El hermano excusábase tímidamente, rebañando sus bolsillos para acallar

con alguna dádiva las protestas del temible discípulo.

--No son mala gente--afirmaba refiriéndose a sus huéspedes--. Los

pobrecitos tienen tan poca fortuna, que hay que ayudarles. Ella es una

excelente muchacha: tan trabajadora... tan modosita...

--Pero no van a misa, don Vicente; fíjese usted y verá como nunca entran

en la iglesia. El es un impío que ha escrito en los peores papeles.

Entre usted un día en su habitación, busque bien, y verá como encuentra

a montones los escritos contra el Señor y los santos... Además, me da el

corazón que no son casados; esa pareja no vive como Dios manda.

El crédulo hermano protestaba. Su discípulo incurría en el pecado de

murmuración; pensaba mal de todos: eran resabios de su antigua vida.

¿Por qué no habían de ser casados? El señor de Maltrana y ella se lo

habían asegurado y debía creerles... Cada uno en su casa, evitando

chismes y curioseos, y al que fuese malo ya lo castigaría Dios.

--Eso es--mugía el discípulo--. Ellos a vivir de gorra, a comerse el

dinero de usted, que es mi padre, mientras yo rabio, sin poder darme el

gusto de ir a las Cuarenta Horas o al sermón, trabajando para que la

mujer y los chiquillos coman apenas.

--Todo se arreglará--decía bondadosamente el hermano--. La misericordia

del Señor es grande y a todos alcanza.

Isidro, adivinando la hostilidad del zapatero, le acogía con duro gesto

cuando se presentaba en la casa buscando al señor Vicente. Se burlaba de

su religiosidad feroz; presentía el despotismo que ejercía sobre el

catequista, el abuso que hacía de su cualidad de alma redimida por el

sencillo hermano.

Recordaba el joven ciertas estampas de santos misioneros, en las que

aparecen éstos con un salvaje prosternado a sus pies, cual símbolo de

las grandes conquistas realizadas en favor del cielo; y en sus

conversaciones con Feli, designaba siempre al remendón con el apodo de

_Indio converso_.

Aquel bruto le causaba repugnancia por el furor con que defendía sus

nuevas creencias, sólo comparable a la bestialidad con que había

sustentado las anteriores. Además, le era antipático por el provecho que

sacaba de su conversión, explotando al señor Vicente y amenazándole

cuando no le daba bastante. El pobre hermano, siervo resignado de su

gloria, esclavo de su propia conquista, inspiraba lástima a Isidro.

Hablaba en todas partes de su famoso triunfo; mostraba como un trofeo al

_Indio converso_, exagerando inocentemente las horripilantes hazañas de

sus época de impiedad; pero después de esta exhibición, al quedar solos

los dos, el catecúmeno insaciable prorrumpía en lamentaciones sobre su

miseria, no callando hasta convencerse de que en los bolsillos del

«santo» sólo quedaban algunas oraciones impresas y migas de pan.

--Aquí ha estado a buscarle ese bruto--decía Isidro al ver entrar al

señor Vicente--. El _Indio converso_... su discípulo el remendón.

¡Valiente animal! Crea usted que en el cielo no le agradecen esta

conquista. Tendrán que habilitarle un pesebre al lado del caballo de San

Martín o la burra de Balaam.

--Señor de Maltrana--exclamaba el «santo»--, más caridad... más amor al

prójimo. El pobre es algo rudo: resabios de su pasado; pero es bueno y

ama a Dios.

Y el «santo» parecía sufrir al verse entre estas dos antipatías.

No se engañaba el _Indio converso_ al sospechar que su protector

concedía algún apoyo a sus huéspedes. El «santo» veía el incesante

trabajo de Feli; adivinaba, por sus ojeadas a la cocina, la penuria de

los jóvenes; oía desde su cama los diálogos de la pareja discutiendo los

apuros del día siguiente.

Cuando Isidro se ausentaba, aproximábase él a Feli con cierta cortedad,

dejando sobre el montón de corsés lo que encontraba en sus bolsillos.

Unas veces era un puñado de cobre, otras una peseta, que fregoteaba con

su pañuelo antes de entregarla.

--Que no sepa nada el señor de Maltrana--decía con voz misteriosa--. Que

el secreto quede entre usted y yo. Hay que ayudarse como buenos

cristianos. Ese dinero me lo dieron esta mañana las buenas señoras que

me protegen. Para ustedes... Ustedes son tan pobrecitos como los que yo

visito en las afueras... Pero no llore usted: ya vendrán días mejores;

Dios aprieta, pero no ahoga.

Y reía de su caritativa malicia, que quedaba en el misterio, sin que el

señor de Maltrana pudiese sospecharla.

El joven también debía sus favores al «santo».

--Señor Vicente, con este mes ya van tres que no le pago. Los negocios

andan mal; en verano no se encuentra trabajo; pero ya llegará la buena

época, cuando la gente regrese a Madrid, y entonces pagaré todos los

atrasos de una vez.

--Vaya usted tranquilo, señor de Maltrana. Nada le pido; que Dios no nos

abandone, y todos viviremos.

Isidro encontraba cada vez más dura y difícil su existencia. Las dos

pesetas que ganaba Feli en el emballenado trabajando todo el día y gran

parte de la noche, y los escasos reales que podía juntar a la semana

llenando cuartillas a diez céntimos con destino a la revista social, no

bastaban para las atenciones de su subsistencia. El orden y el método en

la nutrición, que embellecían los primeros tiempos de su vida común,

habían desaparecido con la miseria. Feli necesitaba todo su tiempo para

el trabajo, y apenas si de tarde en tarde podía entrar en la cocina.

Maltrana, con toda su altivez intelectual, vigilaba el fogón, y a falta

de ocupaciones más importantes, aprendía torpemente de Feli el secreto

de los guisos. ¿Dónde estaban aquellos pucheretes sabrosos de su luna de

miel, aquellos platos que daban ganas de comerse a besos las manos de la

amada hacendosa?... La vida era triste, y los pucheretes unas veces

salían crudos y otras carbonizados. El fastidio de la miseria entorpecía

de tal modo la actividad de los dos, que pasaban días enteros sin

encender fuego, alimentándose con algún fiambre traído de la taberna.

Cuando les faltaba en absoluto el dinero, Maltrana lanzábase a la calle.

Su descenso del cuarto piso comparábalo a la bajada del lobo desde las

cumbres a la llanura, empujado por el hambre.

La víctima que el lobo infeliz buscaba con preferencia era el señor

Manolo el _Federal_. Lo esperaba en la oficina de la Puerta del Sol, y

al presentarse el capataz exponíale las tristezas de su vida.

El buen _Federal_ escuchaba con los ojos bajos, moviendo la cabeza como

si aprobase las palabras del joven, reconociendo que hablaba muy bien.

Después metía la mano en un bolsillo del pantalón, agitando la moneda de

la venta, y acababa por entregarle un par de pesetas, sin queja alguna.

Todo aquello era culpa del viejo régimen.

-Ahí tienes--decía con expresión solemne--lo que es el unitarismo y la

centralización. Tú tienes talento y te mueres de hambre; y como tú,

muchos. El centralismo sólo aprovecha a los pillos. El día en que cada

Estado y cada quisque particular goce su autonomía, todos tendrán lo que

merezcan... Esto te lo digo para que aprendas, para que os convenzáis de

cómo os paga el unitarismo...

Y se cobraba el par de pesetas con una nueva avalancha de enrevesados

razonamientos, que Maltrana oía resignado.

En otros momentos de apuro, Isidro, por no molestar con tanta frecuencia

al señor Manolo, se acordaba de su tío el _Ingeniero_, buscándolo en el

café de San Millán. Le veía rodeado de ciertos amigos tan viejos como

él, alegres camaradas que formaban el catálogo de cuantas muchachas

bonitas existen en los barrios bajos.

El _Ingeniero_ no acogió mal la primera petición de su sobrino.

--Ya sé yo lo que es eso--dijo guiñando un ojo y dando palmaditas en la

espalda de Maltrana--. ¡Las mujeres!... No hay nada como ellas para que

un hombre ande lampando tras la peseta... Todas son gastosas, y no están

contentas hasta que le sacan al hombre las mismísimas entrañas...

¿Cuánto necesitas? ¿Tres pesetas? ¡Pero muchacho, si con eso no tienes

ni pa una misa! Toma un par de duros: los hombres de verdad debemos

ayudarnos; hoy por ti, mañana por mí.

Y le entregó un par de redondeles de plata con un ademán de compañero de

armas.

-Oye: lo de tu matrimonio será filfa--continuó--. Yo lo calé apenas me

hablasteis. ¡Valiente tuno estás, sobrino!... Y la muchacha lo vale; una

gachí con dos ojos como dos quinqués. Si no fueses de la familia te la

quitaba. Tú eres más joven, pero yo tengo un gran «aquel» para las

mujeres. Que lo digan éstos.

Y señalaba a los camaradas que ocupaban la mesa.

Maltrana se marchó entre agradecido y molesto por las necedades de su

tío, y no volvió a verle hasta pasadas dos semanas, acosado por nuevas

necesidades.

--¡Hola!... Siéntate--dijo al verle el _Ingeniero_, con cierta

displicencia.

Siguió hablando con sus amigotes, y de pronto dijo al sobrino:

--La otra noche os vi pasar, muy cargados de paquetes, a ti y a la gachí

por la calle de Toledo. ¿Sabes que esa chica ha perdido mucho? Yo no veo

bien, pero me parece que se ha puesto fea con ese tripón, moviéndose

como una barca, y la cara hinchá como si acabases de largarle dos

tortas. Hasta me pareció que tiene los ojos más pequeños.

Maltrana sufrió en silencio estas palabras de su tío, que aún le

parecieron más molestas en presencia de su tertulia de majaderos. Sin

embargo, fingió una sonrisa pensando en el dinero que podía darle.

--Creo--continuó el _Ingeniero_--que ha llegado para ti la hora de...

vámonos. Las mujeres duran poco; son como los pitillos: cuando se llega

a más de la mitad, todo es ceniza, y hay que tirarlos. ¿Digo mal,

caballeros?

Todos aprobaron la sabiduría del chamarilero.

Cuando Isidro creyó llegado el momento de formular su petición, el tío

no la acogió del mismo modo que la otra vez. Había perdido para él su

prestigio de mozo afortunado; ya no le inspiraba envidia: era un bobo,

sin «viveza» para salir del paso; se «caía» manteniendo a aquella golfa

por el insignificante motivo de haberla puesto en estado interesante.

--Toma tres pesetas: no puedo darte más; y te advierto que son las

últimas. Tengo muchos gastos, y los tiempos están malos. Aún no he

vendido el órgano.

Maltrana comprendió que no debía esperar más del _Ingeniero_, y dejó de

ir al Café de San Millán.

La miseria les estrechaba cada vez con mayor crueldad. Feli estaba

fatigada; había perdido la fortaleza de sus primeros días de labor.

Avanzaba su embarazo. Con un supremo esfuerzo de voluntad, inclinábase

ante la obra, emballenando los corsés, bordando a mano las «flores»;

pero apenas tenía acabada una docena, coloreábase su rostro con una ola

de sangre, su cabeza daba vueltas, y echando atrás el cuerpo, cerraba

los ojos como si fuese a desvanecerse. No podía trabajar más.

Mientras tanto, crecían los apuros de la casa, haciéndose más difícil la

existencia de los dos. Los adornos de su bienestar desaparecían: quedaba

ya muy poco de la primitiva instalación. Isidro, más versado, por su

antigua vida, en el arte de defenderse de la miseria, era el encargado

de liquidar la escasa fortuna. Pieza a pieza, vendíalo todo. Ya no

brillaba en el dormitorio con el esplendor del oro aquella cama que

enorgullecía a Feli y había presenciado las mayores alegrías de la

pareja. Dormían en el suelo, en un colchón, y pretendían demostrarse que

así estaban mejor, siendo tan calurosa aquella época del año. El

tintero, regalo de Feli, también había desaparecido. Su venta les

proporcionó una cena, después de un largo día de ayuno. Comieron, pero

la joven creyó que estaban menos unidos después de la pérdida de este

objeto, comprado el primer día de vida común. Lo miraba como un fetiche

de su felicidad.

También habían vendido sus ropas de invierno, aquel traje de gran gala

adquirido en la calle de Toledo, que marcaba para Feli el momento más

culminante de su bienestar. En cuanto a las botas color limón, con su

alta fila de botones, nada podían sacar de ellas; estaban tan

destrozadas como las ilusiones de la infeliz pareja.

Maltrana, que en otros tiempos había hecho frente a la miseria, con la

alegre inconsciencia del pájaro errante, se desesperaba y sentía pasar

por su cerebro los más lúgubres pensamientos al ver a Feli, resignada y

silenciosa, trabajando con sobrehumano esfuerzo, mientras la cocina

estaba fría y no se encontraba en los rincones el más pequeño mendrugo.

¡La miseria, la mala bestia negra! ¡Cómo arañaba la carne! ¡Qué

inspiraciones repugnantes soplaba en el oído!... Algunas veces, los ojos

de Maltrana vagaban con sombría interrogación por las habitaciones del

hermano Vicente. Ahora eran las mejores de la casa: estaban llenas de

algo; mientras las suyas mostraban un espantable vacío.

Sentía la criminal tentación de coger algunos libros del «santo» y

venderlos: de descolgar el Cristo ensangrentado y bajarlo al Rastro,

para que sus primos lo comprasen. Tenía que hacer un gran esfuerzo para

repeler estos pensamientos. El crucifijo sólo valía unos cuantos reales;

los libros que el «santo» guardaba con tanta estima no servían, en su

mayor parte, mas que de papel de envolver.

La escasez, con sus angustias, le agriaba el carácter. El señor Vicente,

tal vez por esto, parecía rehuir su trato. Entraba y salía sin verle,

sin hablarle. Ya no se acercaba a Feli con su bondad misteriosa para

dejar dinero encima de los corsés.

En cambio, una tarde que ella estaba sola, llegaron el _Indio converso_

y aquel cura viejo, vagabundo como el señor Vicente. Querían esperar a

éste, y en vez de permanecer en la sala del hermano, entraron en el

cuarto de los jóvenes. El _Indio converso_ indicaba con fieras miradas

los retratos clavados en la pared.

Era lo único que restaba del primitivo bienestar. Maltrana no había

intentado venderlos, pues conocía su insignificante valor. Además, en

medio de su miseria, eran la única demostración de que allí vivía un

intelectual.

El cura, siguiendo las ojeadas del _Indio converso_, examinaba con

aparente distracción los retratos y leía y releía los nombres impresos

al pie, como si temiese olvidarlos. Al mismo tiempo tosía con una

expresión irónica. ¡Ejem! ¡ejem!... Y el devoto remendón movía la cabeza

como si contestase: «¡Eh! ¿Qué tal? ¿No lo decía yo?...»

Cuando supo Maltrana esta visita, prorrumpió en exclamaciones de cólera.

De estar él, allí les hubiera echado a la calle, para que aprendiesen a

no curiosear en casa ajena.

Algunos días después notó Isidro que el señor Vicente retardaba sus

salidas matinales, o volvía a casa muy temprano, como buscando una

ocasión para hablar con él. Le miraba por la puerta entreabierta, al

pasear por su biblioteca mascullando oraciones; pero no osaba pasar

adelante, como si temiese abordarle en presencia de Feli.

Una mañana, al salir Isidro, vio que el señor Vicente abandonaba al

mismo tiempo su habitación, como si le esperase. Los dos se juntaron en

el rellano.

--Señor de Maltrana, tenemos que hablar.

Le dolía mucho lo que iba a decirle, pero le obligaba la necesidad.

Debía buscar una nueva casa; él abandonaría aquélla apenas acabase el

mes.

--No puedo, señor de Maltrana; no puedo pagar el alquiler. Y no es que

intente echarle en cara el no haberme ayudado. ¡Ave María! Usted no pagó

su parte porque no pudo... pero yo me voy. Meteré los libros en

cualquier sitio: me los guardará ese señor sacerdote que usted ha visto

algunas veces. Viviré con el pobrecito zapatero; él y su familia desean

tenerme con ellos; cuidarme un poco, que bien lo necesito.

Maltrana quedó anonadado por el nuevo infortunio que caía sobre él.

¿Adónde ir? Pero la nerviosidad de la desgracia, que agriaba su

carácter, le hizo acoger con altivez esta contrariedad.

--Señor Vicente: usted es un buen hombre y no le creo capaz de tomar por

sí solo tal resolución. Esto es cosa del _Indio converso_, que quiere

monopolizarle, y tal vez de ese capellán amigo de usted...

El «santo» protestó, defendiendo a sus camaradas. No había que maliciar

de ellos ni atribuirles perversas intenciones. El se marchaba porque era

un pobre y no podía soportar el alquiler de la casa. Lo sentía por Feli

y por Maltrana, que le eran simpáticos y no habían alterado su vida con

disgusto alguno. Pero todos vivirían aunque se separasen: la

misericordia del Señor era inmensa.

Y arrastrado por su afán de catequista, añadió:

--Lo que usted debe hacer, señor de Maltrana, es ponerse bien con Dios;

dar a ese ángel de bondad que vive con usted lo que le pertenece: unirse

a ella como dispone la Santa Madre Iglesia.

Isidro adivinó lo que el hermano quería decir. Se había enterado de que

él y Feli no eran casados. El _Indio converso_ era capaz de haber

corrido todas las parroquias de Madrid para convencer a su protector de

que albergaba una pareja pecadora, entregada a la concupiscencia de la

carne.

El gesto del señor Vicente delataba su repugnancia a vivir en contacto

tan inmediato con el pecado. Maltrana se enfureció ante estos

escrúpulos.

--Que seamos casados o no lo seamos, ¿qué les importa a ustedes?--dijo

con violencia--. Nos queremos; soportamos juntos nuestra miseria; somos

compañeros de suerte, sin necesitar de compromisos y documentos. ¿Qué

delito hay en esto?

El hermano levantó los hombros con inmensa extrañosa, como escandalizado

de que se pusiera en duda este pecado.

--Además--continuó con dulzura--, usted me ha engañado, señor de

Maltrana; usted se ha burlado de mí... No: ¡si no me enfado por ello!

¡si no le hago cargo alguno!... Yo le admití con gusto bajo mi techo,

pero le indiqué que no podría vivir con Voltaire, Garibaldi y otros

hijos del Malo.

--Y efectivamente--dijo Maltrana, sonriendo a pesar de su cólera--, por

dar gusto a usted, me abstuve de traer a casa a esos apreciables

señores.

--Pero trajo usted--repuso el «santo» con irritación, al mismo tiempo

que lagrimeaban sus inflamados ojos--, trajo usted a otros peores, y ahí

dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les

encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no había nadie más

perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto

de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora sé

que esos que adornan su habitación son demonios mayores, de más cuidado

que los otros, pues algunos de ellos todavía viven, por altos designios

de Dios, que quiere ponernos a prueba..

--¿Y qué quiere usted?--gritó Maltrana con tono agresivo--. ¿Que los

quite, para darles gusto a ese remendón que le explota a usted y al cura

loco que le aconseja?

--No; guárdelos, si ese es su deseo--dijo el «santo» con mansedumbre--.

Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del día;

yo soy un pobre pajarillo de Dios... ¡Ave María Purísima! ¡Mi Cristo y

mis libros bajo el mismo techo que los demonios más grandes que se

conocen!...

Maltrana creyó inútil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a

separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el

grave daño que le infería con esta inesperada resolución.

--Está bien; casas no me faltarán. Y si lo de la mudanza no es mas que

un pretexto para que me vaya, quédese usted aquí tranquilamente con su

Cristo y todo el almacén de necedades que contiene su biblioteca.

Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree.

El «santo» protestó, algo conmovido:

--No tenga usted prisa; queda de plazo todo el mes. Esperaré, y en

cuanto a los atrasos, todo olvidado. Yo le quiero, señor de Maltrana; le

quiero, porque a pesar de ser de los verdes, nunca ha blasfemado en mi

presencia. Yo agradezco esta consideración.

Maltrana repelió tales elogios. Se iría cuanto antes: no deseaba más

favores. ¡Ojalá pudiese en el mismo día abandonar aquella guarida de

buhos!...

Y volvió la espalda al señor Vicente con despectiva arrogancia,

afirmando que aceptaba como un gran bien el perder de vista al beato y

sus amigos.

Pero al verse en la calle, toda su altivez se derrumbó de golpe. A la

cólera sucedió el desaliento. ¿Qué iba a hacer? ¿adónde ir?... Sentíase

más infeliz, más débil que meses antes, cuando vagaba sin hogar, pasando

las noches en una redacción. Ya no tenía como recurso aquel camastro de

la calle de los Artistas. Además, carecía del valor que da el ser solo

para hacer frente a la miseria. Le anonadaba el pensar en Feli enferma,

debilitada por el trabajo, no pudiendo vivir como él al aire libre,

confiada al azar de la bohemia, y que, además, llevaba en su seno una

nueva amenaza del porvenir.

Vagó largo rato por las calles, con el pensamiento agobiado por su

infortunio.

Al pasar por la Puerta del Sol vio que eran las nueve en el reloj del

Ministerio. Pensó un instante en el señor Manolo, e intentó buscarle en

su oficina. Podían vivir en su casa; seguramente que el _Federal_ los

recogería al verles en medio de la calle: era un hombre bueno. Pero

Maltrana retrocedió ante la idea de vivir de limosna, privado de aquella

autonomía de la que hablaba a todas horas el señor Manolo. Además, éste

tenía mujer, tenía hijos, que verían con malos ojos la intrusión de una

pareja de hambrientos.

En su optimismo, creía que la suerte iba a cambiar, cansada de

perseguirle. Aproximábase el invierno: volverían a Madrid las gentes que

podían protegerle; no era difícil conseguir que lo encargasen una serie

de artículos, una larga traducción, un libro para firmarlo otro. Lo

importante, por el momento, era esperar metidos en cualquier sitio,

enquistados en su miseria, para no mostrarse mas que en el momento

oportuno. Pero ¿adónde ir sin dinero, sin muebles, sin tener siquiera

asegurada la comida del día presente?...

Al atravesar la Puerta del Sol, vio en la calle del Carmen el carro de

_Zaratustra_ parado junto a la acera, y entre sus varales al filósofo

traperil de espaldas a él, separando la basura que acababa de entregarle

el criado.

Maltrana pensó en su abuela y en su tesoro. La señora Eusebia era rica:

todos los vecinos lo afirmaban. El joven se encolerizó al pensar en la

misteriosa fortuna de la avarienta trapera. El era su nieto, y sufría

hambre teniendo derecho a una parte del tesoro oculto.

Sintiose de pronto animado por una firme resolución. Iría a visitar a la

_Mariposa_, aprovechando la ausencia de _Zaratustra_. Considerábase capaz

de las mayores violencias con aquella vieja sórdida, que le admiraba y

hacía de él grandes elogios, sin que jamás se le hubiera ocurrido

ayudarle con el más pequeño regalo.

Maltrana hacía mucho tiempo que no pasaba de los Cuatro Caminos.

Viviendo el _Mosco_ temía aproximarse a las Carolinas, y después de

muerto el dañador causábanle repugnancia estos lugares, que despertaban

sus remordimientos. Pero la necesidad borró sus escrúpulos, y emprendió

la marcha hacia aquel suburbio de Tetuán.

Cuando llegó al cerrillo en cuya cumbre estaba la cabaña de

_Zaratustra_, tuvo, como siempre, que espantar con pedradas y gritos a

los perros del trapero.

La abuela, al oír sus voces, salió de la cocina, fijando con extrañeza

sus ojos pitañosos en el desconocido.

--Abuela, soy yo... Isidro.

La _Mariposa_, al reconocer a su nieto, quiso abrazarle, pero se contuvo

mirando sus manos sucias por el hediondo cocineo. Maltrana, sofocado por

el calor, se sentó en la plazoleta, buscando la sombra de una de las

cabañas. La abuela mostró gran asombro por su visita.

--¡Quién podía esperarte!... ¡Tanto tiempo sin venir a verme! Desde que

hiciste la calaverada con la chica del _Mosco_...

Calló, no queriendo hacer mayores alusiones a aquel suceso que puso en

conmoción el barrio de las Carolinas, y del cual ya nadie se acordaba.

--¡Un porción de meses sin verte!--continuó la anciana--. ¿Y qué te trae

por aquí?... Porque tú a algo vienes.

Y la _Mariposa_ guiñaba sus ojos, contraía el negro agujero de su boca

rodeado de arrugas, adivinando que sólo un suceso de gran importancia

podía haber traído hasta allí a su nieto.

Maltrana desechó todo preámbulo. Pasaba el tiempo; _Zaratustra_ no

tardaría en volver, y él deseaba hablar a solas con la anciana.

--Abuela, para ahorrar palabras--dijo con gravedad--: voy a pegarme un

tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre.

La vieja se persignó. ¡Alabado sea el Señor! ¿Pero se había vuelto loco?

¿Qué le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro

escuchó al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la

pobre compañera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en

medio de la calle.

La _Mariposa_ repetía con tono estupefacto:

--¡Y yo que te creía con posibles, Isidrín!... ¡Y yo que me figuraba que

ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!...

Pero su asombro no fue de larga duración. Pareció reflexionar,

replegarse, achicándose dentro de las ropas, como un caracol medroso que

se refugia en su cáscara.

--¡Ay, Señor!--gemía--. ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Qué miserias!

Una, metida aquí, no sabe nada... ¡Y qué vamos a hacer, Isidrín! ¡qué

vamos a hacer!...

Luego, adivinando lo que el nieto parecía decirle con la mirada,

continuó entre gimoteos:

--Los tesoros de la reina de España quisiera tener yo, para dártelos.

Pero soy pobre, más pobre que las ratas. El tío Polo se ha metido en la

mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las

saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo,

sería caso de morirse.

Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la

riqueza de la tía _Mariposa_, creía percibir en sus palabras una

hipócrita falsedad.

--¡Abuela! ¡abuela!--exclamó con tono suplicante.

Y para vencer su dura avaricia, la describió su situación. Nada le pedía

para él. De verse solo, como en otros tiempos, no vendría a molestarla.

Lo mismo que había vivido, haciendo frente a la desgracia, seguiría

viviendo. Pero estaba la otra, la infeliz Feliciana, la mártir, que

vivía tranquila con su padre el dañador, y a la que él había arrastrado

fuera del hogar para que participase de su suerte. No podía abandonarla.

Moribundo de hambre, se quitaría el pan de la boca para dárselo: su

sangre le parecía poco para apagar su sed.

--Hay que ver, abuela, lo que esa mujer hace por mí. Carezco de trabajo,

y ella pena noche y día por que tengamos un poco de pan. Si usted me

quiere, quiérala mucho a ella también. Es mi mujer y mi madre todo a un

tiempo; y antes que verla sin techo y sin sustento, me mataré, abuela,

¡me mataré!

Maltrana se exaltaba con sus propias palabras, y conmovido al recordar

lo que debía a su compañera, inclinaba la cabeza, interrumpiendo su voz

con el estertor del llanto.

La vieja, viendo llorar al nieto, lloraba también, restregándose los

ojos con la punta del delantal.

--Tienes razón--gemía--. Hay que hacer algo por ella. Así deben ser los

hombres. Bien se ve que la quieres.

Preguntó a su nieto cuánto necesitaba para salir de su situación. Si

fuese poco, tal vez ella podría servirle... tal vez encontrase quien le

prestara hasta cinco duros.

--Necesito mucho, abuela.., mucho. Nada tenemos; nos hace falta todo.

No, no me sirven esos cinco duros; hartazgo hoy y hambre mañana. Lo que

le pido es un esfuerzo; que me salve, que nos saque de este atascadero,

hasta que yo pueda marchar solo.

Secáronse los ojos de la vieja e hizo una mueca dura, como si de repente

se extinguiese su emoción. No podía salvar a su nieto; ella era una

pobre. Y cruzó los brazos, mostrándose resuelta a escuchar sin

conmoverse cuanto le dijera Isidro.

Este adivinó los pensamientos de la abuela. ¡Alma endurecida por la

codicia! ¿Y su tesoro? ¿Iba a abandonarle fingiéndose pobre, cuando

todos los de la busca hablaban de su riqueza?...

La _Mariposa_ rió con una expresión de bruja burlona.

--¡Mi tesoro! ¡Ya salió mi tesoro! ¿También tú vienes por él?... Te han

engañado, Isidrín; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras

de la gente... Soy una pobre.

Pero el orgullo de su avaricia no le permitía disimular. Se le escapaba

una sonrisa de satisfacción, denunciando la certeza del tesoro y su

propósito de defenderlo contra todos.

--¡Abuela!--gritó Maltrana--. No lo haga usted por ella ni por mí, ya

que no nos quiere. Pero hágalo por el que va a venir.

Intentó enternecer a la _Mariposa_ hablándola de su futuro hijo, de

aquel pequeñín, que sería como una extraordinaria prolongación de la

existencia de la anciana. ¡Tendría un biznieto! Pocas mujeres lograban

ver su descendencia hasta tal límite. ¿Y sería capaz de dejar en el

abandono a la tierna criatura?...

El instinto de la familia despertó en la avara. Volvió a gemir, a

llevarse el delantal a los ojos, pero sin moverse, sin acceder a las

súplicas de su nieto.

--¡Desgraciado!--murmuraba--. ¡Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa

la tuvo tu madre, por su empeño en huir del barrio... ¡Cuánto mejor

hubiese sido para todos seguir en el oficio!

Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. ¿Qué tenía que ver su pobre

madre en lo de ahora?... ¿Quería ayudarle, sí o no?...

La vieja siguió gimoteando, sin contestar, y el joven púsose de pie con

ademán resuelto.

--Adiós, abuela. Quédese usted con lo suyo. Ya sé lo que debo hacer.

Pero antes de que volviese la espalda, la trapera se abalanzó a él.

--¡Isidrín... hijo mío... quédate! Tendrás lo que quieres: todo lo de tu

abuela será para ti, aunque me quede en cueros, aunque me muera de

hambre.

La emoción había ablandado su dura avaricia; la tristeza del nieto la

infundía miedo. Además, en su pensamiento senil estaba fija la imagen

del biznieto, de aquella criatura que aún había de venir y la llenaba de

orgullo.

--Te lo daré todo, ¡todo!--dijo misteriosamente al oído de Maltrana.

Después miró a los inmediatos cerros con inquietud, como si temiese la

presencia de algún curioso.

--Vigila bien--añadió--. Apenas veas el carro del tío Polo, avisa.

¡Mucho ojo!

Y llevándose un dedo a la nariz para indicarle discreción y vigilancia,

se introdujo en el estrecho túnel que conducía a la cuadra.

Transcurrió mucho tiempo. Isidro se imaginaba los trabajos que estaría

realizando la abuela con sus manos trémulas para extraer del escondrijo

aquel tesoro famoso que _Zaratustra_ husmeaba, sin llegar nunca a dar

con él. Por fin salió, sucia de telarañas, con el pañuelo de la cabeza

cubierto de briznas de paja.

Llevaba en las manos un trapo blanco repleto de objetos. Al depositarlo

sobre un tronco, con mucho cuidado, como si contuviese cosas frágiles,

sonó en su interior un retintín metálico.

La _Mariposa_ suspiraba, como echando fuera el dolor de este sacrificio,

y lentamente, sin dejar de mirar a lo lejos, con el temor de ser

sorprendida, fue desatando los nudos del envoltorio.

Un resplandor de oro, de piedras preciosas, de objetos de gran brillo,

que aun parecían más esplendorosos en este ambiente de miseria, hirió

los ojos del asombrado Maltrana. El tesoro era cierto. ¡Vive Dios! La

realidad tenía sorpresas de cuento fantástico. El joven pensó por un

instante en las novelas de portentosas aventuras leídas en su juventud.

La vieja se gozaba en el asombro del nieto.

--¡Qué hermosura! ¿eh? Toda mi vida me ha costado el reunirlo. Y no te

creas que he apandado nada de mal modo: todo en la basura... Yo he

tenido grandes parroquianos, todos gentes ricas.

Maltrana había cesado de mirar el tesoro, para contemplar a la

_Mariposa_ con unos ojos en los que se leía el asombro y la compasión al

mismo tiempo.

--¿No hay más, abuela?--preguntó dulcemente--. ¿Sólo tiene usted esto?

La _Mariposa_ le miró escandalizada.

--¡Qué! ¿aún te parece poco? Pero muchacho, ¡si hay ahí para comprar

todas las Carolinas! Fíjate, Isidrín: ¡es un tesoro!

Maltrana no necesitaba fijarse mucho. Pasado el primer deslumbramiento,

había visto la falsedad escandalosa de las joyas enormes y absurdas que

brillaban en la cumbre del montón de baratijas.

Eran adornos de teatro, ridículamente fastuosos, de metal dorado, con

piedras de diversos colores, cuya grandeza hacía temblar de emoción a la

pobre _Mariposa_.

--Esas joyas de reina--dijo--eran de aquella buena señora que me quería

tanto: de la cómica que murió. Las encontré en una carretada de cartas

rotas, trajes viejos y retales que me llevé de su casa... Pensé un

momento en devolverlas, pero me quedé con ellas, y no me arrepiento. Los

herederos eran gente indigna.

El joven apartó a un lado estos adornos ridículos, para revolver con

ávidas manos el resto del montón.

--Fíjate en ese rosario--dijo la vieja--: todo de perlas finas. Era de

una dama de palacio.

Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira también: eran granos de

marfil, con un débil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de

_doublé_; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus

vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja

creía de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrería

empañada. Aquellas riquezas que hacían estremecer de codicia a la

trapera no eran mas que basura de insignificante valor.

Isidro únicamente apartó lo que la _Mariposa_ consideraba de menos

valía: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y

tamaños, caídas, sin duda, durante el fregado en el estiércol de la

cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro

sortijas lisas, pero de algún peso. Era lo único del tesoro de la abuela

que tenía cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta

treinta duros.

La _Mariposa_ seguía con atención el apartado que realizaba su nieto,

sonriendo al ver que se satisfacía con lo más humilde del tesoro,

abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban

de orgullo.

--Haces bien--murmuraba--. Con eso que te llevas tienes bastante por el

momento. Lo demás te lo guardará la abuela para otro caso de apuro, y

cuando yo falte será para ti.

Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las

deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja

le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no

quería abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A

impulsos del agradecimiento, desató una de las puntas del trapo, sacando

del nudo unas cuantas monedas de plata.

--Toma, Isidrín--dijo--. Todo el dinero que tengo. Para que lo añadas a

esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ahí siete

duros entre pesetas dobles y sencillas.

Maltrana se metió la cantidad en el bolsillo. Después fue distribuyendo

por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos.

La inmensa decepción que le había hecho sufrir la cándida avaricia de su

abuela trocábase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que

envolvía el resto de sus baratijas.

--Ya has visto el tesoro--siguió diciendo la vieja con voz misteriosa--.

Tú eres el único que lo conoce. Cuidado con hablar. Esto sólo se reúne

teniendo buena parroquia, trabajando años y años con los ojos bien

abiertos para que nada se escape. Cuando mi biznieto sea mayor,

venderemos la diadema, las pulseras, el alfiler de pecho con esos

diamantes como garbanzos que quitan la luz de los ojos. Alégrate,

Isidrín; no te engañaron: tu abuela es rica, tiene su tesoro; pero tú

solo debes saberlo, pues será para ti.

Después miró con inquietud a lo lejos, poniéndose una mano sobre los

ojos.

--Tú que tienes mejor vista, Isidrín: ¿no es aquel carro el del tío

Polo?... Sí que es; ya está ahí ese judío, ese camastrón, que no piensa

mas que en apandarme el tesoro. Huye, Isidrín: que no nos pille aquí;

que no huela el gato.

Y la vieja, con la inquietud del miedo, temiendo que le arrebatasen

aquellas riquezas, a las que amaba como su propia vida, desapareció en

el túnel oprimiendo entre sus brazos el blanco envoltorio. Se había

despedido de Isidro apresuradamente. ¡Que le trajese el biznieto apenas

naciera! Se contentaba con verlo una vez, y luego morir, dejándole sus

riquezas.

Isidro descendió del cerro por los sembrados para no encontrarse con

_Zaratustra_, pensando, mientras caminaba, en el medio de sacar unas

pesetas más del famoso tesoro oculto en sus bolsillos.

X

Bien entrado el otoño, Isidro y Feli fueron a vivir en las Cambroneras.

Después de abandonar la casa del hermano Vicente, habitaron un cuarto

interior en la calle de Embajadores. Pagaban tres duros por él; pero

transcurrido el primer mes, no pudieron satisfacer el segundo, y

abandonaron la habitación, salvando casi milagrosamente sus escasos

muebles.

Más aún que los tormentos del hambre, temía Maltrana las inquietudes y

desasosiegos que traía consigo el alquiler. Feli sólo se preocupaba de

asegurar el techo. Realizaba economías asombrosas por ir juntando poco a

poco el dinero para la casa. Ya tenía tres pesetas, ya tenía un duro, ya

se aproximaba lentamente a los dos, y de pronto surgía una necesidad

imperiosa, una exigencia ineludible, el pago a la tienda, que se negaba

a fiar más sin recibir algo a cuenta, la compra de material para el

emballenaje de los corsés, la necesidad de echar unas suelas a las botas

únicas de Maltrana, mientras éste permanecía prisionero en el cuarto; y

de este modo la mala fortuna llevábase de una manotada todos los

ahorros, sin dar tiempo a que se completase el importe del alquiler.

Maltrana adoptó una resolución. Los pobres como ellos, de vida

incierta, sólo podían vivir en las casuchas cuyos cuartos se pagan

diariamente, en los falansterios de la miseria, como aquel caserón de

obreros donde él había nacido.

Vivió en varios edificios de esta clase, en el barrio de las Peñuelas y

el de las Injurias, repugnándole sus hacinamientos, la suciedad sórdida

de sus paredes, las frecuentes peleas de las hembras desgreñadas, que se

insultaban de galería a galería... Su pobre Feli no era una princesa,

pero ¡ay! sentía él honda repugnancia al verla, tan delicada y tan

dulce, viviendo en este infierno.

En las Cambroneras encontró un cuarto independiente, y decidió

trasladarse a este barrio habitado por gitanos, que le parecieron más

apreciables y tranquilos que las familias de las casas de vecindad.

El alquiler se pagaba todas las noches: real y medio. Al obscurecer

llamaba a la puerta el encargado de la cobranza, un hombre alto, enjuto

y moreno, al que el exceso de estatura hacía caminar arqueando la

espalda. Era de la policía. El que administraba las casas de las

Cambroneras teníalo allí como cobrador y guardián del orden, por su

carácter de agente de la autoridad. Dábale por esto un interés sobre la

cobranza y vivienda gratuita para él, su prolífica mujer y la banda de

chiquillos que completaba la familia. De sus mocedades, transcurridas en

el campo, antes de ser soldado, guardaba gran afición al cultivo de la

tierra, y cuando sus deberes de agente de «la secreta» no le hacían ir a

Madrid, pasaba las horas en la heroica tarea de convertir en

huertecillas los desmontes de tierra amarillenta, sacando a brazo el

riego de una noria abandonada.

Inspirábanle gran respeto los dos jóvenes, hasta el punto de hacerle

afirmar que don Isidro y doña Feli eran las únicas personas decentes

que habitaban en las Cambroneras.

--Adelante, Pepe--decía Maltrana cuando, cerrada la noche, sonaba un

golpe en la puerta.

Y Pepe se presentaba llevando en las manos un lápiz y un rústico

talonario de papel de barbas. Entregaba una hoja, después de garrapatear

algunos signos, y recibía las monedas de cobre.

Isidro mostrábase satisfecho de su nuevo alojamiento. Por una ventana

contemplaba el río, casi a sus pies, y en la orilla opuesta las praderas

pintadas por Goya, los cerros en cuya cumbre se aglomeraban los cipreses

y mausoleos de los cementerios de la Almudena y San Isidro. Por otra

ventana veía el descampado de las Cambroneras, un gran espacio de tierra

atravesado por un riachuelo, en el que lavaban sus guiñapos las gitanas,

flotando sobre la corriente trapos y pedazos de periódicos. Enfrente

abríase un gran portalón dando entrada a una callejuela de guijarros

flanqueada por dos hileras de casuchas. Unas eran de techo bajo; otras

tenían en el primer piso una galería de madera, con escalerillas de

tablones carcomidos, que crujían a la más leve presión como si fuesen a

romperse.

Maltrana no tardó en conocer la heterogénea población de las

Cambroneras. Formaban un mundo aparte, una sociedad independiente dentro

de la horda de miseria acampada en torno de Madrid. Pepe el cobrador

relatábale las costumbres y rarezas de aquellas gentes, a las que él

llamaba «su ganado».

Existían dos grandes divisiones en el vecindario de las Cambroneras,

cuyos límites nunca llegaban a confundirse; a un lado los payos, que

eran los menos, y al otro los gitanos, que constituían la mayor parte de

la población. Los payos se subdividían en pordioseros, que iban todas

las mañanas a Madrid a mendigar en las puertas de las iglesias, y

quincalleros, que en el verano vagaban por las ferias de Castilla

vendiendo baratijas y durante el invierno organizaban juegos tramposos

en las afueras o tomaban parte en algún robo, si se ofrecía ocasión.

Los gitanos estaban divididos en tres naciones: gitanos andaluces,

gitanos castellanos y gitanos manchegos. Tratábanse con cierta

fraternidad, impuesta por la raza y las costumbres, pero cada grupo

manteníase fiel a su origen, creyéndose superior a los otros. Los

andaluces echaban en cara a los manchegos su rusticidad y a los

castellanos su falta de sangre _cañí_, adulterada por innumerables

cruces con los payos. Estos, a su vez, despreciaban a los procedentes de

Andalucía por sus trapacerías y enredos, que habían dado a la raza su

fama deshonrosa.

Reconocíalos Isidro a simple vista a los pocos días de vivir en las

Cambroneras. Los andaluces iban afeitados, con ancho sombrero,

chaquetilla de terciopelo color de vino y grandes tufos sobre las

orejas. Los manchegos y castellanos usaban gorra de pelo, llevaban

bigote recortado y chaquetón de paño pardo; únicamente su color, de un

bronceado oriental, los distinguía de los paletos manchegos, cuyo traje

imitaban.

Las mujeres salían en las primeras horas de la mañana, para no volver

hasta la caída de la tarde, o permanecían dentro de sus casas, recluidas

voluntariamente, con una pasividad de hembras asiáticas. También se

reconocía en ellas la diferencia de origen. Las andaluzas eran

parlanchinas y vociferadoras; hablaban gesticulando y manoteando,

esparciendo con su cháchara el aturdimiento en torno de ellas. Vestían

falda de percal rameado con largos volantes, llevaban el mantón

terciado, el moño aceitoso caído sobre la nuca, la frente con

cuernecillos de pelo pegado, y en el cuello varias sartas de cuentas

azules. Salían de las Cambroneras poco después de surgir el sol, camino

de la plaza de la Cebada, para decir la buenaventura y echar las cartas

a las criadas, que eran su mejor clientela. Los hombres se desperezaban

en la puerta; las bandas de chicuelos color de chocolate, descalzos y

con la panza al aire, se agarraban a las faldas pintarrajeadas de las

madres.

--_Gachí_--decía el marido--, a ver si hoy traes argo pa jamar. Mira que

estoy jarto de tanta jambre.

Los pequeños se agitaban en torno de ellas, acompañándolas cuesta arriba

hasta el puente de Toledo. A ver si podían apandar, como otras veces,

los _chulés_ de algún payo. Y si no eran _chulés_ (nombre que daban a

los duros), que fuesen _plañís_ (modestas pesetas), que bien las

necesitaba la familia, confiada a los azares de la suerte.

--Mare--gritaban los pequeños al quedarse junto al puente--, que traiga

usté _callardó_, mucho _callardó_.

Era el chocolate: el gran regalo de la gente gitana, su licor y su

alimento. Bueno era el _balinchó_ (el cerdo); suculento el _balebás_

(tocino); dulces los _mantejos_ (almendras), que se arrojaban a puñados

en los días de boda; pero el chocolate era lo mejor del mundo, el

alimento de Dios, que parecía embriagarles con su perfume y su ardor.

Los pequeñuelos, con la esperanza de que la madre trajese al anochecer

una enorme cantidad de _callardó_, la saludaban desde lejos.

--Adiós, mi _dai_.

Y la gitana alejábase hacia la puerta de Toledo, combinando, en las

tortuosidades de su trapacera imaginación, el medio de _jonjabar_ a

algún payo que le deparase la buena suerte, de sacarle el dinero,

prometiéndole, por medio de sortilegios, el premio gordo de la Lotería.

Vagaban hasta las doce por las inmediaciones del mercado, deteniendo a

las criadas, aturdiéndolas con su charla, alabando sus caras de ángel,

aunque fuesen de horrible fealdad, lamentando con extremos grotescos de

desesperación las desgracias de sus amores y que no se cuidasen de

conjurar la mala suerte acudiendo a la experiencia gitana.

--Tu mano... enséñame tu mano, resalá, que por San Juan te digo que

yevas en eya tu fortuna y tú no lo sabes.

Tenían sus parroquianas, sus creyentes de inconmovible fe, que apenas

las veían marchaban a su encuentro, ansiosas de nuevas revelaciones.

Metíanse en los portales solitarios, y allí, sobre la tapa de la cesta,

soltaba la gitana los mugrientos naipes ocultos bajo el mantón. Todo

salía: el hombre moreno que penaba por la sirvienta, pero al cual ligaba

con malas artes una mujer blanca, que había que vencer; después, el

hombre rubio, muchas veces con espada (un militar), que se presentaría

para llevársela sobre un caballo tordo; luego salían por dos veces los

oros: dinero y más dinero...

--Tú has heredao argo--afirmaba la gitana con una convicción que no

admitía réplica.

--¡Qué he de heredar yo, pobre de mi!--contestaba la sencilla criada.

--Bueno; pues heredarás.

Y seguía el juego. La sota: otra vez la mala mujer, que había de ser su

perdición si no la anonadaba haciendo lo que ella le dijese.

Cuando la muchacha, aturdida por este parloteo, y dudando si emplear sus

ahorros en el gran remedio que le proponía para sujetar al novio infiel,

acababa por entregarle dos reales, la gitana prorrumpía en lamentos y

súplicas.

--Reina, añade aunque no sea mas que un realillo. ¡Con esa carita de

clavel, y tan agarrá! Anda, grasiosa, que tienes ojillos de Virgen...

Mira que tengo un ganao de _churumbeles_ que no levantan del suelo tanto

así, y están muertesitos de nesesiá. Mi hombre lo tengo baldao; mi

_bato_... ¡mi pare! está en las últimas; mi probesita _dai_ se me murió;

mi _plan_ (mi hermano, ¿entiendes?) está en el presidio de Alcalá...

Y seguía enumerando desgracias y muertes, como si la peste negra hubiese

pasado por las Cambroneras.

--Vaya, presiosa, suerta un poquito más de _jurdé_, que por eso no vas a

quedar probe. No te pido _papiris_ der Banco; suerta manque sean tres

perrillas más.

En sus exploraciones en torno del mercado, cuando vagaban aburridas, sin

encontrar parroquianas, plantábanse audazmente ante los hombres que

salían de las tabernas o los comerciantes que tomaban un poco de aire a

la puerta de sus establecimientos.

--¿Te la digo, grasioso? Dame la mano, barbitas de San Juan, que tienes

patitas de bailaor y ojillos de meteor.

Las repelían como si fuesen perros, amenazándolas con llamar a la

pareja, y ellas se alejaban sin resentimiento, con muecas burlonas,

abriendo los ojos desmesuradamente.

--¡Juy, Pare Santo! ¡Y qué mal genio gasta el señó!... ¡Ni que juese el

_Livanó_ que toma las declarasiones!... ¡En el _estaribel_ te veas,

mardito, y que el _Baró_ no quiera sacarte ni con fianza!...

Cuando pasado mediodía cesaba la afluencia en el mercado, las gitanas,

en vez de volverse a las Cambroneras, seguían hacia el centro de Madrid,

callejeando hasta la caída de la tarde. Pedían limosna; deteníanse ante

las ventanas de los cafés, dando golpecitos en los cristales; lanzaban

miradas intranquilas a los puestos exteriores de las tiendas, pensando

en la posibilidad de un descuido... Iban a lo que saliese; el robo no

les parecía gran pecado: _chorar_ era una ocupación digna de elogio, si

se hacía con habilidad y sin riesgo. Y cuando _choraban_ una pieza de

tela, unas manzanas o un panecillo, volvían orgullosas a casa, diciendo

a las vecinas:

--Hoy le he dao el _jonjanó_ a un payo.

Maltrana, al asomarse a la puerta de alguna de aquellas casuchas,

blancas por fuera y negras por dentro, sin otro respiradero que la

puerta, conocía el origen de sus habitantes sólo con ver mujeres en su

interior o notar su ausencia.

--¿Son ustedes andaluzas?--preguntaba intencionadamente a las hembras

sentadas en corro sobre el duro suelo, mirándose silenciosas, con la

mandíbula apoyada en una mano.

--¡Nosotras andaluzas!--exclamaban ofendidas--. Somos mujeres de nuestra

casa. Nosotras no salimos a engañar a la gente.

Eran gitanas manchegas. Tenían padres o maridos que trabajasen por el

sostenimiento de la familia; y si no había _chambos_, si el «trato» de

las caballerías se paralizaba, daban vuelta de llave a su estómago y

sufrían el hambre en silencio, sentadas junto a los pedruscos fríos del

hogar, con las faldas esparcidas en torno de ellas como hongos enormes,

taciturnas y dispuestas a morir sin moverse del sitio.

Maltrana, a pesar de la miseria de su propia casa, sentía compasión al

ver las viviendas de estas gentes. Eran tabucos cuyo suelo, de tierra

apisonada, estaba mucho más bajo que la calle. No tenían tabiques, y

cuando el pudor exigía la separación de lechos, salían del apuro

colgando de una cuerda una manta vieja. En el fondo de la casucha, con

la cabeza hundida en cajones que servían de pesebres y las grupas frente

a la puerta, estaban los caballos, las mulas y los burros que

constituían la fortuna de la familia. Los colchones astrosos, apilados

en un rincón, se extendían por la noche junto a las patas traseras de

las bestias, durmiendo la familia y su capital acariciados por el calor

del común estiércol. Unos ladrillos colocados en el centro de la casucha

servían de cocina. No se encendía fuego mas que por la noche. El humo de

la leña llenaba la habitación, saliendo por donde podía buenamente: por

la puerta abierta o las grietas del techo, por no existir el menor

orificio que sirviese de chimenea. Las paredes estaban ennegrecidas por

una capa de hollín que representaba luengos años de atmósfera

asfixiante; las bestias, acostumbradas a esta lenta sofocación,

limitábanse a bufar en sus pesebres. Las mujeres, con los ojos llorosos

por el humo, vigilaban la sartén; los niños de pecho tosían,

apelotonándose contra las maternales ubres, como si buscasen el fresco

de la leche.

Pepe el cobrador alababa las ventajas del continuo ahumamiento.

--Gracias a eso--decía--no mueren como chinches. El humo les limpia, ya

que nunca tocan el agua. ¡Porque cuidado, don Isidro, que son sucios!...

En cambio, en la comida no he visto gente con mayores escrúpulos.

No había que esperar que aceptasen una limosna de alimentos, ni que

aprovecharan las sobras de nadie. Las gitanas, al volver de Madrid,

traían comestibles de las tiendas; viandas crudas para guisarlas en

presencia de la familia. Pasaban días enteros sin comer, con la

tranquilidad de la costumbre, y a pesar del hambre, hacían gestos de

asco al hablar de los traperos, de los mendigos, de todos los payos que

la miseria ponía en contacto con ellos, gente de estómago vil, que se

alimentaba de la bazofia arrojada por los demás y se vestía con sus

despojos.

_Chorar_... ¡todo lo que pudieran! Robaban en Madrid, robaban en los

campos veraniegos cuando salían de excursión a las ferias; pero todo

había de ser nuevo, sin uso alguno. Su traje, aunque remendado y sucio,

era suyo, lo habían hecho para sus cuerpos, y lo preferían, con toda su

astrosidad, a las ropas usadas que fuesen mejores. Su estómago sufría

antes el hambre que la náusea del asco. Cuando llegaba a sus manos un

vestido ajeno, lo vendían a los traperos con aire señorial. En las

noches de abundancia, la familia sentábase en torno de la sartén. La

madre arrojaba los trozos de carne fresca en el aceite chirriante, y

cada uno pinchaba con su navaja, con tanto apresuramiento, que por más

que la mujer echaba y echaba, nunca se veía llena la sartén.

Los jueves reuníanse los hombres en el mercado de bestias, junto a la

Puerta de Toledo. Los que no tenían ganado también iban allá, con la

esperanza de que cayese algo, empuñando una gran vara, como si tuviesen

que arrear a una recua imaginaria. Al primer paleto que se pusiera a

tiro le daban un _emburreo_, un _correate_, nombres con que designaban

las malas artes del «trato».

Después volvían, lamentándose de la decadencia del chalaneo. Había que

esperar las grandes ferias del verano. En el mercado de Madrid apenas se

veían compradores; todos eran gitanos... ¡y cómo iban a engañarse entre

ellos!...

Los más acomodados volvían a meter por las exiguas puertas de las

viviendas todo su ganado: los humildes _guerñís_ de largas orejas y

escandaloso rebuzno; el _gras_ de trenzadas crines y cola peinada, que

hacían galopar en torno de su látigo maestro, afirmando que el que

montaba el rey no era mejor; la _chorí_ y el _choro_ (la mula y el

macho), que esperaban vender a buen precio, cuando emprendiesen la

expedición veraniega por Castilla y la Mancha, ofreciendo sus bestias a

los labriegos.

En el resto de la semana permanecían los gitanos en las Cambroneras sin

hacer nada, esperando el regreso de sus hembras, pájaros vivarachos y

parleros que traían en el pico el pan de la familia. Desayunábanse con

una copa de aguardiente o un mendrugo, y aguantaban el hambre durante

todo el día, en plácida vagancia. Jugaban a la barra o a los bolos en el

descampado de las Cambroneras; los más hábiles tañían la guitarra,

alegrando su debilidad con una música melancólica; los que eran

industriosos tendíanse sobre el vientre en la orilla del río, y así

permanecían horas y más horas esperando que algún gorrión quisiera

buenamente dejarse apresar por la red colocada sobre la hierba. Ciertos

viejos de aire magistral batían palmas ante un grupo de diablillos color

de chocolate con pinceles de pelos sobre las orejas, que aprendían a

bailar, moviendo grotescamente los pies y los brazos, agitando su panza

con salvajes contorsiones. Era la vida de tribu: los machos descansando,

por el privilegio de su fuerza, esperando el sustento de las hembras que

iban al bosque, o sea a la inmediata población.

Maltrana, a los pocos días de estancia en las Cambroneras, conocía los

nombres de todos los respetables tunos del hampa gitanesca, bronceados y

ágiles, con el rostro roído por las viruelas. Tenían por apodos el

_Mono_, el _Bastián_, el _Matamoros_, el _Malafolla_, el _Cachuli_, el

_Mochón_, el _Navaco_ y otros no menos extraños. Nunca se les veía

borrachos: su bebida favorita era el chocolate.

El único que, con discursos incoherentes y grandes gritos, mostraba su

afición al alcohol era Salguero, que se apodaba a sí mismo

_Salguerillo_, un vejete malicioso, que habitaba treinta y tantos años

la primera casucha del callejón. En invierno fabricaba cestas de

mimbres, ayudado por la vieja que vivía con él; en verano salía a las

ferias para ejercer su oficio de esquilador.

A la caída de la tarde iban llegando las mujeres, cansadas de todo un

día de correteo por Madrid. Los estómagos vacíos estremecíanse al

aproximarse estos mensajeros de la abundancia. Reconocíanlas los gitanos

apenas llegaban a la cuesta de las Cambroneras.

--Por allí vienen la _Buchichi_ y la _Pique_--decían los que jugaban a

los bolos, avisando a los maridos.

Y tras éstas aparecían la _Clavellina_, la _Cortezona_, la _Pote_, la

_Pelela_ y las _Chirrinas_. Estas eran las más guapas, y tenían fama de

hábiles para traer a casa buen botín. Payo que cogían, lo jonjababan en

un momento. Únicamente podía compararse con ellas la _Culo de corcho_,

una gitana obesa, de ojos pequeños como si estuviesen cosidos, y gran

ligereza de manos, que en un santiamén hacía desaparecer bajo sus sayas

todo objeto que podía _chorar_.

Los hombres salían a su encuentro. El portalón de la calle de los

gitanos vomitaba grupos y grupos de sucios chiquillos, que habían pasado

el día cantando a coro, repicando las castañuelas y tomando lecciones de

baile para entretener el hambre.

-¿Qué traes?--preguntaba el gitano a su mujer, estirando los miembros

entumecidos por el descanso, subiéndose la faja con ambas manos y

atusándose las greñas que le tapaban las orejas.

Si la expedición había sido fructuosa, pavoneábase la gitana con

orgullo.

-¡Arza pa alante, esgalichao! ¡Menúo _callardó_ vais a mamaros tú y los

_churumbeles_!...

Encendían fuego en su covacha, preparando, ante todo, el chocolate,

dejando para después el guisoteo de la cena. En otras casas se

prescindía por completo de la sartén, no queriendo, después de un día de

hambre, otro alimento que el _callardó_. Era el lujo de la raza, el

nutritivo de los ricos, y toda la familia, puesta en cuclillas en torno

de la hoguera, contemplaba absorta el hervir del puchero lleno de

chocolate.

Si la mujer había juntado un duro con sus trapacerías y rapiñas,

empleaba casi toda la cantidad en tablillas de la preciada pasta. La

familia sorbía con delectación el chocolate líquido, y lo mascaba crudo

como si mascase pan. El amargo perfume esparcíase en las casas

inmediatas, despertando envidias. La chiquillería asomábase con ávidos

ojos, y corría después a dar cuenta a sus madres de este banquete de

reyes:

--Mi _dai_: en casa del _Mochuelo_ toman _callardó_. Dicen que han hecho

un buen _chambo_.

Y las madres suspiraban con envidia. ¡Qué suerte la de algunas gentes!

En otras casas sonaban gritos desesperados, estrépito de lucha, golpes

en las paredes. Se abría una puerta, y sacaba su cabeza desmelenada una

mujer con gesto de espanto.

--¡Favó al rey!... ¡Que me mata mi Enrique!... ¡Que me desloma, que me

jase peazos porque no he traío na!

Seguía vociferando con la cabeza fuera de la puerta y el cuerpo dentro

de casa, sin moverse, para que el gitano pudiera apalearla sin gran

molestia. Nadie prestaba atención a estos gritos: era lo de todos los

días. La que vagaba por Madrid, sin traer nada, tenía por segura la

paliza. Era una exigencia de las buenas costumbres, una tradición

venerable: todas ellas habían visto lo mismo en la casa paterna.

Cerrada ya la noche, Pepe el cobrador iba de tabuco en tabuco con su

talonario. En unas casas encontraba al hombre sentado en un rincón, con

aspecto enfurruñado, y a la mujer tendida en el suelo.

--Pasa de largo, Joselillo--gemía la gitana--. Hoy no puedo darte el

real: no he ganado nada. ¡Mira cómo me ha puesto el cuerpo ese bruto!

Y señalaba al marido, que permanecía impasible, con la tranquilidad del

que cumple su deber.

El hogar estaba apagado, y la banda de chiquillos, convencida de que en

casa no encontraría un mendrugo, seguía repicando las castañuelas en la

calle--_tra la la la_--, pasando y repasando ante las puertas que olían

a chocolate, con la esperanza de alcanzar algunas sopas.

El cobrador, en otros sitios, notaba la precipitación con que la familia

ocultaba su abundancia. El fogón sólo tenía algunas ascuas; los

cacharros, sucios de chocolate, estaban ocultos en el rollo de las

colchonetas. La más vieja de la familia le tendía algunas monedas entre

suspiros de desaliento.

--Toma, Joselillo, una _plañí_--decía--. No tenemos más; te debo dos

reales, que te daré mañana. ¡Ay! ¡Estamos muertecitos de jambre!...

Y Joselillo pasaba a otra casa, seguro de la cobranza, pues aunque

aquella gente se retrasase en el pago, acababa siempre por satisfacer

sus deudas. Eran vagabundos que apenas comenzaba el verano hacían la

vida errante de feria en feria, y por esto mismo necesitaban tener su

techo seguro para cuando llegasen los fríos.

Isidro, al salir de su casa por las mañanas, hablaba con Salguero el

esquilador. Este le salía al paso, saludándolo con grandes cortesías.

--Vaya usía con Dios, señor excelentísimo. Ya sabe que _Salguerillo_ es

su fiel servidor, aunque sea un pobre _cañi_.

Cuando Isidro podía darle un cigarro, Salguero, satisfecho del obsequio,

le acompañaba cuesta arriba, hasta el paseo de los Ocho Hilos, sin cesar

de hablarle con gitana incoherencia.

El cariz del tiempo era su mayor preocupación. No llovía: las cosas

marchaban mal.

--Pero a usted--preguntaba Maltrana riendo--¿qué le importa que llueva o

no llueva? ¿Dónde están sus campos?

Salguero hacía un mohín de extrañeza. La lluvia era el pan para ellos.

Producía las buenas cosechas, y con abundancia en los campos, los

paletos gastaban mejor su dinero en la compra de caballerías.

--Nosotros vivimos der verano, don Isidro. Si no juese por las ferias,

moriríamos como las ratas. Yo esquilo, y los camarás que tien

caballerías las venden. En invierno, el pasto es muy caro. Esos

probesitos que usted ve no comen muchas veses pa que el ganao, que es su

fortuna, no caresca de pienso... En verano, si la cosecha es buena, el

paleto es generoso y no le importa darnos paja y cebá cuando vamos de

paso.

Hablaba Salguero con entusiasmo de las ferias veraniegas, grandes

mercados de bestias que daban vida para el resto del año a la gitanería

vagabunda. El las conocía todas; iba a ellas montado en un borrico, con

las tijeras en la faja. En las Cambroneras no quedaban mas que su vieja

y algunas otras mujeres que eran viudas. Hasta las gitanas de prole más

numerosa emprendían la marcha detrás de la recua, seguidas de todos sus

chiquillos. Mientras los hombres hacían sus trampas en el campo de la

feria, ellas corrían las casas echando las cartas, diciendo la

buenaventura, ofreciéndose las más viejas a curar las enfermedades con

remedios misteriosos, transmitidos de madres a hijas desde la más remota

antigüedad.

Las dos primeras ferias eran en San Juan: las de Segovia y Avila. Luego

venía la famosa de Alcalá, en el mes de Agosto. En Septiembre se

verificaban las de Illescas, Aranjuez, Ocaña, Mora, Quintanar y

Belmonte. Y en Octubre eran las últimas: las de Consuegra, Talavera y

Torija. Días antes de establecerse Maltrana en las Cambroneras, habían

llegado todos los vecinos de regreso de estas últimas ferias, dando por

terminada la buena época del «trato».

Salguero se entusiasmaba recordando estas grandes aglomeraciones de

bestias necesitadas de esquileo, los encuentros de las familias gitanas

procedentes de los más lejanos extremos de la Península. Todas estaban

unidas por el parentesco después de luengos siglos de casamientos, sin

rebasar los límites de la raza, y sólo se veían una vez al año, al

encontrarse en las ferias, volviendo después a emprender su regreso por

distintos caminos, en busca del retiro invernal.

Maltrana se enteraba por el esquilador de la interesante geografía de

los gitanos. Toledo era _Toledate_, y Córdoba, _Cordobate_. Una

población era un _Gao_. A Valladolid le llamaban el _Gao baró_, el

«pueblo grande»; a Sevilla, el _Gao de silla_; a Valencia, el _Gao de

los marrulles_; y a toda Galicia, el _Gao de los malalos_. Madrid era,

los _Foros_.

--Son una gloria, don Isidro, las tales ferias. A cada instante hay un

_chambo_ y se vende una caballería; no es como aquí, que pasan los

jueves en la Puerta de Toledo sin que se cambie una mala burra. Y yo,

cuando no esquilo en las ferias, sirvo de arreglaor, y como tengo labia,

doy mi empujoncito para que el compare venda su género, y después hay

alboroque y se bebe el buen vaso de _mor_ y la rica copa de _pañaló_.

Usía no sabrá lo que es eso. ¡Que ha de saber, si con tantos libros que

ha leído no _pena_ ni tanto así de caló!... Pues es el vino y el

aguardiente; y cuando oiga que mis compares dicen que estoy _molaló_, es

que creen que estoy borracho; pero no hay tal cosa: un poco de alegría y

na más.

La presencia de Maltrana y Feli en este barrio, donde no existían otros

payos que los mendigos y los quincalleros de las ferias, causó cierta

emoción en la gitanería. Vivía la pareja fuera del callejón, en los

altos de una casucha aislada, cuyo piso bajo estaba ocupado por una

tienda de comestibles.

Feli, en los primeros días, había sentido gran repugnancia por su nuevo

alojamiento. Le daba miedo ver tanto gitano; le inspiraban inquietud

estos hombres de color de bronce y mirada aviesa, como bandidos de

carretera. Temía a las mujeres viéndolas de lejos vociferar y amenazarse

en un lenguaje extraño, del que sólo entendía algunas palabras. Vivían

pacíficamente; pero ella sentía la inquietud de la mujer europea que se

ve trasladada a una población de África, entre gentes que parecen

sumisas, pero que pueden sentir de pronto la hostilidad de la raza.

Isidro se reía de sus preocupaciones. ¿Dónde mejor que allí? Era cierto

que el río olía mal, pero ya se habituarían a este hedor de los residuos

de la villa. En cambio, oían a los pájaros, contemplaban campo y cielo

al abrir sus ventanas, no tropezaba su vista con una sucia pared a unos

cuantos metros de distancia, que los robaba el aire y el azul del

espacio.

Isidro, con su imaginación, embellecía el barrio. Un siglo antes, era

aquella parte la más hermosa de Madrid. ¿Veía Feli las praderas al otro

lado del río? Pues allí bailaban los chisperos y manolas pintados por

Goya; por allí paseaban el gran pintor y las duquesitas hermosas que se

hacían retratar desnudas. Aquellos sotillos habían presenciado el

período más amable y pastoril de nuestra historia.

--Piensa, Feli--añadía el joven--, que por real y medio vivimos como

unos señores en plena campiña, y además, el pago es diario: una

verdadera comodidad.

La joven, viendo a todas horas a estas gentes de aspecto terrorífico y

costumbres pacíficas, ya no las tuvo miedo. Las mujeres, por su parte,

en fuerza de contemplarla junto a la ventana trabajando en los corsés,

acabaron por sentir admiración. Su laboriosidad inspiraba gran respeto a

estas hembras vagabundas, cuyas faenas domésticas consistían en encender

el fuego y dejar que la familia se tragase la cena medio cruda.

Además, habían llegado a la gente gitana vagas noticias de que Isidro

era un hombre de pluma, que aunque estaba en la desgracia podía salir de

ella; y esto bastaba para que les inspirase tanto respeto como el juez,

los escribanos y todos los señores graves que también escriben y envían

un pobre a presidio apenas desaparece la más insignificante caballería.

Algunas viejas con negras sayas de viuda detenían a Maltrana para

hablarle de sus hijos, que estaban en Melilla o en Ceuta.

--Por na, señor--gimoteaban--. Un acaloramiento. Llevaban la _churí_ en

la faja, y al faltarles, pues... pincharon. Su mersé debe tener buenas

influencias... Vea de sarcarles un indulto, o que los pasen a un

presidio mejor.

Estas gentes de viva imaginación, que vivían en perpetuo embuste, habían

creado una leyenda halagadora en torno de aquella señorita tan buena,

tan laboriosa, que permanecía horas enteras tras los vidrios, con los

ojos bajos, lo mismo que una virgencita en su altar. Los grupos de

gitanillas haraposas, en sus pasacalles por el barrio, acompañadas del

repiqueteo de los palillos, deteníanse al pie de la ventana y cantaban a

la que era por antonomasia «la señorita». Feli veía el grupo de

cabecitas greñudas con ojos de brasa y tez de cobre, las bocas abiertas

por el canto, mostrando sus paladares de un rosa obscuro y los agudos

dientes de nítida limpidez. La joven saludábalas con dulce sonrisa, y

todas ellas prorrumpían en formidable griterío.

--¡Danos argo, señorita!... ¡Échanos manque sea un beso, resalá!

Y hablaban entre ellas de lo que habían oído a sus madres. La «señorita»

era hija de un personaje muy rico, de un marqués o algo semejante; pero

como no la dejaba casarse con don Isidro, había huido con él, y los dos

pasaban _jambre_, y ella trabajaba para su hombre, como lo hacen todas

las mujeres _honrás_; lo mismo que si fuese una buena gitana.

Esta laboriosidad por mantener al macho y las novelas que circulaban

sobre su alto origen atraían con curioseo irresistible a las hembras de

las Cambroneras.

La primera en introducirse en la casa fue la Teodora, la vieja de mayor

prestigio del barrio: un dechado de sabiduría, respetada hasta por los

hombres. Era viuda; iba vestida de luto, con gitanesca exageración, pues

hasta por encima del cruce del pañuelo se veía el borde de su camisa de

percalina negra.

Sin marido que le ganase, ni otra fortuna aparente que tres caballerías

de un hijo suyo, era la hembra de más dinero de las Cambroneras, y su

casa la mejor. Tenía en ella unas cuantas silletas para sentarse y las

hollinadas paredes adornábalas con papel recortado del que se emplea en

los vasares de las cocinas, formando multicolores tapices, que daban a

su tabuco un sabor oriental, en armonía con la cara obscura de los

habitantes.

La Teodora era la mujer más sabia de su raza. Servía de médico a los

hombres, de comadrona a las mujeres y de _castañeadora_ a las mocitas

que iban a casarse. No había virginidad gitana que no pasase por sus

manos antes del matrimonio, para que certificara su integridad. Los

payos del barrio la llamaban con sorna «la madre de las vírgenes».

Se introdujo en la casa de Isidro con pretexto del embarazo de Feli.

Ella sabía más de esto que todos los médicos juntos; y después de mirar

largamente el abultado abdomen, contrayendo los ojos y sacando los

arrugados labios en forma de trompeta, dijo con certeza:

--Va a ser una _churumbela_ más grasiosa y requetesalá que su propia

mare. Dende aquí la veo.

Halagada por los elogios disparatados de la vieja y sus extraordinarios

relatos de las costumbres gitanescas, Feli la veía llegar con agrado

todas las tardes. Algunas veces venía acompañada de otras mujeres y

hacía gala de su gran amistad con «la señorita».

Feli se fijaba en la hija de Teodora, una joven de catorce años, casi

una niña, toscamente vestida de luto y con un aire de resignada

tristeza, como si fuese una monja obligada a vivir en el mundo.

--Es viuda, señorita--decía la vieja--. Se le murió el marío a los dos

años de vivir juntos... Ya no podrá casarse nunca: lo prohíbe nuestra

ley. La mujé no debe tener mas que un marío. Los hombres pueden casarse

asín que pasa el luto: pa eso son hombres; las hembras, no. Mírela usted

a la probesita. Tan joven, y pasa la vida acordándose de su difunto. Se

acabaron pa ella las fiestas, las bodas y los saraos. Cuando murió el

marío, hizo que la cortasen el pelo con navaja, na de tijeras, tal como

es ley entre nosotros; se echó un capisayo por la cabeza, y a llorar.

Duerme en sábanas negras, calza zapatos de gallego, sólo viste paño del

peor, y cuando hay fiesta en casa se va a la de una vecina, huyendo de

ruidos. ¡Ay, la _Merivén_! ¡Qué mardita bestia! ¡Y qué de tristezas

trae!...

Y al nombrar a la Muerte, a la terrible _Merivén_, hacía grotescos

ademanes de espanto, como si la tuviese delante y quisiera apartarla con

las manos.

Feli se fijaba otras veces en una jovencita de rojas peinetas en el

pelo, hueca falda de flores con largos volantes y un sinnúmero de

collares verdes, azules y rosa. Era casi una niña; la pubertad apenas

había hinchado la tapa de su pecho con los capullos femeniles; sus ropas

huecas, sonando con escandaloso fru-fru, denunciaban una delgadez de

escuerzo femenino.

--Y esta mocita--preguntó Feli--, ¿cuándo se casa?...

--¡Anda!--exclamó la vieja con impúdica risa--. ¡Pues si ahí donde usted

la ve, está más abierta que la puerta de la Macarena!... Es la mujé de

mi hijo Rafaé, al que yaman el _Boto_... Tiene trece años; pero más

mocita me casé yo con mi difunto... a los once.

Y la Teodora relataba a Feli los incidentes de un casamiento, el acto

más importante de la vida gitanesca. Los jóvenes de veinte años ponían

sus ojos en alguna mocita que sólo contaba doce o trece. Las mujeres,

después de esta edad, no tenían valor alguno. El enamorado buscaba el

apoyo de alguna hembra de respeto por sus años. En las Cambroneras

siempre era Teodora la escogida. «Señá Teodora: yo quiero a la Fulana,

pero con buen fin.» La vieja, satisfecha de que pusiera en ella su

confianza, iba en busca de la mocita. «Fulanito quiere ser tu _buñó_,

pero con formaliá, pa casarse en seguía.» Y la virgen gitana, bajando la

cabeza, daba su contestación. «Puesto que no me quiere pa engañarme y

perderme, y ya que una mujé de tanto respeto saca la cara por él...

bueno, seré su buñí.» Se veían a espaldas de los padres, lejos del

barrio; pasaban horas enteras solos, en completa libertad, pero no había

cuidado de que un buen gitano osase cosas mayores.

Cuando el _buñó_ se creía en situación para sostener una casa y contaba

con un compadre que se prestase a ser padrino, corriendo con todo el

gasto de la boda, robaba a la _buñí_, llevándosela a la casa de sus

padres. ¡Gran escándalo en el barrio! El _bato_ de la novia salía a la

calle gritando que iba a matar a su hija. Todos los amigos, compadres y

vecinos, le agarraban para que no realizase su venganza paternal.

Juraba, ponía los ojos en blanco, pedía una _pusca_ de dos cañones bien

cargada de plomo para matar a los fugitivos, una _churí_ afilada para

cortarles el cuello, y no se movía del sitio, a pesar de que los amigos

apenas si le sujetaban, limitándose a dictarle prudentes consejos, como

era costumbre.

--¿Qué vas a jaser, compare? Son cosas de la vida... Lo mesmo hisimos

nosotros cuando éramos chavales.

El padre acababa por meterse en casa, y como en algo tenía que demostrar

su indignación, la costumbre era que diese a su mujer una paliza de

muerte.

A los dos días se presentaba el gitanillo raptor ante el padre de la

novia, con su chaqueta de terciopelo granate y el pavero blanco de los

días de fiesta. Se arrodillaba compungido, se apoderaba de una de sus

manazas, la besaba, y gemía después:

--Su mersé es el cuchillo, y yo, probesito de mí, soy la carne. Corte su

mersé por donde quiera.

Estas palabras, repetidas durante siglos, conmovían al gitano viejo y

hacían que se le saltasen las lágrimas, como si las escuchase por

primera vez. Levantaba al chaval, le echaba los brazos al cuello, y

decía conmovido:

--A ti te perdono porque te quiero, porque no tienes culpa de na... Pero

ella, que no venga, porque la mato.

Pocos días después presentábase la muchacha escoltada por la Teodora y

otras respetables brujas de las Cambroneras.

--¡Aquí ties a tu chica!--gritaban desde la puerta--. ¡Vamos a ver si la

pegas, peazo de bruto!

El gitano rodaba los ojos, levantaba los brazos como si fuese a aplastar

a la chavalilla, caída a sus pies con las manos juntas y el rostro

compungido, y de repente rompía a llorar.

--¡Mi hija!... ¡_grañí_ de mis entrañas! ¡Qué disgusto nos has dao!

La abrazaba, dándola ruidosos besos, y su pobre mujer no lloraba menos,

pero era de gozo, viendo terminado por el momento el período de las

palizas.

La muchacha volvíase a la casa del novio, y allí permanecía hasta la

boda, que tardaba seis, ocho o diez meses, mientras los padres reunían

dinero para la costosa ceremonia.

Feli sentía curiosidad por conocer un matrimonio entre gitanos. Había

oído cosas estupendas.

--Cogemos un cántaro--dijo riendo una compañera de la Teodora--, lo

echamos por alto, se rompe, y ya están casados.

--¡Gaya, malage!...--exclamó la vieja--. No le tomes er pelo a la

señorita. Eso del cántaro no es verdad: es _jonjaba_ que les damos a los

payos; mentiras que se tragan, ansí como creen los marditos que robamos

a los _churumbeles_ para sacarles las mantecas. No hay cántaro ni na que

se le parezca. Algunos, hasta se casan por Roma... Esta, por ejemplo.

Y señalaba a su nuera, riendo maliciosamente al recordar los grandes

regalos de la boda. Unas señoras ricas que iban a explicar la Doctrina a

una iglesia cercana habían sentido simpatía por aquella muchacha tan

guapa y apuesta, mostrando empeño en casarla católicamente.

La vieja habló con ellas, alegando el obstáculo insuperable de la

pobreza. Los gitanos eran buenos creyentes y no tenían miedo a entrar en

la _Cangrí_, o sea en la iglesia. ¡Pero los _erajais_ (nombre que daban

a los curas) hacen pagar tanto por su trabajo!... Las devotas señoras,

conquistadas por la cháchara de la Teodora, corrieron con todo. Al novio

le hicieron un traje completo, con capa de rico paño, y a la novia la

pusieron hermosa como una Virgen. Encima les dieron cien duros y

compraron el dulce por arrobas para que se hartasen todos en las

Cambroneras.

-¡Qué boda, señorita!... ¡El parné que sortaron esas santas!... La

_Cangrí_ estaba toíta yena de luces; a mis nenes les echaron por la

cabeza una manta dorá, y un _erajai_ muy hablador comenzó a dar voces,

como si nunca hubiese visto gitanos casándose por Roma; como si juésemos

caribes, de los que no creen en Dios... A luego se tiró el durce en las

Cambroneras como si lloviese del cielo: los _manrelaos_ caían como

granizo... Y cuando las señoras se _najaron_ y quedamos solos, casamos a

los chavales a nuestro uso, conforme a la ley gitana.

La Teodora, antes de hablar de esta ley y sus prácticas, miraba en torno

con recelo. Todas eran casadas o viudas; no había ninguna mocita: podía

hablar sin miedo.

El principal personaje de las bodas era ella, la señora Teodora, alias

la _Catañeta_, la encargada de _catañear_ a la moza. Un día antes de la

ceremonia iba a Madrid, acompañada de las más viejas del barrio, todas

con grandes cestas para los dulces. Los compraban por arrobas,

especialmente los _mantejos_ (las almendras o peladillas), que era el

principal regalo de los gitanos. Había que adquirir, además, la corona

de llores para la novia, la banda de raso que le cruzaba el pecho, y el

pañuelo, el famoso pañuelo, objeto principal de la ceremonia.

--Compradlo de lo mejor--decía el padrino, que cargaba con todo el

gasto--. Que no os duela; que sea de nipis, de lo más rico; la Teodora

entiende de estas cosas.

Al día siguiente, la novia se presentaba hecha una beldad, en enaguas y

chambra, la banda de raso rojo cruzándole el pecho, la cabellera suelta,

y una corona de flores de trapo, alta como un morrión. Los convidados se

quedaban a la puerta de la casa, y avanzaba la Teodora con el rico

pañizuelo en la mano, grave y cejijunta como una sacerdotisa. Entraban

con ella los padres de los novios, los individuos más ancianos de las

dos familias, y luego de cerrada la puerta, tendíase la muchacha en una

colchoneta, con su corona y su banda. La Teodora, sin dejarse ganar por

la emoción de los presentes, tranquila y segura de su pericia,

introducía por entre la hojarasca de las enaguas su mano envuelta en el

pañuelo, buceando durante mucho rato en este oleaje de tela almidonada.

La virgen permanecía inmóvil, con los ojos entornados, sin un gesto,

coloreándose ligeramente por el dolor y las cosquillas.

Volvía a salir a luz el pañuelo, y todos lo miraban. ¡Las tres flores

blancas! ¡La señal de la virginidad! Podía celebrarse la boda.

Y al abrirse de nuevo la puerta y mostrar la vieja el pañuelo, entraba

la genio en tropel, vociferando de alegría, saludando a la desposada con

ruidosos aspavientos:

--¡Viva lo bueno!... ¡Viva la honra! ¡Olé por el mérito! ¡Vamos a

juntarlos!

El padrino cogía una cesta llena de peladillas y la arrojaba de golpe

sobre la novia. Esta, tendida en el colchón, recibía sin pestañear la

rociada. Luego los padres la saludaban con otra lluvia de almendras, y

tras ellos los viejos de más consideración y todos los convidados, hasta

los mozuelos más insignificantes. La novia desaparecía bajo la granizada

de azúcar: sólo se veía su cabeza con el morrión de flores, haciendo

esfuerzos por librarse del pedrisco, mientras el resto del cuerpo

quedaba inmovilizado bajo la dulce avalancha.

--¡Vamos a juntarlos!--gritaba la gente--. ¡Música, música!

Rompían las guitarras en melancólico rasgueo, daba el novio su mano a la

novia para que se levantase entre el crujir de las almendras aplastadas

por sus pies, y comenzaban a bailar, colocando ella su corona sobre la

cabeza del marido. Así pasaban la noche, devorando dulces, arrojándolos

contra las paredes, sorbiéndose por docenas las tazas de chocolate,

hasta que al amanecer se iban a dormir, ahítos de azúcar y soconusco.

Todos los gitanos bailaban con la desposada, calándose su floreado

morrión. Al día siguiente, las madres de los novios hacían platos con

los dulces esparcidos en la cama y los enviaban a las solteras del

barrio con una flor de la corona. El novio montaba en un caballo,

llevando la hembra a la grupa; todos los chavales, jinetes en sus

mejores bestias, les daban escolta, llevando también a ancas las mozas

del barrio, y la vistosa cabalgata partía al trote por los campos, como

si esta ceremonia fuese una iniciación del matrimonio en la vida

andariega de la raza.

--Y aún pasan días--continuaba la Teodora--antes de que los novios se

junten de verdad. Mientras están con los padres, tienen vergüenza y

duermen separados. Sólo cuando ponen su casa se deciden a acostarse

juntos.

Las famosas flores blancas asombraban a Feli, haciéndola seguir con

atención las indicaciones de la _Catañeta_. Eran a modo de clara de

huevo. ¡Ay de la que no las soltaba en aquel registro, que tenía la

solemnidad de una ceremonia religiosa! Cuando el pañuelo surgía sin

ellas o con manchas de sangre, un griterío de muerte estallaba contra la

impura. Era la demostración de su falta de virginidad. Arrojábanse sobre

ella las mujeres, arrancándole la corona, tirando de sus pendientes

hasta rasgarle las orejas, haciendo trizas sus blancas vestiduras. Al

abrirse la puerta, salía como una bestia acosada entre la rechifla de

los hombres, los arañazos de las mozas y las pedradas de los chicuelos,

para refugiarse en casa de su padre. Este era inflexible. Le cortaba con

su navaja la cabellera y le daba por vestidos unos sacos, arrojándola en

el rincón más obscuro, y allí permanecía sin que nadie le hablase,

volviendo la espalda a la gente, temblando al oír una voz, hasta que,

cansada de esta vida de abandono, si quedaba en ella un resto de

voluntad, huía para perderse en los caminos.

Escuchaba Feli con asombro el relato de estas costumbres primitivas que

se desarrollaban a las puertas de una gran ciudad.

Cuando volvía Isidro, repetíale estos relatos, y el joven, al

escucharla, lanzaba miradas de extrañeza al puente vecino, por donde

pasaban coches, carretas y peatones, todo el tráfago de un gran núcleo

de población; a los inmediatos desmontes, con sus faroles de gas; al

tranvía eléctrico que bajaba por el paseo de los Ocho Hilos expeliendo

chispas verdes y azules de sus ruedas. Sólo unos cuantos metros

separaban la vida moderna que circulaba por lo alto de aquella

hondonada, donde aún subsistían las tradiciones de la existencia nómada,

la barbarie de una raza errante insensible a todo progreso. Las dos

vidas rozábanse diariamente, pero se ignoraban, se desconocían, sin que

los de abajo, en su aislamiento, sintiesen la más leve influencia de los

de arriba.

Sulfurábase Teodora al oír que «la señorita» ponía en duda su ciencia.

Si _catañeaban_ otras; era posible una equivocación... ¡pero ella! No

había mas que una Teodora en toda la Península. Allá en _Cordobate_

existía otra gitana de su arte, pero todos declaraban su inferioridad.

Con la Teodora no valían engaños: la gitanería tenía fe ciega en sus

manipulaciones; por eso no llevaba menos de ocho duros por el _catañeo_,

y el que no los tuviera que no se casase. La llamaban los gitanos de

toda España para sus bodas, gente rica que, además de pagarle bien,

cargaba con todos los gastos del viaje. Había estado en los _gaos_ más

famosos por sus aglomeraciones de gentes de la raza; había corrido

Andalucía, conocía Murcia, y hablaba de sus viajes a Valladolid y

Rioseco. Nadie dudaba de su ciencia.

--Rara vez--decía--fartan las flores blancas. Las probesitas gitanas son

jembras decentes. Ya quisieran muchas de las payas que van por las

calles del _Gao de los Foros_ asemejarse a nosotras.

Al volver Maltrana a casa, antes de cerrar la noche, caía algunas veces

en medio de esta tertulia.

La vieja, al verle, le saludaba con grandes aspavientos, como si fuese

ella la dueña de la casa.

--Pase adelante, Pare Santo... Entre su mersé, bigotillo de gobernaor...

¡Qué honra pa nosotras el verle!... Aquí estamos haciéndole compañía a

este pimpollo de Abril, que lleva en su tripa bonita una _churumbela_

como er mesmo Niño Dios.

Y hablaba de la criatura que había de nacer con tanta seguridad como si

la viese, detallando sus prendas físicas: cómo tenía el pelo y cómo los

ojos; en qué se parecía a la madre y qué iba a sacar del padre.

Maltrana escuchaba con mal disimulada impaciencia la charla de la vieja.

Las contrariedades de su vida, cada vez mayores, irritaban su carácter,

haciéndole insufrible el parloteo de la bruja.

La Teodora, a la caída de la tarde, miraba a la ventana, indicando a su

nuera que se asomase.

--_Sicobelate a la parlacha_ y veas si tu marío está por ahí.

El gitanillo esperaba a su madre y a su mujer, pensando en la cena, sin

atreverse a subir a casa de don Isidro, y apenas veía a su cónyuge,

gritaba con mal humor:

--_Chalate al quer_ (vamos a casa).

Se iban las gitanas, pero al verse solo Maltrana con Feli, aumentaba su

tristeza, como si viese con más claridad lo pavoroso de su situación.

Ya había llegado la época tan esperada por él. Comenzaba el frío;

volvían a Madrid, terminado su veraneo, los que podían proporcionarle

trabajo, y sin embargo, su situación no mejoraba.

Apenas tuvo noticia de la llegada del marqués de Jiménez, corrió a

visitar al grave personaje, para incitarle a que escribiese otro libro.

¡Terrible acogida!

--¡Contento me tiene!--dijo el senador frunciendo el entrecejo--. ¡En

seguida voy a colaborar otra vez con usted! La juventud es indiscreta.

Y siguió lamentándose, como lastimado por su excesiva confianza en un

ser inferior.

Había sido, durante el verano, objeto de la risa de todos los amigos.

¡Lo que se habían burlado en San Sebastián los de la tertulia del

jefe!... Decían a gritos que el libro no era suyo; que se lo había

escrito un joven a cambio de unas pesetas, y que este joven se divertía

a su costa citando autores fantásticos, copiando párrafos de libros que

no existían.

--De eso último no hago caso--dijo el marqués con magnanimidad de hombre

justo--. A cada cual lo suyo. El libro está muy bien; lo que en él se

dice es pura verdad, ¡si lo sabré yo!... y lo de los autores falsos y

los libros inventados, todo envidia, envidia nada más... A mí lo que me

molesta no es esto, sino que digan que el libro no es mío, que me pongan

en ridículo ante el jefe, que, como usted sabe, me honró con un

prólogo... Y de esto, toda la culpa es de usted, que no ha guardado

prudencia, que ha hablado con el aturdimiento de la juventud y me ha

puesto en ridículo, sí señor, en un ridículo que hace gran daño a mi

carrera política.

Maltrana, anonadado por la cólera del personaje, intentó defenderse. No

había hablado de la paternidad del libro: y era verdad. Tal vez sus

enemigos se enterarían de que era él quien iba a la imprenta para

corregir la obra; tal vez la indiscreción viniese de otro lado... pero

él lo juraba: nada había dicho.

En cuanto a la fidelidad de las citas, su conciencia no le dejó

defenderse con igual energía. Balbuceaba al formular sus excusas. Bien

pudiera ser que hubiese equivocado el nombre de algún autor, que hubiera

atribuido a unos lo de otros... Pero el marqués le interrumpió

enérgicamente:

--No; repito que el libro está muy bien. ¡Si lo sabré yo! Son

innecesarias las explicaciones... Lo que a mí me molesta es lo otro: que

digan que el libro no es mío; que supongan a un hombre de mi altura

capaz de adornarse con plumas ajenas.

Decía esto con un tono amargo, con la misma expresión con que anonadaba

a los gobiernos en el Senado por su falta de protección a los trigos; y

Maltrana acabó por indignarse también contra los maldicientes que

suponían al marqués de Jiménez incapaz de escribir un volumen.

Isidro salió de allí sin recibir dinero ni un nuevo encargo. Además,

comprendió que el senador le cerraba su puerta para siempre. Después de

tales murmuraciones, el mejor medio de demostrar que Maltrana no le

había prestado ayuda era prescindir en absoluto de su trato. Bien se lo

dio a entender al joven con la frialdad de su gesto de despedida, con la

blandura de su mano y los consejos que le dio.

--Más discreción, joven. Para hacer carrera, hay que ser prudente. La

vida no es un juego; no hay que soñar, joven amigo.

Maltrana volvió desesperado a su tugurio de las Cambroneras.

Entraba todos los días en Madrid persiguiendo una esperanza, pero ésta

revoloteaba ante él sin dejarse alcanzar. Visitaba a sus amigos de las

redacciones, preguntando con avidez cuándo podría meter la cabeza en

alguna de ellas; se ofrecía a los administradores para pegar fajas y

hacer paquetes. Contentábase con cualquier cosa; lo importante era

conseguir, fuese como fuese, un par de pesetas todos los días. Hasta

buscó recomendaciones para algunos concejales, pidiéndoles un puesto

cualquiera en las dependencias del Ayuntamiento.

Apenas llevaba paquetes a la fábrica de corsés cercana a la Puerta del

Sol. Hacía dos semanas que Feli tenía en casa la misma docena, sin poder

terminarla.

Estaba enferma, muy enferma. Maltrana seguía con inquietud los progresos

de su mal. Quejábase de fuertes dolores de cabeza; perdía de pronto la

vista, hablaba con incoherencia, insultando unas veces a Isidro sin

saber por qué, y abrazándose otras a su cuello para pedirle perdón, con

gran raudal de lágrimas.

El invierno se anunciaba con una frialdad aterradora. Todas las mañanas

aparecían las charcas del río con grandes cristales de hielo. Los

gitanos permanecían en sus tabucos, ahumándose junto a las hogueras. En

la casa de los amantes, ni pan ni fuego. Feli vestía sus ropas de

verano, sin otro abrigo que un mantón comprado en una casa de préstamos.

Isidro conservaba aún aquel macferlán de color indefinible, que era como

la librea de su miseria. Le servía para ocultar la delgadez del traje y

su deshilachada camisa, mal cubierta por un pañuelo negro lustroso de

mugre. El pobre joven presentaba un aspecto más deplorable que cuando

vivía en la calle de los Artistas, sin otra familia que su padrastro.

Feli, que tanto cuidaba en otros tiempos del arreglo de su persona,

permanecía ahora inmóvil en la única silla entera de la casa, como si no

viese ni entendiese, sin otra sensibilidad que un continuo frío que la

hacía estremecerse en sus ligeras envolturas.

Maltrana salía diariamente en busca del pan. Iba a Madrid a solicitar

una colocación inútilmente, a «dar sablazos», a mendigar de todas las

personas conocidas. Ya no era el lobo que descendía de la cumbre en

busca de alimento; era el pobre roedor, tímido y anonadado, que trepaba

lentamente desde el fondo de su madriguera a las alturas de la gran

población, esperando una migaja del banquete de los fuertes.

Feli quedábase en casa, enferma, temblando de frío, fijando en el suelo

su mirada de estúpida vaguedad, como si la hinchazón de su abdomen

absorbiese su pensamiento. El emprendía la marcha desfallecido, sin otro

lastre que una taza de café recalentado o una copa de aguardiente, unas

veces bajo la lluvia que se introducía por las rotas suelas de sus

zapatos, otras sacudido por fríos huracanes que agitaban las mangas de

su macferlán con aleteo de pajarraco fúnebre.

Una mañana, al salir de casa, se detuvo asombrado. La nieve cayó en

montón a sus pies al abrir la puerta. Todo lo que abarcaban sus ojos

estaba blanco, con una blancura nítida y fúnebre, como el sudario de una

virgen muerta: blancos el puente y el río, blanca la cuesta de las

Cambroneras, los tejados del barrio y los áridos desmontes. El silencio

era completo; la soledad absoluta. El mundo parecía haber muerto durante

la noche bajo el peso de la nieve. El humillo azul que se escapaba de

las chimeneas era el único signo de vida.

Maltrana dudó un instante. Sintió un repentino amor por el encierro, el

afecto al hogar, que hacía que los hombres se ocultasen en sus casas.

Pero arriba, en la suya, no quedaba nada: la noche anterior había

devorado media libreta y las cortezas de un cuarterón de queso. Feli no

comía; hacía tiempo que el embarazo y la repugnancia a los manjares

groseros teníanla en perpetua inapetencia. Había que vivir... ¡adelante!

Emprendió la marcha, hundiendo en la nieve sus piernas mal abrigadas,

aquellos pantaloncillos de verano roídos por los bordes, que apenas si

disimulaban las grietas y descosidos de las botas. Sus pies se enfriaron

al contacto de la nieve; a los pocos pasos creyó que marchaba descalzo.

Dentro de Madrid vio las calles desiertas, sin carruajes, sin tranvías,

todo igualado, arroyos y aceras, por aquella capa blanca, como si

hubiese llovido sal. En los lados de las calles abríanse negros senderos

de barro, por los que pasaban los escasos transeúntes entre un doble

muro de nieve. Los árboles parecían de algodón; blancas vedijas pendían

de los balcones y los aleros. Los faroles del alumbrado ostentaban una

montera torcida como un gorro de dormir. Los golfos, entusiasmados por

la novedad del espectáculo, hacían rodar grandes bolas de nieve,

coronándolas con monigotes de su invención.

Maltrana, con los pies helados y temblando de frío, vagaba por Madrid.

Subió a la casa de un antiguo compañero para pedirle algo, aunque sólo

fuese una peseta, y no le encontró. Fue al extremo opuesto de la villa,

en busca de otro amigo, pero tampoco estaba en casa.

Pensó, como supremo recurso, en el marqués de Jiménez. Este no podía

abandonarle; le pediría socorro aunque fuese de rodillas.

Arrastrando los pies, llegó al barrio de Salamanca. Tuvo que discutir

con el portero, que le cerraba el paso, y al fin le dejó subir por la

escalera de servicio para que no manchase la alfombra de la escalera

principal con la nieve derretida que soltaban sus pies. En la puerta de

la cocina le rechazaron con aspereza después que un criado desapareció

por unos instantes para anunciar su nombre. El señor marqués estaba muy

ocupado: no podía recibirle.

Era más de mediodía. El cielo, de un gris blanquecino, amenazaba con más

nieve. La luz de interminable crepúsculo reflejábase en la blancura con

tonos lívidos. Maltrana caminaba desalentado, con los brazos caídos, sin

saber adónde dirigirse.

Su voluntad desplomábase, vencida, falta de fuerza para luchar: quería

morir. Todos los caminos estaban cerrados para él; iba como si el mundo

se hubiese despoblado de pronto. Toda la nieve que abarcaban sus ojos la

llevaba en el alma.

En la Puerta del Sol vio una hornilla enorme llena de fuego, y en torno

de ella un tropel de golfos, de vagabundos, que se calentaban las manos,

pataleando al mismo tiempo para reanimar sus pies entumecidos.

Maltrana uniose a ellos, y el benéfico influjo del calor pareció

despertar su voluntad. ¿Qué hacía allí? Pensó con remordimiento en

Feliciana, que temblaría de frío en su casucha, mientras él se calentaba

en el público brasero. Aquellos vagabundos sin familia y sin afectos

eran superiores a él; podían luchar más bravamente con la desgracia.

Creyó en la posibilidad de conmover a aquel tendero de las Cambroneras

al que tanto debía. Su salvación, por el momento, estaba allí, ya que en

Madrid todos eran invisibles, como si el frío endureciese las

conciencias, como si la paralización de la vida aislase a los hombres en

su egoísta bienestar.

Regresó a casa. Al salir por la Puerta de Toledo vio la nieve inmaculada

y tersa, sin una huella, sin el pisoteo fangoso de las calles, igual y

brillante, como una inmensa mortaja que cubría el río, los montes, las

viviendas, y de la cual surgían los árboles como hilos sueltos.

Le dio miedo esta extensión, rasa a la vista, que ocultaba las

desigualdades del suelo, las cunetas, los hoyos de los árboles, los

declives de los desmontes. Su pensamiento, quebrantado por el hambre,

entorpecido por el frío, creyó ver, con tétrica alucinación, la imagen

de su vida futura en esta planicie blanca, silenciosa, monótona.

El mundo estaba frío, sin alma y sin piedad; contemplaba su marcha

penosa sin un impulso de misericordia.

¡Morir de hambre!... Por él, que fuese al momento: descansaría de una

vez. Pero ¿y aquella infeliz que le aguardaba, enferma y casi

enloquecida, como si no pudiese con el peso de sus entrañas? ¿Cuál iba a

ser su suerte?...

Maltrana el altivo, el hombre superior, cuya palabra era un hachazo; el

fervoroso creyente de la alegría de la vida y su refinado helenismo,

sintió que sus piernas flaqueaban, y se apoyó en un árbol.

No podía más: era un vencido. Confesaba su cobardía, cayendo anonadado

bajo el zarpazo de la Suerte.

¡Pobrecillo! Se llevó las manos a los ojos y rompió a llorar con vagidos

de cordero abandonado, como un niño que despierta en las tinieblas y

siente el vacío en torno suyo, sin que sus manos temblonas tropiecen con

el calor del pecho maternal.

La horda · 第 13 / 16 题