Sufrió Maltrana un gran cambio en su vida. El dinero iba desapareciendo,
sin que los tardos e irregulares ingresos bastasen para sostener la
casa.
Feli le pareció menos agradable. Trataba a Isidro con el cariño de
siempre, le cuidaba y mimaba con aquella adoración que hacía de ella una
devota más que una amante, pero tenía crisis de inexplicable tristeza,
que parecían contagiarle a él.
Muchas veces, al volver Isidro a su casa, la sorprendía de bruces en la
cama, llorando silenciosamente.
--Pero ¿qué tienes?--gritaba con tono colérico--. ¿Qué te pasa?...
Nada: lloraba sin saber el motivo. La maternidad trastornaba su débil
organismo. La invadía una intensa tristeza, atormentando su imaginación.
Pensaba en el ser misterioso que llevaba en sus entrañas, en cuál sería
su fortuna al surgir al mundo, en la miseria que rondaba en torno de
ellos, amenazándoles con toda clase de privaciones.
Isidro sorprendía algunas veces en su mirada una curiosidad molesta,
como si le contemplase por primera vez, como si le examinara a una nueva
luz, viéndole totalmente cambiado. Feli comenzaba a dudar de él: su fe
sufría ligeros desmoronamientos. Como si la maternidad aguzase su razón,
la muchacha preguntábase si Isidro era tan grande como ella le había
creído, si no faltaba algo esencial en aquel hombre sin voluntad para el
trabajo, indeciso e inquieto, que en plena amenaza de miseria pasaba
gran parte del día olvidado de su situación, charlando en el Ateneo y en
los cafés del porvenir de la juventud, de la decadencia de «los viejos»,
de lo que debía ser el arte, anunciando a voces que pensaba escribir
grandes cosas, pero sin fuerzas para coger la pluma, sin constancia para
la labor.
Todo esto que pensaba Feli vagamente lo traslucía Isidro en sus miradas.
El, por su parte, viéndose analizado y con menos admiración, sentía
ligeros descensos en su amor, confesándose que había en éste más de
agradecimiento que de pasión irresistible.
Amaba a Feli con un nuevo afecto plácido y tranquilo.
Del amante apasionado que se arrodillaba ante ella con la embriaguez de
la carne, llamándola Venus, quedaba muy poco... ¡Pobre Venus! La diosa
deformábase con la maternidad. Una hinchazón monstruosa rompía las
líneas armónicas y dilataba las curvas admirables. Aquellas botas color
limón que eran el orgullo de Feli ya no entraban en sus pies. La
muchacha sentía el trastorno de sus entrañas en forma de náuseas,
vahídos y crisis de nervios, y Maltrana, con su egoísmo de hombre
superior, abandonaba la casa, en busca del placentero trato de los
amigos.
El estado anormal de Feli coincidió con un suceso que hizo temer a
Isidro por la vida de la muchacha.
Una mañana se presentó el señor Manolo el _Federal_. Feli, que no le
había visto desde su fuga de la casa paterna, acogiole con grandes
muestras de cariño. ¿Y el padre?... Pero el señor Manolo apenas
contestó. Necesitaba decir a Isidro algo muy interesante; le invitaba a
bajar a la calle, para expresarse con mayor libertad.
Maltrana bajó tras él, adivinando algo grave en el gesto hosco del
capataz.
--Tú no habrás leído los papeles de hoy--le preguntó al detenerse en la
acera--. Pues bien; el _Mosco_ ha muerto; mejor dicho, le han matado.
Los esbirros han conseguido lo que deseaban.
Y relató la muerte trágica de su hermano. Los diarios dedicaban al
suceso unas cuantas líneas. Aquel homicidio en tierras reales no
inspiraba interés. El _Mosco_ y su acólito el _Chispas_ habían caído en
una emboscada de los guardas. El maestro había muerto acribillado de
plomo; su discípulo y acompañante estaba en el hospital, con dos balazos
en un hombro. Unos periódicos, al hablar del suceso, afirmaban que las
víctimas eran dañadores peligrosos que habían hecho frente a los
guardas; los diarios de oposición decían que eran pobres hambrientos que
entraban en la posesión real sin otro propósito que el de coger
cardillos.
--La cosa fue anteanoche--continuó el capataz--. Yo lo supe ayer por la
tarde; vinieron a decírmelo de las Carolinas... No he querido ir a
verle. ¿Para qué? ¿Voy acaso a resucitarlo?... Ya estará enterrado; los
que lo vieron dicen que estaba hecho una lástima. Un balazo en la
frente, otro en la boca: plomo por todas partes. Apenas si los amigos
pudieron reconocerle; tan desfigurado estaba. ¡Cristo! ¿Así se mata a
los hombres? Se habían juntado no sé cuántos; sabían por dónde iba a
pasar, y bien tranquilos, ocultos tras la maleza, le hicieron una
descarga, sin que el pobre pudiese llevar la mano a su escopeta... ¡Ya
estarán contentos! ¡Ya no pensarán más en el _Mosco_, que era su
preocupación!... El pobre _Chispas_, cuando sane, si es que sana, irá a
presidio... Da rabia, Isidro, pensar que hombres tan hombres mueran como
perros, por querer vivir de lo superfluo, de lo que otros no necesitan;
que los cacen como fieras, sin haber hecho otro delito que cobrar
algunos conejos... ¡Puñales! ¡y después aún se extrañan de que pidamos
la revolución!...
La muerte del _Mosco_ impresionó mucho a Maltrana. Pensó con
remordimiento que tal vez tenía él cierta intervención en esta
catástrofe. El dañador, empujado por la cólera, se había entregado a sus
expediciones arriesgadas, como si retase a la muerte. Después pensó
Isidro en su compañera, nerviosa y quebrantada por su estado físico; en
lo peligroso que sería darle la noticia, sin que una nueva crisis
pusiera en peligro su salud.
Cuando subió, le esperaba Feli con la mirada interrogante y la cara
triste, como si el instinto femenil le avisase la desgracia. Sólo por un
asunto importante podía haberse resuelto su tío ir a visitarles. Era
cosa de padre, ¿verdad? ¿Se había decidido, por fin, a buscarlos? ¿Iba a
presentarse de un momento a otro?...
Los rodeos que empleó Isidro para contestar aguzaron su instinto. En un
momento columbró la verdad.
--No digas más, Isidro--murmuró--. No te esfuerces: no temas por mí. Yo
soy fuerte. ¿Es que lo han matado en el bosque?...
Acogió con serenidad la trágica noticia. Maltrana admiró su firmeza: era
digna hija del _Mosco_. Aquella mujercita débil, que muchas veces
lloraba sin motivo, permaneció inmóvil, con los ojos secos, al conocer
la desgracia.
Hacía tiempo que presentía este final. Muchas noches había visto en
sueños a su padre cubierto de sangre, pereciendo bajo las escopetas de
los guardas, que le daban el tiro de gracia. Se había familiarizado con
la posibilidad de este suceso durante los años de su vida en las
Carolinas al lado del dañador.
Apenas si lloró. Permaneció anonadada, embrutecida por la sorpresa.
Maltrana, al volver a casa por la noche, vio sus ojos enrojecidos, como
si al encontrarse sola sintiese con más intensidad la desgracia,
entregándose largas horas al llanto.
Una pregunta parecía vagar por sus labios, atormentándola con cruel
inquietud.
--¿Tú crees, Isidro--dijo al fin--, que no tenemos ninguna culpa en la
muerte de padre?
La misma pregunta elevaba sus interrogantes en el ánimo de Maltrana;
pero éste se apresuró a tranquilizar a su compañera. No; ninguna
responsabilidad les correspondía a ellos. El _Mosco_ había muerto por
temerario. Era el final lógico de una vida de aventuras, de aquel modo
audaz de ganarse la existencia con riesgo de la piel. ¿No le había visto
llegar muchas veces a la casucha chorreando sangre de tremendas
heridas?...
Pareció tranquilizarse Feli, sin que por esto dejase de llorar cuando se
veía sola. El señor Manolo se presentó varias veces en la casa para dar
cuenta a los dos jóvenes de la exigua herencia del _Mosco_. Iba
vendiendo a las gentes de Tetuán los famosos perros del dañador, sus
enseres de caza, todo lo que contenía la casucha de las Carolinas. Llegó
a reunir así unos sesenta duros, que entregó a Feli, guardándolos ésta
sin decir nada a Isidro.
Bien necesitaban el dinero. Había llegado el calor, y sus trajes de
invierno, aunque raídos, les abrumaban con peso sofocante. Vistiéronse
los dos de negro en los establecimientos baratos de la calle de Toledo.
Feli, en este segundo equipo, ya no se permitió capricho alguno. ¿Para
qué adornarse? El embarazo desfiguraba su cuerpo débil y delicado.
Pasaba semanas enteras sin salir de su habitación, sin asomarse a la
ventana. Le faltaban fuerzas para vestirse. Con un arranque de su
voluntad llegaba a la cocina, y tosiendo y estremeciéndose por contener
las náuseas, preparaba la comida.
Ella, que cuidaba antes con gran escrupulosidad las ropas de Isidro,
mostrando empeño en que se distinguiese de los compañeros por su
limpieza, abandonábalo ahora, sin lanzar una mirada a sus cuellos
grasientos, a sus pantalones moteados por el barro de lejanas lluvias.
Su deseo era verse sola, que Isidro se alejase; y, sentada en el viejo
silloncito que su amante ocupaba al escribir, permanecía inmóvil horas
enteras, contemplando con fijeza hipnótica su vientre desmesurado,
monstruoso, que subía y subía, tirando de las faldas, dejando al
descubierto sus hinchados pies.
Algunas noches, en el silencio del dormitorio, mostraba a Maltrana aquel
globo de tirante piel, agitado en su interior por misteriosos
estremecimientos. Era el miedo, la inquietud de la primeriza ante lo
extraordinario del fenómeno.
--¿Llevaré dos?--preguntaba con voz trémula--. Tú que sabes tanto, ¿no
reconoces que esto es demasiado?...
Pero Isidro contestaba con mal humor. Su embarazo era lo mismo que los
otros. Debía dejarle en paz. Tenía asuntos más graves en que pensar;
estaba desesperado por las injusticias de que era objeto. Nadie hacía
caso de la juventud; no la abrían camino...
Y después de estas lamentaciones dormíase, mientras Feli, en la
obscuridad, se pasaba las manos interrogantes por aquella montaña,
motivo al mismo tiempo de alegría e inquietud.
En las primeras horas de la noche, cuando Feli estaba sola, el señor
Vicente entraba un instante en la habitación de sus huéspedes. Como la
joven tenía que darle algunos recados, el devoto decidíase a pasar la
puerta.
Durante sus ausencias presentábanse algunos amigos preguntando por él.
Eran estos un cura viejo, de hábitos raídos y verdinegros, tan loco y
pobre como el señor Vicente, varios hermanos de cofradía, y aquel
tremendo zapatero cuya conversión le había costado los mejores años de
su vida. Todos ellos personas devotas y buenas, que merecían los mayores
elogios del «santo».
Escuchaba éste con movimientos de cabeza las explicaciones de la joven.
Fulano había dicho que no dejase de ir al día siguiente a la iglesia de
Santa Cruz, pues eran los funerales de un señor de las Conferencias
católicas. El cura viejo había dejado en su cuarto dos paquetes de
hojitas para que las repartiese. El zapatero, con su cara fosca, se
había presentado dos veces, buscándole con gran prisa. Necesitaría
dinero: la tal conversión le costaba muy cara.
El señor Vicente la oía sonriendo, y después se fijaba en su persona.
--Y usted, ¿cómo está? ¿cómo marcha ese embarazo?...
Desde que la veía en tal estado hablábala con mayor confianza.
Desfigurada por la hinchazón, pesada y doliente, no pudiendo moverse sin
suspiros de pena, ya no le infundía aquel miedo que toda hembra le hacía
sentir. La maternidad dolorosa santificaba a la mujer, le permitía
acercarse a ella sin miedo y sin repugnancia, tratándola con una llaneza
maternal.
--Debe usted sufrir mucho. Algunas noches la oigo revolverse en la
cama... Tenga usted paciencia; es el castigo que nos impuso Dios por la
rebeldía de la primera mujer. Todos hemos de sobrellevar la culpa.
Feli le consultaba con inocente confianza, como si estuviese en
presencia de una comadre del barrio. El señor Vicente no era un hombre:
la locura religiosa le excluía del sexo. Se lamentaba al hablar con él
de la inquietante hinchazón de su vientre. Le comunicaba su terror. ¿Era
aquello natural?... ¿Qué opinaba el buen hermano?
Y el púdico señor Vicente se fijaba en el abultado abdomen, sin
escrúpulo alguno, como si la maternidad fuese una función falta de
origen, en la que para nada intervenía el amor.
Sospechaba, en sus piadosas fantasías, si este embarazo ocultaría algo
sobrenatural, un prodigio de la voluntad divina.
Hacía preguntas a Feli, que ésta contestaba con extrañeza. ¿No le decía
nada el ser que llevaba en las entrañas? ¿No le había hablado alguna vez
o demostrado su voluntad con extraños ruidos?...
--Hace usted mal--continuaba--si cree que digo esto a tontas y a locas.
Yo, aunque lego, he leído algo. Ahí dentro tengo una Vida de San Vicente
Ferrer, mi ilustre patrón, al que con motivo llama su panegirista «el
San Pablo español». No se imagine que es un librillo de los de ahora,
sino un volumen con tapas de pergamino, impreso hace siglos, y su autor
es el reverendo padre Valdecebro, varón de gran fama por las obras que
escribió sobre la vida de los animales... Pues el padre Valdecebro
cuenta que la madre del santo, cuando estaba en su embarazo, sentía
grandes inquietudes y miedos por lo desmesurado de su vientre y los
ruidos que hacía la criatura. Algunas noches creyó oír ladridos en sus
entrañas, y llena de miedo, fue a consultar el caso con el arzobispo de
Valencia, que era santo y prudente. «No temas, mujer--dijo el prelado--;
si tu hijo ladra dentro de tu vientre, es porque Dios quiere que sea el
gran mastín de la Iglesia, que reñirá con los lobos de la herejía.» Así
lo cuenta el padre Valdecebro, que era un varón docto, incapaz de
mentir. La bondad de Dios no se agota nunca. ¡Quién sabe si querrá
repetir en usted sus prodigios, haciendo que salga de ese vientre otro
mastín para la defensa de su rebaño!...
Feli compadecía la simpleza del devoto, ofendiéndose al mismo tiempo por
la misión animal que atribuía al hijo de su entrañas.
--Pues éste, señor Vicente--decía señalándose el abdomen--, éste, por
ahora, no imita a su santo patrón: aún no ladra.
--Tenga usted fe en la bondad del Señor--continuaba el hermano--. Todo
llegará, y así que se presente el mal paso, le traeré ciertas reliquias
milagrosas de un amigo mío, y una cinta de la Virgen que obra prodigios.
Había comenzado el verano. Isidro juraba de desesperación viendo que
todas las personas que podían ayudarle se ausentaban de Madrid. No
encontraba trabajo: los editores paralizaban sus negocios; ningún
traductor necesitaba ayuda; los semanarios ilustrados llenaban sus
páginas con grabados representando el veraneo de los reyes y de la
aristocracia en las playas del Norte, sin dejar espacio para un mal
artículo.
Todos los malos olores de Madrid, dormidos durante el invierno,
despertaban y revivían al llegar el calor. Las cuadras y vaquerías
hedían con la fermentación del estiércol; las bocas de las alcantarillas
humeaban la podredumbre de sus entrañas; hasta los caballos de los
coches de punto, en sus largas esperas, levantaban la cola, impregnando
el ambiente con el tufo de la cebada recocida y la paja putrefacta.
La calle era más ruidosa que en el resto del año. Parecían nacer niños
de entre los guijarros del pavimento: bulliciosas bandas ocupaban las
aceras, entregándose a sus juegos con la libertad de un villorrio. Los
balcones, abiertos por el calor, daban paso franco al estrépito del
carruaje que rueda, del vendedor que chilla, del afilador que aguza los
dientes con sus chirridos, del piano ambulante e infatigable, que
desarrolla la general jaqueca con las vueltas de su manubrio. La calle,
como dilatada por el calor, introducíase por todos los huecos, haciendo
llegar sus hedores y ruidos a los extremos más recónditos de las casas.
Las habitaciones que ocupaban los dos jóvenes ardían de la mañana a la
noche bajo la llama del sol. Descendía del techo un calor asfixiante,
como si sobre él ardiese un horno. Feli, despechugada, sudorosa,
respirando con dificultad, arrastraba los pies yendo de un lado a otro,
abrumada por este calor que era un nuevo tormento. Crujían durante la
noche, con chasquidos alarmantes, las maderas de los muebles, las tablas
ocupadas por los libros del devoto, sobre cuyos lomos polvorientos
movíanse las polillas. Las paredes, caldeadas, arrojaban de su seno los
parásitos del verano. Las chinches caían del techo, las pulgas saltaban
sobre los baldosines. El señor Vicente no podía remover sus pilas de
volúmenes sin que saliesen a la desbandada las cucarachas en repugnante
correteo.
Feli sentía aumentar sus náuseas y su inapetencia con este asqueroso
renacimiento que la rodeaba.
Apenas comía. La escasez de dinero, las preocupaciones de la miseria,
aumentaban su debilidad. Maltrana la veía ajarse, perder la viveza de
su juventud, como si la consumiese aquel ser oculto que devoraba lo
mejor de su vida.
También el joven experimentaba grandes crisis de desaliento. Volvía a
casa con el gesto triste, se dejaba caer en la cama, diciendo que quería
morir. No encontraba trabajo. Iba de un lado a otro visitando a los
amigos, haciéndose visible en las redacciones de las revistas, sin
conseguir una traducción ni que le admitiesen un artículo. La vida
estaba paralizada: todos los que podían darle algo se hallaban ausentes.
Había buscado al marqués de Jiménez, con la esperanza de inspirarle una
nueva obra; pero el grave personaje también estaba ausente; veraneaba en
una de sus fincas, y en ella se proponía permanecer hasta el invierno.
En estos instantes de abatimiento era cuando Isidro se daba cuenta de lo
mísero de su situación. Sus brazos eran débiles, sus manos delicadas; ni
siquiera poseía el vigor físico de un mozo de cordel para ganarse la
subsistencia.
Recordaba con amargura las declamaciones que muchas veces había leído
sobre la miseria de los desheredados de la clase obrera. ¡Ay! Ellos, al
menos, no perecían de hambre en medio de la calle. El hombre de fatiga
siempre encontraba un mendrugo y una copa de vino para salir del paso.
Pero ¿y él? ¿Qué iba a ser de él, envenenado por una instrucción que de
nada le servía, falto de la fuerza brutal con que se ganaban el pan los
desgraciados de blusa?...
En estos momentos de desesperación pensaba en _El bachiller_, de Julio
Vallés, una de las obras que más le habían impresionado, por ver en ella
la negra historia de su existencia. Acudía a su recuerdo la dedicatoria
del libro, desolada, de inmensa tristeza: «A todos los que, nutridos de
griego y de latín, están muertos de hambre.»
El pertenecía a esta legión de desgraciados, cuyas quejas no encontraban
eco, que imploraban el pan con el rubor y la timidez de su levita raída,
que hacían reír con lo grotesco de su miseria, sin infundir miedo como
los obreros manuales.
Maltrana pensó por primera vez si el gran error de su vida era haberse
dejado arrancar del campo de miseria donde nació; si aquella buena
señora, su protectora, habría sido, sin saberlo ni quererlo, la mala
hada de su destino; si estaba condenado a eterna hambre por soñar con la
gloria y haber vestido las raídas ropas del bohemio, cuando su salud
consistía en seguir dentro de la blusa de sus mayores.
Feli, a pesar de su debilidad, encontraba fuerzas para animarle. Se
acababa el dinero y no tenían esperanzas de que llegase más. Pero ella
le ayudaría: estaba habituada al trabajo.
Y la pobre muchacha, anémica por la falta de nutrición, abrumada por el
peso de su vientre, tuvo un arranque de energía sobrehumana, de esos que
únicamente puede realizar la nerviosidad femenil. Le era imposible
volver a la fábrica de gorras: estaba muy lejos, y además no la
admitirían después del escándalo de su fuga. Pero conocía otros oficios
menudos e insignificantes, de los que están al alcance de las muchachas
pobres y las ayudan a engañar el hambre. Haría «flores» para los corsés,
se dedicaría a emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la dueña de
un taller, por haber trabajado para él cuando escaseaba la faena en la
fábrica de gorras.
Isidro se opuso. ¡Trabajar ella, mientras él permanecía en forzosa
inacción! ¡Trabajar, cuando estaba enferma y el desarreglo de su
organismo la obligaba a largas horas de inmovilidad!... Adiós, idilio.
Maltrana creyó que su dicha amorosa huiría para siempre así que aquellas
manos hermosas se viesen sometidas a la esclavitud del jornal. El
engranaje de la miseria agarraba a sus víctimas para no soltarlas jamás.
Si ella trabajaba, viviría siempre condenada al trabajo: jamás tornarían
a su nido la alegría y la abundancia. Antes morir los dos de miseria,
que ver a la adorada, a la dulce Feli, degradándose de nuevo con las
fatigas de la obrera. Ella era una señorita: la mujer de un escritor.
La muchacha acogió estas protestas encogiendo los hombros. El buen
sentido femenil le hizo despreciar tales preocupaciones, y una noche, al
regresar Maltrana a su casa, vio la habitación llena de corsés blancos y
modestos, corsés de pobre, que Feli había recogido en el taller. Pasaba
las horas con el busto inclinado sobre su enorme vientre, en el que
descansaban los armazones de lienzo. Hacía las «flores»: los pespuntes
en forma de triángulo que adornaban los extremos de las ballenas. Era
una tarea costosa y mal pagada, como todos los trabajos femeniles.
Isidro se enfadó. ¿Deseaba matarse? Pero la sonrisa de Feli contuvo sus
protestas. Señalaba con los ojos aquel cajón de la cómoda donde metía el
dinero. Apenas quedaban unas cuantas pesetas de lo que les trajo el tío
Manolo. No habían pagado los dos últimos meses de inquilinato al señor
Vicente; debían en varias tiendas de la calle; él tendría que renunciar
a la peseta que le daba de vez en cuando para tabaco, a los banquetes de
«juventud», a aquellos gastos que consideraba necesarios para «hacerse
ver», para «refrescar» el nombre literario.
Se acercaba la miseria, pero la verdadera, la negra, sin tregua ni
misericordia. Feli la adivinaba, abría sus ojazos llenos de misterio,
como si la viese corporalmente rondar en torno de ellos. El ser que
llevaba en sus entrañas también parecía presentir la proximidad del
fantasma. Agitábase cada vez más inquieto, y la madre lloraba pensando
en su suerte. La pobreza sería la única hada que le abrazase al surgir
al mundo. Si la fortuna no había de apiadarse, prefería que el ser
inocente pereciera en su encierro antes que ella lo viese, antes que se
sintiera esclavizada por el cariño.
Se entregó al trabajo con valentía femenil, mostrando esa resistencia de
que sólo son capaces los seres nerviosos. Maltrana, al despertar, veía a
Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente. Inclinaba el
rostro, enjuto por la debilidad, y seguía la marcha de la aguja con sus
ojos profundos y melancólicos, única belleza que aún se mantenía intacta
en ella. Isidro, al volver a su casa a altas horas de la noche, tenía
que hacer grandes esfuerzos para que se acostase.
--Déjame acabar esta docena--decía sin levantar la cabeza, tenaz en el
trabajo, deseosa de no perder un segundo.
Maltrana sentíase avergonzado por este sacrificio. En la calle se
acordaba de Feli con remordimiento. Era abominable que él pasease
inactivo, mientras la pobre joven vivía trabajando en este ambiente de
horno. Sentía la necesidad de acompañarla: creía con su presencia
disimular un tanto lo ignominioso de su situación. Al regresar a su casa
iba de silla en silla, leyendo, escribiendo, hablando, para disimular su
aburrimiento. Algunas veces, falto de libros, pues había vendido todos
los suyos que eran de cierto valor, sacaba alguno de la biblioteca del
señor Vicente e intentaba reír con las piadosas extravagancias de las
vidas de los santos. Pero el tiempo no estaba para risas, y acababa por
devolver a su estante los mamotretos apolillados. Otras veces sentía
deseos de trabajar, para ponerse al nivel de la animosa compañera. Iba a
hacer algo notable: tenía la cabeza repleta de ideas. Sentábase a la
mesa, mojaba la pluma en el tintero, se acariciaba la frente; pero a su
espalda cantaba la aguja al perforar el lienzo, crujían los corsés al
amontonarse, zumbaban las moscas en torno de su cabeza, y el calor
pesado y asfixiante cubría su piel de perlas de sudor. Rompía papeles y
más papeles, y acababa por dejar la pluma con rabioso movimiento. La
inspiración huía, espantada por el ruido de las telas y la pegajosidad
de los insectos. Le era imposible hacer nada, y acababa por pasearse
nerviosamente, jurando que era un imbécil; hasta que Feli, molestada por
su cólera, le rogaba que volviese a la calle en busca de distracciones.
Isidro, avergonzado de su inacción, se dedicó a acompañarla cuando
devolvía el género al taller, ya que no podía hacer otra cosa. La
primera vez había dejado que la pobre Feli, arrastrando las piernas y
llevando por delante sus pesadas entrañas, cargase con el fardo para
llevarlo cerca de la Puerta del Sol. El era un intelectual, con muchos
amigos, y aunque la mayoría de éstos se hallasen fuera de Madrid, temía
que alguien le viera cargado con un fardo. Era un escrúpulo egoísta, un
deseo de guardar su prestigio de grande hombre desgraciado que se
mantiene digno ante la miseria. Pero cuando vio por segunda vez a Feli
empaquetar su trabajo soplando de fatiga, resignada, con sonrisa triste,
sintió hondo remordimiento.
--Deja eso, nena--murmuró avergonzado--. Yo lo empaquetaré, yo te lo
llevaré hasta la puerta de la tienda. Es una canallada permitir que
vayas sola...
La pobre aún se resistió a aceptar esta ayuda. El era un señorito, un
intelectual, una futura eminencia. ¿Qué dirían sus amigos, aquellos
camaradas de café, si le veían en la calle cargado como un mandadero?...
Pero Isidro hizo un gesto de indiferencia, a pesar del pavor que le
inspiraban estos encuentros. Que hablasen lo que quisieran: deseaba
ayudarla, servirla de algo.
Salían cada dos días, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos
paquetes, por cuyo trabajo daban a Feli unos cuantos reales. Maltrana
seguía la acera pegado a la pared, con cierta vergüenza, ocultando la
cara, lanzando oblicuas miradas para reconocer a los transeúntes. La
joven, a pesar de la torpeza de sus piernas, esforzábase por seguir su
rápido paso, semejante a una fuga. Jadeaba al trotar, moviendo su
vientre con doloroso vaivén.
El regreso era más lento y tranquilo, cuando no se llevaban a casa
nuevas remesas de labor. Caminaban cogidos del brazo por las aceras,
tibias aún de los ardores del día. Humeaba la población al exhalar en la
calma de la noche el fuego con que el sol la había caldeado. La
circulación era en las calles menos densa que en el resto del año. Los
balcones estaban cerrados; apenas si se veía algún rectángulo de luz en
las obscuras fachadas. Agrupábase la gente en las mesillas exteriores de
los cafés y horchaterías. Sentábanse ante los portales las tertulias en
corrillo, obstruyendo las aceras. En muchas ventanas colgaba el botijo
rezumando agua. Un hedor de asfalto recalentado y boñiga en fermentación
surgía del suelo de las grandes vías.
Cerca de la casa del señor Vicente, en las estrechas calles de los
barrios bajos, el mal olor del verano martirizaba el olfato. La plaza de
la Cebada humeaba como un estercolero en putrefacción. De sus sótanos,
faltos de aire, surgía la peste de las verduras fermentadas,
difundiéndose por toda esta parte de Madrid, que olía como una huerta
abandonada.
Los dos amantes, en su lento regreso, discutían el empleo del dinero que
acababan de cobrar. No bastaba para las más rudimentarias necesidades.
Feli percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas sí
trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas. Mentalmente
ajustaba sus cuentas: tanto en la plazuela, tanto en la tienda; no
bastaba este dinero para salir de apuros, y eso que habían suprimido el
café y el vino, y no comían mas que lo necesario por no perecer de
hambre.
Maltrana, oyendo estos lamentos de dueña de casa, pensaba
nostálgicamente en el pasado. ¡Qué dulce recuerdo el de los paseos por
los desmontes inmediatos al Canalillo, el de los descansos en los
merenderos de Amaniel, hablando de amor, pasándose las naranjas de boca
a boca, contentos del sol que les metía en el alma la alegría de su luz,
gozosos de la noche que les protegía con su sombra, dando a sus caricias
un nuevo encanto con la sonoridad de los nocturnos ecos!... Todo había
huido para siempre; estaba lejos, tan lejos como parecía estar aquella
Feli de los buenos tiempos, alegre, risueña y rebosando la admiración,
de esta otra, afeada por la maternidad, triste por la miseria, y con
gesto de desaliento, como si ya no tuviese fe en el porvenir de su
hombre y se resignara a llevar la peor parte, cuidándolo como un niño
grande, más por conmiseración maternal que por apasionamiento amoroso.
Maltrana ya no pensaba en si la vida era alegre o triste, negra o de
color rosa. La vida era sencillamente un aburrimiento, y el helenismo
una farsa de los libros. Los atenienses, sin dinero, sin esperanzas y
con una hembra amada a quien sostener, de seguro que lo habrían visto
todo gris, aunque cabrillease el sol de los poetas en las aguas del
Pireo, aunque brillasen con divina sonrisa los mármoles del Partenón y
las aulétridas se pasaran el día soplando en sus dulces flautas. La
miseria era un endriago de invencible fealdad. No había arte en el mundo
que pudiese embellecer su horripilante mascarón.
Una noche, al pasar por la Puerta del Sol, fijáronse los dos en los
gritos de los vendedores de periódicos. Pregonaban «la horrible
catástrofe» ocurrida aquella mañana, con incalculable número de muertos
y heridos.
Isidro había permanecido en casa todo el día, ocupado en escribir unas
cuartillas, a diez céntimos, para aquel semanario social que reclamaba
su colaboración con la misma intermitencia con que publicaba sus
números. Feli sintiose atraída por el suceso, con esa curiosidad que
despierta lo terrorífico en la imaginación femenil.
Compraron el periódico, y Maltrana leyó a la luz de un farol el sumario,
en letras grandes, que encabezaba el relato del suceso. Habíase hundido
en las primeras horas de la mañana aquel edificio en el que trabajaba el
señor José. Instantáneamente tuvo Maltrana el presentimiento de la
desgracia. Antes de leer, estaba seguro de que su padrastro había
perecido entre las ruinas de aquella obra escandalosa, inaudita, hasta
el punto de trastornar sus ideas de hombre autoritario y hacerle perder
la fe en la perfección del orden social. Buscó en el papel los nombres
de las víctimas. Eran muchos los heridos que agonizaban en los
hospitales. Entre los escombros sólo se había recogido un cadáver, el
del único obrero muerto instantáneamente, y éste era el señor José. Su
nombre y su domicilio estaban indicados con una precisión que no
permitía dudas.
Maltrana experimentó una dolorosa sorpresa. Recordó a su madre; pensó
en el agradecimiento que sentía la Isidra por las bondades de su
compañero. ¡Pobre señor José! Tal vez esperaba la muerte como una
liberación, aquella muerte cuya proximidad adivinaba al trabajar en el
escandaloso edificio objeto de sus cóleras. Morir era una solución para
aquel hombre sencillo, que se indignaba contra un mundo apartado de los
sanos principios y contra la mala suerte que convertía en aprendices del
crimen a los hijos de los servidores de la ley.
Al día siguiente era el entierro. Todos los albañiles de Madrid
proponíanse aprovechar las horas del descanso de mediodía para asistir a
él, dándole la significación de una protesta contra las rapiñas de los
poderosos.
Isidro quiso también acompañar el cadáver hasta el cementerio. Era todo
lo que podía hacer por su padrastro.
A la mañana siguiente, salió por la Puerta de Toledo poco antes de
mediodía. Al llegar al puente, torció a la izquierda, dirigiéndose al
depósito de cadáveres, en la orilla del río. Los ardores del sol
caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las
alcantarillas que desaguan en él. Un hedor de letrina en ebullición
envenenaba la densa atmósfera de verano.
Los alrededores del depósito estaban ocupados por grupos de hombres con
blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de
salir de los lavaderos.
Todos comentaban la catástrofe con gritos de cólera y maldiciones. Las
mujeres eran las más audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando
los brazos con expresión amenazadora.
--¡Ladrones! ¡ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse
ricos... Sólo les importa el negocio, y los pobres que mueran como
perros.
Después encarábanse con los hombres que iban llegando, albañiles casi
todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los
insultaban con groseras palabras. ¡Calzonazos! Se quedarían después de
esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer
en otra catástrofe. ¡Ah, si ellas llevasen pantalones! ¡Si las dejasen
intervenir en los asuntos de los hombres!... Otra cosa sería.
Y los albañiles contestaban con un gesto de desaliento. ¿Qué iban a
hacer? No tenían armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor
protesta en la calle.
-¡Armas! ¡armas!...--exclamaban irónicamente algunos compañeros de ojos
exaltados--. ¿Y para qué las queréis? Eso no sirve de nada. ¡Dinamita,
me caso con Dios! ¡Bombas de dinamita!
Maltrana entró en el depósito abriéndose paso en la masa de blusas, y
vio el cadáver del señor José sobre una mesa de mármol, dentro de un
modesto ataúd que habían costeado los del oficio.
Según dijeron al joven, tenía rota la espina dorsal, quebrado su
esqueleto por varias partes. La cara mostrábase intacta, contraída por
un gesto de inmenso dolor. Isidro sólo pudo ver uno de sus ojos,
desmesuradamente abierto, que parecía fijar en él la vidriosa pupila.
Creyó leer en este globo mate, de fúnebre vaguedad, el último
pensamiento de la víctima, la maldición que pasó como un relámpago por
su cerebro al dejar de existir. Indudablemente, había muerto abominando
de las veneraciones de toda su vida. Leíase en la contracción de su
rostro: había quedado impreso en aquella mueca que parecía una protesta.
De poder reanimarse el cadáver, de seguro que gritaría algo subversivo
contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo
destrucción y venganza, para tenderse de nuevo en el féretro tras esta
póstuma confesión del engaño de su vida.
Cerca del ataúd hablaban algunos de sus compañeros de trabajo. Ya no le
llamarían «borrego». Amaba más a los explotadores que a sus camaradas de
miseria. La desgracia, siempre ciega, había visto claro esta vez al
castigarle por medio de la codicia de aquellos a quienes él defendía.
¡Pobrecillo! De todos modos, era uno de los suyos: una víctima más, por
la que había que protestar.
Maltrana dejó de ver al señor José. Los compañeros clavaron la caja,
cubriéndola con la bandera roja de la asociación.
El féretro comenzó a romper el oleaje del gentío, llevado en hombros por
un grupo de albañiles. Cuando Isidro salió del depósito, siguiendo la
roja tela, vio la orilla del río, el puente y la glorieta de Toledo
cubiertos de blusas blancas, de sombreros y gorras que se elevaban,
dejando las cabezas al descubierto al paso del ataúd.
En la glorieta del puente de Toledo, entre las dos pirámides de piedra
que descansan en su pedestal sobre los boliches dorados, como dos
gigantescas mesillas de noche, vio una masa obscura con puntos
brillantes: una fila compacta de hombres negros. Era la policía cerrando
el paso.
El entierro avanzó sin titubear. Las mujeres vociferaban en torno del
féretro, iracundas, llorosas, como si el rudo sol del verano mordiese
con agresiva demencia sus cabezas despeinadas.
--¡Ladrones! ¡ladrones! ¡A Madrid! ¡A arrastrar a los asesinos!...
Otras señalaban el féretro con trágicos ademanes de plañidera. No
conocían al señor José, pero gritaban roncas de emoción:
--Ahí va la honra del mundo; un trabajador bueno; un hombre de blusa.
¡Pobrecillo! ¡Y los que le han matado, guardándose los duros,
comiéndose las buenas tajás!...
La cabeza del cortejo chocó con el obstáculo de la policía. Un capitán
habló a los manifestantes. Podían seguir por el paseo de las Acacias,
dar la vuelta a Madrid por las rondas, sin molestar a nadie. Estas eran
las órdenes que había recibido. Nada de entrar en la población, de
atravesar el centro, buscando la calle de Alcalá. El estaba allí, en el
paseo de los Ocho Hilos, para cerrarles el paso y que no ganasen la
puerta de Toledo. Todo lo que quisieran, gritos, lloros, aclamaciones,
todo, menos desfilar por las calles de Madrid y que la gente del centro
presenciase el entierro, con su séquito de jornaleros que pedían
venganza.
Sobre la masa de cabezas se alzó, como contestación, un largo palo, y en
su punta un guiñapo negro que parecía una mortaja. Era la bandera de
cólera y dolor, improvisada por un grupo de muchachos.
Las mujeres protestaban vociferando de las órdenes de la policía.
--Eso es: debemos marchar por las rondas, como los ganados que van de
paso... Los pobres a la cuadra. Por las calles de Madrid no puen pasar
otros entierros que los de los señores que mueren de hartazgo o malos
vicios. Son para los otomóviles y los carruajes con tronco. Nosotros,
por la ronda... porque olemos mal... ¡Mueran los ladrones! ¡Que los
arrastren! ¡A Madrid! ¡a Madrid!
Y las mujeres eran las primeras en avanzar, en agarrarse a las puntas
del féretro, empujando a los portadores para que rompiesen las filas de
la fuerza pública.
Retrocedían los polizontes sin dejar de hacer frente al formidable
empellón, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban
la mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo
mandase el jefe. Muchos de ellos parecían quejarse con los ojos de la
pérdida de tiempo que suponían los diálogos del capitán con los
manifestantes. ¿Qué hacían que no pegaban? Ellos habían venido para eso.
Isidro no supo cómo se inició el choque. Vio de pronto arremolinarse la
gente delante del féretro; sonaron gritos, golpes secos semejantes a los
de la ropa sacudida. Sobre las cabezas del gentío brillaron al sol, como
cintas blancas, los pesados asadores esgrimidos de filo.
Se abrió la muchedumbre, escapando en distintas direcciones. En un
instante se formó ese vacío trágico que se extiende entre los que huyen
y los que pegan, viéndose en el suelo gorras abandonadas y el negro
bulto de un hombre caído intentando incorporarse sobre las manos, con la
frente roja.
Las mujeres eran las que menos corrían. Algunas deteníanse con los
brazos en jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltada
imaginación.
--¡Cobardes! ¡Cabritos!...
Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias,
les echaban en cara su envilecimiento. Ellos allí, pegando a los pobres
trabajadores, y mientras tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Y
tras este desahogo, corrían otra vez al ver que se acercaban con el
sable levantado.
Más aún que los sablazos, irritaron a la manifestación los palos de
ciertos hombres sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo que
se hablaba en los grupos, y que, al sonar los primeros golpes, habían
enarbolado el vergajo, apaleando en derredor suyo. La muchedumbre
bramaba contra los canallas de «la secreta».
Un grupo de mozuelos apostados en los solares inmediatos hacía frente a
los acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientes
que surgen en toda revuelta, los héroes de la calle, que son cantados
por la más alta poesía cuando triunfa una revolución, o van a la cárcel
con los rateros cuando intervienen en un motín.
--¡Fusiles!--rugían mirándose unos a otros, como si pudieran
proporcionárselos--. ¡Ay, si tuviéramos fusiles!...
Y había en su gesto una expresión heroica, la resolución de morir
matando, de perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A falta
de armas, recogían del suelo las piedras, los cascotes, los pedazos de
lata, los zapatos viejos, arrojando una lluvia de proyectiles sobre la
policía. Esta, habituada al impune apaleo de la muchedumbre sin armas,
permanecía indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un enemigo
resuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente.
Sonó algo semejante a un chasquido de tralla. El capitán acababa de
hacer fuego con su revólver.
--¡Fuego, me caso con la hostia! ¡Fuego!
Los polizontes disparaban sus revólveres avanzando con paso de héroes,
eligiendo sus blancos en aquellas espaldas que huían por todos lados.
Maltrana pensó en el señor José. Su entierro era digno de las creencias
de su vida. Nada faltaba en él: palo a la canalla, fuego a discreción,
con gran voluptuosidad de los defensores de la ley, que podían escoger
sus víctimas impunemente.
El joven no quiso huir: se quedó junto al féretro, presintiendo que allí
sería mayor su seguridad. Además, era el único pariente del muerto que
iba en el cortejo, y no debía abandonarle.
Los portadores del ataúd, al recibir los primeros golpes, lo dejaron
caer al suelo, huyendo veloces. El paño rojo desapareció en la fuga.
Otros obreros intentaron apoderarse del féretro y levantarlo, pero
fueron repelidos por los sables. Aquella caja negra era una bandera de
rebelión, en torno de la cual podía organizarse otra vez la revuelta. En
los vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el ataúd próximo a rodar,
soltando sobre el polvo del camino el cadáver que encerraba.
Isidro se sentó sobre la fúnebre caja, temiendo una nueva profanación, y
se replegó aturdido y temeroso por el estrépito de los tiros. Un hombre
de blusa vino también a sentarse en el féretro, como si éste fuese un
lugar de asilo.
Oyó Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre,
balancearse y caer al suelo. Después brilló sobre su cabeza el relámpago
de un sable, y el joven se encogió aún más para evitar el golpe. Pero
nadie le tocó. Pasaron algunos segundos que le parecieron de
interminable duración, sin que su cuerpo sufriese ningún choque. Creyó
oír una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable en
mano o disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo lo
veían envuelto en densa niebla.
--Déjale: ¿no ves que es un señorito?...
Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegios
de aquel traje que era para él un uniforme de miseria.
Sufría privaciones; el hambre rondaba en torno de él señalándolo como
uno de sus siervos; pero pertenecía, por su aspecto y sus costumbres, a
la raza de los felices. Era un señorito. Estaba por encima de aquellas
gentes que conquistaban el pan con más frecuencia que él, pero sentían
la caricia del palo apenas intentaban pedir, como añadidura al mendrugo,
un poco de justicia y de piedad para su vida.