cierta pretenciosidad que podía engañar á los hombres humildes ó á los
imaginativos, dispuestos á creer en la elegancia de toda hembra que se
fije en ellos. Contemplada de cerca, resultaba grotesca. Su sombrero
de majestuosa halda tenía los bordes roídos y las plumas rotas. Vió
sus pies por debajo de la mesa, y como la falda se le había subido al
sentarse, pudo contar los agujeros y los remiendos de sus medias. Uno
de sus zapatos mostraba la suela perforada por el uso, con un pequeño
redondel en el sitio correspondiente á los dedos. El rostro cargado de
colorete y de pasta blanca no conseguía ocultar las arrugas de la edad
y otras huellas de una vida trabajosa. ¡Pero aquellos ojos!...
Robledo se sentía por momentos más convencido de que era Elena. Los
dos se miraron fijamente. Después ella preguntó por señas si podía
acercarse, pasando al fin á su mesa.
--He creído mejor entrar aquí, para que hablemos. Muchas veces, á los
hombres no les gusta que los vean con una mujer en la calle. La
mayoría son casados. Usted tal vez lo es, como los otros.
Su voz era ronca; no recordaba la que él había oído doce años antes;
pero á pesar de esto, su convicción iba creciendo. «Es ella--pensó--.
Ya no es posible la duda.» La mujer siguió hablando.
--Tal vez me equivoco. Usted debe ser soltero. No veo su anillo de
matrimonio.
Y miraba sonriendo las manos masculinas puestas sobre la mesa. Pero
otra cosa pareció preocuparla más que el estado civil del señor que la
había seguido. Volvió los ojos con cierta ansiedad hacia el mostrador,
donde estaba el camarero esperando su llamamiento.
--¿Puedo tomar una copa?--preguntó--. Advierto á usted que el _whisky_
de aquí es magnifico. Imposible encontrarlo mejor en todo París.
Al ver que él asentía con un movimiento de cabeza, se aproximó el
camarero, y sin necesidad de preguntar qué deseaba la parroquiana,
trajo por su propia iniciativa una botella de _whisky_ y dos copas.
Después de llenar éstas se alejó, no sin dirigir á Robledo una mirada
y una sonrisa iguales á las de la dueña del establecimiento.
Bebió la mujer con avidez su copa, y al ver que el otro dejaba intacta
la suya, pasó por sus ojos una expresión implorante.
--Antes de la guerra, el _whisky_ valía muy poco; ¡pero ahora!... Sólo
los reyes y los millonarios pueden beberlo. ¿Me permite usted?
Hizo Robledo un gesto indicador de que la cedía su parte, y ella se
aprovechó con apresuramiento de tal permiso.
El licor parecía repeler cierta torpeza mental que se reflejaba en la
lentitud de sus palabras, dando nueva luz á sus ojos y mayor soltura á
su lengua. Dejó de hablar en francés para preguntar en español:
--¿De dónde es usted? He conocido por su acento que es americano...
americano del Sur. ¿De Buenos Aires tal vez?...
Movió la cabeza Robledo negativamente, y sin perder su gravedad soltó
una mentira.
--Soy de Méjico.
--Conozco poco ese país. Me detuve en Veracruz unos días nada más, de
vapor á vapor. La Argentina la conozco bien: viví allá hace años...
¿Dónde no he estado yo?... No hay lengua que no hable. Esto hace que
los señores me aprecien y muchas amigas me tengan envidia.
Robledo la miraba fijamente. Era Elena; ya no podía dudar. Y sin
embargo, no quedaba nada en su persona de la mujer conocida en otros
tiempos. Los últimos doce años habían pasado sobre ella más que una
existencia entera reposada y ordinaria, transfigurándola en sentido
decadente.
Si él había podido reconocerla, era porque, al vivir tanto tiempo en
el mismo lugar solitario y monótono, sus impresiones antiguas se
mantenían vivas, con la incesante renovación del recuerdo, sin que
otras las sofocasen bajo su paso. En cambio, ella había vivido tan
aprisa y visto tantos hombres, que le era imposible acordarse del
español. Le sería necesario para ello una enérgica concentración de su
memoria. Además, el ingeniero también se había desfigurado con los
años.
Sin embargo, ella, por instinto profesional, presintió que no era la
primera vez que estaba junto á este hombre. Sus sentidos de mujer de
presa y de hembra perseguida, obligada á defenderse y viviendo en
perpetua inquietud, parecieron avisarla.
--Yo creo--dijo--que nos hemos visto otra vez, pero no puedo acordarme
dónde, por más que pienso. ¡He corrido tantos países!... ¡he conocido
tantos hombres!...
* * * * *
#XX#
Robledo la miró con severidad, al mismo tiempo que preguntaba
bruscamente:
--¿Cómo se llama usted?
Ella pensaba en otra cosa, con los ojos fijos en el _whisky_, y
contestó, distraída:
--Me llamo Blanca, y algunos me apodan «la Marquesa». ¿Me permite
usted que tome otra copa?... Después, en mi casa, no tendremos una
botella como ésta. Porque supongo que iremos á mi casa... Está muy
cerca... A no ser que usted prefiera el hotel.
Interpretando la mirada impasible del hombre como una aprobación, se
apresuró á servirse una tercera copa, paladeando su contenido,
mientras la sostenía con mano temblona. La interrumpió Robledo,
diciendo lentamente:
--Usted se llama Elena, y si la apodan «la Marquesa», es porque
alguien la conoció cuando estaba casada con un marqués italiano.
Fué tal la sorpresa de la mujer, que apartó sus labios del licor,
mirando á Robledo con ojos desmesuradamente abiertos.
--Desde que le oí hablar--dijo--tuve el presentimiento de que usted me
conocía.
Maquinalmente dejó la copa sobre la mesa. Luego se arrepintió,
apresurándose á beberla de golpe.
--Pero ¿quién es usted?... ¿Quién eres?... ¿quién eres?
La primera interrogación la hizo aproximándose á Robledo, pero éste se
echó atrás, huyendo de su contacto. Las otras dos las acompañó
llevándose las manos á las sienes, como si hiciese un esfuerzo
doloroso para concentrar su memoria. Al fin, dijo otra vez con
desaliento:
--¡Han pasado tantos hombres por mi vida!...
Sus ojos reflejaron de pronto la inquietud, luego el miedo, y ahora
fué ella la que se echó atrás con una expresión de animal asustado,
como si temiese al hombre que tenía enfrente.
--Al fin le reconozco--murmuró--. Sí, es usted; muy cambiado, pero es
usted. Nunca lo hubiera conocido, de no evocar esas cosas pasadas.
Parecía haber recobrado su enérgica voluntad, y pudo mirar largo rato
á su acompañante, sin sentir miedo. Luego añadió con voz fosca:
--¡Mejor habría sido no vernos nunca!
Quedaron los dos en largo silencio. Elena parecía haber olvidado la
existencia de aquella botella que continuaba acariciando maquinalmente
con sus dedos. La curiosidad del español pugnó contra este mutismo.
--¿Qué fué de Moreno?...
Ella le escuchó con una expresión de duda y extrañeza, como si no le
entendiese. Se adivinaban en sus ojos los esfuerzos de un trabajo
mental profundamente removedor. «¿Moreno? ¿Quién podía ser este
Moreno? ¡Ella había conocido tantos hombres!»
Como si apelase al auxilio de un medicamento se sirvió una nueva copa,
bebiéndola ávidamente, y su rostro pareció iluminarse al sonreir.
--Ya sé de quién me habla... Moreno; un pobre hombre, un iluso. No sé
nada de él.
Insistió Robledo en sus preguntas, pero le fué imposible á Elena
encontrar en su memoria una imagen clara y fija de aquel desaparecido.
--Creo que murió. Se fué á su tierra, y allá debió morir ¿Dice usted
que no volvió nunca?... Pues entonces moriría aquí. Tal vez se mató.
No sé... Si tuviese que recordar las historias de todos los hombres
que he conocido, hace años que estaría loca. ¡No cabrían en mi
cabeza!...
Robledo, con una curiosidad severa, continuó sus preguntas.
--¿Y la hija de Pirovani?...
Volvió á llevarse ella las manos á las sienes, hundiendo los dedos en
el pelo rubio, escandalosamente rubio, de sus falsos bucles. Al mismo
tiempo, una mueca violenta que reflejaba su enorme esfuerzo mental
hizo bailotear un poco las dos filas de sus dientes, igualmente
escandalosos por su blancura.
--¿Pirovani?... ¡Ah, sí! Aquel italiano que vivía en Río Negro y al
que robó Moreno... No sé; creo que nunca volvimos á hablar de su hija.
Moreno gastaba y gastaba mientras tuvo que gastar, y yo le iba
enseñando los placeres de la vida. ¡Pobre tonto!...
Quedó encogida en su asiento y con la cabeza baja después de hablar
así. Parecía haberse empequeñecido. Al levantar los ojos encontraba la
mirada severa del español y volvía á bajarlos, fijándolos en la
botella.
Durante el nuevo silencio Robledo se habló mentalmente. «¡Y pensar que
por este andrajo se mataron los hombres, lloraron tantas mujeres y
sufrí yo angustias inmensas!...»
Como si Elena adivinase sus pensamientos, dijo con humildad:
--Usted no sabe qué terribles han sido mis últimos años... Vino la
guerra y se empeñaron en perseguirme, no permitiendo que viviese en
París. Sospechaban de mí, me creían espía y alemana, dándome cada uno
diferente nacionalidad. Anduve por Italia; anduve por muchos países.
Hasta estuve en su patria: ¿no es usted español?... No extrañe la
pregunta; ¡me es imposible recordar tantas cosas!... Y al volver á
París no he encontrado á nadie, absolutamente á nadie de los de mi
época. El mundo de antes de la guerra era otro mundo. Todos los que yo
conocí han muerto ó están lejos. A veces creo que he caído en otro
planeta. ¡Qué soledad!...
Parecía abrumada por este mundo nuevo, que no podía comprender.
--Y el primero que me sale al paso capaz de recordarme la vida
anterior, es usted... ¡Mejor hubiese sido no vernos!
Luego continuó, como si hablase para ella misma:
--Este encuentro servirá para que yo piense en cosas que nunca hubiese
recordado... ¿Por qué volvió usted de tan lejos?... ¿por qué se le ha
ocurrido pasear por esta parte de Montmartre que nunca frecuentan los
extranjeros ricos?... ¡Ay! ¡la maldita casualidad!
De pronto se incorporó, con un reflejo azulado en las pupilas.
--Déjeme beber. ¡Cómo le agradecería que me regalase toda la botella!
La necesito después de este maldito encuentro que va á resucitar
tantas cosas... Yo amo la vida por encima de todo. No me dan miedo las
desgracias ni las miserias, á cambio de seguir viviendo... Pero temo á
los recuerdos, y el _whisky_ los mata ó los viste de tal modo que
resultan agradables. Déjeme beber; no me diga que no.
Como Robledo permaneciese silencioso, Elena volvió á apoderarse de la
botella para llenar su copa, apurándola con lento regodeo. Mientras
bebía señaló con los ojos á la muchachuela, que continuaba fumando y
tosiendo.
--Es cómo todas las de ahora: morfina, cocaína, etcétera... Yo soy de
mi época, estilo antiguo; las tales drogas me ponen enferma. Sólo creo
en lo clásico.
Y acarició el contorno de la botella con mano amorosa. Su rostro
parecía iluminado por una extraña lucidez, que iba en aumento según
ella bebía. Al verse dueña de todo el _whisky_ deseaba quedar sola
para paladearlo sin prisa, y dijo á Robledo:
--Váyase y no se acuerde de mí. Si quiere darme algo, se lo
agradeceré; si no me da nada, me contento con la botella: un regalo de
príncipe... Váyase, Robledo; este sitio no es para usted.
Pero él permaneció inmóvil, deseando excitar su memoria para saber
algo más de su misterioso pasado.
--¿Y Canterac?... ¿Encontró usted alguna vez al capitán Canterac?...
Este nombre tardó á resucitar en la memoria de ella más aún que los
nombres anteriores. Robledo, para ayudarla, recordó el parque
artificial improvisado en su honor á orillas del río Negro.
--Fué _chic_ aquella fiesta, ¿no es cierto?... Otros hombres han hecho
por mí cosas más caras; pero aquello resultó original... ¡Pobre
capitán! Lo he visto después muchas veces; creo que ahora es general.
¿Cómo dice usted que se llamaba?...
Y siguió evocando sus recuerdos; pero el español se dió cuenta de que
confundía á Canterac con otro militar amigo suyo, haciendo una sola
persona de los dos hombres, conocidos en períodos distintos de su
vida.
Robledo sabía con certeza que Canterac había muerto. Vagaba por las
repúblicas del Pacífico, cambiando de ocupación, unas veces en las
salitreras de Chile, otras en las minas de Bolivia y del Perú, cuando
estalló la guerra, y volvió á Francia para incorporarse al ejército.
Había muerto en Verdún con un heroísmo obscuro, como tantos otros, y
esta mujer no guardaba una imagen precisa de él, después de haber
perturbado tan deplorablemente su existencia. Ni siquiera pareció
recordar su nombre al repetirlo Robledo.
Las preguntas de éste iban excavando, sin embargo, su memoria, y al
fin acabó ella por repeler su adormecimiento mental, sufriendo el
salto en masa de los recuerdos despertados. De pronto fué Elena la que
preguntó:
--¿Cómo se llamaba aquel muchacho americano compañero suyo?... Creo
que fué el único hombre que me interesó un poco entre los muchos que
me buscaban... Tal vez le amé, por lo mismo que nunca me deseó
verdaderamente. Algunas veces, muy de tarde en tarde, me he acordado
de él... ¿Se casó?
Hizo Robledo un signo afirmativo y ella siguió hablando.
--No diga más. Mirándole á usted creo que los años pasados vuelven á
pasar, pero en sentido inverso, y todo lo recuerdo poco á poco... Ese
joven se llamaba Ricardo, y tal vez se habrá casado con aquella
muchachita de la Pampa á la que le daban un nombre de flor.
Estos recuerdos, los únicos que resurgían en su memoria vivos y bien
determinados, le inspiraron la amarga tristeza que infunde el bien
ajeno.
Se miró á sí misma con una conmiseración despectiva, como si se
contemplase por primera vez. Ella que se había creído durante muchos
años el centro de lo existente, se veía en lo más bajo, y aún
adivinaba nuevos abismos por los que seguiría rodando, pues para la
desgracia nunca hay término.
Los demás podían evocar su pasado con una melancolía dulce. Era un
placer igual á una música suave y antigua, á un perfume de ramo
marchito. Los recuerdos de ella mordían como lobos rabiosos y la
perseguirían hasta la muerte. Por eso necesitaba vivir en una
inconsciencia animal, asesinando todos los días su pensamiento con el
alcohol.
Quiso exteriorizar su desesperación y murmuró, señalando á la otra
mujer medio ebria que dormitaba en el diván:
--Así seré yo dentro de poco.
Se obscureció su rostro, como si pasase sobre él la sombra de sus
últimas horas, y bajando las pupilas añadió:
--Y luego morir.
Robledo permaneció silencioso. Había sacado disimuladamente su cartera
de un bolsillo interior y contaba papeles debajo de la mesa. Ella
siguió murmurando, sin darse cuenta de que repetía sus más ocultos
pensamientos:
--Tal vez alguien escriba entonces en los periódicos unas líneas
hablando de la llamada «Marquesa», y media docena de personas en todo
el mundo me recuerden. Tal vez ni esto, y quedaré para siempre en el
fondo del río. Pero ¿tendré valor?...
Buscó Robledo una mano de ella por debajo de la mesa, entregándole un
rollo de pequeños papeles.
--No debía tomarlo--dijo la mujer--. Yo sólo puedo admitir dinero de
los que no me conocen.
Pero guardó en su pecho los billetes de Banco. Sus ojos,
repentinamente alegres, parecieron desmentir el tono de resignada
dignidad con que formulaba sus excusas por haber aceptado el donativo.
La mirada de Robledo era ahora de conmiseración.
¡Pobre «bella Elena»! Había pasado por la vida como pasan sobre los
mares australes los grandes albatros, orgullosos de su blancura y de
la fuerza de sus alas, abatiéndose con una voracidad implacable sobre
las presas que descubren á través de las olas, creyendo que todo
cuanto existe ha sido creado únicamente para que ellos lo devoren. Era
un águila atlántica majestuosa y fiera, con el perfume salino de la
inmensidad y la carne coriácea de la fuerza. Pero los años habían
pasado, disolviendo la orgullosa ilusión de la juventud que se
considera inmortal, y ahora el ave arrogante del infinito azul se veía
obligada á buscar su comida en los excrementos oceánicos amontonados
en la costa. Cuando el frío y la tiniebla la impelían hacia la luz,
sus alas moribundas chocaban con los vidrios guardadores del fuego.
Iba en busca de la ventana que refleja el rescoldo hospitalario del
hogar, y tropezaba con la lente del faro, dura é insensible como un
muro, acostumbrada á repeler la cólera de las tempestades. Y en uno de
estos choques caería con las alas rotas para siempre, y el mar de la
vida tragaría su cuerpo con la misma indiferencia que había sorbido
antes á las numerosas víctimas de ella.
Contempló Robledo después á sus amigos y se vió á sí mismo en una
forma igualmente animal. Eran bueyes magníficamente alimentados,
tranquilos y buenos, como las reses que pastaban, hinchadas por la
abundancia, en los campos regados de su colonia. Tenían las firmes
virtudes del que ve su existencia asegurada, á cubierto de todo
riesgo, y no necesita hacer daño á los demás para vivir... Y así
continuarían plácidamente, sin violentas alegrías, pero también sin
dolores, hasta que llegase su hora última...
¿Quién había vivido mejor su existencia?... ¿Era aquella mujer de
biografía fabulosa, incapaz de recordar exactamente su origen y sus
aventuras como si un cerebro humano no pudiera contener una historia
tan extensa como un mundo?... ¿Eran ellos honrados rumiantes de la
felicidad, que ya habían hecho sobre la tierra cuanto debían hacer?...
No pudo seguir pensando. El camarero del _bar_ había salido á la
calle, llamado por un hombre, y volvió con aire inquieto, diciendo á
la dueña, algunas palabras en voz baja.
--¡Volad, palomas mías!--gritó la mujerona desde el mostrador,
dirigiéndose á las dos parroquianas más próximas.
Y explicó que la policía estaba haciendo una _razzia_ de mujeres en el
barrio, y tal vez visitase su establecimiento. Un amigo fiel acababa
de traer el aviso.
La muchachita tísica arrojó el cigarro, escapando con un temblor
cerval, que aún hacía más angustiosa su tos. La beoda abrió los ojos,
miró en torno y volvió á cerrarlos, murmurando:
--¡Que vengan! En la comisaría se duerme lo mismo que aquí.
Elena se apresuró á huir. Tenía miedo; pero procuró marchar hacia la
puerta con cierta majestad, pensando que un hombre estaba á sus
espaldas. No quería que la confundiesen con las otras.
Al verse solo el español, entregó un billete al camarero por toda la
botella y salió sin querer recibir el cambio. Luego, en el bulevar,
miró inútilmente á un lado y á otro. Elena había desaparecido...
No la vería más. Cuando ella muriese, él no recibiría la noticia de su
muerte. Iba á pasar el resto de su existencia sin saber con certeza si
la otra vivía aún. Después de este encuentro adivinaba su final. Era
de las que salen de la vida de un modo trágico, pero sin estrépito,
sin que suene su nombre, habiendo sobrevivido muchos años á su
historia muerta.
--Y esta es la Elena--se dijo--que, igual á la del viejo poeta,
originó la guerra entre los hombres en un rincón de la tierra...
La duda formulaba preguntas en su interior. ¿Había sido esta mujer
verdaderamente mala, con plena conciencia de su perversidad?... ¿Era
una ansiosa de los placeres de la vida, que avanzaba inconsciente, sin
reparar en lo que iba aplastando bajo sus pies?...
Mientras buscaba un carruaje, se dijo como conclusión:
--Mejor hubiese sido para ella morir hace doce años... ¿Para qué sigue
viviendo?
Sonrió tristemente al pensar en la relatividad de los valores humanos
y la distinta importancia de las personas, según el ambiente en que se
mueven.
--¡Pensar que este andrajo fué igual á la heroína de Homero en aquella
tierra á medio civilizar, donde no abundan las mujeres!... ¿Qué dirían
ahora los que tantas locuras hicieron por ella, si la viesen como yo
la he visto?...
Cuando llegó al hotel, Watson y su esposa acababan de volver de su
paseo.
Dos criados seguían á Celinda cargados con enormes paquetes: las
adquisiciones de aquella tarde.
Miró Watson su reloj con impaciencia.
--Son cerca de las siete, y hemos de vestirnos y comer antes de ir á
la Opera... Cuando las mujeres se ponen á comprar trajes y sombreros,
no acaban nunca.
Celinda remedó la fingida indignación de su esposo con graciosos
ademanes, y acabó por besarle, entrándose luego en la habitación
inmediata para cambiar de vestido.
Watson preguntó á Robledo si les acompañaba á la Opera.
--No; voy haciéndome viejo, y me molesta ponerme de frac y guantes
blancos para escuchar música. Prefiero quedarme en el hotel. Veré cómo
acuestan á Carlitos... Le he prometido un cuento.
Sintió en su interior la molestia de la duda. ¿Debía relatar á Celinda
y su marido el encuentro de aquella tarde?... ¿Sería más prudente
comunicárselo solamente á Watson?
Rara vez en sus conversaciones habían recordado á la esposa de
Torrebianca. Celinda, tan alegre y desenfadada, fruncía el ceño con
expresión agresiva cuando nombraban en su presencia á la marquesa.
Podía representar para ella un deleite cruel el conocimiento de la
abyección de la otra. Luego, Robledo se arrepintió de tal suposición.
A Celinda, en plena felicidad, le repugnaba seguramente la venganza, y
sólo le proporcionarían sus noticias la molestia de un mal recuerdo.
«¿Para qué resucitar el pasado?... ¡Que la vida continúe!»
Y sólo se ocupó en pensar la maravillosa historia que iba á contarle á
su príncipe heredero.
#FIN#
Villa Fontana Rosa
Mentón (Alpes Marítimos)
Febrero-Abril 1922.
End of Project Gutenberg's La Tierra de Todos, by Vicente Blasco Ibañez