empezado á marcar en él sus devastaciones. La cúspide de su cráneo
estaba completamente despoblada. En cambio había suprimido su bigote,
rasurándolo por el motivo de tener con más abundancia las canas que
los pelos obscuros. Esta transformación le había dado, según él,
cierto aspecto de clérigo ó de actor, pero al mismo tiempo esparcía
por su rostro cierta frescura juvenil.
Ocupaba un sillón en el _hall_ de un hotel elegante de París, cerca
del Arco de Triunfo.
Frente á él estaba un matrimonio joven: Watson y Celinda. El paso de
los años no había hecho mas que afirmar los rasgos fisonómicos de
Ricardo, dando mayor estabilidad á su hermosura de atleta tranquilo.
La antigua Flor de Río Negro tenía ahora una belleza estival de trato
sazonado y dulce. Conservaba su esbeltez gimnástica de efebo, pero la
maternidad había amplificado majestuosamente sus formas.
Ya no llevaba su cabellera cortada como una melena de pajecillo, ni se
permitía en público los saltos y las travesuras infantiles de aquella
amazona patagónica admirada por los inmigrantes. Debía mostrar la
seriedad de una mamá. En torno á la mesita del _hall_ se movía un niño
de nueve años, voluntarioso y algo desobediente, que buscaba la
protección de Robledo--por otro nombre «tío Manuel»--cuando le reñían
sus padres. En un piso del «Palace» dos _nurses_ inglesas vigilaban
los juegos de otros tres hijos de menos edad.
Formaban todos en conjunto la conocida familia de la América del Sur
que viene á pasar varios meses en Europa, como una tribu rica y
alegre, trasladando la casa entera de un lado á otro del Océano, sin
olvidar á los criados. Ahora la familia estaba en sus comienzos, por
ser los padres todavía jóvenes, y se limitaba á ocupar cuatro
camarotes en los buques y cinco cuartos con salón común en los
hoteles. Diez años más de vida y de prosperidad en los negocios, y la
caravana familiar, al hacer otro viaje á Europa, arrendaría todo un
costado del paquebote y un piso entero en los «Palaces».
--¡Las cosas que han ocurrido desde la última vez que estuve aquí!...
Se ensombreció el rostro de Robledo al recordar éste sus luchas
durante dos años para conseguir que se reanudasen las obras en el río
Negro.
Había conocido las angustias que proporcionan las deudas crecientes y
las reclamaciones de acreedores que no pueden satisfacerse.
Casi todos los habitantes de la Presa escaparon al destruir el río las
obras. Los raros viajeros que visitaban el país venían á admirar esta
población en ruinas, semejante á las ciudades históricas y muertas
del mundo antiguo, en una tierra falta de recuerdos.
A fin el gobierno había reanudado los trabajos. El río era vencido
poco á poco, aceptando el obstáculo del dique y los canales de Robledo
y Watson se empapaban con las primeras aguas, dejando correr por su
lecho fangoso el riego vivificante.
Después de esto sólo habían necesitado los dos socios que
transcurriese el tiempo. El milagro del agua realizaba un sinnúmero de
milagros secundarios. Acudían á la muerta población hombres de todos
los países, deseosos de roturar un suelo que podía después ser suyo.
Una costra de verde tierno y luminoso iba cubriendo los campos antes
polvorientos. Los matorrales secos y punzantes cedían el sitio á los
árboles jóvenes. Nutridos por la savia de una tierra dormida durante
miles de años, y refrescados incesantemente por el agua que corría á
sus pies, realizaban en el corto plazo de varias semanas prodigiosos
estiramientos.
Las casuchas de adobes, derruídas en el período de soledad y miseria,
eran reemplazadas por edificios de ladrillo extensos y bajos, con un
patio interior, imitando la arquitectura española de la época
colonial. El antiguo boliche del Gallego se convertía en vasto almacén
con numerosa dependencia, donde era vendido cuanto puede ser agradable
y útil á los que se enriquecen cultivando la tierra, haciéndose además
en él todos los negocios, incluso el de banca.
El dueño había ganado millones, por otra parte, al convertir sus
arenales en campos de regadío. Al fin, acababa de realizar su ensueño
de volverse á España, dejando al frente del almacén á un dependiente
español interesado en sus negocios.
--Ayer me escribió don Antonio--dijo Robledo con una ironía
bondadosa--. Quiere que vayamos á Madrid. Desea que admiremos su casa,
sus automóviles, y sobre todo sus amistades. Me cuenta con orgullo que
los periódicos hablan de sus comidas. También me dice que le han dado
una condecoración y un día de estos lo presentarán al rey. He ahí un
hombre dichoso.
El recuerdo del lejano país ensombreció el rostro de Celinda.
--Piensa en su padre--dijo Watson á su consocio--. Es imposible hablar
de la Presa sin que se ponga triste... ¿Qué culpa tenemos nosotros si
el viejo no ha querido venir?
Robledo asintió á estas palabras, pretendiendo animar á Celinda. Don
Carlos no había querido moverse de su estancia, á pesar de lo mucho
que le rogaron todos ellos para que les acompañase. No le interesaba
ver en su vejez aquella Europa donde tantas locuras había realizado
siendo joven. Deseaba conservar intactas las antiguas ilusiones.
Además, temía que le faltase el tiempo para saborear los grandes
cambios realizados en su propiedad.
--Me quedan pocos años--decía--, y no puedo malgastarlos vagando por
Europa, cuando tantas cosas debo hacer aquí. Celinda me dará muchos
nietos, y no quiero que sean unos pobretones.
Los canales de Robledo habían llegado á las tierras de su propiedad,
convirtiendo los ralos y secos pastos de la estancia en lozanas
praderas de alfalfa, siempre húmedas y verdes. Su «hacienda»
engordaba, multiplicándose prodigiosamente. Antes, tenía que correr á
caballo para encontrar de tarde en tarde un animal cornudo y huesoso
que iba al descubrimiento y la conquista de algún hierbajo aislado, á
través de una soledad casi yerma. Ahora, los novillos gordos y
lustrosos, con las patas dobladas bajo su carnal pesadumbre, rumiaban
la suculenta alfalfa, mordida en torno á ellos, sin necesidad de
moverse.
Además, don Carlos era considerado como el primer hombre del país, y
representaba para él una desvalorización marcharse á aquellas tierras
de _gringos_, donde ignoraban su historia y nadie le haría caso. Hasta
espaciaba mucho sus viajes á Buenos Aires, pensando que los amigos de
su juventud habían muerto y sólo podía encontrar á sus hijos ó sus
nietos, que apenas recordaban su nombre. En cambio, todos le hacían
acatamiento en la Presa, como primer propietario del país. También era
juez municipal, y los inmigrantes cultivadores de las «chacras»
reconocían su autoridad y sapiencia, consultándole en todos sus
asuntos y aceptando sus fallos.
--¿Qué puedo hacer yo en París? ¡Un papelón!... Déjenme con mi gente y
cada buey que rumie su pasto.
Sentía mucho separarse de sus nietos, pero esta separación no podía
ser larga. Cuando Celinda y su marido el _gringo_ volviesen, el niño
mayor llegaría á tiempo para que su abuelo le enseñase á montar á
caballo como debe hacerlo un criollo fino.
Precisamente este nieto hacía mucho rato que estaba junto á Robledo,
montando en sus rodillas y dejándose caer en la alfombra.
--¡Carlitos, preciosura--suplicó la madre--, deja en paz á tío Manuel!
Y añadió, para contestar á todo lo que había dicho Robledo acerca de
su padre:
--Es verdad, no quiso venir; pero eso no impide que me entristezca
cuando pienso que podía estar aquí, viendo lo que nosotros vemos.
Se aproximó al grupo una señorita elegantemente vestida: la
institutriz francesa encargada de la educación de Carlitos. Venía á
llevárselo para dar un paseo por el Bosque de Bolonia. La madre tuvo
que acariciarle con vehemente ternura, y aún así, no pudo sofocar sus
protestas de niño mimado.
--¡Yo quiero quedarme con tío Manuel!...
Pero tío Manuel necesitaba salir solo, y se lo explicó así al pequeño
tirano, con palabras de excusa.
--Si obedeces á mamá y vas con mademoiselle al Bosque, esta noche
cuando te acuestes te contaré un cuento muy largo... ¡muy largo!
Carlitos aceptó la promesa, dejándose llevar por la institutriz sin
nuevas rebeldías.
--¡Ya se fué el déspota!--dijo Robledo, fingiendo una gran
satisfacción al verse libre de él.
Celinda sonrió agradecida. El español había concentrado en Carlitos
toda la necesidad de amar que sienten los célibes en los linderos de
la vejez. Era muy rico y su fortuna iría ampliándose todavía más con
el transcurso de los años, según fueran sometidas al cultivo las
tierras recientemente irrigadas. Si alguna vez le hablaban de sus
millones, miraba al hijo de Celinda, apodándolo «mi príncipe
heredero».
Pensaba legar una parte de su fortuna á ciertos sobrinos que tenía en
España y á los que apenas había visto; pero lo más considerable de su
riqueza sería para Carlitos. Amaba también á los otros hijos de
Watson; pero el primogénito había nacido en la época de amarguras é
indecisiones, cuando todavía estaba en peligro su obra, y esto hacía
que le considerase con la predilección que merece un compañero de los
malos tiempos.
--¿Qué va á hacer usted esta tarde?--preguntó Robledo á Celinda--.
Seguramente lo mismo de las otras tardes: visita general á los grandes
modistos de la _rue de la Paix_ y calles adyacentes.
Ella aprobó con un movimiento de cabeza este programa, mientras Watson
reía.
--¿Cuándo se cansará usted de comprar vestidos?--continuó el
español--. ¿No tiene miedo de que su equipaje no quepa en el
trasatlántico, cuando regresemos á Buenos Aires?...
Se excusó Celinda, pensando otra vez en el lejano país.
--Debo hacer mis compras previsoramente. Piense que allá en nuestra
colonia no hay nada de lo que se encuentra aquí con tanta facilidad.
Somos unos millonarios del desierto que vivimos todavía en la primera
semana de la creación de un mundo. Como quien dice unos millonarios...
salvajes.
Los tres rieron de este título y luego quedaron pensativos. Sus ojos
dejaron de ver el _hall_ donde se encontraban y la elegante
concurrencia de las mesas inmediatas. Contemplaron con una visión
interior el antiguo campamento de la Presa, que ahora se llamaba
«Colonia Celinda», y los campos regados, fértiles y alegres, propiedad
de los dos ingenieros, con árboles todavía no muy altos, pues los más
antiguos sólo contaban nueve años de existencia. Vieron también la
gran plaza de la colonia con sus edificios nuevos, y en ella á don
Carlos Rojas, que parecía haberse empequeñecido con la edad,
ofreciendo su rostro un perfil cada vez más aquilino y enjuto. Tenía
el gesto autoritario y bondadoso de los antiguos patriarcas, al
escuchar á hombres y mujeres.
Después, mientras Celinda pensaba en su padre, los dos consocios iban
repasando mentalmente su actual prosperidad. Centenares de
agricultores procedentes de todos los países de Europa habían
adquirido parcelas de la tierra regada, para formar sus huertas
llamadas «chacras». El enorme precio que el agua había dado al suelo
era pagado á plazos por los colonos, en el curso de diez años. Cada
trimestre ingresaban en su oficina cantidades enormes que iban á
quedar luego inmóviles en los Bancos.
Los canales avanzaban sus tentáculos por la antigua cuenca del río
Negro, convirtiendo todos los años tierras areniscas en campos
fecundos; y esto atraía incesantemente á nuevos emigrantes, doblando ó
triplicando los ingresos de la sociedad. Y así continuarían, años y
más años, hasta amontonar una suma considerable de millones.
Robledo pensaba con melancolía en el destino de su riqueza enorme.
Llegaba á él cuando era viejo y no podía sentir la tentación de los
placeres que engañan y entretienen á los demás mortales. Los hijos de
Watson y de Celinda serían archimillonarios, no conociendo nunca la
esclavitud del trabajo ni las angustias de la escasez de dinero, y al
ser hombres vendrían á derrochar en París una parte de su herencia
principesca, llamando la atención por sus despilfarros y sus
brillantes cualidades de seres ociosos é inútiles. Atraído por la
fuerza del contraste, Robledo, hombre de trabajo que había sufrido en
su existencia grandes estrecheces y amarguras, aceptaba con un
fatalismo risueño este final de sus esfuerzos, encontrándolo lógico y
de acuerdo con las ironías de la vida.
Pensaba, además, en otro contraste que había acompañado á su
enriquecimiento. Mientras él se hacía millonario, la mitad del mundo,
al otro lado de los mares, sufría los horrores de una gran guerra. Al
principio este cataclismo había hecho peligrar su propia empresa. Los
colonos extranjeros abandonaban los campos de la Argentina para ir á
ser soldados en sus respectivas naciones. Pero luego se cortaba este
retorno al viejo mundo, y el reflujo humano traía nuevos cultivadores
á sus tierras.
Muchos que había dejado en Europa doce años antes enormemente ricos,
estaban ahora pobres ó habían desaparecido. En cambio, él, que sólo
era entonces un aspirante á la fortuna, un colonizador de incierto
porvenir, se sentía como abrumado por la exageración de su
prosperidad. Se veía igual á las reses nuevas de don Carlos Rojas,
que, ahitas por la exuberancia de su nutrición, permanecían con las
patas dobladas sobre la alfalfa, mirando, inapetentes, toda la riqueza
alimenticia que las rodeaba.
Watson y Celinda eran jóvenes, tenían ilusiones y deseos, sabían en
qué emplear su dinero. Ella conocía la voluptuosidad del lujo; su
marido podía sentir el mayor placer de los enamorados, mezcla de
satisfacción y de orgullo, al regalar á Celinda todo lo que desease;
¡pero él!... Ni siquiera le gustaban las molicies inocentes que hacen
más grata la vejez. Le había visitado la riqueza demasiado tarde,
cuando no le quedaba tiempo para aprender á ser rico.
Como había pasado la mayor parte de la existencia simplificando su
vida y prescindiendo de comodidades, ya no necesitaba estas
comodidades. Celinda, la antigua amazona, y su esposo, tenían á la
puerta del hotel, desde las primeras horas de la mañana, un lujoso
automóvil. No podían vivir sin este vehículo; parecía que lo hubiesen
poseído desde que nacieron. ¡Ah, la juventud, con su maravillosa
facilidad de adaptación para todo lo que representa placer ó
riqueza!...
El español, sólo en casos de urgencia se acordaba de tomar un
automóvil de alquiler. Prefería marchar á pie ó emplear los mismos
medios de locomoción de la gente poco adinerada.
--No es miseria ni avaricia--decía Celinda á su esposo cuando le
hablaba de Robledo, al que había estudiado con su fina observación de
mujer--; es simplemente olvido y falta de necesidades.
Los dos ingenieros salieron de su abstracción al oir de nuevo la voz
de la joven.
--Y usted, don Manuel, ¿qué piensa hacer esta tarde?... ¿Por qué no me
acompaña en mis visitas á los modistos, y así podrá hablar con motivo
de la frivolidad de las mujeres?...
Robledo no aceptó la proposición.
--Debo ver á un antiguo condiscípulo que desea mi ayuda para un
negocio. El pobre no ha hecho fortuna.
Era un ingeniero que durante la guerra había dirigido una fábrica
dedicada á la producción de municiones. Ahora la fábrica estaba
cerrada, y su dueño, después de haber reunido en cuatro años una
fortuna enorme, no sabía qué hacer de ella. El ingeniero buscaba, sin
éxito, un capitalista, para dedicarla por su cuenta á la producción de
maquinaria agrícola.
--Vive más allá de Montmartre--continuó Robledo--; está cargado de
familia, y voy á ver si prestándole unas docenas de miles de pesos,
que aquí resultan cerca de un millón de francos, puede abrirse paso.
Quiere mostrarme en su casa los planos de una máquina que ha inventado
para arar la tierra.
Abandonaron los tres sus asientos y salieron del _hall_. Fuera del
hotel, el matrimonio montó en un automóvil elegante. El español
prefirió marchar á pie hasta la plaza de la Estrella, donde tomaría
simplemente el Metro.
Era una tarde primaveral, de aire suave y cielo dorado. Robledo
marchaba con una vivacidad juvenil. La imagen de su infeliz camarada
Torrebianca pasó de pronto por su memoria. Esto no era extraordinario.
Desde su regreso á Europa, le asaltaba con frecuencia el recuerdo de
Federico y de su mujer, por la razón de haber vivido con ellos durante
su última permanencia en París y haber emprendido juntos de aquí el
viaje á América. Además, este ingeniero pobre que iba á visitar
evocaba en su memoria al otro compañero de estudios.
En los doce años últimos, pasados junto al río Negro, la imagen de los
Torrebianca se había mantenido fresca en su memoria. Una vida de
monótono trabajo, poco abundante en novedades, conserva vivas las
impresiones, pues éstas no reciben la superposición de otras que las
borren.
Muchas veces, en sus largas horas de reflexiva soledad, se preguntaba
cuál habría sido el final de Elena.
Su mala influencia persistió demasiado en aquel rincón del mundo para
que la olvidasen fácilmente. Hasta los habitantes más antiguos de la
Presa que permanecieron fieles al terruño, negándose á abandonar el
pueblo arruinado, habían transmitido á los nuevos vecinos de Colonia
Celinda la tradición de una mujer venida del otro lado del mar,
hermosa y de poder fatídico, originadora de ruinas y muertes.
Los que no alcanzaron á conocerla se la imaginaban como una especie de
bruja, apodándola «Cara Pintada» y atribuyéndole toda clase de
maldades prodigiosas. Hasta afirmaban que surgía á veces en los
lugares más solitarios del río, como un fantasma hermoso y fatal,
peinándose los rubios cabellos ó pintándose el rostro; y esta
aparición era terrible para los que la veían, pues significaba un
anuncio de próxima muerte.
Robledo, en sus visitas á Buenos Aires, intentó averiguar algo de
aquel Moreno que había huído con Elena; pero nunca obtuvo noticias
precisas. Los dos habían caído en Europa como en un mar que se
cerrase sobre sus cabezas, ocultándolos para siempre.
«Debe haber muerto--acababa diciéndose el español--. Indudablemente ha
muerto. Una mujer de su especie no podía vivir mucho.»
Y durante unos meses dejaba de pensar en ella, hasta que algunas
alusiones de los primitivos habitantes de la colonia despertaban otra
vez sus recuerdos.
Al descender los peldaños de la estación vecina al Arco de Triunfo,
olvidó completamente á su infeliz compañero y su temible esposa. Se
sintió envuelto y empujado por la corriente humana que descendía á las
profundidades del Metro, y el tren subterráneo le llevó al otro lado
de París.
Pasó más de dos horas en la casa de su amigo el inventor--modesta
habitación situada en una calle afluente á los bulevares exteriores--,
y al caer la tarde se vió marchando á pie por el bulevar Rochechuart,
hacia la plaza Pigalle.
En sus excursiones por Montmartre acompañando á sudamericanos ansiosos
de gozar las falsas y pueriles delicias de los restoranes nocturnos,
nunca había ido más allá de dicha plaza. Además, esta parte de París,
vista de noche, ofrece un espectáculo engañoso que contrasta con la
mediocridad de su fisonomía diurna.
El bulevar que él seguía estaba frecuentado por un público de aspecto
ordinario y vulgar. El Montmartre de que hablaban con delicia los
forasteros, y cuyo nombre era repetido con admiración por cierta
juventud del otro lado del Atlántico, empezaba á partir de la plaza
Pigalle. Este bulevar Rochechuart era como los territorios mixtos
inmediatos á una frontera, que carecen de fisonomía propia. Debían de
vagar en él los expelidos del Montmartre próximo por la necesidad de
un alojamiento más barato, ó las principiantas que aún no han logrado
ropas ni maneras convenientes para deslizarse en los grandes
restoranes nocturnos.
Según se iba extinguiendo la tarde parecía aumentar el número de
hembras engañosamente vestidas, que necesitan la luz incierta del
crepúsculo para salir á la caza del hombre y del pan.
Robledo se cruzaba con ellas, fingiéndose ciego ante sus violentas
ojeadas y sordo á las palabras susurrantes en honor de su apostara de
buen mozo.
«¡Pobres mujeres! Verse obligadas á decirme tan enorme mentira para
poder comer...»
De pronto, una de estas mujeres llamó su atención. Era semejante á las
otras, y, lo mismo que ellas, le miraba atrevidamente, con ojos
provocadores. ¡Pero estos ojos!... ¿Dónde había visto él estos ojos?
Iba vestida con una elegancia miserable. Sus ropas, desteñidas y
viejas, habían sido lujosas muchos años antes; pero vistas á cierta
distancia, aún podían engañar á los distraídos. Además conservaba
cierta esbeltez, que, unida á su estatura, hacía olvidar por un
momento los estragos de la miseria y de los años.
Al ver que Robledo se detenía un instante para examinarla mejor,
sonrió con alegre sinceridad. Era un buen encuentro; el mejor de la
tarde. Este señor tenía el aspecto de un extranjero rico que vaga
desorientado por un barrio excéntrico al que no volverá nunca. Había
que aprovechar la ocasión.
Mientras tanto, Robledo continuaba inmóvil, mirándola con el ceño
fruncido por una rebusca mental.
«¿Quién es esta mujer?... ¿Dónde diablos la he visto?»
Ella también se había detenido, volviendo la cabeza para sonreir é
invitándole con el gesto á que la siguiera.
Se reflejaron en el rostro del ingeniero las alternativas de la
sorpresa y la duda.
«Pero ¿será?... ¡Yo que la creía muerta hace años!... No, no puede
ser. Como he pensado en ella esta tarde, me equivoco... Sería una
casualidad demasiado extraordinaria.»
Siguió examinándola de lejos, creyendo reconocer el pasado en algunos
rasgos de aquella fisonomía ajada, y quedando indeciso ante otros que
le resultaban extraños. ¡Pero los ojos!... ¡aquellos ojos!...
La mujer volvió á sonreir y á mover levemente la cabeza, repitiendo
sus mudas invitaciones. Impulsado por la curiosidad, hizo Robledo
involuntariamente un leve gesto de aceptación y ella reanudó su
marcha. Pero sólo dió algunos pasos, deteniéndose ante la cancela de
un _bar_ de aspecto sórdido, con tupidos visillos en los cristales.
Guiñó un ojo, y abriendo la mampara desapareció en el interior del
sucio establecimiento.
Quedó indeciso el español. Le repugnaba ir á reunirse con aquella
mujer y al mismo tiempo se sentía arrastrado por su curiosidad.
Presintió que si se alejaba sin hablarla quedaría para siempre en una
incertidumbre torturante, lamentando el resto de su existencia no
haberse enterado de si Elena vivía aún ó estaba muerta. El miedo á la
duda futura le impulsó á la acción, haciéndole abrir con cierta
violencia la puerta del _bar_.
Vió seis mesas, un diván de hule abullonado á lo largo de las paredes,
espejos borrosos, y un mostrador que tenía detrás una anaquelería con
botellas. El mostrador lo ocupaba una mujer algo vieja y de gordura
elefantíaca, con los ojos pintados de negro y la cara moteada de
granos y costras.
Recordando sus años juveniles pasados en París, reconoció Robledo el
pequeño establecimiento frecuentado por mujeres que no disponen de
otra industria para vivir que el encontrón carnal, pero desean
conservar cierta apariencia independiente, y á las cuales sirve la
dueña de consejera é intermediaria.
Un camarero de aire afeminado servía á las parroquianas. En este
momento eran dos. Una jovencita de rostro exangüe que se
transparentaba, como si fuese á dejar ver las oquedades y las aristas
de su cráneo. Tosía convulsivamente, y entre tos y tos se llevaba á la
boca un cigarrillo. En otra mesa vió á una mujer avejentada y de
aspecto abyecto, que tal vez en su juventud había sido hermosa.
Conservaba la misma esbeltez arrogante de la otra seguida por Robledo,
pero sus ropas y su rostro revelaban una miseria mayor. Bebía á lentos
sorbos el contenido de una gran copa y se retrepaba á continuación en
el diván, cerrando los ojos como si estuviese ebria.
Al entrar el ingeniero se dió cuenta de que la mujer había ido á
sentarse en el fondo del establecimiento, lejos del mostrador y de las
otras parroquianas. Su presencia produjo cierta emoción. La patrona le
acogió con una sonrisa repugnante por su excesiva obsequiosidad. La
muchachita tísica tuvo para él una mirada que creía de amor, y á
Robledo le pareció de mendiga que implora una limosna. La borracha, al
sonreirle, mostró que le faltaban varios dientes. Luego guiñó un ojo
con cínica invitación, pero al ver que el hombre miraba á otra parte,
levantó los hombros y volvió á adormecerse.
Ocupó el recién llegado una mesa frente á la mujer que le había
precedido, y pudo contemplarla más detenidamente que en la calle. Casi
sonrió de lástima al darse cuenta del enorme engaño que representaba
el tocado de aquella vagabunda.