Era todavía vigoroso y gozaba de excelente salud; pero la vejez había

empezado á marcar en él sus devastaciones. La cúspide de su cráneo

estaba completamente despoblada. En cambio había suprimido su bigote,

rasurándolo por el motivo de tener con más abundancia las canas que

los pelos obscuros. Esta transformación le había dado, según él,

cierto aspecto de clérigo ó de actor, pero al mismo tiempo esparcía

por su rostro cierta frescura juvenil.

Ocupaba un sillón en el _hall_ de un hotel elegante de París, cerca

del Arco de Triunfo.

Frente á él estaba un matrimonio joven: Watson y Celinda. El paso de

los años no había hecho mas que afirmar los rasgos fisonómicos de

Ricardo, dando mayor estabilidad á su hermosura de atleta tranquilo.

La antigua Flor de Río Negro tenía ahora una belleza estival de trato

sazonado y dulce. Conservaba su esbeltez gimnástica de efebo, pero la

maternidad había amplificado majestuosamente sus formas.

Ya no llevaba su cabellera cortada como una melena de pajecillo, ni se

permitía en público los saltos y las travesuras infantiles de aquella

amazona patagónica admirada por los inmigrantes. Debía mostrar la

seriedad de una mamá. En torno á la mesita del _hall_ se movía un niño

de nueve años, voluntarioso y algo desobediente, que buscaba la

protección de Robledo--por otro nombre «tío Manuel»--cuando le reñían

sus padres. En un piso del «Palace» dos _nurses_ inglesas vigilaban

los juegos de otros tres hijos de menos edad.

Formaban todos en conjunto la conocida familia de la América del Sur

que viene á pasar varios meses en Europa, como una tribu rica y

alegre, trasladando la casa entera de un lado á otro del Océano, sin

olvidar á los criados. Ahora la familia estaba en sus comienzos, por

ser los padres todavía jóvenes, y se limitaba á ocupar cuatro

camarotes en los buques y cinco cuartos con salón común en los

hoteles. Diez años más de vida y de prosperidad en los negocios, y la

caravana familiar, al hacer otro viaje á Europa, arrendaría todo un

costado del paquebote y un piso entero en los «Palaces».

--¡Las cosas que han ocurrido desde la última vez que estuve aquí!...

Se ensombreció el rostro de Robledo al recordar éste sus luchas

durante dos años para conseguir que se reanudasen las obras en el río

Negro.

Había conocido las angustias que proporcionan las deudas crecientes y

las reclamaciones de acreedores que no pueden satisfacerse.

Casi todos los habitantes de la Presa escaparon al destruir el río las

obras. Los raros viajeros que visitaban el país venían á admirar esta

población en ruinas, semejante á las ciudades históricas y muertas

del mundo antiguo, en una tierra falta de recuerdos.

A fin el gobierno había reanudado los trabajos. El río era vencido

poco á poco, aceptando el obstáculo del dique y los canales de Robledo

y Watson se empapaban con las primeras aguas, dejando correr por su

lecho fangoso el riego vivificante.

Después de esto sólo habían necesitado los dos socios que

transcurriese el tiempo. El milagro del agua realizaba un sinnúmero de

milagros secundarios. Acudían á la muerta población hombres de todos

los países, deseosos de roturar un suelo que podía después ser suyo.

Una costra de verde tierno y luminoso iba cubriendo los campos antes

polvorientos. Los matorrales secos y punzantes cedían el sitio á los

árboles jóvenes. Nutridos por la savia de una tierra dormida durante

miles de años, y refrescados incesantemente por el agua que corría á

sus pies, realizaban en el corto plazo de varias semanas prodigiosos

estiramientos.

Las casuchas de adobes, derruídas en el período de soledad y miseria,

eran reemplazadas por edificios de ladrillo extensos y bajos, con un

patio interior, imitando la arquitectura española de la época

colonial. El antiguo boliche del Gallego se convertía en vasto almacén

con numerosa dependencia, donde era vendido cuanto puede ser agradable

y útil á los que se enriquecen cultivando la tierra, haciéndose además

en él todos los negocios, incluso el de banca.

El dueño había ganado millones, por otra parte, al convertir sus

arenales en campos de regadío. Al fin, acababa de realizar su ensueño

de volverse á España, dejando al frente del almacén á un dependiente

español interesado en sus negocios.

--Ayer me escribió don Antonio--dijo Robledo con una ironía

bondadosa--. Quiere que vayamos á Madrid. Desea que admiremos su casa,

sus automóviles, y sobre todo sus amistades. Me cuenta con orgullo que

los periódicos hablan de sus comidas. También me dice que le han dado

una condecoración y un día de estos lo presentarán al rey. He ahí un

hombre dichoso.

El recuerdo del lejano país ensombreció el rostro de Celinda.

--Piensa en su padre--dijo Watson á su consocio--. Es imposible hablar

de la Presa sin que se ponga triste... ¿Qué culpa tenemos nosotros si

el viejo no ha querido venir?

Robledo asintió á estas palabras, pretendiendo animar á Celinda. Don

Carlos no había querido moverse de su estancia, á pesar de lo mucho

que le rogaron todos ellos para que les acompañase. No le interesaba

ver en su vejez aquella Europa donde tantas locuras había realizado

siendo joven. Deseaba conservar intactas las antiguas ilusiones.

Además, temía que le faltase el tiempo para saborear los grandes

cambios realizados en su propiedad.

--Me quedan pocos años--decía--, y no puedo malgastarlos vagando por

Europa, cuando tantas cosas debo hacer aquí. Celinda me dará muchos

nietos, y no quiero que sean unos pobretones.

Los canales de Robledo habían llegado á las tierras de su propiedad,

convirtiendo los ralos y secos pastos de la estancia en lozanas

praderas de alfalfa, siempre húmedas y verdes. Su «hacienda»

engordaba, multiplicándose prodigiosamente. Antes, tenía que correr á

caballo para encontrar de tarde en tarde un animal cornudo y huesoso

que iba al descubrimiento y la conquista de algún hierbajo aislado, á

través de una soledad casi yerma. Ahora, los novillos gordos y

lustrosos, con las patas dobladas bajo su carnal pesadumbre, rumiaban

la suculenta alfalfa, mordida en torno á ellos, sin necesidad de

moverse.

Además, don Carlos era considerado como el primer hombre del país, y

representaba para él una desvalorización marcharse á aquellas tierras

de _gringos_, donde ignoraban su historia y nadie le haría caso. Hasta

espaciaba mucho sus viajes á Buenos Aires, pensando que los amigos de

su juventud habían muerto y sólo podía encontrar á sus hijos ó sus

nietos, que apenas recordaban su nombre. En cambio, todos le hacían

acatamiento en la Presa, como primer propietario del país. También era

juez municipal, y los inmigrantes cultivadores de las «chacras»

reconocían su autoridad y sapiencia, consultándole en todos sus

asuntos y aceptando sus fallos.

--¿Qué puedo hacer yo en París? ¡Un papelón!... Déjenme con mi gente y

cada buey que rumie su pasto.

Sentía mucho separarse de sus nietos, pero esta separación no podía

ser larga. Cuando Celinda y su marido el _gringo_ volviesen, el niño

mayor llegaría á tiempo para que su abuelo le enseñase á montar á

caballo como debe hacerlo un criollo fino.

Precisamente este nieto hacía mucho rato que estaba junto á Robledo,

montando en sus rodillas y dejándose caer en la alfombra.

--¡Carlitos, preciosura--suplicó la madre--, deja en paz á tío Manuel!

Y añadió, para contestar á todo lo que había dicho Robledo acerca de

su padre:

--Es verdad, no quiso venir; pero eso no impide que me entristezca

cuando pienso que podía estar aquí, viendo lo que nosotros vemos.

Se aproximó al grupo una señorita elegantemente vestida: la

institutriz francesa encargada de la educación de Carlitos. Venía á

llevárselo para dar un paseo por el Bosque de Bolonia. La madre tuvo

que acariciarle con vehemente ternura, y aún así, no pudo sofocar sus

protestas de niño mimado.

--¡Yo quiero quedarme con tío Manuel!...

Pero tío Manuel necesitaba salir solo, y se lo explicó así al pequeño

tirano, con palabras de excusa.

--Si obedeces á mamá y vas con mademoiselle al Bosque, esta noche

cuando te acuestes te contaré un cuento muy largo... ¡muy largo!

Carlitos aceptó la promesa, dejándose llevar por la institutriz sin

nuevas rebeldías.

--¡Ya se fué el déspota!--dijo Robledo, fingiendo una gran

satisfacción al verse libre de él.

Celinda sonrió agradecida. El español había concentrado en Carlitos

toda la necesidad de amar que sienten los célibes en los linderos de

la vejez. Era muy rico y su fortuna iría ampliándose todavía más con

el transcurso de los años, según fueran sometidas al cultivo las

tierras recientemente irrigadas. Si alguna vez le hablaban de sus

millones, miraba al hijo de Celinda, apodándolo «mi príncipe

heredero».

Pensaba legar una parte de su fortuna á ciertos sobrinos que tenía en

España y á los que apenas había visto; pero lo más considerable de su

riqueza sería para Carlitos. Amaba también á los otros hijos de

Watson; pero el primogénito había nacido en la época de amarguras é

indecisiones, cuando todavía estaba en peligro su obra, y esto hacía

que le considerase con la predilección que merece un compañero de los

malos tiempos.

--¿Qué va á hacer usted esta tarde?--preguntó Robledo á Celinda--.

Seguramente lo mismo de las otras tardes: visita general á los grandes

modistos de la _rue de la Paix_ y calles adyacentes.

Ella aprobó con un movimiento de cabeza este programa, mientras Watson

reía.

--¿Cuándo se cansará usted de comprar vestidos?--continuó el

español--. ¿No tiene miedo de que su equipaje no quepa en el

trasatlántico, cuando regresemos á Buenos Aires?...

Se excusó Celinda, pensando otra vez en el lejano país.

--Debo hacer mis compras previsoramente. Piense que allá en nuestra

colonia no hay nada de lo que se encuentra aquí con tanta facilidad.

Somos unos millonarios del desierto que vivimos todavía en la primera

semana de la creación de un mundo. Como quien dice unos millonarios...

salvajes.

Los tres rieron de este título y luego quedaron pensativos. Sus ojos

dejaron de ver el _hall_ donde se encontraban y la elegante

concurrencia de las mesas inmediatas. Contemplaron con una visión

interior el antiguo campamento de la Presa, que ahora se llamaba

«Colonia Celinda», y los campos regados, fértiles y alegres, propiedad

de los dos ingenieros, con árboles todavía no muy altos, pues los más

antiguos sólo contaban nueve años de existencia. Vieron también la

gran plaza de la colonia con sus edificios nuevos, y en ella á don

Carlos Rojas, que parecía haberse empequeñecido con la edad,

ofreciendo su rostro un perfil cada vez más aquilino y enjuto. Tenía

el gesto autoritario y bondadoso de los antiguos patriarcas, al

escuchar á hombres y mujeres.

Después, mientras Celinda pensaba en su padre, los dos consocios iban

repasando mentalmente su actual prosperidad. Centenares de

agricultores procedentes de todos los países de Europa habían

adquirido parcelas de la tierra regada, para formar sus huertas

llamadas «chacras». El enorme precio que el agua había dado al suelo

era pagado á plazos por los colonos, en el curso de diez años. Cada

trimestre ingresaban en su oficina cantidades enormes que iban á

quedar luego inmóviles en los Bancos.

Los canales avanzaban sus tentáculos por la antigua cuenca del río

Negro, convirtiendo todos los años tierras areniscas en campos

fecundos; y esto atraía incesantemente á nuevos emigrantes, doblando ó

triplicando los ingresos de la sociedad. Y así continuarían, años y

más años, hasta amontonar una suma considerable de millones.

Robledo pensaba con melancolía en el destino de su riqueza enorme.

Llegaba á él cuando era viejo y no podía sentir la tentación de los

placeres que engañan y entretienen á los demás mortales. Los hijos de

Watson y de Celinda serían archimillonarios, no conociendo nunca la

esclavitud del trabajo ni las angustias de la escasez de dinero, y al

ser hombres vendrían á derrochar en París una parte de su herencia

principesca, llamando la atención por sus despilfarros y sus

brillantes cualidades de seres ociosos é inútiles. Atraído por la

fuerza del contraste, Robledo, hombre de trabajo que había sufrido en

su existencia grandes estrecheces y amarguras, aceptaba con un

fatalismo risueño este final de sus esfuerzos, encontrándolo lógico y

de acuerdo con las ironías de la vida.

Pensaba, además, en otro contraste que había acompañado á su

enriquecimiento. Mientras él se hacía millonario, la mitad del mundo,

al otro lado de los mares, sufría los horrores de una gran guerra. Al

principio este cataclismo había hecho peligrar su propia empresa. Los

colonos extranjeros abandonaban los campos de la Argentina para ir á

ser soldados en sus respectivas naciones. Pero luego se cortaba este

retorno al viejo mundo, y el reflujo humano traía nuevos cultivadores

á sus tierras.

Muchos que había dejado en Europa doce años antes enormemente ricos,

estaban ahora pobres ó habían desaparecido. En cambio, él, que sólo

era entonces un aspirante á la fortuna, un colonizador de incierto

porvenir, se sentía como abrumado por la exageración de su

prosperidad. Se veía igual á las reses nuevas de don Carlos Rojas,

que, ahitas por la exuberancia de su nutrición, permanecían con las

patas dobladas sobre la alfalfa, mirando, inapetentes, toda la riqueza

alimenticia que las rodeaba.

Watson y Celinda eran jóvenes, tenían ilusiones y deseos, sabían en

qué emplear su dinero. Ella conocía la voluptuosidad del lujo; su

marido podía sentir el mayor placer de los enamorados, mezcla de

satisfacción y de orgullo, al regalar á Celinda todo lo que desease;

¡pero él!... Ni siquiera le gustaban las molicies inocentes que hacen

más grata la vejez. Le había visitado la riqueza demasiado tarde,

cuando no le quedaba tiempo para aprender á ser rico.

Como había pasado la mayor parte de la existencia simplificando su

vida y prescindiendo de comodidades, ya no necesitaba estas

comodidades. Celinda, la antigua amazona, y su esposo, tenían á la

puerta del hotel, desde las primeras horas de la mañana, un lujoso

automóvil. No podían vivir sin este vehículo; parecía que lo hubiesen

poseído desde que nacieron. ¡Ah, la juventud, con su maravillosa

facilidad de adaptación para todo lo que representa placer ó

riqueza!...

El español, sólo en casos de urgencia se acordaba de tomar un

automóvil de alquiler. Prefería marchar á pie ó emplear los mismos

medios de locomoción de la gente poco adinerada.

--No es miseria ni avaricia--decía Celinda á su esposo cuando le

hablaba de Robledo, al que había estudiado con su fina observación de

mujer--; es simplemente olvido y falta de necesidades.

Los dos ingenieros salieron de su abstracción al oir de nuevo la voz

de la joven.

--Y usted, don Manuel, ¿qué piensa hacer esta tarde?... ¿Por qué no me

acompaña en mis visitas á los modistos, y así podrá hablar con motivo

de la frivolidad de las mujeres?...

Robledo no aceptó la proposición.

--Debo ver á un antiguo condiscípulo que desea mi ayuda para un

negocio. El pobre no ha hecho fortuna.

Era un ingeniero que durante la guerra había dirigido una fábrica

dedicada á la producción de municiones. Ahora la fábrica estaba

cerrada, y su dueño, después de haber reunido en cuatro años una

fortuna enorme, no sabía qué hacer de ella. El ingeniero buscaba, sin

éxito, un capitalista, para dedicarla por su cuenta á la producción de

maquinaria agrícola.

--Vive más allá de Montmartre--continuó Robledo--; está cargado de

familia, y voy á ver si prestándole unas docenas de miles de pesos,

que aquí resultan cerca de un millón de francos, puede abrirse paso.

Quiere mostrarme en su casa los planos de una máquina que ha inventado

para arar la tierra.

Abandonaron los tres sus asientos y salieron del _hall_. Fuera del

hotel, el matrimonio montó en un automóvil elegante. El español

prefirió marchar á pie hasta la plaza de la Estrella, donde tomaría

simplemente el Metro.

Era una tarde primaveral, de aire suave y cielo dorado. Robledo

marchaba con una vivacidad juvenil. La imagen de su infeliz camarada

Torrebianca pasó de pronto por su memoria. Esto no era extraordinario.

Desde su regreso á Europa, le asaltaba con frecuencia el recuerdo de

Federico y de su mujer, por la razón de haber vivido con ellos durante

su última permanencia en París y haber emprendido juntos de aquí el

viaje á América. Además, este ingeniero pobre que iba á visitar

evocaba en su memoria al otro compañero de estudios.

En los doce años últimos, pasados junto al río Negro, la imagen de los

Torrebianca se había mantenido fresca en su memoria. Una vida de

monótono trabajo, poco abundante en novedades, conserva vivas las

impresiones, pues éstas no reciben la superposición de otras que las

borren.

Muchas veces, en sus largas horas de reflexiva soledad, se preguntaba

cuál habría sido el final de Elena.

Su mala influencia persistió demasiado en aquel rincón del mundo para

que la olvidasen fácilmente. Hasta los habitantes más antiguos de la

Presa que permanecieron fieles al terruño, negándose á abandonar el

pueblo arruinado, habían transmitido á los nuevos vecinos de Colonia

Celinda la tradición de una mujer venida del otro lado del mar,

hermosa y de poder fatídico, originadora de ruinas y muertes.

Los que no alcanzaron á conocerla se la imaginaban como una especie de

bruja, apodándola «Cara Pintada» y atribuyéndole toda clase de

maldades prodigiosas. Hasta afirmaban que surgía á veces en los

lugares más solitarios del río, como un fantasma hermoso y fatal,

peinándose los rubios cabellos ó pintándose el rostro; y esta

aparición era terrible para los que la veían, pues significaba un

anuncio de próxima muerte.

Robledo, en sus visitas á Buenos Aires, intentó averiguar algo de

aquel Moreno que había huído con Elena; pero nunca obtuvo noticias

precisas. Los dos habían caído en Europa como en un mar que se

cerrase sobre sus cabezas, ocultándolos para siempre.

«Debe haber muerto--acababa diciéndose el español--. Indudablemente ha

muerto. Una mujer de su especie no podía vivir mucho.»

Y durante unos meses dejaba de pensar en ella, hasta que algunas

alusiones de los primitivos habitantes de la colonia despertaban otra

vez sus recuerdos.

Al descender los peldaños de la estación vecina al Arco de Triunfo,

olvidó completamente á su infeliz compañero y su temible esposa. Se

sintió envuelto y empujado por la corriente humana que descendía á las

profundidades del Metro, y el tren subterráneo le llevó al otro lado

de París.

Pasó más de dos horas en la casa de su amigo el inventor--modesta

habitación situada en una calle afluente á los bulevares exteriores--,

y al caer la tarde se vió marchando á pie por el bulevar Rochechuart,

hacia la plaza Pigalle.

En sus excursiones por Montmartre acompañando á sudamericanos ansiosos

de gozar las falsas y pueriles delicias de los restoranes nocturnos,

nunca había ido más allá de dicha plaza. Además, esta parte de París,

vista de noche, ofrece un espectáculo engañoso que contrasta con la

mediocridad de su fisonomía diurna.

El bulevar que él seguía estaba frecuentado por un público de aspecto

ordinario y vulgar. El Montmartre de que hablaban con delicia los

forasteros, y cuyo nombre era repetido con admiración por cierta

juventud del otro lado del Atlántico, empezaba á partir de la plaza

Pigalle. Este bulevar Rochechuart era como los territorios mixtos

inmediatos á una frontera, que carecen de fisonomía propia. Debían de

vagar en él los expelidos del Montmartre próximo por la necesidad de

un alojamiento más barato, ó las principiantas que aún no han logrado

ropas ni maneras convenientes para deslizarse en los grandes

restoranes nocturnos.

Según se iba extinguiendo la tarde parecía aumentar el número de

hembras engañosamente vestidas, que necesitan la luz incierta del

crepúsculo para salir á la caza del hombre y del pan.

Robledo se cruzaba con ellas, fingiéndose ciego ante sus violentas

ojeadas y sordo á las palabras susurrantes en honor de su apostara de

buen mozo.

«¡Pobres mujeres! Verse obligadas á decirme tan enorme mentira para

poder comer...»

De pronto, una de estas mujeres llamó su atención. Era semejante á las

otras, y, lo mismo que ellas, le miraba atrevidamente, con ojos

provocadores. ¡Pero estos ojos!... ¿Dónde había visto él estos ojos?

Iba vestida con una elegancia miserable. Sus ropas, desteñidas y

viejas, habían sido lujosas muchos años antes; pero vistas á cierta

distancia, aún podían engañar á los distraídos. Además conservaba

cierta esbeltez, que, unida á su estatura, hacía olvidar por un

momento los estragos de la miseria y de los años.

Al ver que Robledo se detenía un instante para examinarla mejor,

sonrió con alegre sinceridad. Era un buen encuentro; el mejor de la

tarde. Este señor tenía el aspecto de un extranjero rico que vaga

desorientado por un barrio excéntrico al que no volverá nunca. Había

que aprovechar la ocasión.

Mientras tanto, Robledo continuaba inmóvil, mirándola con el ceño

fruncido por una rebusca mental.

«¿Quién es esta mujer?... ¿Dónde diablos la he visto?»

Ella también se había detenido, volviendo la cabeza para sonreir é

invitándole con el gesto á que la siguiera.

Se reflejaron en el rostro del ingeniero las alternativas de la

sorpresa y la duda.

«Pero ¿será?... ¡Yo que la creía muerta hace años!... No, no puede

ser. Como he pensado en ella esta tarde, me equivoco... Sería una

casualidad demasiado extraordinaria.»

Siguió examinándola de lejos, creyendo reconocer el pasado en algunos

rasgos de aquella fisonomía ajada, y quedando indeciso ante otros que

le resultaban extraños. ¡Pero los ojos!... ¡aquellos ojos!...

La mujer volvió á sonreir y á mover levemente la cabeza, repitiendo

sus mudas invitaciones. Impulsado por la curiosidad, hizo Robledo

involuntariamente un leve gesto de aceptación y ella reanudó su

marcha. Pero sólo dió algunos pasos, deteniéndose ante la cancela de

un _bar_ de aspecto sórdido, con tupidos visillos en los cristales.

Guiñó un ojo, y abriendo la mampara desapareció en el interior del

sucio establecimiento.

Quedó indeciso el español. Le repugnaba ir á reunirse con aquella

mujer y al mismo tiempo se sentía arrastrado por su curiosidad.

Presintió que si se alejaba sin hablarla quedaría para siempre en una

incertidumbre torturante, lamentando el resto de su existencia no

haberse enterado de si Elena vivía aún ó estaba muerta. El miedo á la

duda futura le impulsó á la acción, haciéndole abrir con cierta

violencia la puerta del _bar_.

Vió seis mesas, un diván de hule abullonado á lo largo de las paredes,

espejos borrosos, y un mostrador que tenía detrás una anaquelería con

botellas. El mostrador lo ocupaba una mujer algo vieja y de gordura

elefantíaca, con los ojos pintados de negro y la cara moteada de

granos y costras.

Recordando sus años juveniles pasados en París, reconoció Robledo el

pequeño establecimiento frecuentado por mujeres que no disponen de

otra industria para vivir que el encontrón carnal, pero desean

conservar cierta apariencia independiente, y á las cuales sirve la

dueña de consejera é intermediaria.

Un camarero de aire afeminado servía á las parroquianas. En este

momento eran dos. Una jovencita de rostro exangüe que se

transparentaba, como si fuese á dejar ver las oquedades y las aristas

de su cráneo. Tosía convulsivamente, y entre tos y tos se llevaba á la

boca un cigarrillo. En otra mesa vió á una mujer avejentada y de

aspecto abyecto, que tal vez en su juventud había sido hermosa.

Conservaba la misma esbeltez arrogante de la otra seguida por Robledo,

pero sus ropas y su rostro revelaban una miseria mayor. Bebía á lentos

sorbos el contenido de una gran copa y se retrepaba á continuación en

el diván, cerrando los ojos como si estuviese ebria.

Al entrar el ingeniero se dió cuenta de que la mujer había ido á

sentarse en el fondo del establecimiento, lejos del mostrador y de las

otras parroquianas. Su presencia produjo cierta emoción. La patrona le

acogió con una sonrisa repugnante por su excesiva obsequiosidad. La

muchachita tísica tuvo para él una mirada que creía de amor, y á

Robledo le pareció de mendiga que implora una limosna. La borracha, al

sonreirle, mostró que le faltaban varios dientes. Luego guiñó un ojo

con cínica invitación, pero al ver que el hombre miraba á otra parte,

levantó los hombros y volvió á adormecerse.

Ocupó el recién llegado una mesa frente á la mujer que le había

precedido, y pudo contemplarla más detenidamente que en la calle. Casi

sonrió de lástima al darse cuenta del enorme engaño que representaba

el tocado de aquella vagabunda.

La Tierra de Todos · 第 21 / 22 段