[Illustration:
LIBROS
CÉLEBRES
ESPAÑOLES
Y
EXTRANJEROS
]
Director literario: V. Blasco Ibáñez
[Illustration:
EL LIBRO
DE LAS
MIL NOCHES Y UNA NOCHE
]
[Illustration]
[Illustration:
EL LIBRO
DE LAS MIL NOCHES
Y UNA NOCHE
TRADUCCIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL ÁRABE POR EL
DOCTOR J. C. MARDRUS
Versión española de VICENTE BLASCO IBAÑEZ
PRÓLOGO DE E. GÓMEZ CARRILLO
TOMO SÉPTIMO
Historia de Kamaralzamán y la princesa Budur,
la luna más bella entre las lunas (_continuación_).--De
Feliz Bello y Feliz-Bella.--De Grano-de-Belleza.--De
la docta Simpatía.
PROMETEO
Germanías, 33.--VALENCIA
(Published in Spain)
]
[Illustration]
Ya que no la obra toda, deposito este libro de alegría y risas en
manos de la joven francesa que encantará mañana á la tierra
occidental más todavía que Schahrazada á Oriente,
LUCIA DELARUE
(Sra. de J. C. M.)
Mi amiga.
J. C. M.
[Illustration]
[Illustration]
[Illustration]
Historia de Kamaralzamán y la princesa Budur, la luna más bella entre
todas las lunas
(CONTINUACIÓN)
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 209.ª NOCHE_
Ella dijo:
«Tiene sólo una hija, la virgen más hermosa del reino, y su nombre es
Hayat-Alnefus.»
[Illustration]
Entonces Sett Budur envió un correo con una carta al rey Armanos, para
anunciarle su llegada; y esta carta la firmaba como príncipe
Kamaralzamán, hijo del rey Schahramán, señor del país de Khaledán.
Cuando el rey Armanos supo esta noticia, como siempre había mantenido
excelentes relaciones con el poderoso rey Schahramán, se alegró mucho de
poder hacer los honores de su ciudad al príncipe Kamaralzamán.
Inmediatamente, seguido de una comitiva compuesta de los principales de
su corte, fué hacia las tiendas al encuentro de Sett Budur, y la recibió
con todos los miramientos y honores que creía ofrecer al hijo de un rey
amigo. Y á pesar de las vacilaciones de Budur, que trató de no aceptar
el alojamiento que graciosamente le ofrecían en palacio, el rey Armanos
la decidió á acompañarle. E hicieron juntos su entrada solemne en la
población. Y durante tres días obsequiaron á la corte toda con
magníficos festines de suntuosidad extraordinaria.
Y después el rey Armanos se reunió con Sett Budur para hablarle de su
viaje y preguntarle qué pensaba hacer. Y aquel día, Sett Budur, siempre
disfrazada de Kamaralzamán, había ido al hammam del palacio, en el cual
no quiso aceptar los servicios de ningún masajista. Y había salido de él
tan milagrosamente bella y brillante, y sus encantos tenían bajo aquel
aspecto de hombre un atractivo tan sobrenatural, que todo el mundo se
detenía á su paso sin respirar y bendecía al Creador.
El rey Armanos, pues, se sentó al lado de Sett Budur, y habló con ella
largo rato. Y tanto le subyugaron sus encantos y elocuencia, que le
dijo: «¡Oh hijo mío, verdaderamente fué Alah quien te envió á mi reino
para que seas el consuelo de mi ancianidad y ocupes el lugar de un hijo
á quien pueda dejar mi trono! ¿Quieres, hijo mío, darme esa
satisfacción, aceptando un casamiento con mi única hija Hayat-Alnefus?
No hay en el mundo nadie tan digno como tú de sus destinos y su belleza.
Acaba de llegar á la nubilidad, pues durante el mes pasado entró en los
quince años. ¡Es una flor exquisita, y yo quisiera que la aspiraras!
¡Acéptala, hijo mío, y en el acto abdicaré en ti el trono, cuya pesada
carga es ya insoportable para mi mucha edad!»
Semejante proposición, tan generosa y espontánea, puso en molesto apuro
á la princesa Budur. Al principio no supo qué hacer para no delatar la
turbación que la agitaba; bajó los ojos y reflexionó un buen rato,
mientras un sudor frío le helaba la frente. Y pensó: «Si contesto que,
como Kamaralzamán, estoy ya casado con la princesa Sett Budur,
responderá que el Libro permite hasta cuatro mujeres legítimas; si le
digo la verdad acerca de mi sexo, es capaz de obligarme á casarme con
él; y todo el mundo se enteraría de ello, y me daría mucha vergüenza; si
rechazo esa oferta paternal, su afecto hacia mí se convertirá en odio
feroz, y en cuanto haya abandonado yo su palacio, es capaz de prepararme
una emboscada para quitarme la vida. ¡De modo que vale más aceptar la
proposición y dejar que se cumpla el Destino! ¿Y quién sabe lo que me
oculta lo insondable? Verdaderamente, al ocupar el trono, habré
adquirido un reino muy hermoso para cedérselo á Kamaralzamán cuando
regrese. Y en cuanto á consumar el matrimonio con mi esposa la joven
Hayat-Alnefus, quizá se encuentre remedio. Ya lo pensaré.»
Levantó, pues, la cabeza, y con el rostro coloreado por un sonrojo que
el rey atribuyó á modestia y cortedad, naturales en un adolescente tan
candoroso, contestó: «¡Soy el hijo sumiso que responde oyendo y
obedeciendo á los menores deseos de su rey!»
Estas palabras transportaron al rey Armanos al límite de la
satisfacción, y quiso que la ceremonia del casamiento se verificase el
mismo día. Empezó por abdicar el trono en favor de Kamaralzamán, delante
de todos sus emires, personajes, oficiales y chambelanes; mandó que se
anunciara este suceso á toda la ciudad por medio de los pregoneros, y
despachó correos á todo su Imperio para que se enteraran de ello las
poblaciones.
Entonces organizóse en un momento una fiesta sin precedentes en la
ciudad y su palacio, y entre gritos de júbilo y al son de pífanos y
címbalos, se extendió el contrato de casamiento del nuevo rey con
Hayat-Alnefus.
Cuando llegó la noche, la reina madre, rodeada de sus doncellas, que
lanzaban «lu-lu-lúes» de alegría, llevó á la recién casada Hayat-Alnefus
á la habitación de Sett Budur, á quien seguían tomando por Kamaralzamán.
Sett Budur, en su aspecto de rey adolescente, avanzó con gentileza hacia
su esposa, y por primera vez le levantó el velillo del rostro.
Entonces, todos los circunstantes, al ver pareja tan hermosa, quedaron
tan cautivados, que palidecieron de placer y emoción.
Terminada la ceremonia, la madre de Hayat-Alnefus y todas las doncellas,
después de haber expresado millares de deseos de felicidad y haber
encendido todos los candelabros, se retiraron prudentemente, y dejaron
solos en la cámara nupcial á los recién casados...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 210.ª NOCHE_
Ella dijo:
...solos en la cámara nupcial á los recién casados.
Sett Budur quedó encantada del aspecto lleno de frescura de la joven
Hayat-Alnefus, y con rápida ojeada la juzgó verdaderamente deseable, por
sus grandes ojos negros, asustados, su tez límpida, sus senos que se
dibujaban infantiles debajo de la gasa. Y Hayat-Alnefus sonrió
tímidamente por haber agradado á su esposo, aunque temblaba de emoción
reprimida y bajaba los ojos, sin atreverse apenas á moverse bajo sus
velos y pedrerías. Y también había podido notar la hermosura soberana de
aquel joven de mejillas vírgenes de pelo, que le parecía más perfecto
que todas las jóvenes más hermosas de palacio. De modo que se conmovió
todo su ser cuando le vió acercarse muy despacio y sentarse á su lado en
el gran colchón tendido encima de la alfombra. Sett Budur cogió con las
suyas las manos de la joven, y se inclinó lentamente y la besó en la
boca. Y Hayat-Alnefus no se atrevió á devolverle aquel beso tan
delicioso, pero cerró los ojos por completo y exhaló un suspiro de honda
felicidad. Y Sett Budur le puso la cabeza en la curva de sus brazos, se
la apoyó contra el pecho, y á media voz le cantó versos de un ritmo tan
propio para mecer, que la joven durmióse á poco con una sonrisa de dicha
en los labios.
En cuanto despertó Sett Budur, que se había acostado casi completamente
vestida, y hasta con el turbante puesto, se apresuró á hacer rápidamente
abluciones someras, puesto que además tomaba numerosos baños en secreto
para no descubrirse; se adornó con sus atributos regios, y fué á la sala
del trono á recibir los homenajes de toda la corte, despachar los
negocios, suprimir abusos, nombrar y destituir. Entre otras supresiones
que le parecieron urgentes, abolió los consumos, las aduanas y las
cárceles, y repartió grandes liberalidades á los soldados, al pueblo y á
las mezquitas. Por eso le quisieron mucho sus nuevos súbditos, é
hicieron votos por su prosperidad y larga vida.
En cuanto al rey Armanos y á su esposa, se apresuraron á ir á saber de
su hija Hayat-Alnefus, y le preguntaron si su esposo había estado muy
cariñoso, y si ella estaba muy cansada, pues no querían empezar por
interrogarla acerca del asunto más importante. Hayat-Alnefus contestó:
«¡Mi esposo estuvo delicioso! ¡Me ha besado en la boca y me he dormido
en sus brazos al ritmo de sus canciones! ¡Ah, qué amable es!» Entonces
Armanos dijo: «¿Y no ha pasado nada más, hija mía?» Ella contestó:
«¡Nada más!» Y la madre preguntó: «¿Ni siquiera te has desnudado del
todo?» Ella respondió: «¡Claro que no!» Entonces el padre y la madre se
miraron; pero no dijeron nada y se fueron. Eso en cuanto á ellos.
En cuanto á Sett Budur, ya despachados los asuntos, volvió á su
habitación á buscar á Hayat-Alnefus, y le preguntó: «¿Qué te han dicho
¡oh mi muy querida! tu padre y tu madre?» Ella contestó: «Me han
preguntado por qué no me había desnudado.» Budur contestó: «¡No hay que
apurarse por eso! ¡En seguida te ayudaré!» Y prenda por prenda le quitó
toda la ropa, hasta la última camisa, y la cogió desnuda en brazos, y se
tendió con ella en el colchón.
Entonces Budur depositó un beso suavísimo en los hermosos ojos de la
joven, y le preguntó: «Hayat-Alnefus, cordera mía, ¿te gustan mucho los
hombres?» La otra respondió: «No los he visto nunca, como no sean los
eunucos de palacio, naturalmente. ¡Pero me han dicho que sólo son
hombres á medias! ¿Qué les falta para estar completos?» Budur contestó:
«Precisamente lo mismo que te falta á ti, ojos míos.» Hayat-Alnefus,
sorprendida, contestó: «¿A mí? ¿Y qué me falta á mí, ¡por Alah!?» Budur
contestó: «¡Un dedo!»
Al oir tales palabras, Hayat-Alnefus, asustada, lanzó un grito ahogado,
y sacó las manos de debajo de la colcha y extendió los diez dedos,
mirándolos con ojos dilatados por el terror. Pero Budur la estrechó
contra su pecho, y la besó en el pelo, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Ya
Hayat-Alnefus! ¡todo era broma!» Y siguió cubriéndola de besos, hasta
que la calmó completamente. Entonces le dijo: «¡Oh mi muy querida,
bésame!» Y Hayat-Alnefus acercó sus frescos labios á los labios de
Budur, y ambas, así enlazadas, se durmieron hasta por la mañana...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 211.ª NOCHE_
Ella dijo:
...y ambas, así enlazadas, se durmieron hasta por la mañana.
Entonces Budur salió á despachar los asuntos del reino; y el padre y la
madre de Hayat-Alnefus entraron á saber noticias de su hija.
El rey Armanos fué el primero en preguntar: «Bueno, hija mía, ¡bendito
sea Alah! ¡Todavía te hallas en la cama! ¿No estás muy rendida?» Ella
contestó: «¡Nada de eso! ¡He descansado muy bien en brazos de mi hermoso
esposo, que esta vez me dejó completamente desnuda, y me besó todo el
cuerpo con besos muy delicados! ¡Ya Alah! ¡Qué delicioso era aquello!
¡Por todas partes sentí hormigueos numerosos y estremecimientos! ¡Sin
embargo, una vez me asustó diciéndome que me faltaba un dedo! ¡Pero fué
en broma! ¡Y sus caricias me dieron luego tanto gusto, y sus manos se
antojaban tan suaves á mi piel, y tan cálidos se unían sus labios á mis
labios, que me ha parecido soñar hasta por la mañana, creyéndome en el
paraíso!»
Entonces la madre le preguntó: «¿Pero en dónde están las toallas? ¿Has
perdido mucha sangre, hija mía?» Y la joven, asombrada, contestó: «¡No
he perdido ninguna!»
Al oir estas palabras, el padre y la madre, en el colmo de la
desesperación, se abofetearon, gritando: «¡Oh vergüenza y desgracia para
nosotros! ¿Por qué nos desprecia tanto tu esposo y te desdeña hasta tal
punto?»
Después el rey enfurecióse paulatinamente y se retiró, gritando á su
esposa con voz bastante fuerte para que le oyera la joven: «¡Si esta
noche no cumple Kamaralzamán su deber quitando la virginidad á nuestra
hija y salvando así el honor de todos nosotros, sabré castigar su
indignidad! ¡Le expulsaré de palacio, después de hacerle bajar del
trono que le he dado, y no sé si le someteré á un castigo más terrible
todavía!» Y dichas estas palabras, el rey Armanos salió del aposento de
su consternada hija, seguido de su esposa, cuya nariz se le había
alargado hasta los pies.
Y cuando llegó la noche y Sett Budur entró en la habitación de
Hayat-Alnefus, la encontró muy triste, con la cabeza metida entre las
almohadas, y sacudida por los sollozos. Se acercó á ella, besándola en
la frente, secándole las lágrimas, y al preguntarle el motivo de su
pesar, Hayat-Alnefus le dijo con voz conmovida: «¡Oh mi amado señor! ¡mi
padre quiere desposeerte del reino que te ha dado, y despedirte de
palacio, y no sé qué más pretende hacer contigo! ¡Y todo porque no
quieres quitarme la virginidad, salvando así el honor de su nombre y de
su raza! ¡Se ha empeñado en que eso se haga esta noche misma! ¡Y yo ¡oh
dueño amado! te lo digo, no para impulsarte á tomar lo que debes tomar,
sino para librarte del peligro que te amenaza! ¡Pues todo el día no he
hecho mas que llorar, pensando en la venganza que mi padre premedita
contra ti! ¡Ah! ¡Por favor, date prisa á quitarme la virginidad, y haz
de modo que, como dice mi madre, las toallas blancas se pongan todas
rojas! ¡Yo me confío por completo á tu saber, y pongo todo mi cuerpo y
mi alma en tus manos! ¡Pero tú has de decidir lo que tengo que hacer
para eso!»
Al oir estas palabras, Sett Budur dijo para sí: «¡Llegó el momento! ¡Ya
veo que no hay medio de aplazar las cosas! ¡Pondré mi fe en Alah!» Y
dijo á la joven: «Ojos míos, ¿me quieres mucho?» La otra contestó:
«¡Tanto como al cielo!» Budur la besó en la boca, y preguntó: «¿Y como á
qué más?» La joven respondió, estremecida ya por el beso: «¡No lo sé,
pero mucho!» Budur le preguntó otra vez: «Ya que me quieres tanto,
¿habrías sido feliz si en vez de ser tu esposo hubiese sido sólo tu
hermano?» La joven palmoteó, y contestó: «¡Me habría muerto de dicha!»
Budur dijo: «Y si yo, mi muy querida, no hubiera sido tu hermano, sino
tu hermana; si hubiera sido una muchacha como tú, en lugar de ser
hombre, ¿me habrías querido lo mismo?» Hayat-Alnefus dijo: «¡Todavía
más, porque habría estado siempre contigo, habría jugado siempre
contigo, y dormido en la misma cama, sin separarnos nunca!» Entonces
Budur atrajo hacia sí á la joven, le cubrió de besos los ojos, y le
dijo: «Vamos, Hayat-Alnefus, ¿serías capaz de guardar para ti sola un
secreto, dándome así una prueba de tu amor?» La joven exclamó:
«¡Queriéndote tanto, todo me es fácil!»
Entonces Budur la cogió en brazos y aplicó los labios á los suyos, hasta
perder las dos el aliento, y después se levantó del todo, y dijo:
«¡Mírame, Hayat-Alnefus, y sé, pues, mi hermana!»
Y al mismo tiempo, con ademán rápido, se entreabrió la ropa desde el
cuello hasta la cintura é hizo salir dos pechos deslumbradores coronados
por sus rosas; después dijo: «¡Ya ves que soy una mujer como tú, mi muy
querida! ¡Y si me he disfrazado de hombre, ha sido á consecuencia de
una aventura extrañísima que te voy á contar sin demora!»
Entonces se sentó de nuevo, se puso á la joven en las rodillas, y le
refirió toda su historia, desde el principio hasta el fin. Pero sería
inútil repetirla.
Cuando Hayat-Alnefus oyó la historia, llegó al límite del asombro, y
como seguía sentada en el regazo de Sett Budur, le cogió la barbilla con
la mano, y le dijo: «¡Oh hermana mía, qué vida tan deliciosa vamos á
pasar juntas aguardando el regreso de tu amado Kamaralzamán! ¡Alah
apresure su llegada, para que nuestra dicha sea completa!» Y Budur le
dijo: «¡Atienda Alah tus deseos, mi muy querida, y te entregaré á él
como segunda esposa! ¡Y así disfrutaremos los tres la felicidad más
perfecta!» Después se dieron largos besos, y jugaron á mil juegos, y
Hayat-Alnefus se maravillaba de todos los pormenores de belleza que
encontraba en Sett Budur. Y le cogía los pechos, y decía: «¡Oh hermana
mía, qué hermosos son tus pechos! ¡Mira! ¡Son mucho mayores que los
míos! ¡Mira los míos cuán pequeños son! ¿Te parece que crecerán?» Y la
registraba por todas partes, y la interrogaba acerca de los
descubrimientos que hacía. Y Budur, entre mil besos, le contestaba,
instruyéndola con perfecta claridad, y Hayat-Alnefus exclamaba: «¡Ya
Alah! ¡Ahora lo entiendo! Figúrate que cuando preguntaba yo á las
esclavas: «¿Para qué sirve _esto_? ¿para qué sirve _aquello_?», guiñaban
el ojo, pero no respondían. Otras veces, con mucha ira por mi parte,
chasqueaban la lengua, pero no contestaban. Y yo, llena de cólera, me
arañaba las mejillas y gritaba, cada vez más fuerte: «¿Para qué sirve
_eso_?» Entonces acudía mi madre á los gritos, y preguntaba, y todas las
esclavas le decían: «¡Grita porque quiere obligarnos á explicarle para
qué sirve _eso_!» Entonces la reina, mi madre, en el límite de la
indignación, á pesar de mis protestas de arrepentimiento, me ponía el
trasero al aire y me daba una azotaina furiosa, gritando: «¡Para esto
sirve _eso_!» Y yo acabé por convencerme de que _eso_ no servía mas que
para proporcionar una azotaina; y así con todo lo demás.»
Después siguieron ambas diciendo y haciendo mil locuras, de tal modo,
que por la mañana á Hayat-Alnefus no le quedaba nada que aprender, y se
había enterado de la misión encantadora que en adelante había de
corresponder á todos sus órganos delicados...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 212.ª NOCHE_
Ella dijo:
...se había enterado de la misión encantadora que en adelante había de
corresponder á todos sus órganos delicados.
Entonces, como se acercaba la hora en que los padres iban á entrar,
Hayat-Alnefus dijo á Budur: «Hermana, ¿qué hay que decirle á mi madre,
que me pedirá que le enseñe la sangre de mi virginidad?» Budur sonrió, y
dijo: «¡La cosa es fácil!» Y fué á hurtadillas á coger un pollo y lo
mató, y embadurnó con su sangre los muslos de la joven y las toallas, y
le dijo: «¡No tienes mas que enseñarles eso! Tal es la costumbre, que no
permite investigaciones más hondas.» La joven le preguntó: «Pero hermana
mía, ¿por qué no quieres quitármelo tú misma, por ejemplo, con el dedo?»
Budur contestó: «¡Ojos míos, porque, según te dije ya, te reservo para
Kamaralzamán!» Con eso se quedó Hayat-Alnefus completamente satisfecha,
y Budur salió á presidir la sesión de justicia.
Entonces entraron á ver á su hija el rey y la reina, prontos á estallar
de furor contra ella y su esposo si no se hubiera consumado todo. Pero
al ver la sangre y los muslos enrojecidos, se alegraron ambos, y se
esponjaron, y abrieron de par en par las puertas del aposento. Entonces
entraron todas las mujeres, y resonaron gritos de júbilo, y el
«lu-lu-lu» de triunfo, y la madre, en el colmo del orgullo, colocó en un
almohadón las toallas rojas, y seguida de toda la comitiva, dió de este
modo la vuelta al harén. Y todo el mundo se enteró así del fausto
acontecimiento; y el rey dió una gran fiesta, y mandó sacrificar para
los pobres un número considerable de carneros y camellos pequeños.
En cuanto á la reina y las invitadas, volvieron á la habitación de
Hayat-Alnefus, á la cual besaron todas entre los ojos, llorando, y se
estuvieron con ella hasta la noche, después de haberla llevado al hammam
envuelta en sedas, para que no pasara frío.
Y Sett Budur siguió sentándose todos los días en el trono de la isla de
Ébano, haciéndose querer por sus súbditos, que la creían hombre y le
deseaban larga vida. Pero al llegar la noche, iba á buscar con mucho
gusto á su joven amiga Hayat-Alnefus, la cogía en brazos, y se tendía
con ella en el colchón. Y ambas, enlazadas hasta por la mañana, como
esposo y esposa, se consolaban con toda clase de juegos y retozos
delicados, aguardando la vuelta de su amado Kamaralzamán. Eso en cuanto
á ellas.
* * * * *
Y vamos ahora con Kamaralzamán. Se había quedado en la casa del buen
jardinero musulmán, situada extramuros de la ciudad habitada por los
invasores inhospitalarios y sucios procedentes de los países de
Occidente. Y su padre, el rey Schahramán, en las islas de Khaledán, al
ver en el bosque los despojos ensangrentados, ya no dudó de la pérdida
de su amado Kamaralzamán; y se puso de luto, lo mismo que todo el reino;
y mandó edificar un monumento funerario, en el cual se encerró para
llorar en silencio la muerte de su hijo.
Y por su parte, Kamaralzamán, á pesar de la compañía del anciano
jardinero, que hacía cuanto podía por distraerle hasta la llegada de un
barco que le llevase á la isla de Ébano, vivía triste, y recordaba con
dolor los hermosos tiempos pretéritos.
Pero un día en que el jardinero había ido, según costumbre, á dar una
vuelta por el puerto con objeto de encontrar un barco que quisiera
llevarse á su huésped, Kamaralzamán estaba sentado muy triste en el
jardín, y se recitaba versos viendo jugar á las aves, cuando de pronto
llamaron su atención los gritos roncos de dos aves grandes. Levantó la
cabeza hacia el árbol del cual procedía el ruido, y vió una riña
encarnizada á picotazos, arañazos y aletazos. Pero pronto cayó sin vida,
precisamente delante de él, una de las aves, mientras la vencedora
emprendía el vuelo.
Y he aquí que en el mismo instante dos aves mucho mayores, que habían
presenciado el combate posadas en un árbol vecino, fueron á colocarse
cerca de la muerta; una se puso á la cabeza y otra á los pies, y luego
ambas abatieron tristemente el cuello y echáronse á llorar.
Al ver aquello, Kamaralzamán se conmovió en extremo, y pensó en su
esposa Sett Budur, y después, por simpatía hacia las aves, se echó á
llorar también.
Pasado un rato, Kamaralzamán vió á las dos aves abrir con las uñas y los
picos una huesa, y enterrar á la muerta. Luego echaron á volar, y á los
pocos momentos volvieron adonde estaba el hoyo, pero llevando agarrado,
una por una pata y otra por un ala, al ave matadora, que hacía grandes
esfuerzos para huir y daba gritos espantosos. La colocaron sin soltarla
en la tumba de la difunta, y con pocos y rápidos picotazos la
despanzurraron para vengar su crimen, le arrancaron las entrañas, y
tendieron el vuelo, dejándola en tierra palpitante y agónica...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 216.ª NOCHE_
Ella dijo:
...y tendieron el vuelo, dejándola en tierra palpitante y agónica.
¡Eso fué todo! Y Kamaralzamán había permanecido inmóvil de sorpresa ante
un espectáculo tan extraordinario. Después, cuando las aves se fueron,
impulsado por la curiosidad, acercóse al sitio en que yacía el ave
criminal sacrificada, y al mirar el cadáver, vió en el estómago
desgarrado una cosa colorada, que le llamó mucho la atención. Se
inclinó, y habiéndola recogido, cayó desmayado de emoción. ¡Acababa de
encontrar la cornalina talismánica de Sett Budur!
Al volver de su desmayo, estrechó contra su corazón el precioso
talismán, causa de tanto suspiro, zozobra, pena y dolor, y exclamó:
«¡Plegue á Alah que sea éste un presagio de dicha y la señal de que
también encontraré á mi muy amada Budur!» Después besó el talismán y se
lo llevó á la frente, y en seguida lo envolvió con esmero en un pedazo
de tela, y se lo ató alrededor del brazo, para evitar que se le perdiera
otra vez. Y empezó á brincar de alegría.
Cuando se tranquilizó, recordó que el buen jardinero le había encargado
que desarraigase un algarrobo añoso que ya no daba hojas ni fruto. Se
ajustó, pues, un cinturón de cáñamo, se levantó las mangas, cogió una
azada y un canasto, y puso inmediatamente manos á la obra, dando grandes
golpes á las raíces del añoso árbol á ras de tierra. Pero de pronto notó
que el hierro del instrumento chocaba con un cuerpo metálico y
resistente, y oyó como un ruido sordo que se propagaba por debajo del
suelo. Separó entonces rápidamente la tierra y los guijarros, dejando al
descubierto una gran chapa de bronce, que se apresuró á quitar. Entonces
columbró una escalera de diez peldaños bastante altos abierta en la
roca; y tras de haber pronunciado las palabras propiciatorias _la ilah
il' Alah_, se dió prisa á bajar, y vió una ancha cueva cuadrada, de
construcción muy antigua, de los tiempos remotos de Thammud y Aad; y en
aquella cueva abovedada encontró veinte tinajas enormes, colocadas en
orden á ambos lados. Levantó la tapa de la primera, y comprobó que
estaba completamente llena de barras de oro rojo; levantó entonces la
segunda tapa, y advirtió que la segunda tinaja estaba repleta de polvo
de oro. Y abrió las otras diez y ocho, y las encontró llenas
alternativamente de barras y polvo de oro.
Repuesto de su sorpresa, Kamaralzamán salió entonces de la cueva, volvió
á poner la chapa, terminó el trabajo, regó los árboles, según costumbre
adquirida de ayudar al jardinero, y no acabó hasta por la noche, cuando
volvió su anciano amigo.
Las primeras palabras que el jardinero dijo á Kamaralzamán fueron para
darle una buena noticia. Díjole así: «¡Oh hijo mío! Tengo la alegría de
anunciarte tu próximo regreso al país de los musulmanes. He encontrado,
en efecto, un barco fletado por mercaderes ricos, que se hará á la vela
dentro de tres días. He hablado con el capitán, que está conforme en
darte pasaje hasta la isla de Ébano.» Al oir estas palabras,
Kamaralzamán se alegró mucho, y besó la mano al jardinero, y le dijo:
«¡Oh padre mío! Puesto que acabas de darme una buena nueva, yo, á mi
vez, te he de dar también otra noticia que creo ha de contentarte...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 219.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...otra noticia que creo ha de contentarte, aunque ignores la avidez de
los hombres del siglo, y tu corazón esté puro de toda ambición. Tómate
el trabajo de venir conmigo al jardín, y te enseñaré ¡oh padre mío! la
fortuna que te envía la suerte misericordiosa.»
Llevó entonces al jardinero al sitio en que se erguía el algarrobo
desarraigado, levantó la chapa, y sin reparar en la sorpresa y espanto
de su amigo, le hizo bajar á la cueva, y destapó delante de él las
veinte tinajas llenas de oro en barras y en polvo. Y el buen jardinero,
como atontado, levantaba las manos y abría extremadamente los ojos ante
cada tinaja, diciendo: «¡Ya Alah!» Después Kamaralzamán le dijo: «¡He
aquí ahora tu hospitalidad recompensada por el Dador! ¡La propia mano
que el extranjero te alargaba para que le socorrieras en la adversidad,
con el mismo ademán hace correr por tu morada el oro! ¡Así lo quieren
los destinos propicios á las raras acciones animadas por la belleza pura
y por la bondad de los corazones espontáneos!»
Al oir estas frases, el anciano jardinero, que no podía articular
palabra, se echó á llorar, y las lágrimas resbalaban silenciosas por su
larga barba y hasta por su pecho. Logró, por fin, hablar, y dijo: «Hijo
mío, ¿qué quieres que haga un viejo como yo con este oro y estas
riquezas? Verdad es que soy pobre; pero con mi dicha me basta, y será
completa si quieres darme sólo un dracma ó dos para comprar un sudario,
que al morir en mi soledad dejaré á mi lado, á fin de que el caminante
caritativo envuelva en él mis despojos para el día del juicio.»
Y esta vez le tocó llorar á Kamaralzamán. Luego dijo al viejo: «¡Oh
padre de la sabiduría! ¡oh jeque de manos perfumadas! ¡la santa soledad
en que pasas tus años pacíficos borra ante tus ojos las leyes que dictó
el rebaño adánico acerca de lo justo y lo injusto, de lo falso y lo
verdadero! ¡Pero yo he de volver á vivir entre los humanos feroces, y no
puedo olvidar tales leyes, so pena de ser devorado! ¡Así, pues, si
quieres, repartámonoslo! Tomaré la mitad y tú la otra mitad. ¡Si no, no
tocaré absolutamente nada!»
Entonces el anciano jardinero contestó: «Hijo mío, mi madre me parió
aquí mismo hace noventa años, y después murió; mi padre murió también. Y
el ojo de Alah ha seguido mis pasos, y he crecido á la sombra de este
jardín y escuchando el rumor del arroyuelo natal. Tengo cariño á este
jardín y á este arroyo, ¡oh hijo mío! y al murmurador follaje, y á este
sol, y á esta tierra materna en que mi sombra se alarga en libertad y se
conoce á sí misma, y á la luna, que de noche me sonríe por encima de
los árboles hasta la mañana. ¡Todo esto habla conmigo, ¡oh hijo mío! Te
lo digo para que sepas la razón que me sujeta aquí y me impide partir en
tu compañía hacia los países musulmanes. Soy el único musulmán de este
país en que vivieron mis antepasados. ¡Blanqueen, pues, en él mis
huesos, y que el único musulmán muera con la cara vuelta hacia el sol
que ilumina una tierra inmunda ahora, mancillada por los hijos bárbaros
del oscuro Occidente!»
Así habló el anciano de las manos temblorosas. Después añadió: «En
cuanto á esas tinajas preciosas que te preocupan, toma, si lo deseas,
las diez primeras, y deja las otras diez en la cueva. Serán el premio de
aquel que entierre el sudario en que yo duerma.
«Pero hay más. Lo difícil no es eso, sino embarcar las vasijas en el
navío sin llamar la atención y excitar la codicia de los hombres de alma
negra que habitan en la ciudad. Ahora bien; en mi jardín hay olivos
cargados de fruto, y en el sitio adonde vas, en la isla de Ébano, las
aceitunas son cosa rara y muy estimada. De modo que ahora mismo voy á
comprar veinte tarros grandes, que llenaremos á medias de barras y polvo
de oro, acabándolos de llenar con las aceitunas de mi jardín. Y entonces
será cuando podamos llevarlos sin temor al barco que va á salir.»
Este consejo fué seguido inmediatamente por Kamaralzamán, que se pasó el
día preparando los tarros comprados. Y cuando no le quedaba por llenar
mas que uno, dijo para sí: «Este talismán milagroso no está bastante
seguro arrollado á mi brazo; pueden robármelo mientras duermo ó perderse
de otra manera. ¡Lo mejor es, seguramente, colocarlo en el fondo de este
tarro; después lo cubriré con las barras y el polvo de oro, y encima
colocaré las aceitunas!» Y en seguida ejecutó su proyecto; y terminado
que fué aquello, tapó el último tarro con su tapa de madera blanca, y
para distinguirlo de los otros en caso necesario, le hizo una muesca en
la base, y después, enardecido por aquel trabajo, grabó con una navaja
todo su nombre, Kamaralzamán, en hermosos caracteres enlazados.
Concluída tal tarea, rogó á su anciano amigo que avisase á los hombres
de la nave para que al día siguiente fueran á recoger los tarros. Y el
viejo desempeñó en seguida el encargo, y regresó á casa un tanto
fatigado, y se acostó con un poco de calentura y algunos escalofríos.
A la mañana siguiente, el anciano jardinero, que en su vida había estado
enfermo, notó que se acrecentaba el mal de la víspera; pero no quiso
decírselo á Kamaralzamán, para no amargarle la salida. Se quedó en el
colchón, presa de una gran debilidad, y comprendió que iba á llegar su
último momento.
Durante el día, los hombres de la nave fueron al jardín á recoger los
tarros, y dijeron á Kamaralzamán, que les había abierto la puerta, les
indicase lo que tenían que recoger. El joven les llevó junto á la verja
y les enseñó los veinte tarros, bien colocados, diciéndoles: «¡Están
llenos de aceitunas de primera calidad! ¡Os ruego, pues, que tengáis
cuidado para no estropearlas!» Luego, el capitán, que había acompañado á
sus hombres, dijo á Kamaralzamán: «¡Sobre todo, señor, no dejes de ser
puntual; porque mañana el viento soplará de tierra y nos daremos á la
vela en seguida!» Y cogieron los tarros y se fueron...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 222.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Y cogieron los tarros y se fueron.
Después Kamaralzamán entró en la habitación del jardinero, y le encontró
la cara palidísima, aunque llena de gran serenidad. Le preguntó cómo
estaba, y entonces se enteró de que hallábase enfermo, y á pesar de las
palabras que el otro le decía para tranquilizarle, no dejó de alarmarse
mucho. Le hizo tomar varios cocimientos de hierbas verdes, pero sin gran
resultado. Después le acompañó todo el día, y le veló por la noche, y
pudo ver que el mal se agravaba. Y por la mañana, el buen jardinero,
que apenas tenía fuerzas para llamarle hacia su cabecera, le cogió de la
mano y le dijo: «¡Kamaralzamán, hijo mío, escucha! ¡No hay más Dios que
Alah! ¡Y nuestro señor Mohammad es el enviado de Alah!» Y expiró.
Entonces Kamaralzamán rompió en llanto, y estuvo mucho rato llorando á
su lado. Se levantó después, le cerró los ojos, le rindió el último
tributo, le hizo un sudario blanco, abrió la huesa y enterró al último
musulmán de aquel país caído en el descreimiento. Y entonces pensó en
embarcarse.
Compró algunas provisiones, cerró la puerta del jardín, se llevó la
llave consigo, y corrió á escape al puerto, cuando el sol estaba ya muy
alto; pero fué para ver que el barco, á toda vela, iba ya obedeciendo al
viento favorable hacia alta mar.
Extremado fué el dolor de Kamaralzamán al ver aquello; pero no lo
exteriorizó, para que no se riera á costa suya la gentuza del puerto. Y
volvió á emprender tristemente el camino del jardín, del cual era ya
único heredero y propietario por fallecimiento del anciano. Y en cuanto
llegó á la casita, se desplomó en un colchón, y lloró por sí mismo, y
por su amada Budur, y por el talismán que acababa de perder por segunda
vez.
La aflicción de Kamaralzamán no tuvo límites cuando se vió obligado por
el Destino feroz á quedarse hasta fecha desconocida en aquel país
inhospitalario; y el pensamiento de haber perdido para siempre el
talismán de Sett Budur le desesperaba más, y decía para sí: «¡Mis
desdichas empezaron con la pérdida del talismán y volvió la buena suerte
cuando lo recobré; y ahora que lo he vuelto á perder, quién sabe las
calamidades que me caerán encima!» Sin embargo, acabó por exclamar: «¡No
hay más recurso que Alah el Altísimo!» Después se levantó, y para no
exponerse á perder las otras diez tinajas que constituían el tesoro
subterráneo, fué á comprar otros veinte tarros; puso en ellos las barras
y el polvo, y los acabó de llenar con aceitunas hasta arriba, diciendo
para sí: «¡Así estarán preparados el día que Alah quiera que me
embarque!» Y volvió á regar las legumbres y los árboles frutales,
recitando versos muy tristes relativos á su amor hacia Budur. Eso en
cuanto á Kamaralzamán.
* * * * *
En cuanto al buque, tuvo vientos favorables, y no tardó en llegar á la
isla de Ébano, y fué á fondear precisamente debajo del malecón en que se
elevaba el palacio habitado por la princesa Budur con el nombre de
Kamaralzamán.
Al ver aquella nave que entraba á toda vela y ondeando el pabellón, Sett
Budur sintió vivos deseos de ir á verla, tanto más cuanto que siempre
tenía la esperanza de que había de encontrar algún día á su esposo
Kamaralzamán embarcado en alguno de los navíos que venían de lejos.
Mandó á algunos de sus chambelanes que la acompañaran, y fué á bordo del
buque, del cual le dijeron, por otra parte, que venía cargado con ricas
mercaderías.
Al llegar á bordo, mandó llamar al capitán, y le dijo que quería ver la
nave. Después, cerciorada de que Kamaralzamán no se encontraba entre los
pasajeros, preguntó por curiosidad al capitán: «¿De qué viene cargado el
barco, capitán?» Éste contestó: «¡Oh, señor! Además de los mercaderes
pasajeros, llevamos en el sollado ricas telas, sederías de todos los
países, bordados en terciopelo y brocados, telas pintadas, antiguas y
modernas, de muy buen gusto, y otras mercancías de valor; llevamos
medicamentos chinos é indios, drogas en polvo y en rama, díctamos,
pomadas, colirios, ungüentos y bálsamos preciosos; llevamos pedrería,
perlas, ámbar amarillo y coral; tenemos también perfumes de todas clases
y especies selectas; almizcle, ámbar gris é incienso, almáciga en
lágrimas transparentes, benjuí gurí y esencias de todas las flores;
tenemos asimismo alcanfor, cilantro, cardamomo, clavo, canela de
Serendib, tamarindo y jengibre; finalmente, hemos embarcado en el último
puerto aceitunas superiores, de las llamadas «de pájaro», que tienen una
piel muy fina y una pulpa dulce, jugosa, del color del aceite rubio...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 225.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...que tienen una piel muy fina y una pulpa dulce, jugosa, del color
del aceite rubio.»
Cuando la princesa Budur oyó nombrar las aceitunas, que le gustaban con
delirio, interrumpió al capitán, y le preguntó, brillándole los ojos de
deseo: «¡Ah! ¿Y cuánta cantidad tienes de esas aceitunas «de pájaro»?»
Él contestó: «Tenemos veinte tarros grandes.» Ella dijo: «¿Son muy
grandes? ¡Dímelo! ¿Y tienen también aceitunas de las que se llaman
rellenas, es decir, de las que se les han quitado los huesos para
sustituirlos con alcaparras ácidas, y que mi alma prefiere con mucho á
las que tienen hueso?» El capitán abrió los ojos, y dijo: «Supongo que
también las habrá en esos tarros.»
Al oirle, la princesa Budur notó que se le hacía la boca agua con el
deseo no satisfecho, y dijo: «Quiero comprar uno de esos tarros.» Y el
capitán contestó: «Aunque al propietario se le escapó el barco en el
momento de zarpar y no puedo disponer libremente de ellos, nuestro señor
el rey tiene derecho á coger lo que quiera.» Y gritó: «¡Hola! ¡Traiga
uno de vosotros del sollado uno de los veinte tarros de aceitunas!» Y
en seguida los marineros sacaron del sollado y trajeron uno de éstos.
Sett Budur mandó levantar la tapa, y le maravilló tanto el aspecto
admirable de aquellas aceitunas «de pájaro», que exclamó: «Quisiera
comprar los veinte tarros. ¿Cuánto costarán, según el precio corriente
del zoco?» El capitán contestó: «Según el precio del zoco de la isla de
Ébano, creo que cada tarro de aceitunas valdrá cien dracmas.» Sett Budur
dijo á sus chambelanes: «¡Pagad al capitán mil dracmas por cada tarro!»
Y añadió: «Cuando vuelvas al país del mercader, le pagarás eso por las
aceitunas.» Y se fué, seguida de los que cargaron con los tarros de
aceitunas.
La primera diligencia de Sett Budur al llegar á palacio fué entrar en el
aposento de su amiga Hayat Alnefus para avisarle de la llegada de las
aceitunas. Y cuando los tarros fueron llevados al interior del harén,
según las órdenes dadas, Budur y Hayat-Alnefus, en el colmo de la
impaciencia, mandaron traer la fuente mayor de las de dulce, y ordenaron
á las esclavas que levantaran con cuidado el primer tarro y vaciaran en
ella el contenido todo, formando un montón bien acondicionado, en el que
se pudieran distinguir las aceitunas con hueso de las deshuesadas.
¡Y cuál no sería el maravillado pasmo de Budur y su amiga al ver
mezclados con las aceitunas barras y polvo de oro! Y esta sorpresa tenía
algo de decepción, por pensar que tal mezcla podía haber echado á
perder las aceitunas; de modo que Budur mandó traer otras fuentes y
vaciar los demás tarros, uno tras otro, hasta el vigésimo. Pero cuando
las esclavas hubieron volcado el último, y apareció el nombre de
Kamaralzamán en la base, y brilló el talismán en medio de las aceitunas,
Budur lanzó un grito, se puso palidísima, y cayó desmayada en brazos de
Hayat-Alnefus. ¡Acababa de reconocer la cornalina que llevó en otro
tiempo sujeta al nudo de seda del calzón!
Al volver en sí, merced á los cuidados de Hayat-Alnefus, Sett Budur
cogió la cornalina talismánica y se la llevó á los labios, exhalando un
suspiro de felicidad; después, para que las esclavas no se enteraran de
su disfraz, las despidió á todas, y dijo á su amiga: «¡He aquí ¡oh amada
mía querida! el talismán causante de que estemos separados mi esposo
adorado y yo! ¡Pero así como he dado con él, pienso volver á encontrar á
aquel cuya venida nos llenará de felicidad á ambas!»
Inmediatamente mandó llamar al capitán de la nave, que se le presentó y
besó la tierra entre sus manos, y aguardó que le preguntaran. Entonces
Budur le dijo: «¿Puedes decirme ¡oh capitán! lo que hace en su tierra el
amo de los tarros de aceitunas?» El capitán respondió: «Es ayudante de
jardinero, y había de embarcarse con sus aceitunas para venir á
venderlas aquí, pero no llegó á tiempo al barco.» Budur le dijo: «Pues
bien; sabe ¡oh capitán! que al probar las aceitunas, de las cuales las
mejores están, efectivamente, rellenas, he descubierto que el que las
ha preparado no puede ser mas que uno que fué cocinero mío, pues era el
único que sabía dar al relleno de alcaparras ese sabor picante y suave á
la vez que me gusta infinito. Y ese maldito cocinero se escapó, temiendo
que le castigaran por haber perjudicado á un pinche al tratar de
acariciarlo de una manera harto dura y poco proporcionada. Por
consiguiente, es menester que te des á la vela y me traigas lo antes
posible á ese ayudante de jardinero, porque sospecho mucho que sea mi ex
cocinero, autor del desgarrón de su delicado pinche. Y te recompensaré
con liberalidad si cumples mis órdenes con gran diligencia; de lo
contrario, no te permitiré volver más á mi reino; y como volvieras, te
mandaría matar, lo mismo que á los de tu tripulación...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 228.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...te mandaría matar, lo mismo que á los de tu tripulación.»
Al oir estas palabras, el capitán no pudo contestar mas que oyendo y
obedeciendo, y á pesar del perjuicio que salida tan forzada pudiera
ocasionar á sus mercaderías, supuso que á la vuelta le indemnizaría el
rey, y se dió á la vela. Y le permitió Alah una navegación tan feliz,
que llegó en pocos días á la ciudad descreída, y desembarcó de noche con
los marineros más robustos de su tripulación.
En seguida se dirigió con su escolta al jardín habitado por
Kamaralzamán, y llamó á la puerta.
En aquel momento, Kamaralzamán, que había acabado su labor del día,
estaba sentado muy triste, y con lágrimas en los ojos recitaba versos
sobre la ausencia. Pero al oir llamar á la puerta, se levantó y fué á
preguntar: «¿Quién va?» El capitán, fingiendo voz cascada, dijo: «¡Un
pobre de Alah!» Al oir esta súplica, dicha en árabe, Kamaralzamán, cuyo
corazón latió de piedad, abrió. Pero inmediatamente fué cogido y
agarrotado, y los marineros invadieron el jardín, y al ver los veinte
tarros colocados como la primera vez, se apresuraron á cogerlos. Después
volvieron todos al barco, y se dieron inmediatamente á la vela.
Entonces el capitán, rodeado por sus hombres, se acercó á Kamaralzamán y
le dijo: «¡Ah! ¿Conque eres tú el aficionado á muchachos, que
desgarraste al niño en la cocina del rey? ¡Cuando llegue el barco,
encontrarás el palo dispuesto á hacerte lo propio, como no prefieras que
ahora mismo te ensarten estos mozos continentes!» Y le señaló á los
marineros, que se guiñaban el ojo al mirarlo, pues les parecía muy bien
disfrutar de aquella ganga.
Al oir tales palabras, Kamaralzamán, que aunque libertado de las
ataduras desde que llegó á la nave no había dicho palabra, dejándose
llevar por el Destino, no pudo soportar tamaña imputación, y exclamó:
«¡Me refugio en Alah! ¿No te da vergüenza hablar de ese modo, ¡oh
capitán!? ¡Reza por el Profeta!» El capitán contestó: «¡Sean con Él y
con todos los suyos la bendición de Alah y la plegaria! ¡Pero tú fuiste
el que ensartó al chico!»
Al oir estas palabras, Kamaralzamán exclamó otra vez: «¡Me refugio en
Alah!» El capitán replicó: ¡Tenga Alah misericordia de nosotros! ¡Nos
ponemos bajo su custodia!» Y Kamaralzamán repuso: ¡Os juro á todos
vosotros por la vida del Profeta (¡sean con Él la plegaria y la paz!),
que no entiendo nada de semejante acusación, y que nunca he puesto los
pies en esa isla de Ébano á la cual me lleváis, ni en el palacio ele su
rey! ¡Rezad por el Profeta, ¡oh buena gente!» Entonces todos replicaron,
como se acostumbra: «¡Sea con Él la bendición!»
Pero el capitán replicó: «¿De modo que nunca has sido cocinero ni has
ensartado á ningún niño en tu vida?» Kamaralzamán, en el límite de la
indignación, escupió al suelo, y gritó: «¡Me refugio en Alah! ¡Haced de
mí lo que queráis, pues ¡por Alah! mi lengua no se volverá á mover para
contestar á tales cosas!» Y ya no quiso decir palabra. Entonces el
capitán dijo: «Yo cumplo mi deber con entregarte al rey. ¡Si eres
inocente, ya te arreglarás como puedas!»
A todo esto, el barco llegó á la isla de Ébano con felicidad. Y el
capitán llevó en seguida á Kamaralzamán á palacio, y solicitó ver al
rey. Y como le aguardaban, se le introdujo en la sala del trono.
Y Sett Budur, para no delatarse, por interés tanto suyo como de
Kamaralzamán, había combinado un plan muy acertado, sobre todo para
discurrido por una mujer.
Y cuando miró al que el capitán traía, á la primera ojeada conoció á su
adorado Kamaralzamán, y se quedó muy pálida y amarilla como el azafrán.
Y todos atribuyeron su cambio de color á la ira por el recuerdo de la
ensartadura del niño. Ella le miró mucho rato sin poder hablar, mientras
Kamaralzamán, con su traje viejo de jardinero, había llegado al límite
de la confusión y el temblor. Y estaba muy distante de figurarse que se
encontraba en presencia de aquella por quien había vertido tantas
lágrimas y experimentado tantas penas, zozobras y malos tratos.
Por fin pudo dominarse Sett Budur, y se volvió hacia el capitán, y le
dijo: «¡Como premio por tu fidelidad, te quedarás con el dinero que te
di por las aceitunas!» El capitán besó la tierra, y dijo: «¿Y los otros
veinte tarros de esta última vez que están todavía en el sollado?» Budur
dijo: «Si has traído otros veinte tarros, apresúrate á mandármelos. ¡Y
te pagaré mil dinares de oro!» Y le despidió.
Después se volvió hacia Kamaralzamán, que estaba con los ojos bajos, y
dijo á los chambelanes: «¡Coged á ese joven y llevadle al hammam!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 230.ª NOCHE_
Ella dijo:
«...¡Coged á ese joven y llevadle al hammam! Después le vestiréis
suntuosamente, y me lo volveréis á presentar mañana por la mañana, á la
primera hora del diván!» Y lo mandado se ejecutó al momento.
Sett Budur fué á buscar á su amiga Hayat-Alnefus, y le dijo: «¡Amiga
mía, nuestro adorado está de vuelta! ¡Por Alah! He combinado un plan
admirable para que nuestro encuentro no sea un golpe funesto para el que
de jardinero se ve convertido en rey sin transición. Y es un plan que si
se escribiera con una aguja en el ángulo interior del ojo, serviría de
lección á los aficionados á instruirse.» Y Hayat-Alnefus se puso tan
contenta que se echó en brazos de Sett Budur, y ambas aquella noche
fueron muy formales, para prepararse á recibir con toda frescura al
amado de su corazón.
Y por la mañana llevaron al diván á Kamaralzamán, suntuosamente
vestido. Y el hammam había devuelto á su rostro todo su esplendor, y el
traje ligero y bien ceñido realzaba su cintura fina y sus nalgas
montañosas. Y todos los emires, personajes y chambelanes no se
sorprendieron al oir al rey decir al gran visir: «¡Darás á este joven
cien esclavos para que le sirvan, y le proporcionarás por cuenta del
Tesoro emolumentos que sean dignos del cargo que le voy á conferir ahora
mismo.» Y le nombró visir entre los visires, y le dió tren de casa y
caballos, y mulos y camellos, sin contar arcas llenas y armarios.
Después se retiró.
Al día siguiente, Sett Budur--siempre bajo la apariencia del rey de la
isla de Ébano--mandó comparecer al nuevo visir, y destituyó de su empleo
al gran visir, y después nombró á Kamaralzamán gran visir en su lugar; y
Kamaralzamán entró en seguida en el Consejo, y la asamblea fué dirigida
por su autoridad. Sin embargo, cuando se levantó la sesión del diván,
Kamaralzamán empezó á reflexionar profundamente, y dijo para sí: «¡Los
honores que me otorga este joven monarca y la amistad con que me honra
deben tener seguramente algún origen! Pero ¿cuál sera? Los marineros me
cogieron y trajeron aquí acusado de haber ensartado á un niño cuando
suponían que fuese yo un ex cocinero del rey. Y éste, en vez de
castigarme, me envía al hammam, y me dan un alto cargo y todo lo demás.
¡Oh Kamaralzamán! ¿Cuál puede ser la causa de suceso tan extraño?»