El plan propuesto por el soldado tenía una sencillez y una facilidad de

ejecución que garantizaban su buen éxito; por eso fue adoptado en su

totalidad, y la discusión solo versó ya sobre los pormenores.

Por último, a una hora bastante avanzada de la noche se separaron con

el objeto de disfrutar algunos momentos de un descanso indispensable

entre las fatigas del día que acababa de trascurrir y las que tendrían

que soportar en el siguiente.

Gregorio durmió, como suele decirse, a pierna suelta, es decir, sin

interrupción.

Unas dos horas antes de que saliese el sol, el Jaguar se inclinó hacia

el soldado y le despertó: éste se levantó en seguida, se restregó los

ojos, y al cabo de cinco minutos estaba tan ágil y dispuesto como si

hubiese dormido cuarenta y ocho horas seguidas.

--Ya es tiempo de marchar, le dijo el Jaguar a media voz; John Davis ha

cuidado y ensillado ya por sí mismo vuestro caballo. Venga V.

Salieron de la tienda. En efecto, el americano tenía de las riendas el

caballo del soldado. Éste se puso en la silla de un salto, sin valerse

de los estribos, para demostrar que estaba perfectamente descansado.

--Sobre todo, dijo el Jaguar, observe V. la mayor prudencia, tenga sumo

cuidado con sus palabras y con sus más mínimos gestos, porque va V. a

tener que habérselas con el oficial más valiente y más experimentado

del ejército mejicano.

--Fíe V. en mí, Señor Capitán. ¡Canario! La recompensa es demasiado

buena para que yo me exponga a echar a perder el negocio.

--Una palabra todavía.

--Diga V.

--Arréglese V. de modo que el convoy no llegue al desfiladero hasta el

anochecer, pues la oscuridad entra por mucho en el buen éxito de una

sorpresa. Y ahora, ¡adiós y buena suerte!

--Deseo a V. otro tanto.

El Jaguar y el americano escoltaron al dragón hasta los últimos

atrincheramientos con el fin de dar el santo y seña a los centinelas

avanzados, quienes, a no ser por esta precaución, y viendo el

uniforme que Gregorio vestía, sin duda alguna le habrían hecho fuego

desapiadadamente.

Cuando hubo salido del campamento, los dos hombres le siguieron con la

vista durante todo el tiempo que pudieron distinguir su negra silueta,

deslizándose como una sombra entre los árboles del bosque, en donde no

tardó en desaparecer.

--He ahí lo que se llama un pícaro redomado, dijo John Davis; es más

astuto que una zorra. ¡Vive Dios! ¡Qué tuno tan hediondo!

--¡Eh! Amigo mío, respondió el Jaguar, se necesitan hombres de ese

temple. Sin eso ¿qué sería de nosotros?

--¡Es verdad! Esos hombres son necesarios como la peste y la lepra.

Sin embargo, sostengo mis palabras: ¡es el pícaro más completo que

he visto en toda mi vida, y bien sabe Dios que en el curso de mi

existencia he visto desfilar por delante de mí una colección magnífica!

Algunos minutos después, los merodeadores de fronteras levantaban el

campo y montaban a caballo con el fin de dirigirse al desfiladero para

el cual habían dado cita a Gregorio Felpa, el asistente del general

Rubio, quien había depositado en él una confianza a que tan acreedor se

hacía en todos conceptos.

XXX.

LA EMBOSCADA.

El Jaguar adoptó tan bien sus medidas, y el traidor que guió la

conducta de plata maniobró tan bien, que los mejicanos habían caído

en una emboscada de la cual era muy difícil, ya que no imposible, que

saliesen.

Los soldados, atemorizados un instante por la caída de su jefe cuyo

caballo fue herido mortalmente en el principio de la acción, pero

dóciles, sin embargo, a la voz del capitán, quien por un esfuerzo

supremo había logrado levantarse casi en seguida, se agruparon en torno

de la recua, y haciendo frente con resolución a todos los costados a la

vez, se dispusieron a defender con valor el precioso depósito confiado

a su custodia.

La escolta mandada por el capitán Melendez, aunque poco numerosa,

se componía de soldados viejos y de experiencia, acostumbrados

hacía mucho tiempo a la guerra de guerrillas y para quienes nada

extraordinario ofrecía la posición crítica en que su mala estrella les

había colocado.

Los dragones echaron pie a tierra, y tirando sus largas lanzas que

les eran inútiles en una lucha como la que se preparaba, cogieron

sus carabinas, se las echaron a la cara, y con los ojos fijos en los

matorrales, aguardaron impasibles la orden de comenzar el fuego.

El capitán Melendez había estudiado el terreno con una ojeada rápida,

y vio que estaba muy lejos de serle favorable. A derecha e izquierda

había ásperas pendientes coronadas de enemigos; a retaguardia, una

partida numerosa de merodeadores de fronteras, emboscada detrás

de unos árboles caídos que, como por encanto, habían interceptado

súbitamente el camino y cortado la retirada; por último, a vanguardia,

un precipicio de cerca de veinte metros de anchura y de una profundidad

incalculable.

Así pues, parecía que a los mejicanos se les arrebataba toda esperanza

de salir sanos y salvos de la posición en que se hallaban acorralados,

no solo por razón del considerable número de enemigos que les cercaban

por todos lados, sino también por la disposición del sitio. Sin

embargo, después que el capitán hubo estudiado atentamente el terreno,

brilló en sus ojos un relámpago, y una sonrisa sombría iluminó su

semblante.

Hacía mucho tiempo que los dragones conocían a su jefe, tenían fe en

él, vieron aquella sonrisa y se acrecentó su valor.

El capitán se había sonreído, luego tenía esperanza.

Verdad es que ni un solo hombre, en toda la escolta, hubiera podido

decir en qué consistía aquella esperanza.

Después de la primera descarga, los merodeadores coronaron

inopinadamente las alturas, pero permanecieron inmóviles, contentándose

con vigilar con la mayor atención los movimientos de los mejicanos.

El capitán aprovechó este momento de tregua que tan generosamente le

ofrecía el enemigo, para adoptar algunas disposiciones defensivas y

corregir su plan de batalla.

Descargáronse las mulas, colocáronse los preciosos cajones enteramente

atrás, lo más lejos posible del enemigo; luego las mulas y los

caballos, llevados al frente de la línea de batalla del destacamento,

fueron colocados de modo que sus cuerpos sirviesen de parapetos a los

soldados, los cuales, con una rodilla en tierra y doblados detrás de

aquel atrincheramiento vivo, se encontraron guarecidos en cierto modo

contra las balas enemigas.

Cuando todas estas medidas estuvieron adoptadas y una ojeada postrera

cercioró al capitán de que sus órdenes se habían ejecutado con

puntualidad, se inclinó al oído del señor Bautista, arriero principal,

y le dijo algunas palabras en voz baja.

El arriero hizo un movimiento brusco de sorpresa al oír las palabras

del capitán; pero reanimándose en seguida, bajó afirmativamente la

cabeza.

--¿Obedecerá V.? preguntó D. Juan mirándole fijamente.

--Sí, mi Capitán; lo juro por mi honor, contestó el arriero.

--Pues entonces le respondo a V. de que vamos a reírnos, dijo

alegremente el joven.

El arriero se retiró, y el capitán fue a colocarse al frente de sus

soldados. Apenas había ocupado su puesto de combate cuando un hombre

apareció en la cumbre de la pendiente de la derecha: aquel hombre

llevaba en la mano una lanza en cuyo extremo flotaba un pedazo de tela

blanca.

--¡Oh! ¡Oh! murmuró el capitán, ¿qué significa eso? ¿Temen ya que se

les escape su presa?

--¡Eh! gritó con voz fuerte, ¿qué quieren VV.?

--Parlamentar, respondió lacónicamente el hombre de la bandera.

--¡Parlamentar! replicó el capitán, ¿para qué? Además, tengo la honra

de ser oficial en el ejército mejicano, y no puedo estipular tratos con

bandidos.

--Tenga V. cuidado, Capitán, un valor inoportuno suele degenerar en

fanfarronada; la posición de V. es desesperada.

--¿Lo cree V. así? respondió el joven con voz burlona.

--Está V. cercado por todas partes.

--Excepto por una.

--Sí; pero en esa hay un precipicio que no se puede pasar.

--¿Quién sabe? dijo el capitán, siempre en tono de sorna.

--En fin, ¿quiere V. escucharme, sí o no? repuso el otro a quien este

diálogo comenzaba a impacientar.

--Corriente, dijo el oficial, veamos las proposiciones de V., y después

le manifestaré mis condiciones.

--¿Qué condiciones? preguntó el parlamentario con sorpresa.

--¡Pardiez! Las que me propongo imponer a usted.

Una carcajada homérica de los merodeadores de fronteras acogió estas

palabras altaneras. El capitán permaneció impasible y frío.

--¿Quién es V.? preguntó.

--El jefe de la gente que les tiene a VV. cautivos.

--¡Cautivos! Creo que no; en fin, allá veremos. ¡Ah! ¿Con que es V.

el Jaguar, ese bandido feroz cuyo nombre es execrado en todas estas

fronteras?

--Yo soy el Jaguar, respondió éste sencillamente.

--Muy bien. ¿Qué me quiere V.? Hable, y sobre todo sea breve, replicó

el capitán apoyando la punta de su sable en el extremo de su bota.

--Quiero evitar la efusión de sangre, dijo el Jaguar.

--Eso está muy bien; pero me parece un poco tarde para adoptar una

resolución tan laudable, dijo el oficial con su voz burlona.

--Escuche V., Capitán; es V. un oficial valiente, y sentiría yo que

sucediese una desgracia; no se obstine V. en sostener una lucha

imposible, rodeado como lo está por fuerzas considerables; toda

tentativa de resistencia sería una locura imperdonable que no daría más

resultado que la muerte de todos los soldados que usted manda, sin que

le quede la menor esperanza de salvar el convoy confiado a su custodia.

Ríndase V., se lo repito, pues no le queda otro medio de salvación.

--Caballero, respondió el oficial hablando ya esta vez en tono muy

serio, doy a V. gracias por las palabras que acaba de pronunciar;

tengo cierta experiencia para conocer a los hombres, y veo que en este

momento habla V. lealmente.

--Sí, dijo el Jaguar.

--Desgraciadamente, prosiguió el capitán, me veo obligado a repetir

a V. que tengo la honra de ser oficial, y que nunca consentiré en

entregar mi espada a un jefe de partida cuya cabeza está a precio. Si

he sido bastante idiota y loco para dejarme atraer a un lazo, tanto

peor para mí; sufriré las consecuencias.

Los dos interlocutores se habían ido acercando uno a otro, y a la sazón

hablaban frente a frente.

--Comprendo, Capitán, que en ciertas y determinadas circunstancias

su honor militar le obligue a sostener una lucha, aún en condiciones

desfavorables; pero aquí el caso es muy distinto, todas las

probabilidades están contra V., y nada padecerá su honra con una

rendición que librará: la vida de tantos soldados valientes.

--Y que sin disparar un tiro le entregará a usted la rica presa que

tanto codicia, ¿no es verdad?

--Esa presa, por más que V. haga, no se nos puede escapar.

El capitán se encogió de hombros, y dijo:

--¡Está V. loco! Como todos los hombres acostumbrados a la guerra de

las praderas, ha querido V. ser sobrado astuto, y sus ardides han ido

demasiado lejos.

--¿Cómo así?

--Aprenda V. a conocerme, caballero: soy cristiano viejo, desciendo de

los antiguos conquistadores, y la sangre española corre por mis venas.

Todos mis soldados me son fieles y adictos: por orden mía se dejarán

matar todos sin vacilar lo más mínimo; y por muy ventajosas que sean

las posiciones que V. ocupa, por muy numerosa que sea su gente, se

necesita cierto espacio de tiempo para exterminar a cincuenta hombres

reducidos a la desesperación y resueltos a no pedir cuartel.

--Sí, dijo el Jaguar con voz sorda; pero se concluye por matarlos.

--Sin duda alguna, repuso tranquilamente el capitán; pero mientras V.

nos va degollando, los arrieros, que al efecto han recibido ya mis

órdenes terminantes, harán que las cajas de dinero vayan rodando unas

después de otras al fondo del abismo, en cuya orilla nos ha acorralado

V.

--¡Oh! exclamó el Jaguar con un ademán de amenaza mal entendido, no

hará V. eso, Capitán.

--¿Por qué no he de hacerlo, si V. gusta? respondió fríamente el

oficial. Sí que lo haré, se lo juro a V. por mi honor.

--¡Oh!

--Y entonces ¿qué sucederá? Que habrá V. asesinado cobardemente a

cincuenta hombres sin más resultado que el de saciarse en la sangre de

sus compatriotas.

--¡Rayo de Dios! ¡Eso es un delirio!

--No, no es más que la consecuencia lógica de la amenaza que V. me

dirige: moriremos, pero como valientes, y habremos cumplido con nuestro

deber hasta el fin, puesto que el dinero se salvará.

--Según eso, ¿serán inútiles todos mis esfuerzos para obtener una

solución pacífica?

--Todavía hay un medio.

--¿Cuál es?

--Déjenos V. pasar, comprometiéndose bajo palabra de honor a no

hostilizar nuestra retirada.

--¡Nunca! Ese dinero me es indispensable, lo necesito.

--Entonces venga V. a buscarle.

--Eso voy a hacer.

--Como V. guste.

--¡Que esa sangre, que he querido ahorrar, recaiga sobre la cabeza de

V.!

--O sobre la de V.

Y se separaron.

El capitán se volvió hacia sus soldados que, habiéndose acercado

bastante a los dos interlocutores, habían seguido atentamente la

discusión en todas sus peripecias, y les preguntó

--¿Qué queréis hacer, muchachos?

--¡Morir! contestaron todos con acento breve y enérgico.

--¡Corriente! ¡Moriremos juntos!

Y blandiendo su espada por encima de su cabeza, gritó:

--¡Dios y libertad! ¡Viva Méjico!

--¡Viva Méjico! repitieron los dragones con entusiasmo.

En este intermedio el sol había desaparecido en el horizonte, y las

tinieblas iban cubriendo la tierra cual un sudario sombrío.

El Jaguar, lleno de rabia por ver el mal resultado de su tentativa, se

había reunido con sus compañeros.

--¿Qué hay? le preguntó John Davis, que acechaba con ansiedad su

regreso; ¿qué ha obtenido V.?

--Nada. Ese hombre está endemoniado.

--Ya le advertí a V. que era un verdadero diablo. Afortunadamente, por

más que haga, no se nos puede escapar.

--En eso es en lo que está V. equivocado, respondió el Jaguar pateando

de rabia; que muera o viva, el dinero está perdido para nosotros.

--¿Cómo es eso?

El Jaguar refirió en breves palabras a su confidente lo que había

pasado entre el capitán y él.

--¡Maldición! exclamó el americano, entonces démonos prisa.

--Para colmo de males reina una oscuridad profunda.

--¡Vive Dios! Hagamos una iluminación, y quizás les dará en qué pensar

a esos demonios.

--Tiene V. razón: ¡vengan teas!

--Hagamos otra cosa mejor: incendiemos el bosque.

--¡Ja! ¡Ja! exclamó el Jaguar riendo, ¡bravo! ¡Vamos a ahumarlos como

si fuesen arenques!

Esta idea diabólica fue ejecutada al momento, y muy luego un cordón de

llamas brillantes ciñó la cumbre de la colina y corrió en torno del

desfiladero, en donde los mejicanos aguardaban impasibles el ataque de

sus enemigos.

No tuvieron que esperar mucho, pues muy pronto comenzó un vivo fuego de

fusilería mezclado con los gritos y los aullidos de los agresores.

--¡Ya es tiempo! gritó el capitán.

En seguida se oyó el ruido de la caída de una caja de dinero al

precipicio.

Merced al incendio había tanta claridad como si fuese de día; y ningún

movimiento de los mejicanos pasaba desapercibido para sus adversarios.

Los bandidos lanzaron un grito de furor al ver a las cajas rodar unas

en pos de otras al abismo.

Precipitáronse con furia sobre los soldados; pero estos los recibieron

con bayoneta calada y sin cejar lo más mínimo.

Una descarga hecha a quemarropa por los mejicanos, que habían reservado

su fuego, tendió en el suelo a un número considerable de enemigos e

introdujo el desorden en sus filas, obligándoles a retroceder a pesar

suyo.

--¡Adelante! gritó el Jaguar.

Sus compañeros volvieron a la carga con más furor que nunca.

--¡Manteneos firmes! ¡Es preciso morir! dijo el capitán.

--¡Moriremos! respondieron unánimes los soldados.

Entonces se empeñó la lucha cuerpo a cuerpo al arma blanca, mezclándose

los agresores con los atacados, empujándose unos a otros con sordos

rugidos de cólera, peleando más bien como fieras que como hombres.

Los arrieros, diezmados por los tiros que les asestaban, no por eso

dejaban de continuar con ardor su trabajo: tan luego como la palanca

se escapaba de las manos de uno de ellos que rodaba expirante por el

suelo, otro se apoderaba en seguida de la pesada barra de hierro, y las

cajas de dinero caían sin interrupción al precipicio no obstante las

rabiosas vociferaciones y los esfuerzos gigantescos de los enemigos,

que en vano se afanaban por derribar la muralla viva que les cerraba el

paso.

Era un espectáculo de horrible belleza el que ofrecía aquella lucha

encarnizada, aquel combate implacable que sostenían aquellos hombres al

resplandor brillante de un bosque entero que estaba ardiendo cual un

faro lúgubre y siniestro.

Los gritos habían cesado, la carnicería continuaba sorda y terrible, y

solo se oía de vez en cuando la voz del capitán que repetía con breve

acento:

--¡Estrechad las filas! ¡Estrechad las filas!

Y las filas se estrechaban, y los hombres caían sin quejarse, habiendo

hecho de antemano el sacrificio de su vida, y no peleando ya sino para

ganar las pocos minutos indispensables para que aquel sacrificio no

fuese estéril.

En vano los merodeadores de fronteras, excitados por la codicia,

procuraban destruir aquella resistencia enérgica que les oponía un

puñado de hombres: los heroicos soldados, apoyados unos en otros, con

los pies afirmados contra los cadáveres de los que les habían precedido

en la muerte, parecía que se multiplicaban para cerrar el desfiladero

en todos los puntos a la vez.

Sin embargo, el combate no podía durar ya mucho tiempo; de toda la

escolta del capitán, diez hombres cuando más permanecían todavía de

pie, los demás habían sucumbido, pero heridos todos por delante en

mitad del pecho.

Todos los arrieros habían muerto; dos cajas quedaban todavía en la

orilla del precipicio; el capitán dirigió una mirada rápida en torno

suyo, y exclamó:

--¡Un esfuerzo más, hijos míos! Cinco minutos tan solo bastan para

concluir nuestro trabajo.

--¡Dios y libertad! gritaron los soldados.

Y aunque estaban abrumados de cansancio, se arrojaron resueltos en lo

más espeso de la multitud de enemigos que les rodeaban.

Durante algunos minutos, aquellos diez hombres hicieron prodigios de

valor; pero al fin prevaleció el número: ¡todos cayeron!

¡Solo el capitán vivía aún!

Había aprovechado el sacrificio de sus soldados para coger una palanca

y hacer que una de las cajas rodase al precipicio; la segunda,

levantada con sumo trabajo, solo necesitaba ya un esfuerzo postrero

para desaparecer a su vez, cuando de improviso un «¡hurra!» terrible

hizo que el capitán levantase la cabeza.

Los merodeadores de fronteras acudían enfurecidos y anhelosos cual

tigres sedientos de sangre.

--¡Ah! ¡Al menos esa la tendremos! exclamó alegremente Gregorio Felpa,

el guía traidor, precipitándose hacia adelante.

--¡Mientes, miserable! respondió el capitán.

Y alzando con ambas manos la pesada barra de hierro, rompió el cráneo

al soldado, quien cayó sin lanzar un grito, sin exhalar un suspiro.

--Ahora a otro, dijo el capitán volviendo a levantar la palanca.

Un aullido de horror resonó entre la multitud, que vaciló un momento.

El capitán bajó con viveza su palanca, y la caja se inclinó sobre el

borde del abismo.

Este movimiento restituyó a los bandidos toda su cólera y su rabia.

--¡Muera! ¡Muera! exclamaron precipitándose sobre el oficial.

--¡Deteneos! gritó el Jaguar lanzándose hacia adelante y derribando

cuanto se oponía a su paso. Nadie se mueva: ese hombre me pertenece.

Al oír esta voz bien conocida de todos, aquellos hombres se detuvieron.

El capitán tiró su palanca: la última caja acababa de caer al

precipicio.

--Ríndase V., Capitán Melendez, dijo el Jaguar adelantándose hacia el

oficial.

Éste había vuelto a coger su sable, y respondió:

--Ya no merece la pena: prefiero morir.

--Pues entonces defiéndase V.

Ambos enemigos se pusieron en guardia. Durante algunos segundos se

oyó el choque furioso de los aceros. De improviso y por un movimiento

brusco, el capitán hizo volar por el aire el arma de su adversario.

Antes que éste se hubiese repuesto de su sorpresa, el oficial se

precipitó sobre él y le enlazó con sus brazos como una serpiente.

Los dos hombres rodaron por el suelo.

A dos pasos detrás de ellos se hallaba el precipicio.

Todos los esfuerzos del capitán tendían a atraer al Jaguar al borde

del abismo; el cabecilla, por el contrario, procuraba librarse de la

presión terrible de su enemigo, cuyo siniestro proyecto había adivinado

sin duda alguna.

Por fin, después de una lucha de algunos minutos, los brazos que

oprimían el cuerpo del Jaguar se aflojaron poco a poco; las crispadas

manos del oficial se soltaron, y el cabecilla, reuniendo todas sus

fuerzas, logró desembarazarse de su enemigo y levantarse.

Pero apenas se hallaba de pie, cuando el capitán, que parecía estar

aniquilado y casi desmayado, saltó como un tigre, se agarró a brazo

partido con su enemigo, y le imprimió un sacudimiento terrible.

El Jaguar, que todavía estaba aturdido por la lucha que acababa de

sostener, y no esperaba aquel ataque brusco, se tambaleó y perdió el

equilibrio, lanzando un grito horroroso.

--¡Por fin! exclamó el capitán con feroz alegría.

Los circunstantes lanzaron una exclamación de horror y de desesperación.

Los dos enemigos habían desaparecido en el abismo.

FIN.

ÍNDICE DE MATERIAS.

I. El fugitivo.

II. Quoniam.

III. Negro y blanco.

IV. La manada.

V. El Ciervo-Negro.

VI. La concesión.

VII. Cara de Mono.

VIII. La declaración de guerra.

IX. Los Pawnees-Serpientes.

X. La batalla.

XI. La venta del Potrero.

XII. Conversación.

XIII. Carmela.

XIV. La conducta de plata.

XV. El alto.

XVI. Resumen político.

XVII. Tranquilo.

XVIII. Lanzi.

XIX. La caza.

XX. Confidencias.

XXI. El Jaguar.

XXII. El Zorro-Azul.

XXIII. El Desollador-Blanco.

XXIV. Después del combate.

XXV. Una explicación.

XXVI. El parte.

XXVII. El guía.

XXVIII. John Davis.

XXIX. El trato.

XXX. La emboscada.

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Los Merodeadores de Fronteras · 第 20 / 20 段