En medio de una espesura cuya sombra protectora ofrecía cómodo abrigo

al viajero cansado, un hombre que vestía el uniforme de los dragones

mejicanos se hallaba indolentemente sentado delante de una hoguera que

le servía para condimentar su comida, mientras fumaba una pajilla. Una

larga lanza guarnecida de su banderola estaba apoyada cerca de él en el

tronco de un árbol, y un caballo completamente aparejado, pero al cual

habían quitado el freno, comía con la mayor tranquilidad los retoños de

los árboles y la tierna yerba de la pradera.

Aquel hombre parecía que tenía veintisiete o veintiocho años; su astuto

rostro estaba animado por unos ojillos vivos, y el color cobrizo de su

piel revelaba su origen indio.

Hacía mucho tiempo que había visto al jinete que se acercaba; pero

no pareció que le daba gran importancia, y con la mayor tranquilidad

continuó fumando y vigilando su comida, sin adoptar contra la visita

imprevista que le llegaba más precaución que la de cerciorarse de si

su sable salía bien de su vaina. John Davis, cuando ya distó pocos

pasos del soldado, se detuvo, y llevándose la mano al sombrero, dijo:

--¡Ave María Purísima!

--¡Sin pecado concebida! respondió el dragón correspondiendo al saludo

del americano.

--Santas tardes, repuso John.

--Dios se las dé a V. muy buenas, respondió inmediatamente el soldado.

Apuradas ya estas fórmulas sacramentales de todo encuentro, se

prescindió de toda ceremonia y quedó hecho el conocimiento.

--Eche V. pie a tierra, caballero, dijo el dragón; el calor es

sofocante en la pradera; tengo aquí una sombra excelente, y en este

momento estoy cociendo un pedazo de cecina con habichuelas encarnadas,

sazonadas con pimentón, que le han de gustar a V. mucho si quiere

hacerme el favor de participar de mi comida.

--Acepto con mucho gusto su amable convite, respondió el americano

sonriendo, y con tanto más motivo, cuanto que confieso a V. que me

estoy muriendo de hambre y cayendo de cansancio.

--¡Cáspita! Entonces me felicito de la afortunada casualidad que nos

reúne. Eche V. pie a tierra sin más tardanza.

--Eso mismo voy a hacer.

En efecto, el americano se apeó de su caballo, le quitó el freno, y

el noble animal fue al instante a reunirse con su compañero, mientras

que su amo, lanzando un suspiro de satisfacción, se tendió en el suelo

junto al dragón.

--¿Parece que ha andado V. una jornada muy larga? preguntó el soldado.

--Sí Señor, respondió el americano, hace diez horas que estoy a

caballo, sin contar con que he pasado la mañana batiéndome.

--¡Cuerpo de Cristo! Rudo trabajo ha hecho usted.

--Bien puede V. decirlo sin temor de equivocarse, porque, a fe de

cazador, que nunca he tenido tanto que hacer.

--¿Es V. cazador?

--Para servir a V.

--¡Hermoso oficio! dijo el soldado lanzando un suspiro. Yo también lo

he sido.

--¿Y le echa V. de menos?

--¡Cada día más!

--Comprendo eso. Cuando se ha llegado a probar la vida del desierto,

siempre se quiere volver a ella.

--¡Ay! Sí por cierto.

--¿Por qué la abandonó V., puesto que tanto le gustaba?

--¡Ah! Ahí tiene V., dijo el soldado, el amor.

--¿Cómo el amor?

--Sí, cometí la tontería de enamorarme de una muchacha que me hizo

sentar plaza.

--¡Diablo!

--Sí, y luego apenas me hube puesto el uniforme, me dijo que se había

equivocado respecto de mí, y que vestido de soldado estaba aún más feo

de lo que ella había creído. En resumen, me dejó plantado sin ceremonia

para irse con un arriero.

El americano no pudo menos de reírse al oír tan singular historia.

--Es triste cosa, ¿verdad? repuso el soldado.

--Muy triste, replicó John Davis procurando en vano recobrar su

seriedad.

--¡Qué quiere V.! añadió melancólicamente el soldado, ¡el mundo no

es más que un continuo engaño! Pero creo que nuestra comida está ya

en sazón, exclamó variando de tono; percibo cierto olorcillo que me

advierte que es ya tiempo de quitarle del fuego.

Como John Davis ninguna objeción tenía que oponer al dictamen del

soldado, éste llevó a cabo en seguida su determinación; retiróse la

comida del fuego y fue puesta delante de los dos hombres, quienes

comenzaron a atacarla con tanto vigor, que muy luego quedó agotada, a

pesar de que era abundante.

Aquel manjar suculento había sido rociado con sendos tragos de refino

de Cataluña, del que parecía que el soldado se hallaba abundantemente

provisto.

Todo ello concluyó con el cigarrillo de rigor, ese complemento

indispensable de toda comida hispano-americana, y los dos hombres,

fortalecidos por el buen alimento con que habían provisto sus

estómagos, se encontraron muy contentos y en la mejor disposición para

conversar con entera franqueza.

--Me parece V. hombre muy precavido, dijo el americano echando una

cantidad enorme de humo, de la que una parte salía por la boca y la

otra por la nariz.

--Es una reminiscencia de mi antigua vida de cazador. Los soldados,

por lo general, no suelen ser tan cuidadosos como yo, ni con mucho.

--Cuanto más le observo a V., repuso John Davis, más extraño me parece

que haya V. podido decidirse a adoptar un género de vida tan poco

lucrativo como el de soldado.

--¡Qué quiere V.! La fatalidad, y luego la imposibilidad en que me

encuentro de mandar el uniforme al diablo. Al menos tengo la esperanza

de ascender a cabo antes de un año.

--¡Eh! No es mal grado, según he oído decir; la paga debe ser buena.

--No sería mala si nos la diesen.

--¿Cómo es eso?

--Sí, parece que el gobierno no está muy holgado de dinero.

--Según eso, ¿sirven VV. al fiado?

--No hay otro remedio.

--¡Diablo! Pero perdóneme V. si le hago todas estas preguntas, que

deben parecerle indiscretas.

--Nada de eso, no se contenga V., estamos hablando como dos amigos.

--¿Cómo se mantienen VV.?

--¡Ah! De una manera muy sencilla: tenemos lo casual.

--¡Lo casual! ¿Y qué es eso?

--¿No lo entiende V.?

--Confieso que no.

--Pues voy a explicárselo

--Me dará V. mucho gusto.

--Sucede de vez en cuando que nuestro capitán o nuestro general nos

confía una misión.

--Muy bien.

--Y eso se paga aparte: cuanto mayor es el peligro, mayor es también la

recompensa.

--¿Siempre al fiado, por supuesto?

--¡No, diablo! Pagada de antemano.

--¿Y suelen VV. tener algunas veces encargos de esa especie?

--Muy a menudo, sobre todo en tiempo de pronunciamientos.

--Sí; pero hace cerca de un año que ningún general se ha pronunciado.

--¡Desgraciadamente!

--¿De modo que estará V. exhausto de fondos?

--No del todo.

--¿Ha tenido V. alguna de esas misiones?

--Tengo una en este momento.

--¿Bien pagada?

--Regular.

--¿Habrá indiscreción en preguntar a V. cuánto le han dado?

--Nada de eso: he recibido veinticinco onzas de oro.

--¡Cáspita! La cantidad es bonita. Peligrosa debe ser el encargo para

haberle tasado tan alto.

--No deja de serlo.

--¡Ah! ¡Pues entonces tenga V. cuidado!

--Gracias, pero no corro gran riesgo; solo se trata de entregar un

oficio.

--Verdad es que un oficio, repuso el americano con la mayor

indiferencia.

--¡Oh! Éste es más importante de lo que V. supone.

--¿De veras?

--Sí por cierto, pues se trata de varios millones.

--¿Qué está V. diciendo? exclamó John Davis estremeciéndose sin querer.

El cazador, desde su encuentro con el soldado, había maniobrado

astutamente para inducirle a revelar el motivo que le llevaba a

aquellos parajes desiertos, porque la presencia de un dragón aislado

así en la pradera le había parecido muy singular, y con razón. Así

pues, grande fue su alegría cuando vio al soldado caer por si mismo en

el lazo que le tendía.

--Sí, repuso el dragón, el general Rubio, de quien soy asistente, me ha

despachado con un parte para el capitán Melendez, que en este momento

va escoltando una conducta de plata.

--¿Lo cree V.?

--¡Cáspita si lo creo! Cuando le digo a V. que llevo yo el oficio.

--Es verdad. Pero ¿con qué objeto escribe el general al capitán?

El soldado miró un instante de soslayo al cazador, y luego, variando

repentinamente de tono y mirándole frente a frente, le dijo:

--¿Quiere V. que juguemos con cartas descubiertas?

John se sonrió y respondió:

--¡Bueno! Veo que podremos entendernos, ¿Por qué no? Entre caballeros,

las condiciones son las que lo hacen todo. Así pues, jugaremos con

entera franqueza, ¿eh?

--Queda convenido.

--Confiese V. que desearía en extremo conocer el contenido de este

oficio.

--¡Oh! Por mera curiosidad, se lo juro a V.

--¡Pardiez! Estoy convencido de ello. Pues bien, solo de V. depende el

lograrlo.

--Entonces no tardaré mucho. Veamos las condiciones de V.

--Son muy sencillas.

--Dígalas V.

--Míreme V. bien. ¿No me conoce V.?

--En verdad que no.

--Ya veo que tengo más memoria que V.

--Es muy posible.

--Yo le conozco a V.

--¿Sí?

--Sin duda alguna.

--Me habrá V. visto en alguna parte.

--Es probable. Pero esto importa muy poco: lo principal es que yo sepa

quién es V.

--¡Oh! Un simple cazador.

--Sí, y un amigo íntimo del Jaguar.

--¡Cómo! exclamó el cazador estremeciéndose de sorpresa.

--No se asuste V. por tan poco: respóndame tan solo si es verdad o no.

--Es verdad. De V. para mí no sé por qué habría de negarlo.

--Haría V. muy mal. ¿Dónde está el Jaguar en este momento?

--No lo sé.

--Es decir, no quiere V. revelármelo.

--Justamente.

--Bien; pero, si yo lo desease, ¿podría V. conducirme a su presencia?

--No veo en ello inconveniente alguno, si el asunto merece la pena.

--¿No he dicho ya que se trata de algunos millones?

--Sí por cierto, pero no me lo ha probado usted.

--¿Y esa prueba es la que V. exige?

--Nada más.

--Eso es bastante difícil.

--No por cierto.

--¿Cómo así?

--¡Pardiez! Yo soy buen compañero, y solo quiero poner a cubierto mi

responsabilidad: enséñeme V. el oficio y con eso me contento.

--¿Y quedará V. satisfecho?

--Con tanto más motivo cuanto que conozco la letra del general.

--¡Oh! Entonces está muy bien.

Y sacando el dragón de su pecho un ancho pliego, se lo enseñó al

americano, aunque sin soltarlo, y le dijo:

--Mire V.

John lo examinó atentamente durante algunos minutos.

--Es realmente la letra del general, ¿verdad? repuso el soldado.

--Sí.

--¿Consiente V. ahora en conducirme a donde se halle el Jaguar?

--Cuando V. quiera.

--Entonces al momento.

--Corriente, al momento.

Los dos hombres se levantaron a un tiempo, pusieron los frenos a sus

caballos, montaron y abandonaron a galope el sitio que, durante algunas

horas, les había ofrecido tan grata sombra.

XXIX.

EL TRATO.

Los dos aventureros caminaban alegremente al lado uno de otro,

charlando acerca de la lluvia y el buen tiempo, dándose mutuamente

malicias del desierto, es decir, de las cacerías y de las escaramuzas

con los indios, y hablando de los sucesos políticos que, desde hacía

algunos meses, habían adquirido cierta gravedad y una importancia

peligrosa para el gobierno mejicano.

Pero mientras charlaban así sin tino, dirigiéndose mutuamente preguntas

cuyas respuestas no se tomaban el trabajo de escuchar, su conversación

no tenía más objeto que el de ocultar la secreta preocupación que les

agitaba.

En su discusión precedente cada uno de ellos había querido andar con

astuciosas tretas, procurando arrancarse mutuamente sus secretos, el

cazador maniobrando para inducir al soldado a cometer una traición, y

éste deseando más que nada venderse y obrar en tal concepto. De esta

lucha de astucia resultó que los dos se encontraron de igual fuerza, y

que cada cual obtuvo el resultado que ambicionaba.

Pero, para ellos, la cuestión no estribaba precisamente en esto: como

sucede con todos los caracteres viciados, el buen éxito, en vez de

satisfacerles, suscitó en su mente una multitud de sospechas. John

Davis se preguntaba a sí mismo qué causa habría inducido al dragón a

hacer traición tan fácilmente a los suyos sin estipular desde luego

ventajas importantes para sí, porque en América todo se cotiza y la

infamia, sobre todo, produce mucho.

El dragón, por su parte, juzgaba que el cazador había creído con

sobrada facilidad sus palabras, y no obstante los modales afectuosos de

su compañero, cuanto más se acercaba al campamento de los merodeadores

de fronteras, más se aumentaba su malestar, porque comenzaba a

temer que había ido a dar de cabeza en un lazo y que se había fiado

con sobrada imprudencia de un hombre cuya fama estaba muy lejos de

tranquilizarle.

He ahí la disposición de ánimo en que los dos aventureros se hallaban

el uno respecto del otro una hora escasamente después de haber

abandonado el sitio en que se encontraron de un modo tan fortuito.

Sin embargo, cada cual ocultaba con el mayor cuidado sus recelos en

el fondo de su corazón; nada dejaban traslucir exteriormente. Por el

contrario, aumentaban su cortesía y su urbanidad el uno para con el

otro, tratándose más bien como hermanos queridos y gozosos por volver

a verse después de una ausencia prolongada, que como hombres que dos

horas antes se habían hablado por primera vez.

Hacía próximamente una hora que se había puesto el sol, y la noche

cerraba por completo cuando llegaron a poca distancia del campamento

del Jaguar, cuyas hogueras brillaban en medio de la oscuridad,

reflejándose con efectos de luz a cual más fantásticos sobre los

objetos inmediatos, y dando al paisaje agreste de la pradera un

carácter de salvaje majestad.

--Ya hemos llegado, dijo el cazador parando su caballo y volviéndose

hacia su compañero; nadie nos ha visto: todavía puede V. retroceder sin

temor de que nadie le persiga. ¿Qué decide usted?

--¡Canario! Compañero, respondió el soldado encogiéndose levemente de

hombros con expresión desdeñosa, no he venido hasta aquí para volverme

atrás desde la entrada del campamento. Permítame V. que le diga con el

debido respeto que su observación me parece cuando menos singular.

--Era deber mío hacérsela a V.: ¿quién sabe si mañana se arrepentirá V.

del paso aventurado que hoy Va a dar?

--Es muy posible; pero ¿qué quiere V.? Correré ese riesgo: mi

determinación está adoptada y es invariable. Así pues, sigamos adelante

en nombre de Dios.

--Como V. guste. Antes de un cuarto de hora estará V. en presencia del

hombre a quien desea ver; se explicará con él, y habré cumplido mi

cometido.

--Y solo me restará dar a V. infinitas gracias, dijo el soldado

interrumpiéndole con viveza. Pero no permanezcamos aquí más tiempo, que

podemos llamar la atención y convertirnos en blanco de alguna bala, lo

cual confieso a V. que me agradaría muy poco.

El cazador, sin responder, hizo sentir la espuela a su caballo, y

continuaron avanzando.

Al cabo de algunos instantes se encontraron en el círculo de luz

proyectado por la llama de las hogueras; casi en seguida se oyó el

ruido que se produce al amartillar un rifle, y una voz brusca les gritó

que se detuviesen al momento.

La intimación, a pesar de no ser del todo cortés, era, sin embargo, muy

perentoria, y los dos aventureros juzgaron prudente obedecerla.

Entonces salieron de los atrincheramientos varios hombres armados, y

uno de ellos, dirigiéndose a los dos forasteros, les preguntó, quiénes

eran y qué buscaban a una hora tan inoportuna.

--Somos amigos, respondió el cazador, y queremos entrar cuanto antes.

--Todo eso está muy bien, repuso el otro; pero si no dicen VV. sus

nombres, no entrarán tan pronto, y mucho más cuando uno de VV. viste un

uniforme que no está muy bien mirado entre nosotros.

--Está bien, Ruperto, respondió el americano; soy John Davis, y creo

que ya me conoce V. Así pues, franquéeme V. el paso sin más tardanza, y

yo respondo del señor, quien tiene que comunicar al jefe un asunto de

la mayor importancia.

--Sea V. muy bienvenido, John, y no se enfade: ya sabe V. que la

prudencia es la madre de la seguridad.

--Sí, sí, dijo el americano riendo, V. nunca se compromete por obrar de

ligero, compadre.

Entraron en el campamento sin encontrar más obstáculo.

La mayor parte de los merodeadores de fronteras dormían tendidos en

torno de las hogueras; únicamente unos cuantos centinelas vigilantes,

colocados en los límites del campamento, velaban por la común seguridad.

John Davis echó pie a tierra, invitando a su compañero a que le

imitase; luego, haciéndole una seña para que le siguiese, se adelantó

hacia una tienda de campaña, al través de cuya lona se veía brillar una

luz débil y temblorosa.

Cuando el cazador hubo llegado a la entrada de la tienda, se paró, y

después de dar dos palmadas, preguntó con voz contenida:

--¿Duerme V., Jaguar?

--¿Es V., John Davis, mi buen compañero? preguntaron en seguida desde

adentro.

--Sí Señor.

--Entonces entre V., que le aguardo con impaciencia.

El americano levantó la cortina que cubría la entrada y penetró en la

tienda; el soldado se deslizó detrás de él, y la cortina volvió a caer.

El Jaguar, sentado sobre un cráneo de bisonte, hojeaba una

correspondencia voluminosa a la luz de un candil; en un rincón de la

tienda se veían extendidas dos o tres pieles de oso, que sin duda

estaban destinadas a servirle de lecho. Al ver a los que llegaban, el

joven dobló sus papeles y los metió en una cajita de hierro cuya llave

se guardó en el pecho; en seguida levantó la cabeza y fijó una mirada

inquieta en el dragón.

--¿Qué es eso, John? dijo: ¿nos trae V. prisioneros?

--No, respondió el cazador; este soldado deseaba a toda costa ver a

V. por ciertas razones que él mismo explicará, y he creído que debía

complacerle.

--Bien, dentro de un momento nos entenderemos con él. Y V., ¿qué ha

hecho?

--Lo que V. me había encargado.

--Según eso, ¿ha alcanzado V. un completo buen éxito?

--Completo.

--¡Bravo! Amigo mío. Cuénteme V. eso.

--¿Para qué dar ahora pormenores? respondió el americano señalando con

una ojeada al dragón que permanecía inmóvil e impasible a pocos pasos

de distancia.

El Jaguar lo comprendió y dijo:

--Es cierto. Veamos ahora qué viene a ser este hombre.

Y dirigiéndose al soldado, añadió:

--Acérquese V., amigo.

--A la orden de V., mi Capitán.

--¿Cómo se llama V.?

--Gregorio Felpa. Soy dragón, como puede usted verlo por mi uniforme.

--¿Por qué motivo deseaba V. verme?

--Por el deseo de prestar a V. un servicio importante.

--Doy a V. gracias; pero, por lo general, los servicios cuestan

sumamente caros, y yo no soy rico.

--Llegará V. a serlo.

--Así lo deseo. Veamos, ¿cuál es ese gran servicio que intenta V.

prestarme?

--Voy a explicarme en pocas palabras. Toda cuestión política presenta

dos aspectos: esto depende del punto de vista bajo el cual se la

considere. Yo soy nacido en Tejas, e hijo de un norteamericano y de una

india, lo cual equivale a decir que aborrezco con toda mi alma a los

mejicanos.

--Al grano, al grano.

--A eso voy. Siendo soldado, aunque contra toda mi voluntad, el general

Rubio me ha encargado que lleve al capitán Melendez un despacho en el

cual le cita para un sitio en que debe reunirse con él a fin de evitar

el Río Seco, en donde dicen que tiene V. intención de emboscarse para

apoderarse de la conducta de plata.

--¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar, quien escuchaba ya con suma atención;

pero ¿cómo conoce V. el contenido de ese despacho?

--De una manera muy sencilla. El general tiene en mí la mayor confianza

y me ha leído el despacho, porque a mí es a quien ha encargado que

sirva de guía al capitán Melendez para dirigirse al sitio de la cita.

--Según eso, ¿hace V. traición a su jefe?

--¿Es ese el nombre que da V. a mi acción?

--Hablo colocándome en el lugar del general.

--¿Y colocándose V. en el suyo?

--Cuando hayamos arreglado el asunto, se la diré a V.

--Bueno, respondió el dragón con tono indiferente.

--¿Tiene V. ahí ese despacho?

--Aquí está.

El Jaguar lo cogió, lo examinó atentamente dándole algunas vueltas, e

hizo el ademán de abrirlo.

--¡Deténgase V.! exclamó el soldado con viveza.

--¿Por qué?

--Porque si le abre V., ya no podré entregársele a la persona a quien

está destinado.

--¿Cómo dice V. eso?

--No me entiende V., replicó el soldado con una impaciencia mal

disimulada.

--Así lo creo, respondió el Jaguar.

--Solo le pido a V. que me escuche durante cinco minutos.

--Hable V.

--El punto en que el general cita al capitán Melendez es la laguna del

Venado. Antes de llegar a ese sitio hay un desfiladero bastante angosto

y muy fragoso.

--Le conozco, es el desfiladero del Palo Muerto.

--Bueno. Se emboscará V. en él, a la derecha y a la izquierda, entre

los matorrales, y cuando pase el convoy, le atacará V. por todos los

lados a la vez. Es imposible que se escape, si, como supongo, adopta V.

bien sus disposiciones.

--Sí, el sitio es muy favorable para un golpe de mano; pero ¿quién me

responde de que el convoy pasará por ese desfiladero y no por el del

Río Seco?

--Yo.

--¿Cómo V.?

--Sí por cierto, puesto que yo he de servir de guía.

--Ahora sí que ya no nos entendemos.

--Al contrario, nos entendemos muy bien. Voy a separarme de V.; iré

a reunirme con el capitán a quien entregaré el despacho del general;

que quiera que no, se verá obligado a tomarme por guía y le llevaré a

poder de V., con la misma seguridad con que se conduce a un novillo al

matadero.

El Jaguar dirigió al soldado una mirada que parecía que quería penetrar

hasta lo más profundo de su corazón.

--Es V. un mozo muy atrevido, le dijo por fin; pero, en concepto mío,

arregla V. demasiado bien las cosas a su antojo. Yo no le conozco a

V.: ésta es la primera vez que le veo y (perdóneme que le hable con

tanta franqueza) es para fraguar una traición. ¿Quién me responde

de la fidelidad de V.? Si soy bastante necio para dejarle marchar

tranquilamente, ¿quién me asegura que no se volverá contra mí?

--Mi propio interés ante todo: si merced a mi auxilio se apodera V. del

convoy, me pagará quinientas onzas de oro.

--No es demasiado caro. Sin embargo, permítame V. que le haga todavía

otra observación.

--Hágala V.

--Nada me prueba que no le hayan prometido a V. el doble por apoderarse

de mí.

--¡Oh! ¡No! dijo el soldado con energía.

--¡Cáspita! Oiga V., cosas más singulares se han visto, y por poco que

valga mi cabeza, confieso a V. mi debilidad de tenerla mucho apego. Así

pues, le advierto que si no tiene mejores garantías que darme, queda

deshecho el negocio.

--¡Sería lástima!

--Ya lo sé; pero la culpa es de V. y no mía. Debía V. haber adoptado

mejor sus medidas antes de venir a buscarme.

--¿Con que nada podrá convencerle a V. de mi buena fe?

--Nada.

--Veamos, es preciso concluir, exclamó el soldado con impaciencia.

--Eso es lo que más deseo.

--¿Queda bien convenido entre nosotros que me dará V. quinientas onzas

de oro?

--Sí, si por mediación de V. me apodero de la conducta de plata.

--Desde luego.

--Pues se las prometo a V.

--Basta; sé que nunca falta V. a su palabra.

Entonces se desabrochó el uniforme, cogió una bolsita colgada de

su cuello con una cadena de acero, y se la presentó al cabecilla

diciéndole:

--¿Conoce V. esto?

--Sí por cierto, respondió el Jaguar santiguándose devotamente, es una

reliquia.

--Bendecida por el Papa, como lo prueba este certificado.

--Es cierto.

El dragón se quitó la reliquia y la puso en manos del Jaguar; luego,

cruzando el pulgar de la mano derecha con el de la izquierda, dijo con

voz firme y acentuada:

--Yo, Gregorio Felpa, juro sobre esta reliquia cumplir fielmente todas

las cláusulas del trato que acabo de estipular con el noble capitán

denominado el Jaguar: si falto a mi juramento, renuncio desde hoy y

para siempre a la parte que espero tener en el paraíso, y me consagro a

las llamas eternas del infierno. Ahora, añadió, guarde V. esa reliquia

preciosa; a mi regreso me la devolverá.

El capitán, sin contestar, se la colgó inmediatamente al cuello.

¡Contradicción singular del corazón humano! ¡Anomalía inexplicable!

Esos hombres, esos indios, paganos en su mayor parte no obstante

el bautismo que han recibido, y que a pesar de fingir que observan

ostensiblemente las reglas de nuestra religión, practican en secreto

los ritos de su culto, tienen viva fe en las reliquias y los amuletos;

todos llevan alguna al cuello en una bolsita, y esos hombres disolutos

y perversos, para quienes nada hay sagrado, que se ríen de los

sentimientos más nobles, y cuya vida entera trascurre imaginando

picardías y maquinando traiciones, profesan tan profundo respeto a

aquellas reliquias, que no hay ejemplo alguno de que un juramento

prestado sobre una de ellas haya sido falseado nunca.

Explique quien quiera este hecho extraordinario: en cuanto a nosotros,

nos limitamos a consignarle.

Ante el juramento prestado por el dragón, las sospechas del Jaguar se

desvanecieron inmediatamente para ser sustituidas por la confianza más

completa.

La conversación perdió el tono ceremonioso que hasta entonces había

tenido; el soldado se sentó sobre un cráneo de bisonte, y los tres

hombres, puestos ya de acuerdo, discutieron en la mejor armonía los

medios más oportunos que debían emplearse para no sufrir un descalabro.

Los Merodeadores de Fronteras · 第 19 / 20 段