D(is) M(anibus) Aureliæ Bouti(æ) Flacci Attesuclo f(ilia) an(norum) XXX

h(ic) s(ita) e(st). (Flacc)us pa(ter) h(oc) m(onumentum) f(aciendum)

c(uravit).

(A los manes de Aurelia Boucia, hija de Flaco Atesuelo, de treinta años

de edad. Aquí yace. Su padre Flaco cuidó de que se le hiciese este

sepulcro.)

Tales son las reliquias que Álava conserva de la dominación romana en el

Museo que tan diligentemente ha formado el Sr. Baráibar. Ni en nuestras

excursiones por casi todo el territorio, ni en las detenidas pesquisas

que a través de una extensa bibliografía llevamos hechas, nos fué

posible encontrar más. Después de todo, esta misma escasez de monumentos

romanos viene a corroborar los autorizados juicios del señor Amador de

los Ríos sobre que los romanos «no pudieron dejar claras e inequívocas

reliquias de su grandeza allí donde no les fué posible asentar su planta

vencedora ni hacer su dominación respetable y duradera», y a justificar

en cierto modo la observación de Tito Livio, que nos sirvió de

orientación y lema.

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CAPÍTULO IV

MONUMENTOS DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA

Así, pues, del siglo IV al XI se efectuó en todo el mundo antiguo

un trabajo enorme, doloroso, pródigo en vidas de hombres y de

Imperios, pero que realizó algo tan firme, que todavía dura y

parece destinado a permanecer.

(ALFREDO RAMBAUD Y ERNESTO LAVISSE.--_Historia Universal, Los

orígenes._)

[Illustration: E]l paso de las nuevas civilizaciones visigoda y árabe

por el territorio alavés fué, como había sido el de la romana, casi

exclusivamente militar.

La invasión de las huestes godas sorprende a los vascos en momentos de

crisis honda, cuando aun convalecientes de sus duras batallas con los

romanos, no habían tenido tiempo de constituirse y de organizarse.

Al comenzar el siglo V, aun subsiste el régimen embrionario del

patriarcado y de la tribu. Vascófilos tan eminentes como D. Ladislao de

Velasco, D. Miguel Rodríguez Ferrer y D. M. de Larramendi, interrogaron

vanamente a la esfinge histórica. Ni el monumento ni el archivo han

podido suministrar aquellos elementos categóricos equivalen a la

afirmación.

¿Cómo se gobernaban estos pueblos? ¿Quién los regía? ¿Cuáles eran su

religión, sus costumbres, su agricultura y sus ejércitos? Ante el

silencio de la Historia, la Leyenda, menos prudente o más efusiva, nos

habla de los primitivos señores vascos, de solar y fuero, que rigen

pueblos de vasallos labradores, se ocupan en la caza, guerrean con

señores fronterizos y hasta reciben embajadas de los jefes galos.

Las hordas de Alarico, al franquear las gargantas del Pirineo, tal vez

oyeron ya los sones de aquella trompa épica que había de sonar luego en

Roncesvalles. El señor de Altabiscar, héroe de un poema, es acaso

también el símbolo de una época de la Historia.

Sea como fuere, la investigación tiene que consignar su esfuerzo inútil.

La civilización goda no deja en Álava más rastro que la llamada

fortaleza de Victorica, construída por Leovigildo--según cree el señor

Pirala en el tomo correspondiente de _España; sus monumentos y artes, su

naturaleza é historia_,--y algún que otro vestigio arquitectónico, de

los que, según Amador de los Ríos, han surgido «de entre las ruinas de

ciertas construcciones románicas, inequívocos, aunque ya débiles

reflejos, del arte latino-bizantino».

Otro tanto cabe decir de la dominación árabe. En las crónicas del

Tuldense, del obispo D. Sebastián, del monje de Albelda y del arzobispo

D. Rodrigo, que son, como se sabe, asilos ingenuos y zonas neutras en

donde se entrevistan la Leyenda y la Historia, no hay una sola página

que registre un solo monumento árabe en la región.

El testimonio del arzobispo D. Rodrigo es tan rotundo como categórico:

«Los sarracenos--dice el Prelado--se apoderaron de toda España, menos de

algunas pocas reliquias que se conservaron en las montañas de Asturias,

Vizcaya, Álava, Guipúzcoa, Roconia y Aragón.»

A lo largo de cancioneros y de cronicones, vemos cómo Alfonso III,

perseguido por los árabes, se refugia en Álava.

Las guerras fronterizas de castellanos y navarros sobresalen, dividen y

perturban a los vascuences. Sanchos y Alfonsos se alían o guerrean con

los señores de Álava, que unas veces son de unos y otras de otros. Las

villas y lugares alaveses se incorporan o se desmembran, según los

pactos o las declaraciones de guerra de cada año y aun de cada mes. La

región, por el fatalismo topográfico y por la independencia de sus

moradores, no descansa de su avatar bélico. La agricultura, la caza, la

pesca, el pastoreo, el tráfico industrial y comercial, la explotación de

bosques y minas, todos los dones próvidos que desfilan por las escenas

de _La Paz_, en Aristófanes, han desaparecido de Álava. Durante un siglo

y otro siglo, la comarca es como una clínica de enfermedades de la

guerra...

¿Qué artes se podrían desarrollar allí donde las trompas y atambores, el

relinchar de los caballos y el recio estruendo del chocar de armas y

escudos no cesaban ni un día su rumor?

El Islam amenaza la independencia de toda la Península; el Califato

cordobés crece y se ensancha, como un río desbordado; la inundación que

viene de Andalucía, sube con Almanzor hasta las márgenes del Duero...

Por valles y montañas, huestes de León y de Castilla, poseídas del

espanto de la derrota, irrumpen en el territorio vasco, rotas las mallas

y destrozadas las lorigas, pidiendo asilo y hermandad.

«Desde aquel instante--anota con su buen sentido proverbial el Sr.

Amador de los Ríos,--hermanados con los naturales en la empresa de

rechazar el yugo del enemigo común, por un mismo sentimiento y una misma

esperanza, quedaba establecida entre castellanos, navarros y vascuences

una alianza tanto más sincera y durable cuanto mayores iban a ser los

obstáculos que el poderío árabe opusiera al triunfo de aquella generosa

esperanza y de aquel nobilísimo sentimiento.

»Ruda, terrible y cada día mayor era la lucha trabada entre el creciente

imperio mahometano y las despedazadas reliquias del visigodo; frecuentes

y desoladoras las invasiones sarracenas que partiendo del suelo andaluz,

arrojaban una y otra vez sobre los valles vascongados el removido

oleaje de la conturbada población cristiana; más grande, más insistente

y abrumador el peligro que a todos amenazaba y afligía, y no menores,

por tanto, la mutua lealtad y confianza que de todos solicitaban la

salvación y defensa de aquellos baluartes que les había brindado la

Naturaleza.

»Recogíanse, merced a este rudo golpear del Califato andaluz, los

antiguos moradores del suelo vasco, en lo más cerrado de sus asperezas;

tomaban asiento los hijos de la España central en los valles y llanuras

más cercanos a las regiones centrales donde nacieron, no sin que

penetraran a veces en el centro mismo del territorio, y poníanse todos

bajo la bandera de la independencia arbolada por los Reyes de Asturias,

animados sin tregua unos y otros por el heroico anhelo de redimirse y de

redimir a la patria de la servidumbre islamita.

»Esto nos dice la Historia y esto nos revelan también, con viva aunque

muda elocuencia, los monumentos arquitectónicos.

»Puéblanse desde entonces las montañas del pueblo vasco de ermitas,

pobres, agrestes, desprovistas de ornato y de reducidas dimensiones; sus

valles ostentan en cambio gallardas basílicas, enriquecidas con todas

las galas de un arte que había realizado o realizaba aún las más

preciadas conquistas en otras comarcas.»

¿Por qué fases había pasado el espíritu religioso de Álava antes de que

su conversión al cristianismo le llevase a elevar estas ermitas y

basílicas cristianas?

«Difícil es--nos dice el Sr. Carreras y Candi en su _Obispado y fueros

de Álava_--el estudio y conocimiento de la religión que profesaban los

íberos o cúskaros, aborígenes.

»Difícil es seguir la evolución religiosa de los antiguos tiempos cuando

falta toda fuente histórica. Dentro del terreno de la hipótesis es

creíble que, tanto el paganismo romano como el cristianismo, se

introducirían por Álava de las provincias vascongadas.

»De los primitivos siglos cristianos no ha quedado ni en Álava ni en

territorio vasco, un solo monumento que pueda decirnos en qué época se

introdujeron allí las doctrinas de Jesucristo.»

Por su parte, el P. Enrique Flórez, en su _España sagrada_, habla de que

en la división de Constantino, al tratar de los cinco metropolitanos de

España, se incluyen obispados en esta región.

Don Ladislao de Velasco, en _Los Eúskaros_, refiriéndose al santo más

antiguo de Álava, San Prudencio, dice que «unos le hacen figurar en el

siglo III, otros en el IV y así sucesivamente hasta el siglo XII».

A pesar de esta incertidumbre, acaso no sería descaminado el asentar que

el primitivo rito vasco fué el rito celta, el cual duró hasta la venida

a España de Santiago apóstol. Discípulos de Santiago tal vez fueron

iniciadores de los primeros cultos y tal vez la primera generación

cristiana alzó en Álava, como en otras partes, el primer testimonio de

su ardor neófito: los calvarios. Los panoramas, tan propicios para

representar el Monte de las Calaveras; la abundancia de árboles, tan

próvida para suministrar las cruces; el contraste de aquella raza

belicosa, ruda y feroz, con la divina suavidad evangélica del Sermón de

la Montaña.

Española, porque en su unión con castellanos y navarros había echado

frente al moro los cimientos de la Reconquista, que inició Asturias;

cristiana, porque Santiago o sus discípulos labró o labraron su alma

ingenua con los cinceles catequistas; al comenzar el siglo VIII comienza

Álava a incorporarse a la cultura de su tiempo.

«Testigos del primer movimiento de la cultura eúskara en las vías de

civilización propiamente española--escribe Amador de los Ríos--habían

sido las construcciones románicas, de entre cuyas ruinas hemos visto

brotar inequívocos, aunque ya débiles reflejos, del arte latino

bizantino.

»Intérpretes de aquella más amplia y duradera alianza debían ser, y lo

fueron realmente por tres centurias, los monumentos del estilo ojival,

que se levantaban a la sazón con el imperio de las artes y que

empezaban a enaltecer las antiguas ciudades de la Iberia central, con

maravillas tales como las iglesias metropolitanas de Burgos y Toledo.

»Y, cosa muy digna en verdad de tenerse en cuenta, tratándose de las

artes españolas, mientras en el transcurso de las tres indicadas

centurias impone el arte ojival, en sus distintos desarrollos, su no

dudoso sello, su fórmula, así a las construcciones religiosas como a las

civiles y militares que se alzan en el estado vascongado, ni en uno solo

de aquellos templos, castillos y casas señoriales, por más que apunte

alguna vez en las últimas, domina la influencia del estilo mudéjar, que,

arraigando en Toledo, Zaragoza, Córdoba, Valencia y Sevilla, se

generalizaba en toda España, con tal eficacia y predominio, que

constituía una verdadera manifestación de arte, trascendiendo a todas

las esferas de la industria.

»No existen, en efecto, en las ciudades, villas, pueblos y anteiglesias

de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, templos como la iglesia parroquial de

Santiago, en Toledo, o la basílica de la Seo, en Zaragoza; fortalezas y

torres como las de Cervantes, San Román y Santo Tomé, en la ciudad de

Wamba, o las de Santa Catalina, San Marcos, San Miguel y San Nicolás, en

Córdoba; alcázares como el de D. Pedro I, en Sevilla; el de los Ayala,

en Toledo; el de los Mendoza, en Guadalajara, o el de Segovia, en que

pareció apurar sus riquezas aquel maravilloso estilo arquitectónico.

»En cambio pueden reconocerse sin fatiga en las tres provincias hermanas

los pasos del arte ojival, mal llamado gótico, en no escasas

construcciones y monumentos secundarios, pertenecientes a sus tres

principales edades, no sin que preponderen los que representan el

crecimiento de la monarquía española bajo el glorioso cetro de los Reyes

Católicos.

»Ni es de desdeñar, en orden a los monumentos ojivales del territorio

vasco, el que, así como los de las regiones colindantes de Aragón y

Castilla se hermanan estrechamente con los erigidos en estas comarcas,

pronúnciase, sobre todo en los que visiblemente pertenecen al último

período y existen en la zona más inmediata al Pirineo, cierta influencia

ultramontana, merecedora, en verdad, de atento estudio.

»Algo de esto nos dicen también las construcciones del Renacimiento, no

faltándonos, por cierto, respecto de algunas, el testimonio histórico

que acredite y esclarezca esta enseñanza, deducida inmediatamente de las

observaciones arqueológicas.

»Pero el conjunto general de aquellas fábricas arquitectónicas, aun en

lo que tienen de derivado de ciertas reacciones operadas en las esferas

del gusto, en días más cercanos a los nuestros se consocia y aun hermana

con el aspecto universal de las varias manifestaciones artísticas que la

España central ofrece en los mismos períodos; y en esta relación

trascendental no es dudoso que si la proximidad de Francia, pueblo de no

insignificante iniciativa en todas las esferas de la actividad humana,

influye alguna vez en el proceso de la cultura vascongada, refléjase en

ella más viva y directamente y con más constante perseverancia la idea

de la civilización propiamente española.»

En la historia monumental y artística de Álava no existen, por lo tanto,

en maneras bien definidas, puras y _per se_, las huellas visigodas del

arte latino-bizantino, ni tampoco las huellas árabes del mudéjar. Si

algún vestigio del latino-bizantino aparece en ciertos relieves del

pórtico de Armentia, aparece mezclado y domeñado por el románico

español. Si algún labrado mudéjar se distingue en ciertas casas

señoriales de Vitoria, se distingue con gran trabajo entre las

floraciones ojivales del edificio. Ni el árabe, ni el godo han logrado

más que el romano. A las tres civilizaciones opuso Álava igualmente su

independencia montaraz. De ninguna de las tres guarda más que reliquias

transportables, como aquellas «piedras viajeras» de que habla Plinio el

viejo.

A cuatro épocas arqueológicas reducimos la historia de Álava: la ÉPOCA

ROMÁNICA, que, según el Sr. Apraiz, podríamos llamar «indígena»; la

ÉPOCA OJIVAL, que al decir de Amador de los Ríos, «por carecer de un

templo de primer orden, careció del primer elemento educador y dejó en

bárbara libertad a los retocadores, reconstructores y profanadores»; la

ÉPOCA DEL RENACIMIENTO, donde junto a los templos y colegiatas aparecen

ya, decorados y exornados con las galas maravillosas del plateresco,

ciertos palacios señoriales, y la ÉPOCA MODERNA, que aun cuando

bastardeada por la servidumbre a que la utilidad ha sometido a la

belleza, se purifica de estas culpas de leso arte con la grandiosa

Catedral nueva de Vitoria, en construcción tan avanzada ya, que al cabo

de unos pocos años alzará sus agujas y rosetones ojivales, maravillando

a España y al mundo.

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ÉPOCA ROMÁNICA

Ya hemos testimoniado con la autoridad erudita del Sr. Carreras Candi la

carencia de fuentes históricas en todo cuanto se refiere a la cronología

de los primeros siglos cristianos de Álava.

«No podemos aceptar--dice--como afirmación histórica, que se viene

copiando por la mayor parte de los autores, la de que en el siglo VIII

huyeron los hispanogodos de la dominación sarracena refugiándose en

territorio alavés. Como no hubo persecución religiosa al ocurrir la

invasión árabe, ha de rechazarse la existencia de tales fugitivos.

»Con respecto a los primeros establecimientos cristianos--añade--daremos

los siguientes datos:

»En el año 804 se estableció en Añes el Monasterio de SAN VICENTE DE

ANNIES, que posteriormente se sumó con el de San Millán.

»A mediados del siglo X fundóse el monasterio de Santa María de

Estíbaliz.

»En el siglo XII, sin que se conozca con certeza la fecha de su

fundación, ya existían los monasterios de San Clemente y Santa Cecilia

de Obaldia, en Madaria; en Apérregui, el de Santa María de Barica; en

Zuazo, el de San Miguel; en Zuya, el de Santa María de Oro; en Gurendes,

el de San Víctor y San Salvador; en Mañarrieta, el de Santa Gadea; el de

Santo Tomé, en Rivabellosa; el de Yula, de Salvatierra, y los de

Albéniz, Lasarte, San Román y las abadías de San Andrés de Bolívar y

Santa Pía de Cicujano...»

Un prestigio arqueológico, D. Ángel Apraiz, que ha estudiado

prolijamente la cuestión, como historiador y como arqueólogo, nos dice

en el interesantísimo trabajo «El románico en Álava», publicado el 30 de

agosto de 1911 en la revista de San Sebastián _Euskal-Erria_:

«Existe un arte alavés. Por todos los montes y valles de nuestra tierra

se encuentran esparcidos restos de una arquitectura, religiosa en su

casi totalidad, que con las tradiciones a ella unidas y la significación

de sus monumentos, puede constituir, ante una mirada inteligente y

amorosa, la completa resurrección de un glorioso pasado.

»Forma tal arte, producido en los siglos XII y XIII, hermosa ejecutoria

de la nobleza de este pueblo, del cual certifica en tan remotas fechas

la vigorosa fe y la cultura que se extendía a los más apartados rincones

de este suelo.»

Como se ve, entre la afirmación del Sr. Carreras Candi, que habla de

Armentia, como existente ya en el siglo X, y la del Sr. Apraiz, que fija

las producciones románicas alavesas en los siglos XII y XIII, surge, a

primera vista, el abismo de dos siglos.

Sin embargo, para quien ahonde en la cuestión, tal vez haya una

explicación satisfactoria. En las iglesias y basílicas románicas más

antiguas se han registrado, como observa el Sr. Amador de los Ríos,

«vestigios indudables, aunque ya débiles reflejos, del arte

latino-bizantino», anterior en dos y tres siglos al románico.

¿Quién dice que la basílica de Armentia, por ejemplo, no sea, al

construirse en el siglo X, un arte latino-bizantino, ya adulterado por

las primeras manifestaciones prerrománicas? ¿Quién, en cambio, puede

negar que iglesias como las de Tuesta y Leorza, son románicas aun cuando

en ellas aparezca el arte ojival?

Sabido es que el románico, estilo de una civilización incierta, arte de

transición, como la época que lo engendra, tiene diversas

manifestaciones que hemos de detallar oportunamente. Ahora sólo nos

toca, en sus apreciaciones generales, señalar el contraste entre la

afirmación del Sr. Apraiz, al asegurar «que existe un arte alavés» y las

diversas fórmulas románicas que por tan vario modo acusan la carencia de

esta su pretendida uniformidad. Entre la basílica de Armentia (siglo X)

y la de Estíbaliz (siglo XII) el estilo románico pasa de una niñez

ingenua, ruda y lóbrega, a una florida y gallardísima juventud.

Invocando la autoridad que en cuestiones históricas y arqueológicas

reconoce el mundo erudito a los Sres. D. Federico Baráibar, D. Jaime

Verástegui y al padre jesuíta Indalecio Llera, el citado Sr. Apraiz

realizó un trabajo utilísimo, «en el que se describen y registran con

exposición de croquis, medidas y relaciones con otros monumentos,

discutiendo los problemas que plantea el románico, unas setenta muestras

de ese arte que por toda nuestra tierra se extiende con variedades que

lo llenan de encanto y de vida».

Ese trabajo, que el Sr. Apraiz remitió a un certamen, está inédito. Pero

el autor, amablemente, nos ha suministrado un índice, en el interesante

estudio, ya citado, «El románico en Álava», que apareció en la revista

_Euskal-Erria_. Además, las bondades del Sr. Baráibar nos permiten

incluir entre nuestras fotografías, las 70 a que se refiere el señor

Apraiz y muchas más, que personalmente obtuvimos en nuestras excursiones

por la provincia, unas y otras de monumentos románicos, que son, como se

sabe, los más numerosos en Álava, y, por tanto, en nuestro Catálogo

provincial.

«En el arte románico alavés--escribe el Sr. Apraiz,--entre la vieja

basílica de Armentia (que no lo es tanto como se ha pretendido) y la de

Estíbaliz, cuya terminación debe pertenecer al siglo XIII, se nos

muestran con su ingenuidad de obras primitivas, entre otras, la actual

ermita de San Martín de Avendaño, que evoca una leyenda de venganzas

como la de los héroes griegos, y cuyo sistema constructivo al estilo de

la llamada Escuela Provenzal, es muy curioso; la ermita de San Juan de

El Burgo, y el ábside de la parroquia de Trocóniz, hoy muy transformada;

el Cristo de Labastida, cuya masa teñida de siena por el sol de la

Rioja, se destaca sobre una colina escarpada, recordando el nombre

militar de la villa; la iglesia de Ezquerecocha; la de Hueto de Arriba,

con su pila bautismal llena de preciosos relieves de época no muy

anterior a la que ese templo representa; la de Nanclares de la Oca y la

que fué parroquia de Urrialdo, envuelta con las tradiciones del

basilisco, en un muy adecuado ambiente.

»Próxima a Estíbaliz se alza la iglesia de Argandoña que, al igual de

otras abajo mencionadas, ostenta detalles idénticos a los de aquella

fábrica, privándola de cierta singularidad que en ella se ha pretendido

ver.

»En la misma escuela podemos agrupar la bella ermita de San Juan de

Marquínez. Y contemporáneas suyas deben de ser las ermitas de San Martín

y Santa María de Maestu, que con la parroquia de Leorza forma un grupo

interesante, pues en todas las ahora citadas, como en las que vamos a

enumerar, aparece el arco ojival, demostrativo de época gótica, entre

otros caracteres genuinamente románicos o transitivos.

»Así son: las iglesias de Abechuco y Betoño; las de Lasarte con

espléndidas estatuas en una ventana; las de Miñano Menor, Olano, Añua,

Gamarra Menor y Urrúnaga; las de Durana y Otazu, con hermosas portadas,

muy semejantes entre sí; la de Arzubiaga, la de Ullívarri-Arrazua, en la

cual, sobre los arcos de su ingreso, aparece algún motivo realista; las

de Lezama, Amurrio, Unzá, Oyardo, Gújuli, Guillerna, Catadiano, Pipaón y

Heredia; la ermita de Nuestra Señora de Ayala, en Alegría, que conserva

un curioso pórtico del mismo estilo; lo mismo que las parroquias de

Erenchun y Nanclares de Gamboa; las iglesias de Gaceo, de

Ullívarri-Viña, Hueto de Abajo, Legarda, Mendiguren, Belunza, Bernedo y

Lubiano, y las aun más pobres en ornamentación de Gardelegui,

Aberásturi, Mendizábal, Gojain, Nafarrete y Elosu.

»Hay que añadir a este índice de ejemplares románicos las murallas de

Salvatierra y de Laguardia; las vírgenes de Yurre, de la Esclavitud, en

Vitoria; de Arriaga, de Ocón, de Anadoya y de Barajuen, y algunos

crucifijos y ornamentos que oportunamente describiremos por separado.»

Se ve, pues, que la gran riqueza monumental de Álava está principalmente

en sus iglesias románicas, tan numerosas como en la región donde haya

más, aunque la mayoría reconstruídas ojivalmente, y algunas de ellas,

como Armentia y Estíbaliz, por la pureza de su estilo ingenuo,

verdaderamente admirable y dignas del estudio detenido que las hemos de

consagrar.

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ÉPOCA OJIVAL

Una observación general formulada por el Sr. Amador de los Ríos, y que

hemos comprobado personalmente en nuestras excursiones investigadoras,

nos da bien definida la época ojival de Álava.

Esta observación dice que bastantes templos románicos fueron

reconstruídos y exornados, al andar del tiempo, conforme al arte

singular, gallardo y elegante de la ojiva. Muchas bóvedas y portadas

fueron sustituyendo fenestras y muros; muchas iglesias que aun guardaban

las reliquias estatuarias de su vieja construcción románica alzaron la

gallarda nave ojival. Casi todos los monumentos románicos del siglo XIII

fueron--dice el citado arqueólogo--«dolorosamente adulterados».

Catálogo Monumental de España; Provincia de Álava Inventario general de los monumentos históricos y artísticos de al nación. · 第 2 / 12 段