»La noticia del hallazgo llegó entretanto a oídos de persona

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CATÁLOGO MONUMENTAL DE ESPAÑA

PROVINCIA DE ÁLAVA

[Illustration: Catálogo monumental de España]

MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA Y BELLAS ARTES

CATÁLOGO MONUMENTAL

DE

ESPAÑA

INVENTARIO GENERAL DE LOS MONUMENTOS

HISTÓRICOS Y ARTÍSTICOS DE LA NACIÓN

PROVINCIA DE ÁLAVA

POR

CRISTÓBAL DE CASTRO

EDICIÓN OFICIAL

[Illustration]

MADRID

EST. TIPOGRÁFICO SUCESORES DE RIVADENEYRA

Paseo de San Vicente, núm. 20.

1915

Reservada la propiedad artística

y literaria.

Queda hecho el depósito que

marca la ley.

[Illustration: MAPA-CROQUIS

DE LA

PROVINCIA DE ÁLAVA

SITUACIÓN DE LOS LUGARES QUE SE CITAN EN ESTA OBRA]

PRÓLOGO

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

Campos de soledad, mustio collado,

Fueron un tiempo Itálica famosa...

(RODRIGO CARO.--_A las ruinas de Itálica_.)

Inventariar los monumentos de un país es renovar su Poesía y acrecer su

Historia. El pasado, como el espíritu, no muere, sino que, libre de las

impurezas materiales, se ennoblece y enseñorea con el escudo de armas

del recuerdo.

«Recordar--dice Eurípides--es resucitar.» La Arqueología bien puede

llamarse «ciencia de las resurrecciones»; porque un dolmen, un hacha de

silex, una columna rota, una lápida descifrada, pueden ser una teogonía,

una batalla, una raza, un pueblo puestos en pie.

De todo el patrimonio artístico, el lote más fecundo es el del recuerdo.

Porque el recuerdo de una guerra esculpe el Partenón y dicta la Ilíada;

el recuerdo de un Hombre-Dios llena el mundo de catedrales y de

oraciones; el recuerdo de una mujer escribe la _Divina Comedia_, pinta

la _Gioconda_ y compone la _Novena Sinfonía_. Porque el recuerdo, en

fin, es tan humano, que recordando vive la Humanidad, y cuando muere,

muere tan sólo para dar vida al recuerdo.

El predominio evocador se dilata por todas las naciones cultas. Paralelo

al florecimiento económico desenvuélvese, activo como él y con fiebre

investigadora más alta y más noble, el florecimiento histórico-artístico.

Los pueblos rivalizan en maquinaria y en documentación. Se diría que,

junto a las «guerras de tarifas», nacen las «guerras arqueológicas»;

que, para ennoblecer sus nuevas riquezas, cada cual busca su blasón.

De esta hidalga ansiedad moderna surge la Historia, armada de todas

armas, como Palas surgió de la cabeza de Zeus. Las ciencias y las artes

forman el «coro espléndido» de la Evocación; bibliografía, antropología,

numismática, geología, códices, palimpsestos, iconografía, arquitectura,

heráldica, toda la espesa fronda del boscaje histórico surge con

exuberancia tropical.

La paciencia del monje, la audacia del explorador, el experimento del

sabio, aportan a la Historia sus ansiedades. Y cuando en nuestros días

levantan Mommsen y Ferrero, Rambaud y Lavisse, sus admirables monumentos

de reconstrucción, la Historia no es ya un sangriento reflejo de la

Epopeya ni un mudo archivo paleográfico, sino que, abarcándolo todo con

sus ojos de Argos conmovido, convierte el estilete ingenuo de Herodoto

en la pluma polígrafa de Maspero y de Paul Guiraud.

La riqueza monumental y artística de España estaba amortizada por la

incuria, oculta por la «mano muerta» de la ignorancia o del desdén. El

Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, con noble aliento de

cultura y de modernidad, inicia esta labor desamortizadora, creando los

_Catálogos monumentales y artísticos_ de todas y cada una de las

provincias. España, en este punto de honor patrio está, pues,

incorporada a Europa.

RECORRIDO DE LA PROVINCIA. DOCUMENTACIÓN Y PLAN DEL CATÁLOGO.

La provincia de Álava es pobre de extensión, pero riquísima en poblados.

En sus 3.044 kilómetros cuadrados se asientan con la capital 85 villas y

348 aldeas, en muchas de las cuales hay algún testimonio de arqueología.

La empresa, pues, de recorrerla escrupulosamente, registrando sus

monumentos y archivos, tomando apuntes y fotografías, aconsejándonos de

sus hombres más insignes, hubo de ser tan larga como trabajosa.

Y más lo hubiera sido, al punto de rendir nuestros entusiasmos, de no

habernos favorecido tan hidalgamente, ya con libros, ya con fotografías,

ya con sus provechosas indicaciones, los señores gobernador civil, D.

Salvador Aragón, que nos guió en las excursiones a las basílicas de

Armentia y de Estíbaliz; el señor obispo de la diócesis, D. José Cadena

y Eleta, que, tras de dispensarnos su cooperación personal,

facilitándonos Memorias, planos, folletos, manuscritos y fotografías de

la grandiosa catedral en construcción, puso a disposición nuestra, por

una orden a los arciprestes, todos los archivos parroquiales del

obispado; el presidente de la Diputación, D. Federico Baráibar, quien

tras de acompañarnos con su amable y profunda ciencia de poeta y de

arqueólogo a la Diputación, al Museo provincial, a varios otros

monumentos de la provincia, nos hizo el don valioso de sus libros,

folletos, planos y apuntes, autorizándonos para reproducir la numerosa

colección de fotografías que remitiera hace años a la Real Academia de

Bellas Artes; y los arquitectos de la catedral nueva, en construcción,

D. Javier de Luque y D. Julián Apraiz, a quienes por igual debemos

gratitud, en su frecuente y reiterada cooperación a la presente obra.

Después de varios días de estancia en Vitoria, donde con tan amable y

sabia compañía, no solamente recorrimos y estudiamos sus monumentos de

más nota y valor, sino que compusimos el plan de excursión a los pueblos

y las aldeas que ostentan un prestigio de arqueología, realizamos ya

fácilmente las excursiones a Armentia, Estíbaliz, Arriaga, Eguílaz,

Maestu, Antoñana, El Ciego, La Guardia, Labastida, Zambrana, Amurrio,

Ayala, Arciniega, Lezama, Altube, Amézaga, Murguía, Ondátegui,

Villarreal, Mendíbil, Elorriaga, Matauco, Echábarri, Salvatierra,

Urabain, Vicuña, Gauna, Alegría, El Burgo y otras.

De regreso a Madrid, lozanas aún y palpitantes nuestras impresiones,

procedimos a la investigación documental en archivos y bibliotecas,

acudiendo a la autoridad y saber de los Sres. Conde de Cedillo, D.

Narciso Sentenach, D. Antonio Garrido y D. Adolfo Herrera, que componen

la Comisión mixta, organizadora de las provinciales de Monumentos, todos

los cuales nos favorecieron con sus consejos y bondades en términos que

exceden, aun siendo mucha, nuestra gratitud.

Por sus indicaciones y con la diligencia que pedía nuestro entusiasmo,

nos fuimos orientando a través del espeso bosque de la Bibliografía,

habiendo conseguido examinar, además de los _clásicos_ en la

materia--Quadrado, Ponz, Carderera y Ceán Bermúdez, entre otros,--el

extensísimo _Viaje a las Iglesias de España_, de D. Joaquín Lorenzo

Villanueva, y la _España Sagrada_, del P. Flores; el tomo IV

(Vascongadas) de la magna obra _España, sus monumentos y artes_; _su

naturaleza e historia_, redactado, como se sabe, por D. Antonio Pirala;

el rico, extenso y elocuente _Diccionario geográfico histórico_, de la

Academia de la Historia; obras todas de consulta general; la

bibliografía especial, geológica, geográfica, histórica, eclesiástica,

monumental y artística de la provincia de Álava, en la cual bibliografía

descuellan la _Historia civil_ e _Historia eclesiástica de la M. N. y M.

L. provincia de Álava_ y los _Compendios históricos de las ciudades y

villas de Álava_ (Vitoria, 1798; Pamplona, 1797, y Pamplona, 1798), de

D. Joaquín José de Landazuri y Romarate; las _Noticias sobre las vías,

poblaciones y ruinas antiguas, especialmente de la época romana, en la

provincia de Álava_ (Madrid, 1875), de D. F. Coello y Quesada; los

_Estudios monumentales y arqueológicos de las provincias Vascongadas_

(Revista de España, 1871), de D. José Amador de los Ríos; los _Apuntes

arqueológicos de Álava_ (Vitoria, 1872), y _El libro de Álava_ (Vitoria,

1877), de D. R. Becerro de Bengoa; la _Crónica general de España_, de D.

José Bisso (Madrid, 1868); _Armentia, su obispado y su basílica de San

Andrés_, y _Vitoria y los 43 pueblos de su jurisdicción_, de Blas Díaz

de Arcaya; la clásica y crédula _Vida de San Prudencio_, de Bernardo

Ibáñez de Echavarri; el _Camino romano de Álava_, del sabio clérigo

Lorenzo del Prestamero; la _Epigrafía armentiense_ y _En el dolmen de

Arriaga_, de D. Federico Baráibar; el _Discurso de los dólmenes

alaveses_, de D. Julián Apraiz; los _Alaveses ilustres_, de D Vicente G.

de Echavarri; la _Espeleología de Álava_, de D. Luis Heintz y Lloll; el

_Obispado y fueros de Álava_, de D. F. Carrera y Candi, y la _Geografía

de Álava_, de D. Vicente Vera, obras estas tres últimas incluídas en la

voluminosa _Geografía del país vasco-navarro_, dirigida por el Sr.

Carrera y Candi y copiosamente enriquecida con planos, mapas,

fotografías y estadísticas, que acrecen su valor científico, artístico y

literario.

Ordenados nuestros apuntes, planos, mapas, fotografías y manuscritos,

hemos dispuesto el plan de la presente obra, procurando seguir los

métodos históricos modernos, esto es, ir evocando cronológicamente la

aparición de las diversas civilizaciones y con ellas las de sus

monumentos y gesta de arte.

Tocante a las fotografías, siguen al texto como su resumen plástico, y,

conforme a justicia, las que nos han sido diligentemente facilitadas,

llevan al pie los nombres de sus generosos prestatarios.

En tales condiciones, ya que no de saber, de escrupulosa investigación

emocional y documental, hemos acometido la honrosa y, para nuestros

cortos medios, difícil empresa que el Ministerio de Instrucción Pública

y Bellas Artes se sirvió confiarnos, por Real orden de 31 de julio de

1912, y que señalará, por sus aciertos, el saber y la autoridad de

nuestros consejeros y auxiliares, y marcará, en sus deficiencias, las

huellas desafortunadas, pero diligentes, de nuestros grandes

entusiasmos...

[Illustration]

ÁLAVA

[Illustration]

CAPÍTULO PRIMERO

MONUMENTOS PREHISTÓRICOS

...Antes que una voz tan solo diera

El nacimiento al mundo

Y la tierra arrancara del profundo

Abismo de los mares...

(MILTON.--_El Paraíso perdido._)

[Illustration: E]vocamos las noches de la Prehistoria, el nacimiento del

planeta, la hora divina en que, según el Génesis, «Dios, viendo que era

buena su obra, descansó»; la hora caótica en que, según la Geología, o

por el agua o por el fuego cristalizó el mundo terrestre.

La vista natural nada distingue entre las sombras infinitas; pero los

ojos sobrenaturales del creyente, del geólogo y del poeta, han

proyectado, en las negruras angustiosas, claridades de fe, de ciencia y

de mito.

Porque allí donde el mísero cuerpo humano duda y flaquea, allí está

prepotente el alma, encendiendo en las sombras sus luminarias

fulgurantes...

Hasta la aparición del hombre, la Historia, que es archivo de la

Humanidad, está increada. Pero la Religión, la Ciencia y la Poesía son

tres hadas hermanas que aguardan al que va a nacer, rezando, meditando y

cantando junto a la cuna...

APARICIÓN DEL HOMBRE EN LA TIERRA. TEORÍAS DE LOS MÁS CÉLEBRES GEÓLOGOS.

AHASVERUS Y TOPSIUS.

¿Cuándo aparece el hombre en el planeta?

La autoridad de Carlos Vogt lo señala, como es sabido, en el período

diluvial. «Hasta ahora--dice en su famosa obra _Prelecciones sobre el

hombre_--no se ha encontrado huella alguna que suponga su aparición más

antigua; por todas partes sólo hemos hallado pruebas de la aparición del

hombre después del gran período glacial, después del terreno glacial de

la península escandinava, de Inglaterra, de Suiza..., etcétera, etc.»

El geólogo español Sr. Vilanova, en su _Manual de Geología_ y en las

interesantes conferencias que sobre «El hombre fósil» dió en el Ateneo

de Madrid, sostiene la simultaneidad del origen del hombre y del período

cuaternario.

Prehistoriadores tan insignes como el P. Laurent, como Veiht, como

Vorizio, afirman que la historia de la creación cabe dentro de la

cronología bíblica. Otros no menos prestigiosos, como Carpenter,

Prestwich, Delesse, Milne, Edwars, Lartet y Quatretages, defienden una

cronología independiente del Génesis y anterior a él en miles de años.

Pero esta confusión de teorías racionalistas o católicas, acrecentada

hasta el mareo por el caos de hipótesis modernas--las cuales, ordenadas

y resumidas por sir John Luboock en su reciente obra _El hombre antes de

la Historia_, nos abruman, pero no nos persuaden,--mantienen el problema

en pie.

Tras de sus afanosas incursiones por el espeso bosque bibliográfico, el

investigador moderno se halla en perplejidad idéntica a la en que se

encontraron los sorprendidos por las _Listas de Manatón_ o por _Los

fósiles_, de Boucher de Phertes.

Nada hay cierto; todo es hipótesis. Escriturarios y geólogos disputan a

lo largo de los siglos como un grupo de ciegos a lo largo de rutas

infinitas. Diríase que el Tiempo, único juez inapelable en la vida como

en la muerte, se resiste a ser enjuiciado por ese prisionero suyo que

llamamos Humanidad.

Hasta los testimonios materiales--cortes de tierras, cavernas huesosas,

hachas, uñas, pedazos de arcilla cocida, trozos de grafito...,

etcétera,--son, en lugar de pruebas definitivas, alegatos que se

incorporan a esta dialéctica secular. Los períodos geológicos, que antes

eran como las lucecillas del camino, hoy, tras las exploraciones de E.

Martel revelando el mundo subterráneo y creando la nueva ciencia

espeleológica, apenas si dan luz en estas jornadas. Y la Prehistoria,

noche del planeta y noche de la Humanidad, se ofrece a los espíritus

melancólicos como una evocación de Ahasverus en su avatar, que no

acabará nunca, y a los espíritus escépticos, en aquel perfil de cigüeña

con anteojos, que llamó Eça de Queiroz «el sabio Topsius, miembro del

Instituto imperial de excavaciones históricas».

Que se trate del hombre bíblico o del hombre darwiniano; que se acepte

el período terciario o el cuaternario, en ningún caso la cronología

humana deja de ser lo que es: tinieblas.

¿Qué antigüedad asignar al hombre? ¿En cuál región terrestre apareció

primero? ¿Cuáles huellas señalan sus primeros pasos?

Las tres hadas que se disputan al recién nacido--Religión, Ciencia y

Poesía--han tejido con oro de ilusiones tres evangelios diferentes. La

Biblia y sus exégetas de todos los tiempos nos hablan del Paraíso

terrenal, situado entre el Eufrates y el Tigris, y de Asia, «cuna del

género humano».

La Geología y sus patriarcas más ilustres señalan, unas veces,

continentes desaparecidos, como la Atlántida, otras, las capas de

acarreo de la Florida; otras, las praderas flotantes del Nilo; otras,

las cuevas subterráneas del canal Sodertel, en Finlandia. Es decir, que

las interpretaciones geológicas sobre el lugar de aparición del hombre

son tantas, no ya como continentes actuales y desaparecidos, sino como

naciones vivas y muertas.

La Poesía, por su parte, más rica de invenciones y de emociones, ha

repartido los tesoros de sus leyendas, donando una leyenda a cada raza y

un poema originario a cada idioma. Ahora es el Ramayana; ahora las

tradiciones incas; ya es Walmiki; ya son los Nibelungos. ¿Qué pueblo no

se cree el mayorazgo de la Humanidad? ¿Qué idioma no se juzga el

precursor o el heredero directo del precursor?

El último Congreso de Prehistoria celebrado en Tolosa, de Francia,

después de discutir el misterio de la cronología humana con la

solemnidad, la ciencia y la dialéctica de un Concilio, no solamente dejó

sin formular un dogma o cuando menos una teoría, sino que, al intentar

fijar la talla del hombre de las cavernas--en vista de hachas, huesos,

púas, vasijas y diversos fósiles de excavaciones recientísimas,--hubo de

repetir al mundo expectante la sentencia atribuída a Sócrates por

Plutarco: «Sólo sé que no sé nada.»

La revista contemporánea _L'homme préhistorique_ vino a decir lo mismo

en un artículo de su redactor-jefe Marcelo Baudouin.

La Geología encuentra en Álava huellas características de la «Serie

terciaria» en el sistema eoceno inferior o numilítico de las cuevas y

peñas del castillo de Marquínez, en los bancos de conglomerados de

Páriza y Ajarte y en los páramos y mesetas de La Guardia, y de la

«Serie cuaternaria» en los depósitos diluviales de la llanura de

Vitoria.

La aparición del hombre se acusa en las grutas, cavernas y simas de

Arrate, de Basocho, de Laño y de Marquínez. Hay huellas de trabajo

humano en las cuevas de los Gentiles, de Basocho; hornacinas, huesos y

cerámica en las de Laño, y sepulturas en las de Marquínez. En la

monumental _Geografía del país vasco-navarro_, al estudiar la geología y

paleontología de Álava, expone D. Vicente Vera muy curiosas

observaciones sobre el particular.

Y en la parte de dicha obra «Obispado y fueros», encomendada al sabio

erudito Sr. Carreras Candi, se dice que «en los tiempos ante-romanos,

una raza autóctona pobló el territorio de las actuales provincias

vascongadas, cuyas huellas aun hoy se descubren por su lenguaje y

escrituras característicos y también por la fisiología».

«De los períodos prehistóricos--continúa el citado Sr. Carreras

Candi--se han hallado diversidad de objetos y armas de piedra,

semejantes a los encontrados en las demás regiones de España.

»Su cultura artística, de tanto relieve en las cuevas santanderinas de

Altamira y del Castillo, no ha dejado rastro de esta índole en la

provincia de Álava. Merecen, sin embargo, un lugar en la reseña, las

esculturas de la cueva de Marquínez, por la rareza de estas obras de

arte, si bien su antigüedad parece menor que la de aquellas pinturas.»

ESCULTURAS PREHISTÓRICAS.

¿Qué esculturas son estas de las cuevas de Marquínez? Son figuras toscas

y sin relieve apenas, más que labradas, como arañadas en la piedra.

Ofrecen la rigidez del primitivismo, la casi ausencia de curvas y la

actitud hierática.

La desproporción de cabeza y tronco les da un sello de primitiva

ingenuidad. Una de ellas, los brazos sobre el pecho, tiene la

verticalidad de una momia. La otra, sentada sobre un caballo, apoya su

diestra en el pescuezo.

[Illustration: Esculturas prehistóricas de Marquínez.]

Ambas, como arañadas en el bloque de un gran peñasco, despiertan en el

visitante honda emoción, y su ingenuidad ruda y toscos trazos nos hablan

de hombres fabulosos, gigantescos, que cubiertos de pieles y los

cabellos en desorden, penetran en la cueva dando gritos y esgrimiendo

las hachas de pedernal.

¿Qué antigüedad se asigna a estas esculturas? ¿Son de los aborígenes o

de los invasores? Los eruditos alaveses D. Sotero Mantelli, don Ricardo

Becerro de Bengoa, D. Miguel Rodríguez Ferrer y D. Ladislao Velasco, no

dilucidan la cuestión. El Sr. Amador de los Ríos, que tan prolijamente

abogó por considerar el monumento megalítico de San Miguel de

Arrechinaga, en Vizcaya, «cual misterioso lazo que uniendo, dentro del

suelo vascongado, en indestructible cadena, las edades prehistóricas con

los tiempos históricos, perpetúa y transmite hasta nuestros días la

memoria de aquellos hombres a quienes fué dado acaso el asentar su

planta por vez primera en sus encrespados valles y montañas», no

menciona las esculturas de Marquínez.

Solamente el Sr. Carreras Candi, en su monumental _Geografía del país

vasco-navarro_, sostiene que esas tallas de la piedra son esculturas

protohistóricas, inclinándose a que los hombres que las trabajaron

fueron los primitivos, los primeros habitantes del suelo alavés.

[Illustration]

CAPÍTULO II

MONUMENTOS CELTAS

El dolmen tal vez fué al mismo tiempo túmulo y altar, porque para

los celtas la muerte no era el fin de la vida, sino el comienzo de

la oración a sus dioses.

(JOAQUÍN COSTA.--_La poesía popular española y Mitología y

Literatura celto-hispanas._)

[Illustration: L]os estudios, tan admirables como desconocidos, del

glorioso polígrafo español no esclarecen, es cierto, el vasto enigma

planteado a los historiadores más ilustres por la invasión celta; pero,

en sus relaciones con la Poesía, con el rudo espiritualismo de aquella

raza, acaso es la obra de Costa única y más útil al poeta y al artista

que los estudios de Humboldt, de Arbois de Jubainville y de Carnoy.

Sabido es que los modernos historiadores consideran la época celta como

absolutamente histórica, esto es, como sometida a las disciplinas del

archivo y del documento.

Como quiera que nuestra misión se reduce sencillamente a catalogar

monumentos y en modo alguno a investigar problemas históricos, damos

por admitido que la invasión celta está bajo la potestad científica y

consideramos los monumentos de aquella raza, no prehistóricos, sino

históricos.

Acerca de la antigüedad de aquella invasión, como de casi todas las

primitivas, en cada historiador hay una cronología diferente. Mil

ochocientos, mil setecientos, mil quinientos años antes de Jesucristo,

la fijación exacta de una fecha que en cualquier caso es hija de una

hipótesis, no puede en modo alguno detenernos.

Los celtas invadieron la Península y ocuparon con otros el territorio

que hoy es Álava.

¿Qué civilización traían? Pueblos llegados de la Umbría romana, según

unos, y de las Galias, según los más, no eran ya simples hordas

desorganizadas que, cubiertas de pieles y manejando la quijada bíblica,

corrían la tierra, sembrando entre los aborígenes el espanto y la

muerte.

Eran pueblos ya patriarcales, con régimen de tribus, con sacerdotes, con

caudillos, con jerarquía familiar y social. Sabían armar naves y

construir habitaciones, organizar la guerra y la caza, explotar las

minas y los bosques; tenían sus dioses y sus héroes, su mitología y su

tradición. No eran hordas, sino hombres.

¿Qué rastro dejan en el territorio de Álava? Examinando el curioso mapa

de los «Dólmenes y vía romana» que trae la ya citada _Geografía del país

vasco-navarro_, podemos ver que hubo numerosos dólmenes celtas, algunos

de los cuales, como los de Arrízala y Eguílaz, se conservan al cabo de

treinta siglos.

Estos dólmenes, que, como afirma D. Joaquín Costa, así eran piedras

tumulares como aras de sacrificio, se marcan en el mapa de esta manera

(V. pág. 31):

Dos, que existían por los años de 1879 en los cerros de Capelamendi y

Escalmendi, a tres kilómetros de Vitoria, y que sirvieron al Sr. Becerro

de Bengoa--guiado falsamente por las etimologías, dice el Sr. Carreras

y Candi--para suponer la existencia de una batalla entre galos y celtas.

Otros cuatro, también ya desaparecidos, que había en Zuazo, cerca de las

tierras de Guillarte.

Otro, que ya tampoco existe, que se descubrió en Laminoria, junto al

pueblo de Cicujano.

Y otros dos, los que se conservan, verdaderamente notabilísimos, y

celtas sin ninguna duda histórica: el de Arrízala, tan cuidadosamente

estudiado por el Sr. Baráibar en dos leyendas publicadas por el

semanario _Irurac-bac_, y el de Eguílaz, muy prolijamente descrito por

el Sr. Apraiz en su conferencia «Los dólmenes alaveses».

Sobre el dolmen de Eguílaz, descubierto en 1831 al abrirse la carretera

de Vitoria a Pamplona, escribe el Sr. Amador de los Ríos: «En una

pequeña colina, conocidamente artificial, hiciéronse catas a fin de

buscar piedra para el afirmado de la carretera que se empezaba a abrir;

dió esta operación por resultado el hallazgo de una enorme peña, que,

levantada por los trabajadores, ofreció una gran cavidad, llamando

vivamente la atención de los mismos.

»Encendió, no obstante, el descubrimiento, más que la curiosidad, la

codicia de los que lo hicieron, deslumbrados por la idea de que habían

tropezado con un tesoro; y sin respeto a lo que pudiera significar

diéronse a revolver los objetos allí escondidos, excitados cada vez más

por aquella esperanza.

»Grande fué sin duda el desplacer de los descubridores al convencerse de

que sólo existían en aquel hueco numerosos esqueletos, los cuales

hubieron de pagar su desencanto siendo despedazados y esparcidos sobre

el montículo.

»La noticia del hallazgo llegó entretanto a oídos de personas

entendidas, y pudo averiguarse que los expresados esqueletos aparecieron

todos colocados en dirección al Oriente y vueltos hacia la entrada del

sepulcro; mientras se fijaban las dimensiones de éste y se determinaba

su construcción, si es lícito expresarse de esta suerte, poniéndose al

par en claro que no eran solamente esqueletos lo que el ya reconocido

túmulo encerraba.

»Era éste por extremo sencillo, ocupando el centro del montículo

indicado; formábale un cuadrángulo como de tres metros de largo por dos

de ancho, compuesto de seis grandes piedras, sin labra alguna; la mayor,

asentada al Norte, era silícea, y calizas las otras cinco.

[Illustration: Dolmen de Eguílaz.]

»Elevábase en el exterior, todo descubierto, a unos tres metros

cincuenta centímetros, presentando al interior sobre cuatro metros; el

grueso de las piedras no excedía de 0,75 metros, siendo de una sola

pieza la cubierta.

»Entre los rotos esqueletos se habían encontrado hachas de piedra,

lanzas y cuchillos de cobre, con algunas puntas de flechas silíceas, que

los primeros descubridores, y aun después la Comisión provincial de

Monumentos, calificaban en 1845, diciendo que eran «corazoncillos

pequeños con dientes muy finos de pedernal durísimo». Al lado de estas

armas halláronse también número no escaso de piedrecitas de mármol

verde claro, «a manera de anillos de forma irregular, con cuatro caras o

facetas».

»Como se ve, el túmulo de Eguílaz es un verdadero dolmen sencillo, tal

como han descrito este linaje de monumentos los cultivadores de la

arqueología céltica.»

La escrupulosidad característica del Sr. Amador de los Ríos lo lleva a

largas y confusas disertaciones acerca de si el dolmen es efectivamente

celta o si es aborígen, y si puede incluirse entre los monumentos

históricos o entre los prehistóricos. Pero modernamente se ha fallado el

pleito en el sentido de que habiendo ya una bibliografía de la historia

céltica, y siendo el monumento celta, no hay duda de que el dolmen de

Eguílaz ha de incluirse entre los monumentos históricos, que es lo que

respetuosamente hacemos.

[Illustration: Dolmen de Arrízala.]

Cuanto al dolmen de Arrízala, llamado por los naturales «sorguiñeche»,

esto es, «casa de las brujas», se conserva mucho mejor que el de

Eguílaz, y es bastante más pequeño. No tiene más que cinco piedras,

todas calizas, y la de la cubierta es estriada, y ofrece en los

rebordes como un labrado sin relieve, producido por instrumento más

rayador que penetrante.

Sea cualquiera el combate erudito que se entable en torno de los celtas,

de su cronología y de su civilización, lo que nadie discute ya es que

entrambos dólmenes, el de Arrízala y el de Eguílaz, son monumentos

celtas, de los pocos, poquísimos que se conservan hoy en todo el mundo.

[Illustration]

[Illustration]

CAPITULO III

MONUMENTOS DE LA CIVILIZACIÓN ROMANA

España, el primer país del Continente que invadieron las armas

romanas, fué el último que se les sometió.

(TITO LIVIO.--_Las décadas._)

[Illustration: M]editando en el texto de Tito Livio, llegamos a Iruña,

capitalidad militar de la famosa Vía romana que, según el itinerario de

Antonino, iba de «Astúrica ad Burdigalam», atravesando de Oeste a Este

la llanura de Álava.

Era al anochecer; y una emoción intensa por las melancolías del paisaje

y por hondos suspiros de la Historia, nos hacía evocar el paso de

Augusto, escoltado por sus lictores a caballo y seguido de sus

pretorianos con jabelinas. Por aquella misma explanada, bajo aquel mismo

cielo adusto, tal vez en una tarde desabrida y hostil como aquella

tarde, caminaron, hacía veinte siglos, las legiones en retirada...

El César llegó a Roma desalentado. Todo el Imperio, sometido, miraba

ansiosamente al templo de Jano. La paz sólo esperaba la sumisión de

cántabros y astures. Augusto entonces confirió la empresa al vencedor de

los germanos, y el joven y glorioso Agripa, impetuoso como Escipión y

sagaz como Fabio Máximo, se puso al frente de sus tropas con dirección a

España.

Llegaron las legiones con millares de esclavos picapedreros, y bien

pronto la indómita llanura apareció llena de castros. En cada uno de

estos fuertes, dejó Agripa un destacamento y la calzada militar se

ofreció pronto al estratega.

Agripa, tras restablecer la disciplina, diezmando las legiones galas,

acometió briosamente a los cántabros. Decuriones y centuriones formaron

grupos sueltos, aceptando combates de guerrillas y asolando

espantosamente el territorio. Como en los tiempos crueles del pretor

Galba, las matanzas eran frenéticas y los incendios iluminaban,

trágicos, la noche.

La Cantabria fué sometida, Agripa llegó a Roma con la paz. Pero el

austero Tácito pudo escribir: _Ubi solitudinem faciunt, pacem

appellant_. La paz era el silencio, la soledad, la muerte.

Cuando se abrió el templo de Jano, algún cuestor rechazó su nombramiento

para la Cantabria. «Allí--dicen que dijo--no quedan más que ruinas y las

ruinas no pueden tributar.»

La conquista, pues, de Cantabria, fué «por el hierro y por el fuego». En

el resto de la Península la civilización romana tendió su red sutil y

amable. En Hispalis y Corduba, los circos y los puentes testimoniaban la

sumisión de toda la Bética. Santarén y Emérita Augusta difundían los

arcos y las termas por la Lusitania. César Augusta, Ausona y Tarraco

eran urbes romanas de la Tarraconense.

De los incendios de Sagunto y de Numancia apenas si quedaba un

resplandor heroico. Roma había recibido y aclamado a los poetas y

filósofos de Córdoba; Horacio celebraba la gracia y la sonrisa de las

danzarinas de Gades; en el Senado vibraban aún los acentos de Cicerón

cantando los paisajes de la Bética. En toda la Península, el Imperio,

tras sus legiones, llevó sus magistrados, sus cuestores, sus gramáticos,

sus artífices, sus baños, sus tocados y sus cortesanas. En Cantabria no

pudo sostener Roma más que legiones siempre en pie de guerra.

En toda la Península sometida abundan los monumentos romanos; en

Cantabria, no. Aquella civilización no dejó rastro alguno monumental. Su

testimonio más considerable, la Vía, tiene carácter militar. Ni un

templo, ni un acueducto, ni un circo, ni un palacio, ni una terma. Nada

que indique una obra de paz, de tiempo, de dominio. Toda España está

llena de puentes romanos; pues en Álava no existe uno. Diríase que allí

no estuvo Roma, sino que pasó por allí a marchas forzadas.

Todo lo que de aquella civilización se advierte en Álava tiene carácter

transportable, transitorio, interino. Alguna estatua, algún mosaico,

relieves ornamentales, piedras miliarias, muelas de trigo, vasijas de

barro... Pero nada grandioso, nada estable, nada que indique permanencia

y dominación. La única perdurable huella de Roma es el paso de sus

legiones, la Vía militar.

LA VÍA MILITAR.

La Vía militar--estudiada prolijamente por D. Lorenzo del

Prestamero--está descrita por el _Diccionario Geográfico-Histórico de la

Academia de la Historia_ (sección primera, tomo I) y conforme al

itinerario de Antonino, en esta forma: «La Vía militar de Astorga a

Burdeos dirigíase desde Vindelaya hasta el Ebro y pasaba por Puente

Larrá, Comunión y Bayas, en cuyas inmediaciones debió estar Deóbriga.

»Desde aquí seguía por Estavillo, Burgueta, Puebla de Arganzón, Iruña,

donde situamos a Beleya; sigue luego por Margarita, Lermanda, Zuazo,

Armentia o antiguo Suisacio, de Antonino; después por Arcaya, Ascarza,

Argandoña, Alegría, en cuyas inmediaciones dijimos estar situada la

mansión de Tulonio; de donde continuaba por Gaceo, cercanías de

Salvatierra, de San Román y Albéniz; luego por Barduya y Eguino, último

pueblo de Álava, continuando desde aquí por Ciordia, primer pueblo de

Navarra, hasta Araceli, hoy valle de Araquil.

»La antedicha Vía romana, según los restos encontrados en Comunión y en

otros puntos, tuvo una anchura de 24 pies; estaba rellena de gruesa

grava, recubierta por una capa más menuda y tenía en sus bordes filas de

piedras que le servían de apoyo.» (V. pág. 31.)

Aun cuando el Sr. Amador de los Ríos, por manifestaciones que le hizo el

entonces gobernador de Álava, D. Florencio Janer, se inclina a creer que

las ruinas de Iruña acusan una población romana importante, el

testimonio más moderno y más documentado, por consiguiente, del Sr.

Baráibar, fundándose en que las ruinas carecen de cimientos, de trazados

de calles, de alineación, etc., etc., refuerza nuestra modestísima

afirmación de que Roma no dejó en Álava conventos, colonias, ni

municipios, ni, por lo tanto, poblaciones; sino castros, mansiones,

faros, esto es, la huella pasajera, la huella militar.

A pesar de esto, como el testimonio del Sr. Amador de los Ríos, aun

cuando fuese en este punto equivocado, siempre sería interesante,

copíamoslo a continuación:

«A dos leguas al Occidente de Vitoria se eleva una colina rodeada

totalmente por el río Zadorra; sus desiguales líneas, no menos que los

grandes frogones que la contornan y los despedazados sillares, piedras

de construcción y numerosos fragmentos de ladrillos, tejas y vasijas que

en su centro se muestran, autorizan la constante tradición de que

existió allí no insignificante población romana, excitando vivamente la

curiosidad de los doctos.

»Cedieron a este noble estímulo en octubre de 1866 el referido

Gobernador y la Comisión provincial de Monumentos, y realizaron en Iruña

un ligero ensayo de excavación, que si produjo «el conocimiento de la

importancia de la población que un día allí existiera, por la extensión

de los trozos de muralla que aun se sostienen, alcanzando en algunos

puntos hasta catorce pies de grueso», sólo daba al gabinete provincial

de antigüedades algunos fragmentos ilegibles de inscripciones, un aro o

virola de metal, una punta de espada y varios clavos antiguos, sumamente

enmohecidos.

[Illustration: ÁLAVA]

»El Gobernador afirmaba que un pavimento «embaldosado de mármoles

jaspeados» que encontró a poco más de un metro de profundidad era lo más

notable del descubrimiento.»

Hasta aquí el Sr. Amador de los Ríos, que, como se ve, comienza por la

ufana creencia de que en Iruña hubo «una no insignificante población

romana», y acaba con el desencanto de ser un pavimento de mosaico «lo

más notable del descubrimiento».

En el citado _Diccionario de la Academia de la Historia_ se habla

también de otro descubrimiento en las cercanías de Cabriana, donde se

supone que estuvo Deóbriga. «Se acaba de descubrir--habla el

diccionario--en las heredades labrantías de Cabriana, un edificio romano

con diferentes pavimentos mosaicos, entre los que sobresale uno con las

cuatro estaciones del año, representadas por mujeres hasta medio cuerpo,

con los atributos correspondientes a cada estación y dos grifos, todo

repartido en seis cuadros, adornados con grecas del mejor gusto,

entrelazadas con mucha gracia por todo el pavimento.

»Las piedrecitas de que se componía éste eran negras, verdes y blancas,

de mármol, y otras, amarillas y encarnadas, de tierra cocida.

»El otro pavimento, a más de las grecas que corren por los extremos,

tenía en el medio un cuadro de Diana cazadora, con su arco en la mano

izquierda, tomando con la derecha una flecha del carcaj cargado de

flechas, por encima del hombro derecho.

»Parte de la vestimenta de la diosa era de cristales menudos, de color

azul y verde, bastante regazada; su calzado parecía a las sandalias, con

una especie de botín o media con su atadura encima de la pantorrilla,

asegurada con lazadas pendientes a la parte delantera.

»Detrás de la diosa, un ciervo con su brida o freno, que arrastraba por

el suelo. Los otros pavimentos eran más o menos ricos, según lo exigían

las circunstancias a que estaban destinados.»

Glosando el diccionario, escribe, esperanzado nuevamente, el señor

Amador de los Ríos: «No es, en consecuencia, temerario el deducir que

hubo de elevarse, en el sitio ocupado por los mosaicos, una suntuosa

villa.» Pero, casi a continuación, y como si le hubiesen acometido los

escrúpulos que tanto y tan autorizadamente lo condicionan, el señor

Amador de los Ríos, refiriéndose a los romanos, añade: «No pudieron

dejar claras e inequívocas reliquias de su grandeza, allí donde no les

fué dado asentar su planta vencedora, ni hacer su dominación respetable

y duradera.»

Nada grandioso, nada estable, nada que indique permanencia y dominación,

dijimos al comienzo de este capítulo.

ESTATUA DE MUJER.--SU DESCUBRIMIENTO.

Un labrador que guiaba su yunta cerca de Iruña, en 1845, advirtió que la

reja del arado tropezaba con algo fuerte y duro; y al remover la tierra,

con auxilio del azadón, desenterró una estatua de mármol blanco,

representando por las vestiduras a una mujer.

La estatua no tenía cabeza y le faltaban, además, los antebrazos, los

pies y parte de las piernas.

Conducida a Vitoria y examinada, entre otras personas inteligentes, por

D. Miguel Medinaveitia, este concienzudo erudito la describió en un

artículo publicado por el semanario alavés _El Lirio_, que también

reprodujo un bonito dibujo del hallazgo.

Para el Sr. Medinaveitia, esta estatua pertenece al período clásico y

representa a Ceres, a juzgar por el traje y la apostura.

El doctor alemán Emilio Hübner, en su famoso _Inscritionum Hispaniae

Latinarum Supplementum_, la atribuye al siglo II, esto es, a la época de

Adriano. Parécele de Ceres o de la Fortuna, deduciendo del manto y de la

actitud, que tuvo en la derecha la cornucopia y en la izquierda el

_gubernaculum_.

DESCRIPCIÓN DE LA ESTATUA.

El Sr. Amador de los Ríos, en sus _Estudios monumentales y arqueológicos

de las provincias vascongadas_, la describe de esta manera:

«La estatua de Iruña es mayor del natural y de mujer, y sobre la

subtúnica y túnica ostenta un _pallium_ o manto que envuelve la parte

superior del pecho, derribándose sobre la espalda en amplios y bien

dispuestos pliegues.

»Cíñese la túnica perfectamente al desnudo con noble estilo estatuario,

y revélase aquél con bellas y grandiosas proporciones, sin detrimento

alguno, antes bien con mayor gracia y perfección en el movimiento, del

plegado. Únese a estas prendas cierta majestuosa proporción que hace más

sensibles las indicadas mutilaciones, y sirve como de corona a tales

virtudes artísticas una ejecución no menos franca que esmerada.»

La estatua, tal y como se ha descrito, se conserva en el Museo

incipiente del Instituto general y técnico de Vitoria, donde su sabio

director, don Federico Baráibar, nos la ha mostrado en la visita que

guiados por él hicimos.

[Illustration: Estatua mutilada de Iruña.

(Fot. L. Elerza, de un dibujo de D. F. Baráibar.)]

LÁPIDAS ROMANAS.--SU DESCUBRIMIENTO.

Al mismo tiempo que la estatua, fueron hallados en las ruinas de Iruña

trozos de mármoles, piezas de mosaicos, fragmentos de ladrillos, tejas,

vasijas, monedas y hasta treinta y dos lápidas completas o rotas, de las

cuales se guardan, y hemos visto en dicho Museo, las que pasamos a

describir.

LÁPIDA ROJA Y BLANCA.

Es un trozo de mármol blanco y rojo, con inscripciones fragmentarias

que, epigrafistas tan autorizados como Hübner, el P. Fita y Baráibar, no

han podido ni completar ni interpretar. Mide 0,28 por 0,11, y aun cuando

el P. Fita la atribuye al siglo I, los caracteres de sus letras y

ciertos signos intermedios que la adornan parecen indicar que sea

posterior.

LÁPIDA SONROSADA CON VETAS BLANCAS.

Mide 0,25 por 0,14. La inscripción, completada e interpretada por el Sr.

Baráibar, dice:

(Honore) (co)ntentu(s) (im)pensam (remisit.)

(Satisfecho con el honor, dispensó el gasto.)

[Illustration]

A juicio del Sr. Baráibar, lo interpretado es el término de la

inscripción total, donde probablemente se expresaría una memoria

acordada por alguna Orden, Municipio o Corporación. El interesado aceptó

con satisfacción el honor, y la hizo a su costa.

Inscripciones o fórmulas idénticas se leen, según dice el Sr. Hübner, en

lápidas de Alcacer de Sal, Málaga, Sevilla y otras poblaciones de la

Península.

LÁPIDA ROSA, VETAS BLANCAS.

Se recogió del pueblo de Tres Puentes, cercano a Iruña, donde la

empleaban los mozos para colocar sobre ella el llamado «cantón», del

juego de bolos.

Es un trozo aproximadamente circular, de 0,85 metros en su mayor

diámetro, que en su cara plana ostenta siete elegantes letras, no

interpretadas por la epigrafía.

LÁPIDA ROSA.

Tiene forma de triángulo, cuyos lados mayores miden 0,15 por 0,19. Las

letras del primer renglón son más altas que las del segundo. Tampoco ha

sido descifrada.

FRAGMENTOS DE PIEDRA ARENISCA.

En las excavaciones que se hicieron a costa del presbítero y arqueólogo

D. Jaime de Verástegui, también por los alrededores de Iruña,

aparecieron cuatro fragmentos de piedra arenisca que, reunidos, forman

dos trozos de un epígrafe en grandes caracteres, altos de 21

centímetros, y también, como los anteriores, sin descifrar.

CAPITEL HISPANO-ROMANO.

Se descubrió también en las excavaciones del señor de Verástegui, y es

de piedra caliza.

Su altura es de 0,65. Sobre su antigüedad se han suscitado diferencias

muy curiosas. Hay quien lo considera obra latino-bizantina, del siglo

VIII al IX, y quien la cree genuinamente romana, del siglo III al IV.

El sabio arqueólogo Sr. Gómez Moreno, examinando la fotografía, encontró

anómalo el desarrollo del collarino, que roba al conjunto la usual

elegancia de proporciones; pero, a juicio del Sr. Baráibar, la anomalía

de ir el collarino incorporado al capitel, se da con frecuencia en

piezas romanas de carácter indígena.

Puede estimarse el capitel, por consiguiente, obra hispano-romana de

bajo tiempo, probablemente; pero en modo alguno visigoda, y mucho menos

posterior.

[Illustration: Capitel hispano-romano.]

El capitel tiene fidelísimo parecido con los capiteles de antigüedad

incierta de San Román de Hornija (Valladolid), y con los seguramente

romanos de Córdoba, donde se hallan los prototipos clásicos que imita el

de Iruña.

LÁPIDA DE LUZCANDO.

También de caliza, donativo de D. Sandalio Oquiñena.

Tiene un metro por 0,66. Sirvió de antepecho a una ventana en la casa

cural de Luzcando, pueblo de la jurisdicción de Acilu, en la hermandad

de Iruráiz, a 24 kilómetros de Vitoria y cinco de Salvatierra.

Dicha casa cural, ya desaparecida, y la parroquia, que aun subsiste, se

construyeron en gran parte con materiales allegados de la Vía romana.

[Illustration: Lápida de Luzcando.

(_Fot. L. Elorza._)]

Trátase de un hermoso cipo sepulcral que, a juicio del Sr. Baráibar, es

obra curiosísima del arte provincial ibero-romano. El disco y los

sarmientos que la embellecen son adornos frecuentes en las lápidas

encontradas en Salvatierra, San Román, Ibarguren, Contrasta, Ocáriz y

Urbina de Nasabe, todas ellas citadas por el Sr. Hübner en su

_Suplemento_, y por el Sr. Baráibar en su _Museo incipiente_; pero ni

una sola existente en el Museo, ni en parte alguna conocida, a menos de

nosotros.

La inscripción de esta lápida, complementada y comentada por el Sr.

Baráibar, es así:

D(is) M(anibus) M(arco) Sem(pronio) Fusco oculati f(ilio) an(norum)

LV Fuscinus fr(ater) M(arco) s(uo) f(ecit) H(ic) s(itus) e(st).

(A los Dioses Manes. A Marco Sempronio Fusco, hijo de Ocualto, de

cincuenta y cinco años. Fuscino hizo este sepulcro a su hermano

Marco. Aquí está sepultado.)

LÁPIDA DE NARBAJA.

También de caliza, de 0,52 por 0,46.

Se descubrió cuando se estaba abriendo la carretera vecinal de Narbaja a

Mendíjur. Al ser transportada al palacio del senador don Carlos de

Ajuria, la rompieron los canteros, por lo que se perdió la mayor parte

de la inscripción.

De la impronta que en el instante de hallarla, y antes, por

consiguiente, de que se rompiera, obtuvo el Sr. Baráibar, se ha podido

transcribir íntegra. Las dos figuras de hombres con bastones,

conduciendo un objeto cuadrangular, y los ramitos de laurel que exornan

a uno y otro lado la inscripción, dan a esta lápida de Narbaja

caracteres curiosos y singulares.

De otra parte, la epigrafía, reconstruida y comentada por el señor

Baráibar con su reconocida ciencia, indica que se trata de una lápida

sepulcral que, por estar labrada en piedra caliza, testimonia, o la

humildad, o la pobreza, o entrambas cosas a la vez del que la costeó.

La inscripción, que copiamos del _Museo Incipiente_, es así:

Greca de aspas pequeñas

D. luna en creciente. M.

Dos figuras de hombre con

bastones, llevando entre

ambos un objeto cuadrangular.

A uno y otro lado ramas de

laurel, hasta el pie del

epígrafe.

MARITVS ANTI

CVS /// SQV MARCE

LINVS ANN XX

SHM ROMVLVS

/////// MAR // FILIO

////////// O POSVET

MR MONV V

D(is) M(anibus) Maritus Anticus (e) squ(ilina) Marcelinus ann(orum)

XX s(itus) h(ic). M(arcus) Romulus M(arito) filio(piiisim)o posuet

m(oe) r(ens) monu(mentum) V(ale)

(Marito Antico, de la tribu esquilina, de veinte años de edad, yace

aquí. Marco Rómulo, apenado, puso a su piadosísimo hijo Marito este

sepulcro. ¡Adiós!)

LÁPIDA DE ANGOSTINA.

Lindando con Navarra, por la parte de Marañón, está, en jurisdicción de

Angostina, la ermita de San Bartolomé, en cuyo altar, en el ángulo de la

mesa, estaba la lápida.

Dicha ermita carece de mérito artístico; pero ofrece algún interés, por

haberse utilizado en su construcción lápidas romanas. Una de ellas, en

piedra caliza, de 0,50 por 0,36, que por disposición del párroco fué

trasladada al Obispado, y de orden del Obispo cedida al Museo de

Vitoria, conserva casi íntegra la inscripción, que dice así:

Æmilius Maternus Flori filius ann (rum) XX h(ic) s(itus) e(st).

(Emilio Materno, hijo de Floro, de veinte años. Aquí yace.)

ÁRULA DE ARAYA.

Fué donada al Museo por el Senador D. Carlos de Ajuria, y es, con la

estatua ya descrita, lo más interesante de la colección.

Es de piedra arenisca: alta, o,68; ancha, 0,56; gruesa, 0,27.

[Illustration: Arula de Araya.

(_Fot. L. Elorza._)]

Se halló con otras tres en «El nacedero», de donde fluye el río

Ciraunza, á 120 metros sobre la fábrica metalúrgica de Araya. Las letras

casi se hallan desvanecidas por la acción del agua, en donde el ara

estuvo sumergida.

C /// PITO /. AR

NYM////// IS

//////// SVIT

IBENS MER

ITO.

C(a)pito ar(am) nym(ph)is d(e) s(uo) po(suit) (l)ibens merito.

(Capitón, gustosamente y con motivo, puso a sus expensas esta ara a las

ninfas.)

«El lugar donde se hallaban las piedras--dice el Sr. Baráibar--es por

demás escabroso y esquivo, al pie de una roca que se alza, vertical y

desnuda, sobre la límpida, fresca y copiosa fontana.»

Con esta dedicatoria son cinco los númenes a quienes en Álava se rendía

culto durante la época romana: dos de la mitología grecorromana, las

ninfas en Araya y Donela en Iruña, y tres de la mitología indígena:

Uvarna, en Zambrane; Tullonio en Alegría de Duranci, y Sandao Baelisto,

en Angostina, según anota Hübner en su tantas veces citado

_Supplementum_.

Dedicatorias semejantes a las de Capitón se han descubierto en árulas de

los baños de Montemayor (Cáceres), descifradas por el Padre Fita en el

_Boletín de la Academia de la Historia_.

Otra lápida a las ninfas apareció en Quintanilla de Somuñó (Burgos), y

también, en el propio _Boletín_, la ha traducido el sabio epigrafista.

LÁPIDA DE ASSA.

Donada por D. Ángel León Lores. Es de piedra caliza, de 0,75 por 0,56,

con hermosos caracteres del siglo I.

Se halló en Assa, a ocho kilómetros de Laguardia, en la frontera de

Navarra. Estuvo en la derruída ermita de Santa María, de donde fué

llevada a la llamada «Casa del monte», y de allí al Museo de Vitoria,

donde se conserva.

A la cabeza de la lápida, en una extensión de 45 centímetros, obsérvanse

vestigios de dos sencillas grecas, entre las cuales, rebajada a cincel,

hay una faja, donde acaso esculpió el cuadratario las siglas D. M.

La lectura de las tres primeras lineas se hace sin gran dificultad. La

laguna del último renglón la llenó felizmente el Sr. Baráibar, siendo

aceptada por el P. Fita y por Hübner, según consta en el _Boletín de la

Academia_.

La inscripción, conjeturalmente complementada, dice así:

d. m.

a VRELLÆ BOVTI

æ . FLACCI ATTESV

CLO/. F. AN XXX

h s. e. flaccVS PAT

h. m. f. c.

Catálogo Monumental de España; Provincia de Álava Inventario general de los monumentos históricos y artísticos de al nación. · 第 1 / 12 段