_DAFNE CONVERTIDA EN LAUREL._
El primer objeto del amor de Apolo fué Dafne, hija del rio Penéo;
pasion que no fué efecto del acaso, sino una venganza del amor irritado
contra él. Orgulloso Delio[52] por la victoria que acababa de conseguir
sobre la serpiente Piton, viendo al hijo[53] de Vénus, que estiraba
su arco, le dice: „¿Qué pretendes hacer, jóven afeminado, con esas
poderosas armas? Esas insignias son propias de mis hombros, y solo de
mí, que puedo dar certeras heridas á las fieras, y dirigir acertados
tiros á mis enemigos. Acabo de matar con innumerables heridas á la
serpiente Piton, cuyo enorme cuerpo cubria muchas yugadas[54] de
tierra. Tú, conténtate con que tus flechas provoquen á un no sé qué de
amores; pero no hagas tuyas mis alabanzas.”
[Ilustración: (18) Dafne perseguida de Apolo y convertida en laurel por
su padre.]
„Tu arco, Febo, respondió á este el Amor, hiera á quantos te agrade;
mas tú no has de poder huir del mio: y así tu gloria es menor que
la mia en razon de lo inferiores que son á un Dios los animales que
matas.” Esto dixo, y volando ligero surcó batiendo las alas el ayre, y
se paró en la umbrosa cumbre del Parnaso. Allí sacó de su carcax dos
flechas, cuyos efectos son tan contrarios, que la una enciende el amor,
y la otra le apaga. La que enciende el amor es dorada y puntiaguda,
y la que le apaga embotada y con la punta de plomo. Con esta tiró
Cupido al corazon de Dafne, hija del rio Penéo, y con la otra hirió á
Apolo, traspasándole hasta los huesos. Al punto este ama, y aquella
huye hasta del nombre del amante; y queriendo imitar á Diana, tiene
sus delicias en lo oculto de las selvas, y en las pieles de las fieras
que cazaba. Se ataba desaliñadamente los cabellos con una cinta.
Muchos la habian pedido por muger; pero ella despreciándoles, pasea
impaciente, y libre de marido, los escabrosos bosques, sin cuidarse
de qué cosa sean himeneo, amor y casamiento. Su padre repetidas veces
la dixo: Hija mia, debes darme un yerno: debes darme algunos nietos.
Mas ella, aborreciendo la tea nupcial[55] como un delito, y cubriendo
sus mexillas un modesto rubor, se arroja á los brazos de su padre,
y le habla de esta manera: „Concédeme, padre mio, guardar perpetua
virginidad: esta gracia ha concedido ya ántes Júpiter á Diana.” Otorga
su padre la peticion; pero tu hermosura, añade, repugna á tus deseos,
y es un obstáculo para verificarlos. Apolo la ve, la ama, y desea
poseerla: él lo espera; pero sus oráculos le engañan. Y así como arden
las livianas pajas quitadas las aristas, ó se quema un vallado, al
que el caminante aplica demasiado la tea, ó la dexa junto á él por
descuido al rayar el dia, del mismo modo arde en llamas aquel Dios; así
se abrasa el corazon de Febo; y con la esperanza va dando fomento á
un amor vano y estéril. Mira los cabellos de la Ninfa, que sin adorno
alguno caen por su cuello, y dice: ¿qué seria si estuviesen rizados?
Ve sus ojos tan resplandecientes, que se asemejaban á las estrellas:
observa su delicada boca; pero no se contenta con verla: alaba sus
dedos y manos y los brazos medio desnudos; pero aun le parece mejor lo
que oculta. Ella huye mas ligera que el ayre, ni se detiene siquiera
á estas palabras que la dirige Apolo. „Espera, la dice, te suplico,
bella Ninfa de Penéo, detente; no te sigo como enemigo. Aguarda Ninfa:
así huye del lobo la oveja, del leon la cierva, y del águila la
sencilla paloma, agitando tímidamente sus alas: todo animal huye de sus
enemigos; pero á mí me obliga á seguirte el amor. ¡Ay desdichado de mí!
Temo no sea que inclinada caygas sobre las espinas, y estas hieran tus
rodillas, que no merecen ser maltratadas, y entónces sea yo la causa
de tu dolor. Ásperos son los lugares por donde discurres; te suplico
no corras tan precipitadamente, que yo moderaré el ardor con que te
sigo. Considera sin embargo á quien ha sorprehendido tu hermosura. No
habito yo en el monte; no soy pastor; no guardo aquí desaliñado ganados
y rebaños. Ignoras, temeraria, ignoras de quien huyes, y esta es la
causa de tu fuga. La tierra de Delfos, de Claros, Ténedos y los Reynos
Patareos me rinden los debidos honores. Júpiter es mi padre; por mí se
declara lo presente, pasado y venidero; á mí se debe el ingenioso arte
de unir la voz al son de la lira; soy diestro en tirar las flechas;
pero ¡ah! aquel que con la suya me hirió el corazon, libre de todo
amor, es mucho mas que yo: mia es la invencion de la medicina, y el
universo me mira como un Dios auxîliador y benéfico: conozco la virtud
de las plantas; pero ¡ay de mí! no hay ninguna que pueda curar el
amor; y mis inventos, tan favorables á todos, no pueden aprovechar al
inventor.” Apolo quisiera hablar mas, quando Dafne, redoblando temerosa
su paso, le interrumpe, y le dexa con las palabras á medio pronunciar.
Parece mas hermosa con la precipitacion de la fuga. Los vientos
descubren su cuerpo,[56] y los soplos contrarios tremolan sus vestidos:
el ayre echa sus cabellos con una graciosa descompostura sobre las
espaldas, y quanto mas huia, tanto mas se acrecentaba su belleza.
Pero el jóven Dios ya no puede sufrir producirse en inútiles cariños;
y segun le aconsejaba el amor, sigue sus huellas con precipitados
pasos. Y á la manera que el galgo quando ve á la liebre en campo raso
solicita la presa, al tiempo que ella su libertad, fiados ámbos en
la ligereza de sus pies, y aquel como si estuviera cerca espera ya
cogerla, y acelera sus pasos alargando el hocico, y ésta dudando estar
cogida escapa de las mordeduras, y dexa burlada la boca que le va á
los alcances; del mismo modo corrian Apolo y la hermosa Dafne; aquel
ligero con la esperanza, y ésta con el temor. Parece que vuela Apolo
animado de las alas del amor; y sin tomar descanso la va ya tan á los
alcances, que hace mover con su aliento los cabellos esparcidos sobre
los hombros de la fugitiva Ninfa. Fatigada ésta de tan veloz carrera,
ve en fin que sus fuerzas la abandonan, y mirando las olas de Penéo
con rostro pálido: „Amado padre, le dice, si es cierto que los rios
gozan del privilegio de divinidades, socórreme: ó tú, tierra, en donde
tanto agradó mi hermosura, recíbeme en tu seno, ó haz que yo pierda
esta figura tan encantadora que tanto mal me causa.” Apénas habia
concluido la súplica, quando todos los miembros se la entorpecen, sus
entrañas se cubren de una tierna corteza: los cabellos se convierten en
hojas: los brazos en ramas: los pies, que ántes eran tan ligeros, se
transforman en retorcidas raices: ocupa finalmente el rostro la altura,
y solo queda en ella la belleza.[57] Este nuevo árbol es no obstante
el objeto del amor de Apolo; y puesta su mano derecha en el tronco,
advierte que aun palpita el corazon de su amada dentro de la nueva
corteza; y abrazando las ramas como miembros de su cariño, besa aquel
árbol, que parece rehusa sus ósculos. Por último la dice: „Pues veo que
ya no puedes ser mi esposa, á lo ménos serás un árbol consagrado á mi
deidad. Mis cabellos, mi lira y mi aljaba se adornarán de laureles.
Tú ceñirás las sienes de los alegres Capitanes, quando el alborozo
publique su triunfo, y suban hasta el capitolio con los despojos que
hayan ganado á sus enemigos. Serás fidelísima guarda de las puertas
de los Emperadores, cubriendo con tus ramas la encina que está en
medio;[58] y así como mis cabellos se conservan en su estado juvenil,
tus hojas permanecerán siempre verdes.” Luego que Apolo dexó de hablar,
hizo demostracion el laurel de aceptar la oferta, moviendo sus nuevas
ramas; y como si tuviera cabeza, meneó tambien su erguida copa.
[Ilustración: (19) Júpiter cubre la Tierra de nubes para gozar de Iö.]