_LA EDAD DE ORO._
Principió la edad de oro, y en ella se echaban de ver naturalmente
la fidelidad y la justicia, sin que hubiera leyes que las hiciesen
observar, ni jueces que las vindicasen. No se conocian ni el castigo
ni el temor: ni se grababan en bronce las leyes amenazadoras; ni
delinqüente alguno se miraba temblando en la presencia del juez; porque
vivian todos seguros sin necesidad de quien los defendiese. No habia
entrado en los mares árbol alguno cortado de los montes para descubrir
tierras extrañas;[21] ni el hombre conocia otro pais que aquel en
que habia nacido. Aun no ceñian las ciudades fosos ni murallas; los
clarines marciales, trompas, morriones y las espadas no se conocian
en este tiempo; pues sin la defensa del soldado vivian los hombres
tranquilos en los brazos de la dulce paz. La tierra libre, y no tocada
de los rastrillos, ni hendida con el arado, producia todo género de
frutos, y sus habitantes, contentos con sus naturales producciones, se
alimentaban de madroños, fresas, cerezas, y de la bellota, que sazonada
caia de las copadas encinas.
[Ilustración: (5) La edad de Oro y la de Plata en que reynaron la
Inocencia y la Justicia.]
La primavera era continua: los blandos céfiros mansamente agitaban
con suaves soplos las flores que nacian sin ser plantadas. Tambien
la tierra producia trigo sin el cultivo del arado, y el campo, sin
renovarle, se ponia blanco con las granadas espigas: ya corrian rios
de leche, ya de néctar, y el verde sauce destilaba menudas gotas de la
miel mas regalada.