EL PAÍS DE LA CASTAÑETA

Hará ya seis meses estuvo en Madrid un anglo-americano, llamado H. C.

Chatfield-Taylor. Un amigo mío me le presentó y trajo á mi casa, donde

tuve el gusto de conocerle. Me pareció sujeto amable, discreto é

ilustrado, y muy entusiasta de nuestro país. Pronto volvió al suyo dicho

señor, escribió un libro sobre España, le imprimió en Chicago,

exornándole con bor nitas estampas, y tuvo la bondad de enviarme un

ejemplar, que recibí hace pocos días. Confieso que el título del libro

me desagradó bastante. El libro se titula _El país de la castañeta_ (The

Land of the Castanet). Ya en el título hay una ofensa. Es como si un

español escribiese un libro sobre los Estados Unidos, y sin acordarse de

Washington, de Franklin, de Lincoln, de Grant, de Emerson, de Poe, de

Edison, de Chaning, de Whittier y de otros muchos ilustres personajes;

de sus nobles y hermosas mujeres, de sus grandes ciudades, de sus

monumentos, de su riqueza, de su prosperidad, de las bellezas naturales

de su territorio, de la anchura del Hudson y del Misisipí, y del salto

del Niágara, recordase sólo la abundancia de cerdos que se crían y se

matan en Chicago y titulase su libro _El país del cerdo_.

A menudo el Sr. Taylor nos acusa en su libro de orgullosos. Yo no creo

que lo somos ni que lo hemos sido nunca; mas no por eso nuestra humildad

ha de llegar hasta el extremo de resignarnos á creer que el objeto que

más nos caracteriza y distingue de las otras naciones del mundo es la

castañeta.

Hace muchos años, cuando el rey de Sajonia, que había sido partidario de

D. Carlos, reconoció por reina á Isabel II, mandó á esta corte á un

elegante y rico enviado extraordinario, llamado el barón Fabrice. Trajo

este señor consigo á un hábil cocinero, que además era literato, y que

al volver á su tierra compuso un libro de sus impresiones de viaje en

España, y le tituló _Puchero_. Nadie entre nosotros podía ver la menor

ofensa en este título. Para una persona cuyo principal oficio y arte es

la cocina, el puchero no puede menos de ser la idea capital y como el

centro en cuyos alrededores se agrupan las demás cosas. De la misma

suerte, si el Sr. Taylor hubiera sido bailarín, la castañeta hubiera

sido también, naturalmente, el núcleo de sus impresiones, la piedra

angular de todo el caramillo de ideas que sobre España formase; pero

como yo no creo que el señor Taylor sea bailarín de oficio, hallo raro

que califique á España de _país de la castañeta_, por más que en España

las castañetas ó castañuelas se toquen desde muy antiguo, según lo

atestigua Marcial en sus versos en elogio de Teletusa, que las

repiqueteaba de lo lindo al gusto de Cádiz; por más que un docto fraile

inventase y escribiese una ciencia nueva titulada Crotalogía ó ciencia

de las castañuelas, y por más que mi ingenioso y erudito amigo D.

Francisco Asenjo Barbieri, que en paz descanse, escribiese también un

curioso discurso sobre tan alegre instrumento.

Hecho ya este inevitable reparo, no he de negar que el libro del Sr.

Taylor es de muy amena lectura, contiene muchas noticias, y á veces

encomia hasta con entusiasmo á no pocas personas y bastantes cosas de

España. Da, por ejemplo, justos y atinados elogios á varios de los más

notables de nuestros políticos y literatos, como Castelar, Moret,

Echegaray, Emilia Pardo Bazán, Cánovas y Sagasta. Del conjunto del libro

se infiere que el Sr. Taylor desea sernos favorable; pero á pesar suyo

el prisma engañoso del protestante y del _yankee_, al través del cual

nos mira, hace que á menudo, ya nos calumnie y nos injurie involuntaria

y candorosamente, ya lance sobre nosotros ó contra nosotros profecías,

agüeros y juicios, á mi ver, disparatados.

Dice, por ejemplo, que nosotros, en nuestro orgullo, tenemos peor

opinión de los _yankees_ que los _yankees_ de nosotros. Lo único que se

ha hecho en España es contestar con algunas injurias, que yo encuentro

de pésimo gusto, á las de un gusto mil y mil veces más depravado y

ruín, que nos han dirigido y que nos dirigen de continuo senadores,

diputados, escritores graves, ó que pretenden serlo, y periodistas de la

Gran República. Si fuésemos á contestar á los _yankees_ con suma igual

de injurias á las que les debemos, nos pareceríamos á dos enjambres de

verduleras que se ponen como hoja de perejil, con el Atlántico de por

medio. Y las injurias de los escritores de los Estados Unidos contra

nosotros no son de ahora, con ocasión de la guerra de Cuba, sino que

vienen de muy atrás. Sólo Guillermo Draper ha dicho más ferocidades

contra España y ha mostrado más profundo aborrecimiento contra nosotros

que el que podrían atesorar todos los españoles juntos, si se decidiesen

á denigrar, á escarnecer y á insultar á los anglo americanos.

El mismo Taylor, que pretende, que desea, que aspira de buena fe á hacer

nuestra apología, ya desde el segundo renglón de su libro nos califica

de indolentes y de crueles. La acusación de fanatismo y de superstición

que el Sr. Taylor lanza á menudo contra nosotros casi no nos ofende, y,

de puro poco razonable y fundada, nos parece chistosa. Si fuésemos á

hacer la estadística de los ajusticiados, quemados y asesinados por

motivos religiosos, de fijo que resultaría, á pesar de Torquemada y de

todos los inquisidores, doble ó triple número que en nuestra cuenta en

la cuenta de la sentimental y piadosísima raza anglo-sajona.

En lo tocante á superstición, declaro que no me explico que nos acuse de

ella ningún cristiano de distinta iglesia que la católica. Libre es todo

hombre de aceptar y creer por completo lo dogmático de nuestra religión,

ó sólo una parte, modificándola algo ó no modificándola; pero desde el

momento en que se cree una parte, no hay razón ni motivo para llamar

supersticioso al que lo cree todo. Cuando dijo Sancho que no bien él y

su amo se remontaron al cielo, se apeó él de Clavileño y se puso á jugar

con las _siete cabrillas_, Don Quijote tuvo sobrada razón en decirle que

no se allanaría á creer en su jugueteo con las estrellas, si Sancho no

creía tampoco en nada de lo que contó que en la cueva de Montesinos le

había pasado. Para un impío racionalista, tan absurdos son los retozos

de Sancho con las Pléyades, como la conversación y los lances del

hidalgo manchego con Montesinos, Durandarte y Belerma. ¿Por qué, para un

espíritu religioso, han de ser fanáticos el doctor eximio Suarez, el

glorioso Ignacio de Loyola, Melchor Cano y Domingo de Soto, y han de ser

unas criaturas muy juiciosas y razonables Wiclef, Knox, Lutero y

Calvino? O todos igualmente locos y fanáticos, ó todos igualmente dignos

de consideración y respeto.

Otra terrible manía del Sr. Taylor es la que muestra contra las corridas

de toros, á las que fué no obstante y se divirtió viéndolas. Lo que es

yo, gusto tan poco de dichas corridas, que nunca voy á presenciarlas,

como no he ido en los Estados Unidos á divertirme en ver á dos

ciudadanos romperse á puñetazos el esternón y las quijadas para deleite

de los cultos espectadores; mas no por eso diré que mientras entre los

_yankees_ se estilen tales juegos, no será posible que se civilicen y

seguirán siendo bárbaros y feroces. El Sr. Taylor declara en cambio que

nosotros sólo porque toleramos las corridas de toros, somos _incapaces

de civilización_ en su más alto sentido.

Diré, por último, que el Sr. Taylor, que varias veces nos acusa de

crueles, es cruelísimo con el pueblo español cuando le compara á un

hidalgo empobrecido y casi hambriento, que lleno de vanidad y por seguir

alternando con otros hidalgos ricos, es manirroto y despilfarrado, gasta

más de lo que tiene y va derecho á la más espantosa ruina. Pues qué,

¿entiende el Sr. Taylor que sea vanidad y despilfarro que procuremos

conservar, aun á costa de los mayores sacrificios, una isla que nos

pertenece, y donde nadie ó pocos se sublevarían si desde los Estados

Unidos no los alentasen y no les enviasen armas y dinero? Cuba es

nuestra propiedad legítima, y no es vanidad ni soberbia nuestro empeño

en conservarla. Cuba es, además, como la prenda y el testimonio visible

y monumental de que este pueblo de la _castañeta_ fué el que descubrió

el Nuevo Mundo é implantó en él las artes y la civilización de Europa.

Aunque nosotros no negamos que en comparación de los Estados Unidos

somos muy pobres, todavía nos parece duro que á cada paso se nos eche

en cara nuestra pobreza y la vanidad ridícula con que se supone que

tratamos de disimularla. Las señoras, dice el Sr. Taylor, van á paseo en

coche elegantemente vestidas de medio cuerpo arriba, y de medio cuerpo

abajo muy andrajosas, cubriendo con una manta aquella miseria. Por

lucirse, andar en coche y tener palco en el Real, se tratan muy mal en

casa, la cual suele estar inconfortable y mal amueblada. En invierno se

mueren de frío, y en todas las estaciones remedan al camaleón,

alimentándose casi del aire.

El Sr. Taylor deja entrever con insistencia su recelo de que en España

se come poco y mal, de modo que nosotros para agasajar á los extranjeros

no los convidamos nunca á comer, limitándonos á hacerles muchas

cortesías. Nos cuenta, sin embargo, contradiciéndose, que el Sr. don

Emilio Castelar le dió un almuerzo suculentísimo, en el que se sirvieron

diecisiete platos, sin contar los postres, que serían, probablemente,

cuarenta ó cincuenta, todo ello, para que no se atragantase, remojado

con los mejores vinos españoles. Pues qué ¿quería más el Sr. Taylor?

También se contradice al hablar de los clubs ó casinos. En algunos

pasajes de su libro afirma que no somos un pueblo _clubable_, y califica

de mezquinos y pobres nuestros clubs, y lamenta que se sostengan por el

juego. Y en contra de lo dicho, afirma en otros pasajes, por ejemplo,

que el Casino de Córdoba es grandioso, y ensalza el Ateneo de Madrid,

que al fin es un casino donde no se juega, encomiando su rica y selecta

biblioteca, su gran salón de sesiones y sus cátedras, donde personas

sabias y elocuentes enseñan diversas ciencias y facultades.

Sobre la _high-life_ de Madrid y sobre las damas de la suprema

elegancia, el Sr. Taylor está algo satírico; pero en manera alguna

singularmente ofensivo, ya que los vicios y faltas que halla en la

_smart set_ madrileña le parecen menores que los de la _smart set_

neoyorquina. Como yo en este punto tengo la manga mucho más ancha que el

señor Taylor, absuelvo de casi todas sus culpas, sin imponerles la menor

penitencia, tanto á las damas elegantes de Madrid, como á las de los

Estados Unidos, que me parecieron guapísimas, discretas y divertidas,

durante los dos años que pasé en aquella tierra. Mi indulgencia es

fenomenal para con las señoras. Apenas hay rareza que yo no les perdone;

hasta perdono á algunas de nuestras damas elegantes que, según observa

el Sr. Taylor, aunque no sepan hablar inglés, pronuncien con acento

inglés el castellano, apretando mucho los dientes, desde que pasaron una

semana en Londres. Este acento inglés es ya más distinguido y más _chic_

que la erre nasal ó gangosa que otras damas emplean á fin de parecer

educadas en _París de Francia_.

La clase media, sigue el Sr. Taylor, es ignorante, grosera y sucia.

Supone enorme distancia, un abismo, entre nuestra nobleza y el pueblo.

No sé cómo ha podido notar esto en el país más democrático del mundo,

que es España. El señor Taylor acusa á cada paso de ignorantes á los

españoles. No se comprende cómo el poco tiempo que ha estado aquí le ha

bastado para examinarnos de todas las asignaturas y darnos calabazas.

Los mahometanos y los judíos, esos sí que eran sabios; pero hicimos la

barbaridad de expulsarlos.

No cabe en este breve escrito contestar á las censuras del Sr. Taylor.

Nos limitaremos á contraponerle las siguientes afirmaciones:

Que durante toda la Edad Media la España cristiana fué el pueblo más

tolerante de toda la cristiandad:

Que cuando venían cruzados á ayudarnos en la Reconquista, era menester

echarlos ó luchar contra ellos, para que no matasen ni robasen á todos

los judíos y mahometanos, faltando á los pactos y á la fe jurada:

Que la sabiduría muslímica y rabínica y sus filósofos y doctores, en vez

de ser perseguidos por los monarcas cristianos de España, hallaron con

frecuencia en sus cortes protección y refugio contra las fanáticas

persecuciones, ya de algunos califas de Córdoba, ya de los almoravides y

almohades, en la época de las tremendas invasiones africanas:

Y en fin: que esa sabiduría se difundió y se dió á conocer en el resto

de Europa por medio de los cristianos españoles, arzobispos, obispos y

sacerdotes casi siempre, que tradujeron, comentaron y explicaron los

textos arábigos y hebráicos.

Pero salgamos de las honduras en que nos hemos metido, y terminemos

este artículo, que va siendo ya sobrado largo, afirmando que el libro

del Sr. Taylor es muy agradable de leer, á pesar de los defectillos que

hemos notado, y que, si procuramos no ser vidriosos, reconoceremos que

cuanto el Sr. Taylor dice contra nosotros, proviene de prejuicios

difíciles de arrancar del alma de un extranjero, pero que en el fondo el

señor Taylor ó nos encomia ó procura encomiarnos, y en casi todas las

páginas de su libro muestra hacia nosotros muy sincera y fervorosa

simpatía.

[Illustration]

A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos · 第 31 / 55 题