¿Quién es este Juan Montalvo?--dirán no pocos de los que vayan á
leerme.--Pues bien, les contestaré: Juan Montalvo fué natural de una de
las Repúblicas que en la América del Sur nacieron de nuestras colonias.
Él mismo se llama semibárbaro, y es de los más cultos é ilustrados
escritores que ha habido en nuestros días.
No digo yo que nos esté bien adular á los hispano-americanos, suponiendo
que sus poetas y sus prosistas valen más de lo que valen. ¿Pero será
mejor mostrarnos con ellos severísimos críticos, empuñar la férula,
esgrimir la disciplina ó la palmeta y censurarlos y castigarlos
duramente? Hay cierta crítica menuda que hace mucha gracia al público
envidioso, que es muy fácil de ejercer, y por cuya virtud, ó mejor diré,
por cuyo vicio, puede probarse, al menos en apariencia, que Garcilaso y
Fray Luis de León fueron unos plagiarios y además unos ignorantes, que
no sabían sintáxis, ni prosodia, ni nada, y que tenían orejas de asno,
como el rey Midas. En una palabra; con el método analítico que hoy se
emplea, con cuatro chuscadas y con un poquito de mala fe, nada más llano
que demostrar que el propio Homero era un mentecato.
Por otra parte, yo no comprendo qué ventaja pueda traer una censura muy
feroz de los autores, aunque sean malos. En ningún oficio, menester ó
profesión, se ofende menos á Dios y al prójimo y se causan menos daños á
la república que escribiendo versos flojos y llenos de ripios ó prosa
desmazalada y tonta. Con las producciones del espíritu suele ocurrir lo
contrario que con las producciones materiales. La cizaña puede ahogar el
trigo y no habrá buena cosecha si el haza no se escarda y no se limpia
de mala hierba con el almocafre, mientras que, por el contrario, casi es
indispensable que el espíritu humano produzca millares de cosas pequeñas
y deformes, para que brote de entre ellas una que sea hermosísima y
grande, predestinada por su valer á vida inmortal y gloriosa. Un mal
médico mata á sus enfermos, un mal arquitecto tal vez construya
edificios que se hunden con estrago espantoso, un mal zapatero nos
estropea los pies, un mal sastre nos afea con sus trajes ridículos, un
mal cocinero nos envenena ó nos mata de hambre, un mal político causa la
miseria y el descrédito de su nación, y un mal general expone sin plan y
sin objeto la vida de sus soldados y aun llega á causar el
empobrecimiento, el oprobio y la ruina del Estado á quien sirve. Pero un
buen señor, si tiene la manía de componer malos versos ó de escribir en
prosa cualquier tontería, ¿me quieren ustedes decir qué daño hace á
nadie? Con no leer lo que ha escrito, él y nosotros quedamos despachados
y en paz. No hay razón para ensalzar á los escritores hispano-americanos
sin justo motivo, pero menos hay razón para denigrarlos.
El Juan Montalvo, que me sugiere estas reflexiones, lo dice: los
hispano-americanos son para los españoles carne de su carne y huesos de
sus huesos. Todo cuanto contra ellos digamos, hasta cierto punto, nos
cae encima.
Harto estoy ya de oir decir que el porvenir del mundo es de la raza
anglo-sajona, la cual en América da clara muestra de que entiende de
todo, de que vale para todo y de que sabe gobernarse, mientras que la
raza española, ibérica, latina ó como nos convenga llamarla, ofrece muy
triste espectaculo, y da, por todo el Nuevo Mundo, y claro está también
que por el antiguo, lastimoso testimonio de su incapacidad y
desgobierno. Sube el _yankee_ á la cima de la montaña y el
hispano-americano se queda al pie, rezagado y en situación miserable;
pero no se cuenta, al decir esto, con no pocos factores, empezando por
la fortuna, que no puede negarse que existe, entendiéndose por fortuna,
la serie y el enlace de los casos, dispuestos y ordenados por ley
providencial ó fatal, que ya se sustraen á la previsión humana, ó ya,
aunque no se sustraigan, ni la más firme voluntad de los hombres, ni su
más profundo saber, ni su más poderosa inteligencia desvían del camino
que siguen, así como no evita el eclipse el astrónomo que le pronostica.
Valga además, en defensa de nuestra raza, otra razón que nadie tildará
de metafísica ni de alambicada. El _yankee_ ha subido á la altura,
porque sin asomo de piedad, y para ir más ligero, ha dejado tras de sí
todo lo que le estorbaba, mientras que el hispano-americano sube con
dificultad, porque va cargado con el indio, á quien considera como á su
hermano y como á su igual, uniendo con él sangre, vida y destino. La
empresa, pues, del hispano-americano es mil veces más árdua; ha de
tardar mucho más tiempo en llevarse á cabo; pero no es imposible que se
logre. Y si algún día se lograse, ¿cómo negar que sería también mil
veces más humana, más generosa y más digna de alabanza?
Volvamos á Juan Montalvo y evitemos las digresiones.
Poco sé de la vida de este escritor. Ecuatoriano de nacimiento, murió en
París, creo que muy joven aún. Ignoro si era de pura sangre española ó
si corría mezclada por sus venas la sangre del español con la del indio.
Su saber era variado, hondo y extenso; su ingenio, original y agudísimo;
su modo de sentir, universal ó cosmopolita; su espíritu se había
alimentado con deleite y había digerido y convertido en substancia
propia la flor del pensamiento de los antiguos griegos y latinos y de
los modernos ingleses, franceses y españoles. Nadie, con todo, se
jactará, fundadamente, de ser más español que él por el espíritu y por
su primera manifestación sensible, la palabra.
Tal vez sea, en nuestra época, un colombiano, Rufino Cuervo, quien sabe
teórica y gramaticalmente más lengua española. Pero, sin duda, quien la
maneja con más castiza abundancia de vocablos, frases y giros, y quien
la escribe con más primor y limpieza, como quien borda rico dechado, es,
á mi ver, este para nosotros extranjero y acaso semi-indio.
Su adoración, su entusiasmo por la lengua y la literatura de Castilla,
corren parejas con el conocimiento que de ellas tiene, cuya extensión no
pondero, pero cuya intensidad es incomparable. Nadie con más fervor ni
con más tino que Montalvo elogia, en mi sentir, la lengua castellana y
las obras maestras que en esta lengua se han escrito.
Montalvo tiene, como todos los americanos, latinos y no latinos, una
calidad buena, si bien por su exageración peca á veces de sobrado
cándida y aun llega á prestarse á la burla; la manía de imitar á los
europeos, superándolos y eclipsándolos. Cuando esta cualidad va
acompañada, como en Montalvo, de grandísimo respeto hacia los bien
entendidos y mejor sentidos modelos, la cualidad es simpática y llega á
producir obras de mérito. Lejos de poner solución de continuidad,
conserva unida la civilización europea con la transplantada al Nuevo
Mundo; y cuanto en el Nuevo Mundo se cria, sin dejar de ser propio de su
suelo, parece como mugrón robusto ó como retoño que se nutre aún de la
savia que viene de Europa, aunque en tierra virgen y más fértil
reverdezca con mayor lozanía, extienda más sus ramas y haga brotar en
ellas más flores y más frutos.
En las obras principales y mejores de Montalvo se advierte la mencionada
cualidad. Enamorado del modelo, le imita y anhela superarle, pero
respetándole y amándole siempre.
Así, en _Los Siete Tratados_ no habrá quien no note la imitación de
Miguel de Montaigne y el amor que á Montalvo inspira; y así en _El
espectador_, se advierte que Montalvo, prendado de Addison, propende á
imitarle hasta en el nombre ó título de su obra. Pero en Montalvo había
tanto ser propio y un sentir y un pensar tan profundamente arraigados en
el alma, que todo ello sale con ímpetu y se pone en la imitación de tal
suerte, que la imitación es muy distinta de lo imitado, ya que la
informa otro espíritu nuevo y muy distinto. De este modo, sin que yo
pretenda igualar las producciones al compararlas, fray Luis de León
imita á Horacio en _La vida del campo_, y compone una oda que Horacio ni
siquiera entendería, si sabiendo bien el español resucitase.
Todo el anterior preámbulo y más aún necesitaría y emplearía yo, si no
fuese monstruosidad convertir en preámbulo todo este artículo, que por
fuerza ha de ser muy breve, para preparar á mis lectores y para impedir
que se asusten, cuando, permítaseme lo vulgar de la frase, llegue el
trueno gordo; la revelación del título y del asunto de la obra póstuma
de Juan Montalvo: la aclaración de las palabras que me sirven de
epígrafe.
Juan Montalvo encabeza su obra postuma con una elocuentísima
introducción. Nada mejor pensado, ni mejor escrito, ni más entusiasta á
par que juicioso, ni más esmaltado de sentencias metafísicas, estéticas
y morales, puede, en mi sentir, escribirse en elogio del príncipe de
nuestros ingenios, Miguel de Cervantes Saavedra, á quien coloca Montalvo
entre los mayores que ha habido en el mundo, y á cuyo _Quijote_ sólo
pone por cima la _Biblia_ y la _Iliada_. Y ahora llega por fin el trueno
gordo. El título de la obra póstuma es el siguiente: _Capítulos que se
olvidaron á Cervantes. Ensayo de imitación de un libro inimitable_.
Y en efecto, Juan Montalvo escribe y sus herederos ó sus admiradores y
paisanos dan á la estampa, en Bezanson, en 1895, aunque el libro no ha
llegado hasta ahora á nuestras manos, nada menos que sesenta capítulos
añadidos al _Quijote_. Acaso el autor, en vida, no se hubiera atrevido á
publicarlos. Acaso no pretendió nunca rivalizar con Cervantes. Acaso el
extremo de su amor y de su admiración le hizo incurrir en esta á modo de
locura. Nada menos parecido á Cervantes que Juan Montalvo; uno, todo
espontaneidad, sencillez y alta inspiración, á menudo casi
inconsciente; otro, todo reflexión, artificio y doctrina. El libro de
Montalvo, no obstante, es la obra de un hombre de gran talento, del más
atildado prosista que en estos últimos tiempos ha escrito en lengua
castellana, y de un hombre, por último, de imaginación briosa y rica. Su
libro merece ser examinado y juzgado, pero no caben en este articulo ni
el examen ni el fallo. Quédense, pues, para otro día, si alguien muestra
curiosidad por conocerlos.
[Illustration]