II

Mi querido amigo: La cariñosa carta de usted me mueve á escribirle de

nuevo, y no poco.

Si usted no hubiese escrito ya en verso y en prosa muchas cosas buenas,

y si usted no diese esperanzas fundadísimas de escribir otras mil

infinitamente mejores que los catorce sonetos, tendría usted razón en

decir que yo le mataba. Pero si usted escribe bien, y si ha de escribir

mejor, y si ha de ser, pues no creo que me engañe la simpatía, uno de

nuestros más fecundos y amenos ingenios, ¿qué importa que yo hable mal

de los catorce sonetos compuestos por usted en algunas horas de

extravío?

Yo, aunque sea repetirlo por tercera ó cuarta vez, no voy contra los

catorce sonetos, sino contra la mala teoría estética que, nublando el

claro entendimiento de usted, se los ha inspirado.

Yo reparo, tal vez por demás, en el pro y en el contra de cuanto digo, y

nada afirmo con aquella decisión que se impone. De aquí que me acusen de

escéptico. Fácil me sería pasar por dogmático, si prescindiese yo de lo

que me dicta la conciencia; pero, como no prescindo, soy ó paso por

escéptico, á fuerza de ser concienzudo.

Digo esto, porque al censurar los catorce sonetos de usted, me han

asaltado en tropel no pocas dudas y dificultades que deseo exponer aquí,

aunque no logre resolverlas y todas se queden en pie.

Necesito, además, escribir esta segunda carta para disculparme de no

rasgar la primera; porque, después de la longánima docilidad con que se

somete usted á mi censura, tal vez acerba, y me la paga en alabanzas,

parece ruindad en mí el que mi censura se haga pública, y el que, siendo

yo, por lo común, indulgente y hasta lisonjero con los extraños é

indiferentes, me extreme por la severidad con usted, á quien cuento

entre mis mejores amigos.

Válgame para explicación de mi conducta que la indulgencia debe recaer

sobre el _non plus ultra_ de lo que produce cada uno. No hay que podar

el quejigo, porque, á pesar de la poda, siempre dará bellotas ásperas y

no dulces almendras. De mal árbol no se espere fruto sazonado y sabroso.

Y así, siguiendo esta comparación de los frutos, y convirtiendo

imaginariamente cada soneto de usted, pongo por caso, en un melocotón,

yo entiendo que usted debe darlos mejores, y que aun los catorce, de que

tratamos aquí, serían exquisitos, si el moscardón ó avechucho del

_naturalismo_, que vaga por el aire, no hubiera clavado en ellos el

aguijón y depositado allí venenosos huevecillos que se convierten en

gusanos y podredumbre. Lo que hago, pues, es osear el avechucho para que

no inficione otros nuevos frutos.

Dada ya á usted la satisfacción que le debo, voy á decir algo acerca de

las dudas y dificultades.

Y es la primera duda la de si seré yo tan crudo censor de los sonetos

porque la vejez me infunde aborrecimiento al Amor: pero la duda se

disipa pronto, y creo que mi profundo respeto y mi ardiente devoción al

Amor son los que me inspiran.

Los catorce sonetos rebajan las obras de esta deidad á mera función

fisiológica, y el brío de las descripciones no las eleva, sino que les

presta ciertos visos de patología, que, á más de hacerlas bajas, las

hace insanas.

Es cierto que lo contrario debe de ser peligroso y seductor; pero

consuela y no deprime. Trae Byron, en el _Don Juan_, una jocosa diatriba

contra Platón, echándole la culpa de las pecaminosas relaciones de su

héroe con doña Julia. Yo mismo, aunque disto mucho de ir tan lejos como

Byron en la malicia anti-platónica, me pasmo y veo con más incredulidad

que fe los anchos límites que pone, verbi gracia, el conde Baltasar

Castiglione al platonismo puro.

El beso en la boca, según él, es todo espiritual: es ayuntamiento de

almas, en prueba de lo cual se alegan muy sutiles razones que no me

convencen. Ni vale para ello la grave autoridad del mismo Platón, de

quien nos cuenta el Conde que, divinamente enamorado y besando á su

amiga, sintió una vez que el alma se le vino á los dientes para salirse

del cuerpo.

Á tales accidentes confieso que debemos dar explicación menos

metafísica; mas no por eso debemos quitar del amor todo lo metafísico,

trascendente y divino. El amor nuestro se iguala entonces al de los

animales. Los refinamientos, las elegancias, los materiales primores de

que le rodeamos, le quitan naturalidad y no le añaden belleza. Y la

exageración y violencia del sentir, en vez de magnificarle y

corroborarle, le ponen enfermo y le dan un aspecto diabólico, delirante

y lúgubre. Se diría que las pasiones y operaciones de nuestro ser se

resisten á ser atribuídas y sujetas á leyes físicas sólo, y así, al

apartar del efecto toda causa ó influjo divino, se le atribuímos

infernal ó endemoniado.

No llega usted á este punto del satanismo, y más vale así. Se queda

usted en menos de la mitad del camino, y por usted lo celebro.

En cuanto á los catorce sonetos, serían estéticamente mejores si fuesen

satánicos.

Yo comprendo á Baudelaire, y en cierto modo le admiro, aunque me

disgusta. En su inspiración depravada, sombría y terrible, hay algo de

verdad, aunque exagerada por la farsa tenaz que él mismo se impuso para

ser más original, para asustar al linaje humano y para contristar y

meter en un puño el corazón de cada burgués honrado y sencillote, en

cuyas manos cayesen sus _Flores del mal_. Pero usted no pretende hacer

el bu, ni pasar por originalísimo, siendo raro y extravagante. De ello

me alegro, aunque los catorce sonetos, por falta de una intención, si

perversa, decidida, se queden en el limbo, y no suban al cielo, ni bajen

al infierno.

Dice Fóscolo que el Petrarca cubrió con un velo candidísimo al Amor, que

andaba desnudo por Grecia y en Roma, y así le volvió al regazo de Venus

Urania. Desde entonces, acaso desde antes, no se puede hablar seriamente

del Amor, trayéndole á la tierra, prohibiéndole recordar su cielo, y

arrancándole la vestidura. Cuando esto se hace, resulta el sacrilegio,

que no se motiva ni funda bien, á no seguir el poeta las huellas de

Baudelaire, y entregarse al diablo.

Y ahora ocurre otra duda. ¿Cómo es que hay versos eróticos, harto libres

y desenvueltos, que el moralista, aunque no sea muy rígido, sin

apelación condena, que toda señora ó señorita bien criada no puede oir

sin enojarse y ruborizarse, y que, sin embargo, nos gustan mucho á los

profanos? Sírvanme de ejemplo no pocas canciones de Béranger. Yo presumo

que esto consiste en el tono. El refrán lo dice: _C'est le ton qui fait

la chanson_. La alegría, la ligereza, el aire improvisado é irreflexivo

lo disculpa todo. Se diría que estos poetas, alegres y desenfadados,

dejan tranquilo en su cielo al Amor primordial y unigénito, y, si toman

de él varias prendas, es para adornar á los Amorcillos terrestres, hijos

de las ninfas, con los cuales no disuenan las libertades y la carencia

de misterios.

De esta suerte, y no con tono heróico y pomposo, la Estética no repugna,

aunque la Moral frunza las cejas, que el poeta, velando un poco, no

parándose en pormenores, y dejando entender mucho por medio de rodeos y

dobles sentidos, nos cuente ó nos cante algunas travesuras. Harto sé que

la eutropelia del P. Boneta no permite tanto; pero yo confieso que lo

permite la mía. Entiéndase, con todo, que para que estéticamente

gustemos de versos así los mismos profanos, es menester que un dejo del

verdadero amor, de ternura y de otros bellos sentimientos, difunda en el

cuadro que el poeta nos trace algunos resplandores de la luz del cielo.

Catulo amaba á Lesbia con el alma, _plus quam se atque suos amavit

omnes_, y lo recuerda y lo confiesa hasta cuando ya Lesbia le es infiel;

y lo mismo acontece á Béranger con Liseta, hasta cuando le dice, al

verla con tantas galas, que ya no es Liseta y que no debe llevar aquel

nombre. Á pesar de la regocijada liviandad de ambos poetas, no es la

carne sólo lo que los enamora.

Infiero yo de cuanto va dicho la necesidad, moral y estética, de que en

toda poesía de amores intervengan cielo y tierra y concurran lo

espiritual y corpóreo; esto último velado por el pudor, sobre todo

cuando se quiere que sean grave el tono y elevado el estilo.

Se cita mucho la definición que del orador da Quintiliano. Dice que ha

de ser _vir bonus dicendi peritus_; pero se ignora ó no se recuerda que

los griegos exigieron antes para el poeta, como requisito

indispensable, la misma calidad de ser varón excelente. Acaso

Quintiliano no hizo más que ampliar la exigencia de los griegos y

comprender en ella á los oradores. Como quiera que sea, es lo cierto que

la poesía, aun para los que seguimos la doctrina del arte por el arte,

no es, en el más lato sentido, independiente de la moral. No se pone á

su servicio ni la toma como fin, porque su fin está en ella: pero la

poesía, siguiendo desembarazada y libre por su camino, si es de buena

ley y de alto vuelo, al llegar á su término, tiene que parar en la moral

más perfecta y pura que se concibe en la época en que el poeta vive, á

no ser que éste, lleno de aliento profético, suba más alto y columbre y

revele más bellos ideales. Esto significa la excelencia moral que los

griegos requerían en el poeta, aunque careciese de aquella voluntad

perpetua y constante que constituye la virtud práctica en todos los

actos de la vida, ó aunque no fuese ni héroe ni santo.

Infiero yo de lo expuesto que el amor entre hombre y mujer, cuando no es

sólo material, no va contra la moral, sino que ésta le sanciona. La

poesía ha hecho de él su principal asunto, así en cantos líricos como en

narraciones, desde las edades más remotas hasta nuestros días.

Es más: la poesía erótica es tan bella, entendida y realizada así, que,

lejos de condenarla, la religión, por severa y espiritual que sea, ha

solido valerse de sus frases vehementes y de sus acentos apasionados,

para expresar los éxtasis y arrobos místicos, y los más sublimes

misterios, aspiraciones y raptos del alma hacia lo infinito y lo eterno.

Testimonio de esto da, en la antigua India, aquella égloga bellísima en

que Yayadeva pinta los amores de la gentil pastora Radha y del Dios

Crishna, que toma la figura del pastor Govinda para enamorarla: y no

menos brillante testimonio da entre nosotros _El Cantar de los

cantares_, donde los terrenales amores de Salomón y de la Sulamita

vienen á sublimarse y á convertirse en los de Cristo con la Iglesia, y

en los del alma con su Hacedor.

Tenemos, pues, la poesía erótica, siempre que se guarde en ella el

debido decoro y no se la prive del elemento espiritual, no sólo

tolerada, no sólo permitida, sino hasta canonizada. No ya con

significación mística como San Juan de la Cruz, sino dirigiéndose á

mujeres, que fueron ó que se supone que fueron de carne, varones

piadosos, como Fr. Luis de León y Fr. Diego González, han compuesto

versos amorosos.

Lo mejor es seguir tan buenos ejemplos. Sólo se oponen á que los sigamos

la última moda de París, el afán de singularizarnos y el temor de ser

como cualquiera otro, tomando la senda trillada y empleándonos en

asuntos que se imaginan agotados ya, y sobre los cuales nada puede

decirse si no repetimos lo que otros dijeron.

Crea usted que este temor es vano. No busque usted la originalidad, y

ella vendrá á buscarle. Sea usted natural y espontáneo, y pondrá usted

en cuanto escriba el sello de su persona, y será sana y limpiamente

original, sin darse á todos los diablos y sin caer en las demencias

fúnebres que en Francia se usan.

Inagotable fábrica y rico emporio de ideas es París. Necesario y bueno

es tomar de allí lo que conviene; pero haya tino y juiciosa elección en

lo que se tome.

Cierta poesía no es ya erótica, sino crapulosa y nauseabunda. Entre las

causas que concurren á dar ser á esta poesía, además de las ya

mencionadas, entra una vanidad pueril de que el poeta no se da cuenta á

veces. Figurémonos al poeta en París. Su prurito será acaso que, en el

fondo de la provincia de donde ha venido, le tengan por un picaruelo,

sibarita alambicado, que logra venturas superfinas, ni soñadas en su

lugar. Además, todo francés hace sin querer _la reclame_. En París se

confeccionan los mejores guisos y se hacen los más graciosos vestidos y

sombreros para mujeres; es menester, por consiguiente, que también se

crea y se divulgue que en París se entiende mejor el amor y se le

condimenta con aliños más picantes y especierías más ricas y exóticas.

Con este señuelo, tal vez, no pocos individuos acaudalados de naciones,

que en Francia se tienen entre el vulgo por semi-bárbaras, vendrán á

París, ya que no á estudiar en la Sorbona, á aprender pornografía en los

colegios de la nueva Babilonia.

No acuso yo á ningún autor francés de que lleve tal intención; pero la

lectura de sus libros produce el mismo efecto que si la llevara. Nos

fingimos por acá, y por muchas otras tierras, un París encantado, donde,

si va uno con dinero, se pasea en los jardines de Armida, desembarca en

la isla de los amores de Camoens, y penetra en el propio paraíso de

Mahoma.

Si el mal se detuviese en esto, yo me callaría; pero el mal no se

detiene. Los poetas crapulosos, como Baudelaire y Rollinat, se hartan y

se hastían de sus goces; sienten aspiraciones infinitas, hundidos ya en

el fango, y después de haber renegado de Dios; y aquí te quiero

escopeta. Cada uno de ellos parece un energúmeno. Sus versos son

pesadillas de un ascetismo bastardo y sin esperanza. Obsesos por el

demonio del remordimiento y por otros demonios más feos y tiznados,

rompen en maldiciones y blasfemias inauditas. Ya nos aseguran que no hay

crimen que no sean capaces de perpetrar, ya se encomiendan devotamente á

Lucifer, ya aseguran que quieren imitar á Cristo, si bien suponiendo que

lo que Cristo prescribe y recomienda con el ejemplo es que nos matemos.

La muerte es la única redención posible. Además, ellos entienden que

deben matarse en castigo de sus culpas.

_¡Va, que la mort soit ton refuge!_

_à l'exemple du Rédempteur,_

_ose à la fois être le juge,_

_la victime et l'éxécuteur._

La situación es tremenda, y empezando por versos de amor materialista

puro, como los catorce sonetos, se viene á caer en ella, más tarde ó

más temprano, á no desviarse pronto del mal camino.

Las visiones de Baudelaire y de Rollinat espeluznan y descomponen el

estómago; dan horror y asco: es menester ser valientes y robustos para

resistirlas sin vomitar ó sin caer desmayado. Los suplicios más feroces

que ve Dante en su _Infierno_, las abominaciones y espantos de los más

ascéticos libros cristianos, como _Gritos del infierno_, _Estragos de la

lujuria_, y otros así, son niñerias y amenidades, si se comparan con lo

que Baudelaire refiere cuando él mismo se ve ahorcado, podrido y

hediondo, entre una nube de murciélagos y de grajos que le sacan los

ojos á mordiscos y picotazos y se le comen por do más pecado habia, y

con lo que cuenta Rollinat de aquel gato celoso, que yo sospecho que era

un demonio familiar, el cual araña y destroza á su amiga en sitios tan

sensibles y ocultos.

Si tamañas desventuras se tomasen por lo serio, sería cosa de deshacerse

en un mar de lágrimas, de morirse de pena y de terror entre convulsiones

horribles, y de aborrecer toda vida, y más que ninguna la

sardanapalesca, á que se entregaron estos vates ilustres, y cuyos

funestos resultados estamos tocando.

Por dicha, yo me consuelo y tranquilizo con sospechar que, tanto en el

_sardanapaleo_ como en el lloriqueo, tanto en las culpas como en los

castigos, hay abundancia de filfa y camelo. Ni se divierte uno tanto

como dice, ni suele exclamar de corazón _¡qué tétrica es la vida!_

después de haberse divertido. En ambos extremos hay ponderación

jactanciosa: _pose y blague_. Lo peor es el pesimismo. Si se adopta para

hacer efecto y darse charol, no tiene perdón de Dios. ¿Por qué en odas,

en elegías, en coplas, en dramas, en novelas y aun en gruesos librotes

de filosofía, hemos de angustiar á los mortales y quedarnos tan frescos?

Todos, aunque seamos optimistas, tenemos ratos, y días y semanas de mal

humor, de tristeza y de abatimiento. Así estaba yo, poco ha, cuando

escribía á un amigo diplomático extranjero, á quien quiero mucho, una

melancólica carta. Él me contestó, consolándome con discretísimos

razonamientos, algunos de los cuales vienen tan á pelo aquí, que voy á

citarlos en el propio idioma en que están escritos, abusando quizá de la

confianza y rompiendo el sigilo de la correspondencia.

«¿A quoi vous sert votre optimisme? (me dice). Notre maître le Docteur

Pangloss restait ferme dans la doctrine après des accidents bien

autrement facheux et malgré le cadeau dont l'avait gratifié Paquette et

dont vous connaissez la généalogie. ¿L'optimisme ne servirait-il à rien?

On serait tenté de le croire en voyant que les pessimistes sont en

general de fort bons vivants, qui s'arrangent une existence très

agréable et qui sont très peu pressés de sortir de cette création

manquée. Leur chagrin est tout en rimes ou en livres de philosophie, qui

n'ont pas d'influence sur leur conduite journalière. Schopenhauer

n'avait pas l'air de s'ennuyer, si j'en crois ceux qui l'ont connu.

Boudha lui même est mort d'indigestion, ce qui peut faire douter de son

ascétisme et de son mépris des choses créées. ¿Si nous faisions comme

eux et si nous prenions le monde comm'il est, réunissant ainsi les

avantages des deux systèmes?»

Estas palabras de mi docto amigo me sugieren una idea luminosa y

salutífera. Seamos optimistas y pesimistas alternativamente. Las cosas,

aunque no crea uno en el determinismo feroz que nos arrastra al vicio y

hasta al crimen, y aunque no vea uno siempre desolación y dolor en torno

suyo, no están por eso todo lo bien que sería de desear. Confesémoslo,

pero no nos aflijamos demasiado ni menos aflijamos á los demás hombres

con nuestros quejidos y aullos. Conviene, pues, para esto, que nuestro

pesimismo, en vez de ser trágico, sea chistoso y cómico; como el

pesimismo de Voltaire, que en el _Cándido_ hace que nos desternillemos

de risa, ó, mejor aún, como el de Cervantes, más gracioso todavía en el

_Quijote_, y lleno de dulzura y de cristiana resignación, sin chispa de

hiél ni de impiedad ni de odio.

Y si, en el día de hoy, sin salir de España, quiere usted hallar un

modelo acabado de este pesimismo para reir, búsquele en los escritos, en

prosa y verso, de Miguel de los Santos Álvarez, y singularmente en

algunas octavas del poema _María_. El pesimismo se expresa en ellas con

tanto chiste y gracejo, que regocija, en vez de desesperar, y hasta se

le antoja á quien lee ó recita aquellas blasfemias, no ya que él debe

perdonarlas _propter elegantiam sermonis_, sino que hasta la Soberana

Potestad, á quien se dirigen, en vez de castigarlas, las celebra y las

ríe, como ríe y celebra la madre cariñosa y benigna al niño pequeñuelo y

mimado, si la insulta por que no le da, para que no le hagan daño, las

chucherías y golosinas que le pide.

En resolución, y para terminar, en las poesías amorosas mezcle usted

algo del cielo con la tierra, á fin de no hallar _tétrica la vida_

cuando está en lo más florido de sus años, y en lo demás procure usted

no caer en el pesimismo, y si cae en él, témplele y endúlcele con la

risa resignada y con la burla sin acíbar de Cervantes y del antiguo

amigo de Espronceda. De esta suerte, ya que no los censores graves; los

que no lo son ni tienen autoridad para serlo, en lo amoroso perdonarán á

usted las verduras, y en lo pesimista las injurias contra la

Providencia, cuyos designios y planes, que ignoramos y debemos acatar,

tal vez brillan justificados después de tales ataques.

Y con esto termino, augurando á usted rica cosecha de laureles si sigue

mi consejo, y reiterándole que soy su afectísimo amigo.

[Illustration]

COLECCIÓN

DE

MANUSCRITOS Y OTRAS ANTIGÜEDADES DE EGIPTO

PERTENECIENTES AL ARCHIDUQUE RANIERO

No pocos escritores han dado ya noticia de esta rica y curiosa

colección, pero nunca hasta ahora se había expuesto toda ella al

público.

A fin de que cualquiera logre enterarse algo de los objetos que la

componen, de su mérito y de su rareza, acaba de publicarse, en esta

ciudad de Viena, un precioso catálogo ilustrado.

Como los objetos son muchos miles, no es posible que todos estén

estudiados y descritos en el catálogo. Este, no obstante, es un tomo en

cuarto mayor, de 292 páginas, letra muy metida, con veinte láminas y

noventa imágenes y facsímiles intercalados en el texto, y contiene la

descripción de más de mil cuatrocientos objetos.

Lejos de ser todos de la misma época, es tan varia su antigüedad, que el

origen de algunos se remonta catorce siglos antes de Cristo, mientras

que los más modernos son del siglo XIV de la Era cristiana. Todo ello es

visible y claro documento de la civilización, no interrumpida por

espacio de 2700 años, en el país que riega y fecunda el Nilo.

Como dicha civilización ha adoptado, en el transcurso de los siglos,

diversas creencias religiosas, distintos usos, leyes y costumbres y

diferentes idiomas en que manifestarse, los objetos, aunque hallados

casi todos en el mismo lugar, varían en extremo. Sólo por la lengua ó

escritura de los manuscritos pueden éstos clasificarse en hieráticos,

demóticos, cópticos, griegos, latinos, arábigos y péhlvicos, ó sea en la

lengua oficial de los persas en tiempo de los Sasanidas.

Los últimos vienen á demostrar con evidencia que á principios del siglo

VII de nuestra Era, el Egipto fué conquistado por Cosroes II, y que la

dominación persa en aquel país se extendió hasta la Nubia.

Por la materia en que los documentos de la colección están escritos,

también hay notable diversidad. Lo que más abunda es el papiro, desde

los tiempos de Ransés II, el Sesostris de las historias clásicas. Siguen

los escritos en papiro, después de la conquista de Alejandro Magno, en

el periodo helénico de los Ptolomeos, durante la dominación romana y en

la época bizantina.

Cuando los árabes se apoderaron del Egipto, la civilización no se

eclipsó ni retrocedió, y el cultivo de la planta de que se saca el

papiro y la fabricación del papiro tomaron mayor incremento,

proporcionando al Egipto prosperidad y riqueza. Las más importantes

fábricas estaban en Wasima y en Bura, cerca de Damieta, desde donde se

enviaba esta mercancía á los más distantes y opuestos mercados: á Roma,

á Constantinopla, á Bagdad, y á Córdoba.

En la colección del archiduque Raniero hay papiros escritos en lengua

arábiga, desde la conquista muslímica, en el siglo VII, hasta bien

entrado el siglo X; los hay del tiempo de los primeros sucesores del

Profeta, y de las dinastías de los Omiadas, Abasidas y Tulunidas.

En el siglo X, ó tal vez antes, se había ya extendido por el Asia

occidental y había penetrado hasta el Egipto mismo un poderoso rival del

papiro que había pronto de vencerle y dar con él por tierra. Era este

rival el papel de trapo. A lo que parece, el papel se conocía y usaba en

China desde la edad más remota. Los árabes le importaron en Occidente.

La época de este gran acontecimiento ha venido á fijarse, poco ha, con

maravillosa exactitud. Se marca el día, el mes y el año en que fué. Fué

el 7 de Julio del año 751 de la Era cristiana. Los anales arábigos y los

chinos están contextes en esto. Kao-Hsien-fa, general de Corea, fué

vencido por los árabes, que llevaban por auxiliares á los turcomanos,

cerca de una ciudad llamada Kangli, en la orilla del río Tharâz. Los

vencedores traspasaron las fronteras mismas del Celeste Imperio

persiguiendo á los chinos, y les hicieron muchos prisioneros. Entre

ellos había, por feliz casualidad, algunos que tenían por oficio hacer

papel. Fueron éstos llevados á Samarkanda, donde pronto empezaron á

ejercer su industria. Los productos de ella se difundieron, desde

Samarkanda, por el Occidente de Asia, por Africa y por Europa. Si tardó

casi dos siglos en vulgarizarse el papel y en vencer al papiro, fué

porque los primeros fabricantes sólo de algodón sabían hacerle, y les

faltaba, ó bien abundaba poco, la primera materia. Al cabo vino á

inventarse el hacer el papel de trapos viejos, y pronto entonces se

trasplantó esta industria á otros puntos. La segunda fábrica, de que

hace mención la historia, se estableció en Bagdad el año de 795,

reinando el califa Harun-al-Raschid. No tardó mucho, probablemente, en

haber también fábricas de papel en Damasco, y desde allí el papel empezó

á conocerse en Europa, tomando el nombre de _Charta Damascena_.

En Egipto, los árabes emplearon ya el papel desde el siglo IX, y en la

colección del archiduque Raniero se ven escritos en esta materia,

empezando desde dicha época y continuando durante las dinastías de los

Ichschidas, Fatimidas, Aijubidas y Mamelukos.

Y lo más singular, y acaso una de las cosas que dan más precio á esta

colección, es que, no sólo hay manuscritos en papel, sino que

evidentemente hay también papeles, grabados ó impresos, que datan del

siglo X. Los árabes no se limitaron á traer el papel desde la China, si

no que, por lo visto, trajeron también el arte de la imprenta antes de

que Gutenberg le inventase. Ya se entiende que esto excita la curiosidad

y el asombro, pero en manera alguna disminuye la gloria de Gutenberg,

como no quita á Colón la gloria de haber descubierto la América el

descubrimiento muy anterior y harto infecundo de los islandeses.

Como quiera que sea, en la colección del Archiduque hay no pocos papeles

impresos, completamente como los imprimían los chinos, y que son de

mediados del siglo X.

El papel manuscrito es en la colección, según es natural, más antiguo

que el impreso.

El primero, por orden cronológico, entre los estudiados ya, es una

carta, en cuya dirección escrita en el respaldo se lee la fecha

correspondiente al año 873 de nuestra Era. Hay después un fragmento de

contrato del año 909. La colección, además de papiros y papeles,

contiene escritos en madera, en barro, en telas, en tablas de cera, en

metal y en varias clases de pergaminos de vaca, de carnero, de becerro y

de antílope, que eran los más estimados.

El conocimiento del arte de escribir y de todos los recados y sustancias

con y en que se escribe se puede adquirir visitando esta colección, que

viene á ser una serie de monumentos de su historia. Y no es el menos

notable un cesto, de paja y cáñamo entrelazados, donde hay tres paletas

de madera muy dura, en que se frotaba la pastilla ó barra de tinta

sólida, humedeciéndola, para que, desleída, sirviese. En cada paleta

hay huecos en que se envainaban las cañas ó plumas, de las que se

conservan tres. Cesto, _cálamos_ y paletas, que aún tienen tinta

endurecida, son de mil doscientos años antes de Cristo, si hemos de dar

fe á los inteligentes y al testimonio de un papiro con escritura

hierática, que estaba unido á dichos objetos.

Como se ve, todos ellos forman un tesoro de imponderable valor para el

anticuario, y están ahora expuestos al público en cinco salones del

Museo austriaco de artes é industria.

Lo más importante lo descubrió y trajo á Viena el señor Teodoro Graf, de

quien, en 1884, lo adquirió el Archiduque.

El tesoro procede de diversos puntos, por ejemplo, de Al-Uschmunein, la

antigua Hermópolis; pero el fondo principal se ha encontrado cerca de

Medina-al-Fayun, no lejos del lago Moeris, entre las ruinas de la ciudad

de Schet, llamada por los griegos Crocodilópolis ó Ciudad del Cocodrilo,

porque allí era adorado el dios Sobk, cuya cabeza era como la de dicho

animal. Schet se llamó más tarde Arsinoe, en honor de la segunda reina

de este nombre, hija de Ptolomeo I.

El libro, de que vamos extractando todas estas noticias, se titula _Guía

de la Exposición_; está impreso en la imprenta Imperial y Real de la

Corte y del Estado, y ha sido compuesto por tres principales autores. En

lo egipcio ha trabajado el Sr. J. Krall; en lo greco-latino el Sr. K.

Wessely, y en lo arábigo el Sr. J. Karabacek, de quien es también la

Introducción de la obra.

Como yo no acierto á escribir nunca con el conveniente disimulo ó

hipocresía, que alguien llama pudor literario, y, sin poderlo remediar,

impongo al público en mis secretos como si el público estuviese formado

de amigos íntimos, no he de ocultar aquí los sentimientos y

pensamientos, acaso abominables y vitandos, que acuden á mi alma ó en

ella se despiertan, al visitar la referida Exposición ó al hojear el

libro que la describe. ¿Hubiera perdido algo el linaje humano con que

todos estos papiros y papeles se hubiesen perdido sin llegar hasta

nosotros ó con que nunca el Sr. Graf los hubiese descubierto? Sin duda

que suministran datos importantes y fehacientes, que aclaran no pocos

puntos históricos, y esto es una gran cosa; pero proporciona tanta

fatiga el estudiarlos, descifrarlos y traducirlos, que no sé si el

resultado obtenido compensará nunca la fatiga. Si yo no fuese tan

aficionado á saber, si mi afán de enterarme de todo no fuese tan vivo,

me importaría poco que se descubriese, cada día, un cúmulo de

manuscritos como el que posee y exhibe el Archiduque: pero yo quiero

saberlo todo, y como el tiempo me falta, y la vista me va faltando

también, y sé poquísimos idiomas, se apoderan de mi espíritu la

inquietud, el mal humor, algo como miedo de acometer un trabajo nuevo y

algo como envidia de aquellos para quien apenas es trabajo sino deleite

el investigar tales escritos y poner en claro lo que dicen. Entonces me

explico y casi aplaudo la supuesta ó verdadera conducta del califa Omar,

del Licenciado Barrientes, del Cardenal Cisneros, del arzobispo

Zumárraga, y de otros de quienes se cuenta que han quemado manuscritos.

La gente los denigra y los saca á la vergüenza como insensatos

fanáticos, pero yo tal vez los miro como heróicos dechados de caridad

desagradecida. Por fortuna, pronto desecho esta extraviada manera de

pensar y de sentir; y pues hay manuscritos, aspiro á saber lo que dicen

y hasta á informar un poco de su contenido á los que sean más ignorantes

ó menos estudiosos que yo, y algunos habrá.

Hasta ahora sólo he hablado de lo material: del papiro, del papel, del

pergamino, de la tinta y de las paletas en que se desleía la tinta, allá

en tiempo de los Faraones anteriores á Moisés. Veamos ahora algo de lo

que los manuscritos contienen.

Lo primero que se piensa es que son una mina de donde cualquiera autor

de novelas históricas pudiera tomar el legitimo _color local_, ó mejor

dicho _temporal_, para los sucesos que relatase. Acaso no quede acto de

la vida de un municipio y de las relaciones y tratos entre sus

habitantes del que no se encuentre algún testimonio en la colección del

Archiduque. Se diría que hay en esta colección cuanto se custodiaba en

las escribanías de Arsinoe y en el archivo de su Ayuntamiento: contratos

de matrimonio, partes de defunción, recibos de contribuciones, pagarés,

escrituras de compra, venta y arrendamiento, etcétera, etc. Todo es

peregrino por la lengua en que se expresa, y porque nos parece que pasa

á nuestra vista y que hemos ido retrocediendo veinte ó treinta siglos

contra la corriente de los sucesos que vuelven á mostrarse como

presentes; pero, en lo esencial, aunque un poquito más negros y más

feos, apenas hay casos que no sean idénticos á los de ahora: tributos

enormes, gente que se resiste á pagar ó no puede, poco dinero, usura,

miseria en el pueblo bajo, y en los empleos públicos filtraciones é

irregularidades.

Ejemplo notable de esto ofrece el manuscrito núm. 272, del siglo III de

Cristo, donde hay actas del Ayuntamiento de Hermópolis Magna. La ciudad

era espléndida; tenía por patrono á Mercurio Trimegisto, inventor de las

letras y de las ciencias; y los templos de dicho Dios, de Apolo, de la

Fortuna, de Serapis y de las Ninfas, eran de gran belleza. Sus colosales

ruinas pasman aún al viajero.

Aquel municipio era autónomo, y los encargados por elección de

gobernarle se titulaban el Ilustrísimo Concejo. Los negocios de que

habia que tratar se los repartían los concejales, y como los negocios

eran muchos y varios, es también muy variado el contenido de las actas.

Así, refieren éstas que dos regidores, Dioscórides y Sarapamón, se

apoderaron de las llaves del pósito, y sustrajeron de allí y vendieron

muchísimo trigo y cebada, toda la provisión de lentejas, y más de cien

_artabos_ de vino de arroz. No contentos con esto, hicieron otras

muchas defraudaciones. De aquí largos y acaloradísimos debates en las

Casas Consistoriales, para ver cómo había de reponerse la pérdida, pues,

á lo que se infiere, ni Sarapamón, ni Dioscórides tenían _talentos_, ni

_minas_, ni dracmas, ni óbolos, ni _calcos_, ni _sólidos_ (que eran las

monedas que entonces corrían), porque todo lo habían liquidado.

Dejemos nosotros en paz á los señores Sarapamón y Dioscórides, ya que no

es posible que devuelvan de lo sustraído ni una lenteja, y procedamos

cronológicamente en este rápido recuento.

Las conjeturas y los ensueños, no sólo deben de estar permitidos, sino

que suelen ser muy divertidos. Imagine cada cual lo que se le antoje:

ponga en la hundida Atlántida, en las regiones hiperbóreas, más allá de

las Montañas Rifeas, y hasta en la Lemuria, si le parece bien, un foco

primitivo de civilización; lo cierto, lo demostrado es que la

civilización más antigua es la de Egipto. Hace cerca de seis mil años

que el Egipto está civilizado. Monumentos hay, en aquella tierra

portentosa, á los que se atribuyen más de cinco mil años de edad, cuya

perfección y magnificencia no han sido después superadas. Cualquiera de

ellos da muestra de que ya se conocía la escritura. La más antigua, la

monumental y lapidaria, es la hieroglifica, que siguió empleándose hasta

el reinado del emperador Decio.

De la escritura hieroglífica había nacido la hierática, que se usó para

escribir en los papiros y que no era más que la simplificación de los

setecientos signos de que la escritura hieroglífica se componía.

En el mismo cesto, donde estaba el recado de escribir de que hemos

hablado, se halló el más bello y bien conservado escrito hierático de la

colección archiducal. Se supone, pues, que es de la misma época, ó sea

de 1200 años antes de Cristo.

Contiene, en forma de carta dirigida por un señor Pibesa á un señor

Amenofis, una descripción poética de la ciudad de Pi-Ransés, de la que

no queda rastro y sobre cuya posición discuten los egiptólogos, aunque

convienen todos en que era la residencia favorita de Ransés II; tal vez

algo á modo de un Aranjuez ó un Escorial de entonces. Según la

descripción, había allí hermosos palacios; toda comodidad, deleite y

regalo; bien cultivadas huertas, donde se cosechaban granadas, manzanas

é higos; sembrados fértiles, estanques llenos de peces, mucha miel y

vino más dulce y más aromático todavía.

Otro escrito hierático de la colección, adornado con viñetas y muy

extenso, es el _Litro de los muertos_ de Taruma, sacerdotisa de Ptah.

Una de las viñetas representa el juicio de los muertos, y otra la momia

de la mencionada sacerdotisa, extendida en el lecho mortuorio, que tiene

forma de esfinge, sobre todo lo cual se alza volando el alma, bajo la

apariencia de un pájaro. Este _Libro de los muertos_ es, como otros que

del mismo género se conservan, una serie de oraciones ó salmos, con que

se proveía á los difuntos para que luchasen contra los tenebrosos

poderes del Amente ó Infierno, los venciesen, y pudiesen volver á las

regiones de la luz.

Los escritos demóticos son pocos en la colección, al menos los

descifrados hasta ahora. Aunque se llaman _demóticos_, ó sea populares,

son, á lo que parece, harto difíciles de leer, á causa de las

abreviaturas y enlaces y de lo cursivo de las letras. En tiempo de los

Ptolomeos fué el mayor florecimiento de este género de literatura, cuyo

más brillante fruto es la _Historia de Xamris y Neferchoptah_. En la

colección del Archiduque hay, en escritura demótica, conjuros para

evocar á Osiris, á Chu, dios del Oriente, y á Amón, dios del Mediodía.

La magia y la teurgia eran ciencias muy cultivadas en Egipto, y con cuyo

auxilio se atraía á la luna desde el cielo, se aprendía el lenguaje de

los pájaros, se transformaban las varas en serpientes y se hacían otra

multitud de milagros. Las fórmulas, por cuya virtud se hacían, estaban

custodiadas en los colegios sacerdotales y en los Palacios de los

Faraones. Los profanos ó no iniciados no podían valerse de estas

fórmulas, ni poseerlas escritas, sin exponerse á muy severos castigos.

Hasta el mismo Faraón, si tenía el antojo de hacer algún milagro

valiéndose de las tales fórmulas, se exponía á que el cielo le castigase

enviando á su reino las más espantosas plagas. Así, pues, los conjuros

demóticos que en la colección se ven, deben de ser una divulgación

sacrilega, plebeya é incompleta, de la alta y noble ciencia de los

sacerdotes y príncipes.

Posee también la colección extraordinaria cantidad de escritos cópticos

(pasan de 4.000), en papiros, pergaminos y otras materias. A pesar de la

influencia cristiana, tan poderosa en esta literatura, que consta

principalmente de traducciones de textos griegos de la Biblia y de los

Santos Padres, la afición á la magia persiste aún, y hay no pocos

conjuros y fórmulas que servían de amuletos. Entre ellos se ven

combinaciones de palabras, que forman lo que, para diversión y

adivinanza, ha estado últimamente en moda con el nombre de _cuadrado de

letras_. Así, por ejemplo:

s a t o r

a r e p o

t e n e t

o p e r a

r o t a s

y este otro, hecho con palabras y letras griegas:

[Greek: a l ph a

l e ô n

ph ô n ê

a l ê r]

En la lengua cóptica se contaban muchos dialectos y habían entrado

palabras extrañas, ya del griego, ya del latín, ya del árabe. Se

empleaba el alfabeto griego, con la adición de algunos signos para

expresar sonidos que con las letras griegas no podían expresarse.

Paciencia será menester para descifrar los cuatro mil manuscritos

cópticos de que hemos hablado, y de los cuales sólo una vigésima parte

explica el Catálogo. Hay cartas particulares y de negocios, cuentas,

recibos, vidas de santos, la epístola del rey Abgar de Edesa á

Jesucristo, y la contestación de éste, homilías, plegarias y evocaciones

de varios linajes de seres sobrenaturales; del demonio Tamsari, del gran

querubín Asaror, de los espíritus de los patriarcas Adán, Noé y

Matusalén, y del ángel Chrufos.

Posible es que de tamaño caos, después de estudiar mucho y devanarse los

sesos, saquen los sabios alguna luz para la historia de las

supersticiones, ritos, doctrinas, cultura y modos de vivir, en los

tiempos más obscuros, sobre todo para la Europa latina, ó sea desde el

siglo V al X.

En la sala segunda están expuestos los manuscritos griegos, que son los

más lujosos, elegantes y de mejor gusto artístico. Los hay con dibujos y

letras de varios colores, y de plata y de oro. Todos son enrollados y no

en la forma moderna del libro. También estos manuscritos son los más

interesantes para la historia, porque, ya son ejemplo único ó casi único

de algo, ó ya dilucidan puntos obscuros, que á la mayoría de la gente no

les importan nada, pero que llenan de entusiasmo á los historiadores y

arqueólogos y hacen que prorrumpan en el _eureka_ de Arquímedes.

Brillante ejemplo del primer caso presta el pedazo de papiro señalado

con el número 531, donde se lee un coro del _Orestes_ de Eurípides, con

la música con que se cantaba, y también con la música instrumental del

acompañamiento. Este papiro es casi contemporáneo del nacimiento de

Jesucristo: debe de tener mil novecientos años de antigüedad.

Yo no sé en qué consiste, ni me parece que el Sr. Wessely lo explica,

pero lo cierto es, que, fuera de este coro con música y quizá de algún

otro papiro, conteniendo amuletos, conjuros ó fragmentos literarios y

sin fecha cierta, no hay entre todos los papiros griegos descritos uno

solo anterior á la Era cristiana. Los más antiguos son de fines del

primer siglo de dicha Era, esto es, cuando ya la dominación helénica y

su cultura y sus letras prevalecían en Egipto hacía cuatrocientos años.

Desde el de 83 hasta el de 735 ó dígase mucho después de la conquista de

Egipto por los árabes, que tuvo lugar en 642, hay papiros griegos en la

colección del Archiduque. La cultura helénica persistió después de dicha

conquista. En todo, duró en Egipto más de mil años.

Las noticias de la vida pública y privada que contienen estos papiros,

son en extremo curiosas y pueden producir al que las recoja una

abundante cosecha de datos para la historia y para las ciencias

auxiliares de ella, como la cronología, la lingüística, la arqueología y

la economía social. Así, v. gr.: un papiro de la colección es el único

documento escrito del reinado de noventa días de los emperadores Pupieno

y Balbino. En otro papiro se declaran los títulos de la reina de

Palmira, Zenobia, y de su hijo, que reinó á par de ella, y que se

llamaba y titulaba Aurelio Septimio Vabalato Atenodoro, _vir

clarissimus, Rex, Imperator, dux Romanorum_. Otros papiros dan muestra

de la decadencia literaria, de la corrupción que se fué introduciendo en

el idioma, del mayor número de extravagancias, supersticiones y

tristezas que conturbaron los espíritus, de la poderosa reorganización

del imperio por Diocleciano y Constantino, del triunfo de la religión

cristiana, y de la vergüenza de la universal bancarrota del Estado y del

rebajamiento en la ley de la moneda.

Todo esto lo ve sin duda pasar ante sus ojos, como si estuviera viviendo

entonces, el que sabe leer los papiros y los lee. A veces conoce, no ya

la vida de una sola persona, sino la historia de toda la familia y de

sus bienes de fortuna durante algunas generaciones. En un contrato de

compra y venta en el año de 268, vemos á la rica y joven viuda Priscila

comprando una bonita esclava en la flor de su edad, y pagando por ella

cinco mil dracmas. Como ya la muchacha había pertenecido á un oficial de

caballería, llamado Aurelio Coluto, no es muy de creer que su inocencia

inmaculada entrase por mucho en tan subido precio. La señora Priscila

debía de ser caprichosa y vivir con lujo y aparato. Su hermosa casa

estaba en la _Calle del Castillo del Occidente_, en la ciudad de

Hermópolis. Pero no hay bien ni mal que dure cien años. La señora

Priscila tenía un hijo llamado Aurelio Nicon Aniceto, que fué del

Ayuntamiento, y que no sabemos cómo administraría la fortuna comunal,

pero sí que administró tan mal la propia, que tuvo que empeñarse y hasta

que hipotecar la casa de la _Calle del Castillo del Occidente_. Tomó

prestados sobre esta hipoteca: primero, cuatro mil doscientos dracmas;

al año siguiente, mil quinientos más; otro año después, mil doscientos,

y todavía otros mil quinientos dracmas, un año más tarde. El resultado

natural fué que tuvo que vender la casa, poco tiempo después, á la

señora Aurelia Serapias, hija de Trimoros, de quien yo sospecho que era

un usurero terrible. La señora Aurelia Serapias había de parecerse mucho

á su padre, y sólo dió por la casa tres mil dracmas sobre lo que ya

había prestado. Es casi seguro que la casa estaría apreciada, en número

redondo, en dos talentos, ó sea doce mil dracmas; de suerte que, al dar

los tres mil y cobrarse lo prestado, la señora Aurelia Serapias todavía

tuvo un beneficio de seiscientos dracmas lo menos.

Raros son los papiros que no contienen noticias lastimosas; pero, al

fin, algunas hay alegres también. Pondré por caso la certificación,

expedida por un juez de los juegos olímpicos, de que Horión ha alcanzado

la victoria y ha sido coronado á son de trompetas. La certificación es

del tiempo del emperador Galieno y se dirige al Ayuntamiento de

Hermópolis para que honre, como debe, al referido Horión, natural de

dicha ciudad. A los vencedores en los juegos se les concedían no pocos

privilegios y distinciones, exención de ciertos tributos y hasta

pensiones, á veces.

La serie de documentos es larga, y sería prolijo, para un artículo,

detenerse más en dar cuenta de ellos. Los que más abundan son los

contratos entre particulares y los escritos relativos al cobro de las

contribuciones, las cuales eran en dinero, en toda clase de cereales,

viandas y frutos, y hasta en equipo para los militares. La corrupción de

los que recaudaban, las vejaciones que imponían, el susto que les

entraba cuando había visita de inspección, y la creciente pobreza y

opresión del pueblo, todo se refleja en los papiros como en un espejo.

La sociedad hubo de hacerse tan insufrible para la mayoría de los

hombres, que se comprende la manía que se apoderó de muchos de huir de

las ciudades y de retirarse á los yermos á hacer vida de anacoretas.

El pueblo egipcio debía de estar cada día más humillado por sus

sucesivos dominadores, de todos los cuales iban quedando descendientes

con privilegios como hombres de raza superior, formando colonias

militares y constituyendo, á modo de un ejército de reserva, para

sostener el gobierno central, primero de los Ptolomeos, y después de los

Césares. En los papiros se ven á cada instante las huellas de estas

clases privilegiadas. Ellas acaso ayudarían á las legiones romanas para

defender el Egipto, aunque en vano, primero contra los persas, y contra

los árabes después.

La dominación persa no hubo de durar más de dos ó tres años. Sin

embargo, la colección del Archiduque Raniero encierra centenares de

documentos que atestiguan esta dominación, la cual terminó sin duda en

tiempo del emperador Heraclio.

De los manuscritos péhlvis no da la guía de la Exposición traducción ni

cuenta, disculpándose los autores con la dificultad que ofrece la

inteligencia de este idioma, del cual, según se hablaba en tiempo de los

Sasanidas, afirman que sólo quedan algunas monedas é inscripciones en

piedra que puedan haber servido para prepararse á interpretar los recién

descubiertos manuscritos, que hoy posee el Archiduque, y son, á lo que

parece, los únicos en su género.

Entiéndase que yo hablo como profano y que no acierto á decidir si el

péhlvi en que están escritos los papiros de la colección archiducal es

otra lengua distinta de aquella en que está escrita parte del

Zendavesta, ó si hay algún libro sagrado escrito en un péhlvi menos

antiguo, ya del tiempo de los Aquemenides, ya del tiempo de los

Arsacidas, ya del de los Sasanidas mismos. En este último caso, dicho

libro podría servir, como escrito en idéntico idioma, para traducir los

manuscritos persas del Archiduque.

La parte de los manuscritos latinos es muy pequeña en el Catálogo. El

latín era en todo el Imperio romano el idioma de las leyes y de la

milicia; pero, en Egipto, para la administración, el comercio y los

contratos, se empleaba el griego. Así es que hay pocos manuscritos

latinos y casi todos de asuntos militares.

Es de lamentar que entre tanto manuscrito del largo, del milenario

período greco-latino, apenas se haya descubierto nada que tenga valor

estético, salvo el pedazo del coro de _Orestes_, con su música. Lo más

notable, después de dicho coro, es un fragmento del prólogo de un drama

de Epicarmo, titulado _Ulises explorador_, donde el astuto héroe se

disfraza de mendigo y penetra en Troya para averiguar lo que allí pasa.

Hay asimismo dos hojas de pergamino de un discurso de Esquines

impugnando á Demóstenes. El discurso fué pronunciado 330 años antes de

Cristo; y el pergamino de que hablamos es del siglo V de nuestra Era.

Hay, por último, dos antífonas del siglo IV, y pedazos de las Escrituras

Sagradas y de varios Evangelios no canónicos.

La conquista de Egipto por los árabes, en 642, fué para el pueblo

conquistado una felicidad, aunque efímera. Los árabes fueron recibidos

por los coptos como simpáticos vengadores y libertadores. No eran como

los bárbaros que habían acabado con la dominación romana en Europa, sino

un pueblo de cierta cultura sencilla, primitiva y patriarcal, cultura

que contaba siglos de duración y que en no pocos de sus rasgos tenía

bondad y aun delicado refinamiento. Como los árabes venían además, en

corto número, ni querían, ni podían, ni necesitaban oprimir demasiado,

luego que pasaba el primer choque de la invasión y de la guerra. Amrú,

en otro tiempo mercader de cueros y de especias, y luego general del

califa Omar, invadió el Egipto y se apoderó de aquella región fértil y

dilatada, con un pequeño ejército de tres mil á cuatro mil hombres bien

disciplinados. Por una corta capitación anual podía cada habitante vivir

tranquilo en su casa, con su familia, su religión y sus leyes. Amrú,

lejos de quemar la Biblioteca de Alejandría, protegió las artes, la

industria y el comercio, é hizo que el Egipto volviese á florecer.

Los papiros que describe el Catálogo dan repetidos testimonios de esta

benéfica suavidad de la conquista musulmana. Los aficionados á ensalzar

el islamismo hallarán aquí nuevas pruebas de que, si bien los árabes no

fueron un pueblo inventor, fueron conservadores de las ciencias,

aficionados á ellas, y vehículo é intermedio de las invenciones, ideas y

civilización de otros pueblos.

Durante algunos siglos, tal vez se pudo imaginar que la luz del saber

iba á extinguirse entre los pueblos cristianos y á resplandecer entre

los muslimes, y que éstos llevaban la delantera en el camino del

progreso: pero, en el seno tenebroso de la barbarie europea, en medio de

las ruinas del Imperio de Occidente, de donde surgieron nuevos Estados,

compuestos de una inerme y abyecta grey, oprimida por una casta

superior, ignorante y belicosa, había gérmenes tan fecundos, que de

ellos brotó esta civilización más alta, que dura aún, que ha llegado á

maravilloso desenvolvimiento, y que es de esperar que ya nunca muera, á

pesar de las extrañas enfermedades que suelen atacarla cuando más se

ufana y se engríe con sus triunfos y su gloria. Las naciones muslímicas,

entre tanto, han descendido muy por bajo del nivel que en su origen

tenían y se han sumido en la barbarie. Como no nos incumbe aquí explicar

las causas de todo esto, nos limitamos á decir que en los manuscritos

del Archiduque hay abundancia de datos que pueden valer para explicarlo,

y que, por consiguiente, dichos manuscritos no importan sólo á la

historia de Egipto, sino á la historia de la civilización del linaje

humano.

Acaso se pruebe por ellos que no duró mucho la mejor condición del

pueblo bajo el dominio musulmán. La población decrece en los sucesivos

censos, aunque puede atribuirse á que no pocos coptós se hacen sectarios

del Islam; la opresión y los malos tratos van aumentando contra los que

no reniegan; y los tributos cunden y se agrandan poco á poco, hasta el

punto de echar de menos los peores días del imperio bizantino.

De todos modos, la cuestión es complicada y no debe decidirse de plano.

La rica colección de documentos, que posee el Archiduque, es un arsenal

que suministra armas para defender cualquiera tesis. Lo que desde luego

puede afirmarse es que, en aquellos siglos, ninguna horda, tribu ó

nación hacía ni hubiera hecho conquista tan benigna como las de los

árabes. Los dieciocho preciosos documentos, de que el Catálogo da

cuenta, contemporáneos de la conquista, y sólo posteriores los más en

doce ó catorce años á la muerte de Mahoma, manifiestan la bondad y la

moderación de los conquistadores. En cambio, otros documentos de época

posterior se pueden aducir, como prueba de la dureza de la dominación

muslímica, al menos contra los cristianos. A veces los sellaban en la

mano con un hierro candente, y á los que no llevaban este sello los

solían castigar con azotes, y hasta con la muerte. Bien es verdad que

los coptos se rebelaron en varias ocasiones, y ya la rebelión sofocada,

fueron reducidos muchos á la condición de esclavos, pudiendo acaso

decirse en defensa de los muslimes que en los pueblos de la Cristiandad

hubo hasta muy tarde la cruel costumbre de sellar á los esclavos de la

misma suerte, no en la mano, sino en la cara.

Al lado de esta y otras huellas de ferocidad, hay también documentos, de

los que da cuenta el catálogo, en que conviene celebrar ciertas

elegancias, primores y hasta ternuras que parecen propias de las más

cultas edades. Citaré, por ejemplo, el fragmento de una carta de amor,

escrita en el siglo IX, donde el amador ausente se considera tan herido

en el corazón y en el alma, que va á morir de mal de ausencia. Es además

muy interesante la postdata de esta carta sentimental, ya que por ella

se ve que fue confiada á una paloma mensajera. En el siglo IX estaba,

pues, establecido este modo de correo, y es probable que, no sólo el

gobierno, sino los particulares, hubieran podido valerse de él. De

trecho en trecho había estaciones ó palomares, á cada uno de los cuales

llegaba con cada carta una paloma que á él pertenecía: los empleados

allí confiaban la misma carta á otra paloma, que la llevaba hasta la

próxima estación, y así sucesivamente llegaba la carta á su destino. De

esta manera, sin duda, el califa recibía nuevas de cuanto iba ocurriendo

en sus extensos dominios. Tal vez estas nuevas se ponían en conocimiento

del público. Como prueba de que los particulares se valían del mismo

medio de comunicación, puede aducirse, en los tiempos más antiguos, un

papiro ó pergamino finísimo destinado al efecto, y más tarde, unas

hojitas de papel, que se llamaba _de pájaro_, y que venía á tener seis

centímetros de ancho y nueve de largo.

En suma, la colección de manuscritos del Archiduque, en su parte

arábiga, da á conocer ya mucho la vida, usos y costumbres de los

muslimes en los siglos medios; aclara bastantes puntos oscuros, corrige

no pocos errores históricos, y ofrece aún vasto y apenas explorado

campo, primero al estudio de los arabistas, y después á las

consideraciones, comentarios y consecuencias que pueden y deben sacar

los historiadores y los filósofos.

Yo me he limitado á dar de todo la más superficial noticia. Para

terminar, recomiendo ahora á mis lectores, si alguno tengo que sea

curioso y entendido en estos asuntos, que, ya que no pueda ver la

Exposición, compre el catálogo y le lea. Con esto sabrá algo, pero no lo

sabrá todo. El catálogo es una fuente ó, si se quiere, un río de

conocimiento; pero los objetos no catalogados ni descritos aún son la

mar. Me aseguran que pasan de cien mil. Todos los días anuncian los

periódicos de aquí interpretaciones ó explicaciones de nuevos

manuscritos. Anteayer mismo trajeron que se habían descifrado un himno

demótico al Dios Soknopaios, compuesto por su propio sacerdote y escrito

en un rollo de papiro de más de un metro de largo, y dos ó tres

capítulos de la obra de Xenofonte, titulada _Helénica_, donde trata de

los últimos casos de la guerra del Peloponeso.

Sólo Dios sabe lo que se descubrirá todavía; y como será cuento de nunca

acabar, no debe ser censurado que en cierto modo acabe yo este articulo

sin que, en realidad, acabe ni haya motivo para que acabe.

[Illustration]

A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos · 第 8 / 55 题