PRÓLOGO

Impreso ya este libro y reunidos en él no pocos artículos, se me ofrecen

dificultades que conviene allanar antes de que el libro salga á luz

pública. Ponerle título es la menor de todas y ya la considero allanada.

_A vuela pluma_ es título tan significativo como propio. Ora excitado yo

á dar mi parecer sobre flamantes producciones literarias, ora movido é

inspirado por los tristes acontecimientos políticos de nuestros días, he

escrito y esparcido, por revistas y periódicos diarios, lo que aquí va

reunido. No porque soy escéptico, sino porque soy modesto, aunque me

contradiga atribuyéndome tan buena cualidad, nada pretendí enseñar al

escribirlos en cada uno de los siguientes artículos, ni nada pretendo

ahora enseñar al reunirlos en un volumen. Y no porque yo crea que no

haya verdades que enseñar, sino porque carezco de fe bastante en mi

propio saber y en mi autoridad y competencia para empuñar la férula y

revestirme de la toga y demás insignias del magisterio. No es, pues,

para enseñanza de mis lectores, para lo que publico este libro.

Si he de confesar la verdad tampoco han acudido mis amigos, admiradores

y parciales, aconsejándome y casi impulsándome con la violencia de sus

ruegos para que le publique, según ocurre con frecuencia á otros autores

más que yo dichosos. Este libro, inútil para la enseñanza, para la cual

candorosamente le desautorizo, se publica sin que nadie me lo pida ni se

empeñe en ello, por mi espontánea y libérrima voluntad y por mi

iniciativa. ¿Qué fin me llevo al publicarle? Alguna explicación acerca

de esto me considero obligado á dar á los lectores.

Todo autor, por frío y desamorado que sea, consagra á cuanto escribe,

aunque lo estime en poco, un amor semejante al que tienen los padres á

sus hijos, á quienes aman aunque sean feos y no bonitos, enfermizos y no

robustos, tontos y no discretos. Y dado en mí, como se da, este amor,

harto se comprende mi deseo de que no queden mis hijos espirituales

anegados en un inmenso piélago de papeles donde se perderían sin duda y

nadie volvería á acordarse de ellos. La unión da fuerza, y yo los reuno

para ver si de esta suerte se sostienen y sobrenadan y llegan sin

hundirse y sin ser arrebatados por la corriente del río del olvido al

pequeño y seguro puerto del poco numeroso público, cuyas simpatías he

logrado captarme.

Si este público nada aprende leyéndome, bien puede ser que se entretenga

apaciblemente con mi lectura y que divierta el espíritu de penosos y

graves cuidados. Bien puede ser también que el favorable aspecto bajo el

cual veo yo dichos y hechos, y que mi confianza en los destinos de la

patria y en el mejor término y desenlace para los conflictos y apuros en

que se encuentra hoy, agraden y consuelen á quien me lea, con lo cual me

daré yo por bien pagado y justificaré razonablemente el haber reunido

estas obrillas que los críticos severos y los que no me quieran bien

calificarán por lo menos de insignificantes.

Tienen con todo una muy importante significación, que no mengua sino

crece, aunque se suponga trivial y vulgarísimo cuanto se dice en ellas.

Yo soy, sin duda, quien lo dice; pero, por lo mismo que lo dicho es

vulgar, quien lo piensa y lo siente es una no pequeña parte del público,

de la cual vengo así á convertirme en órgano, representante y heraldo.

Al presente, está muy en moda, en literatura, el reunir documentos

humanos. Valga, pues, este libro, si no vale para nada más, como reunión

de tales documentos. Yo expreso lo que en él se expresa; pero conmigo lo

piensan y lo sienten muchos miles de semejantes y de compatriotas míos.

Por donde mi libro deja de ser insignificante, se transforma en docente

ó en documental y merece ser publicado y hasta leído. Creo, por último,

que, si al escribirle he desechado toda preocupación interesada y le he

escrito con buena fe, candorosa y sencilla, alguien me leerá con gusto,

si no con provecho, y esto me basta.

[Illustration]

DISONANCIAS Y ARMONÍAS

DE LA MORAL Y DE LA ESTÉTICA

I

_Al Sr. D. Salvador Riada._

Mi querido amigo: Mucho siento tener que decir á usted que Monte-Cristo,

que oye turbio y que, además, suele distraerse, hubo de engañarse, y tal

vez engañó á usted, sin la menor malicia, cuando le aseguró que me había

parecido muy bien el _Himno á la carne_. Ni bien ni mal podía parecerme

una obra que yo aún no conocía. Acaso al hablarme Monte-Cristo, yo, que

también me distraigo, dije algo, como acostumbro, en alabanza del

talento poético de usted, que tan claro me parece, y él lo aplicó al

_Himno_ de que me hablaba, y que yo no podía alabar por serme entonces

desconocido.

Ahora, que ya le conozco, creo de mi deber dar á usted con toda

sinceridad y franqueza la opinión que me pide.

Muchísimo hay que decir, y he de decirlo, aunque incurra en la nota de

pesado.

No obstante la pesadez y el desaliño con que irá escrita mi carta, yo

consiento en que usted haga de ella lo que guste: ó guardarla para sí, ó

rasgarla, ó dejar que el público la lea.

Desde luego el título de _Himno_ me desagrada. Un himno es un himno, y

catorce sonetos son catorce sonetos. Además, el ir dirigidos _á la

carne_ presupone cierta trascendencia teológica ó filosófica que los

sonetos apenas tienen.

Los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne. Y fuerza es

confesar que todos los hombres, salvo raras y dichosas excepciones,

estamos empecatadillos y entonamos himnos en loor de uno de estos tres

enemigos, cuando no de los tres á un tiempo; pero debe notarse que, ó

bien no caemos, por extraviados ó ilusos, en que hacemos semejante

elogio, ó bien aparentamos no caer, envolviendo nuestro consciente

propósito en delicada hipocresía. El elogiar con premeditación á tales

enemigos implica un descaro que repugna á las creencias religiosas de la

gran mayoría de los españoles, los cuales son, ó se supone que son

católicos.

Ya se entiende que, partidario yo del arte por el arte, he de prescindir

y prescindo de toda religión positiva y de toda moral que en ella se

funde, para juzgar una composición poética. De lo que es difícil

prescindir es de la moral universal que coincide con la belleza

artística, y de algunas conveniencias sociales, que son ineludible

requisito para que esa belleza artística se produzca sin que lo estorbe

la disonancia entre la obra del poeta y las costumbres, los usos, y

hasta, si se quiere, las preocupaciones y los disimulos de la sociedad

en que el poeta vive.

Aún voy más allá en el _quidlibet audendi_. Supongo que el poeta se

rebela contra esos usos, costumbres y creencias, porque los considera

malos ó tontos. No por eso he de escandalizarme. Antes bien, aplaudiré

al poeta como poeta, si impugna con primor y con brío lo que yo crea más

santo, aunque yo, pongo por caso, como católico, considere que él, como

impío, acabará, en castigo de sus bien rimadas blasfemias, por arder

eternamente en lo más profundo del infierno.

Así me sucede con el _Himno á Satanás_, de Carducci. Sin dejar de creer

en todo lo que enseña la Doctrina cristiana, los hombres, en mi sentir,

pueden haber inventado ó descubierto la pólvora, la imprenta, la

brújula, el pararrayos, el telégrafo, el teléfono, la fotografía, la

mecánica celeste y la terrestre, las estrellas más remotas, los

microbios y el protoplasma: pero, si algún poeta entiende de buena fe

que Dios se oponía á que inventásemos y descubriésemos todas esas cosas,

que quizá hagan la vida menos aburrida y amarga, y que con auxilio del

diablo las hemos inventado y descubierto, mejorando y sublimando nuestra

condición, yo le aplaudo si compone un himno á diablo tan benéfico, á

quien llama él Satanás porque se le antoja, y á quien seguiré llamando

energía y luz interior que pone Dios en el alma, hecha á su imagen y

semejanza.

En análogo sentido comprendo yo que se componga un _Himno á la carne_,

el cual me guste tanto ó más que el _Himno al demonio_ de Carducci. Si

entendemos por carne la sustancia organizada y viviente de que se vale

el Artífice supremo para revestir de forma sensible su idea, haciendo

patente la hermosura, ya por operación de naturaleza, ya por

intervención de la voluntad y del entendimiento humanos, que pulen,

acicalan y asean lo que naturaleza preparó y dispuso cual primitivo

bosquejo, declaro que el _Himno á la carne_ me parece muy bien,

prescindiendo del título, porque ni las nubes nacaradas, ni la cándida

luna, ni el sol, ni las flores, ni los verdes bosques, ni los lozanos

verjeles, ni nada de cuanto he visto y veo por esos mundos, es más

hermoso que una mujer aseada y hermosa. Y es ello tan indiscutible que,

para expresar materialmente los más altos objetos, potencias y virtudes,

les damos forma de mujer. Y así la fama, la patria, la religión, la

ciencia, la filosofía, la justicia, la fe, la caridad y la esperanza, se

representan como otras tantas guapísimas señoras.

Pero su himno de usted (sigamos llamándole himno), no se mete en tales

honduras. Mejor sería apellidarle himno á la Pepa, á la Juana ó á la

Francisca, de cuya carne gusta usted. La generalización filosófica ó

teológica sólo está en el epígrafe.

Y lo peor que yo noto (admirando más la inspiración y la habilidad

poéticas, que no faltan á usted aun errando el camino) es que usted

analiza y resta en vez de sintetizar y añadir, al ir ponderando sus

deleites amorosos. Pues qué, ¿no es más que la carne lo que enamora á

usted en su innominada querida? Nunca ni el más materialista de los

poetas gentiles, sustrajo tanto del amor los elementos no materiales,

que le idealizan y hermosean, y le redujo al mero concepto de la

lascivia, como si fuera amor de perros ó de gatos. Y como usted no hace

la sustracción y el despojo por vehemencia afrodisiaca, sino por

preocupación de escuela ultra-naturalista, los versos, ni siquiera

resultan fervorosos de libertinaje, sino fríos, afectados y

artificiosos, con refinamientos de sensualidad enfermiza, que apela á

espejos y á otras diabólicas travesuras. Parece lascivia de viejo, y,

por consiguiente, falsa, pues usted es mozo.

Prescribe Horacio que no se hagan ciertas cosas delante del pueblo:

_Nec filias coram populo Medea trucidet:_

y lo que Horacio prescribe para lo trágico debe aplicarse á lo erótico

también. No conviene introducir al pueblo en la alcoba ni imitar al rey

de Lidia con Giges. Contra esto peca usted, no pasando de ligero, sino

deteniéndose en pormenores con exceso de morosa delectación. No cae

usted en que ciertos actos tienen mucho de grotescos, si no van

acompañados de misterioso recato. Y esto, no porque seamos cristianos,

sino en la risueña religión gentílica, en que, según usted asegura,

Citerea prevalece. Así es de advertir que los poetas más libertinos de

la docta gentilidad nos dejaban á la puerta de la cámara nupcial, si

trataban el asunto por lo serio. Sólo cuando querían hacer reir lo

describían todo. El cisne venusino dice desvergonzadamente los estímulos

de que se valía la vieja berrionda, mientras que de Glícera sólo nos

dice que le aguarda en estancia perfumada; y él va á verla, invocando á

Venus para que le acompañe y traiga consigo al Amor.

«Trae al muchacho ardiente,

y á las Gracias, la ropa desceñida,

y á Mercurio elocuente,

y de ninfas seguida

la Juventud sin tí no apetecida»;

pero, en cuanto Horacio entra á ver á Glícera, con todo este cortejo,

nos da con la puerta en los hocicos, y acaba la oda, sin que nos cante

ni nos deje ver lo que pasa dentro. Ya nos lo presumimos.

Lo antiestético del goce de amor, patentizado por el arte y descrito con

circunstancias menudas, se ve hasta en los poemas más primitivos. Sube

Juno á la cumbre del Gárgaro, adornada con el cinto de Venus, que la

hace irresistible:

«... allí el deseo,

allí la dulce persuasión estaba,

que á los más cuerdos la prudencia roba.»

Júpiter pierde la suya, requiebra á Juno y quiere al punto gozarla; pero

antes, él y ella se envuelven en nubes doradas y densísimas, que ningún

Dios ni el Sol omnividente traspasa, y que Homero cuida bien de no

traspasar, respetando el pudor y el decoro de la dichosa é inmortal

pareja.

El tálamo de los dioses, el de los héroes, y aun el de cualquier hombre

que se respeta, han de estar rodeados de impenetrable misterio. La

prueba más evidente por donde Penélope reconoce á Ulises, es porque éste

le describe su tálamo, que sólo él había visto entre los varones todos.

El espíritu de usted es recto por naturaleza y está sano: pero yo

advierto en el _Himno_ insanos extravíos y disparatadas disonancias. No

extrañe usted que lo atribuya á la vaga lección de malos libros

franceses, de los que están de moda, de cuyo pesimismo, naturalismo

falso y caprichosa impiedad, se hace usted eco. Usted, de por sí, sería

como Dios manda.

Supone usted que la religión de Cristo condena la carne, y luego dice

usted para sí: pues voy á glorificar la carne, rebelándome contra la

religión de Cristo. Parte usted de un error, fundado en el doble sentido

de la palabra _carne_. Sin presumir de teólogo, sino como hombre de

mundo, lego y profano, aunque no olvidado del Padre Ripalda, que aprendí

en la escuela, digo que no tiene usted razón. La carne, considerada como

enemigo del alma, es la concupiscencia, es el vicio, es la lujuria, que

toda religión, no sólo la de Cristo, condena. Pero la carne, el cuerpo

humano, considerado como obra de Dios, ¿dónde está condenado? El Verbo

se hizo carne, y con cuerpo humano subió al cielo. Todos, según nuestra

fe, hemos de resucitar con carne, y los cuerpos de los bienaventurados

han de ser muy hermosos y gloriosos. Lo primero que manda Dios al hombre

y á la mujer es que crezcan, se multipliquen y llenen la tierra. ¿Cómo,

pues, ha de suponerse que Dios condena el amor sexual cuando ordena que

nos multipliquemos? El ascetismo, la vida penitente, la virginidad como

la más perfecta condición, no son tampoco exclusivos ideales cristianos.

En todas las demás religiones se da algo semejante. En la gentílica, por

ejemplo, hubo coribantes y vestales.

Lo que exigen la religión cristiana, y toda religión moral, y hasta sin

religión y sin moral, la estética y el decoro, es el recato. En la

naturaleza de las cosas está que sea cómica, y no seriamente bella, la

exhibición ó la representación del abrazo amoroso, más ó menos apretado.

Si el cínico Crates se une en público con Hiparca, á pesar de la

licenciosa libertad de Atenas, los pilluelos de la calle le silban y

escarnecen. Sólo en Otahiti, cuando llega allí el capitán Cook, se toma

por lo serio el hacer en público tales actos como ceremonia religiosa.

Fuera de estos casos rarísimos, lo general es que el sigilo y el secreto

presidan á los amores. Júpiter, aunque era tan desaforado y tan

propenso á ponerse el mundo por montera, satisfaciendo su regalado

gusto, elige para unirse á la ninfa Maya, haciéndola madre del dios de

la elocuencia, inventor de la lira, alma de la danza, una noche

obscurísima y un antro nemoroso y esquivo; y aun todavía, para ocultar

mejor su unión á los dioses y á los hombres, les infunde antes dulce

sueño. Jano bifronte, no menos precavido y púdico, cuando se propone dar

ser á los briosos primitivos pueblos de Italia, se une á la gigantesca

ninfa Camesena, en la desierta cumbre del Apenino, y circunda el agreste

y amplio tálamo de tenebrosas tempestades.

En resolución, ya que sería cuento de nunca acabar el ir citando sucesos

semejantes de hombres y dioses, yo vuelvo á prescindir de religión y de

moral: no echo sermón, aunque ya estamos en Cuaresma; pero tratándose de

arte, ¿cómo prescindir de lo artístico? No es artístico el describir

prolijamente los placeres de la alcoba.

Admirable es la belleza del cuerpo humano. En otros mundos, sujeta la

materia á otras condiciones y con otra conformación los sentidos, ¿quién

sabe cómo podrá ser la aparición sensible de la belleza? Esto es lo

relativo. Pero la esencial y sustancial belleza que se nos revela en el

Apolo de Belvedere y en la Venus de Milo, es la belleza absoluta. Todo

entendimiento, capaz de comprenderla, aunque venga del más extraño y

lejano mundo de cuantos pueblan el éter, lo reconocerá y lo proclamará

como nosotros.

Si imaginamos vivos, y no de mármol, sino de carne, á la Venus y al

Apolo, hombres y mujeres los contemplarán con pasmo y se podrán enamorar

de ellos; pero sería grosero no ver en tanta animada hermosura sino un

instrumento de material deleite. Habría en ello algo de profanación

sacrílega, no ya en virtud de la religión del espíritu, sino del respeto

hasta religioso que la materia misma, tan bien organizada, debe

infundir.

Ya usted notará que, en realidad, yo no voy contra usted en lo que digo.

Voy contra la escuela mal llamada naturalista, que le pervierte y

extravía. Si usted no valiese ya mucho y si no prometiese más de lo que

ya vale, no me mostraría yo severo.

Demos por seguro que no hay bien, ventura, ni goce mayor que el de los

amores; pero ¿todo bien, todo goce es para referido ó representado

estéticamente por lo sublime? Esta es la cuestión. Este es el error del

naturalismo; error que se ve más claro aún en las desventuras que en las

venturas. Sobre la muerte de un amigo, sobre la ruina de la patria,

sobre los suplicios y trabajos de un apóstol, está bien escribir

elegías. Pero desventuras son, y no menores, que se le pudran las

narices al Dr. Pangloss, que á otro le dé tiña y se le caiga el pelo,

que á otro le sobrevenga una debilidad en las encías y escupa los

dientes y que á otro le ocurra cada tres días una indigestión molesta y

apestosa, y sin embargo, ¿son estos percances á propósito para componer

versos elegíacos? Nosotros, en la vida real, nos compadeceremos en

extremo del paciente, aunque sólo sea prójimo, y no amigo ó deudo; pero

si hablamos en verso heroico de lo que acontece, haremos reir en vez de

llorar.

Es indudable que hay desventuras y venturas, triunfos y derrotas,

dolores y placeres grandísimos que en la vida real se lamentan ó se

celebran; pero sobre los cuales hay que pasar con rapidez en la

representación artística, si no queremos hacer reir con ellos.

Así, Ariosto, por ejemplo, no sería por su afición á lo moral y á lo

decente, sino por estas reglas de estética, más ó menos reflexiva ó

irreflexivamente percibidas, por lo que no cuenta con circunstancias

íntimas lo que pasa entre Angélica y Medoro; pero cuando quiere dar en

lo grotesco y provocar á risa, lo cuenta todo sin aprensión. Así, en el

caso del viejo nigromántico ó mágico que adormece con sus malas artes á

la hermosísima dama y la tiene á su talante. El chiste está en que el

nigromántico, con toda su magia, si bien adormece á la dama, no atina á

despertar en él ó á resucitar algo que hacía años dormía ó estaba

muerto, y se lleva un chasco feroz, quedando en salvo la honestidad y

entereza de la dama, con apacible risa y júbilo de los lectores. Si el

Ariosto hubiera tratado el suceso trágicamente, lo hubiera errado.

Yo no recuerdo haber leído escena tan viva como la del nigromántico,

referida con épica dignidad y que produzca efecto, sino una en _El

Bernardo_ de Valbuena; pero esto se explica, porque va todo acompañado

de un poderoso elemento fantástico que lo dignifica, lo hace simbólico y

hasta le da un valor moral. Hablo del tremendo lance de Ferragut con la

hechicera Arleta. El héroe penetra en el maravilloso palacio tan

estupendamente rico. La gallarda, joven y elegante princesa le recibe á

solas y se entrega. Una sola lámpara de extraña luz ilumina la estancia,

y sobre todos los objetos derrama encantados resplandores. Pero cuando

la luz de la lámpara oscila, la portentosa beldad de la princesa se

confunde; los perfiles, las sombras, los colores, todo se altera y se

combina por tal arte, que Ferragut se asusta y cree tener un vestiglo

entre sus brazos. Vuelve la luz á arder sin oscilación y la princesa

recobra sus admirables atractivos. La luz, al fin, se apaga, y Ferragut

se encuentra en inmunda caverna y entre los brazos de horrible y

asquerosa vieja, cuya fealdad abominable ve á la luz de la luna, y cuyos

secos brazos y cuyas manos, á modo de garras, le retienen sin dejarle

escapar.

Dirá usted acaso que en sus sonetos hay algo parecido á la moral de la

fábula de la hechicera Arleta; que de ello dan prueba las cuatro últimas

palabras del último soneto _¡Que tétrica es la vida!_ Pero yo, en honor

de la verdad, no descubro dicho sentimiento en usted, y si le descubro,

es expresado débilmente y como ahogado en los pormenores que preceden á

las dichas cuatro palabras.

No hay en el himno nada semejante á lo que hay en casi todos los poetas

libertinos ó epicúreos de todos los tiempos; aquel sentimiento terrible

que asalta el ánimo de ellos en medio de sus deleites; que hace exclamar

á Lucrecio:

_...Medio de fonte leporum_

_Surgit amari aliquid quod in ipsis floribus angat;_

que mueve á Catulo, entre los brazos de Lesbia, cubriéndola de besos, en

noches consagradas al amor, á pensar en aquella perpetua noche que

tenemos que dormir todos,

_Nox est perpetua una dormienda;_

y que lleva á Musset á hallar en el fondo del vaso de los placeres el

hastío que le mata, á Lamartine á suspirar por el amor ideal que no

tiene nombre ni objeto en la tierra, y á Espronceda á pedir un bien, una

gloria que él imagina, y que en el mundo no existe, y á desesperarse

porque palpa la realidad, odia la vida, y sólo cree en la paz del

sepulcro.

No hay en el himno esta contraposición entre el placer ruin é incompleto

de la tierra y la infinita aspiración del alma; pero hay algo más

tétrico; algo que se deplora en todos los _naturalistas_, ya escriban en

prosa, ya en verso: lo mismo en Zola que en Rollinat.

La pintura minuciosa, vehemente y sobrado material de la pasión,

convierte su fisiología en patología; hace pensar, no en robustez y

energía, sino en desequilibrio de facultades, en el hospital ó en el

manicomio.

No ya el amor de un hombre y de una mujer, ambos de carne y hueso, sino

el amor de un santo ó de una santa hacia Dios, resulta enfermedad; caso

de neurosis, hiperestesia, ninfomanía ó satiriasis más ó menos

alambicada.

La cuestión queda discutida de sobra. No me hubiera detenido tanto si,

por una parte, no estimase mucho el ingenio de usted y no sintiese sus

extravíos, y si, por otra parte, no viese yo en estos extravíos el

resultado de malas teorías estéticas, y de una escuela de moda que es

menester combatir.

Sólo añadiré ahora algunas explicaciones sobre la acusación implícita en

la dedicatoria autógrafa que pone usted al ejemplar del _Himno á la

carne_ que me ha destinado. No sin intención viene este ejemplar para el

traductor de _Dafnis y Cloe_. ¿Quiere usted dar á entender que quien ha

traducido aquella novela debe aplaudir el _Himno á la carne_?

La consecuencia está mal sacada. Aun suponiendo que _Dafnis y Cloe_

tenga cuantas faltas yo censuro, no se ha de inferir que por haber yo

cometido esas faltas no las pueda y deba reconocer como tales. Malo es

ser pecador, pero es pésimo jactarse del pecado y procurar que se tome

como primor y acierto.

La diferencia, sin embargo, es grandísima. _Dafnis y Cloe_ viven hace

catorce ó quince siglos; son paganos, están en cierto campo ideal,

pastoril y primitivo. No choca el que se desnuden, como cuando se

desnudan un caballero y una dama de ahora, quitándose la levita,

pantalones, corsé, etc. En fin; es otra cosa.

El naturalismo de la novela es, además, enteramente contrario al de los

sonetos de usted. Hay en el naturalismo de _Dafnis y Cloe_ una condición

sobrenatural ó fantástica que cambia su condición. El dios Amor, el dios

Pan y las Ninfas, por no interrumpida serie de milagros, conservan

inocentes á los dos partorcillos, hacen que se amen, los dotan de

hermosura más que humana, que no marchitan las inclemencias del cielo:

ni los vientos, ni el sol, ni el calor, ni el frío.

La descripción poetizada de las alternadas estaciones del año, de la

rustiqueza selvática y de una imaginaria vida pastoril de color de rosa,

y que no se da en el mundo real, prestan á todo el cuadro, y aun á las

más vivas escenas, cierto velo ó esfumino aéreo que no las hace tan

_shocking_. Y, por último, aunque se funde el amor de Dafnis y Cloe en

la material hermosura de ambos, en su contemplación, y hasta en el deseo

de lograr su posesión por completo, todavía, á par de este deseo, hay

una amistad, un afecto entrañable, una terneza pura en ambos

pastorcillos, que evitan el que sea su amor mera lascivia, y que le

purifican y realzan.

Recuerde usted que Dafnis aprende al cabo cuál es el verdadero fin de

amor, y, á pesar de su pasión, se domina por temor de lastimar á Cloe, y

no la hace suya hasta después de la boda.

En suma, y para no cansar, yo no me defiendo de haber traducido el libro

de Longo, aunque en Francia le tradujo un obispo. Quiero suponer, ó

quiero afirmar y confesar que hice mal. Valgámonos de un símil. Sea como

si yo expusiera al público esculturas lascivas; pero de esto á exponerme

yo mismo como actor, me parece que dista mucho.

Por último, se ha de notar que la novela de _Dafnis y Cloe_ no quiere

ser seriamente sublime, sino que, por cierta malicia candorosa y cierta

amañada inocencia, propende á difundir regocijo en quien lee, lo cual

podrá ser censurable por el lado de la moral, pero no es antiestético,

que es de lo que aquí tratamos.

Si usted, en otro tono más ligero, risueño y jocoso, hubiera escrito

catorce sonetos, catorce veces más verdes aún, como yo soy viejo

pecador, y nada tengo de misionero, respecto á la moral y á la decencia

me hubiera callado; pero en punto á estética, hubiera echado á usted mi

absolución, y, si los sonetos alegraban las pajarillas, hubiera

concedido á usted indulgencia plenaria y hasta hubiera aplaudido.

A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos · 第 7 / 55 题