NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
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LA MALQUERIDA
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Queda hecho el depósito que marca la ley.
Copyright, 1927, by Jacinto Benavente.
JACINTO BENAVENTE
Premio Nobel de Literatura de 1922.
LA MALQUERIDA
DRAMA EN TRES ACTOS Y EN PROSA
Estrenada en el Teatro de la Princesa en la noche del 12 de diciembre
de 1913.
QUINTA EDICIÓN
Printed in Spain.
MADRID
LIBRERÍA Y CASA EDITORIAL HERNANDO (S. A.)
Calle del Arenal, núm. 11.
1927
MADRID. — Imp. de la Lib. y Casa Edit. Hernando (S. A.), Quintana, 31.
A María Guerrero,
_Jacinto Benavente._
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
LA RAIMUNDA SRA. GUERRERO.
LA ACACIA SRTA. L. DE GUEVARA.
LA JULIANA SRA. TORRES.
DOÑA ISABEL SRTA. CANCIO.
MILAGROS » RUIZ MORAGAS.
LA FIDELA » HEREDIA.
LA ENGRACIA SRA. SALVADOR.
LA BERNABEA SRTA. RIQUELME.
LA GASPARA » RIVAS.
ESTEBAN SR. DÍAZ DE MENDOZA. (F.)
NORBERTO » DÍAZ DE MENDOZA. (M.)
FAUSTINO » MONTENEGRO.
EL TÍO EUSEBIO » CARSÍ.
BERNABÉ » JUSTE.
EL RUBIO » VILCHES.
MUJERES, MOZAS Y MOZOS
En un pueblo de Castilla.
ACTO PRIMERO
Sala en casa de unos labradores ricos.
ESCENA I
La RAIMUNDA, la ACACIA, DOÑA ISABEL, MILAGROS, la FIDELA, la ENGRACIA,
la GASPARA y la BERNABEA. Al levantarse el telón, todas de pie, menos
doña Isabel, se despiden de otras cuatro o cinco, entre mujeres y mozas.
GASPARA.
Vaya, queden ustedes con Dios; con Dios, Raimunda.
BERNABEA.
Con Dios, doña Isabel... Y tú, Acacia, y tu madre, que sea para bien.
RAIMUNDA.
Muchas gracias. Y que todos lo veamos. Anda, Acacia, sal tú con ellas.
TODAS.
Con Dios, abur. (_Gran algazara. Salen las mujeres y los mozos y Acacia
con ellas_).
ISABEL.
¡Que buena moza está la Bernabea!
ENGRACIA.
Pues va pa el año, bien mala que estuvo. Nadie creíamos que lo contaba.
ISABEL.
Dicen que se casa también muy pronto.
FIDELA.
Para San Roque, si Dios quiere.
ISABEL.
Yo soy la última que se entera de lo que pasa en el pueblo. Como en mi
casa todo son calamidades..., está una tan metida en sí.
ENGRACIA.
¡Qué!, ¿no va mejor su esposo?
ISABEL.
Cayendo y levantando: aburrida nos tiene. Ya ven todos lo que salimos
de casa: ni para ir a misa los más de los domingos. Yo por mí, ya estoy
hecha; pero esta hija se me está consumiendo.
ENGRACIA.
¡Ya, ya! ¿En qué piensan ustedes? Y tú, mujer, mira que está el año de
bodas.
ISABEL.
Sí, sí, ¡buena es ella! No sé yo de dónde haya de venir el que le caiga
en gracia.
FIDELA.
Pues para monja no irá, digo yo; así, ella verá.
ISABEL.
Y tú, Raimunda, ¿es a gusto tuyo esta boda? Parece que no te veo muy
cumplida.
RAIMUNDA.
Las bodas siempre son para tenerles miedo.
ENGRACIA.
Pues, hija, si tú no casas la chica a gusto, no sé yo quién podamos
decir otro tanto: que denguna como ella ha podido escoger entre lo
mejorcito.
FIDELA.
Que comer no ha de faltarles, dar gracias a Dios, y como están las
cosas no es lo que menos hay que mirar.
RAIMUNDA.
Anda, Milagros, anda abajo con Acacia y los mozos, que me da no sé qué
de verte tan parada.
ISABEL.
Ve, mujer. Es que esta hija es como Dios la ha hecho.
MILAGROS.
Con el permiso de ustedes. (_Sale_).
RAIMUNDA.
Y anden ustedes con otro bizcochito y con otra copita.
ISABEL.
Se agradece, pero yo no puedo con más.
RAIMUNDA.
Pues andar vosotras, que esto no es nada.
ISABEL.
Pues a la Acacia tampoco la veo como debía estar un día como el de hoy,
que vienen a pedirla.
RAIMUNDA.
Es que también esta hija mía es como es. ¡Más veces me tiene
desesperada! Callar a todo; eso sí, hasta que se descose, y entonces no
quiera usted oírla, que la dejará a usted bien parada.
ENGRACIA.
Es que se ha criao siempre tan consentida... Como tuvisteis la
desgracia de perder a los tres chicos y quedó ella sola, hágase usted
cargo... Su padre, pajaritas del aire que le pidiera la muchacha, y
tú dos cuartos de lo mismo... Luego, cuando murió su padre, que esté
en gloria, la chica estaba tan encelada contigo; así es que cuando te
volviste a casar le sentó muy malamente. Y eso es lo que ha tenido
siempre esa chica: pelusa.
RAIMUNDA.
¿Y qué iba yo a hacerle? Yo bien hubiera querido no volverme a casar.
Y si mis hermanos hubieran sido otros... Pero, digo, si no entran aquí
unos pantalones a poner orden, a pedir limosna andaríamos mi hija y yo
a estas horas: bien lo saben todos.
ISABEL.
Eso es verdad. Una mujer sola no es nada en el mundo. Y que te quedaste
viuda muy joven.
RAIMUNDA.
Pero no sé yo que esta hija mía haya podido tener pelusa de nadie; que
su madre soy y no sé yo quién la quiera y la consienta más de los dos;
que Esteban no ha sido nunca un padrastro pa ella.
ISABEL.
Y es razón que así sea. No habéis tenido otros hijos.
RAIMUNDA.
Nunca va y viene, de ande quiera que sea, que no se acuerde de traerle
algo... No se acuerda tanto de mí, y nunca me he sentido por eso, que
al fin es mi hija, y el que la quiera de ese modo me ha hecho quererle
más. Pero ella... ¿Querrán ustedes creer que ni cuando era chica, ni
ahora, no se diga, y ha permitido nunca de darle un beso? Las pocas
veces que le he puesto la mano encima no ha sido por otra cosa.
FIDELA.
Y a mí que no hay quien me quite de la cabeza que tu hija y a quien
quiere y es a su primo.
RAIMUNDA.
¿A Norberto? Pues bien plantao lo dejó de la noche a la mañana. Esa es
otra: lo que pasó entre ellos no hemos podido averiguarlo nadie.
FIDELA.
Pues esa es la mía, que nadie hemos podido explicárnoslo, y tiene que
haber su misterio.
ENGRACIA.
Y ella puede y que no se acuerde de su primo; pero él aún le tiene
su idea. Si no, mira y cómo hoy en cuanto se dijo que venía el novio
con su padre a pedir a tu hija, cogió y bien temprano se fue pa los
Berrocales, y los que le han visto dicen y que iba como entristecío.
RAIMUNDA.
Pues nadie podrá decir que ni Esteban ni yo la hemos aconsejao en
ningún sentío. Ella de por sí dejó plantao a Norberto, todos lo saben,
que ya iban a correrse las proclamas, y ella consintió de hablar con
Faustino. A él siempre le pareció ella bien, esa es la verdad... Como
su padre ha sido siempre muy amigo de Esteban, que siempre han andao
muy unidos en sus cosas de la política y de las elecciones, cuantas
veces hemos ido al Encinar por la Virgen o por cualquier otra fiesta
o han venido aquí ellos, el muchacho pues no sabía qué hacerse con
mi hija; pero como sabía que ella y hablaba aquí con su primo, pues
decirle nunca le dijo nada... Y hasta que ella, por lo que fuera, que
nadie lo sabemos, plantó al otro, este no dijo nada. Entonces sí,
cuando supieron y que ella había acabao con su primo, su padre de
Faustino habló con Esteban y Esteban habló conmigo y yo hablé con mi
hija y a ella no le pareció mal; tanto es así, que ya lo ven todos, a
casarse va, y si a gusto suyo no fuera, pues no tendría perdón de Dios,
que lo que hace nosotros, a gusto suyo y bien que a su gusto la hemos
dejao.
ISABEL.
Y a su gusto será. ¿Por qué no? El novio es buen mozo y bueno parece.
ENGRACIA.
Eso sí. Aquí todos le miran como si fuera del pueblo mismamente, que
aunque no sea de aquí es de tan cerca y la familia es tan conocida, que
no están miraos como forasteros.
FIDELA.
El tío Eusebio puede y que tenga más tierras en la jurisdicción que en
el Encinar.
ENGRACIA.
Y que así es. Hazte cuenta: se quedó con todo lo del tío Manolito y a
más con las tierras de propios que se subastaron va pa dos años.
ISABEL.
No; la casa es la más fuerte de por aquí.
FIDELA.
Que lo diga usted, y que aunque sean cuatro hermanos, todos cogerán
buen pellizco.
ENGRACIA.
Y la de aquí, que tampoco va descalza.
RAIMUNDA.
Que es ella sola y no tiene que partir con nadie, y que Esteban ha
mirao por la hacienda que nos quedó de su padre, que no hubiera mirao
más por una hija suya. (_Se oye el toque de oraciones_).
ISABEL.
Las oraciones. (_Rezan todos entre dientes_). Vaya, Raimunda, nos vamos
para casa, que a Telesforo hay que darle de cenar temprano; digo cenar,
la pizca de nada que toma.
ENGRACIA.
Pues quiere decirse que nosotras también nos iremos, si te parece.
FIDELA.
Me parece.
RAIMUNDA.
Si queréis acompañarnos a cenar... A doña Isabel no le digo nada,
porque estando su esposo tan delicado, no ha de dejarle solo.
ENGRACIA.
Se agradece; pero cualquiera gobierna aquella familia si una falta.
ISABEL.
¿Cena esta noche el novio con vosotras?
RAIMUNDA.
No, señora; se vuelven él y su padre pa el Encinar; aquí no habían de
hacer noche, y no es cosa de andar el camino a deshora, y estas noches
sin luna... Como que ya me parece que se tardan, que ya van acortando
mucho los días y luego es noche cerrada.
ENGRACIA.
Acá suben todos. A la cuenta es la despedida.
RAIMUNDA.
¿No lo dije?
ESCENA II
Dichas, la ACACIA, MILAGROS, ESTEBAN, el TÍO EUSEBIO y FAUSTINO.
ESTEBAN.
Raimunda, aquí el tío Eusebio y Faustino, que se despiden.
EUSEBIO.
Ya es hora de volvernos pa casa, antes que se haga noche, que con las
aguas de estos días pasados están esos caminos que es una perdición.
ESTEBAN.
Sí, que hay ranchos muy malos.
ISABEL.
¿Qué dice el novio? Ya no se acuerda de mí. Verdad que bien irá para
cinco años que no le había visto.
EUSEBIO.
¿No conoces a doña Isabel?
FAUSTINO.
Sí, señor; pa servirla. Creí que no se recordaba de mí.
ISABEL.
Sí, hombre; cuando mi marido era alcalde, va para cinco años. Buen
susto nos diste por San Roque, cuando saliste al toro y creímos todos
que te había matado.
ENGRACIA.
El mismo año que dejó tan mal herido a Julián, el de la Eudosia.
FAUSTINO.
Bien me recuerdo; sí, señora.
EUSEBIO.
Aunque no fuera más que por los lapos que llevó luego en casa..., muy
merecidos...
FAUSTINO.
¡La mocedad!
ISABEL.
Pues no te digo nada, que te llevas la mejor moza del pueblo, y que
ella no se lleva mal mozo tampoco. Y nos vamos, que ustedes aún tendrán
que tratar de sus cosas.
ESTEBAN.
Todo está tratao.
ISABEL.
Anda, Milagros... ¿Qué te pasa?
ACACIA.
Que le digo que se quede a cenar con nosotros, y no se atreve a pedirle
a usted permiso. Déjela usted, doña Isabel.
RAIMUNDA.
Sí que la dejará. Luego la acompañan de aquí Bernabé y la Juliana, y si
es caso también irá Esteban.
ISABEL.
No, ya mandaremos de casa a buscarla. Quédate, si es gusto de la Acacia.
RAIMUNDA.
Claro está, que tendrán ellas que hablar de mil cosas.
ISABEL.
Pues con Dios todos: tío Eusebio, Esteban...
ESTEBAN.
Vaya usted con Dios, doña Isabel... Muchas expresiones a su esposo.
ISABEL.
De su parte.
ENGRACIA.
Con Dios; que lleven buen viaje.
FIDELA.
Queden con Dios... (_Salen todas las mujeres_).
EUSEBIO.
¡Qué nueva está doña Isabel! Y a la cuenta debe de andarse por mis
años. Pero bien dicen: quien tuvo, retuvo y guardó para la vejez;
porque doña Isabel ha estao una buena moza, ande las haya habío.
ESTEBAN.
Pero siéntese usted un poco, tío Eusebio. ¿Qué prisa le ha entrao?
EUSEBIO.
Déjate estar; ya es buena hora de volvernos, que viene muy oscuro. Pero
tú no nos acompañes; ya vienen los criados con nosotros.
ESTEBAN.
Hasta el arroyo siquiera; es un paseo. (_Entran la Raimunda, la Acacia
y Milagros_).
EUSEBIO.
Y vosotros, deciros too lo que tengáis que deciros.
ACACIA.
Ya lo tenemos todo hablao.
EUSEBIO.
¡Eso te creerás tú!
RAIMUNDA.
Vamos, tío Eusebio, no sofoque usted a la muchacha.
ACACIA.
Muchas gracias de todo.
EUSEBIO.
¡Anda esta! ¡Qué gracias!
ACACIA.
Es muy precioso el aderezo.
EUSEBIO.
Es lo más aparente que se ha encontrao.
RAIMUNDA.
Demasiado para una labradora.
EUSEBIO.
¡Qué demasiado! Dejarse estar. Con más piedras que la custodia de
Toledo lo hubiera yo querido. Abraza a tu suegra.
RAIMUNDA.
Ven acá, hombre; que mucho tengo que quererte pa perdonarte lo que me
llevas. ¡La hija de mis entrañas!
ESTEBAN.
¡Vaya! Vamos a jipar ahora... Mira la chica. Ya está hecha una Madalena.
MILAGROS.
¡Mujer!... ¡Acacia! (_Rompe también a llorar_).
ESTEBAN.
¡Anda la otra! ¡Vaya, vaya!
EUSEBIO.
No ser así... Los llantos pa los difuntos. Pero una boda como esta, tan
a gusto de toos... Ea, alegrarse... Y hasta muy pronto.
RAIMUNDA.
Con Dios, tío Eusebio. Y a la Julia que no le perdono y que no haya
venido un día como hoy.
EUSEBIO.
Si ya sabes cómo anda de la vista. Había que haber puesto el carro, y
está esa subía de los Berrocales pa matarse el ganao.
RAIMUNDA.
Pues dele usted muchas expresiones, y que se mejore.
EUSEBIO.
De tu parte.
RAIMUNDA.
Y andarse ya, andarse ya, que se hace noche. (_A Esteban_). ¿Tardarás
mucho?
EUSEBIO.
Ya le he dicho que no venga...
ESTEBAN.
¡No faltaba otra cosa! Iré hasta el arroyo. No esperarme a cenar.
RAIMUNDA.
Sí que te esperamos. No es cosa de cenar solas un día como hoy. Y a la
Milagros le da lo mismo cenar un poco más tarde.
MILAGROS.
Sí, señora; lo mismo.
EUSEBIO.
¡Con Dios!
RAIMUNDA.
Bajamos a despedirles.
FAUSTINO.
Yo tenía que decir una cosa a la Acacia.
EUSEBIO.
Pues haberlo dejao pa mañana. ¡Como no habéis platicao todo el día!
FAUSTINO.
Si es que..., unas veces, que no me he acordao, y otras, con el
bullicio de la gente...
EUSEBIO.
A ver por ande sales...
FAUSTINO.
Si no es nada... Madre, que al venir, como cosa suya, me dio este
escapulario pa la Acacia; de las monjas de allá.
ACACIA.
¡Es muy precioso!
MILAGROS.
¡Bordado de lentejuela! ¡Y de la Virgen Santísima del Carmen!
RAIMUNDA.
¡Poca devoción que ella le tiene! Da las gracias a tu madre.
FAUSTINO.
Está bendecío...
EUSEBIO.
Bueno; ya hiciste el encargo. Capaz eras y de haberte vuelto con él, y
¡hubiera tenido que oír tu madre! ¡Pero qué corto eres, hijo! No sé yo
a quién hayas salío... (_Salen todos. La escena queda sola un instante.
Ha ido oscureciendo. Vuelven la Raimunda, la Acacia y Milagros_).
RAIMUNDA.
Mucho se han entretenido; salen de noche... ¿Qué dices, hija? ¿Estás
contenta?
ACACIA.
Ya lo ve usted.
RAIMUNDA.
¡Ya lo ve usted!... Pues eso quisiera yo: verlo... ¡Cualquiera sabe
contigo!
ACACIA.
Lo que estoy es cansada.
RAIMUNDA.
¡Es que hemos llevao un día! Desde las cinco y que estamos en pie en
esta casa.
MILAGROS.
Y que no habrá faltado nadie a darte el parabién.
RAIMUNDA.
Pues todo el pueblo, puede decirse; principiando por el señor cura,
que fue de los primeritos. Ya le he dao pa que diga una misa y diez
panes pa los más pobrecitos, que de todos hay que acordarse un día así.
¡Bendito sea Dios, que nada nos falta! ¿Están ahí las cerillas?
ACACIA.
Aquí están, madre.
RAIMUNDA.
Pues enciende esa luz, hija, que da tristeza esta oscuridad.
(_Llamando_). ¡Juliana! ¡Juliana!... ¿Ande andará esa?
JULIANA.
(_Dentro y como desde abajo_). ¿Qué?
RAIMUNDA.
Súbete pa acá una escoba y el cogedor.
JULIANA.
(_Idem_). De seguida subo.
RAIMUNDA.
Voy a echarme otra falda, que ya no ha de venir nadie.
ACACIA.
¿Quiere usted que yo también me desnude?
RAIMUNDA.
Tú déjate estar, que no tienes que trajinar en nada, y un día es un
día... (_Entra la Juliana_).
JULIANA.
¿Barro aquí?
RAIMUNDA.
No; deja ahí esa escoba. Recoge todo eso; lo friegas muy bien fregao y
lo pones en el chinero, y cuidado con esas copas, que es cristal fino.
JULIANA.
¿Me puedo comer un bizcocho?
RAIMUNDA.
Sí, mujer, sí. ¡Que eres de golosona!
JULIANA.
Pues sí que la hija de mi madre ha disfrutao de nada. En sacar vino
y hojuelas pa todos se me ha ido el día, con el sinfín de gente que
aquí ha habío... Hoy, hoy se ha visto lo que es esta casa pa todos; y
también la del tío Eusebio, sin despreciar. Y ya se verá el día de la
boda. Ya sé quién va a bailarte una onza de oro y quién va a bailarte
una colcha bordada de sedas, con unas flores que las ves tan preciosas
de propias, que te dan ganas de cogerlas mismamente. Día grande ha de
ser. ¡Bendito sea Dios! De mucha alegría y de mucho llanto también:
yo la primera, que no diré yo como tu madre, porque con una madre no
hay comparación de nada; pero quitao tu madre... Y que a más de lo que
es pa mí esta casa, el pensar en la moza que se me murió. ¡Hija de mi
vida, que era así y como eres tú ahora!...
RAIMUNDA.
¡Vaya, Juliana!; arrea con todo eso y no nos encojas el corazón tú
también, que ya tenemos bastante ca uno con lo nuestro.
JULIANA.
No permita Dios de afligir yo a nadie... Pero estos días así no sé qué
tienen que todo se agolpa, bueno y malo, y quiere una alegrarse y se
pone más entristecía... Y no digas, que no he querío mentar a su padre
de ella, esté en gloria. ¡Válganos Dios! ¡Si la hubiera visto este día!
Esta hija que era pa él la gloria del mundo.
RAIMUNDA.
¿No callarás la boca?
JULIANA.
¡No me riñas, Raimunda! Que es como si castigaras a un perro fiel, que
ya sabes que eso he sido yo siempre pa esta casa y pa ti y pa tu hija:
como un perro leal, con la ley de Dios al pan que he comido siempre de
esta casa, con la honra del mundo, como todos lo saben... (_Sale_).
RAIMUNDA.
¡Qué Juliana!... Y dice bien: que ha sido siempre como un perro de leal
y de fiel pa esta casa. (_Se pone a barrer_).
ACACIA.
Madre...
RAIMUNDA.
¿Qué quieres, hija?
ACACIA.
¿Me da usted la llave de esta cómoda, que quiero enseñarle a Milagros
unas cosillas?
RAIMUNDA.
Ahí las tienes. Y ahí os quedáis, que voy a dar una vuelta a la cena.
(_Sale. La Acacia y Milagros se sientan en el suelo y abren el cajón de
abajo de la cómoda_).
ACACIA.
Mira estos pendientes: me los han regalao...; bueno, Esteban... Ahora
no está mi madre. Mi madre quiere que le llame padre siempre.
MILAGROS.
Y él bien te quiere.
ACACIA.
Eso sí; pero padre y madre no hay más que unos... Estos pañuelos
también me los trajo él de Toledo; las letras las han bordao las
monjas... Estas son tarjetas postales; mira qué preciosas.
MILAGROS.
¡Qué señoras tan guapetonas!
ACACIA.
Son cómicas de Madrid y de París de Francia... Mira estos niños qué
ricos... Esta caja me la trajo él también llena de dulces.
MILAGROS.
Luego dirás...
ACACIA.
Si no digo nada. Si yo bien veo que me quiere; pero yo hubiera querido
mejor y estar yo sola con mi madre.
MILAGROS.
Tu madre no te ha querido menos por eso.
ACACIA.
¡Qué sé yo! Está muy ciega por él. No sé yo si tuviera que elegir entre
mí y ese hombre...
MILAGROS.
¡Qué cosas dices! Ya ves, tú ahora te casas, y si tu madre hubiera
seguido viuda, bien sola la dejabas.
ACACIA.
¿Pero tú crees que yo me hubiera casao si yo hubiera estao sola con mi
madre?
MILAGROS.
¡Anda! ¿No te habías de haber casao? Lo mismo que ahora.
ACACIA.
No lo creas. ¿Ande iba yo a haber estao más ricamente que con mi madre
en esta casa?
MILAGROS.
Pues no tienes razón. Todos dicen que tu padrastro ha sido muy bueno
para ti y con tu madre. Si no hubiera sido así, ya tú ves, con lo que
se habla en los pueblos...
ACACIA.
Sí, ha sido bueno; no diré yo otra cosa. Pero yo no me hubiera casao si
mi madre no vuelve a casarse.
MILAGROS.
¿Sabes lo que te digo?
ACACIA.
¿Qué?
MILAGROS.
Que no van descaminados los que dicen que tú no quieres a Faustino, que
al que tú quieres es a Norberto.
ACACIA.
No es verdad. ¡Qué voy a quererle! Después de la acción que me hizo...
MILAGROS.
Pero si todos dicen que fuiste tú quien le dejó.
ACACIA.
¡Que fui yo, que fui yo! Si él no hubiera dao motivo... En fin, no
quiero hablar de esto... Pero no dicen bien; quiero más a Faustino que
le he querido a él.
MILAGROS.
Así debe de ser. De otro modo, mal harías en casarte. ¿Te han dicho que
Norberto y se fue del pueblo esta mañana? A la cuenta, no ha querido
estar aquí el día de hoy.
ACACIA.
¿Qué más tiene pa él este día que cualquiera otro? Mira, esta es la
última carta que me escribió después que concluimos... Como yo no he
consentío volverle a ver..., no sé pa qué la guardo... Ahora mismito
voy a hacerla pedazos. (_La rompe_). ¡Ea!
MILAGROS.
¡Mujer, con qué rabia!...
ACACIA.
Pa lo que dice..., y quemo los pedazos...
MILAGROS.
¡Mujer, no se inflame la lámpara!
ACACIA.
(_Abre la ventana_). Y ahora a la calle, al viento... ¡Acabao y bien
acabao está todo!... ¡Qué oscuridad de noche!
MILAGROS.
(_Asomándose también a la ventana_). Sí que está miedoso; sin luna y
sin estrellas...
ACACIA.
¿Has oído?
MILAGROS.
Habrá sido una puerta que habrán cerrao de golpe.
ACACIA.
Ha sonao como un tiro.
MILAGROS.
¡Qué, mujer! ¿Un tiro a estas horas? Si no es que avisan de algún
fuego... Y no se ve resplandor de ninguna parte.
ACACIA.
¿Querrás creerte que estoy asustada?
MILAGROS.
¡Qué, mujer!
ACACIA.
(_Corriendo de pronto hacia la puerta_). ¡Madre, madre!
RAIMUNDA.
(_Desde abajo_). ¡Hija!
ACACIA.
¿No ha oído usted nada?
RAIMUNDA.
(_Idem_). Sí, hija; ya he mandao a la Juliana a enterarse... No tengas
susto.
ACACIA.
¡Ay, madre!
RAIMUNDA.
¡Calla, hija! Ya subo.
ACACIA.
Ha sido un tiro lo que ha sonao; ha sido un tiro.
MILAGROS.
Aunque así sea; nada malo habrá pasao.
ACACIA.
¡Dios lo haga! (_Entra Raimunda_).
RAIMUNDA.
¿Te has asustao, hija? No habrá sido nada.
ACACIA.
También usted está asustada, madre.
RAIMUNDA.
De verte a ti... Al pronto, pues como está tu padre fuera de casa, sí
me he sobresaltao... Pero no hay razón para ello. Nada malo puede haber
pasao... ¡Calla! ¡Escucha! ¿Quién habla abajo? ¡Ay, Virgen!
ACACIA.
¡Ay, madre, madre!
MILAGROS.
¿Qué dicen, qué dicen?
RAIMUNDA.
No bajes tú, que ya voy yo.
ACACIA.
No baje usted, madre.
RAIMUNDA.
Si no sé qué he entendido... ¡Ay, Esteban de mi vida, y que no le haya
pasao nada malo! (_Sale_).
MILAGROS.
Abajo hay mucha gente...; pero desde aquí no les entiendo lo que hablan.
ACACIA.
Algo malo ha sido, algo malo ha sido. ¡Ay, lo que estoy pensando!
MILAGROS.
También yo, pero no quiero decírtelo.
ACACIA.
¿Qué crees tú que ha sido?
MILAGROS.
No quiero decírtelo, no quiero decírtelo.
RAIMUNDA.
(_Desde abajo_). ¡Ay, Virgen Santísima del Carmen! ¡Ay, qué desgracia!
¡Ay, esa pobre madre, cuando lo sepa y que han matao a su hijo! ¡Ay, no
quiero pensarlo! ¡Ay, qué desgracia, qué desgracia pa todos!
ACACIA.
¿Has entendido?... Mi madre... ¡Madre..., madre!
RAIMUNDA.
¡Hija, hija, no bajes! ¡Ya voy, ya voy! (_Entran Raimunda, la Fidela,
la Engracia y algunas mujeres_).
ACACIA.
Pero ¿qué ha pasao, qué ha pasao? Ha habido una muerte, ¿verdad? Ha
habido una muerte.
RAIMUNDA.
¡Hija de mi vida! ¡Faustino, Faustino!...
ACACIA.
¿Qué?
RAIMUNDA.
Que lo han matao, que lo han matao de un tiro a la salida del pueblo.
ACACIA.
¡Ay, madre! ¿Y quién ha sido, quién ha sido?
RAIMUNDA.
No se sabe..., no han visto a nadie... Pero todos dicen y que ha sido
Norberto; pa que sea mayor la desgracia que nos ha venido a todos.
ENGRACIA.
No puede haber sido otro.
MUJERES.
¡Norberto!... ¡Norberto!
FIDELA.
Ya han acudío los de Justicia.
ENGRACIA.
Lo traerán preso.
RAIMUNDA.
Aquí está tu padre. (_Entra Esteban_). ¡Esteban de mi vida! ¿Cómo ha
sido? ¿Qué sabes tú?
ESTEBAN.
¿Qué tengo de saber? Lo que todos... Vosotros no me salgáis de aquí; no
tenéis que hacer nada por el pueblo.
RAIMUNDA.
¡Y ese padre, cómo estará! ¡Y aquella madre, cuando le lleven a su
hijo, que salió esta mañana de casa lleno de vida y lleno de ilusiones,
y vea que se lo traen muerto de tan mala muerte, asesinao de esa manera!
ENGRACIA.
Con la horca no paga y el que haiga sío.
FIDELA.
Aquí, aquí mismo habían de matarlo.
RAIMUNDA.
Yo quisiera verlo, Esteban; que no se lo lleven sin verlo... Y esta
hija también; al fin iba a ser su marido.
ESTEBAN.
No acelerarse; lugar habrá para todo. Esta noche no os mováis de aquí,
ya os lo he dicho. Ahora no tiene que hacer allí nadie más que la
Justicia; ni el médico ni el cura han podido hacer nada. Yo me vuelvo
pa allá, que a todos han de tomarnos declaración. (_Sale Esteban_).
RAIMUNDA.
Tiene razón tu padre. ¿Qué podemos hacer por él? Encomendarle su alma a
Dios... Y a esa pobre madre, que no se me quita del pensamiento... No
estés así, hija, que me asustas más que si te viera llorar y gritar.
¡Ay, quién nos hubiera dicho esta mañana lo que tenía que sucedemos tan
pronto!
ENGRACIA.
El corazón y dicen que le ha partío.
FIDELA.
Redondo cayó del caballo.
RAIMUNDA.
¡Qué borrón y qué deshonra para este pueblo y que de aquí haya salido
el asesino con tan mala entraña! ¡Y que sea de nuestra familia, pa
mayor vergüenza!
GASPARA.
Eso es lo que aún no sabemos nadie.
RAIMUNDA.
¿Y quién otro puede haber sido? Si lo dicen todos...
ENGRACIA.
Todos lo dicen: Norberto ha sido.
FIDELA.
Norberto; no puede haber sido otro.
RAIMUNDA.
Milagros, hija, enciende esas luces a la Virgen y vamos a rezarle un
rosario, ya que no podamos hacer otra cosa más que rezarle por su alma.
GASPARA.
¡El Señor le haiga perdonao!
ENGRACIA.
Que ha muerto sin confesión.
FIDELA.
Y estará su alma en pena. ¡Dios nos libre!
RAIMUNDA.
(_A Milagros_). Lleva tú el rosario; yo ni puedo rezar. ¡Esa madre, esa
madre! (_Empiezan a rezar él rosario_).
TELÓN
ACTO SEGUNDO
Portal de una casa de labor. Puerta grande al foro, que da al campo.
Reja a los lados. Una puerta a la derecha y otra a la izquierda.
ESCENA I
RAIMUNDA, la ACACIA, la JULIANA y ESTEBAN. Esteban, sentado en una mesa
pequeña, almuerza. La Raimunda, sentada también, le sirve. La Juliana
entra y sale sirviendo a la mesa. La Acacia, sentada en una silla baja,
junto a una de las ventanas, cose, con un cesto de ropa blanca al lado.
RAIMUNDA.
¿No está a tu gusto?
ESTEBAN.
Sí, mujer.
RAIMUNDA.
No has comido nada. ¿Quieres que se prepare alguna otra cosa?
ESTEBAN.
Déjate, mujer, si he comido bastante.
RAIMUNDA.
¡Qué vas a decirme! (_Llamando_). ¡Juliana, trae pa acá la ensalada! Tú
has tenido algún disgusto.
ESTEBAN.
¡Qué, mujer!
RAIMUNDA.
¡Te conoceré yo! Como que no has debido ir al pueblo. Habrás oído allí
a unos y a otros. Quiere decirse que determinamos, muy bien pensao, de
venirnos al Soto por no estar allí en estos días, y te vas tú allí esta
mañana sin decirme palabra. ¿Qué tenías que hacer allí?
ESTEBAN.
Tenía... que hablar con Norberto y con su padre.
RAIMUNDA.
Bueno está; pero les hubieras mandao llamar y que hubieran acudío
ellos. Podías haberte ahorrao el viaje y el oír a la demás gente, que
bien sé yo las habladurías de unos y de otros que andarán por el pueblo.
JULIANA.
Como que no sirve el estarse aquí sin querer ver ni entender a ninguno,
que como el Soto es paso de toos estos lugares a la redonda, no va ni
viene uno que no se pare aquí a oliscar y cucharetear lo que a nadie
le importa.
ESTEBAN.
Y tú que no dejarás de conversar con todos.
JULIANA.
Pues no, señor, que está usted muy equivocao, que no he hablao con
nadie, y aun esta mañana le reñí a Bernabé por hablar más de la cuenta
con unos que pasaron del Encinar. Y a mí ya pueden venir a preguntarme,
que de mi madre lo tengo aprendío, y es buen acuerdo: al que pregunta
mucho, responderle poco, y al contrario.
RAIMUNDA.
Mujer, calla la boca. Anda allá dentro. (_Sale Juliana_). Y ¿qué anda
por el pueblo?
ESTEBAN.
Anda... que el tío Eusebio y sus hijos han jurao de matar a Norberto;
que ellos no se conforman con que la Justicia le haya soltao tan
pronto; que cualquier día se presentan allí y hacen una sonada; que el
pueblo anda dividido en dos bandos, y mientras unos dicen que el tío
Eusebio tiene razón y que no ha podido ser otro que Norberto, los otros
dicen que Norberto no ha sío, y que cuando la Justicia le ha puesto en
la calle es porque está bien probao que es inocente.
RAIMUNDA.
Yo tal creo. No ha habido una declaración en contra suya: ni el padre
mismo de Faustino, ni sus criados, ni tú, que ibas con ellos.
ESTEBAN.
Encendiendo un cigarro íbamos el tío Eusebio y yo; por cierto que nos
reíamos como dos tontos, porque yo quise presumir con mi encendedor
y no daba lumbre, y entonces el tío Eusebio fue y tiró de su buen
pedernal y su yesca, y me iba diciendo muerto de risa: «Anda, enciende
tú con eso, pa que presumas con esa maquinaria sacadineros, que yo con
esto me apaño tan ricamente...». Y ese fue el mal; que con esta broma
nos quedamos rezagaos, y cuando sonó el disparo y quisimos acudir, ya
no podía verse a nadie. A más que, como luego vimos que había caído
muerto, pues nos quedamos tan muertos como él y nos hubieran matao a
nosotros, que no nos hubiéramos dao cuenta. (_La Acacia se levanta de
pronto y va a salir_).
RAIMUNDA.
¿Dónde vas, hija, como asustada? ¡Sí que está una pa sobresaltos!
ACACIA.
Es que no saben ustedes hablar de otra cosa. ¡También es gusto! No
habrá usted contao veces cómo fue y no lo tendremos oído otras tantas.
ESTEBAN.
En eso lleva razón... Yo, por mí, no hablaría nunca; es tu madre.
ACACIA.
Tengo soñao más noches... Yo, que antes no me asustaba nunca de estar
sola ni a oscuras, y ahora hasta de día me entran unos miedos...
RAIMUNDA.
No eres tú sola; sí que yo duermo ni descanso ni de día ni de noche.
Y yo sí que nunca he sido asustadiza, que ni de noche me daba cuidao
de pasar por el campo santo, ni la noche de Ánimas que fuera, y ahora
todo me sobrecoge: los ruidos y el silencio... Y lo que son las cosas:
mientras creímos todos que podía haber sido Norberto, con ser de la
familia y ser una desgracia y una vergüenza pa todos, pues quiere
decirse que como ya no tenía remedio, pues..., ¡qué sé yo!, estaba más
conforme... Al fin y al cabo, tenía su explicación. Pero ahora..., si
no ha sido Norberto, ni nadie sabemos quién ha sido y nadie podemos
explicarnos por qué mataron a ese pobre, yo no puedo estar tranquila.
Si no era Norberto, ¿quién podía quererle mal? Es que ha sido por una
venganza, algún enemigo de su padre, quién sabe si tuyo también..., y
quién sabe si no iba contra ti el golpe, y como era de noche y hacía
muy oscuro, no se confundieron, y lo que no hicieron entonces lo harán
otro día, y... vamos, que yo no vivo ni descanso, y ca vez que sales
de casa y andas por esos caminos me entra un desasosiego... Mismo hoy,
como ya te tardabas, en poco estuvo de irme yo pa el pueblo.
ACACIA.
Y al camino ha salido usted.
RAIMUNDA.
Es verdad; pero como te vi desde el altozano que ya llegabas por los
molinos y vi que venía el Rubio contigo, me volví corriendo pa que
no me riñeras. Bien sé que no es posible; pero yo quisiera ir ahora
siempre ande tú fueras, no desapartarme de junto a ti por nada de este
mundo; de otro modo, no puedo estar tranquila, no es vida esta.
ESTEBAN.
Yo no creo que nadie me quiera mal. Yo nunca hice mal a nadie. Yo bien
descuidao voy ande quiera, de día como de noche.
RAIMUNDA.
Lo mismo me parecía a mí antes, que nadie podía querernos mal... Esta
casa ha sido el amparo de mucha gente. Pero basta una mala voluntad,
basta con una mala intención, y ¡qué sabemos nosotros si hay quien
nos quiere mal sin nosotros saberlo! De ande ha venío este golpe puede
venir otro... Pero ¿es posible que nadie sepa nada, que nadie haya
visto nada? Cuando nada malo se trama, todos son a dar razón de quién
va y quién viene; sin nadie preguntar, todo se sabe; y cuando más
importa saber, nadie sabe nada, nadie ha visto nada...
ESTEBAN.
Mujer, ¿qué particular tiene que así sea? El que a nada malo va,
no tiene por qué ocultarse; el que lleva una mala idea, ya mira de
esconderse.
RAIMUNDA.
¿Tú quién piensas que pue haber sido?
ESTEBAN.
¿Yo? La verdad..., pensaba en Norberto, como todos; de no haber sido
él, ya no me atrevo a pensar de nadie.
RAIMUNDA.
Pues mira: yo bien sé que vas a reñirme; pero ¿sabes lo que he
determinao?
ESTEBAN.
Tú dirás...
RAIMUNDA.
Hablar yo con Norberto. He mandao a Bernabé a buscarlo. Pienso que no
tardará en acudir.
ACACIA.
¿Norberto? ¿Y qué quiere usted saber de él?
ESTEBAN.
Eso digo yo. ¿Qué crees tú que él puede decirte?
RAIMUNDA.
¡Qué sé yo! Yo sé que él a mí no puede engañarme. Por la memoria de su
madre he de pedirle que me diga la verdad de todo. Aunque él hubiera
sido, ya sabe él que yo a nadie había de ir a contarlo. Es que yo no
puedo vivir así, temblando siempre por todos nosotros.
ESTEBAN.
¿Y tú crees que Norberto va a decirte a ti lo que haya sido, si ha sido
él quien lo hizo?
RAIMUNDA.
Pero yo me quedaré satisfecha después de oírle.
ESTEBAN.
Allá tú; pero cree que todo ello solo servirá para más habladurías si
saben que ha venido a esta casa. A más, que hoy ha de venir el tío
Eusebio, y si se encuentran...
RAIMUNDA.
Por el camino no han de encontrarse, que llegan de una parte ca uno...,
y aquí la casa es grande y ya estarán al cuidao. (_Entra la Juliana_).
JULIANA.
Señor amo...
ESTEBAN.
¿Qué hay?
JULIANA.
El tío Eusebio que está al llegar, y vengo a avisarle por si no quiere
usted verlo.
ESTEBAN.
Yo, ¿por qué? Mira si ha tardao en acudir. Tú verás si acude también el
otro.
RAIMUNDA.
Por pronto que quiera...
ESTEBAN.
¿Y quién te ha dicho a ti que yo no quiero ver al tío Eusebio?
JULIANA.
No vaya usted a achacármelo a mí también, que yo por mí no hablo. El
Rubio ha sido quien me ha dicho que usted no quería verle, porque está
muy emperrao en que usted no se ha puesto de su parte con la Justicia,
y por eso han soltao a Norberto.
ESTEBAN.
Al Rubio ya le diré yo quién le manda meterse en explicaciones.
JULIANA.
Otras cosas también había usted de decirle, que está de algún tiempo a
esta parte que nos quiere avasallar a todos. Hoy, Dios me perdone si le
ofendo, pero me parece que ha bebío más de la cuenta.
RAIMUNDA.
Pues eso sí que no pue consentírsele. Me va a oír.
ESTEBAN.
Déjate, mujer... Ya le diré yo luego...
RAIMUNDA.
Sí que está la casa en república; bien se prevalen de que una no
está pa gobernarla... Es que lo tengo visto: en cuantito que una se
descuida... ¡Buen rato de holgazanes están todos ellos!
JULIANA.
No lo dirás por mí, Raimunda, que no quisiera oírtelo.
RAIMUNDA.
Lo digo por quien lo digo, y quien se pica ajos come.
JULIANA.
¡Señor, Señor! ¿Quién ha visto esta casa? No parece sino que todos
hemos pisao una mala hierba; a todos nos han cambiao: todos son a pegar
unos con otros y todos conmigo... ¡Válgame Dios y me dé paciencia para
llevarlo todo!
RAIMUNDA.
¡Y a mí pa aguantaros!
JULIANA.
Bueno está. ¿A mí también? Tendré yo la culpa de todo.
RAIMUNDA.
Si me miraras a la cara sabrías cuándo habías de callar la boca y
quitárteme de delante sin que tuviera que decírtelo.
JULIANA.
Bueno está. Ya me ties callada como una muerta y ya me quito de
delante. ¡Válgame Dios, Señor! No tendrás que decirme nada. (_Sale_).
ESTEBAN.
Aquí está el tío Eusebio.
ACACIA.
Les dejo a ustedes. Cuando me ve se aflige..., y como está que no sabe
lo que le pasa, a la postre siempre dice algo que ofende. A él le
parece que nadie más que él hemos sentido a su hijo.
RAIMUNDA.
Pues más no digo; pero puede que tanto como su madre y le haya llorao
yo. Al tío Eusebio no hay que hacerle caso; el pobre está muy acabao.
Pero ties razón, mejor es que no te vea.
ACACIA.
Estas camisas ya están listas, madre. Las plancharé ahora.
ESTEBAN.
¿Has estao cosiendo pa mí?
ACACIA.
Ya lo ve usted.
RAIMUNDA.
¡Si ella no cose!... Yo estoy tan holgazana... ¡Bendito Dios, no me
conozco! Pero ella es trabajadora y se aplica. (_Acariciándola al pasar
para el mutis_). ¿No querrá Dios que tengas suerte, hija? (_Sale la
Acacia_). ¡Lo que somos las madres! Con lo acobardada que estaba yo de
pensar y que iba a casárseme tan moza, y ahora... ¡Qué no daría yo por
verla casada!
ESCENA II
RAIMUNDA, ESTEBAN y el TÍO EUSEBIO.
EUSEBIO.
¿Ande anda la gente?
ESTEBAN.
Aquí, tío Eusebio.
EUSEBIO.
Salud a todos.
RAIMUNDA.
Venga usted con bien, tío Eusebio.
ESTEBAN.
¿Ha dejao usted acomodás las caballerías?
EUSEBIO.
Ya se ha hecho cargo el espolique.
ESTEBAN.
Siéntese usted. Anda, Raimunda, ponle un vaso del vino que tanto le
gusta.
EUSEBIO.
No, se agradece; dejarse estar, que ando muy malamente y el vino no me
presta.
ESTEBAN.
Pero si este es talmente una medicina.
EUSEBIO.
No, no lo traigas.
RAIMUNDA.
Como usted quiera. ¿Y cómo va, tío Eusebio, cómo va? ¿Y la Julia?
EUSEBIO.
Figúrate; la Julia... Esa se me va etrás de su hijo; ya lo tengo
pronosticao.
RAIMUNDA.
No lo quiera Dios, que aún le quedan otros cuatro por quien mirar.
EUSEBIO.
Pa más cuidaos; que aquella madre no vive pensando siempre en todo
lo malo que pueda sucederles. Y con esto de ahora... Esto ha venido
a concluir de aplanarnos. Tan y mientras confiamos que se haría
justicia... Es que me lo decían todos y yo no quería creerlo... Y ahí
le tenéis al criminal en la calle, en su casa, riéndose de todos
nosotros; pa afirmarme yo más en lo que ya me tengo bien sabido: que
en este mundo no hay más justicia que la que ca uno se toma por su
mano. Y a eso darán lugar, y a eso te mandé ayer razón, pa que fueras
tú y les dijeses que si mis hijos se presentaban en el pueblo, que no
les dejasen entrar por ningún caso, y si era menester que los pusieran
presos; todo antes que otro trastorno pa mi casa; aunque me duela que
la muerte de mi hijo quede sin castigar, si Dios no lo castiga, que tie
que castigarla o no hay Dios en el cielo.
RAIMUNDA.
No se vuelva usted contra Dios, tío Eusebio, que aunque la Justicia
no diera nunca con el que le mató tan malamente a su hijo, nadie
quisiéramos estar en su lugar dél. ¡Allá él con su conciencia! Por cosa
ninguna de este mundo quisiera yo tener mi alma como él tendrá la suya;
que si los que nada malo hemos hecho ya pasamos en vida el purgatorio,
el que ha hecho una cosa así tie que pasar el infierno; tan cierto
puede usted estar como hemos de morirnos.
EUSEBIO.
Así será, como tú dices; pero ¿no es triste gracia que por no hacerse
justicia como es debido, sobre lo pasao tenga yo que andar ahora sobre
mis hijos pa estorbarles de que quieran tomarse la justicia por su mano
y que sean ellos los que a la postre se vean en un presidio? Y que lo
harán como lo dicen. ¡Hay que oírles! Hasta el chequetico; va pa los
doce años; hay que verle apretando los puños como un hombre y jurando
que el que ha matao a su hermano se las tie que pagar, sea como sea...
Yo le oigo y me pongo a llorar como una criatura..., y su madre no se
diga. Y la verdad es que uno bien quisiera decirles: «¡Andar ya, hijos,
y matarle a cantazos como a un perro malo y hacerle peazos aunque sea
y traérnoslo aquí a la rastra!...». Pero tie uno que tragárselo too
y poner cara seria y decirles que ni por el pensamiento se les pase
semejante cosa, que sería matar a su madre y una ruina pa todos...
RAIMUNDA.
Pero, vamos a ver, tío Eusebio, que tampoco usted quiere atender a
razones: si la Justicia ha sentenciado que no ha sido Norberto, si
nadie ha declarao la menor cosa en contra suya, si ha podido probar
ande estuvo y lo que hizo todo aquel día, una hora tras otra, que
estuvo con sus criados en los Berrocales; que allí le vio también y
estuvo hablando con él don Faustino, el médico del Encinar mismo, a la
hora que sucedió lo que sucedió..., y diga usted si nadie podemos estar
en dos partes al mismo tiempo... Y de sus criados podrá usted decir que
estarían bien aleccionaos; por más que no es tan fácil ponerse tanta
gente acordes pa una mentira; pero don Faustino bien amigo es de usted
y bastantes favores le debe..., y como él otros muchos que habían de
estar de su parte de usted, y todos han declarao lo mismo. Solo un
pastor de los Berrocales supo decir que él había visto de lejos a un
hombre a aquellas horas, pero que él no sabría decir quién pudiera ser,
pero por la persona y el aire y el vestido, no podía ser Norberto.
EUSEBIO.
Si a que no fuera él yo no digo nada. Pero ¿deja de ser uno el que
lo hace, porque haiga comprao a otro pa que lo haga? Y eso no pue
dudarse... La muerte de mi hijo no tie otra explicación... Que no
vengan a mí a decirme que si este, que si el otro. Yo no tengo enemigos
pa una cosa así. Yo no hice nunca mal a nadie. Harto estoy de perdonar
multas a unos y a otros, sin mirar si son de los nuestros o de los
contrarios. ¡Si mis tierras paecen la venta de mal abrigo! ¡Si fuea
yo a poner todas las denuncias de los destrozos que me están haciendo
todos los días! A Faustino me lo han matao porque iba a casarse con
la Acacia; no hay más razón, y esa razón no podía tenerla otro que
Norberto. Y si todos hubieran dicho lo que saben, ya se hubiera aclarao
todo. Pero quien más podía decir no ha querido decirlo...
RAIMUNDA.
Nosotros, ¿verdad usted?
EUSEBIO.
Yo a nadie señalo.
RAIMUNDA.
Cuando las palabras llevan su intención no es menester nombrar a nadie
ni señalar con el dedo. Es que usted está creído, porque Norberto sea
de la familia, que si nosotros hubiéramos sabido algo, habíamos de
haber callao.
EUSEBIO.
Pero ¿vas tú a decirme que la Acacia no sabe más de lo que ha dicho?
RAIMUNDA.
No, señor; que no sabe más de lo que todos sabemos. Es que usted se
ha emperrao en que no puede ser otro que Norberto; es que usted no
quiere creerse de que nadie pueda quererle a usted mal por alguna otra
cosa. Nadie somos santos, tío Eusebio. Usted tendrá hecho mucho bien,
pero también tendrá usted hecho algún mal en su vida; usted pensará que
no es pa que nadie se acuerde, pero al que se lo haiga usted hecho no
pensará lo mismo. A más, que si Norberto hubiera estao enamorao de mi
hija hasta ese punto, antes hubiera hecho otras demostraciones. Su hijo
de usted no vino a quitársela; Faustino no habló con ella hasta que mi
hija despidió a Norberto, y le despidió porque supo que él hablaba con
otra moza, y él ni siquiera fue para venir y disculparse; de modo y
manera que si a ver fuéramos, él fue quien la dejó a ella plantada. Ya
ve usted que nada de esto es pa hacer una muerte.
EUSEBIO.
Pues si así es, ¿por qué a lo primero todos decían que no podía ser
otro? Y vosotros mismos, ¿no lo ibais diciendo?
RAIMUNDA.
Es que así, al pronto..., ¿en quién otro podía pensarse? Pero si
se para uno a pensar no hay razón pa creer que él y solo él pueda
haberlo hecho. Pero usted no parece sino que quiere dar a entender que
nosotros somos encubridores, y sépalo usted, que nadie más que nosotros
quisiéramos que de una vez y se supiera la verdad de todo; que si usted
ha perdido un hijo, yo también tengo una hija que no va ganando nada
con todo esto.
EUSEBIO.
Como que así es. Y con callar lo que sabe, mucho menos. Ni vosotros...;
que Norberto y su padre, pa quitarse sospechas, no queráis saber lo que
van propalando de esta casa; que si fuera uno a creerse de ello...
RAIMUNDA.
¿De nosotros? ¿Qué puen ir propalando? Tú que has estao en el pueblo,
¿qué icen?
ESTEBAN.
¡Quién hace caso!
EUSEBIO.
No, si yo no he de creerme de naa que venga de esa parte; pero bien y
que os agradecen el no haber declarao en contra suya.
RAIMUNDA.
¿Pero vuelve usted a las mismas? ¿Sabe usted lo que le digo, tío
Eusebio? Que tie una que hacerse cargo de lo que es perder un hijo como
usted lo ha perdío, pa no contestarle a usted de otra manera. Pero
una también es madre, ¡caray!, y usted está ofendiendo a mi hija y nos
ofende a todos.
ESTEBAN.
¡Mujer! No se hable más... ¡Tío Eusebio!
EUSEBIO.
Yo a nadie ofendo. Lo que digo es lo que dicen todos: que vosotros por
ser de la familia, y todo el pueblo por quitarse de esa vergüenza, os
habéis confabulao todos pa que la verdad no se sepa. Y si aquí todos
creen que no ha sido Norberto, en el Encinar todos creen que no ha sido
otro. Y si no se hace justicia muy pronto, va a correr mucha sangre
entre los dos pueblos, sin poder impedirlo nadie, que todos sabemos lo
que es la sangre moza.
RAIMUNDA.
¡Si usted va soliviantando a todos! ¡Si pa usted no hay razón ni
justicia que valga! ¿No está usted bien convencío de que si no fue
que él compró a otro pa que lo hiciera, él no pudo hacerlo? Y eso de
comprar a nadie pa una cosa así... ¡Vamos que no me cabe a mí en la
cabeza!... ¿A quién puede comprar un mozo como Norberto? Y no vamos a
creer que su padre dél iba a mediar en una cosa así.
EUSEBIO.
Pa comprar a una mala alma no es menester mucho. ¿No tienes ahí, sin ir
más lejos, a los de Valderrobles, que por tres duros y medio mataron a
los dos cabreros?
RAIMUNDA.
¿Y qué tardó en saberse? Que ellos mismos se descubrieron disputando
por medio duro. El que compra a un hombre pa una cosa así viene a
ser como un esclavo suyo pa toda la vida. Eso podrá creerse de algún
señorón con mucho poder, que pueda comprar quien le quite de en medio a
cualquiera que pueda estorbarle. Pero Norberto...
EUSEBIO.
A nadie nos falta un criado que es como un perro fiel en la casa pa
obedecer lo que se le manda.
RAIMUNDA.
Pue que usted los tenga de esa casta y que alguna vez los haya usted
mandao algo parecido, que el que lo hace lo piensa.
EUSEBIO.
Mírate bien en lo que estás diciendo.
RAIMUNDA.
Usted es el que tie que mirarse.
ESTEBAN.
Pero ¿no quies callar, Raimunda?
EUSEBIO.
Ya lo estás oyendo. ¿Qué dices tú?
ESTEBAN.
Que dejemos ya esta conversación, que todo será volvernos más locos.
EUSEBIO.
Por mí, dejao está.
RAIMUNDA.
Diga usted que usted no pue conformarse con no saber quién le ha
matao a su hijo, y razón tie usted que le sobra; pero no es razón pa
envolvernos a todos; que si usted pide que se haga justicia, más se lo
estoy pidiendo yo a Dios todos los días, y que no se quede sin castigar
el que lo hizo, así fuera un hijo mío el que lo hubiera hecho.
ESCENA III
Dichos y el RUBIO.
RUBIO.
Con licencia.
ESTEBAN.
¿Qué hay, Rubio?
RUBIO.
No me mire usted así, mi amo, que no estoy bebío... Lo de esta mañana
fue que salimos sin almorzar y me convidaron, y un traguete que bebió
uno, pues le cayó a uno mal, y eso fue todo. Lo que siento es que usted
se haiga incomodao.
RAIMUNDA.
¡Ay, me paece que tú no estás bueno! Ya me lo había dicho la Juliana.
RUBIO.
La Juliana es una enreaora. Eso quería ecirle al amo.
ESTEBAN.
¡Rubio!... Después me dirás lo que quieras. Está aquí el tío Eusebio.
¿No lo estás viendo?
RUBIO.
¿El tío Eusebio? Ya le había visto... ¿Qué le trae por acá?
RAIMUNDA.
¿Qué te importa a ti que le traiga o le deje de traer? ¡Habrase visto!
Anda, anda y acaba de dormirla, que tú no estás en tus cabales.
RUBIO.
No me diga usted eso, mi ama.
ESTEBAN.
¡Rubio!...
RUBIO.
La Juliana es una enreaora. Yo no he bebío... y el dinero que se me
cayó era mío; yo no soy ningún ladrón; ni he robao a nadie... Y mi
mujer tampoco le debe a nadie lo que lleva encima... ¿Verdad usted,
señor amo?
ESTEBAN.
¡Rubio!... Anda ya, y acuéstate y no parezcas hasta que te hayas hartao
de dormir. ¿Qué dirá el tío Eusebio? ¿No has reparao?
RUBIO.
Demasiao que he reparao... Bueno está... No tie usted que ecirme
nada... (_Sale_).
RAIMUNDA.
Pa lo que dice usted de los criados, tío Eusebio... Sin tenerle que
tapar a uno nada, ya de por sí saben abusar... Dígame usted si tuviera
uno cualquier tapujo con ellos... Pero ¿pue saberse qué le ha pasao hoy
al Rubio? ¿Es que ahora va a emborracharse todos los días? Nunca había
tenido él esa falta. Pues no vayas a consentírsela, que como empiece
así...
ESTEBAN.
¡Qué, mujer! Si porque no tie costumbre es por lo que hoy se ha
achispao una miaja... A la cuenta, mientras yo andaba a unas cosas y
otras por el pueblo, le han convidao en la taberna... Ya le he reñido
yo, y le mandé acostar; pero a la cuenta no ha dormío bastante y se ha
entrao aquí sin saber entoavía lo que se habla... No es pa espantarse.
EUSEBIO.
Claro está que no. ¿Mandas algo?
ESTEBAN.
¿Ya se vuelve usted, tío Eusebio?
EUSEBIO.
Tú verás. Lo que siento es haber venío pa tener un disgusto...
RAIMUNDA.
Aquí no ha habido disgusto ninguno. ¡Qué voy yo a digustarme con usted!
EUSEBIO.
Así debe de ser. ¡Hacerse cargo, con lo que a mí me ha pasao! Esa
espina no se arranca así como así; clavada estará, y bien clavada,
hasta que quiera Dios llevársele a uno de este mundo. ¿Tenéis pensao de
estar muchos días en el Soto?
ESTEBAN.
Hasta el domingo. Aquí no hay nada que hacer. Solo hemos venido por no
estar en el pueblo en estos días; como al volver Norberto too habían de
ser historias...
EUSEBIO.
Como que así será. Pues yo no te dejo encargao otra cosa: cuando estés
allí, que estés a la mira por si se presentan mis hijos, que no me
vayan a hacer alguna que no quiero pensarlo.
ESTEBAN.
Vaya usted descuidao: pa que hicieran algo estando yo allí, mal había
yo de verme.
EUSEBIO.
Pues no te digo más. Estos días los tengo entretenidos trabajando en
las tierras de la linde del río... Si no va por allí alguien que me los
soliviante... Vaya, quedar con Dios. ¿Y la Acacia?
RAIMUNDA.
Por no afligirle a usted no habrá acudío... Y que ella también de verle
a usted se recuerda de muchas cosas.
EUSEBIO.
Ties razón.
ESTEBAN.
Voy a que saquen las caballerías.
EUSEBIO.
Déjate estar. Yo daré una voz... ¡Francisco! Allá viene. No vengas tú,
mujer. Con Dios. (_Van saliendo_).
RAIMUNDA.
Con Dios, tío Eusebio, y pa la Julia no le digo a usted nada..., que me
acuerdo mucho de ella, y que más tengo rezao por ella que por su hijo,
que a él Dios le habrá perdonao, que ningún daño hizo pa tener el mal
fin que tuvo... ¡Pobre! (_Han salido Esteban y el tío Eusebio_).
ESCENA IV
RAIMUNDA y BERNABÉ.
BERNABÉ.
¡Señora ama!
RAIMUNDA.
¿Qué? ¿Viste a Norberto?
BERNABÉ.
Como que aquí está; ha venido conmigo. ¡Más pronto! Él, de su parte,
estaba deseandito de avistarse con usted.
RAIMUNDA.
¿No os habréis cruzao en el camino con el tío Eusebio?
BERNABÉ.