NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se
han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del original ha sido retocada, buscando una mayor
facilidad de lectura. Teniendo en cuenta que la lengua gallega,
en la época de esta edición, pecaba de falta de normalización,
se ha uniformado la ortografía de los artículos y pronombres
homónimos, y de sus contracciones con la preposición «a».
* Se ha completado el emparejamiento de los signos de interrogación y
exclamación.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
* Las correcciones enumeradas en la «Fe de erratas», al final del
libro, han sido incorporadas al texto.
FOLLAS NOVAS
Biblioteca de «La Propaganda Literaria»
FOLLAS NOVAS
VERSOS EN GALLEGO
DE
ROSALÍA CASTRO DE MURGUÍA
PRECEDIDOS DE UN PRÓLOGO
POR
EMILIO CASTELAR
[Ilustración]
DE VENTA
MADRID
La Ilustración Gallega y Asturiana
León, 12, principal
HABANA
La Propaganda Literaria
O’Reilly, núm. 54
1880
Esta obra es propiedad de _La Propaganda Literaria_, casa editorial de
la Habana, quien ha cumplido con las condiciones que marca la ley para
los derechos de propiedad literaria.
Aurelio J. Alaria, impresor, Estrella, 15, Madrid
ÔS SEÑORES DA XUNTA DIRECTIVA
E MAIS INDIVIDUOS QUE COMPOÑEN A
SOCIEDADE DE BENEFICENCIA D’OS NATURALES DE GALICIA
N’HABANA
_Un sentimento de gratitude faime oxe dedicarlles este meu libro. O
dia en qu’os fillos de Galicia levaban á cabo n’Habana un d’os seus
mais groriosos feitos (permitaseme chamarlle así, porque tal o creio);
o dia en qu’entr’o aplauso de todos, fundouse en tan lexana rexion a_
Sociedade de beneficencia d’os naturales de Galicia, _houbo quen quixo
santifical’ô seu modo volvendo pr’a sua patria os ollos y o corazon,
unindo n’aquela obra de patriotismo o recordo d’un libro que foi tamen
o esaltado fruto d’amor ô noso país._
_O xuntar ôs nomes d’os fundadores d’a_ Sociedade, _o d’autora d’os_
CANTARES GALLEGOS (_cousa que lles agradecin por que me via así
unida â obra de caridade mais grata ô meu corazon_) _xa sey que non
foy mais que como un-ha espresion d’amor pr’a patria ausente, qu’eu
cantara xa que non en bós versos, ô menos en versos afertunados. Séino
ben; mais non por eso deixo de ter n’o que val aquel recordo, e de
crêrme obrigada á dar á esa_ Sociedade _un-ha púbrica moestra d’o meu
agradecemento, xa que púbrica foy tamen a proba d’estimacion que â sua
vez me deron n’aquel dia os meus paisanos n’Habana._
_Reciban pois a dedicatoria d’este meu novo libro: trata d’as cousas
d’a terra, e vay escrita n’a nosa lengoa. Recíbana, non pó-lo que val,
sinon pó-lo que significa._
ROSALÍA CASTRO DE MURGUÍA
Socia honoraria da _Sociedade de beneficencia
d’os naturales de Galicia n’Habana_
Santiago 23 Febreiro 1880.
PRÓLOGO
Nada me complace tanto en la vida como recorrer las regiones que
componen el territorio de nuestra España y contemplar los monumentos
que despiertan la memoria de nuestros padres. Los tiempos pasados se
avivan y resucitan en el escenario donde sus tragedias sucedieron. El
alma de los muertos vuelve, á los conjuros y evocaciones del recuerdo,
como para buscar el orígen de venturas ó desventuras trascendentes á su
nombre en el mundo y á su reposo en la eternidad. Enseña más sobre el
destino de Roma un paseo por la Vía Apia, bordada de sepulcros, que un
estudio de los libros de Tito Livio y de Tácito. Cuentan más historia
de España las piedras mudas de la catedral de Toledo, que las páginas
grandilocuentes de Mariana y de Mendoza. Los campos de Montiel llevan
aún la maldicion del fratricidio de los Trastamaras; las ruinas de
Poblet, cubiertas de ortigas, guardan aún las sombras augustas de los
reyes de Aragon; las alturas del puerto de Muradiel revelan á los ojos
mas vulgares las glorias á ellas unidas como la luz á los soles; el
pico de Monserrat refleja las retinas de los navegantes catalanes del
Mediterráneo, que lo saludaban arrobados en sus fabulosas expediciones
al Oriente de Europa; las rejas de Granada parecen el poema de la
guerra santa y de la reconquista nacional, y apénas hay un rincon de la
Península donde los espectáculos de la naturaleza no estén realzados
por las grandiosas escenas de la historia.
En mi calidad de historiador he contemplado mil veces los escenarios
principales de los hechos históricos, y no he visto, sin embargo,
aquellos donde nuestras crónicas modernas comienzan, y la fuente de
nuestra vida nacional brota, y el poema de la reconquista se inicia,
y el habla española balbucea sus primeras palabras, y el grito de
Dios y libertad resuena, y la capilla de Covadonga señala como la
letra inicial de nuestras victorias, y el astur y el galáico hacen
retroceder al árabe abortado por los desiertos hácia el Mediodía y al
normando abortado por los mares hácia el Norte; y por do quier, así en
los primitivos dialectos de incomparable dulzura como en las iglesias
románicas de indecible severidad, se sienten aún los vagidos de nuestro
espíritu y se tocan las tablas de nuestra cuna; ¡ah! no he visto,
decia, ni Astúrias ni Galicia.
¡Y cuántas veces héme fingido estas tierras en mi imaginacion y
he tratado de resucitarlas y de describirlas tales como las veia
interiormente! Sobre todo, esa extraña y desconocida Galicia me llamaba
con sus innumerables atractivos y aparecia verde y húmeda, ceñida de
espumas oceánicas, tapizada de inacabables prados, llena de colinas
en cuyas alturas sombrea el bosque y á cuyos piés brilla la floresta,
esmaltada por sus rias y por sus puertos semejantes á tranquilos
lagos, cubierta de castañares y de naranjales, con sus mares verdes y
sus horizontes recamados de arreboladas neblinas, como una especie de
Escocia meridional española, muy apropiada, cual la Escocia británica
del Norte, á la poesía, y al cántico, y al sentimiento de la naturaleza.
¡Y será de ver aquella catedral, á la que volvian sus ojos los
moribundos en toda la Edad Media, é iban, hasta del seno de la Bulgaria
y de Rusia, los peregrinos en gran muchedumbre á ganar el perdon de sus
culpas con poner los labios en las losas de su pavimento! ¡Y el alma se
quedará extática en su puerta de la Gloria pintada de tantos colores y
entre cuyos iris, semejantes á los matices de la oracion, y entre cuyos
dorados, semejantes á los resplandores de inmaculado éther, revolotean
las innumerables figuras como místicas mariposas venidas de las
flores del cielo, y surgen las estatuillas como mensajeras encargadas
de elevar á las alturas celestiales las constantes aspiraciones que
á lo infinito siente en su eternal carrera nuestro pobre y oscuro
planeta! ¡Cómo caerán las sombras por aquellas recatadas capillas,
antiguo albergue de las peregrinaciones y término santo de largo y
proceloso viaje! ¡Cómo resonará por aquellas bóvedas el grito que los
guerreros han proferido en Clavijo, en Calatañazor, en las Navas,
en Tarifa; el grito que invocaba al Apóstol y lo traia al frente de
nuestros ejércitos en su blanca cabalgadura apocalíptica! Jerusalem,
Roma, Compostela, eran por aquellos tiempos de fé como las tres gradas
espirituales por donde la pobre humanidad podia subir hasta ver frente
á frente las tres personas de la Trinidad Santísima.
Y después de haberse confortado el ánimo con estos santos recuerdos,
¡cómo se comunicará con la naturaleza! Ya sé por experiencia que no
puede pedírsele al Norte el color de nuestras tierras meridionales
y la línea inflamada que rodea como de una aureola esplendente las
aristas de la Giralda y las estrías del Parthenon. Ya sé que nuestro
paganismo clásico, nuestra forma plástica, nuestro relieve escultórico,
los secos torrentes en que la adelfa se corona de rosadas flores y la
palma se cimbrea al soplo abrasador del simoun, jamás se encuentran en
los campos eternamente verdes que el Océano riega con sus evaporaciones
contínuas y con sus lluvias benéficas, y que la niebla envuelve en sus
velos de gasa. Pero será de ver el campo tranquilo, como los idilios
de Teócrito; el prado á la contínua reverdecido por una primavera
perpétua; los bosques de frutales, cargados con las abrillantadas
frutas; las colinas, donde en libertad crecen toda clase de arbustos;
entre los altos robles y castaños el antiguo campanario de la aldea;
por los hondos valles la cabaña con su establo y el establo con sus
vacas á la puerta; serpenteando en varias direcciones la ria serena y
trasparente, llena de barcas ligeras que contrastan con las pesadas
carretas, y trabajando sin descanso los campesinos de ambos sexos,
seguidos de sus innumerables chicuelos que entonan á una en coro esas
sonatas y cantares, cuyos aires se han elevado en las composiciones de
los primeros maestros europeos, lo mismo en la sinfonía pastoral de
Beethoven que en la tierna _Sonámbula_ de Bellini, á expresion clásica
de la felicidad campestre. Galicia tiene pintores, que excuso nombrar,
capaces de darnos idea tan clara de su tierra como los pintores
malagueños nos la han dado de una merienda en la Caleta ó los pintores
sevillanos de un baile en Triana.
Inútil buscar en las composiciones gallegas una sombra como de
azabache junto á una pared cuya cal semeja al alabastro; la luz llega,
cernida por tantos vapores como hay en el aire y amortiguada por tanta
vegetacion como hay en el suelo, dulce, á guisa de caricia gallega, sin
rebotes hiperbólicos, sin reverberaciones metálicas á los ojos, que
pueden recibirla y gozarla en una placidez inefable. Bajo los seculares
árboles de ramas bastantes á cubrir una plaza; en cercados floridos
y olientes á madre-selva; sobre alfombra natural, y aunque natural
mullida y blanda, el gallego, cubierto con su montera y ataviado con
sus calzones y su chaqueta de paño oscuro que chapillas de plata
abotonan y adornan, baila en compañía de la hermosísima gallega, en
cuya cabeza flamea el pañuelo de colores realzado sobre el primoroso
dengue y el oscuro zagalejo de estameña, y en cuyo cuello relucen sobre
la blanca camisa los varios collares; y así, trenzan, al son de su
gaita, una de esas danzas iguales á su música, por tristes, por amantes
y por voluptuosas.
Lo cierto es que esta tierra, falta de calor, inspira á sus hijos una
pasion tan encendida que raya en fanatismo. Ni el catalan, que se cree
ciudadano de perfecta nacionalidad; ni el andaluz, que habita la region
más privilegiada y más poética de España; ni el valenciano, bienhadado
en sus asiáticos jardines; ni el vigoroso aragonés aman á su patria
como la ama el gallego. La sombra de sus árboles, el dejo de su agua
natal, los mendrugos de su pan de maíz y de centeno, las maderas de su
establo, el olor de sus vacas, el espacio de su Municipio, el tañido de
la campana que toca la oracion al anochecer, la melodía de su zampoña,
el cantar de su alborada en tales términos se imponen á sus sentidos,
á sus sentimientos, á su conciencia, á toda su alma, á todo su sér,
que al arrancarle de allí le desarraigan, como si fuera un árbol, y
dobla el cuello, y pierde la gana, y apaga la mirada, y desmaya de
fuerzas, y decae de color, y olvida el habla, y siente una tristeza
tal en todos sus afectos y un dolor tan agudo en todo su cuerpo, que
concluye el infeliz por la muerte. Hay razas de tal suerte unidas con
su tierra, que al separarlas separais los dos términos de una entidad,
el alma y el cuerpo, y concluís con su existencia. La mayor parte de
aquellos suicidios de pueblos, como los de Numancia y de Sagunto, que
tanto nos maravillan, se explican por el apego al suelo natal, fuera
de cuyo aire no pueden respirar ni vivir. Existen razas nómadas como
las razas invasoras del Norte, llamadas por una vocacion interior al
movimiento, desasidas del suelo, juntas con su caballo y con su carro
que las trasportan de uno á otro territorio, las cuales se engendran en
una region, nacen en otra, viven de contínuo viaje, mueren sin saber
el pueblo donde han nacido, y cambiando de creencias cual cambian de
patria, tienen la vocacion de las emigraciones y de las conquistas,
por cuyo terrible poder suelen renovarse las sociedades humanas, de
igual suerte que se renuevan los aires por las tempestades y por las
inundaciones los campos. Pero en cambio hay otras razas á quienes
jamás separaríais del territorio donde nacen y que se pegan á él como
la carne al hueso. Estas son las razas que padecen el mal del país,
llamado en griego nostalgia, mal horrible que termina casi siempre
por la muerte. Y parece que la fatalidad lo quiere. El gallego se
vé obligado, por la densidad de la poblacion y por la tristeza del
suelo, á las emigraciones constantes. Imaginaos cuál será su pena
cuando trasponga la línea del horizonte sensible y deje tras sí el
campanario de la iglesia parroquial en cuyo regazo ha crecido su alma;
el cementerio donde yacen sus mayores, con cuyos huesos se mezclan
las raíces de la vida; los hogares que han cobijado los afectos y
las pasiones, á cuyo impulso se ha reunido la sangre y ha amasado la
carne del corazon. En ningun punto del mundo donde vaya volverá á
ver la zagaleja que, con la mano puesta al oido, la cabeza movida á
un lado y otro, los ojos fuera casi de las órbitas cual si buscara y
no encontrara el sér amado, entona la triste cancion correspondiente
á la serenata andaluza, cancion parecida, en su larga y triste
cadencia, bien á un arrullo de amor, ó bien á un suspiro de muerte. Y
se comprende, se comprende perfectamente que al abandonar todos estos
lugares, indisolublemente unidos á todas sus pasiones, desfallezca
y muera. Y esta tristeza del alma se refleja en su poesía, que es
verdaderamente una poesía melancólica del corazon.
Así tiene los caractéres de la poesía del Norte, la vaguedad y la
profundidad. La naturaleza se refleja en la conciencia de sus bardos
como se reflejan los objetos en los poemas osiánicos. La estrella que
luce entre las primeras sombras de la tarde; el vapor que asciende del
oleaje de los mares á formar las nubes; los vientos huracanados que
se estrellan al pié de la roca vestida de pinares; las yerbas de las
colinas que ondean y se pliegan al beso de los céfiros; el torrente que
se despeña espumoso entre los riscos; la luna coronada de nieblas, que
dan mayor palidez y mayor misterio á su faz; la caverna llena de aves
nocturnas, cuyos gritos se confunden con el toque de las ánimas, dan á
la poesía gallega mucho del sabor que tienen los cánticos de aquellos
pueblos obligados por su latitud y por su clima á encerrarse dentro de
sí mismos, y relacionar los fenómenos del universo con los afectos y
las ideas del alma.
Su lengua, sin embargo, por la riqueza de combinaciones vocales, por
la dulzura de las consonancias, por la copia de rimas, por la variedad
de metrificacion, por la onomatopeya de sus palabras, relaciónase
con todas las lenguas meridionales, pues al oirla diríais que estais
oyendo el italiano, el provenzal, el lemosin, cualquiera de las lenguas
habladas á orillas del Mediterráneo y compuestas por las relaciones
y el comercio de aquellos pueblos, que sobre un fondo heleno-latino
ostentan esmaltes y relieves por el movimiento natural de la sociedad
sobrepuestos y realzados. Á estas calidades reune un candor, una
sencillez, un sabor arcáico que muestran cómo se ha cultivado
principalmente en la Edad Media, y luégo, cuando la nacion se formó
en el siglo generador de los grandes Estados, ha tenido que ceder la
palma á la gran lengua del centro, á la lengua castellana. Galicia,
ménos abierta naturalmente á las irrupciones de extranjeros pueblos
que el Mediodía de España; ménos helena y ménos árabe, pues ni una ni
otra raza han ejercido en las orillas del Atlántico el poder que en
las orillas del Mediterráneo; romana, muy romana durante el Imperio,
y después de la irrupcion germánica esencialmente sueva, tiene una
complexion más determinada y una tradicion más seguida que el resto de
las provincias españolas. Su habla, pues, debe ser el latin romanceado
por los suevos, como el habla castellana el latin romanceado por los
habitantes del centro. Sea de esto lo que quiera, existe una hermosa
literatura en Galicia. El mayor de nuestros escritores y de nuestros
sabios en la Edad Media, el Rey D. Alfonso X, escogió el gallego para
cantar loores á la Vírgen Madre, y el gallego ha inmortalizado los
amores y los duelos del popular Macías. Y si examinais el conjunto de
esa literatura, encontrareis que tienen sus poetas algo de la escuela
de Suabia, tan encarecida y alabada en Alemania por la fluidez de sus
rimas, unida á la profundidad del sentimiento y de la idea.
Si la literatura gallega no tuviese ningun otro libro más que las
_Follas Novas_ de Rosalía Castro, bastábale para su lucimiento y para
su gloria. Puesto que la poesía es, como todo arte, la idea sentida
con profundidad y expresada con hermosura, digo que no conozco quien
sienta más y exprese mejor. La ternura se mezcla con la tristeza, la
luz con el misterio, la inspiracion y el estro con la verdad, formando
un conjunto de tal suerte nuevo y original y suyo, que no se cansa de
admirarlo el entendimiento, fatigado por lo convencional y arbitrario
de artificiosas escuelas que se empeñan en resucitar lo pasado, muerto
para siempre, ó ya en repetir pasiva y fotográficamente la impura
realidad. Rosalía siente y sabe expresar lo sentido. Su alma no liba la
poesía en lo grande, en lo inmenso, en lo infinito; como la violeta,
gusta de las sombras y exhala su aroma con tal humildad que excusa como
grave falta el propio mérito. Pocas veces he visto expresar como en
la composicion titulada _Vaguedás_ esas visitas de las inspiraciones
varias, nubes sin formas evaporadas del corazon á la mente, y que
suelen unas veces arrebolarse en las tintas de la idea, y otras veces
enrojecerse en el relámpago de la pasion. Así pregunta por qué escribe
y no sabe cómo responder á esta pregunta. Pues en tal ignorancia se
encuentra el secreto de la verdadera vocacion poética. Quien canta sin
voluntad, obedeciendo á movimientos del sér como obedece el arpa á la
mano que la tañe, y expresando ideas instintivas presentadas de súbito
á la mente, más por sobrenaturales revelaciones que por la interior
reflexion; quien hace eso ha recibido del cielo el don de la poesía
para traerlo y depositarlo entre los abrojos de la tierra.
Teniendo este don, no podia ménos de tener con él profunda melancolía.
Redentores y no llevar corona de espinas; profetas y no sentir las
epilepsias de la admiracion; sabios y no consumirse en el calor de
la retorta donde surgen nuevos elementos; héroes y no desposarse
con la muerte; poetas y no padecer con todos los que padecen, y no
llorar con todos los que lloran, y no sentir la nostalgia de cielos
misteriosos, ¡ah! es completamente imposible. Rosalía está triste,
y la tristeza rodea de aureola mística sus sienes, y la tristeza se
plañe en todos los acordes de su lira. Así no podeis ménos de llorar
cuando se despide de sus prados, del cláustro donde tantas veces ha
gemido; de los montes negros, plateados por la alborada que brilla en
el Sar y en el Sarela; de las pardas torres metropolitanas destacándose
en las inciertas lontananzas; y al decirles adios, considera que esto
permanecerá perenne, inmóvil, perdurable, miéntras los que se creen
inmortales superiores á todos los mencionados objetos, eternos como
las almas, cada dia darán hácia la muerte un paso y dejarán en las
tortuosidades del camino alguna ilusion ó alguna esperanza. Conozco
pocas emociones más magistralmente dichas que la despertada en su
corazon por el interior de la catedral de Santiago. Se oye rezar
á los viejos y á las viejas los padre-nuestros; se ven los rayos
últimos del sol en su ocaso penetrando por las vidrieras de colores y
descomponiéndose en las brillantes sartas de las arañas; se siente el
terror que la sobrecoge cuando al plañido de los campanarios vé las
almas en pena pintadas por los altares, y las cabezas de los santos
moviéndose como para contarse algun misterio unas á otras; se pregunta,
por fin, al poder de la evocacion, si aquellos rostros de las estatuas
tienen alma, y los labios de piedra palabras, y los Arzobispos y los
Obispos, tendidos sobre las losas, fuerza para levantarse de sus lechos
frios como el mármol y pedir perdon á los crucifijos, iluminados por
las dudosas lámparas, y la Soledad lágrimas para llorar los dolores
de su divino Hijo y la eternidad de nuestros pecados. No acierto á
expresar cuánto me conmueven los pensamientos poéticos por Rosalía
consagrados al cementerio, á la ermita, al enterramiento, á la mezcla
de la religion con la muerte. Creeríais sus ideas florecillas brotadas
en los sepulcros. Caen sobre el alma con la lánguida tristeza de las
ramas del sáuce y huelen á ciprés. Hace bien la poetisa cantando esos
abismos insondables donde concluye el frenesí de nuestra vida y pára
el movimiento vertiginoso de nuestra desatentada carrera. Yo nunca
he visto sin conmoverme una iglesia en los valles de mi tierra. Una
iglesia, único ideal del pobre pueblo, á quien el arte se aparece bajo
la forma religiosa; nave mística, poblada de santos que interceden
por nosotros y circuida de muertos que esperan su resurreccion; faro
luminoso, encendido sobre los escollos del mundo y que proyecta su luz
en las profundidades del alma, luz solitaria, la cual se nos aparece
como estrella misteriosa en el dia de los tormentos; arca que flota
en el diluvio de nuestras lágrimas; punto de interseccion entre los
caminos de la tierra y los caminos de la eternidad; influencia de toda
aspiracion ascendente á lo infinito y de toda inspiracion descendente
de lo infinito; una iglesia conmueve siempre por las lágrimas que se
han evaporado en sus aires aguardando consuelo y por los cadáveres que
han caido sobre su pavimento, aguardando perdon por las oraciones que
aletean bajo sus bóvedas y los ex-votos que penden de sus paredes,
por las lenguas de fuego que manda el espíritu divino á todo lo
contingente, y las nubes de incienso que manda el espíritu humano á
todo lo absoluto; por el esfuerzo que sus arcos, sus aras, sus altares,
sus cúpulas representan para romper el misterio divino que envuelve la
inmensidad de los espacios y que agita y hace extremecer desde el fondo
de nuestro corazon hasta la cima de nuestra inteligencia.
No conozco en las diversas lenguas literarias de la Península
composicion alguna más tierna y más sentida que la titulada: _¡Padron!
¡Padron!_ Dentro de poco, así que el libro se divulgue, alcanzará
renombre tan ruidoso como la inmortal composicion de Bécquer: «¡Dios
mio, qué solos se quedan los muertos!» Delante de un cementerio, lo
primero que se le ocurre es la idea de todo cuanto acaba en nosotros al
pasar de la juventud á la madurez en la existencia: las risas sin fin,
los bailes sin término, los cantares dulces, los coloquios amorosos,
las noches serenas, la guitarra melancólica, los acordes de la
serenata, cuanto ha pasado en la vida. Sigue á esta triste reflexion
sobre todo lo que llevamos muerto en nosotros mismos, una pintura del
cementerio de Adina, tal como se aparecia á sus ojos en la niñez, con
sus olivos viejos y oscuros; con sus clérigos que toman el sol en las
tapias como los viejos cipreses, y los niños que juegan entre las
tumbas como las mariposas entre las flores; con las piedras tumularias
que resaltan entre los montones oscuros de la tierra removida; con
el blanco osario, que á lo mejor, en la callada noche, despide la
fosfórica luz de sus fuegos fátuos; con las yerbas verdes, las malvas,
las cicutas, las ortigas, que crecen alimentadas por los muertos y
exhalan desde la superficie de las sepulturas, mezcladas sus raíces
con los huesos, el oxígeno de la vida. Naturalmente, la emocion que el
cementerio despierta en el alma de una niña es emocion de alegría. Y en
esta alegría se encuentra lo filosófico y lo profundo del pensamiento,
alcanzado por la intuicion soberana del poeta. En la edad en que no
hemos visto los muertos, no creemos en la muerte. Pues qué, ¿no jugamos
á la puerta del cementerio como á la puerta de la escuela? ¿Habeis
visto algun contraste mayor y más terrible que los divertimientos, y
las risas, y los gritos de los huérfanos de dos ó tres años miéntras
los clérigos salmodian, á la puerta de la casa en duelo y ante un ataud
lleno, los cánticos de la eternidad?
La niña vé en el cementerio de Adina la yerba sobre las sepulturas, las
flores sobre las yerbas, las mariposas sobre las flores, los pájaros
sobre las mariposas, el cielo sobre los pájaros, la vida que rebosa en
el templo de la muerte. Pero se ha ido léjos de allí, se ha separado
por mucho tiempo, y al cabo ha vuelto la infeliz. Pregunta por todos
los que ha amado, y nadie le responde. El tiempo se los ha ido llevando
poco á poco en sus giros, y ha despoblado de los séres predilectos á
Padron y ha poblado con sus despojos el cementerio. Así corre á él,
y mira por la cerradura, y en vez de ver y oir lo que veia y oia de
niña, vé la tierra removida sobre la cual vagan las almas y oye la
campana plañidera que llora por los muertos.
Consolémonos. Nada en la realidad tan repugnante ni nada en el ideal
tan hermoso como la muerte. El cadáver á los ojos del cuerpo está lleno
de gusanos, y á los ojos del alma circuido de ángeles. Hiede cuando
nos acercamos á él con nuestro cuerpo, y embalsama el aire cuando nos
acercamos con nuestra alma. ¡Qué sería de nosotros si no muriéramos
nunca! Estas dudas que taladran las sienes, y estos desengaños que
desgarran el corazon; el amor sin esperanza, la ilusion sin realidad,
la separacion de los séres queridos, la pena de la ausencia, todos
estos dolores habrian de ser eternos. Sólo allende la tumba el ideal
será verdad, la ilusion certidumbre, la poesía pensamiento, el
pensamiento vida, la vida eternidad, la eternidad amores sin celos,
satisfacciones sin desencantos, creencias sin sombras, espíritus
sin cuerpos, arte sin formas, felicidad sin zozobras, la plenitud
del sér, el dia imperecedero de la justicia, la vision perfecta del
Eterno. ¡Dios mio, que no vengan dos veces los cálices ya apurados;
que no se aparten de nosotros jamás los séres tan queridos; que no
suceda al ideal soñado con tanto amor el parto abortivo de la grosera
realidad; que el cierzo de un nuevo desengaño no hiele, nó, la última
florescencia de ilusiones y la última cosecha de esperanzas; y como
todo esto sea imposible en el mundo, mátanos pronto en tu divina
misericordia para que pronto nuestros mismos calumniadores nos hagan
justicia y nos durmamos para siempre creyéndonos bendecidos y amados, y
aguardando muchas lágrimas sobre nuestras cenizas!
Una de las cualidades más sobresalientes en Rosalía Castro es la
cualidad poética por excelencia, la vista intuitiva de la relacion
misteriosa que existe entre el mundo interior y el mundo exterior,
entre el universo que compone la humanidad y el universo que compone
la naturaleza. La esfera del horizonte y la esfera del cerebro, la
luz de los ojos y la luz de los astros, las lluvias y las lágrimas,
las tormentas y los dolores, la electricidad que culebrea por las
nubes, y las simpatías que despedimos de nuestro sér, forman, como los
asonantes un romance, como los consonantes una oda, como los tonos
graves y agudos una sinfonía. La luna llena, mirando al Océano, lo
aviva en mareas; la mujer hermosa mirando nuestros ojos los enciende
en fuego, que á su vez aviva y enciende el deseo. Las corrientes
magnéticas, en cuya virtud se pliegan las hojas de la sensitiva, tienen
algo de esa otra corriente en cuya virtud se agitan unos nervios
como las cuerdas de un arpa. Hay entre la palabra y la idea, entre
la forma y el fondo, entre el alma y el cuerpo la misma relacion que
entre la electricidad y el magnetismo, que entre la luz y el calor.
La serpiente fascina al pajarillo como la meditacion al místico. En
el yermo encontrais muchas almas y muchas alondras extáticas. El
entusiasmo de los corazones contribuye al movimiento de los cuerpos
como el esfuerzo de los músculos. El bacante caeria rendido en su
carrera si no creyese que un Dios lo impulsa, y la pitonisa muerta
en su trípode si no creyese que un Dios habla por su boca. Los séres
humanos se sostienen unos pendientes de otros en la sociedad como los
mundos sidereos se sostienen unos á otros en la atraccion universal. La
mirada del tigre os dá terror como la mirada de vuestro mayor enemigo,
y la mirada del cordero compasion como la mirada de un niño. Existe
una relacion misteriosa entre los matices del prisma y las notas del
músico. Pitágoras explicaba más á sus discípulos con la vista que
con la palabra. Alejandro, que sólo tenía 50.000 hombres en Arbelas,
miéntras Darío tenía un millon, no quiso pelear en las tinieblas como
le aconsejaba Parmenión, porque creia más en los prodigios de sus
ojos que en los prodigios de su táctica. Magnetismo, electricidad,
amor, voluntad, calor, pasion, luz, idea, todas estas virtudes varias
se confunden, perteneciendo unas á la esfera espiritual y otras á la
esfera material, como unas fuerzas se confunden con otras fuerzas
en la inmensidad del universo. Pues pocos pensadores y pocos poetas
expresan mejor estas relaciones que Rosalía Castro en sus bellísimos
versos.
Si hubiéramos de calificarla con una sola palabra, calificaríamosla de
poeta lírico por excelencia. Cuando se eleva en alas de robusto estilo
á la poesía impersonal, objetiva, rayana con la epopeya, carece de la
originalidad que la distingue en tanto grado cuando canta sus propias
emociones; y si presenta el mundo externo, lo presenta en relacion con
su alma, celeste, luminosa, trasparente, y en cuya superficie el menor
soplo de las auras levanta rizos y ondulaciones, el menor reflejo de
la luz extiende esmaltes, y matices el menor objeto de las orillas; el
árbol frondoso y la yerba humilde, la colina que permanece inmóvil en
los bordes y el ave que pasa por los horizontes, encuentran espejos y
dejan de sí copias y retratos. Y siendo poeta lírico por excelencia,
es por necesidad poeta elegiaco. Desde el principio al fin de sus
versos dos sentimientos la poseen; sentimiento de tristeza melancólica
por las desgracias universales de la vida humana, y sentimiento de
tristeza exaltada por las desgracias particulares á la vida gallega.
El hombre es una síntesis de la creacion. El universo sideral recoge
su más bello éther para producir la luz de los humanos ojos; los
fluidos electro-magnéticos condensan sus más poderosas corrientes para
derramarse por las cuerdas de nuestros nervios; los átomos, que acaso
vienen de los confines del espacio, se acumulan en nuestro cuerpo
para componer el más perfecto organismo; y sobre todas estas varias
determinaciones y modos de la materia universal, se eleva en nosotros
el misterio indecible, inenarrable, sublime: ese misterio del alma que
llega por grados á ver lo infinito y á desembocar en la eternidad.
Todas las cosas piensan en nosotros y todas las cosas en nosotros
padecen. Nuestra voz repite el quejido universal de los séres que se
duelen del esfuerzo empleado por traspasar el límite y de la fatalidad
que al límite los sujeta como á su cadena, como á su prision, como á
su eterno suplicio. Este quejido, más agudo á medida que el sér crece
y progresa, encuentra un eco en todas las estancias de las _Follas
Novas_, y un eco poético. Pero el dolor más bellamente expresado es
el dolor de su madre Galicia. Se vé el aislamiento en que la patria
comun ha dejado á tan hermosas provincias. Se oye el resuello de una
raza forzada por su triste condicion social á todos los trabajos más
materiales y penosos. Se ven las marcas de las heridas seculares
abiertas en los pobres campesinos por la antigua tiranía señorial. Se
notan las cualidades de aquella familia de pueblos, la inteligencia
aguda, la astucia fina, la tristeza perpétua. Sobre todo, el dolor de
los dolores gallegos se halla repetido á cada verso: el dolor de la
separacion, el dolor de la ausencia, el dolor de la nostalgia, el dolor
de las emigraciones, la patria apareciéndose húmeda, fresca, verde,
sencilla como un idilio, grata como una mañana de primavera, con su
aroma de frutas y flores, con sus cadencias campestres repetidas por
la zampoña y por la gaita, con sus rias trasparentes y tranquilas, en
medio de los ardores del implacable trópico y de las tristezas del
forzado destierro. Toda obra poética, por subjetiva, por particular,
por personalista que á primera vista parezca es una obra social. Los
dolores de Galicia hablan por boca de Rosalía, y los hombres de Estado,
los que han tenido el Gobierno en sus manos, que hoy lo tienen, los
que mañana pueden volver á tenerlo, necesitan, heridos por voces tan
dulces como ésta, averiguar la cantidad de satisfacciones que deben
darse á las justas exigencias de esas provincias y el remedio que
puede colegirse entre todos para sus antiguos é inveterados males. No
olvidemos que hace poco un escritor insigne del vecino reino trazaba
una especie de nacionalidad literaria compuesta de portugueses,
brasileños y gallegos. Estas cosas podian pasar por juegos de la
imaginacion cuando no habian trascurrido horribles crísis, y no se
habian visto ciertas tendencias que podrian reaparecer mañana, ora
bajo la bandera del absolutismo, ora bajo la bandera de la demagogia
que tantos desastres han derramado en nuestros territorios y tantas
amarguras en nuestros corazones. Para matar el provincialismo exagerado
no hay medio como satisfacer las justas exigencias provinciales. No
olvidemos que muchas de nuestras regiones, como Galicia por ejemplo,
tienen brillantísima literatura propia, la cual, respondiendo á una
ley de la vida, á la ley de variedad, debe coexistir con la literatura
nacional, sin daño de la patria, mayor á medida que crecen sus hijos,
y se fortifican los órganos que componen su cuerpo y se abrillantan
las estrellas que pueblan su cielo. Rosalía, por sus libros de versos
gallegos, es un astro de primera magnitud en los vastos horizontes del
arte español.
EMILIO CASTELAR.
DUAS PALABRAS D’A AUTORA
Gardados estaban, ben podo decir que para sempre, estes versos, e
xustamente condenados po-la sua propia índole á eterna olvidanza,
cando, non sin verdadeira pena, vellos compromisos obrigáronme á
xuntalos de presa e correndo, ordenalos e dalos á estampa. N’era esto,
en verdade, o qu’eu queria, mais n’houbo outro remedio; tuben que
conformarme c’o duro d’as circunstancias que así o fixeron.--¡Vayan
en boa hora, lles dixen estonces, estes probes enxendros d’a miña
tristura; vaya antr’os vivos o que xa é po-la sua propia natureza,
cousa d’un-ha morta ben morta!--E fóronse, sin qu’eu sepa pra que, nin
me faga falla o sabelo.
Mais de dez anos pasaron--tempo casi-que fabuloso á xusgar po-la
presa con que hoxe se vive--desque á mayor parte d’estos versos foron
escritos, sin que as contrariedades d’a miña vida desasosegada, e un-ha
saude decote endebre, me permitise apousar n’eles os meus cansados
ollos y o meu fatigado esprito. Ô leelos de novo, vin ben craro, como
era incompreto e probe este meu traballo poetico, canto lle faltaba
pra ser algo que valla, e non un libro mais, sin outro merito que á
perene melancolía que o envolve, e que alguns terán, non sin razon,
como fatigosa e monotona. Mais as cousas teñen de ser com’as fan as
circunstancias, e s’eu non puden nunca fuxir âs miñas tristezas, os
meus versos menos. Escritos n’o deserto de Castilla, pensados e
sentidos n’as soidades d’a natureza e d’o meu corazon, fillos cativos
d’as horas de enfermedade e d’ausencias, refrexan quisais con demasiada
sinceridade, o estado d’o meu esprito un-has veces, outras á miña
natural disposicion (que n’en valde son muller) á sentir como propias
as penas alleas. ¡Ay! a tristeza, musa d’os nosos tempos, conoceme
ben, e de moitos anos atrás; mirame como sua, é outra como eu, non me
deixa un momento, n’inda cando quero falar de tantas cousas com’andan
oxe n’o aire e n’o noso corazon. ¡Tola de min! ¿N’o aire, dixen? n’o
meu corazon inda, mais ¿fora d’el? Aunqu’en verdade, ¿qué lle pasará á
un que non sea como se pasas’en todo-l-os demais? ¡En min y en todos!
¡n’a miña alma e n’as alleas!... ¿Mais dirase por eso que me teño por
un-ha inspirada, nin que penso haber feito, ô que se di, un libro
trascendental? Non, nin eu o quixen, nin me creo con forzas pra tanto.
N’o aire andan d’abondo as cousas graves, é certo; facil é conocelas,
e hastra falar d’elas; mais son muller, e âs mulleres, apenas s’â
propia femenina fraqueza ll’é permitido adiviñalas, sentilas pasar.
Nòs somos arpa de soyo duas cordas, a imaxinacion y o sentimiento: n’o
eterno panal que traballamos alá n’o intimo, solasmente se dá mel,
mais ou menos doce, de mais ou menos puro olido, pero mel sempre, e
nada mais que mel. Que s’os problemas que tên ocupados os mais grandes
entendementos, teñen algo que ver connosco, é n’entramentras que os
que comparten e levan á un-ha con nosoutras os traballos d’a vida, non
poden ocultarnos de todo, as suas tristezas e os seus desfalecementos.
É d’eles ver as chagas e sondalas e buscarlles procuro, é noso
axudarlles a soportalas, mais con feitos iñorados que con palabras e
romores. O pensamento d’a muller é lixeiro, góstanos com’âs borboletas,
voar de rosa en rosa, sobr’as cousas tamen lixeiras: n’é feito
para nos o duro traballo d’a meditacion. Cand’á el n’os entregamos,
imprenámolo, sin sabelo siquera, d’a innata debilidade, e se n’os é
facil engañar os espiritus frívolos ou pouco acostumados, non soced’o
mesmo c’os homes d’estudio e reflecsion, que logo conocen que baixo d’a
crara corrente d’a forma non s’atopa mais que o limo insustancial d’as
vulgaridades. E n’os dominios d’a especulacion como n’os d’o arte, nada
mais inútil nin cruel d’o que o vulgar. D’él fuxo sempre con tod’as
miñas forzas, e por non caer en tan gran pecado nunca tentey pasar
os límites d’a simple poesía, qu’encontr’âs veces n’un-ha espresion
feliz, n’un-ha idea afertunada, aquela cousa sin nome que vay direita
como frecha, traspasa as nosas carnes, fainos estremecer, e resoa n’a
alma dorida coma un outro ¡ay! que responde ô largo xemido que decote
levantan en nos, os dôres d’a terra.
Despois d’o xa dito, ¿tendrey que añadire qu’este meu libro n’é en
certa maneira, fillo d’a mesma inspiracion que dou de si os _Cantares
gallegos_? Paréceme que non. Cousa este último d’os meus dias
d’esperanza e xuventude, ben se ve que ten algo d’a frescura propia
d’a vida que comenza. Mais o meu libro d’hoxe, escrito coma quen dí,
en medio de todo-l-os desterros, non pode ter anque quixera o encanto
que soye emprestarlles a inocencia d’as primeiras impresiós: que o sol
d’a vida, o mesmo que o que aluma o mundo que habitamos, non loce n’os
seus albores d’a mesma sorte que cando vay poñerse tristemente, envolto
antr’as nubes d’o postreiro outono.
Por outra parte, Galicia era n’os _Cantares_ o obxeto, a alma enteira,
mentras que n’este meu libro d’hoxe, âs veces, tan soyo a ocasion,
anque sempre o fondo d’o cuadro: que si non pode se non c’a morte,
despirse o esprito d’as envolturas, d’a carne, menos pode o poeta
prescindir d’o medio en que vive, e d’a natureza que o rodea; ser
alleo á seu tempo e deixar de reproducir hastra sin pensalo, a eterna
e layada queixa que hoxe eisalan todo-l-os labios. Por eso iñoro o que
haxa n’o meu libro d’os propios pesares, ou d’os alleos, anque ben
podo telos todos por meus, pois os acostumados â desgracia, chegan á
contar por suas as que afrixen os demais. Tanto é así, que n’este meu
novo libro, preferin, âs composicions que puderan decirse personales,
aquelas outras que, con mais ou menos acerto, espresan as tribulaciós
d’os que, uns tras outros, e de distintos modos, vin durante largo
tempo, sofrir ô meu arredore. E ¡sófrese tanto n’esta querida terra
gallega! Libros enteiros poideran escribirse falando d’o eterno
infortunio que afrixe os nosos aldeans e mariñeiros, soya e verdadeira
xente d’o traballo n’o noso pais. Vin e sentin as suas penas como si
fosen miñas, mais o que me conmoveu sempre, e po-lo tanto non podia
deixar de ter un eco n’a miña poesía, foron as innumerables coitas d’as
nosas mulleres: criaturas amantes para os seus y os estraños, cheas de
sentimento, tan esforzadas de corpo, como brandas de corazon e tamen
tan desdichadas que se dixeran nadas solasmentes para rexer cantas
fatigas poidan afrixir, a parte mais froxa e inxel d’a humanidade.
N’o campo compartindo mitade por mitade c’os seus homes as rudas
faenas, n’a casa soportando valerosamente as ansias d’a maternidade,
os traballos domesticos e as arideces d’a probeza. Soyas o mais d’o
tempo, tendo que traballar de sol á sol, e sin axuda pra mal manterse,
pra manter os seus fillos, e quisais o pai valetudinario, parecen
condenadas á non atoparen nunca reposo se non n’a tomba.
A emigrazon y o Rey arrebatanlles de contino, o amante, o hirman, o
seu home, sosten d’a familia de cote numerosa, e así, abandonadas,
chorando o seu desamparo, pasan a amarga vida antr’as incertidumbres
d’a esperanza, a negrura d’a soidade y as angustias d’un-ha perene
miseria. Y o mais, desconsolador par’elas, é, que os seus homes,
vans’indo todos, uns por que ll’os levan, y outros por que o exempro,
as necesidades, âs veces un-ha cobiza, anque disculpabre, cega, fannos
fuxir, d’o lar querido, d’aquela á quen amaron, d’a esposa xa nay, e
d’os numerosos fillos, tan pequeniños qu’inda n’acertan á adiviñar, os
desdichados, a orfandade á que os condenan.
Cando n’as suas confianzas, estas probes mártires s’astreven á decirnos
os seus sacretos, á chorar os seus amores sempre vivos, á doerse
d’as suas penas, descrobese n’elas, tal delicadeza de sentimentos,
tan grandes tesouros de ternura (que a inteireza d’o seu carácter
n’é bastante á mermar) un-ha abnegacion tan grande, que sin querer,
sentímonos inferiores á aquelas oscuras e valerosas heroinas, que viven
e morren levando á cabo feitos maravillosos por sempre iñorados, pero
cheos de milagres d’amor e d’abismos de perdon. Historias dinas de ser
cantadas por mellores poetas d’o qu’eu son, e cuyas santas armonías
deberan ser espresadas c’un-ha soya nota e n’un-ha soya corda, n’a
corda d’o subrime, e n’a nota d’a delor. Anque sin forzas pra tanto,
tentey algo d’eso, sobre todo n’o libro titulado _As viudas d’os vivos
e as viudas d’os mortos_, mais eu mesma conoso que non acertei á decir
as cousas qu’era menester. As miñas forzas son cativas, quéreas mayores
de quen haya de cantarnos con toda a sua verdade e poesía, tan sencilla
como dolorosa epopeya.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Creerán algús, que, porque como digo tentey falar d’as cousas que se
poden chamar homildes, é por que m’esprico n’a nosa lengoa. N’é por
eso. As multitudes d’os nosos campos tardarán en lêr estos versos,
escritos á causa d’eles, pero sô en certo modo pra eles. O que quixen
foy falar un-ha vez mais d’as cousas d’a nosa terra, n’a nosa lengoa,
e pagar en certo modo o aprecio e cariño que os _Cantares gallegos_
despertaron en alguns entusiastas. Un libro de trescentas paxinas
escrito n’o doce dialecto d’o pais, era n’aquel estonces cousa nova,
e pasaba po-lo mesmo todo atrevemento. Aceptárono y, o qu’é mais,
aceptárono contentos, e yeu comprendin que desd’ese momento quedaba
obrigada á que non fose o primeiro y o ultimo. N’era cousa de chamar as
xentes â guerra, e desertar d’a bandeira qu’eu mesma habia levantado.
Alá van pois, as _Follas novas_, que mellor se dirian vellas por que o
son, e ultimas, por que pagada xa a deuda en que me parecia estar c’o
a miña terra, difícil é que volva á escribir mais versos n’a lengua
materna. Alá van, en busca, non de triunfos, senon de perdós, non de
alabanzas, senon d’olvidos, non d’as predilecciós d’outros tempos, se
non d’a beninidade que di d’os maos libros--¡Deixalos pasar!--Ey o
qu’eu deseyo--Que o deixen pasar, como un romor mais, como un perfume
agreste que nos trai consigo algo d’aquela poesía, que nacendo n’as
vastas soidades, n’as campías sempre verdes d’a nosa terra, e n’as
prayas sempre hermosas d’os nosos mares, ven direitamente á buscar o
natural agarimo n’os corazós que sufren e aman esta querida terra de
Galicia.
Santiago, 30 de Marzo de 1880.
I
VAGUEDÁS
I
D’aquelas que cantan as pombas y as frores
Todos din que teñen alma de muller,
Pois eu que n’as canto, Virxe d’a Paloma,
¡Ay! ¿de qué’a terei?
II
Ben sei que non hay nada
Novo en baixo d’o ceo,
Qu’antes outros pensaron
As cousas qu’ora eu penso.
E ben, ¿para qu’escribo?
E ben, por qu’así semos,
Relox que repetimos
Eternamente o mesmo.
III
Tal com’as nubes
Qu’impele o vento,
Y agora asombran, y agora alegran
Os espaços inmensos d’o ceo,
Así as ideas
Loucas qu’eu teño
As imaxes de multiples formas
D’estranas feituras, de cores incertos,
Agora asombran,
Agora acraran,
O fondo sin fondo d’o meu pensamento.
IV
Diredes d’estos versos, y é verdade,
Que tên estrana insólita armonía,
Que n’eles as ideas brilan pálidas
Cal errantes muxícas
Qu’estalan por instantes
Que desparecen xiña,
Que s’asomellan â parruma incerta
Que voltexa n’o fondo d’as curtiñas,
Y ó susurro monótono d’os pinos
D’a veira-mar bravía.
Eu direivos tan sô, qu’os meus cantares
Así sân en confuso d’alma miña,
Como sai d’as profundas carballeiras
Ô comezar d’o dia,
Romor que non se sabe
S’é rebuldar d’as brisas,
Si son beixos d’as frores,
S’agrestes, misteirosas armonías
Que n’este mundo triste
O camiño d’o ceu buscan perdidas.
V
¡_Follas novas_!, risa dame
Ese nome que levás,
Cal s’á un-ha moura ben moura,
Branca ll’oise chamar.
Non _Follas novas_, ramallo
De toxos e silvas sôs,
Hirtas, com’as miñas penas,
Feras, com’a miña dor.
Sin olido nin frescura,
Bravas magoás e ferís...
¡Se n’a gándara brotades,
Como non serés así!
VI
¿Qué pasa ô redor de min?
¿Qué me pasa qu’eu non sei?
Teño medo d’un-ha cousa
Que vive e que non se vé.
Teño medo â desgracia traidora
Que ven, e que nunca se sabe onde ven.
VII
Alguns din, ¡miña terra!
Din outros, ¡meu cariño!
Y este, ¡miñas lembranzas!
Y aquel, ¡ou meus amigos!
Todos sospiran, todos,
Por algun ben perdido.
Eu sô non digo nada,
Eu sô nunca sospiro,
Qu’o meu corpo de terra
Y o meu cansado esprito,
Á donde quer qu’eu vaya
Van conmigo.
VIII
Alá, po-la alta noite,
 luz d’a triste e moribunda lámpara,
Ou antr’a negra oscuridad medosa,
O vello ve pantasmas.
Uns son árbores muchos, e sin follas,
Outros, fontes sin auguas,
Montes qu’a neve eternamente crube,
Ermos que nunca acaban.
Y o amañecer d’o dia
Cando c’a ultima estrela aqueles marchan
Outros veñen mais tristes e sañudos,
Pois a verdade amarga,
Escrita trân n’os apagados ollos
E n’as asienes calvas.
Non digás nunca, os mozos, que perdeches
A risoña esperanza,
D’o qu’a vivir começa sempr’é amiga:
¡Sô enemiga mortal de quen acaba!...
IX
Paz, paz deseada
Pra min, ¿onde está?
Quixais n’hey de tela...
¡N’a tiben xamais!
Sosego, descanso,
¿Ond’hey d’o atopar?
N’os mals que me matan,
N’a dor que me dan.
¡Paz! ¡paz ti és mentira!
¡Pra min non’a hay!
X
Un-ha vez tiven un cravo
Cravado no corazon,
Y eu non m’acordo xa s’era aquel cravo,
D’ouro, de ferro, ou d’amor.
Soyo sei que me fixo un mal tan fondo,
Que tanto m’atormentou,
Qu’eu dia e noite sin cesar choraba
Cal chorou Madanela n’a pasion.
--Señor, que todo o podedes,
Pedinlle un-ha vez á Dios,
Daime valor par’arrincar d’un golpe
Cravo de tal condicion.
E doumo Dios e arrinqueino,
Mais... ¿quen pensara?... Despois
Xa non sentin mais tormentos
Nin soupen qu’era delor;
Soupen sô, que non sei que me faltaba
En donde o cravo faltou,
E seica, seica tiven soidades
D’aquela pena... ¡Bon Dios!
Este barro mortal qu’envolve o esprito
¡Quen-o entenderá, Señor!...
XI
Cand’un é moi dichoso, moi dichoso,
¡Incomprensibre arcano!
Casi-que, n’é mentira anqu’a pareza,
Ll’a un pesa d’o ser tanto.
¡Que n’o fondo ben fondo d’as entrañas
Hay un deserto páramo!
Que non s’ enche con risas nin contentos,
Senon con froitos d’o delor amargos.
Pero cand’un ten penas
Y é en verdá desdichado,
Oco n’atopa no ferido peito,
Por qu’a dor, ¡enche tanto!
Tan abonda é a desgracia nos seus dones;
Qu’os verte ¡Dios llo pague! ôs regazados.
Hastra qu’o qu’os recibe
¡Ay! reventa de farto.
XII
Oxe ou mañan, ¿quen pode decir cando?
Pero quisais moy logo,
Viranme á despertar, y en vez d’ un vivo,
Atoparán un morto.
Ô rededor de min, levantaranse
Xemidos dolorosos,
Ayes d’angustia, choros d’os meus fillos,
D’os meus filliños orfos.