Y de pronto clavándome los ojos ardientes y fanáticos, hizo la señal de

la cruz y estalló en maldiciones. Yo, como si fuere el diablo, salí de

la estancia. Bajé al patio donde estaban algunos soldados de mi escolta

conversando con los heridos, y di orden de tocar botasillas. Poco

después el clarín alzaba su canto animoso y dominador como el de un

gallo. Las diez lanzas de mi escolta se juntaron en la plaza: Regidos

por sus jinetes piafaban los caballos ante el blasonado portón. Al

montar eché mi brazo tan de menos que sentí un profundo desconsuelo, y

buscando el bálsamo de aquellos ojos aterciopelados miré a las ventanas,

pero las angostas ventanas de montante donde temblaba el sol de la

mañana, permanecieron cerradas. Requerí las riendas, y sumido en

desengañados pensamientos cabalgué al frente de mis lanzas. Al remontar

un cerro me volví enviando el último suspiro al viejo caserón donde

había encontrado el más bello amor de mi vida. En los cristales de una

ventana vi temblar el reflejo de muchas luces, y el presentimiento de

aquella desgracia que las monjas habían querido ocultar, cruzó por mi

alma con un vuelo sombrío de murciélago. Abandoné las riendas sobre el

borren, y me cubrí los ojos con la mano, para que mis soldados no me

viesen llorar. En aquel sombrío estado de dolor, de abatimiento y de

incertidumbre, a la memoria acalenturada volvían con terca insistencia

unas palabras pueriles: ¡Es feúcha! ¡Es feúcha! ¡Es feúcha!

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: F]ué aquella la más triste jornada de mi vida. Mis

dolores y mis pensamientos no me daban un instante de paz. La fiebre tan

pronto me abrasaba como me estremecía, haciéndome chocar diente con

diente. Algunas veces un confuso delirio me embargaba, y las ideas

quiméricas, funambulescas, ingrávidas, se trasmudaban con angustioso

devaneo de pesadilla. Cuando al anochecer entramos por las calles de

Estella, yo apenas podía tenerme sobre el caballo, y al apearme faltó

poco para que diese en tierra. Me alojé en casa de dos señoras, madre e

hija, viuda la vieja del famoso Don Miguel de Arizcun. Conservo vivo el

recuerdo de aquellas damas vestidas con hábito de estameña, de su rostro

marchito y de sus manos flacas, del andar sin ruido y de la voz monjil.

Me atendieron con amorosa solicitud dándome caldos con vino generoso, y

a cada momento entornaban la puerta de la estancia por mirar si yo

dormía o deseaba alguna cosa. Cerrada ya la noche, y a continuación de

fuertes aldabonazos que resonaron en toda la casa, la solterona entró

algo asustada:

--¡Señor Marqués, aquí le buscan!

Un hombre de aventajado talle, con la frente vendada y el tabardo sobre

los hombros, se destacaba en la puerta de mi alcoba. Su voz levantóse

grave como en un responso:

--¡Saludo al ilustre prócer y deploro su desgracia!

Era Fray Ambrosio y el verle no dejó de regocijarme. Adelantóse haciendo

sonar las espuelas, y con la diestra en la sien para contener un tanto

el temblor de la cabeza. La señora le advirtió meliflua, al mismo tiempo

que saludaba para retirarse:

--Procure no cansar al enfermo, y háblele bajito.

El exclaustrado asintió con un gesto. Quedamos solos, tomó asiento a mi

cabecera y comenzó a mascullar rancias consideraciones:

--¡Válgame Dios!... Después de haber corrido tanto mundo y tantos

peligros, venir a perder un brazo en esta guerra, que no es guerra...

¡Válgame Dios! No sabemos ni dónde está la desgracia, ni dónde está la

fortuna, ni dónde está la muerte... No sabemos nada. ¡Dichoso aquel a

quien la última hora no le coge en pecado mortal!...

Yo divertía mis dolores oyendo estas pláticas del fraile guerrillero:

Adivinaba su intención de edificarme con ellas, y no podía menos de

sentir el retozo de la risa. Fray Ambrosio al verme exangüe y demacrado

por la fiebre, habíame juzgado en trance de muerte, y le complacía

deponer por un momento sus fieros de soldado, para encaminar al otro

mundo el alma de un amigo que moría por la Causa. Aquel fraile lo mismo

libraba batallas contra la facción alfonsista que contra la facción de

Satanás. Habíasele corrido la venda que a modo de turbante llevaba

sobre el cano entrecejo, y mostraba los labios sangrientos de una

cuchillada que le hendía la frente. Yo gemí sepultado entre las

almohadas, y le dije con la voz moribunda y burlona:

--Fray Ambrosio, todavía no me ha referido usted sus hazañas, ni cómo

recibió esa herida.

El fraile se puso en pie: Tenía el aspecto fiero de un ogro, y a mí me

divertía al igual que los ogros de los cuentos:

--¿Cómo he recibido esta herida?... ¡Sin gloria, como usted la suya!...

¿Hazañas? Ya no hay hazañas, ni guerra, ni otra cosa más que una farsa.

Los generales alfonsistas huyen delante de nosotros, y nosotros delante

de los generales alfonsistas. Es una guerra para conquistar grados y

vergüenzas. Acuérdese de lo que le digo: Terminará con una venta, como

la otra. Hay en el campo alfonsista muchos generales capaces para esas

tercerías. ¡Hoy se conquistan así los tres entorchados!

Calló de mal talante, luchando por ajustarse la venda: Las manos y la

cabeza temblábanle por igual. El cráneo, desnudo y horrible, recordaba

el de esos gigantescos moros que se incorporan chorreando sangre bajo el

caballo del Apóstol. Yo le dije con una sonrisa:

--Fray Ambrosio, estoy por decir que me alegro de que no triunfe la

Causa.

Me miró lleno de asombro:

--¿Habla sin ironía?

--Sin ironía.

Y era verdad. Yo hallé siempre más bella la majestad caída que sentada

en el trono, y fuí defensor de la tradición por estética. El carlismo

tiene para mí el encanto solemne de las grandes catedrales, y aun en los

tiempos de la guerra, me hubiera contentado con que lo declarasen

monumento nacional. Bien puedo decir, sin jactancia, que como yo pensaba

también el Señor. El fraile abría los brazos y desencadenaba el trueno

de su voz:

--¡La Causa no triunfará porque hay muchos traidores!

Quedó un momento silencioso y ceñudo, con la venda entre las manos,

mostrando la temerosa cuchillada que le hendía la frente. Yo volví a

interrogarle:

--¡En fin, sepamos cómo ha recibido esa herida, Fray Ambrosio?

Trató de ponerse la venda al mismo tiempo que barboteaba:

--No sé... No me acuerdo...

Yo le miré sin comprender. El fraile estaba en pie al borde de mi cama,

y en la vaga oscuridad albeaba el cráneo desnudo y temblón: La sombra

cubría la pared. De pronto, arrojando al suelo la venda convertida en

hilachas, exclamó:

--¡Señor Marqués, nos conocemos! Usted sabe muy bien cómo recibí esta

herida, y me lo pregunta por mortificarme.

Al oirle me incorporé en las almohadas, y le dije con altivo desdeño:

--Fray Ambrosio, he sufrido demasiado en estos días para perder el

tiempo ocupándome de usted.

Arrugó el entrecejo e inclinó la cabeza:

--¡Es verdad!... También ha tenido lo suyo... Pues esta descalabradura

me la ha inferido ese ladrón de Miquelcho. ¡Un traidor que se alzó con

el mando de la partida!... La deuda contraída yo la pagaré como pueda...

Crea que el exabrupto de aquella noche me pesa. En fin, ya no hay que

hacerle... El Señor Marqués de Bradomín, afortunadamente, sabe

comprender todas las cosas...

Yo le interrumpí:

--Y disculparlas, Fray Ambrosio.

Su cólera acabó en abatimiento, y suspirando dejóse caer en un sillón

que había a mi cabecera. Al cabo de algún tiempo, mientras se registraba

bajo el tabardo, comenzó:

--¡Lo he dicho siempre!... El primer caballero de España... Pues aquí le

entrego cuatro onzas. Supongo que el ilustre prócer no querrá ver la ley

del oro... Dicen que eso es de judaizantes.

Del aforro del tabardo había sacado el dinero envuelto en un papel

manchado de rapé, y reía con aquella risa jocunda que recordaba los

vastos refectorios conventuales. Yo le dije con un suspiro de pecador:

--Fray Ambrosio, diga usted una misa con esas cuatro onzas.

La boca negra del fraile abrióse sonriente:

--¿Por qué intención?

--Por el triunfo de la Causa.

Habíase alzado del sillón, mostrando talante de poner término a la

visita. Yo le fijaba los ojos desde el fondo de las almohadas, y

guardaba un silencio burlón, porque le veía vacilar. Al cabo me dijo:

--Tengo que trasmitirle un ruego de aquella dama... Sin que haya dejado

de quererle, le suplica que no intente verla...

Sorprendido y violento me incorporé en las almohadas. Recordaba la otra

celada que me había tendido aquel fraile, y juzgué sus palabras un nuevo

engaño: Con orgulloso menosprecio se lo dije, y le señalé la puerta.

Quiso replicar, pero yo sin responder una sola palabra, repetí el mismo

gesto imperioso. Salió amenazador y brusco, barboteando amenazas. El

rumor se extendió por toda la casa, y las dos señoras se asomaron

a la puerta, cándidamente asustadas.

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[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: D]ormí toda la noche con un sueño reparador y feliz. Las

campanas de una iglesia vecina me despertaron a la madrugada, y algún

tiempo después las dos señoras que me atendían, asomaron a la puerta de

mi alcoba tocadas con sus mantillas y el rosario arrollado a la muñeca.

La voz, el ademán y el vestido eran iguales en las dos: Me saludaron con

esa unción un poco rancia de las señoras devotas: Las dos sonreían con

una sonrisa pueril y meliflua que parecía extenderse en la sombra

mística de las mantillas sujetas al peinado con grandes alfilerones de

azabache. Yo murmuré:

--¿Van ustedes a misa?

--No, que venimos.

--¿Qué se cuenta por Estella?

--¡Qué quiere que se cuente!...

Las dos voces sonaban acordadas como en una letanía, y la media luz de

la alcoba parecía aumentar su dejo monjil. Yo me decidí a interrogar sin

rebozo:

--¿Saben cómo sigue el Conde de Volfani?

Se miraron y creo que el rubor tiñó sus rostros marchitos. Hubo una

laguna de silencio, y la hija salió de mi alcoba obediente a un gesto de

la vieja, que desde hacía cuarenta años velaba por aquella pudibunda

inocencia. En la puerta se volvió con esa sonrisa candorosa y rancia de

las solteronas intactas:

--Me alegro de la mejoría, Señor Marqués.

Y con pulcro y recatado andar desapareció en la sombra del corredor. Yo,

aparentando indiferencia, seguí la plática con la otra señora:

--Volfani es como un hermano para mí. El mismo día que salimos sufrió un

accidente y no he vuelto a saber nada...

La señora suspiró:

--¡Sí!... Pues no ha recobrado el conocimiento. A mí quien me da mucha

pena es la Condesita: Cinco días con cinco noches pasó a la cabecera de

su marido cuando le trajeron... ¡Y ahora dicen que le cuida y le sirve

como una Santa Isabel!

Confieso que me llenó de asombro y de tristeza el amor casi póstumo que

mostraba por su marido María Antonieta. ¡Cuántas veces en aquellos días

contemplando mi brazo cercenado y dándome a soñar, había creído que la

sangre de mi herida y el llanto de sus ojos caían sobre nuestro amor de

pecado y lo purificaban! Yo había sentido el ideal consuelo de que su

amor de mujer se trasmudaba en un amor franciscano, exaltado y místico.

Con celoso palpitar, murmuré:

--¿Y no ha mejorado el Conde?

--Mejorado sí, pero quedóse como un niño: Le visten, le sientan en un

sillón y allí se pasa el día: Dicen que no conoce a nadie.

La señora, al tiempo de hablar, despojábase de la mantilla, y la doblaba

cuidadosamente para clavar luego en ella los alfilerones: Viéndome

silencioso juzgó que debía despedirse:

--Hasta luego, Señor Marqués: Si desea alguna cosa no tiene más que

llamar.

Al salir se detuvo en la puerta, prestando atención a un rumor de pasos

que se acercaba. Miró hacia afuera, y enterada me habló:

--Le dejo en buena compañía. Aquí tiene a Fray Ambrosio.

Sorprendido me incorporé en las almohadas. El exclaustrado entró

barboteando:

--No debía volver a pisar esta casa, después de la manera como fuí

afrentado por el ilustre prócer... Pero cuando se trata de un amigo todo

lo perdona este indigno Fray Ambrosio.

Yo le alargué la mano:

--No hablemos de ello. Ya conozco la conversión de nuestra Condesa

Volfani.

--¿Y qué dice ahora? ¿Comprende que este pobre fraile no merecía ayer

sus arrogancias marquesiles?... Yo sólo era un emisario, un humildísimo

emisario.

Fray Ambrosio me oprimía la mano hasta hacerme crujir los huesos. Yo

volví a repetir:

--No hablemos de ello.

--Sí que hemos de hablar. ¿Dudará todavía que tiene en mí un amigo?

El momento era solemne y lo aproveché para libertar mi mano y llevarla

al corazón:

--¡Jamás!

El fraile se irguió:

--He visto a la Condesa.

--¿Y qué dice nuestra Santa?

--Dice que está dispuesta a verle una sola vez para decirle adios.

En vez de alegría sentí como si una sombra de tristeza cubriese mi

alma, al conocer la resolución de María Antonieta. ¿Era acaso el dolor

de presentarme ante sus bellos ojos despoetizado, con un brazo de menos?

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: A]poyado en el brazo del fraile dejé mi hospedaje para ir

a la Casa del Rey. Un sol pálido abría jirones en las nubes plomizas, y

comenzaba a derretir la nieve que desde algunos días marcaba su blanca

estela al abrigo de los paredones sombríos. Yo caminaba silencioso: Con

romántica tristeza evocaba la historia de mis amores, y gustaba el

perfume mortuorio de aquel adios que iba a darme María Antonieta. El

fraile me había dicho que por un escrúpulo de santa no quería verme en

su casa, y que esperaba encontrarme en la Casa del Rey. Yo, por otro

escrúpulo, había declarado suspirando que si acudía adonde ella estaba,

no era por verla sino por presentar mis respetos a la Señora. Al entrar

en la saleta temí que a los ojos me acudiese el llanto: Recordaba aquel

día, cuando al besar la mano alba y real de azules venas, sentí con

ansias de paladín el deseo de consagrar mi vida a la Señora. Por primera

vez gusté ante mi fea manquedad, un orgulloso y altivo consuelo: El

consuelo de haber vertido mi sangre por aquella princesa pálida y santa

como una princesa de leyenda, que rodeada de sus damas bordaba

escapularios para los soldados de la Causa. Al entrar yo, algunas damas

se pusieron en pie, cual solían cuando entraban los eclesiásticos de

respeto. La Señora me dijo:

--He tenido noticia de tu desgracia, y no sabes cuánto he rezado por ti.

¡Dios ha querido que salvases la vida!...

Me incliné profundamente:

--Dios no ha querido concederme el morir por vos.

Las damas se limpiaron los ojos, emocionadas de oirme: Yo sonreí

tristemente, considerando que aquella era la actitud que a lo adelante

debía adoptar con las mujeres para hacer poética mi manquedad. La Reina

me dijo con noble entereza:

--Los hombres como tú no necesitan de los brazos, les basta con el

corazón.

--¡Gracias, Señora!

Hubo breves momentos de silencio, y un señor obispo que estaba presente,

murmuró en voz baja:

--Dios Nuestro Señor ha permitido que conservase la mano derecha, que es

la de la pluma y la de la espada.

Las palabras del prelado, movieron un murmullo de admiración entre las

damas. Me volví, y mis ojos tropezaron con los ojos de María Antonieta.

Un vapor de lágrimas los abrillantaba. La saludé con leve sonrisa, y

ella permaneció seria, mirándome fijamente. El prelado se acercó

pastoral y benévolo:

--¿Habrá sufrido mucho nuestro querido Marqués?

Respondí con un gesto, y Su Ilustrísima entornó los párpados con grave

pesadumbre:

--¡Válgame Dios!

Las damas suspiraron: Sólo permaneció muda y serena Doña Margarita: Su

corazón de princesa le decía que para mi altivez era lo mismo

compadecerme que humillarme. El prelado continuó:

--Ahora que forzosamente ha de tener algún descanso, debía escribir un

libro de su vida.

La Reina me dijo sonriendo:

--Bradomín, serían muy interesantes tus memorias.

Y gruñó la Marquesa de Tor:

--Lo más interesante no lo diría.

Yo repuse inclinándome:

--Diría sólo mis pecados.

La Marquesa de Tor, mi tía y señora, volvió a gruñir, pero no entendí

sus palabras. Y continuó el prelado en tono de sermón:

--¡Se cuentan cosas verdaderamente extraordinarias de nuestro ilustre

Marqués! Las confesiones cuando son sinceras, encierran siempre una gran

enseñanza: Recordemos las de San Agustín. Cierto que muchas veces nos

ciega el orgullo y hacemos en esos libros ostentación de nuestros

pecados y de nuestros vicios: Recordemos las del impío filósofo de

Ginebra. En tales casos la clara enseñanza que suele gustarse en las

confesiones, el limpio manantial de su doctrina, se enturbia.

Las damas, distraídas del sermón, se hablaban en voz baja. María

Antonieta, un poco alejada, mostrábase absorta en su labor y guardaba

silencio. La plática del prelado sólo a mí parecía edificar, y como no

soy egoísta, supe sacrificarme por las damas, y humildemente

interrumpirla:

--Yo no aspiro a enseñar, sino a divertir. Toda mi doctrina está en una

sola frase: ¡Viva la bagatela! Para mí haber aprendido a sonreir, es la

mayor conquista de la Humanidad.

Hubo un murmullo regocijado y burlesco, poniendo en duda que por largos

siglos hubiesen sido todos los hombres absolutamente serios, y que hay

épocas enteras durante las cuales ni una sonrisa célebre recuerda la

Historia.

Su ilustrísima alzó los brazos al cielo:

--Es probable, casi seguro, que los antiguos no hayan dicho viva la

bagatela, como nuestro afrancesado Marqués. Señor Marqués de Bradomín,

procure no condenarse por bagatela. En el Infierno debió haberse

sonreído siempre.

Yo iba a replicar, pero me miraron severos los ojos de la Reina. El

prelado recogióse los hábitos con empaque doctoral, y en ese tono

agresivo y sonriente, que suelen adoptar los teólogos en las

controversias de los seminarios, comenzó un largo sermón.

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[imagen: _Memorias de Marqués de Bradomin_]

[imagen: L]a Marquesa de Tor, con el gesto familiar y desabrido

que solían adoptar para hablarme todas mis viejas y devotas tías, me

llamó al hueco de un balcón: Me acerqué reacio porque nada halagüeño

presagiaba. Sus primeras palabras confirmaron mis temores:

--No esperaba verte aquí... Ya te estás marchando.

Yo murmuré sentimental:

--Quisiera obedecerte, pero el corazón me lo impide.

--No soy yo quien te lo manda, sino esa pobre criatura.

Y con la mirada me mostró a María Antonieta. Yo suspiré cubriéndome los

ojos con la mano:

--¿Y esa pobre criatura puede negarse a decirme adios, cuando es por

toda la vida?

Mi noble tía dudó: Bajo sus arrugas y su gesto adusto conservaba el

candor sentimental de todas las viejas que fueron damiselas en el año

treinta:

--¡Xavier, no intentes separarla de su marido!... ¡Xavier, tú mejor que

nadie debes comprender su sacrificio! ¡Ella quiere ser fiel a esa sombra

detenida por un milagro delante de la muerte!...

La anciana señora me decía esto emocionada y dramática, con mi mano

entre las suyas amojamadas. Yo repuse en voz baja, temeroso de que la

emoción me anudase la garganta:

--¿Qué mal puede haber en que nos digamos adios? ¡Si ha sido ella quien

lo quiso!...

--Porque tú lo exigiste, y la pobre no tuvo valor para negártelo. María

Antonieta desea vivir siempre en tu corazón: Quiere renunciar a ti, pero

no a tu cariño. Yo como tengo muchos años conozco el mundo, y sé que

pretende una locura. Xavier, si no eres capaz de respetar su sacrificio,

no intentes hacerlo más cruel.

La Marquesa de Tor se enjugó una lágrima. Yo murmuré con melancólico

resentimiento:

--¡Temes que no sepa respetar su sacrificio! Eres injusta conmigo, bien

que en eso no haces más que seguir las tradiciones de la familia. ¡Cómo

me apena esa idea que todos tenéis de mí! ¡Dios que lee en los

corazones!...

Mi tía y señora recobró el tono autoritario:

--¡Calla!... Eres el más admirable de los Don Juanes: Feo, católico y

sentimental.

Era tan vieja la buena señora, que había olvidado las veleidades del

corazón femenino, y que cuando se tiene un brazo de menos y la cabeza

llena de canas, es preciso renunciar al donjuanismo. ¡Ay, yo sabía que

los ojos aterciopelados y tristes que se habían abierto para mí como dos

florecillas franciscanas en una luz de amanecer, serían los últimos que

me mirasen con amor! Ya sólo me estaba bien enfrente de las mujeres la

actitud de un ídolo roto, indiferente y frío. Presintiéndolo por

primera vez, con una sonrisa triste le mostré a la anciana señora la

manga vacía de mi uniforme: De pronto, emocionado por el recuerdo de la

niña recluída en el viejo caserón aldeano, tuve que mentir un poco,

hablando de María Antonieta:

--María Antonieta es la única mujer que todavía me quiere: Solamente su

amor me queda en el mundo: Resignado a no verla y lleno de desengaños,

estaba pensando en hacerme fraile, cuando supe que deseaba decirme adios

por última vez...

--¿Y si yo te suplicase ahora que te fueses?

--¿Tú?

--En nombre de María Antonieta.

--¡Creía merecer que ella me lo dijese!

--¿Y ella, pobre mujer, no merece que le evites ese nuevo dolor?

--Si hoy atendiese su ruego, acaso mañana me llamase. ¿Crees que esa

piedad cristiana que ahora la arrastra hacia su marido, durará siempre?

Antes que la anciana señora pudiese responder, una voz que las lágrimas

enronquecían y velaban, gimió a mi espalda:

--¡Siempre, Xavier!

Me volví y halléme enfrente de María Antonieta: Inmóvil y encendidos los

ojos me miraba. Yo le mostré mi brazo cercenado, y ella con un gesto de

horror cerró los párpados. Había en su persona tal mudanza que

aparentaba haber envejecido muchos años. María Antonieta era muy alta,

llena de altiva majestad en la figura, y con el pelo siempre fosco, ya

mezclado de grandes mechones blancos. Tenía la boca de estatua y las

mejillas como flores marchitas, mejillas penitentes, descarnadas y

altivas, que parecían vivir huérfanas de besos y de caricias. Los ojos

eran negros y calenturientos, la voz grave, de un metal ardiente. Había

en ella algo extraño de mujer que percibe el aleteo de las almas que se

van, y comunica con ellas a la media noche. Después de un silencio

doloroso y largo, volvió a repetir:

--¡Siempre, Xavier!

Yo la miré intensamente:

--¿Más que mi amor?

--Tanto como tu amor.

La Marquesa de Tor, que tendía por la sala su mirada cegata, nos

advirtió en voz queda y aconsejadora:

--Si habéis de hablar, al menos que no sea aquí.

María Antonieta asintió con los ojos, y severa y muda se alejó cuando

algunas damas ya comenzaban a mirarnos curiosas. Casi al mismo tiempo

hacían irrupción en la sala los dos perros del Rey. Don Carlos entró

momentos después: Al verme adelantóse y sin pronunciar una sola palabra

me abrazó largamente: Luego comenzó a hablarme en el tono que solía, de

amable broma, como si nada hubiese cambiado en mí. Confieso que ninguna

muestra de su aprecio pudiera conmoverme tanto como me conmovió aquella

generosa delicadeza de su ánimo real.

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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: M]i señora tía la Marquesa de Tor me hace seña de que la

siga, y me conduce a su cámara, donde llorosa y sola espera María

Antonieta: Al verme entrar se ha puesto en pie clavándome los ojos

enrojecidos y brillantes: Respira ansiosa, y con la voz violenta y ronca

me habla:

--Xavier, es preciso que nos digamos adios. ¡Tú no sabes cuánto he

sufrido desde aquella noche en que nos separamos!

Yo interrumpo con una vaga sonrisa sentimental:

--¿Recuerdas que fué con la promesa de querernos siempre?

Ella a su vez me interrumpe:

--¡Tú vienes a exigirme que abandone a un pobre ser enfermo, y eso

jamás, jamás, jamás! Sería en mí una infamia.

--Son las infamias que impone el amor, pero desgraciadamente ya soy

viejo para que ninguna mujer las cometa por mí.

--Xavier, es preciso que me sacrifique.

--Hay sacrificios tardíos, María Antonieta.

--¡Eres cruel!

--¡Cruel!

--Tú quieres decirme que el sacrificio debió ser para no faltar a mis

deberes.

--Acaso hubiera sido mejor, pero al culparte a ti me culpo a mí

también. Ninguno de los dos supo sacrificarse, porque esa ciencia sólo

se aprende con los años, cuando se hiela el corazón.

--¡Xavier, es la última vez que nos vemos, y qué recuerdo tan amargo me

dejarán tus palabras!

--¿Tú crees que es la última vez? Yo creo que no. Si accediese a tu

ruego volverías a llamarme, mi pobre María Antonieta.

--¡Por qué me lo dices! Y si yo fuese tan cobarde que volviera a

llamarte, tú no vendrías. Este amor nuestro es imposible ya.

--Yo vendría siempre.

María Antonieta levanta al cielo sus ojos, que las lágrimas hacen más

bellos, y murmura como si rezase:

--¡Dios mío, y acaso llegará un día en que mi voluntad desfallezca, en

que mi cruz me canse!

Yo me acerco hasta beber su aliento, y le cojo las manos:

--Ya llegó.

--¡Nunca! ¡Nunca!...

Intenta libertar sus manos pero no lo consigue. Yo murmuré casi a su

oído:

--¿Qué dudas? Ya llegó.

--¡Vete, Xavier! ¡Déjame!

--¡Cuánto me haces sufrir con tus escrúpulos, mi pobre María Antonieta!

--¡Vete! ¡Vete!... No me digas nada... No quiero oirte.

Yo le beso las manos:

--¡Divinos escrúpulos de santa!

--¡Calla!

Con los ojos espantados se aleja de mí. Hay un largo silencio. María

Antonieta se pasa las manos por la frente y respira con ansia. Poco a

poco se tranquiliza: En sus ojos hay una resolución desesperada cuando

me dice:

--Xavier, voy a causarte una gran pena. Yo ambicioné que tú me quisieras

como a esas novias de los quince años. ¡Pobre loca! Y te oculté mi vida.

--Sigue ocultándomela.

--¡He tenido amantes!

--¡La vida es así!

--¡No me desprecias!

--No puedo.

--¡Pero te sonríes!...

Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín · 第 10 / 11 段