Azorín ha recibido hoy una carta; la fecha decía: _Petrel_; la firma
rezaba: _Tu infortunado tío, Pascual Verdú_.
¡Pascual Verdú! Azorín, de lo hondo de su memoria, ha visto surgir la
figura de su tío Verdú. Ha columbrado, confusamente, entre sus recuerdos
de niño, como una visión única, una sala ancha, un poco oscura,
empapelada de papeles grises a grandes flores rojas, con una sillería de
reps verde, con una consola sobre la que hay dos hermosos ramos bajo
fanales, y entre los dos ramos, también bajo otro fanal, una muñeca que
figura una dama a la moda de 1850, con la larga cadena de oro y el
relojito en la cadera.
Esta sala es húmeda. Azorín cree percibir aún la sensación de humedad.
En el sofá está sentada una señora que se abanica lentamente; en uno de
los sillones laterales está un señor vestido con un traje blanquecino,
con un cuello a listitas azules, con un sombrero de jipijapa que tiene
una estrecha cinta negra. Este señor--recuerda Azorín--se yergue,
entorna los ojos, extiende los brazos y comienza a declamar unos versos
con modulación rítmica, con inflexiones dulces que ondulan en arpegios
extraños, mezcla de imprecación y de plegaria. Después saca un fino
pañuelo de batista, se limpia la frente y sonríe, mientras mi madre
mueve suavemente la cabeza y dice: «¡Qué hermoso, Pascual! ¡Qué
hermoso!»
Se hace un ligero silencio, durante el cual se oye el ruido del abanico
al chocar contra el imperdible del pecho. Y de pronto suena otra vez la
voz de este señor del traje claro. Ya no es dulce la voz ni los gestos
son blandos; ahora la palabra parece un rumor lejano que crece, se
ensancha, estalla en una explosión formidable. Y yo veo a este señor de
pie, con los ojos alzados, con los brazos extendidos, con la cabeza
enhiesta. En este momento el sombrero de jipijapa rueda por el suelo; yo
me acerco pasito, lo cojo y lo tengo con las dos manos en tanto que oigo
los versos con la boca abierta.
Luego que acaba de recitar este señor, charla ligero con mi madre; luego
se pone en pie, me coge, me levanta en vilo y grita: «¡Antoñito,
Antoñito, yo quiero que seas un gran artista!» Y se marcha rápido,
voluble, ondulante, hablando sin volver la cabeza, poniéndose al revés
el sombrero, que después torna a ponerse a derechas, volviendo por el
bastón que se había dejado olvidado en la sala...
Y de idea en idea, de imagen en imagen, Azorín ha recordado haber visto
en el _Boletín del Ateneo de Madrid_, del año 1877, algo referente a su
tío Verdú. Sí, sí; lo recuerda bien. Se discutió aquel año sobre la
poesía religiosa; fue una discusión memorable. Revilla, Simarro, Reus,
Montoro dijeron cosas estupendas en contra del espiritualismo; en
cambio, los espiritualistas dijeron cosas atroces contra el
materialismo. Estos espiritualistas eran tres, tres nada más al menos,
puros de toda mácula: Moreno Nieto, que murió sobre el trabajo;
Hinojosa, que luego ha sabido encontrar el espíritu en los presupuestos,
y Pascual Verdú, que ahora vive solo, desconocido, enfermo, torturado,
en ese pueblecillo levantino. Don Francisco de Paula Canalejas hizo el
resumen de los debates, y en su discurso, al hablar de los diversos
contendientes, puede verse (página 536 del _Boletín_) cómo trata a
Verdú. Le llama «el fácil y apasionado señor Verdú».
¡El fácil y apasionado señor Verdú! Sí; indudablemente, éste es el señor
amable, éste es el señor voluble, éste es el señor ardoroso que recitaba
versos _aquel día_, allá en mi niñez, en una sala húmeda con una
sillería de reps verde.