Hoy han tocado a la puerta: _tan_, _tan_. Azorín ha creído que era el
viento. La idea de que llamen a su puerta le parece absurda. Pero sí que
llamaban; han vuelto a tocar: _tan_, _tan_, _tarán_. Azorín ha
comprendido la realidad y ha bajado a abrir. Era un viejo que le ha
saludado cortésmente, esforzándose por sonreír; pero era un esfuerzo
penoso. ¿No habéis visto cuando estáis tristes y un niño o una mujer os
miran, cómo en su cara ingenua se refleja instintivamente vuestro gesto
triste? Pues Azorín, mirando a este viejo, ha puesto también cara
triste.
¿Qué quiere este viejo? Hay hombres que parecen cerrados como armarios;
un extraño no sabe lo que hay dentro. Este viejo es de esos hombres.
¿Por qué ha llamado? ¿Qué quiere? ¿Qué va a decir? Es un viejo menudito,
con una barba blanca que termina en una punta corta un poco doblada
hacia arriba, envuelto en una capa parda; es uno de esos viejos que
llevan el pañuelo del bolsillo siempre doblado cuidadosamente y de
cuando en cuando lo sacan y lo pasan con suavidad por la nariz. Como
lleva la capa cerrada y él va tan encogido, mirando casi asustado a un
lado y a otro, parece que va a realizar algo importante.
Es, efectivamente, algo importante.
--Perdone usted--ha dicho el viejo--; usted es crítico...
Azorín ha sonreído con benevolencia; se sentía halagado por las palabras
de este desconocido.
El viejo ha sacado de debajo de la capa un grueso cartapacio y mientras
lo ponía sobre la mesa ha repetido:
--Sí, sí; usted es crítico.
Azorín, al ver el cartapacio, ha sentido un ligero escalofrío; toda su
anterior complacencia se ha trocado en temor.
--No, no--ha replicado--; yo se lo aseguro a usted: yo no soy crítico.
Pero el viejo movía la cabeza en señal de incredulidad y se ha puesto a
relatar el objeto de su visita.
Este viejo ha dicho que él es autor cómico. Azorín se ha quedado
estupefacto. Autor dramático, acaso; pero cómico le parecía una
enormidad. Luego ha añadido que a él le han dicho que Azorín tiene en
Madrid muchas relaciones y que podrá ayudarle, porque es muy benévolo.
Azorín se ha ruborizado, pero ha convenido interiormente en que algo
benévolo debe de ser cuando se apresta a oír la lectura que el viejo va
a hacerle de tres zarzuelas suyas, cada una en un acto.
--Yo--dice el viejo--vivo solo; esto constituye mi única alegría. Hace
dos años estuve en Madrid y llevé una obra a la Zarzuela y otra a
Apolo... Me hicieron ir y venir muchas veces; me daban mil excusas
inverosímiles; yo estaba ya cansado. Y al fin me dijeron que habían
leído las obras y que les parecían anticuadas. Anticuadas, ¿por qué? El
arte, ¿puede nunca ser anticuado? Sin embargo, he escrito otras y con
ellas volveré a Madrid; son éstas que aquí traigo... El viejo comienza
la lectura. A ratos se detiene un momento; saca su pañuelo doblado, lo
pasa por la nariz y pregunta:
--¿Usted cree que esta escena está bien preparada?
Azorín tiene, como no podía ser menos, su estética teatral, que algunos
críticos han encontrado exagerada. Pero sería terrible que la sacase en
esta ocasión. Mejor es que le parezcan bien todas las escenas y hasta
las tres obras enteras. Sí, a Azorín le parecen excelentes las tres
zarzuelas.
--¿Usted--pregunta el viejo--no conoce a Sinesio Delgado?
--No, no conozco al señor Delgado.
--¿Conocerá usted, _por lo menos_, a López Silva?
Azorín, horrorizado a la sola idea de conocer a López Silva, se ha
apresurado a protestar.
--¡Oh, no no, tampoco!
Entonces el viejo ha movido la cabeza como conformándose con su
desgracia, y ha exclamado tristemente:
--¡Todo sea por Dios!
Este viejo ha venido esta mañana en el tren; esta noche regresará a su
casa. Cuando entre en ella y cierre tras sí la puerta y se vea otra vez
solo, lanzará un suspiro y pensará que hoy se le ha disipado una
esperanza.