(_Salen_ FAUSTO _y_ WAGNER.)

FAUSTO

La cárcel de cristal frío

rompió ya la primavera,

y corren por la pradera

manantial, arroyo y río.

Los alegres horizontes

la verde esperanza viste;

ya torna el invierno triste

a las crestas de los montes,

y en su fugitiva marcha

detiene el pie, y nos arroja,

dando un diamante a cada hoja,

los flechazos de la escarcha.

Pero no consiente el sol

blancas galas, y doquier

colores hace nacer

su luminoso arrebol.

Aún no brotaron las flores;

mas brillan, a falta de ellas,

los mancebos y las bellas

vestidos con mil primores.

Contempla desde esta cumbre

la oscura ciudad: abiertas,

vomitan las negras puertas

turbulenta muchedumbre.

La Resurrección triunfal

del Señor solemnizando,

respira el aliento blando

del aura primaveral,

y con la misma emoción

gozan de distintos modos;

y es que al par celebran todos

su propia resurrección.

Del triste hogar, escondido

entre abrumadores muros,

de los talleres oscuros,

del sótano humedecido,

de la catedral sombría,

de la plazuela fangosa,

sale esa turba afanosa

a beber la luz del día.

¡Cómo por huertos y prados

trisca alegre ese gentío!

¡Cuántos lleva el ancho río,

esquifes empavesados!

Mira cuán cargado va

aquel que lento se mece

junto a la orilla, y parece

que esté zozobrando ya.

Hasta allá en los retorcidos

senderos de las montañas

brillan las tintas extrañas

de los grupos esparcidos.

Ya escucho la voz festiva

del campesino lugar,

Edén que anhela gozar

la muchedumbre cautiva.

¿No ves cómo igual placer

grande y chico gozan hoy?

Aquí siento que hombre soy,

y hombre aquí me atrevo a ser.

WAGNER

Provecho, a la vez que honor,

préstame tu compañía:

solo, no visitaría

estas campiñas, doctor.

Enemigo soy de toda

rusticidad. Ni me agrada

esa gente alborozada,

ni su estruendo me acomoda.

Cual si de infernal encanto

estuvieran poseídos,

dan brincos, voces y aullidos,

y a eso llaman danza y canto.

[Ilustración]

CAMPESINOS BAJO LOS TILOS

_Canto y baile_

Las zagalas, los pastores,

llenos de cintas y flores,

ya descienden hacia aquí.

¡Cuántos gritos! ¡Cuánta gente!

Todos bailan locamente,

y la gaita dice así:

_Ta-la-rí,_

_Ta-la-la-rí._

El pastor, cuando resbala,

da un abrazo a la zagala

que más cerca tiene allí;

y la vieja, que lo ha visto,

refunfuña: «¡Vive Cristo!

¡Ya te acordarás de mí!»

_Ta-la-rí,_

_Ta-la-la-rí._

Rueda el coro y con donaire

van las faldas por el aire:

¡Qué furor! ¡Qué frenesí!

Forman armoniosos lazos

los encadenados brazos

que se buscan entre sí.

_Ta-la-rí,_

_Ta-la-la-rí._

Dice al zagal la pastora:

«Calla, lengua engañadora»;

y él, llevándola tras sí,

la conduce a un sitio, donde

verde follaje la esconde,

y la gaita sigue así:

_Ta-la-rí,_

_Ta-la-la-rí._

UN LABRIEGO VIEJO

Pues que nos honráis, señor,

favoreciendo benigno

un espectáculo indigno

de tan docto profesor,

acercaos y bebed

de esta jarra, sin reparo,

y haga el licor fresco y claro,

al apagar vuestra sed,

que dichoso, alegre y nuevo,

por cada gota bebida,

gocéis un año de vida.

FAUSTO

¡A vuestra salud la bebo!

(_El pueblo forma corro alrededor de_ FAUSTO.)

EL LABRIEGO

Justo es que en esta ocasión

recordéis, entre alegrías,

las visitas de otros días

de luto y desolación.

¿Os acordáis? ¡Qué momentos!

La peste devoradora

amontonaba traidora

los cadáveres a cientos,

y aún bendicen hoy su suerte

muchos que la ciencia rara

de vuestro padre arrancara

a las garras de la muerte.

Do más su rigor fatal

extremaba, vos, aún mozo,

entrabais, lleno de gozo,

para luchar con el mal.

Nuestro salvador, señor,

fuisteis; por eso en el cielo,

para alentar vuestro celo,

había otro Salvador.

TODOS

¡Al doctor gloria y ventura!

¡Viva luengos años! ¡Viva!

FAUSTO

¡Gloria, no más, al de arriba!

Solo Él sabe; solo Él cura.

(_Pasan adelante_ FAUSTO _y_ WAGNER.)

WAGNER

¡Cuán dulce la gratitud

debe ser, oh ilustre sabio,

que así expresa el rudo labio

de esa franca multitud!

¡Dichoso quien de esa suerte

ve premiado su saber!

Vienen a todo correr

chicos y grandes por verte:

el padre, allá en lontananza,

te señala al tierno infante;

te aproximas, y al instante

cesan la música y danza;

se abre el corro turbulento

en dos filas apretadas;

entre aplausos y palmadas,

vuelan las gorras al viento;

y poco falta, doctor,

para que esa grey sencilla

doble ante ti la rodilla,

cual si pasara el Señor.

FAUSTO

Lleguemos a esas alturas;

descansaremos allí.

¡Cuántas veces, ay de mí,

sentado en sus rocas duras,

rico de esperanza y fe,

tras largas preparaciones

de lágrimas y oraciones,

los ojos a Dios alcé,

y pensando en la orfandad

de mis dolientes hermanos,

juntaba ansiosas las manos,

implorando su piedad!

Hoy esa injusta ovación

es para mí burla fiera:

¡Pobre pueblo! ¡Si él pudiera

leer en mi corazón!

No guardara en su memoria

nuestro recuerdo tan fijo:

ni fue el padre, ni es el hijo

merecedor de tal gloria.

Era mi padre hombre honrado

que, oscurecido en el mundo,

vivió estudiando el profundo

misterio de lo creado.

Su espíritu independiente

evocaba a su manera

la naturaleza entera

con voz osada y creyente;

y sin ver cielo ni sol,

con signos extraordinarios

combinaba los contrarios

en el oscuro crisol.

León de roja melena

unía, galán salvaje,

en extraño maridaje

con la pálida azucena,

y sin que nadie lo explique,

envueltos en humo y fuego,

pasaban casados luego

de alambique en alambique,

hasta aparecer brillante

dama de porte real,

en el fondo de cristal

de la redoma radiante.

Así tenaz preparaba

su negra pócima impía:

el pobre enfermo moría;

el ciego vulgo callaba;

y con la infernal mixtura

matamos quizá más gente

que el hálito pestilente

de aquella epidemia impura.

Yo, que a mil di aquel licor,

sobreviví a la matanza,

para oír esa alabanza

del loco emponzoñador.

WAGNER

Desechad esa quimera,

que incesante os mortifica:

¿quién culpa al que honrado aplica

el arte cual lo entendiera?

Quien a su padre, mancebo,

honra, del pasado adquiere

la ciencia, y si consiguiere

dar en ella un paso nuevo,

sus hijos le seguirán

con dulce empeño, y acaso

después de él un nuevo paso

en su camino darán.

FAUSTO

¡Feliz quien logre valiente

flotar sobre la profunda

mar de tinieblas, que inunda

nuestra aletargada mente!

¡Ley del hombre, triste y grave!

Indaga, lucha, se agita,

y lo que más necesita

¡siempre es lo que menos sabe!

Mas tan negros pensamientos

no empañen, nublando el alma,

la melancólica calma

de estos tranquilos momentos.

Mira cómo, al resplandor

del ocaso, en las colinas

las cabañas campesinas

resaltan entre el verdor.

Sus destellos moribundos

el sol tras la sierra esconde,

y vuela a otros cielos, donde

vida presta a nuevos mundos.

¡Ah! ¡Si con audaces alas

seguir su curso pudiera,

viendo en continua carrera

brillar eternas sus galas!

Contemplara, a la luz pura

del crepúsculo, doquier

los montes resplandecer,

enlutarse la llanura;

brillar arroyos y ríos

con las reflejadas lumbres:

ni las más altivas cumbres

valla fueran a mis bríos.

Sus vastas sirtes después,

resplandeciente o sombría,

clamorosa extendería

la mar inmensa a mis pies,

y si en su seno a morir

iba el lumínico Dios,

volando, volando en pos

viéralo otra vez surgir.

Ante mis ojos brillar

el día en eterno oriente,

el cielo sobre mi frente,

bajo mis plantas el mar...

¡Noble y engañoso anhelo!

Al cuerpo suerte enemiga

alas negó, con que siga

del alma el sublime vuelo;

y agitándose impotente,

imposible aspiración

de volar a otra región

el ansioso mortal siente,

cuando su agudo silbido,

perdida en el firmamento,

lanza la alondra, o el viento

cortan con vuelo atrevido

el águila de los montes

que sus cúspides domina,

o la grulla peregrina

que busca otros horizontes.

WAGNER

También tengo yo mis días

de caprichosos desvelos;

pero jamás esos vuelos

tomaron mis fantasías.

Sus alas guarde el halcón:

monte y campo me empalagan;

¡cuánto más el alma halagan

los goces de la razón!

¿Hay algo en el mundo como

ir sin afán ni congoja

devorando, hoja por hoja,

un tomo tras otro tomo?

Al calor de fuego interno

que vivo fluye en las venas,

tranquilas gozo y serenas

las largas noches de invierno,

y cuando mi mano extiende

arrollado pergamino,

siento un hálito divino

y el cielo hasta mí desciende.

FAUSTO

Vas de un bien único en pos:

¡él solo turbe tu calma!

Tú no más tienes un alma,

y en mi pecho laten dos.

Por separarse, entre sí

trabaron lucha reñida:

la una, que de ardiente vida

siente el loco frenesí,

desesperada, al placer,

se aferra con vivo anhelo;

la otra, rasgado ya el velo,

quiere a su patria volver.

Espíritus, si es verdad

que en las alas del ambiente

tranquila y calladamente

reináis en la inmensidad,

de las tenues nubes de oro

que os dan callada guarida

bajad, y la nueva vida

dadme, que anhelante imploro.

¡Ah! Si pudiera yo asir

aquel prodigioso manto

que en las alas del encanto

nos lleva do ansiamos ir,

avaro de tal favor,

no lo trocara, siquiera

su púrpura me ofreciera

en cambio el emperador.

WAGNER

No evoque tu labio audaz

el mudo enjambre que puebla

viento y nubes, bruma y niebla,

para turbar nuestra paz.

Como dardo agudo son

la lengua y uñas de acero

con que asaltan al viajero

los genios del septentrión.

Los que vienen del oriente

exhalan abrasadores

soplos, y clavan traidores

en las entrañas el diente.

De fuego nubes impuras

amontonan los que envía

el árido mediodía

de las líbicas llanuras;

y los que arroja el ocaso,

si amortiguan ese fuego,

anegan e inundan luego

cuanto encuentran a su paso.

Con sus ardides eternos

dispuestos siempre a escucharnos,

para mejor engañarnos

simulan obedecernos,

y con labio seductor

nos arrastran al abismo,

fingiéndose entonces mismo

mensajeros del Señor.

Mas volvamos: las tinieblas

enlutan el firmamento;

sopla más frío ya el viento,

y al valle bajan las nieblas.

Ahora a ser grato el hogar

comienza. Mas ¿qué te asombra?

¿Qué miras fijo en la sombra?

[Ilustración]

FAUSTO

¿Ves allá bajo saltar

negro can, que loco gira

por los sembrados?

WAGNER

¿Aquel?

Lo veo; mas nada en él

encuentro de extraño.

FAUSTO

Mira,

míralo: ¿por quién le tomas?

WAGNER

Por un perro que perdiera

al amo, y a su manera

lo busca por estas lomas.

FAUSTO

¿No ves que en ancha espiral

va acercándose? ¿No ves

que al correr dejan sus pies

una encendida señal?

WAGNER

¡Ilusiones!

FAUSTO

¿No estás viendo

que así, corriendo y saltando,

va negra trama enlazando

y en ella nos va envolviendo?

WAGNER

Yo veo que alrededor

gira cautelosamente,

porque encuentra extraña gente

en vez de su amo y señor.

FAUSTO

¿No ves? Los círculos van

estrechándose.

WAGNER

Me pasma

que halles terrible fantasma

en ese inocente can.

Gruñe, corre vagabundo,

se echa al suelo, encorva el lomo

y mueve la cola, como

todos los perros del mundo.

FAUSTO

¡Ven, ven, síguenos! (_Al perro._) Ya viene.

WAGNER

¡Buen cachorro! Ahora verás:

si marchas, sigue detrás;

si te paras, se detiene.

Si algo pierdes, sin reposo

lo busca, hasta que lo encuentra;

si el bastón le arrojas, entra

al agua, y lo trae gozoso.

FAUSTO

No hay en él, tienes razón,

nada sobrenatural:

todo es en este animal

costumbre y educación.

WAGNER

No lo tomes por agravio,

pero un perro manso y fiel

merece que fije en él

su atención y afecto un sabio.

Si a este dieres tu favor,

y a tu casa le llevares,

de todos tus escolares

será el escolar mejor.

(_Entran en la ciudad._)

[Ilustración]

GABINETE DE ESTUDIO

FAUSTO, _entrando con el perro_

Dejé cubiertos por oscura noche

monte y campiña, y otra vez despierta

con zozobra fatídica en mi pecho

el alma superior. Ya la materia

cede cansada; el natural instinto,

los borrascosos ímpetus, con ella

ceden al fin también; y el amor santo

a Dios y al hombre, me domina y llena.

¿Qué tienes, can indócil?

¿Por qué das tantas vueltas?

¿Qué estás olfateando

debajo de la puerta?

Blando cojín te puse

junto a la chimenea;

asaz nos divertiste

brincando por las breñas:

ya, pues te di posada,

goza tranquilo de ella.

Cuando la amiga lámpara disipa

la lobreguez en nuestra angosta celda,

hasta el fondo del alma reflexiva

otro rayo de luz también penetra.

La callada razón la voz recobra,

la esperanza florece lisonjera,

y al manantial fecundo de la vida

nuestros suspiros anhelantes vuelan.

¿Por qué impaciente gruñes?

¿Por qué sin paz te quejas?

Con las celestes voces

que en mi interior resuenan,

muy mal tus alaridos

selváticos concuerdan.

¿Como los hombres haces,

cuando en su mofa ciega,

sin comprenderlos, ladran

al Bien y a la Belleza?

¡Ah!, ya no viene a mitigar mis ansias

el bien ignoto que mi pecho anhela;

¿por qué tan pronto el manantial se agota,

y al pobre corazón sediento deja?

¡Cuántas veces, ¡ay!, cuántas vi burlado

este imposible afán! Solo me resta

volver a ti los ojos, soberana

verdad, que brillas en las Santas Letras,

y más pura en el Nuevo Testamento,

más hermosa, a los hombres te revelas.

Las misteriosas páginas me llaman,

y en ellas fija mi razón, se esfuerza

por traducir el texto sacrosanto

con fe sencilla en nuestra patria lengua.

(_Abre un libro y se pone a trabajar._)

«Era al principio la palabra», dice.

¿Dice así? Ya vacilo. ¿Quién mi senda

alumbrará? No puedo a la palabra

dar tal sentido. No. De otra manera

lo expresaré, si el cielo me ilumina.

«Era al principio la Razón.» ¡Oh, piensa,

medita bien este renglón primero,

y tú, pluma, no corras tan ligera!

La Razón es la que lo ordena todo...

Debe ser: «Al principio era la Fuerza.»

Empero, al escribir esta palabra,

aún dudosa detiénese la diestra.

¡Inspírame, oh Verdad! Ya veo claro,

veo claro: «Al principio la Acción era.»

Contigo, can maldito,

comparto mi vivienda;

cesa, pues, en tus roncas

y en tus ladridos cesa.

Tan turbulento huésped

no puedo sufrir cerca,

y aquí, de entrambos, uno

ha de salir afuera.

Con repugnancia rompo

la hospitalaria regla;

ya tienes libre el paso,

ya está franca la puerta.

Pero ¿qué es lo que veo?

¿Verdad es o quimera?

¡Cómo se ensancha y crece!

¡Cómo se abulta y medra!

¿Traje un espectro a casa?

¡Ser, vida y forma trueca!

Colosal hipopótamo,

no perro, ya semeja,

con el ojo encendido

y las fauces sangrientas.

¡Espectro, serás mío!

Para atrapar tal presa

la clave salomónica

es la mejor cadena.

ESPÍRITUS _en el corredor_

Allí dentro un compañero

cayó el pobre prisionero:

¡respetad ese dintel!

Como en la trampa el raposo,

se revuelve tembloroso:

¡no caigáis también con él!

¡Atención!

¡Atención!

Volemos, volemos con ala furtiva,

a diestra y siniestra, y abajo y arriba,

y así romperemos su triste prisión.

Auxilio prestemos al fiel camarada,

que bien nuestra ayuda la tiene ganada.

FAUSTO

Para amansar, primero,

y acercarme a esa fiera,

del cuádruple conjuro

tendré que hacer la prueba.

Salamandra, resplandece;

ondina, flota en el mar;

silfo, vuela y desparece;

duende, ven a trabajar.

Quien de los elementos

la condición no sepa,

no podrá los espíritus

rendir a su obediencia.

Abrásate en fuego hirviente,

salamandra peregrina;

en el cristal de la fuente

disuélvete, blanca ondina;

en la luz del sol brillante

difunde, silfo, tu ser;

ven, duende, siervo constante,

a ayudar y obedecer.

De aquestos cuatro espíritus

ninguno el monstruo encierra;

permanece impasible,

mofador me contempla.

Pues el común conjuro

no pudo hacerle mella,

apelaré a otro hechizo

de superior potencia.

Si del profundo abismo vienes, ¡oh camarada!,

contempla el talismán

al que se humilla siempre, vencida y aterrada,

la hueste de Satán.

Ya más y más se abulta;

ya eriza la crin negra.

Aquí tienes, ser maldito,

al Increado, al Infinito,

en los cielos adorado,

por los hombres traspasado.

Inmóvil y agrandándose,

junto a la chimenea,

gigantesco elefante

es ya, que al techo llega,

y nubarrón parece

que estalla y que revienta.

No altivo te remontes;

postrado a mis pies queda:

bien sabes que no en vano

amenazó mi diestra.

Con las divinas ascuas

te chamusca y te quema;

no aguardes de mis armas

el arma de más fuerza:

el concentrado fuego

de triple candescencia.

(_La nube se deshace y_ MEFISTÓFELES _aparece junto a la chimenea, en

traje de estudiante viajero_.)

MEFISTÓFELES

¡Algazara inoportuna!

¿Qué manda vuesa mercé?

FAUSTO

¡Solemne el bromazo fue!

¡Un escolar de la tuna!

¿En esto vino a parar

el can preñado de horror?...

MEFISTÓFELES

¡Saludo al digno doctor!

¡Bien me has hecho trasudar!

FAUSTO

¿Cómo te llamas?

MEFISTÓFELES

Pequeña

cuestión, perdona el agravio,

para un filósofo, un sabio,

que nombres vanos desdeña,

y huyendo con discreción

apariencias engañosas,

en el fondo de las cosas

fija solo su atención.

FAUSTO

En vosotros, a mi ver,

el nombre, si se repara,

expresión exacta y clara

es de la índole del ser;

y por eso, a lo que infiero,

llaman a uno el Burlador,

y al otro el Blasfemador,

y el Mentiroso a un tercero.

Dime, pues, quién eres.

MEFISTÓFELES

¿Quién?

De aquella fuerza fatal

que queriendo hacer el mal,

logra solo hacer el bien,

formo parte.

FAUSTO

¡Extraño modo

de hablar!

MEFISTÓFELES

A explicarme voy:

aquel Espíritu soy

que duda y lo niega todo.

FAUSTO

¿Todo?

MEFISTÓFELES

Y para ello me fundo;

pues si todo, a su manera,

ha de morir, mejor fuera

que nada hubiese en el mundo.

Así, pues --óyeme atento--,

lo que medroso el mortal

llama el pecado o el mal,

ese es mi propio elemento.

FAUSTO

Dices que eres una parte,

y un todo completo ven

mis ojos en ti.

MEFISTÓFELES

Está bien;

mas no traté de engañarte.

El hombre, insondable abismo

de extravagancia y locura,

es quien fatuo se figura

ser un todo por sí mismo.

Yo a ser parte me acomodo,

parte de la parte aquella

que al nacer la lumbre bella

no era parte, sino todo.

Hablo de la sombra opaca,

madre de la luz, que impía

por usurparle porfía

su imperio, y audaz la ataca;

pero en vano sus destellos

dominarlo todo quieren,

porque, si los cuerpos hieren,

resbalan también sobre ellos.

De cualquiera cosa, hermosa

brota con vivos colores

la luz; mas sus resplandores

los detiene cualquier cosa;

y así, juzgo natural

que la luz también fenezca

apenas desaparezca

todo objeto corporal.

FAUSTO

Tu digna misión comprendo:

en grande no puedes nada

aniquilar, y te agrada

ir por menor destruyendo.

MEFISTÓFELES

Y a decirte la verdad,

poco adelanto, a fe mía.

Lo que a la nada vacía

se opone, la realidad,

la materia, aunque con ella

lucho, me rechaza al cabo;

y por más que el diente clavo,

no consigo hacerle mella.

Revueltas olas del mar,

desatados huracanes,

terremotos y volcanes

acumulo sin cesar,

y después de tanto anhelo,

en sus lindes prefijados,

tranquilos y sosegados

quedan tierra, mar y cielo.

Y la maldecida y ruin

semilla, que origen diera

al hombre, al ave y la fiera,

no tiene tampoco fin.

¡A cuántos abrí la fosa!

Pero siempre, a pesar mío,

brota y fluye en ancho río

sangre nueva y vigorosa.

¡Todo mi desdicha fragua!

Misteriosos y sutiles,

guardan gérmenes a miles

la tierra, el aire y el agua,

y con idéntico amor

los fecundan, a su vez,

la humedad y la aridez,

la frialdad y el calor:

de modo que, a no guardar

fuego y llamas para mí,

con ningún recurso aquí

pudiera el Diablo contar.

FAUSTO

Contra la fuerza viviente,

contra la acción creadora,

la helada garra traidora

esgrimirás impotente.

¡Hijo del caos insensato!,

busca más fácil empresa.

MEFISTÓFELES

Cuestión embrollada es esa:

hablaremos otro rato.

Pero asaz pesado fui;

me voy si me das permiso.

FAUSTO

Otorgarlo no es preciso;

y pues ya te conocí,

cuando más grato te sea,

vuelve. Abiertas hallarás

puerta y ventana, y a más,

está allí la chimenea.

MEFISTÓFELES

Confesarlo necesito...:

para que salga y me ausente,

hay... un leve inconveniente:

¡el pie de bruja maldito!

FAUSTO

¿El pentagrama te aterra

que está en el umbral trazado?

Pues ¿cómo, dime, has entrado,

si el paso, al salir, te cierra?

¿Cómo incurrió en tal error

espíritu tan experto?

MEFISTÓFELES

¿No ves? El signo está abierto

por el ángulo exterior.

FAUSTO

¡Extraño caso! El azar

más feliz no pudo ser;

estás preso; a mi poder

has venido sin pensar.

MEFISTÓFELES

Saltó el perro, y cual venablo,

entró loco en este encierro;

mas por donde ha entrado el perro

no puede salir el Diablo.

FAUSTO

Aún te queda para huir

la ventana.

MEFISTÓFELES

No, pues ley

es de toda nuestra grey,

por donde entramos salir.

Hay en lo uno libertad,

y en lo otro gran sujeción.

FAUSTO

¡Hasta en la negra mansión

hay regla y autoridad!

No está mal, pues de ese modo

el que os proponga algún pacto,

puede fiar en su exacto

cumplimiento.

MEFISTÓFELES

¡Oh, sí, en un todo!

Cumplimos cuanto ofrecemos,

sin quitar coma ni punto;

pero grave es este asunto:

ya hablaremos, ya hablaremos.

Ahora, otra vez y otra más,

te ruego que el paso me abras.

FAUSTO

Tente, y en breves palabras

mi horóscopo me dirás.

MEFISTÓFELES

Volveré obediente y fiel,

y entonces dispón de mí.

FAUSTO

Este lazo no tendí;

cúlpate, si diste en él.

Dice un adagio, y se funda:

«Si la cola le cogieres

al Diablo, tira, y no esperes

cogerla por vez segunda.»

MEFISTÓFELES

Contigo quedo, si un trato

aceptas.

FAUSTO

¿Cuál?

MEFISTÓFELES

El de hacer

cuanto quepa en mi poder

porque pases bien el rato.

FAUSTO

Si la cosa es divertida,

comienza ya.

MEFISTÓFELES

Gozarás

en breves minutos más

que en todo un año de vida.

Los dulces coros que embriagan

tu espíritu cuando sueñas;

las imágenes risueñas

que te circundan y halagan,

no son vana creación

de un artificioso encanto:

vas a escuchar ese canto

y admirar esa visión;

e igualmente embebecidos

tacto, olfato y paladar,

disfrutarán a la par

todos tus cinco sentidos.

No hacen falta --ya lo ves--

preparativos ni aprestos:

estamos todos dispuestos;

comenzad al punto, pues.

[Ilustración]

CORO DE ESPÍRITUS

¡Caed y apartaos, oh lóbregos muros;

dejad que penetren el aire y la luz!

¡Rasgad, densas nubes, los velos oscuros!

¡Oh estrellas y soles, los rayos más puros

verted en las olas del éter azul!

¡Imágenes bellas, que en grupos flotantes

del cielo, do cuna tuvisteis, venís;

con mantos etéreos, de gasas brillantes,

la selva que nido les da a los amantes

velando sus goces, piadosas cubrid!

Florecen los valles y el bosque frondoso.

Ya el negro racimo cayó en el lagar,

y en ondas purpúreas el jugo espumoso,

corriendo entre flores sin paz ni reposo,

ya es rápido río, ya es fúlgido mar.

Las greyes aladas con plácido anhelo

aspiran sedientas los rayos del sol,

y a la isla encantada dirigen su vuelo,

a la isla dichosa que encumbra hasta el cielo

la frente ceñida de eterno verdor.

Osadas escalan la cumbre distante,

intrépidas surcan las olas del mar,

y audaces volando, con pecho anhelante,

siguiendo van todas la luz fulgurante

del astro de amores que brilla triunfal.

MEFISTÓFELES

Ya duerme. Os doy gracias mil

por tan magistral concierto.

¡Bien lo hechizasteis, por cierto,

hijos del aire sutil!

Dadle, en falaz testimonio,

visión que bella le asombre;

duerma y delire: ¡aún no es hombre

para atreverse al Demonio!

Romperé de esta prisión

el sortilegio inclemente.

¿Qué me falta? Solamente

un colmillo de ratón.

¿Un ratón? Asoma ya

el negro hocico. Al conjuro

apelaré, y es seguro

que al momento acudirá.

El gran Señor de ratas y ratones,

de moscas, y mosquitos y moscones,

te previene que vengas obediente,

y en el umbral aquel hinques el diente.

Ya viene: ¡al trabajo! ¡Así!

Del signo avasallador

es el ángulo exterior

el que me retiene aquí.

Muerde y roe a tu placer:

poco falta; ya está hecho.

Duerme y sueña satisfecho

Fausto: adiós, ¡hasta más ver!

FAUSTO, _despertando_

¡Todo fue mera ilusión!

¡Todo se ha desvanecido!

¿Qué te hiciste? ¿Dónde has ido,

encantadora visión?

Pero, loco estoy: ¿qué hablo?

Nada pasó en este encierro.

¡Nada! Se ha escapado el perro,

y he visto en sueños al Diablo.

[Ilustración]

[Ilustración]

GABINETE DE ESTUDIO

FAUSTO Y MEFISTÓFELES

FAUSTO

¿Llaman? Entrad. ¿Qué importuno

me busca?

MEFISTÓFELES

Yo soy quien llamo.

FAUSTO

Entrad, pues.

MEFISTÓFELES

Dilo tres veces.

FAUSTO

¡Entrad al fin, voto al Diablo!

MEFISTÓFELES

Así me gustas, y entiendo

que ya entendiéndonos vamos.

Por disipar tus quimeras,

aquí estoy, hecho un hidalgo,

con rico traje de grana,

de oro fino recamado,

la breve capa de seda,

la suelta pluma de gallo,

y el luengo, tajante acero

pendiente al izquierdo flanco.

Viste tú las mismas galas,

sin detenerte a pensarlo,

y ven a correr el mundo,

libre, contento y ufano.

FAUSTO

Fausto: Primera parte · 第 4 / 11 段