Goethe, Pedro Cornellius, artista famosísimo luego en Alemania,
y que entonces solo contaba veintidós años, dibujó doce láminas,
representando los principales pasajes del poema, que fueron muy
celebradas. En 1828, para ilustrar una edición hecha en París,
el romántico pintor Eugenio Delacroix dibujó otras diez y siete
composiciones, que fueron litografiadas, con igual éxito. También
el renombrado pintor de aquel tiempo y de aquel país Ary Scheffer
tomó la historia del Doctor Fausto como asunto de algunos de sus
principales y más aplaudidos cuadros.
Para completar esta obra, a las artes del diseño se ha unido el arte
lírico. La historia del Doctor y de su amante infortunada pareció
tema apropiado y fecundo a los compositores de música dramática, y se
han escrito muchas óperas con este argumento.[19] Gounod las ha hecho
olvidar todas con su hermoso _spartitto_, que reina sin rival hasta las
orillas del Rin. El Fausto generalmente conocido en España no es el de
Wolfango Goethe, sino el de Carlos Gounod. Y como este famoso maestro,
aunque ha compuesto una obra verdaderamente inspirada, no acertó a
traducir bien la del gran poeta, dije y repito que esta es mal conocida
entre nosotros.
[19] En 1814 se cantó en Alemania una ópera titulada _Faust leben
und thaten_ (_Vida y hechos de Fausto_), con música de Strauss;
en 1815, otra del maestro Licki, con el título de _Faust Leben,
Thaten und Höllenfahrt_ (_Vida, hechos y viaje al Infierno de
Fausto_); en 1818, otra sobre el mismo asunto, de Spohr; en 1820,
de Seyfried; en 1831, de Lindpainter, y en 1836, de Rietz. De
todas ellas, la única que tuvo gran éxito y se extendió por toda
Alemania, es la de Spohr, juzgada aún hoy día como obra maestra
de la música germánica. En Francia, el compositor Béancourt
compuso una ópera, sobre el argumento de _Fausto_, que se cantó
en París el año 1827, y otra Angelina Bertin, cantada allí
también en 1831. En Bruselas se cantó el año 1834 otra ópera
de _Fausto_, compuesta por Pellaert. La ópera de Gounod, cuyo
libreto escribieron MM. Carré y Barbier, se estrenó en París el
año 1869.
Hay en esa impropia traducción musical deficiencias que no son culpa
del compositor, sino de la ineficacia del arte lírico. Hoy se le da a
este arte exagerada importancia, y se le atribuyen facultades de que
se halla privado. Feliz expresadora de sentimientos, la música solo
alcanza a indicar las ideas de una manera muy vaga. El autor que mejor
domine los misterios del contrapunto no acertaría a explicarnos con
fusas y corcheas la desesperación del Doctor Fausto, su hastío de la
vida, su desconfianza de la ciencia, su anhelo de derramar el espíritu
en la naturaleza y apoderarse de ella. Esta poesía está muy por encima
de todas las _arias_ del mundo.
Así es que el Fausto de Gounod pierde toda su grandeza intelectual,
todo el carácter profundamente humano del personaje de Goethe; y solo
nos interesa cuando, después del prólogo insignificante en que se
opera su transformación, el Doctor rejuvenecido se lanza a la aventura
amorosa, como un _tenor_ cualquiera.
La música expresiva, apasionada, sensual en ocasiones, algún tanto
mística en otras, grata siempre al oído, del compositor francés,
ha dado gran relieve a los amores de Fausto y Margarita y a la
intervención siniestra de Mefistófeles en ellos; pero con un arte
muy distinto del de Goethe. En este domina la naturalidad: nunca
se ha escrito una historia de amores con elementos y recursos más
sobrios; nada hay que semeje menos a una heroína de novela o drama,
que la pobre Margarita. Un arte exquisito y recóndito ha trasladado
al poema con audacísima desnudez, sin preámbulos ni comentos, las
que parecen escenas vulgares de la vida real; y resultan --ese es el
secreto del genio-- dotadas de la mayor belleza ideal. En la obra
de Gounod esa artística sencillez esta sustituida por el énfasis y
el efecto aparatoso. La sensibilidad, que palpita ingenua y casi
inadvertida en el poema, es reemplazada en la ópera por el afectado
sentimentalismo. La imagen tan graciosa, tan viva, tan natural de la
infeliz doncella enamorada, se convierte en la figura rígida, romántica
y casi fantástica de aquella Margarita de guardarropía, que con los
ojos entornados y las trenzas sueltas atraviesa la escena con pausada
solemnidad, o canta con extraña prosopopeya la canción del rey de
Thule, dando vueltas acompasadas al torno. Mefistófeles suple con su
deforme jeta, sus ademanes estrambóticos y sus carcajadas estridentes
la mordaz ironía que escapa a la expresión musical; Fausto, despojado
de las dudas de la inteligencia y las luchas de la voluntad, queda
reducido al papel de vulgar galanteador; y hasta el tipo, tan hermoso
y verdadero, del leal Valentín, diseñado por Goethe en unos cuantos
versos, se afemina cantando romanzas sentimentales. Buena ópera, pues,
la de Gounod; pero mala traducción del libro de Goethe; por eso no
gusta en Alemania.[20]
[20] Ahora está cobrando fama otra ópera con el argumento de
FAUSTO, escrita con el título de _Mefistófeles_ por Enrique
Boito, compositor italiano, pero discípulo de Ricardo Wagner. Fue
estrenada con muy mal éxito en Milán el año 1868, pero en 1875
volvió a cantarse en Bolonia, y gustó mucho. Desde entonces corre
con aplauso por los teatros cisalpinos y transalpinos. Esta ópera
abarca todo el poema de Goethe: el primer acto es el prólogo en
el cielo; el segundo la Pascua y la aparición de Mefistófeles;
el tercero los amores de Margarita; el cuarto la aparición de
Helena; el quinto la muerte de Fausto y la salvación de su alma.
El libreto se ha ajustado todo lo posible a las escenas del
texto a que se refiere, y la música aspira a traducirlas con
exactitud. No puedo juzgarla, porque no la he oído. En Italia,
como digo antes, no gustó al principio esta ópera; pero después
apreciáronse sus bellezas y ha entrado en el repertorio. En
Barcelona se cantó el año pasado con buen éxito, y ahora está
ensayándose en el Teatro Real de Madrid. El título me parece
impropio: Mefistófeles no es ni puede ser el protagonista de
esta tragedia; ese ser infernal solamente nos interesa por su
intervención en los asuntos de Fausto, que ha de figurar siempre
como principal personaje de esta historia.
En la esfera del arte musical, mejor que las composiciones teatrales
han traducido la obra de Goethe obras no destinadas a la escena, y
cuyos autores tentaron una interpretación interior y profunda del
poema. En este caso está, principalmente, el _Faust_, de Schumann,
vasta composición, que no llegó a terminar aquel célebre maestro. Es
una serie de escenas en que hay solos, coros y fragmentos orquestales,
compuestos, no para la representación teatral, sino para conciertos.
Quizás nadie ha interpretado musicalmente de una manera tan exacta y
tan íntima como Schumann el pensamiento del genio de Weimar.[21]
[21] Hacia el año 1853 comenzó a escribir Schumann estas escenas,
y le sorprendió la muerte sin haberlas concluido. Quedó terminada
la _obertura_. De la primera parte de la tragedia (último trabajo
del autor) solo tenemos la escena del jardín, la de la iglesia y
la plegaria de Margarita; en la segunda parte sobresalen el coro
de espíritus que velan a Fausto, el canto de Ariel, y la muerte
del Doctor. En la parte tercera, el músico se eleva tanto como
el poeta: los cantos del _Pater estaticus_, el _Pater profundus_
y el _Pater seraphicus_, de los ángeles llevándose el alma de
Fausto, del _Doctor Marianus_, el himno a la Virgen y el inmenso
_Hosana_ final son páginas maravillosas.
Esta difícil empresa sedujo también a Ricardo Wagner: a los diez y
ocho años compuso siete escenas sueltas sobre el _Fausto_. Luego
escribió una _obertura_ con ánimo de hacer una ópera completa; pero
desistió después de ello, limitándose a refundir aquella _obertura_,
convirtiéndola en un poema sinfónico, obra magistral de energía
y fuerza psicológica.[22] También debemos al afamado Listz una
composición puramente sinfónica sobre el mismo asunto.[23]
[22] La _Obertura_ de Wagner, en la forma que ha quedado, data
del año 1855.
[23] La _Faust-Symphonie_ fue compuesta por Listz en Weimar
el año 1854. Consta de tres tiempos: el primero representa el
carácter inquieto e insaciable del Doctor; el segundo, la dulce
impresión que le produce Margarita; el tercero, la naturaleza
diabólica de Mefistófeles. Esta obra es de mucho efecto musical,
y tiene el sello del autor; pero no es de inspiración muy elevada.
En Francia, el romántico Berlioz nos dio en su _Damnation de Faust_ una
de las versiones artísticas de la tradicional leyenda que han adquirido
mayor relieve. Es más exterior que la de Schumann, aunque limitada
también a música de concierto. No siguió el compositor francés el plan
del poeta alemán, e hizo morir condenado y desesperado al insaciable
Doctor.[24] Todos estos poemas sinfónicos son muy apreciados por los
amantes de la música; pero, en España, para el gran público, como dicen
los galiparlantes, el _Fausto_ musical, el que todos conocen y por el
cual todos están impresionados, es el de Gounod.
[24] Comenzó Berlioz esta obra hacia el año 1828, cuando aún no
había aparecido la segunda parte del _Fausto_; la terminó en
1846. Aunque no estaba destinada a la escena, ha sido llevada al
teatro.
Posible es que, impresionados algunos de mis lectores por el tono
enfático y la disposición aparatosa de las escenas de la ópera,
queden sorprendidos y descontentos de la natural sencillez con que
esas mismas escenas se presentan en el poema; pero pronto quedará
vencida esa prevención por la superioridad de un arte tan profundo,
como parco, si por fortuna he acertado a trasladar al castellano con
exactitud el pensamiento del autor, y de una manera aproximada el tono
que dio a su expresión. No es difícil lo primero; sí lo segundo; y en
vencer esa dificultad me he esforzado. Impedir que decaiga en trivial
lo natural, solo es dado a ingenios de mucha valía, y desconfío de
haberlo conseguido. Mi propósito ha sido dar carta de ciudadanía en
nuestra patria literatura a la gran creación de Goethe; y entiendo
que para ello no basta verter en palabras castellanas, elegantes y
significativas, lo que escribió en lengua germánica el insigne vate:
hay que acomodar la expresión a la índole peculiar de nuestra Poética;
hay que darle sabor verdaderamente castellano. Tratándose de un poema
de forma dramática, no podía ni debía olvidar la enseñanza de nuestro
glorioso teatro, el de aquel Fénix de los ingenios y de aquel ilustre
Calderón, tan admirados ambos por el mismo Goethe. El diálogo escénico
está formado en España por esos modelos inmortales, y me parece que no
es impropiedad ni irreverencia seguir, aunque de lejos, sus huellas
para sacar a las tablas las figuras más famosas del Parnaso alemán. No
quiero decir con esto que trate de añadir a la obra traducida galas
impropias de ella, sino que en la elección de metros, en el aire y
en el tono de las escenas, en algunos giros del estilo, he seguido
la escuela de nuestra dramática nacional, para que, como decía al
principio, vistan a la usanza española los personajes de Goethe.
* * * * *
Y puesto que vuelvo al comienzo sin pensarlo, señal es de que está
terminado el asunto, y me despido de ti, amigo Vicente, y de los que
leyeren esta carta-prólogo, deseando que todos ellos sean para mí tan
benévolos como lo fuiste tú siempre, y rogando a los que adviertan los
defectos de mi traducción que me otorguen la merced de decírmelos, para
corregirlos, si es posible, y no son tantos que me hagan renunciar a la
esperanza de sacarla nuevamente a luz, limpia de sus manchas y lunares.
TEODORO LLORENTE.
Valencia, 31 de diciembre de 1882.
[Ilustración]
[Ilustración: Fausto Tragedia]
[Ilustración]
DEDICATORIA
Tornáis de nuevo, hermosas imágenes flotantes,
que dulce y melancólico un día contemplé.
¿Asiros y teneros podré feliz como antes?
¡Aún vuela hacia vosotras el alma cuando os ve!
Venid, y medio envueltas en el brumoso velo,
a mi poder sumisas, girad en derredor;
el corazón aún late con juvenil anhelo,
si aspira vuestro mágico aliento hechizador.
Hoy vuelven de otro tiempo mejor la alegre historia,
y las risueñas sombras de la feliz edad,
y como añejo cuento, perdido en la memoria,
sus cándidos amores, su crédula amistad;
y aquel hondo lamento que en las revueltas vías
de la existencia, amargo, del corazón brotó,
y los queridos seres que en venturosos días
la momentánea dicha traidora nos robó.
No escucharéis gozosos mi renaciente canto,
vosotros para quienes la cítara pulsé;
deshízose ¡ay! el coro que comprendió su encanto,
apenas apagándose el eco débil fue.
Hoy mis acentos oye tropel desconocido,
y hasta su mismo aplauso me hiela el corazón;
los pocos que a mi canto prestaran el oído,
si alientan, lejos viven en triste dispersión.
Al reino de los puros espíritus me impulsa
afán en mí dormido, que despertando va;
mas, como el arpa eolia, que un soplo errante pulsa,
incoherentes notas mi labio al viento da.
Del alma opresa brotan suspiro tras suspiro;
ternura enervadora siento surgir en mí:
cuanto poseo y gozo como apariencia miro,
y como bien presente cuanto gocé y perdí.
[Ilustración]
[Ilustración]
PRÓLOGO EN EL TEATRO
EL DIRECTOR, EL POETA DRAMÁTICO, EL GRACIOSO
EL DIRECTOR
Decid, buenos amigos,
de mi afán camaradas y testigos,
de nuestra empresa, entre alemana gente,
¿qué pensáis? Es mi anhelo preferente
al público dar gusto:
pues que vivimos de él, nada más justo.
Con los postes y tablas bien dispuesta
está la sala: en apretadas filas
aguarda el auditorio una gran fiesta;
eleva el ceño, ensancha las pupilas
y mudo espera --¡gente bondadosa!-- que
venga a sorprenderle cualquier cosa.
En complacer al público soy ducho;
mas tranquilo no estoy, no estoy sereno:
es verdad que no ha visto nada bueno;
pero, en cambio, esa gente ha visto mucho.
¿Cómo lo dispondremos, de qué modo,
para que nuevo le parezca todo?
Porque me esponjo viendo que a torrentes,
cuando luce aún el sol y dan las cuatro,
la multitud, con gritos impacientes,
pugna en la angosta puerta del teatro;
y como en la tahona, en días de hambre,
pelea por un pan furioso enjambre,
en la taquilla así, por un asiento,
el puño esgrime el pueblo turbulento.
Tanto poder sobre la grey inquieta
no más lo tienes tú, feliz poeta:
repite hoy, pues, el sin igual portento.
EL POETA
No me hables de esa, que la austera Musa
siempre huyó con horror, turba insensata;
¡lejos de mí la multitud confusa
que al abismo fatal nos arrebata!
Llévame allá do en limpios resplandores
nos brinda el cielo goce soberano;
do la dulce amistad y los amores
obran y crean con divina mano.
Lo que allí el labio trémulo murmura,
lo que allí sueña el alma delirante,
tal vez sublimidad, tal vez locura,
lampo es quizás, que se apagó al instante.
Pero a veces también duerme el profundo
sueño, siglos y siglos, del olvido,
y aparece después y asombra al mundo
del esplendor de la beldad ceñido.
Lo brillante, que viste oropel vano,
fugaz momento dura; pero el sello
de la inmortalidad ostenta ufano
y para el porvenir vive lo bello.
EL GRACIOSO
¡El porvenir! ¡El porvenir!... ¡Manía!
Si yo en el porvenir también pensase,
a los presentes --¡respetable clase!--
¿quién los divertiría?
Quieren reír, y con razón. Da gozo
ver salir a las tablas un buen mozo;
y si sabe expresar su pensamiento,
¿para qué otro recurso?
Cuanto más numeroso es el concurso,
lo conmueve mejor. Tomad aliento
y obrad con energía.
Suelta dad a la errante Fantasía;
la Razón, la Agudeza, el Sentimiento
vayan en seguimiento;
y si queréis que la obra satisfaga,
la loca Insensatez no quede en zaga.
EL DIRECTOR
Procurad, ante todo,
que la acción sea vasta y estupenda:
el vulgo, a cuyo gusto me acomodo,
quiere ver mucho, aun cuando no lo entienda.
Si embrolláis vuestra fábula de modo
que el abobado espectador se asombre,
la victoria es cabal; sois el gran hombre.
A muchos, dadles mucho. Bien presente
tened que cada cual algo desea
hallar en la obra que a su afán se ajuste:
cuanto más varia y complicada sea,
más fácil será, pues, que cada oyente
encuentre alguna cosa que le guste.
Pensar en unidades es simpleza;
servidnos bien trinchada vuestra pieza:
¿por qué buscar armónico conjunto,
si cada cual os lo destroza al punto?
EL POETA
¡Industria degradada
a la que nunca se doblega el Arte!
La de los charlatanes tropa osada
¿ya os puso de su parte?
EL DIRECTOR
Impropio es tal reproche:
¿no ha de tomar el operario en cuenta
cuál será la más útil herramienta?
¿Para quién escribís? Aquí la noche
pasa el que sufre el tedio de la holganza,
el que llenó, en hartazgos nada módicos,
de pesado manjar la oronda panza,
o el menguado caletre de periódicos.
Vienen como al paseo,
al circo o a las máscaras: la inquieta
curiosidad les guía, o la costumbre.
Las bellas, con sus galas y su arreo,
nos dan otro espectáculo. Poeta,
¿qué es lo que sueñas en la excelsa cumbre?
¿Te envanece quizás el teatro lleno?
Baja y mira tu gente:
este se maravilla, al arte ajeno;
aquel, docto, bosteza indiferente.
Hay quien está soñando en los tesoros
que le brindan las copas o los oros;
hay quien pensando goza
que le aguardan los brazos de su moza.
¡Por ellos, vates, molestáis con grave
ansia a la Musa en su región serena!...
Dadnos mucho, y aún más, y aún más, si cabe:
ese es todo el secreto de la escena.
Satisfacer al auditorio es cosa
asaz dificultosa:
entretenedlo, divertidlo. Pero
¿qué tenéis? ¿Qué os acosa?
¿Es júbilo? ¿Es dolor?...
EL POETA
¡Vete, profano!
¡Vete! Romper mi servidumbre quiero.
Por llenar tu gaveta,
¿a conmover el corazón humano
renunciará el poeta?
Ese poder que el sentimiento excita,
ese poder que irrita
los rudos elementos y los calma,
es la armonía que en su ser palpita
y el mundo encierra en su alma.
Mientras Naturaleza indiferente
la hebra retuerce con dormida diestra
de la efímera vida renaciente;
mientras de opuestos modos,
en confusión siniestra
se agitan sin cesar los seres todos,
¿quién a la desacorde muchedumbre
el ser arranca, que distinto vive,
y en él enciende, porque al mundo alumbre,
la excelsa idea que inmortal concibe?
¿Quién de la audaz pasión fulmina el rayo?
¿Quién de sereno encanto el cielo viste
cuando en suave desmayo
halaga el sol poniente al ojo triste?
¿Quién deshoja tus flores, dulce mayo,
de la adorada virgen en la falda?
¿Quién de las ramas, viento, que despojas,
para todos los triunfos, en guirnalda
eterna teje las caducas hojas?
¿Quién el Olimpo crea
y convoca en su cima a las deidades?
La oculta fuerza de la humana idea
que revela el poeta a las edades.
EL GRACIOSO
Usad tan poderosas facultades;
la fábula forjad como querella
amorosa: se encuentran él y ella,
brota la chispa y vuelve de rechazo,
crece el sabroso anhelo,
se estrecha el tierno lazo,
insta el afán, y la razón el tino
pierde; sube el placer al quinto cielo;
y en esto, cuando nadie lo recela,
acude el desencanto repentino,
y acaba la novela.
Trazad por ese estilo un argumento.
Os da la humana vida larga tela;
cicatriz tienen todos escondida:
poned el dedo en la llagada herida,
y el ansioso interés surge al momento.
Muchos tropos, imágenes y flores;
de verdad una chispa, un mar de errores:
veréis cuán dulce sabe
al paladar del vulgo ese jarabe.
Veréis cómo devora vuestro cuento
el de la juventud crédulo coro,
a cada frase palpitando atento.
En vuestro verso fingirá sonoro
un eco cada tierno sentimiento,
y cada oyente, con feliz zozobra,
lo que hay en su alma lo verá en vuestra obra.
La sonrisa y el llanto
fáciles brotan a tan dulce encanto,
y ya el aplauso embriagador escucho.
Duro es de conmover el hombre ducho;
mas contad con el nuevo
corazón entusiasta del mancebo.
EL POETA
Vuélveme, pues, al venturoso día
en que el futuro bien me sonreía;
cuando de nobles cantos la copiosa
fuente brotaba, y ocultaba pía
el mundo nube de zafiro y rosa.
Vuélveme al tiempo aquel en que las flores
brotaban a mi paso, siempre bellas;
y cada vez mejores,
fragancias y matices y esplendores
mi no saciado afán hallaba en ellas.
Nada tenía, ni pedía al cielo;
para mí era bastante
de la verdad el generoso anhelo,
la eterna sed de la ilusión brillante.
Vuélveme la pasión nunca vencida;
la dicha humana, que profunda gime;
la fuerza que hace, al despertar la vida,
sangriento el odio y el amor sublime:
¡dame otra vez la juventud perdida!
EL GRACIOSO
¡La juventud! ¿Y para qué la quieres?
Si en dura lid acometido fueres;
si una mujer en torno de tu cuello
tendiera el brazo bello;
si allá en lejana meta
la que audaz ambiciona
el generoso atleta
vieras brillar, olímpica corona;
si tras la danza inquieta
te brindara la copa loca orgía,
llorar la juventud justo sería.
Pero en cítara de oro
el vuelo de la libre fantasía
seguir y el canto acompañar sonoro,
tarea, ¡oh mis señores los ancianos!,
es adecuada a vuestras flacas manos.
Leí en libros añejos
que niños otra vez se hacen los viejos;
mas yo diré, si a la verdad me ciño,
que al hombre la vejez sorprende aún niño.
EL DIRECTOR
Ya de cháchara inútil basta y sobra;
cerrad el pico, y manos a la obra.
Mientras charlabais, algo de provecho
pudierais haber hecho.
¿De qué sirve la hueca teoría,
si, de valor desnuda,
la incertidumbre duda?
¿Poeta sois? Pues dadnos poesía.
Qué gusta al vulgo ¿lo ignoráis acaso?
Pide su paladar licor hirviente;
hasta los bordes, pues, llenadle el vaso;
lo que hoy no hagáis, mañana os saldrá al paso,
y un día habréis perdido tristemente.
Una idea coged por los cabellos:
en nuestra patria escena
todo novel autor su drama estrena;
haced lo que hacen ellos.
Compasión no tengáis del tramoyista:
mudad decoraciones;
haced brillar a nuestra absorta vista
la luz del cuarto y la del quinto cielo,
y sin ningún recelo
derramad las estrellas a millones.
La escena está provista
de riscos y de selvas y cascadas,
de aves, monstruos y fieras.
En esas cuatro tablas mal pintadas,
orbes amontonad, cielos y esferas;
y en vuelo cadencioso,
desde el opaco mundo,
remontadnos al cielo esplendoroso
y hundidnos en el báratro profundo.
[Ilustración]
[Ilustración]
PRÓLOGO EN EL CIELO
EL SEÑOR,
_los_ EJÉRCITOS CELESTIALES. _Después_ MEFISTÓFELES.
_Los tres_ ARCÁNGELES _se adelantan_
RAFAEL
Une su añejo ritmo a la armonía
de la celeste esfera el sol sereno,
y exacto sigue la prescrita vía
con los potentes ímpetus del trueno.
Presta vigor al Ángel su mirada,
aunque él en vano sondearla intente:
como al salir risueña de la nada,
la obra inmensa de Dios brilla esplendente.
GABRIEL
Con rapidez inconcebible gira
la Tierra, fulgurante de hermosura,
y la luz del Edén rápida mira
trocada en noche tétrica y oscura.
Y el mar contra las rocas espumante
estrella pertinaz sus aguas locas,
y en el eterno círculo incesante
rodando van al par aguas y rocas.
MIGUEL
Del mar la tempestad corre a la tierra,
y de la tierra al mar vuelve rugiendo;
y en órbita fatal al mundo encierra
con fiero afán y encadenado estruendo.
Luto y desolación, terror y espanto,
el rayo, al estallar, delante envía;
pero tus mensajeros, ¡oh Dios santo!,
el curso alaban de tu hermoso día.
LOS TRES ARCÁNGELES
Presta al Ángel vigor vuestra mirada,
aunque él en vano sondearla intente;
como al salir risueña de la nada,
aún vuestra obra, Señor, brilla esplendente.
MEFISTÓFELES
Señor, pues aún a nosotros
te aproximas complaciente,
y lo que pasa allá abajo
con mil preguntas inquieres,
aquí, en medio de tus siervos,
de nuevo, Señor, me tienes.
Perdona; a mis labios faltan
palabras grandilocuentes;
pero, aunque el público silbe,
como pueda explicareme.
Reír a las mismas piedras
hiciéranles mis sandeces;
mas tú por nada del mundo
la gravedad, Señor, pierdes.
Comienzo, y nada te digo
del sol, astros ni satélites:
yo en el orbe solo veo
al mortal y sus reveses.
Ese Dios diminutivo
del pobre globo terrestre,
guarda inmutable el tipo
de su ridícula especie,
y aún hoy, como el primer día,
me maravilla y divierte.
Tan desdichado no fuera
si en su envanecida mente
no hubieras puesto el reflejo
de tu resplandor celeste.
_Razón_ lo nombra, y le sirve
para ser el más imbécil
de los que orgulloso y fatuo
llama irracionales seres.
Con permiso de tu Alteza,
a mí el hombre me parece
el cigarrón que en el campo
salta y canta eternamente,
siempre con los mismos brincos,
con la misma canción siempre.
¡Y ojalá solo en la hierba
arrastrase inquieto el vientre!
Pero en toda porquería
la atrevida nariz mete.
EL SEÑOR
¡Siempre es igual tu querella!
¿Nada más decirme quieres?
¿Nada bueno has encontrado
en el mundo?
MEFISTÓFELES
Francamente,
hallo hoy el mundo tan malo
cual pareciome otras veces.
Compasión me dan, no envidia,
los hombres y las mujeres;
y ya tentar me repugna,
Señor, a esa pobre gente.
EL SEÑOR
¿Conoces a Fausto?
MEFISTÓFELES
¿A Fausto
el Doctor?
EL SEÑOR
¡Mi siervo!
MEFISTÓFELES