Esta es, en pocas palabras y a grandes rasgos, la historia d

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* Se han desplazado muy ligeramente algunas ilustraciones para que no

interrumpan un párrafo o una estrofa.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas tras el

párrafo en que aparece su llamada.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

FAUSTO

[Ilustración]

[Ilustración: Retrato dibujado por G. M. Krauss (Weimar, 1776)]

FAUSTO

TRAGEDIA DE

JUAN WOLFANGO GOETHE

PRIMERA PARTE

TRADUCIDA POR TEODORO LLORENTE

_Nueva edición ilustrada por los mejores artistas alemanes, revisada

por el traductor y seguida de una reseña de la segunda parte de la

tragedia_

BARCELONA

--

MONTANER Y SIMÓN, EDITORES

CALLE DE ARAGÓN, NÚM. 255

1905

ES PROPIEDAD

[Ilustración]

CARTA

QUE SIRVIÓ DE PRÓLOGO PARA LA PRIMERA EDICIÓN

A VICENTE W. QUEROL

Decídome al fin, querido Vicente; cedo a tus instancias y a las de

otros buenos amigos, demasiado buenos quizás para ser en esta ocasión

imparciales y discretos. A las prensas va, tras luengas dudas e

incertidumbres, mi traducción del FAUSTO: si hago mal, vuestra será la

culpa, aunque solo yo pague la pena. ¡Perdona, oh Júpiter de Weimar,

insigne Goethe! ¡Perdona el atrevimiento, y quiera Dios que no llegue

a la categoría de desacato! Tu famoso Doctor sale de nuevo a campaña,

por estas tierras españolas, vestido a la usanza de los galanes de

Cervantes, de Lope y Calderón: gallarda usanza, si la gentil ropilla no

le ajusta desgarbadamente por los pecados de un mal sastre remendón.

Mientras llegan --que sí llegarán-- los sinsabores de la crítica,

¡qué deleitosa fruición, amigo mío, la de este pasajero retorno a los

estudios que fueron el encanto de nuestros mejores años! Al buscar,

allá en olvidado rincón, entre un fárrago de papeles viejos, llenos

de versos y de borrones, las revueltas cuartillas en que palpitan

los amores, las quimeras y los tormentos de la pobre Margarita y el

insaciable Fausto, al tropezar de nuevo con un cúmulo de inconexa

poesía, de ensayos abandonados, estudios interrumpidos, tentativas

audaces, abortos desdichados, engendros que quizás hubieran podido

vivir, frutos mal sazonados todos ellos de la dichosa, de la arrogante

juventud, surge hermosa, sonriente y un tanto melancólica, del fondo

plácido de los recuerdos, aquella juventud ya lejana; y tu nombre viene

a mis mientes, y pasa de ellas a los filos de la pluma, que parece

buscar por sí misma el papel, para comunicarte y compartir contigo tan

gratas impresiones.

* * * * *

¿Te acuerdas de aquellos alegres días, cuando nos encontrábamos en los

claustros de la Universidad, y olvidando la _Instituta_ de Justiniano

o el _Ordenamiento de Alcalá_, nuestras almas, como pájaros que ven

la jaula abierta, volaban juntas por los cielos esplendorosos de

la poesía? ¿Te acuerdas de la fiebre con que leíamos y devorábamos

cuantos versos caían en nuestras manos, produciéndonos igual entusiasmo

las patrióticas odas de Quintana, las borrascosas inspiraciones de

Espronceda, o los legendarios relatos de Zorrilla? Antiguos o modernos,

clásicos o románticos, españoles o extranjeros, todos los vates nos

atraían, nos arrastraban, nos llevaban lejos de este mundo, abriéndonos

las puertas del mundo ideal. Epopeya y drama, epigrama y oda, idilio

y elegía, todo nos lo apropiábamos, todo nos lo queríamos asimilar,

sin que bastase nada al impaciente anhelo. El Parnaso español, con

el que nos habían familiarizado los preceptores, fue pronto estrecho

para nosotros; y a los poetas castellanos, sabidos de memoria,

sucedieron los vates extranjeros. Dante, Petrarca, Tasso bajaban de

las espléndidas cimas de la gloria, para guiar nuestros pasos; Camoëns

nos señalaba el dorado camino del oriente; Corneille y Racine nos

iniciaban en la pomposa majestad del teatro francés; Chateaubriand nos

revelaba el nuevo mundo de las fantasías románticas; Lamartine encendía

en nuestra alma el calor de una sensibilidad delicada y triste;

Víctor Hugo arrebataba nuestra imaginación con el ímpetu de su genio

desbordado.

Y aún queríamos más poesía; aún nos atraían con fuerza irresistible

los fantasmas del septentrión, que envuelve Ossián entre nieblas y

tempestades, y las sangrientas tragedias de los Nibelungos, y los

personajes vivientes y apasionados de Shakespeare, y el infierno

tenebroso de Milton, y los cielos brillantísimos de Klopstock, y las

leyendas conmovedoras de Schiller, y las concepciones épicas de Goethe,

y los lamentos sarcásticos de Byron. ¿Te acuerdas? En nuestro punzante

afán, hallábamos pálidas, desabridas, insuficientes las traducciones

españolas o francesas de esos autores; queríamos penetrar más adentro

en sus obras fascinadoras, comprender y forzar su sentido literal,

encontrar y absorber la médula de su pensamiento; y cuando veíamos

abierto ante nosotros el texto original, aquellas palabras exóticas

y enrevesadas, henchidas de sílabas impronunciables, nos provocaban

y atraían, como a Edipo la Esfinge tebana, y con el arranque de la

mocedad irreflexiva, nos lanzábamos a descifrar aquellas para nosotros

sacratísimas letras. ¿Para qué las gramáticas, empedradas de reglas

enfadosas, ni los ordenados vocabularios? Nuestra impaciencia no

consentía más que el indispensable léxico para buscar el sentido de

las palabras desconocidas. Pasando los ojos incesantemente de los

oscuros versos al grueso diccionario, hojeado y desencuadernado con

mano calenturienta, fiando en nuestra intuición mucho más de lo justo,

transcurrían sin sentir largas horas, en las que, del fondo negrísimo

de aquellos extraños vocablos, iban brotando, como de los pliegues de

espesa niebla, las encantadoras imágenes que quedaban grabadas con

rasgos de luz en nuestra imaginación, abstraída en su suprema belleza,

tan arduamente conquistada.

* * * * *

De aquella feliz edad datan --tú lo sabes bien-- mis primeros

ensayos de traducción del FAUSTO. Ajeno estaba entonces a la idea

de publicarla: ponía en versos castellanos los pasajes que más me

impresionaban del poema de Goethe, como traducíamos a retazos otras

tantas obras inmortales, para apoderarnos mejor de ellas. Algunos años

pasaron sin que conociesen aquellos fragmentos más que los amigos de mi

mayor intimidad: parecíame tan grande el atrevimiento, que solamente

podía disculparlo la ausencia de toda pretensión.

Publicáronse después en revistas literarias trozos aislados; y críticos

benévolos instáronme para que completase la traducción; pero la época

dichosa de los fecundos ocios había pasado para mí, y aquel ensayo

quedó casi olvidado.

Diez años ha, las azarosas vicisitudes de nuestra pobre España

producían tal tensión en mi ánimo (afectado por el deber de relatarlas

cotidianamente), que, como distracción saludable de las enojosas tareas

del periódico, incliné la atención a nuestros estudios de la juventud,

y puse la mano nuevamente en el FAUSTO. ¡Cuán descontento me dejaron

aquellas mis primeras versiones! Parecíame, sí, que no reproducían del

todo mal el tono de la famosa tragedia de Goethe; que los soliloquios

o diálogos castellanos daban una idea aproximada de ella; mi obra

en su conjunto, tomada en globo, me producía bastante buen efecto

--perdona la inmodestia--; pero, al descender a los pormenores, al

examinarla escena por escena, al compulsarla verso por verso, ¡qué

serie de contrariedades y desencantos! Presentábaseme como imperdonable

profanación todo apartamiento, no ya de la idea del autor, sino de la

expresión o el molde en que la vaciara: consideraba libertad excesiva

y hasta licencia pecaminosa todo aquello en que la frase traducida se

separaba --como había de separarse muchas veces en una versión rimada--

del texto original. Esto, aparte de la difícil comprensión de algún

punto oscuro, de las variantes entre las traducciones francesas de

Saint-Aulaire, A. Stapfer, Gerardo de Nerval y Enrique Blaze, y la

italiana de Andrés Maffei (que, a pesar de estar escrita en verso,

diome luz en algunos pasajes que aquellas no habían aclarado), me

impuso un trabajo minucioso, reflexivo, frío, de corrección y lima,

con el cual --francamente te lo digo-- no sé si habrá ganado o perdido

la traducción. Habrá ganado, desde luego, en fidelidad y en expresión

exacta; pero me ha sucedido con frecuencia tener que sacrificar a

esas condiciones los versos que me parecían más agradables, tener que

rehacer con dificultad trabajosa trozos en los que había corrido fácil

la pluma, dándoles cierto carácter de naturalidad espontánea.

Incierto y dudoso todavía de mi trabajo, dilo a conocer entonces a

algunos de nuestros primeros escritores y críticos, que le otorgaron su

_exequatur_ de una manera muy honrosa para mí. Diría aquí sus nombres,

en disculpa de mi atrevimiento, si no temiera que lo considerara

alguien como pretendida imposición al fallo del público soberano. Baste

consignar que aquellos autorizadísimos sufragios --y como dije al

principio, tus ruegos y los de otros amigos cariñosos-- moviéronme a

dar a la prensa lo que no se había escrito con este objeto. Aún pasaron

algunos años, aguardando ocasión, que no me ofrecía mi vida atareada,

de dar la última mano a la obra, y de emprender otro trabajo, al cual

tengo que renunciar al fin y al cabo.

El poema de Goethe es digno de estudio detenido, y ha sido objeto, en

Alemania sobre todo, de tantas disquisiciones y comentos, que llenan

muchos volúmenes.[1] Como sucedió con la _Divina Comedia_ en Italia,

y está sucediendo con el _Quijote_ en España, ese espíritu exegético

se ha llevado quizás al extremo de buscar oculto sentido y propósito

trascendental en aquello que escribió el autor, muy ajeno a tan hondas

intenciones; pero, si hay bastante de caprichoso y fútil en tales

supuestos, no deja de ser interesante algo y aun mucho en los escolios

de esas obras maestras del ingenio humano.

[1] E. Dünzer, que hace más de diez años comentaba el _Fausto_,

hizo un catálogo de ciento veintisiete comentadores anteriores a

él.

Quería yo intervenir también en esos pleitos; y con la fácil ayuda de

unos cuantos autores, poco conocidos en España, que esperan la consulta

en un estante de mi librería, lisonjeábame de adquirir a poca costa

nombre de erudito, si no ingenioso y profundo, comentador. Pero lo

dejé para lo último, y ahora me falta tiempo por las prisas que me dan

los editores de la _Biblioteca de Artes y Letras_, encargada de esta

publicación. No hay más remedio, pues, que dejar la erudición en el

tintero, y convirtiendo en prólogo para el público esta que comenzó

siendo carta para ti solo, decir en pocas palabras lo que, ampliamente

explanado y repleto de citas, nombres y fechas, hubiera podido ser

estudio preliminar a la versión castellana del FAUSTO.

* * * * *

¿De dónde nació la idea de ese Doctor famoso, que, descontento de los

limitados medios con que cuenta el hombre en esta vida, y llevado por

sus aspiraciones inasequibles, se da al Diablo para conseguirlas?

Algo de esas ansias perdurables hallamos ya en la antigüedad clásica:

Pigmalión y Prometeo nos dan el ejemplo de la lucha de la humanidad

contra su suerte, del deseo atormentador de lo infinito, de lo ignoto,

de lo sobrenatural, que el hombre quisiera realizar en la tierra por

su propio esfuerzo. La intervención diabólica en esas tentaciones

de nuestra impotencia y nuestro orgullo, aparece después, en los

primeros siglos del cristianismo, en aquellos tiempos de las leyendas

místicas, en las que el mal, para hacerse más patente, toma formas

satánicas en la imaginación exaltada de los creyentes. Entre los

muchos casos de tratos con el demonio, hallamos ya en el siglo tercero

el que refirió primeramente San Gregorio Nacianceno, y ampliaron y

embellecieron después varios agiógrafos, de Cipriano, famoso encantador

de Alejandría, que hizo pacto con el Espíritu infernal, para obtener

el amor de la cristiana Justina; historia que popularizó en Alemania,

en el siglo noveno, Ado, arzobispo de Viena, y de la cual sacó más

tarde nuestro Calderón su comedia _El Mágico prodigioso_, sobre cuyas

conexiones con el poema de Goethe ha escrito poco ha un libro muy

apreciable el Sr. Sánchez Moguel.[2]

[2] _Memoria acerca de_ EL MÁGICO PRODIGIOSO _de Calderón, y en

especial sobre las relaciones de este drama con el_ FAUSTO _de

Goethe, por D. A. Sánchez Moguel_, catedrático de literatura

española en la Universidad de Zaragoza. Madrid, 1881. Esta obra

fue escrita para un certamen que abrió la Real Academia de la

Historia con motivo del Centenario de Calderón, y habiendo

obtenido el premio, fue publicada a expensas de dicha Academia.

Su erudito autor opina que _El Mágico Prodigioso_ solo tiene

relaciones muy indirectas con el _Fausto_ de Goethe.

En esa y otras leyendas parecidas estaban los primeros elementos

de la historia del Doctor Fausto; pero es el caso que aquellos

elementos tomaron cuerpo en un individuo de este nombre, que tuvo

vida real y fue convertido por la inventiva popular en personaje tan

extraordinario como famoso. En la primera mitad del siglo XVI hubo en

las Universidades alemanas un Doctor Fausto, dado a la vida alegre

y bulliciosa, que ganó fama de alquimista y brujo, y después de una

existencia desordenada, murió trágicamente. Apenas muerto, corrió

la voz de que se lo había llevado el Diablo, y en 1587 se daba a la

estampa por primera vez su historia, llena de aventuras descomunales.[3]

[3] _Historia von D. Johann Fausten, dem weitbeschreyten Zauberer

und Schwartzkünstler_, impresa por Juan Spies, en Francfort del

Mein.

Es curiosísimo este primer libro del Doctor Fausto, y si no quisiera

reducir a cortas páginas este prólogo, hablaría de él largamente a mis

lectores, para que viesen lo que ha dado la tradición a la tragedia

de Goethe, y lo que ha puesto en ella el genio del poeta. La historia

del descreído Doctor escribiose con la idea de apartar a los buenos

creyentes de tentaciones peligrosas, presentándoles aquella víctima

del Espíritu malo. ¿Proponíase el autor, como indican escritores de

nuestros días, combatir el afán de novedades, que alentaba en aquellos

tiempos la Reforma religiosa? No me parece de tanto alcance aquel

libro devoto. El Juan Fausto de esta leyenda era en verdad peritísimo

en las ciencias más sutiles y doctor profundo en Teología; pero no

se perdió por ese camino, sino por ser hombre mundano, libertino e

incrédulo, que para gozar la vida a sus anchas, estudió ciencias

ocultas en la gran escuela de magia de Cracovia, y renunciando a las

Letras Sagradas, llamose Doctor en Medicina, astrólogo y matemático.

En un bosque cercano a Wittenberg evocó cierta noche al Diablo, que

con gran aparato de fuego presentose al fin, bajo la forma de un

fraile gris, y dijo llamarse Mefistófeles. Arreglose el pacto, escrito

con sangre de Fausto, que ofreció su alma al Espíritu infernal para

dentro de veinticuatro años; y al cabo de este tiempo, tras una vida de

desenfrenados goces, reventó lastimosamente el pobre Doctor, después de

una cena, a la cual convidó a sus amigos y discípulos de libertinaje,

para darles cuenta de que se acercaba su última hora, sin que le

valiese para evitarla su tardío arrepentimiento.

El piadoso autor de la historia horripilante, que se complace en pintar

con colores vivísimos las apariencias infernales y los pormenores de

la muerte de Fausto, no nos dice gran cosa de las felicidades que

el Diablo le procuró, ni de la satisfacción que halló en ellas. Lo

más interesante, de lo poco que nos cuenta, es la aparición de la

hermosísima Helena, que el Doctor hizo acudir a una de sus comilonas,

a ruegos de sus comensales, y de la cual quedó tan prendado, que la

obligó a volver, y de ella tuvo un hijo, a quien llamaron Justo Fausto.

He ahí el germen, menudo e insignificante, de la segunda parte del

poema de Goethe, de aquella concepción grandiosa, en que el mundo

helénico y el mundo germánico se contraponen y se completan de una

manera tan nueva como poética.

La vida de Juan Fausto hízose desde luego popularísima en Alemania.

Repitiéronse las ediciones, redactáronse nuevas historias del Doctor,

publicose la de su discípulo Cristóbal Wagner, y antes de concluir el

siglo XVI corrían ya traducidos estos libros por Holanda, Dinamarca,

Inglaterra y Francia. La leyenda era pueril y tosca; pero había en

ella algo que impresiona fuertemente al corazón humano. Existe en él

predisposición a admirar, aunque la razón las condene, toda audacia del

espíritu, toda temeraria ruptura de las sujeciones que nos oprimen.

Por eso pareció siempre tan grande la figura de Prometeo robando

el fuego celeste; por eso el Doctor Fausto, como el Burlador de

Sevilla, aunque sentenciados a las llamas eternas, con beneplácito y

contentamiento de los que en el libro o el teatro seguían el curso de

sus abominables desaguisados, ejercieron siempre sobre el público la

atracción siniestra del abismo. Sería interesante estudiar cómo han ido

creciendo y agigantándose en la imaginación popular esas dos grandes

figuras legendarias; qué fondo común hay en ellas; cómo las diversifica

el carácter peculiar de los pueblos que las han creado en las orillas

risueñas del Guadalquivir y en las riberas nebulosas del Rin; qué

cambios ha ido introduciendo en la tradición el espíritu móvil de los

tiempos; en qué medida ha influido en esos cambios el genio de los

poetas, al dar forma más perfecta al tipo legendario; y cómo, por fin,

vinieron Goethe en Alemania y Zorrilla en España a apagar las llamas

infernales y abrir las puertas de la gloria eterna a Fausto y a Don

Juan.

La historia del doctor Juan Fausto, contenida por vez primera en el

libro anónimo de Francfort, y ampliada por Widmann en 1599,[4] ¿tiene

alguna relación con la de Juan Fust o Fausto, el famoso colega de

Gutenberg en el invento de la imprenta? He aquí otro punto muy debatido

por los comentadores de nuestro poema, y del cual me ocuparía con

alguna extensión, si hubiera podido completar el estudio proyectado.

París conserva la tradición del impresor Fust, que presentó a Luis XI

un ejemplar de su Biblia, estampada por arte entonces desconocido, y

que, atribuido a la magia, provocó persecuciones, de las que escapó

el ingenioso inventor, según entonces se dijo, por arte del Diablo.

Han supuesto algunos autores que, irritados los monjes contra una

invención que les privaba del oficio de copistas, convirtieron a

Juan Fausto en nigromante, enviándolo a los infiernos; pero hoy está

comprobada la existencia del doctor Fausto del siglo XVI, posterior en

más de un siglo a Gutenberg y sus primeros colaboradores, y a aquel se

refería indudablemente la popular historia del Doctor que pactó con el

Diablo.[5]

[4] _Warhafftige Historien von den grewlichen und abschewlichen

Sünden und Lastern, auch von vielen wunderbarlichen und seltzamen

Abentheuren: So_ D. Johannes Faustus _ein weitberuffener

Schwartzkünstler und Ertzzäuberer, durch seine Schwartzkunst,

biß an seinen erschrecklichen End hat getrieben_. Publicada en

Hamburgo.

[5] El escritor alemán Klinger partió de la suposición de ser

el Doctor Fausto el compañero de Gutenberg, para escribir la

novela en que largamente relata sus maravillosas aventuras. Esta

novela se publicó en 1791, al año siguiente de aparecer el primer

fragmento del _Fausto_ de Goethe.

* * * * *

En Inglaterra fue donde la literatura culta y profana se apoderó

primero de la piadosa historia. Un predecesor de Shakespeare, Cristóbal

Marlowe, poeta y comediante como él, liviano y aventurero, revoltoso

y descreído (al decir de sus coetáneos) que en la segunda mitad del

siglo XVI vivió desordenadamente y murió joven en riña con un rival,

porque le robó su querida, llevó al naciente teatro inglés aquella

lúgubre figura. La tragedia de Marlowe, a pesar de los apasionados

elogios de su traductor francés, Francisco Víctor Hugo, que quiere

sobreponer algunas de sus escenas a las del sublime poema de Goethe,

no es más que una obra apreciable atendiendo a la época en que se

escribió; pero no la iluminan los resplandores del genio. El Doctor

del dramaturgo inglés es el mismo de la leyenda alemana: el espíritu

de la tragedia, a pesar del ateísmo de que su autor fue acusado, es el

antiguo propósito de atemorizar a los impíos. Fausto es un libertino

incrédulo, que, para apoderarse de los secretos de la magia, evoca al

Diablo en un bosque y celebra con «Mephostophilis» el pacto que le ha

de dar, por veinticuatro años, todos los goces de la vida. Revestido

ya de los poderes mágicos, le vemos en Roma, penetrando audazmente

en el Consistorio de Cardenales y abofeteando al Papa; encontrámosle

después en la Corte imperial, asombrando a príncipes y magnates con

sus sortilegios, y haciendo aparecer ante ellos la sombra de Alejandro

Magno; y tras estos momentáneos triunfos, asistimos al cumplimiento

del plazo fatal, al arrepentimiento inútil, a la agonía desesperada y

a la horrible muerte del impío Doctor, todo con estricta sujeción a

la germánica leyenda. Marlowe no hace, pues, otra cosa que arreglar

para la escena el relato primitivo, y no modifica su carácter, no le

añade elementos sustanciales. El episodio de Helena quedó en embrión

en su tragedia, como en aquel relato; la visión y la posesión de la

hermosísima amante de Paris no inspira al Fausto del poeta inglés más

que unos cuantos versos muy bellos, en los que resplandece fugitivo

destello de aquel amor a la hermosura clásica, al que había de dar

tanta parte el insigne vate de Weimar en la concepción de su obra

inmortal.

La tragedia de Marlowe quedó pronto olvidada; pero se habían apoderado

de aquel terrorífico y aparatoso argumento los teatritos de muñecos

o polichinelas, y desde entonces formó parte muy principal de su

repertorio. En Alemania, bien pasase a ella este _Puppenspiele_ de

Inglaterra, bien naciese de la tradición indígena, la historia del

Doctor Fausto se representaba también en esos teatritos hasta los

tiempos de Goethe. Lessing, uno de los más poderosos regeneradores de

las letras alemanas, vio en aquella historia, relegada ya a tan humilde

esfera, el germen de una hermosa tragedia, y comenzó a escribirla. Su

Fausto no es pecador incorregible, sino varón virtuoso y sapientísimo,

a quien declara guerra el infernal Mefisto, y es, a la vez, amparado

por la Providencia Divina, la cual burla al Demonio, sustituyendo al

Doctor verdadero por otro supuesto Fausto, a quien fácilmente conduce

el maligno Espíritu por las sendas de perdición. Lessing dejó su obra

sin terminar, poco satisfecho de ella sin duda.[6]

[6] En 1836, después de publicado todo el poema de Goethe, Lenau,

poeta alemán, de rica y fecunda inspiración, dio a la prensa otro

_poema épico-dramático_, con el mismo título y asunto. Este autor

hace correr al Doctor endiablado las más extrañas aventuras,

describiéndolas con mucha fantasía; pero su obra no tiene ni

asomos de la trascendencia que admiramos en la profunda epopeya

de Goethe.

Esta es, en pocas palabras y a grandes rasgos, la historia del _Fausto_

antes de Goethe. ¡Qué interesante capítulo pudiera escribirse,

siguiendo esa historia, para ver cómo surgió en la imaginación de

nuestro poeta, casi niño, la idea de su tragedia![7] Él mismo nos ha

dicho que la primera vez que pensó en ella fue al ver una estampa,

representando a Fausto y Mefistófeles que cabalgaban por los aires,

en aquella misma taberna de Leipzig que cita en su obra como teatro

de una orgía grotesca, escena tomada de la leyenda primitiva. Cómo

influyeron en la mente de Goethe el escepticismo sarcástico del siglo

de Voltaire y Diderot; las extrañas supersticiones que brotaban, con

Mesmer y Cagliostro, del fondo oscuro de ese mismo escepticismo, y que

en Alemania tomaban un carácter más grave, reproduciendo las antiguas

doctrinas cabalísticas; el estudio más profundo del arte griego,

iniciado por Lessing en su afamado _Laocoonte_; las tradiciones de

la Edad media, embellecidas por el nuevo espíritu romántico; y el

misticismo poético de Klopstock; cómo se combinaban esos elementos

encontrados en su inteligencia sintética; cómo se fue desarrollando en

la larga existencia del poeta aquel _asunto inconmensurable_, según él

decía de su obra predilecta: he ahí un interesante cuestionario, del

cual no cabe aquí más que esta somera indicación.

[7] Entre las muchas obras alemanas que tratan del _Fausto_ de

Goethe, es especialmente estimable la reciente de K. J. Scher:

_Faust von Goethe, mit Einleitung und fortlaufender Erklärung_.

Heilbronn, Henninger, 1881.

_Doctor Faust; Trauerspiel. Ein Fragment_: así se titulaba un libro

de pocas páginas que en 1790 salía de las prensas de Leipzig. Era

el primer fragmento del gran poema; eran las escenas de los amores

de Margarita, escritas en 1774, cuando Goethe estaba en el vigor de

la lozana juventud. ¡Margarita! ¡Qué hermosa aparición! Esa imagen

tan sencilla y natural de la doncella germánica, ingenua, creyente,

amorosa; de la hija del pueblo, grave y modesta en la inocente

tranquilidad del hogar; confiada, imprudente, criminal sin pensarlo

en su apasionamiento ternísimo, y que no pierde la nobleza de sus

sentimientos, ni sus santas creencias, en el abismo de la deshonra,

tomó desde aquel momento en los horizontes del pensamiento humano y en

las cimas de la gloria el lugar destinado a las figuras inmortales, que

se destacan para siempre sobre el fondo luminoso de la belleza ideal.

Y aquella imagen encantadora era creación exclusiva de Goethe: no hay

rastro de ella en ninguno de los _Faustos_ anteriores. Figuraba, sí,

en la literatura popular la trágica historia de las doncellas burladas

en sus amores, que apelan al infanticidio para ocultar la seducción, y

pagan en el patíbulo su crimen. Sin ir más lejos, tenemos un ejemplo

interesantísimo en el cancionero catalán y valenciano: _La filla del

marxant_, cuyas numerosas variantes ha recogido y publicado, con las de

otros muchos romances antiguos, el eruditísimo Sr. Milá y Fontanals, es

una de esas desdichadas víctimas del amor.[8] Pero Goethe tuvo la feliz

inspiración de llevar esas femeniles desgracias, que inspiraron también

a su gran amigo Schiller[9] una de sus mejores poesías, a la historia

tétrica del Doctor endiablado; y el contraste de ese amor de Margarita,

idílico primero, y después trágico, pero siempre cándido, verdadero,

naturalísimo, con las fantasías insensatas y los vagos anhelos de

Fausto, con la mordacidad ponzoñosa de Mefistófeles, con aquel cuadro

fantástico en que giran alrededor del espíritu humano las brujas y

los ángeles, el Cielo y el Infierno, da al extraño poema un interés

dramático, un calor del corazón, una realidad de vida, que superan

quizás a todas las demás bellezas que en él derramó más tarde el genio

creador del insigne poeta.

[8] _Romancerillo catalán, Canciones tradicionales_, segunda

edición corregida y aumentada, por D. Manuel Milá y Fontanals,

Barcelona, 1882.

[9] _La infanticida._

Margarita era un recuerdo de su adolescencia. En sus Memorias[10] nos

cuenta aquella primera inspiración amorosa, que tan grabada quedó en

él. Goethe, hijo de una familia principal de los encopetados burgueses

de la imperial Francfort, ansioso de expansiones juveniles, ligose con

algunos mozuelos de clase humilde, artesanos y escribientillos, algo

copleros y bastante alegres, que vendiendo sus versos y los de su noble

amigo a los que, para epitalamios o elegías, sátiras o declaraciones

amorosas, se los pedían, sacaban dinero para sus modestos festines.

¡Estos fueron los comienzos literarios del autor de _Fausto_! En la

casa donde se reunían conoció a «Gretchen»,[11] joven costurera, cuya

gentil belleza le inspiró uno de esos deliciosos y tímidos amores de

la primera juventud, que el corazón guarda escondidos. La historia

de esa pasión de niño, que no llegó a declararse, es un episodio

encantador. Coincidía aquel apasionamiento con las solemnísimas fiestas

que celebraba Francfort para la coronación del emperador José II, y el

asombro que causaban en el naciente poeta las ceremonias suntuosas del

Sacro Imperio Romano Germánico, en las que se usaba todavía el ritual

y el aparato de la Edad media, mezclado a su inocente embeleso por

aquella amable y candorosa muchachuela, dormida en alguna ocasión sobre

sus rodillas, produce tal impresión contado, que no es de extrañar la

ejerciera vivísima en el alma de Goethe, que estaba abriéndose a la luz

del amor y la poesía.

[10] _Wahrheit und Dichtung_, parte 1.ª, libro V.

[11] Diminutivo familiar de _Margarita_.

* * * * *

Diez y ocho años después de publicado el episodio de Margarita (1808),

aparecía la primera parte de _Fausto_, tal como hoy la conocemos. El

gran poeta no había dejado de trabajar un año y otro año en aquella

obra de toda su vida, en la cual derramaba su inteligencia, su alma

entera. No estaba completa aún su inmortal concepción; pero el asunto

quedaba expuesto, y perfectamente diseñados los caracteres de los

dos personajes principales, Fausto y Mefistófeles, creaciones ambas

prodigiosas de su potente numen.

El Doctor de la leyenda, toscamente esbozado por los autores devotos

que querían castigar en él las audacias de la ciencia descreída y del

procaz libertinaje, lo convierte Goethe en tipo acabado de la humanidad

soñadora y descontenta, con todas sus aspiraciones infinitas y todas

sus flaquezas miserables. Cuantos hayan experimentado el cansancio

de la vida y las ansias de lo imposible, cuantos hayan sufrido --¿y

quién no los sufre alguna vez en estos tiempos?-- los tormentos de

la fe perdida o vacilante, sentirán palpitar su alma en el alma de

aquel Doctor, tan docto que no le acosaban ya escrúpulos ni dudas, que

no temía al diablo ni al infierno, y sabía tanto, que había perdido

todos los encantos de la vida. Así, a lo que hay de eternamente humano

en los anhelos irrealizables del Fausto tradicional, une Goethe lo

peculiarmente característico de nuestra edad: el escepticismo. El

Doctor de la leyenda era irreligioso, era impío; pero su alma vigorosa

se entregaba con fe y ardimiento a los arcanos de la magia, a la

alianza con el diablo, al goce de los ansiados placeres. El Doctor de

Goethe no cree en Dios ni en el Diablo; no sabe qué pedirle a este

cuando le ofrece todas las felicidades de la vida, y si por un instante

pasa afanoso del deseo al goce, en el seno del goce ansía otra vez y

echa de menos el deseo.

Mefistófeles, el demonio vulgar, deforme y espantoso, de la Edad

media, conviértese también en la más extraña y original figura de la

poesía moderna: Madama Staël, uno de los primeros escritores que dio a

conocer al mundo latino aquel poema germánico, que aparecía entonces

como un engendro caótico, promovedor del vértigo en el ánimo de los

lectores,[12] decía de Mefistófeles que es el _Demonio civilizado_.

Ya nos había dicho ese mismo personaje infernal, hablando de sí

propio en la cocina de la Bruja: «La civilización, que todo lo pule,

llega al mismo Diablo: el fantasmón del Norte no está ya presentable.

¿Dónde ves cuernos, garras ni cola? En cuanto a mis patas de cabra,

no puedo prescindir de ellas; pero me queda, como a los elegantes del

día, el recurso de las pantorrillas postizas.» No estriba, empero, la

principal novedad del Diablo de Goethe en haberle quitado su aspecto

aterrador y monstruoso, para convertirlo en camarada jovial, decidor,

casi amable; sino en la forma peculiar que en él reviste el espíritu

del mal. Mefistófeles, demonio de segunda clase y de rango inferior,

por lo demás, genio infernal a la menuda, destinado sin duda por Satán

a las empresas menos dificultosas --lo cual no es muy lisonjero, en

verdad, para los sabios presuntuosos, como el pobre Doctor-- es, según

él mismo nos dice, el espíritu de negación: «Yo soy el Espíritu que lo

niega todo.» ¡Y cuán bien, la suprema ironía, uno de los caracteres

predominantes en la inteligencia serena y reflexiva de Goethe, da

vida diabólica a ese espíritu de negación! Mefistófeles es la sátira

encarnada, sátira profunda y sangrienta unas veces, festiva y bufona

otras. En el tremendo drama del Doctor Fausto representa a la vez el

papel de traidor y el de gracioso: en ocasiones nos indigna y subleva

como Yago, en ocasiones nos divierte y nos hace reír como Scapin; y

al fin y al cabo, tenemos que convenir, con el Padre Eterno, en que,

a pesar de sus malignidades y astucias, es el menos temible de los

Espíritus infernales.

[12] _De l’Allemagne_, por Mad. Staël, parte 2.ª, capítulo XXIII.

¿No se ve en todo esto la propensión a no tomar en serio la historia

portentosa del Doctor Fausto? Goethe, hijo de la filosofía escéptica

del siglo XVIII, espíritu crítico, y aunque religioso en el fondo,

desligado de toda religión positiva, no podía admitir con piadosa

sinceridad la leyenda inspirada por la fe viva de otros tiempos;

apoderose de ella, como simbolismo adecuado a la expresión de su

pensamiento, pero mofándose a veces de su propia fábula. Hizo con la

poesía religiosa de la Edad media lo mismo que el Ariosto con su poesía

caballeresca; el autor del FAUSTO no creía en los ángeles ni en los

diablos, en las brujas ni en los aquelarres, como el autor del _Orlando

furioso_ tampoco creía en los caballeros andantes, ni en los castillos

encantados: escribieron, no obstante, sobre esos temas dos obras que

nunca morirán, y que quizás son más admirables por mezclarse en ellas

las burlas con las veras.

* * * * *

Los amores de Margarita no son más que el primer capítulo de la nueva

vida del rejuvenecido Fausto; no podía concluir con ellos la obra del

poeta. La muerte de la infeliz amante no resuelve la cuestión; las

condiciones del pacto diabólico no están aún cumplidas; no ha vencido

Dios, no ha vencido tampoco el Diablo. De todas las seducciones a

que puede apelar este, no ha empleado más que una; quédanle todavía

muchos recursos. No comprendo, pues, que consideren algunos como un

todo acabado la primera parte de la tragedia, y digan que huelga la

segunda. Son, sí, dos obras de índole algún tanto distinta: la primera,

verdaderamente dramática; la segunda, fantástica y simbólica. Al fuego

de las pasiones sucede el movimiento de las ideas; a los personajes

reales, las abstracciones y alegorías. Pero estas dos partes distintas

hállanse íntimamente ligadas, son consecuencia una de otra, forman

una ilación lógica y un conjunto necesario. Antes de dar a la estampa

la primera parte, Goethe había escrito ya las admirables escenas de

la aparición de Helena, y durante todo el resto de su vida estuvo

trabajando en ese segundo FAUSTO, que era el complemento de su obra.

En 1831 ya octogenario, y pocos meses antes de morir, dábalo a luz y

escribía a un amigo suyo: «Ahora puedo considerar lo que me resta de

vida como un generoso donativo, y poco importa que haga algo más o que

no haga ya nada.» El gran poeta daba su misión por cumplida: Alemania,

el mundo entero proclamaban la inmortalidad de su creación predilecta.

La segunda parte del FAUSTO no produjo tanta impresión como la primera,

ni se ha hecho popular como aquella. El juicio de la crítica sobre

ella ha sido muy diverso. Unos la ensalzaron como la epopeya de nuestro

siglo; otros vieron confirmada en ella la máxima española que condena

las segundas partes a irremisible inferioridad. En general, ha sido

considerada, fuera de Alemania sobre todo, como una creación grandiosa

y altamente poética, sí, pero confusa, heterogénea y algún tanto

extravagante. El asombro que engendran las hechicerías de Fausto en la

Corte imperial, pintada con vigorosos rasgos satíricos; el embeleso

del Doctor por la imagen de Helena, tipo de la forma perfecta; su

quimérico viaje a la antigüedad clásica, su descenso al seno de las

Ideas madres; el sorprendente efecto que produce en Mefistófeles,

diablo grosero de la Edad media, el mundo nuevo de las divinidades

helénicas, y la revelación de las deformidades que encerraba también

aquella risueña teogonía; el retorno a la vida y a su palacio de la

bella y culpable esposa de Menelao, su huida y el amparo que encuentra

en el castillo feudal construido por Fausto en la cima del Taigetes;

el choque prodigioso del mundo griego y el germánico; el amoroso

enlace del espíritu de este, representado por el Doctor cabalístico,

con la plástica beldad de aquel, personificada en la amante de Paris;

el nacimiento y la muerte del generoso Euforión, símbolo de la poesía

moderna, y el desvanecimiento de la gozada Helena; y después de esos

amores de la imaginación soñadora, la sed de gloria, la lucha ardiente

de la vida, el goce embriagador de la acción y la creación; la guerra

entre el emperador y el anti-emperador, que decide Fausto con sus

poderes mágicos; la concesión de un vasto dominio, donde emplea sus

fuerzas prodigiosas en el bienestar de la humanidad, en el cumplimiento

del ideal de nuestros tiempos, convertir la tierra en un paraíso; la

deficiencia de su obra, por la falta del principio superior, recordado

continuamente por aquella campana de la ermita cercana, que irrita al

poderoso y envejecido Fausto; su muerte cuando ha agotado todos los

goces de la vida, sin ver satisfecho su eterno anhelo, y su perdón

final por las oraciones de la arrepentida y siempre amorosa Margarita,

forman, mezclado todo ello con episodios caprichosísimos, inspirados

por ideas de órdenes muy complejos, una historia tan extraordinaria,

que cuesta algún trabajo seguirla y comprenderla. Esto no obstante,

los que consideran esta poesía trascendente y enciclopédica como la

propia de nuestra edad, hallan en ella especiales méritos y encantos.

«Todos los tesoros de la ciencia ruedan a vuestros pies, dice uno de

los admiradores del segundo FAUSTO, hablando de sus bellezas. La

metafísica refleja por primera vez en su espejo glacial los astros,

las imágenes y los colores; las ideas más abstractas se coronan de

poesía, y se nos presentan con la sonrisa de amor en los labios; y

las interrogáis, no con temor, como a las lúgubres esfinges, sino

con la alegre familiaridad de Alcibíades en el banquete de Sócrates.

La naturaleza y la historia concurren por igual a esa revelación del

genio, y es difícil decir qué debe admirarse más en este libro, si

la profundidad simbólica del naturalismo, o la vasta comprensión de

los sucesos históricos.» Lástima grande que el goce de estas sublimes

novedades esté reservado, según el docto comentarista, a los que tengan

esfuerzo y constancia suficientes para dominar las dificultades de la

letra y las resistencias del espíritu del exotérico poema; a los que,

«haciendo labor de lapidario, penetren en el pensamiento de Goethe,

separando la doble corteza de granito y de diamante en que lo envuelve,

sin duda para hacerlo imperecedero.[13]»

[13] _Essai sur Goethe et le second_ FAUST, por el barón Blaze de

Bury, publicado al frente de la traducción francesa dada a luz en

1841.

Con permiso de este docto crítico, antójaseme que, para ser inmortales,

no necesitaron nunca las obras del genio esas embarazosas envolturas,

y que, por lo contrario, su fácil inteligencia, su claridad conspicua,

es una de las condiciones que, con la admiración constante del género

humano, les asegura aquella feliz inmortalidad. Por otra parte,

también hay algo que decir sobre esa idea, generalmente admitida, de

la oscuridad que envuelve la segunda parte del FAUSTO, encubridora

de recónditas bellezas, a los iniciados reservadas. Uno de nuestros

primeros literatos, escritor tan ingenioso como discreto, que no admite

con facilidad los ajenos dictámenes, y antes bien parece que guste de

marchar contra la corriente, sostiene que nada hay oscuro ni difícil de

entender en esta obra de Goethe, que todo su fantástico relato está al

alcance del lector provisto de regular ilustración, y que si no produce

impresión tan deleitosa esta parte del poema como la otra, débese a

que, saliendo de los límites propios de la poesía, acometió el autor

la imposible empresa de encerrar en ella el mundo de la filosofía y de

la ciencia, convirtiendo sus personajes, vivientes y palpitantes al

principio, en seres alegóricos y abstractos, sin calor ni interés.[14]

[14] Prólogo de D. Juan Valera a la traducción castellana de la

primera parte del FAUSTO por D. Guillermo English.

No estoy lejos de estas ideas, aunque juzgo que, sin ser tan

enrevesado y oscuro como se ha supuesto, el segundo FAUSTO, superior

tal vez al primero por el arte maravilloso con que está escrita cada

escena, y como cincelados cada estrofa y cada verso, requiere, por

la singularidad del simbólico argumento y por la variedad de ideas

contenidas en él, ser leída una y otra vez, y si fuera posible, en

el texto original, para encontrarle bien el gusto. Sucede con esta

obra como con la música alemana, tan en boga hoy día: hay que oírla

y volverla a oír, y cuanto más se oye más agrada. Claro es que en

traducciones, en las que, como dice muy bien el escritor a que me

refiero, se pierden por lo menos tres cuartos de la belleza de la obra

poética original, la segunda parte del FAUSTO ha de encontrar pocos

lectores que de buenas a primeras aprecien todo su mérito.

* * * * *

La puerta se me abre ahora, querido Vicente, para pasar --¡temible

tránsito!-- de la obra magna de Goethe a mi pobre versión castellana;

y al hablar otra vez de ella, vuelve tu nombre a mis labios, sin

duda porque necesito toda la benevolencia de los amigos para seguir

adelante. Te diré, ante todo, que no encontrarás aquí más que la

primera parte del FAUSTO. ¿Por qué no la segunda? Porque su traducción

pareciome mucho más dificultosa y mucho menos agradable, y no era cosa

de emprender tan ardua tarea cuando no pensaba en publicar mi trabajo.

No renuncio a completarlo; pero esto solo será en el caso de que el

juicio del público no sea adverso a este primer ensayo, y de que tenga

yo más adelante el vagar que ahora me falta para esos estudios.

Hecha esta advertencia, te diré también que, si algo me anima y

disculpa, es lo poco leído y lo mal conocido que es en España el poema

de Goethe. En Italia sucedía, poco ha, lo mismo. «No lo creerán los

extranjeros, decía Eugenio Checchi, en el prólogo de la traducción de

A. Maffei; pero entre nuestros literatos de profesión son poquísimos

los que conocían el FAUSTO de Goethe. Muchos hablaban de él; pero era

solamente de oídas.[15]» La traducción de Maffei, de todo el poema, y

escrita en hermosos versos, ha acabado en Italia con esa ignorancia

de obra tan famosa. Lo mismo ha sucedido en Portugal con la versión

de Castilho, también en verso, aunque esta solo comprende la primera

parte. ¡Pudiera yo lograr lo mismo en nuestra patria! No había aquí

versión alguna de ella, que fuera soportable,[16] hasta que se publicó

recientemente la de D. Guillermo English,[17] revisada por el Sr.

Valera, a cuya competentísima pluma se deben, si no estoy equivocado,

los cortos fragmentos traducidos en verso, imitando lo hecho por

Gerardo de Nerval y otros traductores franceses, que recurrieron a la

rima solamente en los coros, himnos, canciones, y otros pasajes en que

prevalece lo lírico sobre lo dramático.

[15] FAUSTO, _tragedia di Wolfango Goethe, tradotta da Andrea

Maffei, terza edizione riveduta_. Florencia, 1873.

[16] El Sr. Sánchez Moguel, investigador diligente, en la citada

_Memoria acerca del Mágico prodigioso_, cita tres traducciones

castellanas del FAUSTO, anteriores a la del Sr. English,

publicadas las tres en Barcelona: una del conocido escritor

catalán D. Francisco Pelayo Briz, impresa por López en 1864; otra

anónima, inserta en la revista literaria _La Abeja_, tomo IV; y

otra de D. José Casas Barbosa, dada a luz en 1868; todas ellas

de la primera parte solamente. Conozco otra traducción, impresa

también en Barcelona en 1876, en la Biblioteca titulada _Tesoro

de Autores ilustres_, que se publicaba bajo la dirección del

Sr. Bergnes de las Casas. Esta versión, se dice en la portada

que está hecha, en presencia de las mejores ediciones, por una

Sociedad literaria. Comprende la primera, la segunda parte y

los _Paralipómenos_. Estos _Paralipómenos_, que algunos titulan

tercera parte del FAUSTO, son fragmentos sueltos que Goethe

escribió en sus últimos años y se refieren a varios pasajes del

poema, completamente terminado en la segunda parte.

[17] _El_ FAUSTO _de Goethe, Primera parte lujosamente ilustrada.

Traducción del alemán por D. Guillermo English. Revisada y

aumentada con un prólogo por D. Juan Valera. -- English y Gras,

editores. Madrid_, 1878.

Considero muy apreciable esta traducción del Sr. English: está bien

ajustada al texto original, y escrita con frase sobria y lacónica.

Quizás este laconismo se lleva al extremo de hacer el estilo algo

duro. Pero esa publicación, por su forma especial, no extenderá mucho

entre nosotros el conocimiento de la obra de Goethe: producto de una

explotación editorial, más bien que de un propósito literario, este

libro, lujosamente impreso y magníficamente ilustrado con grabados y

fotograbados, es un volumen muy grande, con mucho papel y letras como

lentejas, propio para hojearlo encima de una mesa, mas no para leerlo

cómodamente.

Por otra parte, la traducción en prosa de un libro escrito en

verso podrá satisfacer al conocedor consumado, que rehace en su

imaginación la obra primitiva, pero no contentará a la generalidad

del público. ¡Extraño encanto el del ritmo y la rima! Parecen cosa

pueril, artificiosa, insignificante, y sin embargo, responde a algo

tan propio de nuestro ser, que sin ellos pierde gran parte de su

atractivo la poesía, aunque juzgamos que esta consiste en cualidades

más sustanciales e íntimas del pensamiento. Por eso nos deja siempre

fríos y descontentos cualquier obra poética traducida en prosa. Lo

peor del caso es que, si aun en prosa difícilmente se traducen esas

obras, trasladar los versos de un idioma a otro, sin desnaturalizarlos

por completo, es casi imposible. Preciso sería, para hacerlo bien,

que fuese tan poeta el traductor como el autor traducido. Gerardo de

Nerval, refiriéndose a la versión suya y a las publicadas antes en

Francia, decía que consideraba imposible una traducción buena del poema

de Goethe. «Quizás, añadía, alguno de nuestros grandes poetas pudiera

dar idea de él, con el encanto de una versión poética; pero, como no es

probable que ninguno de ellos someta su numen a las dificultades de una

obra que no ha de reportarle gloria equivalente al trabajo invertido,

preciso será que se contenten, los que no pueden leer el original, con

lo que nuestro celo ha de ofrecerles.» Algo más osado que M. Nerval,

arriesgo yo la traducción en verso, no sin cerciorarme, antes de darla

a la prensa --quiero que conste así--, de que no piensa escribir, por

ahora, la que tenía en mientes el Sr. Valera, que por lo visto, juzga

también insuficientes, ya que no inadecuadas, las versiones en prosa de

este libro eminentemente poético.

* * * * *

Dije antes que en España es poco leído y mal conocido; requiere esto

último alguna explicación. Muchas son, aun entre las mismas personas

ilustradas, las que no lo habrán hojeado nunca; y a pesar de ello,

las figuras de Fausto, Mefistófeles y Margarita son para todos

familiarísimas. Es que el artista se apoderó de la creación del poeta,

y la ha estereotipado --permítaseme el vocablo-- en la imaginación

popular. El lápiz, el pincel y el buril han reproducido tantas veces

esos fingidos personajes, que hasta los más indoctos conocen las

escenas culminantes de su existencia imaginaria.[18]

Fausto: Primera parte · 第 1 / 11 段