SE GISA A LA PERFEZIÓN

A Alvarito le llevaron a un cuarto grande y destartalado, frío como el

Polo Norte, con telas de araña en el techo.

En las proximidades de la catedral, en la Plaza Mayor, en la calle

de Guadalajara había gran mercado y muchos puestos de todas clases:

herramientas para el campo, pucheros, cazuelas, ropas, mantas, alforjas

de colores muy vivos, loza basta y bujerías. Con estos baratillos

alternaban verduleras con hermosas coliflores, cardos y alcachofas y

muchos aldeanos con corderos y ristras de ajos al hombro.

Pasaban los hombres con calzón corto, pañuelo en la cabeza o zorongo, y

otros con grandes capas pardas, sombrero de pico, abarcas y un cayado

blanco de espino en la mano.

Alvarito creía que solo en Aragón llevaban los hombres este zorongo,

resto del turbante; pero, sin duda, la morería en España ocupó una zona

de acción más extensa de lo que él pensaba.

Las mujeres traían varios refajos de campana, hechos con bayetas rojas

y amarillas, y algunas se echaban uno por encima de la cabeza.

En las puertas de las posadas se agrupaban burros blanquecinos, con

aire de viejos sabios, cubiertos con sus albardas. Subían hacia el

pueblo arrieros, con recuas de seis o siete mulas, de aire cansado.

Entre la multitud correteaban, muy vivos y animados, los estudiantes de

cura, con su hábito y su tricornio.

Álvaro entró en la catedral; le pareció enorme, majestuosa. Le

produjo verdadero asombro. En un reborde de poca altura, a todo lo

largo de la nave lateral y del triforio, había una fila de sillas

y de reclinatorios, verdes y rojos. Algunas pocas viejas rezaban,

arrodilladas, bisbiseando.

En el fondo de una capilla se veía una puerta abierta, con dos

escalones para subir. La capilla parecía llena de misterio. En el altar

había abierto un libro rojo. Vio también Álvaro, en otra capilla, la

estatua funeraria de un doncel leyendo un libro.

Era del sepulcro de un comendador de Santiago, muerto por los moros en

la vega de Granada.

Álvaro oyó un sermón sorprendente. El predicador, cura joven, se

esforzaba en exponer un tema de teología oscuro, propio de Seminario.

Para aclarar sus conceptos, que ninguno de los fieles, la mayoría

pobres aldeanos, entendían, soltaba de cuando en cuando frases en latín

de algún padre de la Iglesia.

Con un poco de malicia se podía pensar que el predicador se burlaba de

la gente. A Alvarito le vino la idea de que por encima de la tonsura

del sacerdote iban a aparecer los cascabeles de la Dama Locura.

Casi lo temió, un momento, pero se tranquilizó pronto; sin duda el cura

no se daba cuenta de lo lejos que andaban sus tiquis miquis oratorios

de la imaginación de los fieles, o si se daba cuenta, no le importaba

gran cosa, y, en medio de sus disquisiciones metafísicas, no pensaba

más que en la buena comida que iban a servirle en casa del deán.

Alvarito salió de la catedral. Fue a la posada, comió sin gran

_perfezión_, el parador de la calle Travesaña no legitimaba su letrero,

y salió a la calle. Estuvo contemplando la Plaza Mayor, con sus casas

antiguas, algunas con las piedras carcomidas. El pueblo parecía poca

cosa al lado de su iglesia y como si se hubiese construido solo para

legitimar la catedral.

Callejeó y se alejó del centro hacia el castillo. Algunas viejas

hilaban en los portales. La tarde estaba fría; el cielo, azul, con

algunas nubes grises y blancas; el sol, muy amarillo, iluminaba las

torres y los remates de las casas.

En todas las calles se veían edificios desplomados, que, sin duda,

no se había tratado de restaurar. Volvió a la Plaza Mayor. Mendigos

llenos de harapos, de calzón corto, con largas greñas y tufos por

encima de las orejas, le importunaron. Uno de ellos, vagabundo, con

aire amenazador, ennegrecido por el sol y la lluvia, le persiguió largo

rato; otro, un viejo, con sombrero alto, cayado en la mano, abarcas,

anguarina llena de remiendos y una alforja en el hombro, le agarró del

abrigo.

Se deshizo como pudo de los pedigüeños y entró de nuevo en la catedral.

Ahora cantaban vísperas. Alvarito no las había oído nunca. Era algo

terrible y solemne, con ese aire de majestad y de venganza de los

cultos romanos y semíticos. En aquella enorme iglesia, helada, aquellos

cantos le dejaron sobrecogido. Salió al claustro y después a una gran

terraza con una verja, con puertas de hierro monumentales.

Después bajó al paseo del pueblo, a la Alameda, y se sentó en un banco,

al sol, cerca de una estatua de piedra de un hombre arrodillado.

Pasaron algunos estudiantes de cura en fila, con su manteo y su

tricornio.

Unos chiquillos, que andaban jugando, comenzaron a gritar: ¡Cua!,

¡cua!, ¡cua!, imitando el graznido de los cuervos.

Alvarito quedó asombrado ante esta manifestación anticlerical de un

pueblo de clerigalla, del que decía un cantar satírico que todos sus

habitantes eran hijos de frailes y de curas.

—A veces parece que ya no va a haber religión en España —se dijo—;

a veces parece todo lo contrario. Realmente, mi país es un tanto

enigmático.

Comenzaron a doblar las campanas; al cesar estas en su sonido se oía el

murmullo del arroyo. Alvarito veía a un lado y a otro lomas rojizas,

sangrientas, y otras de color de ocre. El sol comenzó a ponerse sobre

los árboles del paseo, coloreados por el fuerte verdor de las hojas

nuevas.

Alvarito se dirigió al centro del pueblo, frío, helado, desierto, y

después a la posada. Luego, buscando un sitio en donde charlar, se

metió en la cocina.

Allí, además de un viejo, padre de la posadera; del prestidigitador

Merlín y de su criado, se calentaban a la lumbre el sacristán y un

estudiante de cura, con su tricornio destrozado y el manteo hecho

jirones.

Alvarito preguntó por las ideas y costumbres del pueblo, y el

sacristán, un hombre pequeño, le dijo:

—Aquí, todo el mundo, gracias a Dios, es carlista.

En Sigüenza habían entrado, al principio de la guerra, Balmaseda con

su gente y después Cabrera y Quílez.

El sacristán carlista, a quien llamaban de apodo el Feotón, porque era

de familia de _feotas_, tenía unas opiniones bastante raras para todo

el mundo y hasta para un carlista de Sigüenza.

Habló de un pasquín, que él conceptuaba muy ocurrente, puesto hacía

años contra María Cristina en la puerta de la catedral, que terminaba

así:

«Fuera esa vil mujer y que se vaya a su país a soldar calderas».

El Feotón sabía quién redactó el pasquín; pero no quería decirlo.

Era curiosa la idea de los carlistas sobre María Cristina. La llamaban

la calderera, la piojosa, la zarrapastrosa, y probablemente, gente de

buena fe, creía que, en su tierra de Nápoles, María Cristina anduvo con

algún oso o con algún mono tocando la pandereta.

A don Carlos lo consideraban como un héroe; los liberales eran,

naturalmente, todos masones y vendidos al diablo; los extranjeros,

hambrientos y miserables, que no conocían el pan blanco. Creían también

que ellos engrandecerían a España restableciendo la Inquisición y

las fiestas religiosas, terapéutica sencilla y fácil de llevar a la

práctica.

Ciertamente se comprendían algunas de sus ideas; por ejemplo, su

mala opinión acerca de María Cristina. Aquellos buenos españoles,

acostumbrados a ver desde lejos en el rey una persona respetable y casi

santa, se encontraban de pronto gobernados por una extranjera, que se

enredaba además con un guardia de corps, hijo de un estanquero.

Cierto que tales contubernios no eran nada raro en los Borbones

para el que vivía cerca de ellos. Estos buenos Borbones siempre se

distinguieron por su rijosidad y parte por su estupidez y su mala fe,

a pesar de lo cual produjeron siempre, sobre todo en los franceses,

un gran entusiasmo. Había que reconocer que nunca se había llegado

hasta entroncar públicamente con el estanco como en la época de María

Cristina.

El viejo contó cómo en el invierno de 1812 Espoz y Mina venció en

Sigüenza a los franceses, mandados por el general Abbé, y cómo un

mes después, en el Rebollar, fue sorprendido el Empecinado por los

franceses del general Guy, que llevaban como jefe de Estado Mayor a don

Saturnino Abuín, el Manco, antiguo segundo del Empecinado, pasado a los

franceses. Don Saturnino derrotó a su antiguo jefe y le hizo perder mil

doscientos hombres.

El Empecinado estuvo a punto de caer prisionero y se salvó echándose a

rodar por un barranco.

Alvarito pudo notar que para los carlistas intransigentes, como para el

Feotón, los héroes de la guerra de la Independencia no eran simpáticos,

porque para ellos el mérito máximo consistía en defender, no España,

sino el trono y el altar, sobre todo el altar.

Alvarito se acostó cerca de la media noche y se despertó tarde. Una

chica cantaba a voz en grito y unos burros rebuznaban escandalosamente.

Se vistió y fue a la calle. En la plaza había mucha gente.

Quedaban todavía restos de la feria, y entre los puestos de pucheros y

de baratijas un hombre sostenía un cuadro o estandarte con figuras y

otro las explicaba con un puntero. El estandarte o cartel sostenido en

el palo, por un lado llevaba pintada la Fiera Corrupia o la llegada al

mundo de la gran bestia del Apocalipsis, y por el otro, las escenas de

la vida de Candelas, el ladrón célebre, subdivididas en muchos cuadros,

desde su primer robo hasta que le agarrotaron en el Campo de Guardias,

de Madrid.

El del puntero vendía papeles verdes y rojos y explicaba las escenas

del cartel. En la llegada de la Fiera Corrupia al mundo se amontonaban

muchas de las tonterías y absurdos del Apocalipsis, con mil y un

presagios para el porvenir, a cual más ridículos.

En la vida de Candelas había menos necedades.

El del puntero comenzaba su relación dirigiéndose a los padres _que

tenían hijos_, poniéndoles el ejemplo de Candelas, de adonde conducen

la mala conducta y las malas compañías. Al final, señalando la última

escena pintada, el hombre recitaba estos versos con una voz mortecina y

triste:

Ya lo sacan de la cárcel,

lo llevan por la carrera,

hasta llegar a la plaza,

donde turbado se queda.

A Alvarito le recordaban aquellas pinturas horribles las figuras de

cera de Chipiteguy y las contempló largo rato. Después estuvo oyendo

las explicaciones de un charlatán que vendía todo a real y medio la

pieza. Era, indudablemente, un hombre listo. Mientras tenía en la mano

una cosa cualquiera le daba un aire de ser buena y al ir a otras

manos, como por arte de magia, se convertía en algo sin valor. Los

aldeanos, a pesar de su cazurrería y de su desconfianza, se quedaban

maravillados, como pensando en qué consistiría este sortilegio.

Miraban lo que habían comprado atentamente; a veces hacían un gesto de

desagrado o de resignación. Quizá algunos no protestaban para no pasar

por tontos y otros dejaban con malicia que el compañero cayese en el

mismo lazo que ellos.

Alvarito oyó muy entretenido al hombre del baratillo.

Al volver a la posada preguntó al viejo, padre de la posadera, cómo

iría más seguro y mejor a Molina de Aragón.

—Aquí para —le dijo el viejo— un arriero, a quien llaman por mal nombre

Malos Ajos, porque es bastante mal hablado, y mañana por la mañana va a

Molina.

—¿Es buena persona?

El viejo se encogió de hombros.

—Creo que sí; no sé que haya robado a nadie. Al menos con trabuco.

Quedarse con algo, si ha podido, me figuro que se habrá quedado. Va

también con él ese estudiante de cura que estaba ayer aquí que se llama

Tiburcio Lesmes. Ese sí es un buen peje; un granuja de marca mayor.

Suele llevar siempre barajas marcadas e invita a jugar y le saca los

cuartos a cualquiera; pero otras fechorías no hará, porque es cobarde

como una liebre.

Habló Alvarito a Malos Ajos, quedó con él de acuerdo y por la mañana

entró en su carro para ir a Molina en compañía del arriero y de

Tiburcio el estudiante.

A la salida del pueblo se encontraron con un lañador, con su taladro

y sus alicates, sus alambres, un berbiquí y un saco. Era hombre muy

desharrapado, muy sucio, con una manta destrozada y calañés en la

cabeza. Sus ojos claros y su tez oscura le daban aire de gitano. Era

de los que gritan: A componer tinajas y artesones, barreños, platos y

fuentes.

El lañador, conocido de Malos Ajos, pretendió entrar en el carro.

Alvarito notó que olía muy mal y se lo dijo, lo que produjo la cólera y

el refunfuñamiento del gitano.

El tío Malos Ajos era un pedante. La enfermedad de la pedantería es

frecuente en Castilla, y además, incurable.

El tío Malos Ajos había tañado a Alvarito, considerándolo un infeliz,

a quien podría explotar, y como mala persona se decidió a ello sin

escrúpulo.

—Hace usted bien —dijo el arriero a Alvarito— en ir con gente de

confianza, porque este camino es poco seguro. Aquí, no muy lejos de

Sigüenza, cerca de la Venta del Puñal, entre Grajanejos y Almadrones,

mataron hace un mes a un amigo mío.

—Por esa misma época —dijo el estudiante Tiburcio—, un grupo de

vagabundos y de ladrones desvalijaron una casa de aquí cerca.

Al poco rato, Malos Ajos añadió, señalando un recodo:

—Ahí mismo mataron a un viejo que volvía de la feria.

—¿Ahí? —preguntó Álvaro con indiferencia.

—Ahí mismo. Un poco más lejos le robaron a un recluta que volvía al

pueblo.

—Y en aquel cerrillo, según dicen —agregó el estudiante—, se le

apareció un fantasma a un ermitaño.

Alvarito notó la intención de asustarle y se puso en guardia.

—¡Bah! —dijo de pronto—. Yo no tengo miedo a los ladrones, al revés;

estoy tan desesperado, que me alegraría que salieran para matarme con

alguien. No me pueden robar, no llevo un cuarto en el bolsillo.

—¿Y cómo sale usted de casa sin dinero? —preguntó el estudiante.

—El dinero lo tengo que recoger en Molina. No llevo un cuarto; en

cambio tengo unas pistolas que hay que verlas.

El arriero, el estudiante y el gitano se miraron uno a otro con

sorpresa.

Comieron en el camino. Dos o tres horas antes de llegar a Maranchón el

cielo comenzó a ponerse negro como la tinta y empezó a relampaguear y a

tronar. La tormenta fue de gran violencia.

Gruñía la tempestad, silbaba el viento y los rayos iluminaban el campo

con sus zigzags cárdenos. Con redoble de lluvia y de granizo llegaron a

un parador solitario, se acogieron corriendo a él y se metieron en la

cocina.

Alvarito observó que tanto el tío Malos Ajos como Tiburcio Lesmes

y el lañador gitano eran muy cobardes; temblaban cuando tronaba

fuerte. Alvarito se acurrucó en un rincón y notó poco después que

el estudiante intentaba investigar en sus bolsillos. Comprendiendo

que la mansedumbre resultaría peor que la violencia, a la segunda

investigación se levantó y pegó un puntapié al estudiante, que comenzó

a chillar. Luego se abrochó bien la chaqueta y se dispuso a hacer como

que dormía.

Poco después el estudiante le dio una palmada en el hombro.

—¡Eh! Usted, joven —le dijo—, ¿quiere usted echar una partida? —y sacó

unos naipes.

—No —contestó Alvarito.

—¿Y por qué no?

—Porque no me da la gana y porque estoy cansado.

El tío Malos Ajos, sorprendido de la entereza de Alvarito, le miraba

con asombro.

Jugaron Malos Ajos, dos arrieros y Tiburcio a las cartas, y al final

del juego se acusaban unos a otros de tramposos y de jugadores de

ventaja.

Después de cenar, el ventero dijo que disponía de pocas habitaciones.

Tiburcio tendría que dormir en el mismo cuarto que Álvaro. Álvaro

aseguró que prefería dormir en el pajar.

El ventero le mostró el pajar a Alvarito y este entró sin luz y se

tendió en el suelo.

Había un agujero en la pared por donde entraba el viento helado.

—¡Qué frío hace aquí! —exclamó Álvaro.

—Esta es la venta del Mal Abrigo —dijo un arriero que estaba tendido en

el suelo, con la cabeza liada en una manta.

Alvarito se deslizó hasta un rincón y se dispuso a pasar la noche

sentado.

A poca distancia de él cuchicheaban dos personas en murmullo apenas

perceptible, como el de un chorro de agua lejano.

¿Quiénes podían ser?

Alvarito aguzó el oído. Le parecieron las voces de Malos Ajos y del

gitano. Uno de ellos decía que Alvarito era un tonto, que iba a cobrar

unos dineros en Molina y que lo debían de coger y meterlo en cualquier

lado y mandar a alguien a cobrar.

Alvarito, inmediatamente de oír esto, salió despacio al corral, se

acercó al carro de Malos Ajos, cogió su maletín, abrió la puerta y

salió al camino.

Realmente, aquella era la Venta del Mal Abrigo, como decía el arriero,

si es que no era el puerto de Arrebata Capas.

Valía más ir por la carretera.

Tronaba, pero no llovía; las estrellas comenzaban a aparecer en el

cielo. El aire venía cargado de olores aromáticos.

—Adelante —se dijo—. Cuanto más lejos, mejor; adelante.

Fue marchando de prisa por un páramo estéril y pedregoso, muy contento,

hasta llegar a un pueblo: Maranchón.

Entró en una posada; junto a un hermoso fuego se calentó y se fue a la

cama.

Durmió de un tirón hasta muy entrada la mañana.

En Maranchón, pueblo de vendedores de caballos y de cerdos, se tiritaba

de frío.

Quedaban también allí recuerdos de Balmaseda. En 1836, el cabecilla,

después de sorprender a la guarnición liberal del pueblo, se dedicó a

una terrible matanza.

A la mañana siguiente, el arriero Malos Ajos y Tiburcio se presentaron

a Alvarito en Maranchón y le preguntaron por qué causa se marchó,

dejándolos.

—Nada; tenía ganas de andar.

—¿Vendrá usted con nosotros?

—No; voy a seguir solo.

—¿Por qué? ¿Tiene usted miedo?

—No tengo que dar explicaciones.

La insistencia de los dos le convenció de su imprevisión de fiarse de

gente desconocida. Alvarito se fue a ver al alcalde del pueblo, chalán

que había estado en Bayona, quien le dijo que cortara toda relación con

los dos tunantes y que unos días después podría seguir su viaje con un

arriero de confianza.

La nave de los locos · 第 108 / 149 题