FERIA EN SIGÜENZA

El arriero con quien fue Alvarito de Almazán a Medinaceli no era hombre

amable y jovial como el señor Blas, sino, por el contrario, malhumorado

y antipático. Quiso explotar al viajero, cobrándole más de lo justo;

pero Álvaro se resistió con energía y con tranquilidad, y, a pesar de

las amenazas embozadas del hombre, no pagó más que lo ajustado.

Vio Alvarito claramente que el consejo del señor Blas de no ir nunca a

ninguna parte sin amistades era bueno y comprendió cómo no le convenía

marchar solo por aquellos pueblos. Valía más ir despacio que no

exponerse a ser engañado o robado.

La persona a quien le recomendó el señor Blas en Medinaceli era un

botero. Al ir a visitarlo, Alvarito no lo encontró, y en la botería

le dirigieron a un hombre, dueño de una tiendecilla con baratijas,

estampas, marcos y objetos de escritorio.

El comerciante le recibió con estúpida e injustificada suspicacia, como

si no quisiera dar las palabras de balde, cosa que tan poco vale en

España, y lo único útil que le dijo fue que el camino estaba seguro,

que podía marchar en un carro hasta Sigüenza, pues iban a esta ciudad

arrieros, sobre todo los miércoles y sábados, que eran días de mercado.

Alvarito dio un paseo por el pueblo antes de retirarse a la posada.

Medinaceli le pareció pueblo frío, de alrededores pelados, con montes a

lo lejos, de extrañas siluetas.

Hacía día de viento seco y polvoriento.

Álvaro vio el arco romano, que la gente llama el Portillo; la torre

de la parroquia, convertida en baluarte, y en el cementerio, resto de

una fortaleza, con grandes muros exteriores y matacanes, contempló las

maniobras de una rata, sin duda antropófaga, que corría por entre las

tumbas abandonadas.

Luego pasó por delante del Humilladero y recorrió el paseo de la Luneta

contemplando el paisaje. El cielo se presentaba gris, el horizonte

turbio, las nubles blancas y pesadas. Aquella tierra le pareció a

Alvarito más triste y más desolada bajo la atmósfera sin transparencia

y la polvareda que venía en el aire.

A lo lejos se oían los tañidos de una campana, melancólicos y

angustiosos.

Después de separarse del señor Blas, Álvaro se sentía más solo y más

triste.

Pensó que su espíritu se mostraba en aquel momento con un color

parecido al del ambiente; gris, descolorido. En este cuadro gris

oía sonar en sus oídos la voz de la monjita novicia de Almazán, tan

graciosa y de tan infantil pedantería. Se sentó en un banco y sintió

frío.

Las ráfagas de viento le traspasaban el cuerpo. Se dirigió a la posada

a calentarse al lado del fuego.

Le contaron en la cocina cómo Cabrera, a mediados de la guerra, penetró

en el pueblo; cómo fingió prender al obispo de Pamplona, confinado allí

por el Gobierno de la Reina por sospechoso, y le mandó con escolta a la

corte de don Carlos.

Nuestro viajero se levantó muy temprano, y en un carro comenzó a bajar

la cuesta del cerro de Medinaceli. Llegó a Sigüenza antes del mediodía.

Le acompañaba un prestidigitador y su criado, que iba a dar funciones

en el pueblo.

El prestidigitador, llamado en los carteles Merlín, hombre de unos

cincuenta años, moreno, de ojos brillantes, el pelo negro y rizado y la

cara roja de borracho, hablaba por los codos. El criado Severo, a quien

su amo llamaba Severísimo en broma, era flaco hasta transparentarse,

afilado y narigudo.

Las relaciones entre amo y criado tenían un carácter extraño; por el

motivo más fútil reñían y se insultaban.

Sigüenza, a lo lejos, con su caserío extenso, las dos torres grandes,

almenadas, como de castillo, de la catedral, y su fortaleza en lo alto,

le produjo a Alvarito gran efecto.

El arriero llevó al prestidigitador, a su criado y a Álvaro a una

posada de la calle Travesaña Baja, donde él paraba. La posada, medio

derruida, ostentaba este letrero, escrito con letras negras en la

pared:

La nave de los locos · 第 107 / 149 题