LA MONJITA DE ALMAZÁN

A pesar de la lluvia, al día siguiente, día de mercado, salieron el

señor Blas y Alvarito de Atienza; caminaron durante algún tiempo con

campesinos de clásica silueta, sombreros redondos y capas pardas, y

mujeres con el refajo en la cabeza, jinetes en mulos y borriquillos.

Comieron en el camino, sobre un ribazo, y al comenzar la tarde se les

echó encima una niebla espesa y fría. El sol comenzó a languidecer

rápidamente y fue quedando como un disco de color naranja y luego

blanco, como una luna pálida, en el horizonte gris amarillento, hasta

que al fin desapareció. La niebla fría picaba en la cara.

Se encontraron en el camino con unos arrieros que iban de Madrid a

Navarra y, unidos a ellos, siguieron marchando en medio del mar de

niebla, en el cual no se veía a tres metros de distancia.

—Estamos cruzando, en este momento, el Campo de las Brujas, de Barahona

—dijo el señor Blas.

—Siento no verlo —exclamó Alvarito—; debe ser curioso.

—No; no es más que una gran llanura, pedregosa y desierta —replicó el

mantero—. Antes se conservaban por aquí las ruinas de un pueblo llamado

Hoyos, con su picota y su horca.

—¿Y por qué se llama esto el Campo de las Brujas? —preguntó Alvarito.

—Pues no lo sé —contestó el señor Blas—. A muchos se lo he preguntado,

pero nadie me lo ha sabido decir.

—Demonio, hace frío por aquí —murmuró Alvarito.

—Ya se sabe; ya lo dice el refrán —replicó el mantero—: «En el campo de

Barahona, vale más mala capa que buena azcona».

—Lo cual quiere decir que en estos campos hace frío, pero no hay

peligro.

—Eso mismo que usted dice.

—Entre la niebla y el viento, aquí se hiela uno.

—Hay que seguir otro refrán, que sirve para todos los tiempos —añadió

el señor Blas.

—¿Y cuál es?

—Es este: «Si quieres vivir bueno y sano, la ropa del invierno llévala

en verano».

La niebla seguía espesándose; no se veía a dos pasos de distancia.

Había que ir despacio. Al llegar, horas más tarde, a una casa del

camino, el señor Blas dijo:

—Yo, por mi gusto, seguiría adelante hasta Almazán; pero todavía nos

faltan tres leguas largas, y cuando oscurezca, con esta niebla y con

el camino perro, lo vamos a pasar muy mal. Así que, si usted no tiene

prisa, nos quedaremos por esta noche en la venta.

—A mí me parece muy bien.

—Bueno, pues vamos a la casa del Duende.

—¿Así se llama?

—Así se llamaba por lo menos antes.

—¡Demonio!

—¿Le da a usted miedo?

—No mucho; ¿y a usted?

—A mí, tampoco gran cosa.

—¿Es que había duendes en esta posada?

—Allá donde vive alguna viudita alegre y guapa, o alguna muchacha

ligera de cascos, siempre se dice que aparecen duendes; pero en estos

campos, desde que la gente usa escopetas, ya no hay duendes.

Entraron en la venta, llevaron las caballerías a la cuadra y fueron a

la cocina, donde lucía gran fuego, y sobre una pala de hierro, teas

de resina para alumbrar, que echaban humo irrespirable. Cenaron, se

tendieron a dormir en el pajar y se despertaron muy de mañana con las

voces de uno que gritaba:

—¡Eh!, arrieros, a levantarse, que está amaneciendo.

Se presentó un día hermoso de sol; montaron en sus mulas y, sin darse

prisa y descansadamente, llegaron a Almazán para la hora de comer.

El señor Blas quiso hospedar a Alvarito en su casa; pero el muchacho

se negó a ello. La familia del mantero no parecía tan abierta y tan

expansiva como él; sin duda este era hombre de mejor pasta y, además,

los viajes le habían dado un carácter de libertad y benevolencia.

Alvarito fue a la fonda.

Comió y después marchó a dar un vistazo por la ciudad.

Almazán, con sus murallas, al lado del Duero, con su hermosa plaza con

soportales, sus puertas, sus cubos y torreones, presentaba agradable

aspecto. Vio las iglesias, el palacio de la plaza, de sillería roja;

anduvo por la parte alta del pueblo, metiéndose por las callejuelas.

Contempló las casas de adobes, torcidas y derrengadas, de color

arcilloso las tapias de los corrales, con bardas de ramas revocadas con

manteo de barro y paja.

Luego salió por una puerta al puente, cruzó el río y se alejó un poco

para contemplar la ciudad en conjunto.

Enfrente aparecía el pueblo con varios campanarios puntiagudos, la

parte de atrás de un gran palacio de piedra amarilla y la muralla

dorada. Desde el muro bajaba un talud verde hasta el río y se veía una

alameda, de follaje nuevo, brillando al sol. Por el puente pasaban

algunos carromatos y recuas de mulas y de caballos que llevaban los

chicos a beber al río.

Un viejo de anguarina parda le pidió limosna. Alvarito le dio una

moneda de cobre y le hizo algunas preguntas. El viejo, idiota o

escamón, no quiso contestar, y Alvarito volvió al pueblo y entró en

casa del señor Blas.

El mantero no sabía nada de la ciudad. No le interesaban, ni las

iglesias, ni lo arqueológico.

—Y en ese hermoso palacio de la plaza, ¿quién vive? —preguntó Álvaro.

—Ahora, no vive nadie —le contestó el mantero.

—Pero, ¿de quién es?

—No sé; aquí le llaman únicamente el palacio.

En la calle preguntó a dos o tres, y nadie lo sabía ni tenía la menor

curiosidad por ello.

Alvarito sacó en consecuencia que en la mayoría de los pueblos de

España no quedaba aristocracia, o que, si quedaba, nadie se cuidaba de

ella. Realmente los pueblos vivían como si la aristocracia no existiera.

Notó el señor Blas, el mantero, que Alvarito no era recibido en su casa

amablemente, y le dijo, sin duda como compensación, que le llevaría al

convento de Santa Clara para presentarle a su sobrina.

—Le gustará a usted —añadió.

—¿Pero, cómo, es una monja?

—Sí.

—¿Y quiere usted que me guste?

—Hay que entender; no digo que le guste para que le haga usted el amor,

sino para hablar con ella.

El convento de religiosas de Santa Clara, en Almazán, no muy grande,

estaba muy bien situado y tenía una hermosa huerta y balcones y

galerías que daban al río.

El señor Blas y Alvarito entraron en el convento, pasaron a un patio

empedrado con losas y un corredor blanco.

Al entrar en el locutorio, sonó la esquila y cuatro o cinco religiosas

salieron escapadas por una puerta, con un ruido de faldas que daba la

impresión de una fuga de fantasmas.

—¡Qué brujas! —dijo el señor Blas, y murmuró después:

Aleluya, aleluya,

padre vicario,

que se suben las monjas

al campanario.

Luego, sentándose en un sillón antiguo e indicándole otro a Alvarito,

añadió:

—Siéntese usted; las monjas se escapan, pero están deseando que se

venga a visitarlas. Algunas son muy alegres.

A Alvarito no le dieron semejante impresión. Las caras que vislumbró

tenían un aire de estupor petrificado, duro e inexpresivo; como si la

vida, retirándose de aquellos rostros, solo dejara una máscara helada.

No había en conjunto en la casa más que siete u ocho monjas.

En el locutorio, grande y blanqueado, con tres ventanas altas y

enrejadas, colgaban en las paredes cuadros negros y, en medio de un

testero, un crucifijo. Alrededor había varios sillones fraileros y

sillas de cuerda de esparto; en el suelo, ruedos blancos. Olía allí a

húmedo, a cerrado.

De pronto se abrió la puerta y apareció la superiora, Sor María de los

Ángeles, con la sobrina del señor Blas, la hermana Visitación, todavía

novicia.

La superiora vestía hábito gris oscuro, toca blanca, un cordón también

blanco en la cintura, velo negro en la cabeza, sandalias y un escudo de

la Concepción en el pecho. Era gruesa, de cara que parecía de cera, los

ojos negros y una sombra de bigote sobre el labio.

La sobrina del señor Blas, la hermana Visitación, llevaba velo blanco

alrededor de la cabeza, sin duda distintivo de su noviciado. La hermana

Visitación era agraciada y gentil. Se adivinaba tras de su hábito un

cuerpecito esbelto y bien formado.

El señor Blas contó a su sobrina las peripecias de su viaje con

Alvarito y le instó a este para que explicara sus impresiones de la

guerra.

Alvarito relató sus aventuras con sencillez, narró lo visto por él,

recalcando los detalles crudos. La novicia hizo reflexiones acerca

de la barbarie, de la sensualidad y de las pasiones de la gente,

entregada al mundo, al demonio y a la carne. Se oía con gusto su voz

dulce, suave, y si a veces se le podía reprochar cierta tendencia a la

petulancia y a la pedantería, quedaba como velada por su gracia natural.

Luego, incitada por la madre superiora, mujer un poco absurda, que

deseaba se luciese su novicia, la chica recitó de memoria capítulos

enteros de _Los Desengaños Místicos_, del padre Arbiol.

Toda aquella sabiduría amanerada, de confesor, en estilo académico y

florido, en boca de una muchachita aldeana, en aquel convento triste,

tenía aire tan absurdo y antinatural, que Alvarito contempló a la vieja

superiora y a la novicia, pensando si a alguna de las dos, o a las dos,

se les aparecerían de repente los cascabeles de la Dama Locura de La

Nave de los Locos. Se despidieron de las monjas.

El señor Blas condujo a Álvaro a casa de un arriero para que le llevara

a Medinaceli y le recomendó a un comerciante de este pueblo.

Al día siguiente, por la mañana, el joven Sánchez de Mendoza paseó,

contemplando el mirador del convento y pensando en la gentil novicia y

en su mística sabiduría. Fue luego a despedir al señor Blas, quien le

apretó efusivamente la mano y emprendió su camino.

La nave de los locos · 第 103 / 149 题