De Aranda fueron a Sepúlveda, en compañía de un comerciante de paños,
amigo del señor Blas, que se llamaba García de Dios.
El señor García de Dios, alto, de cara muy larga de caballo, la barba
negra, huesudo, anguloso, con las manos cuadradas y los pies grandes,
hubiera parecido enérgico sin la boca, con el labio belfo, de hombre
débil.
—¡Anda, Dios! —le decían en broma.
Era el señor García de Dios perezoso y poco activo, un dios de Sábado
bíblico.
A mitad de camino, el señor Blas, García de Dios y Alvarito se
detuvieron a comer en la posada de un pueblo. Charlaron largo rato
entre ellos y con la moza rubia, muy guapa, que por la expresión, el
color del pelo y de los ojos se le hubiese tomado por alemana.
Dejaron la posada y al salir oyeron gritos. Volvieron la cabeza y
vieron un chiquillo que corría hacia ellos con los pies desnudos y
llevando algo bajo el brazo. Se detuvieron.
—Esta manta que se han dejado olvidada —gritó el chico, y se la entregó
al señor Blas.
Alvarito fue a dar unos cuartos al chico, que, sin esperar, se volvió
corriendo al pueblo.
—Y luego dirán que los españoles somos ladrones por naturaleza —exclamó
Álvaro.
—Todas las gentes pobres que marchan mal tienen mala fama —contestó el
señor Blas.
—Así que para tener buena fama no es lo principal obrar bien, sino
tener fuerza —preguntó Alvarito.
—Por lo menos, en la práctica, así es —contestó el mantero, sin dar
mucha importancia a la frase suya, que encerraba una profunda filosofía
bastante inmoral del éxito.
Hablaron el mantero y el señor García de Dios de sus asuntos de
comercio con gran discreción y hablaron también de cuestiones
familiares. Al oírlos, se preguntaba Alvarito:
—¿De dónde brotan esos hombres feroces y violentos de la guerra? ¿Por
qué si hay en España una mayoría de gente como el señor Blas y el señor
García de Dios no pueden imponerse a los frenéticos y a los locos?
Se podía encontrar indudablemente en España pobreza, abandono en las
cosas materiales, egoísmo e indiferencia; pero no parecía que el número
de la gente feroz y salvaje fuera tan grande para poder dominar el país.
Al llegar a Sepúlveda, el señor Blas y su amigo García de Dios se
quedaron en el mesón de la Gallarda, donde acostumbraba a ir el mantero
de Almazán. No había sitio allí y Alvarito fue llevado a una casa de
la plaza, cerca del arco, que era antigua entrada del pueblo, a una
posada, frecuentada casi exclusivamente por el señorío. A Alvarito le
dieron un cuarto desde el cual se veía la torre de la antigua muralla,
con un reloj flamante que acababan de poner.
En el comedor Alvarito conoció a una señora joven, sevillana, muy
remilgada y muy redicha acompañada de un niño. La señora se encontraba
en Sepúlveda con su padre y su chico, y como estaba aburrida de la
soledad y deseosa de hablar, entabló conversación con Álvaro.
Por lo que contó, su padre era un indiano vizcaíno que, de vuelta de
América, se había establecido en Sevilla. Ella estaba casada con un
rico propietario de Marchena.
Su padre, con la manía de los negocios, había ido a Sepúlveda para ver
si compraba una finca. Siempre andaba en movimiento, era su pasión,
a ella en cambio le gustaba la tranquilidad. Y si le acompañaba a su
padre era porque estaba ya muy viejo y no quería dejarle solo. Ella no
deseaba más que volver a Marchena. ¡Ay! su Marchena.
—Mi chico _etaba_ en un colegio del Puerto —le dijo a Álvaro con una
volubilidad de canario—, pero no tiene _afisión a estudiá_. Muy bien,
hijo mío, le he contestado yo, ¿para qué te _va a calentá la cabesa?
Tenemo_ una hermosa posesión en Marchena y otra en el Arahal (_el
Arahá_ pronunciaba ella) allí hay _pájaro y flore. Dejémono de cuidao y
vamo_ a la posesión, pero mi padre no quiere.
—Se aburrirá.
—Eso _e_, se aburre.
Entró el padre de la andaluza, un tipo curioso, hombre pesado,
asmático, sombrío, vestido de negro, con el pelo blanco, la cara triste
y cetrina y las cejas enmarañadas, con aire de desolación profunda.
El hombre hablaba con acento vizcaíno en el que se enredaban algunas
palabras pronunciadas a la andaluza.
La señora le presentó a Alvarito. Este se mostró un poco seco con
el viejo y el vizcaíno por eso quizá le apreció más. Para el viejo
los _negosios_ era lo único importante en la vida, donde no había
_comersio_ no se podía esperar nada. En su desdén por todo lo que no
fuera dinero, no sabía ni los nombres de los pueblos donde estuvo
en América, y dijo repetidas veces que había vivido largo tiempo en
_Guandalajara_, de Méjico.
—Si la cuestión única en la vida es ganar dinero —pensó Alvarito—, la
cosa tiene poco interés.
La norma de vivir para ganar dinero le parecía a Alvarito demasiado
estúpida para tenerla en cuenta. Este absolutismo del dinero no podía
ser buena tesis más que para judíos y para vizcaínos enriquecidos en
América.
Álvaro pensó que parecía mentira que de aquel hombre rudo, torpe y
pesado, como hecho con un tronco de árbol y vestido con la más dura
de las telas, hubiera salido aquella mujer vaporosa, insustancial y
ligera. Al verlos juntos y saber que eran padre e hija se hubiese
pensado en una mariposa hija de un elefante o en un megaterio padre de
un mosquito.
Comieron en la mesa redonda y en la comida apareció un procurador y
anticuario de Atienza, llamado don Matías Raposo, que venía a tratar
de negocios con el vizcaíno. Hablaron mucho pero al parecer no se
pusieron de acuerdo. Cuando no tenía argumento que oponer el viejo
vizcaíno decía:
—Sí, sí..., pero no.
El señor Raposo, hombre de unos cincuenta años, pequeño, gordito,
ya cano, afeitado, con anteojos, un poco barrigudo y con la sonrisa
maliciosa, hablaba con ingenio.
Al ver que no había posibilidad de llegar a un acuerdo con el vizcaíno
en el negocio de la venta de las fincas, se puso a charlar con la
andaluza y con Alvarito.
El señor Raposo, por lo que dijo, era soltero y tenía mucha afición a
la lectura. Estaba formando una gran biblioteca en su casa, comprando
libros de algunos conventos cerrados por la desamortización. En alguna
época, según dijo, le llegaban los libros a carros, y él los examinaba,
quedándose con los interesantes y vendiendo los demás.
El señor Raposo sabía mucho de cosas populares y para demostrar sus
conocimientos recitó romances antiguos: el de Baldovinos, el del
Marqués de Mantua, el de don Gaiferos y Gerineldo, el de Fontefrida y
de la Bella malmaridada.
A Alvarito le produjo gran placer el oír aquellos romances que no
conocía.
Después se habló de la guerra, del distinto carácter que había tomado
esta en el norte, en el centro y en levante, y el procurador, hombre
culto, hizo un paralelo entre Cabrera y Zumalacárregui, que a Alvarito
le produjo cierta sorpresa.
—Cabrera, es, indudablemente —dijo el procurador—, un hombre de suerte
y de genio.
—¿Cree usted?
—Sí, él es el hombre del Mediterráneo, como Zumalacárregui lo era del
Cantábrico.
—¿Quién de los dos sería más valiente?
—Tenían un valor distinto. El valor de Cabrera es frenético, el de
Zumalacárregui era sereno.
—¿Y de talento, quién cree usted que tuviera más?
—También son dos clases de talento distinto. El ingenio de Cabrera es
agudo y brillante, el de Zumalacárregui profundo y tranquilo. Cabrera
se confiaba en la intuición; Zumalacárregui, en la intuición y en la
reflexión. Cabrera veía como fin el hacer un efecto; Zumalacárregui, el
conseguir un resultado.
—Cabrera era indudablemente más cómico —dijo Alvarito.
—Sí, un hombre para seducir a la multitud —repuso el señor Raposo—, un
improvisador. Zumalacárregui era un organizador y un técnico.
—¿A quién compararía usted a Cabrera? —le preguntó Álvaro.
—Lo compararía con un artista como Ribera o como Salvator Rosa.
—¿Y a Zumalacárregui?
—A Zumalacárregui con un matemático y también con San Ignacio de Loyola.
A la andaluza a quien aburría esta conversación, quiso convencer a
Alvarito que debía ir a Marchena y dejarse de cuidados, pero Álvaro no
se convenció de que Marchena fuera la panacea universal.
Al día siguiente vio Alvarito con gusto que al señor Blas y a él se
les unían García de Dios y el señor Raposo.
En el camino el procurador recitó nuevos romances a cual más expresivos
y pintorescos.
Llegaron a Riaza, pueblo limpio, frío, con mucha agua por las calles,
una plaza bonita y un paseo agradable, el paseo del Rasero.
Comieron en la fonda de la plaza todos, menos el procurador. Este se
presentó después y dijo que iba a llamar al dueño, ex soldado de la
facción.
Efectivamente, se presentó el dueño y el procurador con mucha habilidad
le hizo hablar de su campaña con Merino y de la expedición de don
Basilio durante la cual Balmaseda al pasar por allí pretendió avanzar
hasta La Granja y apoderarse de la reina Cristina, y quizá fusilarla;
pero don Basilio no quiso y riñeron y se insultaron, llamándose el uno
al otro: bandido, ladrón, timador y estafador.
El señor Raposo celebró mucho y con gran malicia su manera de sonsacar
al fondista.
En la fonda de Riaza comía en la misma mesa un señor flaco y bastante
raído, con aire de militar retirado. Al principio dio la impresión
de hombre muy veraz y muy severo, pues lo contado por el fondista le
pareció sospechoso de falsedad.
De Riaza los cuatro compañeros se dispusieron a tomar el camino de
Ayllón y el militar retirado fue también con ellos. Llovía, el camino
se hallaba lleno de lodo y las mulas a veces metían las patas en los
charcos hasta el vientre.
Poco a poco, el militar retirado, tan severo con las narraciones del
fondista, se reveló como charlatán frenético y, sobre todo, como
mentiroso de marca mayor. Conocía, según dijo, a todo el mundo; había
visitado todos los pueblos.
—¿En Bayona? ¿Si conozco Bayona? —preguntó a Alvarito—. No conozco otra
cosa. He vivido allí muchos años.
A pesar de sus conocimientos no recordaba a ninguna persona ni ningún
detalle del pueblo.
Las naciones de Europa, el militar, las tenía al dedillo; las de
América, lo mismo; allí había peleado él contra los insurrectos; de
África conocía las costas y el interior; de Asia, la India, la China y
la Siberia; de Oceanía, Borneo y las Filipinas.
Alvarito notó que, al tratar de los distintos países, no decía más que
frases vagas y lugares comunes.
El señor Raposo que lo había calado, se divertía preguntándole por los
pueblos más lejanos.
—¿Conoce usted la Cochinchina?
—¡Uf!... si la conozco... es admirable, magnífica, maravillosa...
aquellos ríos tan anchos, aquellas montañas...
Al llegar a Ayllón el señor Blas tuvo marcado interés en separarse del
militar retirado y no entrar en su compañía en la fonda.
—Es un hombre muy mentiroso —dijo a Alvarito— y no puede ser más que un
petardista.
—¿Usted cree que miente?
—La cuestión sería saber si ha dicho alguna vez algo que sea verdad
—contestó el mantero.
El señor Blas calculó que si se sumaban los años que aquel señor
permaneció en distintas ciudades del mundo, llegarían a más de
doscientos y él no parecía pasar de cuarenta a cincuenta.
El señor Raposo dijo que iba a comer en casa de un amigo del pueblo. El
señor Raposo se escabullía siempre a las horas de comer.
En Ayllón quedaban algunos recuerdos de la guerra carlista, hacía poco
tiempo aún que al entrar Balmaseda se llevó todo el dinero del pueblo.
El señor Raposo se reunió con Alvarito, el mantero y García de Dios
después de comer.
—¿Saben ustedes? —les preguntó.
—¿Qué pasa?
—El militar retirado que se me ha acercado a pedirme tres duros.
—Y usted ¿qué ha hecho?
—Pues nada. Me he reído un poco de él y no se los he dado.
Por su vitola el procurador no parecía hombre a quien se le pudiera
sacar dinero.
Pasearon por Ayllón, pero como llovía se guarecieron en un cafetucho de
la plaza.
—En este pueblo —dijo el señor Raposo— vivió el condestable don Álvaro
de Luna y aquí predicó también San Vicente Ferrer un sermón célebre,
mandando que los cristianos no se mezclasen con judíos ni con moros,
que los unos llevasen tabardos con una señal roja, la rodela bermeja, y
los otros, capuces verdes con medias lunas claras, para ser conocidos
desde lejos.
Se discutió con motivo de esto acerca de los judíos y de los moros.
El procurador simpatizaba con los judíos, le parecían muy justas y
naturales las ideas de esto sobre la prepotencia del dinero. Verdad es
que por su tipo un naturalista hubiera clasificado al señor Raposo como
un _pajarracus semiticoide_.
El señor Blas también había oído decir que la expulsión de los judíos
y de los moros fue perjudicial para la industria y la agricultura de
España, García de Dios no tenía opinión formada, Alvarito tampoco; pero
se inclinaba a creer que la expulsión era defendible en parte y que la
permanencia de los judíos y de los moros hubiera africanizado más el
país.
El señor Raposo creía que los judíos habían influido en España en la
aristocracia y en parte del pueblo, dándoles algunas de sus condiciones.
Al día siguiente, domingo, fueron los cuatro a Atienza y comenzaron
a ver al mediodía la silueta grave de aquella ciudad, asentada sobre
un cerro, bajo una aguda peña coronada por el castillo. El día estaba
frío, el sol pálido iluminaba los tejados grises del pueblo.
Al llegar, el señor Raposo se marchó a su casa, García de Dios se
despidió y el mantero y Alvarito fueron a hospedarse a la posada
llamada del Cordón, por ostentar en su portada un gran cordón de
relieve tallado en la piedra sillar y varias inscripciones góticas.
Esta casa fue, según se decía, antigua lonja de los judíos.
El mantero preguntó maliciosamente al dueño de la posada por el señor
Raposo y el dueño les dijo que el procurador era de una roña y de una
avaricia increíble.
—¿De verdad?
—Usted no sabe. En su casa no se come ni se enciende el fuego.
—Pues él dice que compra antigüedades y libros...
—Sí, para venderlos.
—¿Pero tan avaro es?
—No tienen ustedes idea.
Al parecer, el señor Raposo resultaba hermano espiritual del licenciado
Cabra y el posadero contó detalles de la sordidez del procurador que
más de avaro parecían de loco.
Después de comer, el señor Raposo se presentó en la posada, para
ofrecerse a acompañar a Alvarito por si quería ver el pueblo y el
castillo. Sin duda el procurador deseaba lucir sus conocimientos
arqueológicos.
Salieron de la posada. La tarde estaba desapacible, fría; corría un
viento helado. Cruzaron varias calles y al subir hacia el castillo, en
la cuesta, vieron a un cura sentado en el repecho con un bastón en la
mano, en actitud pensativa. Era un hombre de cara sombría y desesperada.
—¿Qué hace este cura aquí? —preguntó Alvarito.
—Es un cura loco —dijo el procurador—. Se suele sentar en las piedras
del camino y pasa así el tiempo hablando solo tristemente.
Alvarito le contempló con curiosidad y con pena.
Subieron al antiguo castillo, levantado en el cerro, sobre una gran
roca caliza y Álvaro escuchó las disertaciones del procurador. Le
mostró los muros, las puertas, la plaza de armas, los arcos y los
torreones.
Desde lo alto del castillo explicó el señor Raposo la extensión antigua
del pueblo, hasta donde llegaban los distintos barrios y dónde caía la
judería.
Como hacía frío allá arriba, Alvarito no preguntó nada y, a la menor
insinuación del señor Raposo de bajar al pueblo, aceptó y fueron los
dos a refugiarse en el casino de la plaza.
Más de lo que contó el procurador, le impresionó a Álvaro aquella
figura trágica del cura, sentado sobre una peña en la tarde helada.
¡Qué estampa para La Nave de los Locos!
Entraron en el casino del pueblo, que ocupaba el piso principal de un
viejo caserón de la plaza.
Para el señor Raposo regía la costumbre inveterada por principios de no
tomar nada más que cuando le convidaban y Alvarito le convidó.
Como día de fiesta, la sala del casino estaba llena de gente, y llena
también de humo.
El señor Raposo calificó a los reunidos allí de gente vulgar, inculta,
sin ningún carácter. Había algún tipo curioso, como un liberal, alto,
de grandes barbas, anticlerical frenético. Este hombre se echaba al
campo a caballo, con su carabina y sus pistolas y desafiaba a todo
el que no profesara sus ideas, como si estuviese en tiempo de la
caballería andante.
Aquel hombre exaltado luchaba rabioso con la indiferencia del ambiente.
Cuando no tenía con quien reñir, se lanzaba en su caballo, a galope, a
rienda suelta, por cualquier barranco o pedregal, a riesgo de romperse
la crisma.
Otro tipo, de bufón y de jugador de ventaja, el señor Raposo indicó a
Alvarito. Se llamaba Sarmiento de apellido y por apodo el Capitán.
El Capitán era un viejo alto, con la nariz gruesa y roja, bigote rubio,
cano, y ojos tiernos. Andaba siempre metido en chanchullos de casas de
juego y de casas de citas. No era mala persona, pero sí muy cínico,
parecía el hazmerreír de todo el mundo.
Alvarito preguntó qué decía y el señor Raposo le explicó que el Capitán
trabucaba a propósito todas las frases hechas para hacerlas más
cómicas. Así decía, por ejemplo: Yo me lavo las manos como Mahoma. Se
marcha usted por los _forros_ de Úbeda. Es un país donde se _asan_ los
perros con longaniza.
Alvarito escuchaba a los unos y a los otros. Tenía ya idea de la
pobreza del país, pero esto no le chocaba tanto como la sequedad
espiritual y la agresividad de la gente, el poco afecto que se
mostraban los unos a los otros y la malevolencia con que se atacaban.
Cuando Álvaro volvió a la fonda y contó al señor Blas cómo había pasado
la tarde, el mantero dijo:
—Si desea usted quedarse aquí, por mí, no le importe. Yo seguiré solo.
—No, no, yo voy con usted. Por ahora me ha ido muy bien en su compañía
y quiero seguir.
La perspectiva de nuevas conversaciones eruditas con el señor Raposo ya
no le seducían.
V