CAPITULO VIII

Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió Fabricio; hace el

rey un viaje a Zaragoza.

Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía de fundamento.

Se formaba dentro del palacio cierta conspiración para derribar

al conde-duque, a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin

embargo, nada se traslucía en el público de las medidas que tomaban los

confederados para hacer caer al ministro, y se pasó más de un año sin

que yo notase que su privanza disminuyera.

Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por la Francia, y los

desgraciados sucesos de la guerra contra los rebeldes dieron motivo

a la murmuración del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas

fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia del rey, al que

quiso su majestad concurriese el marqués de la Grana, embajador de la

Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente que el monarca

se mantuviese en Castilla o que pasase a Aragón a dejarse ver de sus

tropas. El conde-duque, que no tenía gana de que el rey saliera para

el ejército, habló el primero, y representó que no juzgaba acertado

que su majestad desamparase el centro de sus Estados, apoyando esta

opinión con todas las razones que le sugirió su elocuencia. Siguiéronle

en la misma todos los miembros del Consejo, a excepción del marqués

de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de Austria y con la

franqueza genial de su nación, se opuso abiertamente al parecer del

primer ministro y defendió lo contrario con razones tan poderosas que,

convencido el rey de su solidez, abrazó esta opinión, aunque opuesta

al sentir de todos los votos del Consejo, y señaló el día de su salida

para el ejército.

Esta fué la primera vez de su vida que el monarca dejó de seguir

el dictamen de su privado; novedad que le llenó de amargura,

considerándola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se

retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vió, me

llamó, y encerrándose conmigo en su cuarto, me contó, trémulo, agitado

y como fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En seguida, como

si no pudiera volver de su sorpresa, «¡Sí, Santillana--continuó--;

el rey, que hace más de veinte años que no habla sino por mi boca

ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido el dictamen del

marqués de la Grana al mío! Pero ¿de qué modo? ¡Colmando de elogios

a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de

Austria, como si este alemán tuviera más que yo! Por aquí fácilmente

se conoce--prosiguió el ministro--que hay un partido formado contra

mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le inquieta a vuestra

excelencia?--le repliqué yo--. Doce años ha que la reina está

acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y otros

tantos que vuestra excelencia acostumbró al rey a no consultar con su

esposa ninguno de ellos. Respecto del marqués de la Grana, pudo muy

bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver

su ejército y de hacer una campaña.» «¡No das en ello!--interrumpió

el conde--. Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose el

rey entre sus tropas estará siempre rodeado de los grandes que le

habrán de seguir, y entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho

de mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. ¡Pero se

engañan miserablemente--añadió--, porque sabré disponer que durante el

viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» Así lo ejecutó

efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor.

Llegado el día que se señaló para la salida del rey, después de haber

nombrado éste a la reina por gobernadora durante su ausencia, se puso

en camino para Zaragoza; pero habiendo querido pasar por Aranjuez,

le pareció tan delicioso aquel sitio, que se detuvo cerca de tres

semanas en él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, donde

le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció largo tiempo

en aquella ciudad. De allí se transfirió a Molina de Aragón, donde

la caza le embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza, de

donde estaba poco distante el ejército. Ya se preparaba para ir allí;

pero el conde-duque se lo disuadió, haciéndole creer que se ponía a

peligro de caer en manos de los franceses, que ocupaban las llanuras

de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado de un peligro que no

podía temer, resolvió mantenerse encerrado en su palacio como pudiera

en una prisión. Aprovechándose el ministro de aquel pánico terror, y

bajo pretexto de velar en su seguridad, era, por decirlo así, como

un centinela de vista; de manera que los grandes, después de haber

hecho excesivos gastos para seguir con la correspondiente decencia al

soberano, no tuvieron el consuelo de lograr ni una sola audiencia de

él. Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal alojado en Zaragoza,

o de perder el tiempo en ella, o acaso de verse allí prisionero, se

restituyó cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña, dejando al

marqués de los Vélez, general del ejército, el cuidado de sostener el

honor de las armas españolas.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 73 / 102 题