Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió Fabricio; hace el
rey un viaje a Zaragoza.
Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía de fundamento.
Se formaba dentro del palacio cierta conspiración para derribar
al conde-duque, a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin
embargo, nada se traslucía en el público de las medidas que tomaban los
confederados para hacer caer al ministro, y se pasó más de un año sin
que yo notase que su privanza disminuyera.
Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por la Francia, y los
desgraciados sucesos de la guerra contra los rebeldes dieron motivo
a la murmuración del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas
fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia del rey, al que
quiso su majestad concurriese el marqués de la Grana, embajador de la
Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente que el monarca
se mantuviese en Castilla o que pasase a Aragón a dejarse ver de sus
tropas. El conde-duque, que no tenía gana de que el rey saliera para
el ejército, habló el primero, y representó que no juzgaba acertado
que su majestad desamparase el centro de sus Estados, apoyando esta
opinión con todas las razones que le sugirió su elocuencia. Siguiéronle
en la misma todos los miembros del Consejo, a excepción del marqués
de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de Austria y con la
franqueza genial de su nación, se opuso abiertamente al parecer del
primer ministro y defendió lo contrario con razones tan poderosas que,
convencido el rey de su solidez, abrazó esta opinión, aunque opuesta
al sentir de todos los votos del Consejo, y señaló el día de su salida
para el ejército.
Esta fué la primera vez de su vida que el monarca dejó de seguir
el dictamen de su privado; novedad que le llenó de amargura,
considerándola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se
retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vió, me
llamó, y encerrándose conmigo en su cuarto, me contó, trémulo, agitado
y como fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En seguida, como
si no pudiera volver de su sorpresa, «¡Sí, Santillana--continuó--;
el rey, que hace más de veinte años que no habla sino por mi boca
ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido el dictamen del
marqués de la Grana al mío! Pero ¿de qué modo? ¡Colmando de elogios
a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de
Austria, como si este alemán tuviera más que yo! Por aquí fácilmente
se conoce--prosiguió el ministro--que hay un partido formado contra
mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le inquieta a vuestra
excelencia?--le repliqué yo--. Doce años ha que la reina está
acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y otros
tantos que vuestra excelencia acostumbró al rey a no consultar con su
esposa ninguno de ellos. Respecto del marqués de la Grana, pudo muy
bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver
su ejército y de hacer una campaña.» «¡No das en ello!--interrumpió
el conde--. Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose el
rey entre sus tropas estará siempre rodeado de los grandes que le
habrán de seguir, y entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho
de mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. ¡Pero se
engañan miserablemente--añadió--, porque sabré disponer que durante el
viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» Así lo ejecutó
efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor.
Llegado el día que se señaló para la salida del rey, después de haber
nombrado éste a la reina por gobernadora durante su ausencia, se puso
en camino para Zaragoza; pero habiendo querido pasar por Aranjuez,
le pareció tan delicioso aquel sitio, que se detuvo cerca de tres
semanas en él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, donde
le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció largo tiempo
en aquella ciudad. De allí se transfirió a Molina de Aragón, donde
la caza le embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza, de
donde estaba poco distante el ejército. Ya se preparaba para ir allí;
pero el conde-duque se lo disuadió, haciéndole creer que se ponía a
peligro de caer en manos de los franceses, que ocupaban las llanuras
de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado de un peligro que no
podía temer, resolvió mantenerse encerrado en su palacio como pudiera
en una prisión. Aprovechándose el ministro de aquel pánico terror, y
bajo pretexto de velar en su seguridad, era, por decirlo así, como
un centinela de vista; de manera que los grandes, después de haber
hecho excesivos gastos para seguir con la correspondiente decencia al
soberano, no tuvieron el consuelo de lograr ni una sola audiencia de
él. Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal alojado en Zaragoza,
o de perder el tiempo en ella, o acaso de verse allí prisionero, se
restituyó cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña, dejando al
marqués de los Vélez, general del ejército, el cuidado de sostener el
honor de las armas españolas.