Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; última
conversación que ambos tuvieron, y consejo importante que Núñez dió
a Santillana.
El poeta asturiano, como se habrá notado, se olvidaba fácilmente de mí.
Por mi parte, mis ocupaciones no me permitían ir a visitarle, y así,
no había vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación sobre
la _Ifigenia_ de Eurípides, cuando quiso la casualidad que un día le
encontrase en la Puerta del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué
a él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted viene de casa de
un impresor! ¡Eso me huele a que quieres regalar al público con alguna
nueva composición tuya!»
«Sin duda debe esperarla--me respondió--. Actualmente estoy haciendo
imprimir un librito que ha de meter mucho ruido entre los literatos.»
«No dudo de su mérito--le repliqué--; pero me parece que la mayor
parte de esos papeluchos son unas bagatelas que hacen poco honor a
sus autores.» «Convengo en eso--me respondió--, pues sé muy bien que
solamente aquellos ociosos que quieren leer todo cuanto se imprime
gustan de divertirse perdiendo el tiempo en la lectura de esos
folletos. Con todo, he caído en la tentación, y te confieso que es un
hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre es la que obliga al lobo
a salir de su madriguera.» «¿Cómo así?--repliqué yo admirado--. ¿Es
posible que me llegue a decir esto el autor de _El conde de Saldaña_?
¿Un hombre que tiene dos mil escudos de renta ha de hablar de esta
manera?» «¡Vamos poco a poco, amigo!--me interrumpió Núñez--. Ya
no soy aquel poeta afortunado que gozaba de una renta bien pagada.
Desordenáronse de repente los negocios del tesorero don Beltrán, disipó
el dinero del rey, embargáronle todos los bienes y se llevó el diablo
mi pensión.» «¡Malo es eso!--le dije--. Pero ¿no te ha quedado aún
alguna esperanza por ese lado?» «¡Maldita!--me respondió--. El señor
Gómez del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó en el agua, sin
que pueda jamás salir a la orilla.»
«Según eso, amigo mío--repuse yo--, te veo en términos de que me será
preciso solicitar algún empleo que pueda consolarte de la pérdida de
tu pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo--me dijo--; aunque
me ofrecieras en las secretarías del ministro un empleo de tres mil
ducados de sueldo, le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no
convienen a los que se han criado entre las musas. A éstos solamente
les convienen distracciones literarias. En fin, ¿qué quieres que te
diga? Yo nací para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte.
Por lo demás--continuó--, no creas que nosotros seamos tan infelices
como parece. Fuera de que vivimos en una total independencia, tenemos
asegurada la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree comúnmente que
comemos a lo Demócrito; pero es engaño manifiesto. No se hallará
entre nosotros ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores de
almanaques, que no tenga una buena casa donde ir a comer. Yo tengo
dos, donde soy bien recibido, y en ellas dos cubiertos asegurados:
uno, en la mesa de un director general de la real Hacienda, a quien
dediqué una novela, y otro, en la de un caballero rico de Madrid, que
tiene el flujo de querer que siempre le acompañen eruditos a la mesa.
Por fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente halla
cuantos quiere en la población.»
«En ese caso--dije al poeta asturiano--ya no te tengo lástima, puesto
que estás contento con tu suerte. Como quiera que sea, te aseguro
de nuevo que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a pesar de
tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas mi bolsillo, acude
francamente a mí. Sentiré que una vergüenza fuera de tiempo te prive
de un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue el gusto de serte
útil.»
«En esas generosas expresiones--exclamó Núñez--te reconozco,
Santillana, y te doy mil gracias por la gran disposición a favorecerme
en que te veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero darte un
consejo saludable. Mientras que todavía dura el poder del conde-duque
y te mantienes en su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a
enriquecerte, porque ese ministro, a lo que me han asegurado, vacila
en su asiento.» Preguntéle si aquello lo sabía de buen original, y me
respondió: «Lo sé por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen
olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y le oí decir ayer:
«El conde-duque tiene muchos enemigos, y todos conspiran a derribarle.
Cuenta demasiado con el ascendiente que ha logrado sobre el ánimo del
rey; pero el monarca, a lo que se dice, ha comenzado ya a dar oídos a
las quejas que le llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero
hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido de que la privanza
de mi amo era indesquiciable, a la manera de aquellas viejas encinas
que, arraigadas profundamente en la tierra, se burlan de los más
violentos huracanes.