CAPITULO VII

Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; última

conversación que ambos tuvieron, y consejo importante que Núñez dió

a Santillana.

El poeta asturiano, como se habrá notado, se olvidaba fácilmente de mí.

Por mi parte, mis ocupaciones no me permitían ir a visitarle, y así,

no había vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación sobre

la _Ifigenia_ de Eurípides, cuando quiso la casualidad que un día le

encontrase en la Puerta del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué

a él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted viene de casa de

un impresor! ¡Eso me huele a que quieres regalar al público con alguna

nueva composición tuya!»

«Sin duda debe esperarla--me respondió--. Actualmente estoy haciendo

imprimir un librito que ha de meter mucho ruido entre los literatos.»

«No dudo de su mérito--le repliqué--; pero me parece que la mayor

parte de esos papeluchos son unas bagatelas que hacen poco honor a

sus autores.» «Convengo en eso--me respondió--, pues sé muy bien que

solamente aquellos ociosos que quieren leer todo cuanto se imprime

gustan de divertirse perdiendo el tiempo en la lectura de esos

folletos. Con todo, he caído en la tentación, y te confieso que es un

hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre es la que obliga al lobo

a salir de su madriguera.» «¿Cómo así?--repliqué yo admirado--. ¿Es

posible que me llegue a decir esto el autor de _El conde de Saldaña_?

¿Un hombre que tiene dos mil escudos de renta ha de hablar de esta

manera?» «¡Vamos poco a poco, amigo!--me interrumpió Núñez--. Ya

no soy aquel poeta afortunado que gozaba de una renta bien pagada.

Desordenáronse de repente los negocios del tesorero don Beltrán, disipó

el dinero del rey, embargáronle todos los bienes y se llevó el diablo

mi pensión.» «¡Malo es eso!--le dije--. Pero ¿no te ha quedado aún

alguna esperanza por ese lado?» «¡Maldita!--me respondió--. El señor

Gómez del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó en el agua, sin

que pueda jamás salir a la orilla.»

«Según eso, amigo mío--repuse yo--, te veo en términos de que me será

preciso solicitar algún empleo que pueda consolarte de la pérdida de

tu pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo--me dijo--; aunque

me ofrecieras en las secretarías del ministro un empleo de tres mil

ducados de sueldo, le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no

convienen a los que se han criado entre las musas. A éstos solamente

les convienen distracciones literarias. En fin, ¿qué quieres que te

diga? Yo nací para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte.

Por lo demás--continuó--, no creas que nosotros seamos tan infelices

como parece. Fuera de que vivimos en una total independencia, tenemos

asegurada la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree comúnmente que

comemos a lo Demócrito; pero es engaño manifiesto. No se hallará

entre nosotros ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores de

almanaques, que no tenga una buena casa donde ir a comer. Yo tengo

dos, donde soy bien recibido, y en ellas dos cubiertos asegurados:

uno, en la mesa de un director general de la real Hacienda, a quien

dediqué una novela, y otro, en la de un caballero rico de Madrid, que

tiene el flujo de querer que siempre le acompañen eruditos a la mesa.

Por fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente halla

cuantos quiere en la población.»

«En ese caso--dije al poeta asturiano--ya no te tengo lástima, puesto

que estás contento con tu suerte. Como quiera que sea, te aseguro

de nuevo que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a pesar de

tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas mi bolsillo, acude

francamente a mí. Sentiré que una vergüenza fuera de tiempo te prive

de un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue el gusto de serte

útil.»

«En esas generosas expresiones--exclamó Núñez--te reconozco,

Santillana, y te doy mil gracias por la gran disposición a favorecerme

en que te veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero darte un

consejo saludable. Mientras que todavía dura el poder del conde-duque

y te mantienes en su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a

enriquecerte, porque ese ministro, a lo que me han asegurado, vacila

en su asiento.» Preguntéle si aquello lo sabía de buen original, y me

respondió: «Lo sé por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen

olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y le oí decir ayer:

«El conde-duque tiene muchos enemigos, y todos conspiran a derribarle.

Cuenta demasiado con el ascendiente que ha logrado sobre el ánimo del

rey; pero el monarca, a lo que se dice, ha comenzado ya a dar oídos a

las quejas que le llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero

hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido de que la privanza

de mi amo era indesquiciable, a la manera de aquellas viejas encinas

que, arraigadas profundamente en la tierra, se burlan de los más

violentos huracanes.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 72 / 102 题