Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió a encontrar Gil
Blas a su amigo Fabricio, y conversación que tuvieron.
Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber lo que se pensaba
en Madrid de la conducta que observaba en su ministerio. Todos los
días me preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados espías que
le contaban puntualmente cuanto pasaba en la población. Le referían
hasta las más ligeras conversaciones que habían oído; y como les tenía
encargado que le dijesen francamente la verdad, no tenía poco que
sufrir algunas veces su amor propio, porque la lengua del pueblo es tan
suelta, que nada respeta.
Luego que conocí que el conde era amigo de que se le diesen noticias,
me dediqué a ir por las tardes a los sitios públicos y mezclarme en las
conversaciones de personas decentes, donde las hubiera. Cuando hablaban
del Gobierno, escuchaba con atención, y si decían algo digno de que lo
supiese su excelencia, no dejaba de noticiárselo; pero debe observarse
que jamás le decía nada que no le fuera favorable.
Volviendo en cierta ocasión de uno de estos sitios pasé por delante
de la puerta de un hospital, y me dió gana de entrar en él. Recorrí
dos o tres salas llenas de enfermos, y, mirando a todas partes,
vi entre aquellos desgraciados, a quienes no podía considerar sin
lástima, uno que fijó mi atención, porque me pareció ver en él a mi
paisano y antiguo camarada Fabricio. Acerquéme más a su cama para
enterarme mejor, y aunque no pude ya dudar que era el poeta Núñez,
con todo, me detuve algunos instantes a mirarle, pero sin decirle
nada. El me conoció luego, y me miraba del mismo modo. Al cabo,
rompiendo el silencio, le dije: «O mis ojos me engañan, o éste que
miro es Fabricio.» «El mismo soy--me respondió fríamente--, y no debes
maravillarte. Desde que me separé de ti no he tenido otro oficio que
el de autor: he compuesto novelas, comedias y toda clase de obras
de ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es parar en un
hospital.»
No pude menos de reírme al oír estas últimas palabras, y mucho más al
ver la seriedad con que las pronunció. «Pues qué--exclamé--, ¿tu musa
te ha traído a tan miserable estado? ¿Es posible que te haya jugado una
pieza tan villana?» «Tú mismo lo estás viendo--repuso él--; a estas
casas suelen venir a parar todos los que presumen de ingenios. Tú,
hijo mío, lo acertaste en seguir otro rumbo; pero ya no estás en la
Corte, y me parece que tus asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun
me acuerdo de haber oído decir que de orden del rey te habían metido en
un castillo.» «Así fué puntualmente--repuse yo--. La fortuna en que me
viste cuando nos separamos fué muy pasajera, pues pocos días después
perdí de repente mi empleo, mis bienes y mi libertad. Sin embargo,
amigo mío, hoy me vuelves a ver en un estado mucho más brillante que
aquel en que me conociste en otro tiempo.» «Eso no es posible--dijo
Núñez--. Tu aspecto es juicioso y modesto; no noto en ti aquella
vanidad y aquella altanería que suelen inspirar las prosperidades.»
«Las desgracias--le repliqué--han purificado mi virtud. En la escuela
de la adversidad aprendí a gozar de las riquezas sin dejarme dominar
por ellas.»
«Acaba, pues, y dime--interrumpió Fabricio, incorporándose en la
cama con júbilo--qué empleo es el que tienes y en qué te ocupas al
presente. ¿Eres por ventura mayordomo de algún gran señor arruinado,
o de alguna viuda rica?» «Todavía estoy mucho mejor--le respondí--.
Pero por ahora dispénsame, te ruego, de explicarme más, que en mejor
ocasión contentaré enteramente tu curiosidad. Al presente bástete
saber que estoy en situación de poder servirte, o más bien de ponerte
en estado de no necesitar de nadie para pasarlo con decencia, con tal
que me des palabra de no componer más obras de ingenio en verso ni en
prosa. ¿Serás capaz de hacer tan gran sacrificio?» «Ya lo he hecho al
Cielo--me dijo--en la enfermedad mortal de que me ves convaleciente.
Un religioso dominico me ha movido a abjurar de la poesía como de una
ocupación que, si no es criminal, desvía por lo menos de la prudencia.»
«Mil parabienes te doy por tan cuerda resolución, mi querido Núñez;
pero guárdate bien de la recaída.» «Esa es la que no temo--me
replicó--, porque tengo hecho firmísimo propósito de abandonar a
las Musas; por señas, de que cuando entraste en esta sala estaba
haciendo una composición en verso en que me despedía de ellas para
siempre.» «Señor Fabricio--le dije entonces meneando la cabeza--,
no sé si el padre dominico y yo podremos fiarnos de tu abjuración,
porque te veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.»
«¡No, no!--me respondió con viveza--. Tengo ya rotos todos los lazos
que me estrechaban con ellas. Todavía he hecho más, pues he cobrado
aversión al público. ¡No merece que los autores quieran consagrarle
sus desvelos, y yo me avergonzaría mucho de componer alguna obra que
lograse su aprobación! Y no creas--continuó--que el resentimiento me
dicta este lenguaje. Dígotelo con serenidad: tanto caso hago de los
aplausos del público como de sus desprecios.» «Es difícil saber quién
gana o quién pierde con él; es tan caprichoso que hoy piensa de una
manera y mañana de otra. ¡Muy locos son los poetas dramáticos que se
llenan de vanidad cuando ven que sus producciones han sido recibidas
con aplauso! Aunque la primera vez que se representen causen mucho
ruido por la novedad, si veinte años después vuelven a aparecer en
el teatro, son por la mayor parte mal recibidas. La misma fortuna
corren por lo común las novelas y los demás libros de pura diversión
cuando salen a luz, pues si a los principios logran la aprobación de
todos, poco a poco la van perdiendo hasta que al fin llegan a caer
en desprecio. Los que viven ahora acusan de mal gusto a los que les
han precedido, y el mismo defecto les imputarán a ellos los que vengan
después. De donde concluyo que los autores que son aplaudidos en este
siglo serán silbados en el siguiente. Así que todo el honor y toda la
estimación que nos granjea el buen éxito de una obra impresa no es en
suma otra cosa que una pura quimera, una ilusión de nuestra fantasía y
un fuego de paja cuyo humo desvanece el viento en un instante.»
A pesar de que conocí desde luego ser efecto de melancolía y de mal
humor este juicioso modo de discurrir de mi poeta de Asturias, no me di
por entendido, y sólo le dije: «Verdaderamente, quedo gozoso de verte
divorciado de las obras de ingenio y curado radicalmente de la manía
de escribir. Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto antes te
haré dar un empleo con que puedas mantenerte decorosamente sin fatigar
tu imaginación.» «¡Mejor para mí!--respondió muy alegre--. El ingenio
comienza a olerme mal, y ya le considero como el don más funesto que
el Cielo puede conceder al hombre.» «Deseo, amado Fabricio--repuse
yo--, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo a repetir que si
persistes en abandonar la poesía, muy presto te haré con un empleo tan
honroso como lucrativo; pero mientras logro hacerte este servicio, te
ruego que admitas esta corta prueba de mi amistad.» Y diciendo esto, le
puse en la mano un bolsillo en que habría como unos sesenta doblones.
«¡Oh generoso amigo!--exclamó enajenado de gozo y de gratitud el
hijo del barbero Núñez--. ¡Qué gracias debo dar al Cielo por haberte
traído a este hospital! Hoy mismo quiero salir de él con tu socorro.»
Efectivamente, así lo ejecutó, haciéndose llevar a una buena posada.
Pero antes de separarnos le informé de mi alojamiento, convidándole
a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente recuperado.
Quedóse muy sorprendido cuando le dije que vivía en casa del conde de
Olivares. «¡Oh bienaventurado Gil Blas--me dijo--que tienes la fortuna
de agradar a los ministros! Me complazco en tu felicidad, pues haces
tan buen uso de ella.»